miércoles, 29 de febrero de 2012

La Cuaresma, alegre tiempo de oración, de penitencia y de misericordia





Sólo de esa manera alcanzaremos de Dios la paz y la alegría
         En tiempo de Cuaresma, la Madre Iglesia nos pide oración, penitencia y obras de caridad. Para muchos, esta exigencia de la Iglesia puede parecerles una tarea “pesada”, “aburrida”, y hasta “fastidiosa”, porque nos obliga a ir en contra nuestro, para hacer muchas veces lo que nuestra sensibilidad no quiere hacer. Por ejemplo, muchas veces, llevados por el mundo y sus atractivos, dejamos la oración para hacerla a último momento, apenas minutos antes de acostarnos, o incluso cuando ya estamos acostados, lo cual, como es de suponer, termina como ya sabemos: no rezamos, o rezamos y nos quedamos dormidos, o rezamos mal y apurados. Con respecto a la penitencia, también nos pasa que es algo que, naturalmente, no queremos hacer. En efecto, ¿a quién le gusta privarse de un vaso de agua helada, o de una rica limonada fresca, cuando hace mucho calor? Y sin embargo, en Cuaresma, la Iglesia nos pide esta mortificación. Por último, y en relación al otro pedido de la Iglesia, las obras de misericordia: ¿acaso no es un sacrificio donar nuestro tiempo para, por ejemplo, ir a visitar a alguien enfermo, o para escuchar a alguien que necesita hablar para desahogarse? Sí, hay que sacrificar el tiempo, y las ganas de hacer cosas más “divertidas”, pero la Iglesia nos pide esto para Cuaresma.
Por lo mismo, muchos asocian –equivocadamente- a la Cuaresma con un período “triste”, “fatigoso”, “aburrido”. Sin embargo, quien se deja humildemente guiar por los consejos de la Iglesia, como hicieron los santos de todas las épocas, y lleva a cabo sus indicaciones, haciendo más oración, haciendo penitencia, y obrando la misericordia, da testimonio de que la Cuaresma se convierte en “algo” que, lejos de ser “triste”, trae consigo grandes dosis de alegría al alma. ¿Por qué? Por lo que significan cada una de las actividades que la Iglesia manda hacer: la oración, al mismo tiempo que ilumina con la luz de Dios, nos hace entrar en un silencioso diálogo interior de vida y de amor con Dios Trino, con Jesús, con la Virgen, con los ángeles y los santos, y… ¿quién puede decir que es “aburrido” o “triste” hablar con ellos? Por la penitencia, nos privamos, por ejemplo, de algún alimento ¡que alguien recibe en otro lado! ¿Y acaso no dice San Francisco que es mejor dar que recibir? Por las obras de misericordia, como por ejemplo, visitar enfermos, o encarcelados, o dar consejo al que lo necesita (hay muchas otras obras de misericordia para hacer), ¡consolamos al mismo Jesús en Persona, que misteriosamente inhabita en el prójimo más necesitado! ¿Y acaso no nos “devolverá” Jesús la atención que tuvimos para con Él? ¿Y la Virgen no se mostrará agradecida para con aquél que consoló a su Hijo presente en los más necesitados? Aunque no debería ser así, al menos por un “santo interés” (que Jesús y María nos devuelvan la visita), deberíamos obrar la misericordia en tiempo de Cuaresma, y no solo, sino durante todo el año.
Reflexionemos
La Cuaresma es un tiempo para crecer en nuestra unión con Dios, pero esta unión no es “automática”: Dios necesita saber que nos queremos unir a Él, y para eso debemos rezar, hacer penitencia, y ser misericordiosos. Luego Dios hace el resto: llenar el alma de alegría y de serena paz.

sábado, 18 de febrero de 2012

Por qué no festejar el Carnaval


         Los cristianos no podemos festejar el carnaval, y no solo festejar, sino ni siquiera ver un segundo los programas que los transmitan por televisión o por Internet.
Ante esta negativa, alguien nos podría decir lo siguiente: “¿Por qué no? ¿Qué tiene de malo? ¿No es acaso una fiesta “alegre”? ¿No corremos el riesgo los cristianos de parecer “aburridos” y “fuera de onda” si no festejamos el carnaval?”
         Los cristianos no podemos festejar el carnaval, pero no porque somos “aburridos”.
Damos algunas razones de nuestro firme rechazo a esta decadente fiesta pagana.
         -Porque el carnaval, que significa “baile de la carne”, no viene de Dios ni conduce a Dios. Y lo que no viene de Dios, viene del Diablo.
         -Porque dice San Pablo que “el cuerpo es templo del Espíritu Santo”, y así como un templo, consagrado a Dios, no puede ser convertido en un almacén o en un cine, porque sería profanarlo, así tampoco el cuerpo, convertido en templo del Espíritu Santo por el bautismo, no puede ser convertido en sede de pasiones carnales y lascivas, porque es profanar al Espíritu Santo, a quien el cuerpo pertenece.
         -Porque el cuerpo, templo del Espíritu Santo, ha sido adquirido por Cristo al precio de su Sangre, derramada en la Cruz, para ser consagrado a Dios, y como tal, debe ser cubierto con la modestia y el pudor, para ser visto sólo por Dios. Cristo no adquirió el cuerpo del hombre, al precio de su vida, para que el cuerpo sea mostrado impúdicamente para ser visto y deseado impúdicamente por hombres y demonios.
         -Porque si el cuerpo es templo de Dios, y como tal, debe estar perfumado por el perfume de la gracia, adornado con las virtudes de la castidad y de la pureza, e iluminado por la modestia y el pudor, para que el corazón, convertido en altar y sagrario, aloje con amor santo y puro a Jesús Eucaristía. En este templo deben escucharse cantos de alabanza y de acción de gracias a Dios Uno y Trino, que se ha dignado enviar a la dulce paloma del Espíritu Santo a hacer del corazón del hombre en gracia su luminoso nido.
Cuando esto no sucede, cuando se lo expone impúdicamente y cuando se lo mueve al ritmo de tambores y música desenfrenada, el cuerpo se oscurece en su interior, se apaga la luz de la gracia, la dulce paloma del Espíritu Santo huye entristecida, y en lugar del pudor, de la vergüenza, de la castidad y de la pureza, entran con furia blasfema la impudicia, la inmodestia, la lascivia y la lujuria, y el corazón, de nido luminoso, se convierte en oscuro cubil de feroces lobos, en babeantes cuevas de serpientes venenosas.
En un cuerpo así, no habita más el Espíritu Santo, sino Asmodeo, el demonio de la lujuria.
He aquí las razones de por qué los cristianos no festejamos el carnaval.
         

            

lunes, 6 de febrero de 2012

El amor es más fuerte que la muerte. Carta de un novio a su novia antes de morir



En una época en la que el amor humano se ha desdibujado y desvirtuado, al punto de ser reducido a una mera mercancía que puede ser comprada o vendida, el ejemplo de Bartolomé, un joven de 21 de años que le declara su amor eterno a su novia, es como un oasis de agua pura y fresca en medio del más ardiente de los desiertos.
Lejos de considerar al amor de novios como algo banal, pasajero y superficial, Bartolomé lo vive en su real y verdadera dimensión, la dimensión esponsal. El amor de novios, o es esponsal, o no es. O el amor de los novios los conduce a la donación total de sí mismos en el altar, para siempre, hasta que la muerte los separe, o no es amor de novios, sino un sucedáneo, invento del hombre de nuestro tiempo, un sucedáneo que, bajo la superficie brillosa de felicidad aparente, da amargos frutos de soledad, decepción y frustración.
El amor de novios es esponsal porque es tan fuerte, y los novios se sienten tan a gusto el uno con el otro, que no solo quieren y desean, con todas las fuerzas de sus corazones, iniciar hasta el fin un proyecto de vida en común, sino que desean, movidos por ese amor esponsal, permanecer unidos para siempre, no solo en esta vida, sino en la eternidad.
Esta es la razón por la cual el verdadero amor de los novios, al tiempo que es casto y respeta al otro en su cuerpo, esperando para la donación total en el matrimonio, se vuelve esponsal, porque quiere que el amor que se ha encendido en los corazones de los novios, no termine nunca, ni en esta vida ni en la otra. Para siempre. Para toda la eternidad. Tal como lo quería Bartolomé y tal como se lo expresó a su querida Maruja, antes de morir. Hasta la eternidad.
Pero hay algo más. El amor de Bartolomé no es un amor cualquiera, ni tampoco un simple amor humano. Es un amor de origen celestial, que ensalza y eleva su amor humano a las alturas insospechadas del amor divino. Y es así como Bartolomé, además de amar a su novia con amor eterno, ama y perdona también a quienes le hicieron daño, el mayor daño y la mayor injuria que un hombre puede sufrir en esta tierra, y es el serle quitada la vida. Bartolomé perdona a sus enemigos, con el perdón y el amor que él mismo recibió desde la Cruz, de parte de Cristo Jesús. Por eso el amor de Bartolomé es, como dice la Escritura, “más fuerte que la muerte”, más fuerte que el odio, más fuerte que el tiempo. O, también, el amor es “fuerte como la eternidad”, fuerte como la vida”, “fuerte como el mismo amor”.
¿Quién era Bartolomé?
Bartolomé Blanco Márquez tenía 21 años. Era un joven con deseos de trabajar. Ante sí veía el futuro abierto[1]. Además, estaba locamente enamorado de Maruja, su novia, a quien consideraba su mayor alegría.
Le sucedió a Bartolomé, que era un católico ferviente, que tuvo ocasión de dar testimonio, con su propia vida, de ese amor a Cristo y a la Iglesia. En su país, España, se había desatado un odio feroz contra Cristo y contra la Iglesia Católica. Con muchas falacias y mentiras, muchos hombres y mujeres eran arrestados y asesinados simplemente por el “delito” de ser católicos.
Bartolomé, que había estudiado con los salesianos, y era secretario de los jóvenes de la acción católica en su pueblo natal, Pozoblanco (Córdoba), fue arrestado el 18 de agosto de 1936.
Tuvo varias semanas para prepararse al martirio. El 24 de septiembre fue trasladado a la ciudad de Jaén donde fue sometido a un juicio “legal” y rapidísimo. La sentencia llegó el 29 de septiembre: condena a muerte. Le quedaban tres días antes de ser fusilado.
El 1 de octubre escribió una carta de despedida a su novia. En ella se descubre la fe en Jesucristo y la certeza de que, si bien muere corporalmente, su alma volará al encuentro de Cristo en la eternidad, desde donde esperará al amor de su vida, su novia Maruja, y en donde, en Cristo, continuará amándola para siempre, por siglos sin fin, puesto que Bartolomé es Beato, es decir, está en el cielo, amando, gozando, alegrándose para siempre en la contemplación de Dios Uno y Trino.
Esta es la carta que Bartolomé escribe a su novia Maruja.
“Prisión Provincial. Jaén, 1 de octubre de 1936.
Maruja del alma:
Tu recuerdo me acompañará a la tumba y mientras haya un latido en mi corazón, éste palpitará en cariño hacia ti. Dios ha querido sublimar estos afectos terrenales, ennobleciéndolos cuando los amamos en Él. Por eso, aunque en mis últimos días Dios es mi lumbrera y mi anhelo, no impide que el recuerdo de la persona más querida me acompañe hasta la hora de la muerte.
Estoy asistido por muchos sacerdotes que, cual bálsamo benéfico, van derramando los tesoros de la Gracia dentro de mi alma, fortificándola; miro la muerte de cara y en verdad te digo que ni me asusta ni la temo.
Mi sentencia en el tribunal de los hombres será mi mayor defensa ante el Tribunal de Dios; ellos, al querer denigrarme, me han ennoblecido; al querer sentenciarme, me han absuelto, y al intentar perderme, me han salvado. ¿Me entiendes? ¡Claro está! Puesto que al matarme me dan la verdadera vida y al condenarme por defender siempre los altos ideales de Religión, Patria y Familia, me abren de par en par las puertas de los cielos.
Mis restos serán inhumados en un nicho de este cementerio de Jaén; cuando me quedan pocas horas para el definitivo reposo, sólo quiero pedirte una cosa: que en recuerdo del amor que nos tuvimos, y que en este instante se acrecienta, atiendas como objetivo principal a la salvación de tu alma, porque de esa manera conseguiremos reunirnos en el cielo para toda la eternidad, donde nada nos separará.
¡Hasta entonces, pues, Maruja de mi alma! No olvides que desde el cielo te miro, y procura ser modelo de mujeres cristianas, pues al final de la partida, de nada sirven los bienes y goces terrenales, si no acertamos a salvar el alma.
Un pensamiento de reconocimiento para toda tu familia, y para ti todo mi amor sublimado en las horas de la muerte. No me olvides, Maruja mía, y que mi recuerdo te sirva siempre para tener presente que existe otra vida mejor, y que el conseguirla debe ser la máxima aspiración.
Sé fuerte y rehace tu vida, eres joven y buena, y tendrás la ayuda de Dios que yo imploraré desde su Reino. Hasta la eternidad, pues, donde continuaremos amándonos por los siglos de los siglos.
Bartolomé”.
Ese mismo día escribe a sus familiares y les pide que perdonen a quienes han sido causa de su muerte. Entre otras cosas, les dice:
“Sea esta mi última voluntad: perdón, perdón y perdón; pero indulgencia que quiero vaya acompañada del deseo de hacerles todo el bien posible. Así pues, os pido que me venguéis con la venganza del cristiano: devolviéndoles mucho bien a quienes han intentado hacerme mal”.
Al día siguiente, el 2 de octubre, Bartolomé era fusilado. Antes de que las balas acabasen con su vida gritó lo que daba valor a quienes, como él, en España y en tantos rincones del planeta, afrontaron el martirio: “¡Viva Cristo Rey!”.
Fue beatificado el 28 de octubre de 2007, junto con otros 497 mártires que dieron su vida en España entre los años 1934 y 1937.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Los jóvenes y la verdadera fiesta de Navidad



Al llegar el tiempo de recordar el nacimiento de Jesús, surge la pregunta: ¿cómo festeja un joven cristiano la Navidad?
Para saberlo, es necesario primero tener en cuenta qué es la Navidad, para saber bien qué festejamos y porqué.
Pero para saber qué es la Navidad, no podemos guiarnos por lo que nos dicen los medios de comunicación, como la televisión, Internet, la radio, etc.; debemos más bien acudir a la Santa Madre Iglesia.
¿Cómo es la Navidad según el mundo?
Si los cristianos nos dejáramos guiar por los medios de comunicación social -diarios, internet, televisión, radio, etc.-, para saber en qué consiste la Navidad, tendríamos que creer en lo siguiente: Navidad es una fecha festiva, en donde todo el mundo está alegre porque está de fiesta, aunque no se sabe bien cuál es el origen de la fiesta; es una fiesta en la que el personaje central es un señor de edad, de cabellos y barba blanca, algo excedido de peso, barrigón, vestido de rojo y blanco, con un bonete al tono y botas negras, que viene por el cielo, volando en un trineo tirado por renos, que desciende, por lo general, por las chimeneas de las casas -no se sabe por dónde entra en las casas en donde no hay chimeneas, y tampoco nadie sabe cómo hace para no quedar todo tiznado cuando entra en las casas donde hay chimenea-, y que trae regalos para los niños, mientras se ríe, nadie sabe de qué, los cuales abren sus regalos al pie de un árbol de Navidad. En los lugares adonde no va Papá Noel, son los padres o mayores los encargados de dar regalos, y en muchos casos, los niños, y también todos los integrantes de la familia, elaboran listas de pedidos, por lo que Navidad suele ser también un momento de compras febriles y de consumo sin freno.
            Por esto mismo, Navidad es la época para ser felices porque se adquirió un Blackberry de última generación, o una computadora, o una Playstation, o un televisor plasma, o un auto, etc.
            Según los mismos medios, Navidad es un tiempo para preparar grandes comidas, y como es una fiesta tan especial, en donde todos festejan aunque no se sabe qué, todos se preocupan para que las canastas navideñas sean accesibles a los bolsillos.
            Incluso los diarios de mayor tirada, dan consejos para no sufrir descompensaciones a la hora de comer, dando por supuesto lo que es obvio para la gran mayoría, y es que en Navidad los atracones de comida sobran. Los consejos para los golosos, en los diarios, son como los publicados en este artículo titulado: "Claves para evitar los excesos durante las cenas de las fiestas": "Lo ideal, sin embargo, es evitar los excesos y elegir comer sano en cada oportunidad. “Los días previos a los festejos es recomendable consumir alimentos que otorgan saciedad, con baja densidad calórica (menos calorías en más volumen)”, indica Rosana Viscovig, medica nutricionista de La Posada del Qenti. Esto se logra “incorporando alimentos ricos en fibra y agua como las verduras, frutas, cereales integrales y alimentos proteicos como las carnes magras y los lácteos descremados”[1]. Continúa luego con otra serie de consejos relativos a las bebidas alcohólicas.
            Siempre según los medios de comunicación, Navidad es también un momento para salir a divertirse, sobre todo para los más jóvenes, y es así que, luego del atracón de comida, estos salen a bailar y a beber todo lo que puedan beber. En los mismos medios se pueden encontrar profusión de información acerca de los lugares en donde la juventud puede ir a festejar de modo desenfrenado.
            Sin embargo, nosotros, como cristianos, sabemos que en nada de esto consiste la Navidad, pues esto que nos muestran los medios es una Navidad falsa, caricaturesca, materialista, hedonista, pagana. No es esto la Navidad.
            La Navidad consiste sí en estar de fiesta y en alegrarse, pero por un motivo muy concreto: porque Dios Hijo, en cumplimiento de la voluntad de Dios Padre, viene a este mundo como Niño en Belén, y prolonga su Encarnación y Nacimiento en la Eucaristía, para donarnos a Dios Espíritu Santo, luego de morir en Cruz para perdonar nuestros pecados, y concedernos el ser hijos adoptivos de Dios. Éste es el motivo de la fiesta y de la alegría cristiana en Navidad.
            En Navidad sí esperamos regalos, el regalo de Dios Padre, su Hijo Jesús en el Pesebre de Belén y en la Eucaristía, en la Santa Misa.
            En Navidad sí preparamos manjares y bebemos bebidas exquisitas, porque asistimos como invitados de honor al banquete de Dios Padre, la Santa Misa, en donde el mismo Dios Padre nos sirve un manjar de ángeles: la mesa de Navidad está compuesta por los siguientes manjares: carne del Cordero de Dios, asada en el fuego del Espíritu Santo, el Cuerpo resucitado de Jesús en la Eucaristía; Pan de Vida eterna, el Pan Vivo bajado del cielo, Jesús muerto y resucitado en la Hostia consagrada, y para beber, el Vino de la Alianza Nueva y eterna, obtenido en la vendimia de la Pasión, la Sangre del Cordero de Dios, Vino que se encuentra en el Sagrado Corazón y que desde allí se sirve para los hijos de Dios en el cáliz del altar, y que es el "mejor de todos los vinos", porque contiene al Espíritu Santo.
            Para los cristianos, la Navidad es comer, beber y festejar con alegría en el corazón: comer la Carne del Cordero de Dios, beber su Sangre, y alegrarse con alegría infinita por este don de Dios Trinidad que nos anticipa la feliz eternidad en el Cielo.
            Para los cristianos, la verdadera fiesta de Navidad, que justifica y santifica la sana fiesta terrena, es la Santa Misa de Nochebuena.



[1] Cfr. Diario Clarín, edición digital del 19 de diciembre de 2011, http://www.clarin.com/sociedad/Claves-evitar-excesos-cenas-Fiestas_0_611938956.html

viernes, 9 de diciembre de 2011

La fiesta mundana no tiene nada que ver con la verdadera alegría de Navidad


"¿A qué se parece esta generación?" (cfr. Mt 11, 16-19). Al comprobar la dureza de corazón de aquellos que no se quieren convertir por ningún motivo, ni por la prédica del Bautista, que llama a la penitencia y al ayuno, ni por la prédica suya, que compara el Reino con un banquete de bodas, con una fiesta, Jesús los compara a unos niños engreídos y soberbios que se niegan a jugar con sus compañeros que los invitan, dándoles la posibilidad de jugar un juego de imitación con un tema alegre (unas bodas) o triste (un entierro)[1].
         El juego del entierro o funeral recuerda a Juan el Bautista, que predica la austeridad, mientras que el juego más alegre, de unas bodas, recuerda a Jesús, que compara al Reino con un banquete. Tanto uno como otro, que en el fondo predican el mismo mensaje de salvación pero con métodos distintos, son rechazados por los contemporáneos de Jesús, lo cual muestra que lo que se rechazaba era el mensaje mismo de salvación[2].
         Frente a esta actitud infantil de rechazo del mensaje de conversión, la sabiduría amorosa de Dios queda justificada porque ha hecho todo lo posible para superar la mala voluntad de los hombres que no quieren convertirse.
         Pero el rechazo a la conversión no es privativo de los contemporáneos de Jesús, puesto que se repite aún hoy, dentro de la Iglesia: ¿cuántos cristianos no quieren creer en el infierno, considerándolo como algo irreal e inexistente, pero al mismo tiempo, no les atraen las delicias del cielo, el vivir para siempre en la alegre contemplación de la Trinidad? ¿Cuántos cristianos, niños, jóvenes, ancianos, se comportan como los niños del evangelio de hoy, prefiriendo continuar con sus corazones cerrados a la gracia antes que dejar sus diversiones, sus gustos, sus placeres?
         ¿Cuántos cristianos, ni viven la penitencia y la mortificación del tiempo de Adviento, necesarias para preparar el corazón para el Nacimiento del Niño Dios, pero tampoco viven la verdadera alegría de la fiesta de Navidad, la Santa Misa de Nochebuena, porque festejan en fiestas mundanas y paganas, comiendo y bebiendo en exceso, alegrándose por motivos mundanos, despreciando la sobria alegría de Navidad, el Nacimiento de Dios hecho Niño?
Estos cristianos, cuando la Iglesia les dice que hagan penitencia en Adviento, no la hacen, y al no hacer penitencia en Adviento, están diciendo: "Queremos alegrarnos", malinterpretando el Adviento, porque la penitencia no excluye a la alegría; al mismo tiempo, cuando la Iglesia les dice: "Alégrense y festejen en Navidad, con la verdadera fiesta, la Santa Misa de Nochebuena", en vez de encontrar en la Eucaristía el verdadero motivo de la alegría, que es la Presencia de Dios Hijo en Persona en el sacramento del altar, desprecian la verdadera alegría navideña, para salir a buscar diversión desenfrenada, vacía, mundana y pagana, diversión que nada tiene que ver con el Nacimiento del Niño Dios.
¿Qué relación tiene el alcohol que los jóvenes consumen en exceso, con el Niño Dios? ¿Qué tienen que ver los atracones de comida de los adultos, con el Pesebre de Belén? ¿Qué tienen que ver los regalos materiales y el afán desenfrenado de consumo, con la serena y alegre austeridad de Navidad, consecuencias en el alma de saber que Dios se ha encarnado, ha nacido como Niño y prolonga su Encarnación y  Nacimiento en la Eucaristía?
         "No queremos la penitencia de Adviento; no queremos la verdadera fiesta de Navidad, la Santa Misa de Nochebuena; queremos nuestra propia alegría y nuestra propia diversión, la alegría y la diversión que nos dan nuestras pasiones y nuestros placeres; no queremos saber nada con el Niño Dios".
         Lamentablemente, este es el pensamiento de muchos cristianos, que se comportan como los niños del evangelio de hoy.
        


[1] Cfr. Orchard et al., Comentarios al Nuevo Testamento, Tomo III, 389.
[2] Cfr. Orchard, ibidem.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

¿Hacer lo que quiero o hacer la Voluntad de Dios?







En la vida de todo joven, llegado un determinado momento, se presentan dos caminos a seguir. Obligadamente, se debe elegir uno de dos, pues los caminos llevan a lugares muy distintos.
Los dos caminos tienen un punto de partida y un punto de llegada; en ambos hay, a los costados, gente que anima a seguir por uno o por otro camino.
El primer camino comienza con una enorme y gigantesco portón de oro macizo, muy ancho, tan ancho, que pueden pasar por ahí grandes cantidades de gentes, y de hecho, muchos lo atraviesan, prácticamente corriendo. Hacia la parte superior del portón de oro, hay un letrero, también gigante, con luces de colores, que se prenden y apagan continuamente que dice: "Haz lo que quieras. No hagas caso a Dios ni a tus padres ni a nadie. Haz lo que quieras hacer, sin que nada más te importe".
Este primer camino, que es muy ancho, está pavimentado con baldosas de oro y de plata, y en las junturas de las baldosas, hay gran cantidad de piedras preciosas: diamantes, rubíes, zafiros, esmeraldas. Además, cada tanto, hay como pequeñas montañitas de billetes de todas clases y tamaños.
En las paredes están ubicados grandes televisores de plasma, que pasan todo tipo de programas, y como los televisores son tan grandes, no se puede ver qué hay más allá de las paredes; además, a los que eligen por este camino, les dan a la entrada -gratis- equipos de audio de última generación, con auriculares, para poder ir escuchando la música que quieran: wachiturros, cumbia, cuarteto, Lady Gagá, rock, heavy metal, etc. Les dan también play-station portátiles y computadoras con conexión gratis a internet, para que mientras caminan -algunos corren- puedan ir viendo todo lo que más les guste: fútbol para todos, showmatch, gran hermano, novelas, películas violentas, indecentes, etc.
A los costados del camino, y separados por escasos metros entre sí, se encuentran expertos cocineros y asadores que ofrecen a los caminantes todo tipo de manjares suculentos. Algunos, incluso, comen por comer, por diversión, dándose atracones de gula, como si hicieran competencia para ver quién come más (como pasa en algunos programas de televisión). El que quiere -es la mayoría- bebe todas las bebidas que están prohibidas para un joven, y hace todo lo que está prohibido.
En este camino, cada cual puede vestirse como quiere, porque el lema de la entrada era: "Haz lo que quieras". Así, las mujeres van vestidas de modo indecoroso, y los varones también. Los que van por este camino, sólo se quieren a sí mismos, porque no aman a Dios ni al prójimo.
Total, nadie dice nada, y si alguien llegara a decirles algo, los jóvenes le contestarían: "Yo hago lo que quiero". Y si alguien les dijera que deben rezar, les contestarían: "En este camino no existe la oración y como yo hago lo que quiero, si no quiero rezar, no rezo".
Pero esto es al inicio de este camino. Dijimos que tenían un principio y un fin, y a medida que el camino avanza y va llegando a su fin, los que transitan por él notan algo extraño: se va haciendo cada vez más fácil de caminar, porque metro a metro el camino se desliza más y más hacia abajo, pareciéndose a un tobogán, y como los que transitan por él no pueden volver atrás, y se hace cada vez más inclinado, la gran mayoría pierde el equilibrio y lo único que puede hacer es dejarse arrastrar por la caída, que hacia el final es prácticamente vertical.
Al mismo tiempo, todo va desapareciendo: los televisores de plasma, los carritos con comida que había a los costados, las bebidas de todo tipo, las ganas de escuchar música indecente, las ganas de mirar programas que no se deben mirar; el camino mismo ya no es de oro y plata, con piedras preciosas, como era al comienzo, sino de barro sucio y viscoso que huele cada vez peor; ya no se escucha la música, sólo empiezan a escucharse gemidos y gritos de auxilio, de aquellos que, asustados, se dan cuenta de que todo fue un engaño. Comienzan a verse sombras, cada vez más numerosas, pero que no son sombras, porque son ángeles caídos, muy oscuros, con alas como de murciélagos, y con ojos rojos de mirada agresiva, que provocan terror y espanto a los que se deslizan por este camino.
Hacia el final del camino, que ya parecía prácticamente un tobogán, hay otro portón, también muy ancho y con la misma forma del portón de oro, que es encontraba al inicio, pero de un material distinto, porque parece hecho de azufre caliente, y con otra inscripción, que dice: "Los que entren aquí, pierdan toda esperanza".
El segundo camino, a diferencia del primero, es muy angosto, y para llegar al camino, hay que atravesar una puerta que es igualmente angosta, y es tan angosta esta puerta, que sólo puede pasar una persona con un corazón pequeño, humilde, y sin ninguna otra cosa material que una túnica blanca. Los que tienen un corazón hinchado y ennegrecido por la soberbia, y los que están llenos de cosas materiales, de dinero y de joyas, no pueden pasar, porque la puerta es muy angosta. Tampoco pasan los que andan por la vida como lobos, peleando y maltratando a todos; sólo pasan los de corazón manso y humilde, como el Corazón de Jesús. No pasan por esta puerta los lobos, sino las ovejas.
Arriba de la puerta que conduce al camino angosto, hay un letrero que dice: "Yo, Jesús de Nazareth, Soy la Puerta (cfr. Jn 10, 1-11) que conduce a la feliz eternidad".
Los que atraviesan esta puerta y comienzan a andar por el camino estrecho, notan que, apenas traspasada la puerta, un ángel de Dios les da una cruz de madera que tiene el tamaño de la persona que lo recibe y que parece muy pesada, pero al cargarla sobre los hombros, todos se dan cuenta de que es muy liviana, tan liviana, que prácticamente no pesa nada, y esto por las palabras de Jesús: "Mi yugo es suave y mi carga ligera" (Mt 11, 30).
El camino es empinado, y es muy difícil subir. Hay muchas caídas y resbalones, y como al borde del camino hay piedras filosas y espinas, también se producen muchos cortes y heridas de las que sale sangre. Pero cada vez que pasa eso, una Señora vestida de luz, la Virgen María, sana las heridas y todo queda igual que al principio y mejor. Cuando alguno, vencido por el cansancio, resbale y cae y corre peligro de desbarrancarse, siente que una mano, la mano de Jesús -la misma que le dio a Pedro cuando se hundía en el mar tormentoso- lo auxilia y lo lleva nuevamente al sendero.
En el transcurso del camino, que se hace cada vez más empinado, se entonan dulces melodías en honor de Dios Trinidad, que es quien espera en la cima de la montaña. También se reza mucho, porque la oración es hablar con Dios que nos ama.
Y cuando alguien siente hambre, viene un ángel del cielo con algo que parece un poco de pan, pero no es pan, sino el Cuerpo de Jesús en la Eucaristía, y al comerlo, se siente con nuevas fuerzas para seguir. Y para beber, el mismo ángel les da un cáliz, que contiene la Preciosísima Sangre de Jesús, que refresca y reconforta el alma, llenándola cada vez más de amor a Dios y al prójimo. Y también de alegría, porque el que come el Cuerpo de Jesús y bebe su Sangre, experimenta en su corazón la misma alegría de Dios.
En este camino, todos aman a Dios y al prójimo, y por eso se ayudan entre sí: algunos comparten su comida, otros van a socorrer a alguno que ha caído y ha quedado aprisionado entre las rocas, otros, que ya han subido un poco más, se detienen para aconsejar a los que vienen más abajo, para que puedan subir con más facilidad. En este camino no hay rencores, ni envidias, ni peleas, sino solo amistad, risas y alegría.
Hacia el final del camino, que está en lo alto de la montaña, los caminantes notan que la cruz, que era de madera al inicio, abajo, aquí arriba es de luz; además, comienzan a ver a los ángeles y santos del cielo, a la Virgen, y a las Tres Divinas Personas.
Cuando están ya en la cima de la montaña, escuchan la alegre voz de Jesús que les dice: "Venid, benditos de mi Padre, al Reino preparado para vosotros, porque hicisteis la Voluntad de mi Padre y no la vuestra propia cuando cargasteis mi Cruz y cuando fuisteis misericordiosos con los más necesitados. Venid, entrad en el Reino de la eterna alegría, para siempre".

jueves, 24 de noviembre de 2011

Sólo la fe en la voz de la Iglesia nos da la verdadera y auténtica alegría



La primera condición para recibir la gracia, es la fe sobrenatural[1]. Sin la fe no se puede adquirir la gracia: sólo ella nos hace buscar y hallar.

Si queremos conseguir la gracia, debemos conocer su valor, para buscarla y desearla, y después debemos saber dónde buscarla y encontrarla, para dar realmente con ella[2].

Por la sola razón natural, no podemos darnos ni siquiera una idea de la hermosura y del valor de la gracia. Si siguiéramos sólo nuestra razón natural, jamás de los jamases seríamos capaces de descubrir los inmensos tesoros y las increíbles hermosuras de la vida de la gracia; la razón sólo nos puede hacer ver el valor de los bienes terrenos y pasajeros, pero no nos puede conducir, de ninguna manera, a los bienes celestiales de la gracia. Con nuestra sola razón, nunca tendríamos deseos ni nostalgia del cielo, y nunca buscaríamos el seno de Dios Uno y Trino, nos quedaríamos en lo que conocemos, y en lo que podemos medir con nuestra razón.

Pero si la fe comienza a brillar, en el fondo del corazón, como “lámpara que luce en lugar oscuro”, como “lucero de la mañana” que brilla “hasta que despunte el día”[3] y brille el Sol de justicia, Jesucristo; si el mismo Dios nos revela los misterios y los tesoros de la gracia, y hace surgir en nuestro interior una imagen de su hermosura, en ese mismo momento, se produce un movimiento en nuestra alma, el deseo de conquistar, cuanto antes, el tesoro de la gracia.

Sorprende constatar cómo, con cuánta ligereza, creemos lo que el mundo dice, sin ponernos ni siquiera a reflexionar si lo que se dice es o no verdad; aún cuando falten motivos razonables, creemos en lo que nos dice el mundo. Cada cual tiene por verdadero o quiere creer en lo que desea o en lo que halaga su vanidad y su amor propio; admite con gusto que le sean prometidas cosas que no las puede o no las quiere cumplir.

¿Por qué no hemos de creer con prontitud y alegría lo que se nos ha dicho acerca del gran honor y alegría sobrehumanas que nos vienen dados con la gracia? ¿Cuántos hay, hoy en día, que tienen por despreciable el bautismo, que consideran cuentos para niños la Comunión, que desprecian la Confirmación, que olvidan por “aburrida” a la Santa Misa, que ignoran la Eucaristía porque “no sienten nada”? ¿Cuántos hay, hoy en día, que no creen en lo que la Iglesia dice acerca de estos inefables sacramentos? ¿Cuántos hay, hoy en día, que prefieren perderse en los sombríos atractivos del mundo, antes que entrar en la más humilde de las iglesias? ¿No es esto un indicio de que no se cree a lo que la Iglesia dice acerca de la gracia, y que por lo tanto, no hay fe sobrenatural? Y si no hay fe sobrenatural, entonces no hay modo de que se pueda recibir la gracia. Una y otra se necesitan: si no hay fe, no hay gracia; si no hay gracia, no hay fe.

Creemos a lo que nos dice el mundo, y nos dejamos guiar por lo que el mundo dice, y tenemos en gran valor y estima lo que el mundo nos propone, y nos desvivimos por conseguir lo que el mundo nos ofrece.

Sin embargo, poca o ninguna atención prestamos a lo que la Iglesia nos dice; poca o ninguna fe damos a los dones recibidos de Dios a través de la Iglesia: el ser, por el bautismo, hijos de Dios, reyes del cielo y de la tierra, hermanos de Dios Hijo, hijos de Dios Padre, hijos de la Madre de Dios, unidos todos por el Espíritu del Amor divino, el Espíritu Santo.

Con frecuencia, nos llenamos de orgullo por algún que otro éxito mundano, y nos llenamos de amor propio cuando conseguimos algún fin mundano y terreno, y sin embargo, no nos sentimos orgullosos, ni tampoco nuestro amor propio se satisface, cuando consideramos nuestra filiación divina, nuestra condición de redimidos por la Sangre del Cordero, nuestra condición de ser templos vivientes del Espíritu Santo.

El que es orgulloso, y el que tiene amor propio, y el que satisface su orgullo y su amor propio con los vanos vientos de la vanidad humana; ¿no debería alegrarse y llenarse de orgullo, y amarse a sí mismo, por haber sido elegido por Dios, desde toda la eternidad, por haber asistido aunque sea a una sola Misa, en donde el Dios de los cielos viene al altar para donarse en apariencias de pan y vino?

Es Dios, con su autoridad divina, quien nos revela los tesoros inmensos de la gracia, a través de la Iglesia, por medio de su Magisterio, por medio de la doctrina de los Padres de la Iglesia; la propia grandeza y omnipotencia de Dios es quien nos garantiza que puede darnos verdaderamente y nos dará en la vida eterna todo lo que está contenido en la gracia, en germen, en esta vida.

Sabemos que nuestra fe sobrenatural no es vana ni carente de fundamento, sino que posee, por el contrario, toda la certeza y la seguridad que pueda darse.

Cambiemos la orientación de nuestra mente y de nuestro corazón: en vez de dirigirlos al mundo, lo dirijamos a Dios y a su Iglesia, y creamos, con fe sobrenatural, todo lo que la Iglesia nos dice, y así prepararemos nuestro corazón para recibir el mar infinito de gracias que nos viene de los Sagrados Corazones de Jesús y María.


[1] Cfr. Concilio de Trento, Ses. VI, c. 8.

[2] Santo Tomás, I, II, q. 113, a. 4.

[3] Cfr. 2 Pe 1, 19.