domingo, 18 de junio de 2017

¿Qué celebramos en Corpus Christi?


En el origen de la Solemnidad de Corpus Christi, se encuentra un milagro eucarístico, llamado “Milagro de Bolsena”, sucedido a un sacerdote que tenía dudas sobre la Presencia real de Jesús en la Eucaristía.
         Antes de reflexionar sobre el milagro, debemos recordar que la Iglesia enseña, desde los tiempos apostólicos, que la Última Cena, que fue la Primera Misa, Jesús convirtió el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre, por las palabras de la consagración. Estas palabras –Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre- producen un cambio substancial en las ofrendas eucarísticas, de modo que toda la substancia del pan se convierte en el Cuerpo de Cristo y toda la substancia del vino se convierte en la Sangre de Cristo.
         Si bien este milagro sucede de modo invisible e insensible –no lo podemos captar por los sentidos corporales-, no significa que no suceda o que no sea real. Por el contrario, el cambio es tan real, que se produce una conversión de la substancias del pan y del vino, en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, respectivamente, llamándose a esta conversión de las substancias, “transubstanciación”.
         Esto es lo que la Iglesia enseña, desde los tiempos apostólicos, sobre la Eucaristía, y lo enseña a los niños, en el Catecismo de Primera Comunión.
         Lo que sucede es que, antes, durante y después de la transubstanciación, todo parece igual, ya que a la razón y a los sentidos, parece que nada cambia y que el pan sigue siendo pan y el vino sigue siendo vino. Por eso muchos católicos cometen el gravísimo error, precisamente, de no creer en lo que la Iglesia enseña y, como a los sentidos del cuerpo todo sigue igual en apariencia –antes, durante y después de la consagración-, entonces piensan como evangelistas, siendo católicos: en la Eucaristía no está el Cuerpo de Jesús, sino que es un pedacito de pan bendecido y nada más.
         Esta duda de fe es la que tenía un sacerdote, Pedro de Praga, cuando al celebrar la Santa Misa, en el año 1264, fue testigo del más grandioso milagro eucarístico que jamás haya sucedido en la Iglesia. Luego de pronunciar las palabras de la consagración –“Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”-, y cuando aún sostenía la Eucaristía entre sus dedos pulgar e índice de ambas manos, la parte de la Eucaristía que estaba en contacto con sus dedos, continuó teniendo apariencia de pan, mientras que resto de la Eucaristía, se convirtió en músculo cardíaco vivo y, por lo tanto, sangrante. Era tanta la sangre, que además de empapar sus manos, cayó en el corporal, manchándolo, y cayó también en el piso de mármol, impregnándolo. A partir de entonces, el Papa Urbano IV ordenó que en toda la Iglesia se celebrara la Solemnidad de Corpus Christi, en recuerdo de este fabuloso milagro eucarístico.
         El milagro confirmó, visiblemente, sensiblemente, lo que la Iglesia enseña acerca de la Misa: que por las palabras de la consagración y en virtud del poder divino de Jesús Sacerdote Sumo y Eterno que obra el milagro llamado “transubstanciación”, la substancia del pan se convierte en su Cuerpo, de modo que ya no hay más pan, sino su Cuerpo, y el vino se convierte en su Sangre Preciosísima, de modo que en el cáliz ya no hay más vino, sino la Sangre de su Sagrado Corazón.
         Lo que sucede invisiblemente e insensiblemente en cada Santa Misa, sucedió de modo visible y sensible en el milagro eucarístico de Bolsena, y esto sucedió no solo para que la fe del sacerdote Pedro de Praga se fortaleciera, sino también para que nuestra fe en la Eucaristía se fortalezca. Es por esto que no es necesario que Dios repita el milagro de Bolsena, porque el milagro sucede, invisiblemente, sin poder ser captado por los sentidos, en cada Santa Misa.
         Lamentablemente, muchos católicos, al pensar que todo sigue igual, antes, durante y después de la consagración, no creen en la Presencia real, verdadera y substancial de Jesús en la Eucaristía, perdiéndose así un tesoro espiritual de valor incalculable, abandonando la Misa por pasatiempos humanos.

         Al recordar el milagro eucarístico de Bolsena, pidamos a Nuestra Señora de la Eucaristía fortalecer nuestra fe en la Presencia real, verdadera y substancial de Jesús en la Eucaristía, para recibir al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, comulgando en gracia y luego de una buena confesión, con todo el amor del que seamos capaces, puesto que si Jesús obra el milagro de convertir el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre, es únicamente para darnos todo el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico.

jueves, 8 de junio de 2017

El joven y su relación con Dios Uno y Trino (I)


Sabemos, por la razón, que Dios es Uno, porque al ver la Creación, nos damos cuenta que su perfección científica y su hermosura increíble no pueden haber salido de la nada, sino que deben haber sido ideadas por un Ser infinitamente Sabio y Bello y, además, Omnipotente. Pero lo que no podemos saber es cómo es ese Dios en sí mismo, porque la naturaleza de Dios está tan por encima de la nuestra, que es como tratar de iluminar el sol con un fósforo encendido: el fósforo encendido es nuestra razón, y el sol es Dios. Los católicos sabemos que Dios es Uno y Trino, pero no porque eso se pueda deducir ni comprender, sino porque Jesús, que es el Hijo de Dios encarnado, nos lo reveló en las Sagradas Escrituras, más específicamente, en el Nuevo Testamento, y si Él no nos hubiera revelado, no sabríamos cómo es Dios en sí mismo. Es decir, podríamos saber que Dios es Uno, que es infinitamente Sabio, Bueno y Omnipotente, pero no podríamos saber que en Dios hay Tres Personas –el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo-, pero que no hay tres dioses, sino un solo Dios, tal como nos reveló Jesús. Dios es Uno en naturaleza y Trino en Personas; en el hombre, a la naturaleza le corresponde una persona y no tres, como a Dios: si en una habitación hay tres personas, están presentes tres naturalezas humanas; si sólo está una naturaleza presente, hay una sola persona. Por este motivo es que, cuando tratamos de pensar en Dios como Tres Personas con una y la misma naturaleza, no lo podemos entender[1].
Esto es lo que se llama “misterios de fe” y a esto se refiere el Misal cuando al comenzar la Misa, pedimos perdón de nuestros pecados, para poder participar, por la gracia y sin pecados, dignamente, de los “misterios” divinos[2], y lo sabemos porque, como dijimos, no es que seamos capaces de deducirlo con nuestra razón, sino que fue Jesús quien nos lo reveló, y Jesús, siendo Dios, es Veraz y no puede mentir ni engañar, porque en Él no hay mentira ni engaño alguno.
Y lo que debemos saber es que tampoco, ni siquiera una vez revelado, podemos entender cómo es que hay Tres Personas distintas en Dios y sigue siendo un solo Dios Verdadero en Tres Personas. Es decir, incluso después que Jesús nos enseña que Dios es Uno y Trino, no podemos entender cómo es que puede ser Dios Uno y a la vez Trino en Personas[3]. Para poder entender la incapacidad de nuestra mente para poder abarcar el misterio de la Trinidad, conviene recordar un episodio de la vida de uno de los más grandes santos, San Agustín de Hipona (354 – 430): el santo un día paseaba por la playa mientras iba reflexionando sobre el misterio de la Santísima Trinidad tratando de comprender, solo con su razón, cómo era posible que Tres Personas distintas (Padre, Hijo y Espíritu Santo) pudieran constituir un único Dios. Mientras caminaba y pensaba, se encontró con un niñito que había excavado un pequeño pozo en la arena y trataba de llenarlo con agua del mar. El niñito corría hacia el mar y recogía un poquito de agua en una cuenca marina. Después regresaba corriendo a verter el líquido en el hueco, repitiendo esto una y otra vez. Esta actitud llamó la atención del santo, quien lleno de curiosidad le preguntó al niño qué era lo que estaba haciendo: “Intento meter toda el agua del océano en este pozo”, le respondió el niñito. “Pero eso es imposible –dijo San Agustín–, ¿cómo piensas meter toda el agua del océano que es tan inmenso en un pozo tan pequeñito?”. “Al igual que tú, que pretendes comprender con tu mente finita el misterio de Dios que es infinito…”. Y en ese instante el niñito desapareció. Ese niñito era su Ángel de la Guarda, que venía a auxiliarlo en su esfuerzo por conocer y amar a Dios Uno y Trino. Nuestra mente, entonces, es como un pequeño pozo excavado en la arena; Dios, en el misterio de la unidad de su Naturaleza y la diversidad de las Tres Divinas Personas, es el océano. Así como es imposible meter el océano en el pequeño pozo, así también es imposible comprender, para nuestra pobre razón, cómo es que Dios es Uno en naturaleza y Trino en Personas, y no hay en Él tres dioses, sino Un solo Dios Verdadero y Tres Personas distintas.
Ahora bien, esto último no importa –el tratar de saber cómo es que Dios es Uno y Trino, y no tres dioses distintos-; lo que importa es saber que Dios es Uno y Trino, es decir, que en Él hay Tres Personas distintas, porque eso determina nuestra Fe y nuestra relación con Dios, porque nos relacionamos con un solo Dios, en el cual hay Tres Personas: Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo. En otras palabras, al saber que en Dios Uno hay Tres Personas, sabemos que podemos relacionarnos de modo distinto con cada una de las Tres Divinas Personas: podemos dirigirnos –con el pensamiento y el amor- a cada una de las Tres Divinas Personas por separado, ya sea Dios Padre, o Dios Hijo, o Dios Espíritu Santo, o a las Tres Personas Divinas a la vez, que es cuando nos dirigimos a Dios Uno y Trino.




[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Argentina 2012, 38.
[2] Cfr. Trese, La Fe explicada, 39.
[3] Cfr. ibidem, 39.