lunes, 9 de mayo de 2011

La gracia de Cristo atrae al joven hacia una vida feliz


La Gracia de Cristo

atrae al joven

hacia una vida feliz.


El hierro es un material noble, pero pesado, inmóvil. No puede ser levantado con facilidad, y es inmóvil porque no tiene vida, es inerte, si se acercan o si se alejan objetos de él, el hierro permanece inmóvil. Sólo si se le imprime un movimiento desde afuera, por ejemplo, levantándolo y arrojándolo, parece cobrar movimiento, pero sólo momentáneo.

Pero las propiedades del hierro cambian cuando se magnetiza: parece un cuerpo de naturaleza distinta: pierde su pesadez y su inmovilidad, se reviste de una nueva forma de atracción, y es atraído por los polos de la tierra[1].

Ante la proximidad de un imán, el hierro, que no era atraído, ahora es atraído, y lo que antes era pesado e inmóvil, ahora parece cobrar vida y movimiento y volverse más ligero y ágil, y de tal manera, que parece un metal distinto a lo que era.

Este cambio que se da en el hierro, antes y después de ser magnetizado, es un ejemplo de lo que sucede en el alma por la acción de la gracia de Dios.

La gracia es como que “magnetizara” con su contacto, al alma y a sus facultades, la inteligencia y la voluntad, haciéndola capaz de ser atraída por cosas que antes no la atraían, como la cruz y la Eucaristía. Es por la gracia que el alma adquiere nueva vida y nuevo movimiento en sus facultades, que sus facultades se hacen capaces de ver, de conocer y de amar lo que antes no veían ni conocían ni amaban: Cristo en la cruz y en la Eucaristía.

Por la gracia el alma se ve atraída por Jesucristo de una manera desconocida hacia un mundo que ni siquiera sabía que existía. El mismo Dios hace de polo de nuestra vida, hacia el cual y en torno del cual el alma empieza a moverse, así como el hierro magnetizado se mueve hacia y en torno del imán[2].

Participar en la vida divina, en la vida de Jesucristo, Hombre-Dios, consiste en imitar con nuestros actos internos y externos su vida divina, consiste en dejarnos atraer hacia Él que reina en la cruz y en la Eucaristía, y en unirnos a Él por el conocimiento, por el amor y la confianza, así como el hierro magnetizado se deja atraer y unir por el imán.

Sólo unidos a Cristo por la gracia, seremos capaces de vivir una vida feliz, en el tiempo y en la eternidad.


[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Las maravillas de la gracia divina, Ediciones Desclée de Bower, Buenos Aires 1959, 229.

[2] Cfr. Scheeben, ibidem, 227.

lunes, 2 de mayo de 2011

Carlo Acutis, el joven que vivió unido a Cristo Eucaristía, y ahora se alegra en su Presencia para siempre

Joven, vive una vida plena aquí en la tierra, unido a Jesucristo, que se dona para ti en la Hostia consagrada. Únete a Él, ábrele tu corazón, recíbelo en ese templo sagrado que es tu alma, y Él te colmará de dicha, de felicidad, de paz, en esta vida, y en la otra para siempre


¿Es posible para un joven de quince años darnos una lección de vida? ¿Puede dejar enseñanzas profundas para una época como la nuestra, caracterizada por el desenfreno, la velocidad, la sed de poder, la sed del éxito a cualquier costo, la vida de un joven de quince años? ¿Puede, un adolescente, ofrecernos un modelo de vida válido para el siglo XXI, caracterizado por el avance tecnológico, por la informática, por los viajes espaciales, por los avances prodigiosos en la ciencia? ¿Qué tiene para ofrecer a nuestra existencia un adolescente que con tan sólo 15 años muere repentinamente? ¿Cuál es el mensaje que nos deja en el curso de su breve existencia?

Un joven de quince años, con su inexperiencia a cuestas, sí puede dejarnos un mensaje de trascendencia, de una vida mejor y más plena, aún en nuestros tiempos.

Un joven de quince años, sin experiencia en la vida, sí puede dejar un mensaje trascendente, un mensaje que va más allá de esta vida.

Les voy a contar una historia real, la historia de un joven italiano llamado Carlo Acutis, que murió en el año 2006.

Carlo tenía 15 años de edad cuando murió en octubre de 2006, debido a una leucemia muy agresiva.

Según el testimonio de quienes lo conocían, Carlo "era un adolescente de nuestro tiempo, como muchos otros. Se esforzaba en la escuela, era muy buen amigo, era un gran apasionado de las computadoras. Al mismo tiempo era un gran amigo de Jesucristo, participaba en la Eucaristía a diario y se confiaba a la Virgen María.

Antonia Acutis, madre de Carlo, dice sobre él: “Mi hijo, siendo pequeño, y sobre todo después de su Primera Comunión, nunca faltó a la cita cotidiana con la Santa Misa y el Rosario, seguidos de un momento de Adoración Eucarística”.

Continúa la madre de Carlo: “Con esta intensa vida espiritual, Carlo ha vivido plena y generosamente sus quince años, dejando en quienes lo conocieron una profunda huella. Era un muchacho experto con las computadoras, leía textos de ingeniería informática y dejaba a todos asombrados, pero este don lo ponía al servicio del voluntariado y lo utilizaba para ayudar a sus amigos”, agrega.

“Su gran generosidad lo hacía interesarse en todos: los extranjeros, los discapacitados, los niños, los mendigos. Estar cerca de Carlo era esta cerca de una fuente de agua fresca”, asegura su madre.

Antonia recuerda claramente que “poco antes de morir Carlo ofreció sus sufrimientos por el Papa y la Iglesia. La heroicidad con la que ha afrontado su enfermedad y su muerte han convencido a muchos que verdaderamente era alguien especial. Cuando el doctor que lo veía le preguntaba si sufría mucho, Carlo contestó: ‘¡Hay gente que sufre mucho más que yo!’”.

Desde que comenzó con su enfermedad, Carlo ofreció los sufrimientos de su enfermedad por la Iglesia y el Papa. Su vida está escrita en un libro llamado “Eucaristía. Mi autopista para el cielo. Biografía de Carlo Acutis”. El libro nace de la profunda admiración que suscitó Carlo a quienes lo conocieron, y del deseo de contarle a todos su simple e increíble historia humana y profundamente cristiana".

Debido a su vida de fe, Carlo podría ser beatificado: Francesca Consolini, postuladora para la causa de los santos de la Arquidiócesis de Milán, cree que en el caso de Carlo hay elementos que podrían llevar a la apertura de un proceso de beatificación, cuando se cumplan cinco años de su muerte, como lo pide la Iglesia. Cuando la Iglesia declara a alguien beato, está diciendo que esa persona está en el cielo, más alto que las estrellas, y este puede ser el caso de Carlo.

Continúa la postuladora para la causa de los santos: “Su fe, singular en una persona tan joven, era limpia y segura, lo llevaba a ser siempre sincero consigo mismo y los demás. Manifestó una extraordinaria atención hacia el prójimo: era sensible a los problemas y las situaciones de sus amigos, los compañeros, las personas que vivían cerca a él y quienes encontraba día a día”.

Para la experta, Carlo Acutis “había entendido el verdadero valor de la vida como don de Dios, como esfuerzo, como respuesta a dar al Señor Jesús día a día en simplicidad. Quisiera subrayar que era un muchacho normal, alegre, sereno, sincero, voluntarioso, que amaba la compañía, que gustaba de la amistad”.

Carlo “había comprendido el valor del encuentro cotidiano con Jesús en la Eucaristía, y era muy amado y buscado por sus compañeros y amigos por su simpatía y vivacidad”, indicó.

“Después de su muerte muchos han sentido la necesidad de escribir un propio recuerdo de él y otros han comentado que van a pedir su intercesión en sus oraciones: esto ha hecho que su figura sea vista con particular interés” y en torno a su recuerdo se está desarrollando lo que se llama “fama de santidad”, explicó.

Una vez que conocemos a Carlo y su asombrosa vida, debemos preguntarnos: ¿qué es lo que hace que Carlo sea el muchacho alegre, generoso, desinteresado, sacrificado, atento y amable con todos? Y la respuesta es: la Eucaristía: tal como lo testimonia su madre, Carlo asiste a Misa todos los días, por eso es la Eucaristía el centro de su vida y el motor de su movimiento. La Eucaristía es aquello por lo cual todo adquiere, en la vida de Carlo, un significado nuevo. La Eucaristía es para Carlo el manantial de vida eterna, de alegría, de paz, de serenidad, de fortaleza. Nadie recuerda a Carlo por sus quejas ante la leucemia, porque no solo no se quejaba, sino que ofrecía sus sufrimientos, con alegría y serenidad, por la Iglesia y el Papa, y esa alegría y esa serenidad, y esa fuerza, le venían de la Eucaristía. Todos recuerdan a Carlo por su compañerismo, por su don de gentes, por su afabilidad, por su servicio desinteresado al más necesitado, por su atención hacia los pobres, y todo eso, todo, le venía por la Eucaristía. Era la Eucaristía diaria la que le concedía a su corazón noble una nobleza todavía mayor.

¿Por qué decimos que es la Eucaristía la que obró esa transformación en Carlo? ¿Qué tiene la Eucaristía, que obra ese poder en las almas buenas? Es decir, si decimos que es la Eucaristía, esto nos obliga a preguntarnos qué es la Eucaristía, para no dejar pasar por alto el valor transformador de la Eucaristía en la vida de un joven.

¿Qué es entonces la Eucaristía? Antes de decir qué es la Eucaristía, tenemos que tener en cuenta que la Eucaristía tiene una particularidad: es lo que no parece, y no parece lo que es.

La Eucaristía es el centro del universo visible e invisible, es el Sol alrededor del cual giran los planetas del universo espiritual, que son las almas y los ángeles; todo el universo visible y todo el universo invisible se sostienen por ese frágil pan que es la Eucaristía, frágil en apariencia, porque de Ella surge la energía divina que sostiene no solo las montañas y los cielos, sino al universo entero, a los ángeles y a los santos, porque la Eucaristía es Cristo Dios, y sin Dios, nada de lo que existe existiría.

La Eucaristía es el Sol del mundo de los espíritus, porque así como la tierra no puede vivir sin el sol, porque sus habitantes morirían de hambre y de frío, así las almas no pueden vivir sin la gracia de Cristo Eucaristía, que es su propia vida, su luz, su calor y su amor

Muchos no ven el sentido de la Eucaristía y de la Misa, y por eso hay tantos que faltan a la misa del Domingo, y sin embargo, la Eucaristía y la Misa son las que dan el sentido de la vida y de toda vida.

La Eucaristía le da un sentido nuevo a mi vida, porque la Eucaristía es Cristo Dios en Persona, y como mi Dios, es mi Creador, y es también mi Padre, porque me adoptó como hijo suyo en el bautismo, y porque me espera con los brazos abiertos al final de mis días, cuando atraviese el umbral de mi muerte, y para llegar a los brazos del Padre, en el Espíritu, tengo que ser llevado por los brazos abiertos de Cristo en la cruz y en la Eucaristía.

Es la Misa lo que da sentido a mi vida, porque la misa es el mismo sacrificio de la cruz, sacrificio con el cual fui rescatado de las garras del demonio y del infierno, fui lavado en la Sangre del Cordero, y fui comprado para Dios con la Sangre del Hombre-Dios, y es por eso que, al asistir a misa, no soy yo quien le hago un favor a Dios, sino que es Dios quien con su sacrificio en el altar compra mi alma y me conduce a sus mansiones eternas. La Eucaristía y la Misa dan un sentido nuevo y una nueva dirección al alma del joven, y a toda alma, porque la introduce en la eternidad y en el camino de la cruz de Cristo.

¿Cuántos jóvenes, cuántos niños, cuántos ancianos, cuántos hombres y mujeres, encontrarían el sentido de sus vidas, y con el sentido, la paz, la alegría, la felicidad de Dios, si tan sólo se decidieran a darle a Dios un poco de sus tiempos y de sus vidas, asistiendo a misa los domingos, y esperando con ansias el momento del encuentro con Cristo resucitado en la Eucaristía?

¿Cuántos, que se sienten sin fuerzas, no serían invencibles en las pruebas y en las tribulaciones, si acudieran a la Eucaristía, en donde el Dios Fuerte les daría de su propia fortaleza? Dice Jesús a Sor Faustina: “…has de saber que la fuerza que tienes dentro de ti para soportar los sufrimientos la debes a la frecuente Santa Comunión; ven a menudo a esta fuente de la misericordia y con el recipiente de la confianza recoge cualquier cosa que necesites”[1]. De aquí, de la Eucaristía, le venía entonces la fuerza a Carlo, para soportar con valentía y con alegría su enfermedad.

Si la Eucaristía es tan valiosa, ¿qué hacer para aprovechar la Eucaristía? Tener presente, muy presente, que comulgar no es levantarse del banco cuando se distribuye la comunión, acercarse al sacerdote, recibir la comunión en la boca, y volver al banco esperando que continúe la misa: comulgar es recibir a Cristo Dios en Persona, que viene a nuestra alma, así como un amigo viene a nuestra casa; comulgar es recibir a Cristo Dios que golpea a las puertas de nuestra alma, para entrar en nosotros y para cenar con nosotros, tal como lo dice en el Apocalipsis: “Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo (3, 20); comulgar es abrir las puertas del corazón a Cristo Dios que viene en la Eucaristía a darnos sus gracias y sus dones, tal como Él mismo lo dice a Sor Faustina: “Deseo unirme a las almas humanas. Mi gran deleite es unirme con las almas. Has de saber, hija Mía, que cuando llego a un corazón humano en la Santa Comunión, tengo las manos llenas de toda clase de gracias y deseo dárselas al alma, pero las almas ni siquiera me prestan atención, Me dejan solo y se ocupan de otras cosas. Oh, qué triste es para Mí que las almas no reconozcan al Amor. Me tratan como a una cosa muerta”[2].

Prestemos atención a las palabras de Jesús, que se refiere al momento de la Comunión: “…las almas… Me dejan solo y se ocupan de otras cosas (…) Me tratan como a una cosa muerta”.

Al comulgar, entonces, no pensemos que la Eucaristía es un pan bendecido; es Cristo Dios en Persona que viene a mi alma, y dispongámonos a escucharlo en el silencio del alma.

Éste es el mensaje que nos transmite, desde más allá de las estrellas, Carlo Acutis, el joven de quince años que murió de leucemia en el año 2006: la vida tiene sentido en Cristo Eucaristía, porque en Cristo Eucaristía encuentra el joven y todo ser humano el origen, el sentido, y el fin de la vida, una vida destinada a ser vivida en plenitud aquí, en la tierra, pero sobre todo, más allá de las estrellas, junto a Cristo. El mensaje de Carlo Acutis es: “Joven, vive una vida plena aquí en la tierra, unido a Jesucristo, que se dona para ti en la Hostia consagrada. Únete a Él, ábrele tu corazón, recíbelo en ese templo sagrado que es tu alma, y Él te colmará de dicha, de felicidad, de paz, en esta vida, y en la otra para siempre”.


[1] Cfr. Kowalska, F., Diario. La Divina Misericordia en mi alma, 1487.

[2] Cfr. ibidem, 1385.

miércoles, 27 de abril de 2011

Cristo en la cruz, único modelo de virtudes para la vida feliz del joven

Sólo Cristo crucificado
es para el joven
modelo perfecto de virtud

En todo joven -como en todo ser humano, pero principalmente en el joven-, en algún momento se despierta un interrogante: ¿cómo ser felices? Y la respuesta es sólo una: llevando una vida virtuosa y excelente. Pero inmediatamente, encontrada la respuesta, viene otra, directamente relacionada con la respuesta: ¿dónde encontrar un modelo de vida virtuosa y excelente? ¿Dónde -o en quién- encontrar un ideal, de manera tal que yo, en cuanto joven, pueda modelar mi vida según ese ideal, para satisfacer mi deseo innato de felicidad?

Debido a que vivimos en un mundo dominado por los medios de comunicación, principalmente televisión e internet, surge la tentación de encontrar el modelo para la vida virtuosa y excelente entre las personas estos lugares.

Pero cuando hacemos esto, constatamos lo siguiente: en la televisión, en internet, y en el mundo en general, se pueden ver muchas personas que son famosas porque se destacan en algo, relacionado principalmente con el mundo y sus atractivos, y por este mismo hecho, no son ejemplos virtuosos.

Algunos se destacan por su poder, como por ejemplo, el presidente de los EE.UU., que es, en este sentido, el hombre más poderoso de la tierra; otros, se destacan por su dinero, como por ejemplo, los magnates, que poseen fortunas enormes; otros, se destacan, además de su dinero, por sus inventos, como por ejemplo, Bill Gates, con sus computadoras; otros, se destacan por su talento futbolístico, por su habilidad y por sus goles, como los futbolistas, como Maradona, Messi, Cristiano Ronaldo, y muchos más.

Todas estas personas sobresalen por su poder, por su dinero, por su talento, por sus habilidades, pero muchos de ellos, o la gran mayoría, no tienen grandes virtudes, y por lo tanto no pueden ser tomados como ejemplos para los jóvenes.

Por el contrario, se muestran egoístas, interesados sólo por ellos mismos, dedicados por completo a sus mezquinos y limitados intereses. Si quisiéramos fijarnos en la gran mayoría de los personajes "famosos" del mundo moderno, sólo veríamos en ellos egoísmo, mezquindad, ambición, deshonestidad, individualismo. Si nos ponemos a ver, en todos encontraríamos defectos, y por supuesto, también virtudes, pero no habría ninguno que fuera un ejemplo perfecto de virtud, digno de ser imitado por un joven. No hay entre los seres humanos –a menos que sean ya santos, o estén en el camino de la santidad- ejemplos perfectos de virtud.

Sin embargo, si no hay en el mundo, entre los hombres, ejemplos perfectísimos de virtud, hay Alguien a quien sí podemos tomar como ejemplo para un obrar bueno y virtuoso, para llevar una vida feliz y excelente. Ese modelo de virtud es Cristo, y Cristo en la cruz. Él es el modelo de todo lo bueno, y todo lo bueno y excelente que queramos encontrar, lo vamos a encontrar en Cristo crucificado. Cristo en la cruz es modelo de paciencia, de caridad, de humildad, de bondad, de misericordia, de amor, de entrega al otro por puro amor, porque Cristo da su vida por todos, movido sólo por el Amor infinito de su Sagrado Corazón. En Él sí puedo fijar mi ideal de vida, para conseguir ser feliz, porque el joven sólo es feliz en la donación de sí mismo a los demás, donación que se encuentra en su grado más perfecto en Cristo crucificado.

Y ese mismo Cristo que está en la cruz, es el Cristo que viene a nuestros corazones en cada Eucaristía. Hagamos que nuestros corazones sean un altar en donde adorar y contemplar a Jesús, Fuente y modelo de toda virtud y de todo lo bueno. Sólo Jesús en la Eucaristía hará que yo pueda llevar una vida virtuosa y excelente en esta tierra, y feliz en la eternidad.

jueves, 21 de abril de 2011

El joven y el amor a los padres

Los padres constituyen, para los jóvenes, los primeros prójimos a los cuales se los debe amar, porque ellos son el prójimo del primer mandamiento: “Amar a Dios y al prójimo”. Este “prójimo” son los padres.

La juventud es la época del amor, y como el joven está hecho para amar, debe vivir de manera particular dos mandamientos de la Ley de Dios, que mandan positivamente amar: el primero, que dice: “Amarás a Dios por sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo”, y el cuarto, que dice: “Honrar padre y madre”, porque este mandamiento está estrechamente relacionado con el primero, ya que nadie puede honrar a alguien, si no lo ama, y si lo ama, el amor es ya un modo de honrar.

No da lo mismo querer o no querer a los padres: es indicio de estar bajo el influjo del espíritu del mal el rechazo de los afectos humanos y de la ternura humana[1].

El joven, entonces, hecho para amar, debe vivir el primero y el cuarto mandamiento, con particular y especial dedicación, porque son mandamientos del amor, fundados en el Amor.

Los padres constituyen, para los jóvenes, los primeros prójimos a los cuales se los debe amar, porque ellos son el prójimo del primer mandamiento: “Amar a Dios y al prójimo”. Este “prójimo” son los padres.

Esto debe ser así. En caso contrario, ¿cómo se puede vivir el primer mandamiento, “Amar a Dios”, a quien no se ve, sino se honra y se ama a esos prójimos tan especiales, llamados “padres”?

El Santo Padre Juan Pablo II, en su “Carta a las Familias” (15, 16), hace notar que no se puede tratar a los padres de cualquier manera: el cuarto mandamiento dice: “Honra a tu padre y a tu madre”, y honrar quiere decir “reconocer”; por lo tanto, “honrar padre y madre” quiere decir, según el Santo Padre, reconocerlos y respetarlos como padres, es decir, por el solo hecho de ser padres, como los dadores, junto a Dios, de la vida y de la existencia.

El joven debe vivir su amor cristiano en todo lugar y momento, y con todo prójimo, pero ante todo, en el primer lugar en donde debe mostrarse amable, respetuoso, cariñoso, paciente, afectuoso, generoso, es en el hogar, y los primeros prójimos que deben recibir su amor cristiano, son los padres: es con ellos con quienes debe vivir su llamado a ser “otro cristo”.

Si no se vive la filiación biológica, terrena, natural, con amor –el cual se expresa y se manifiesta en la honra-, ¿cómo se puede vivir la filiación divina, recibida en el bautismo, por medio de la cual se ama y se adora a Dios?

La filiación natural, biológica, es una preparación y un entrenamiento para vivir la filiación sobrenatural y divina. Pero si no soy amable y atento con mi madre y con mi padre, ¿cómo voy a poder decirle a Dios “Padre” y a la Virgen “Madre”? ¿Cómo voy a vivir la caridad con mis hermanos en el bautismo, si no vivo la caridad con mis hermanos de sangre?

La filiación biológica, y la fraternidad o hermandad biológicas, son una preparación y un ejercicio para vivir la filiación divina y la fraternidad divina: todos los bautizados somos hermanos entre nosotros, con un lazo infinitamente más fuerte que el lazo de sangre, porque es el lazo de la gracia divina.

Pero si no somos capaces de amar a nuestros hermanos biológicos, y de amar y de respetar a nuestros padres de la tierra, mucho menos seremos capaces de amar a nuestros hermanos espirituales, y a nuestros progenitores celestiales, Dios Padre y la Virgen nuestra Madre.


[1] Cfr. Malachi Martin, El rehén del diablo,

miércoles, 23 de marzo de 2011

Dios obra en un jardín

En el Árbol de la Cruz
florece el fruto más hermoso:
Cristo, muerto y resucitado
para nuestra salvación

Las obras de Dios se llevan a cabo en jardines: crea al hombre y lo coloca en un jardín, dándole este jardín, el Paraíso, como su morada; cuando el hombre se rebela contra Él y se aleja de la amistad con Dios, Dios no tiene otra opción que expulsarlo del Paraíso, y la expulsión del Paraíso es la expulsión de un jardín; cuando se encarna para redimir al hombre, inicia su Pasión en un jardín, el Huerto de los Olivos; convierte al leño seco de la cruz en un árbol de Vida y de Vida eterna, es decir, obra como un jardinero, porque a un lugar en el que solo habían rocas, como el Monte Calvario, lo convierte en un vergel de vida por medio de la Fuente de Agua Viva, que es su Corazón, y al hacer crecer el Árbol de la vida, que es la Cruz; la vuelta a la vida luego de su muerte en cruz, se realiza en un Jardín, el Jardín de la resurrección, porque es en un jardín en donde María Magdalena encuentra a Cristo resucitado; el regreso al Padre luego de esta vida, es descripto en términos de Paraíso, es decir, de Jardín, ya que el Paraíso es sinónimo de Jardín.

Crea al hombre en un jardín, redime al hombre en un jardín, conduce al hombre a un jardín eterno.

Al contemplar un jardín terreno, pensemos, además de en la Sabiduría de Dios –que crea con su Inteligencia suprema la materia con su organización atómica y molecular- y además del Amor de Dios –que crea todo lo que crea por Amor a su creatura predilecta, el hombre-, en el misterio pascual de Jesucristo, que inicia en un jardín, el Paraíso terrenal, y finaliza en un Jardín, en un Paraíso celestial, la comunión de vida y de amor con las Tres Divinas Personas.

Es por esto que el jardín terreno, además de ayudarnos a descansar, debe llevarnos a contemplar y a meditar no solo sobre la Sabiduría y el Amor de Dios, sino en el Amor de Dios manifestado en el misterio pascual de Dios Hijo encarnado, porque todo su misterio pascual se inicia en un jardín, se desarrolla en un jardín, y nos conduce a un jardín celestial, la comunión de vida y amor con la Trinidad.

martes, 1 de marzo de 2011

Decidme olivos santos


Decidme olivos santos

Decidme olivos santos,

Qué habéis visto y oído;

Decidme, olivos benditos,

olivos santos;

alumbrados por la luz de plata,

en la noche sagrada,

vosotros, ¿qué habéis visto y oído?

Vimos al Hombre-Dios,

Y oímos su lamento,

su llanto y su dolor.

Vimos sus lágrimas de sangre,

Su terror y su pavor.

Vimos sus lágrimas,

Y la opresión de su corazón,

Inundado de dolor

Por el hombre pecador.

Vimos su Sangre correr

Por su Cuerpo Santo

Y en tierra caer.

Lo vimos,

de pena y de dolor,

agonizar;

fuimos testigos de su dolor,

provocado por quienes,

al rechazar su amor,

nunca se habrían de salvar.

Vimos al Hombre-Dios,

Y cuando lo vimos,

Lloraba amargas lágrimas de dolor;

Se estremecía su Corazón

Por la tristeza y el pavor

De ver de los hombres la maldad.

Lloraba y se apenaba por ti,

Y eran tus maldades

Las que oprimían su Corazón.

Nosotros, testigos del misterio,

vimos al Hombre-Dios,

Que por ti lloraba y se apenaba,

Con tristeza de muerte

Y con lágrimas de sangre.

Decidme, olivos santos,

Vosotros, que al Hombre-Dios

Tuvisteis la dicha de ver;

¿sabéis por ventura dónde,

Dónde el Señor de la gloria está?

¿Sabéis vosotros, olivos sagrados,

Testigos santos de la Pasión del Señor,

Por dónde se fue, que aquí ya no está?

Si no sabes por dónde se fue,

Observa este camino,

Regado con sus lágrimas y con su sangre,

Aquí comienza y en el Calvario termina.

Le vimos partir

De este Huerto de dolor,

Camino de la cruz,

A donar, por ti, su amor.

Observa este camino,

Que del Huerto llega al Calvario:

Señalado está con la Sangre del Cordero.

Observa este Camino Real,

Que comienza en el Huerto y termina en la cruz;

Observa este camino,

Regado con su sangre,

Y sabrás por dónde se fue.

Olivos santos,

Testigos sagrados

del misterio insondable,

que me habéis confiado

qué habéis visto y oído:

la Sagrada Pasión de amor

del Hombre-Dios por mí;

os confieso a vosotros,

olivos santos,

que quiero este Camino seguir,

para sus mismas penas sufrir,

y su mismo dolor compartir;

¡Quiero, a su misma cruz, subir!

domingo, 20 de febrero de 2011

Quo vadis, Domine?

Cuenta la Tradición que Pedro abandonaba Roma, acobardado por las dificultades para predicar el Evangelio. En su huida, se encontró con Jesús, que iba en dirección contraria, cargando la cruz. Pedro le pregunta: "Quo vadis, Domine?", es decir, "¿Dónde vas, Señor?", y Jesús le contesta: "Mi pueblo en Roma te necesita, si abandonas a mis ovejas yo iré a Roma para ser crucificado de nuevo". Avergonzado, Pedro regresó a Roma y murió luego crucificado cabeza abajo, dando testimonio de Jesucristo. El siguiente poema se basa en este episodio, y narra un hipotético encuentro entre Jesucristo y un joven.


I
¿Dónde vas, Señor, tan malherido?
¿Tú, el Dios de la gloria, cubierto de sangre,
con mil llagas herido?
¿Porqué tantos golpes?
¿Quién, con tanta saña, Señor, contigo ha sido?


II
¿Dónde vas, Señor?
"Voy a morir crucificado"
¿Tú, Señor?
¿Tú, a morir, que eres la Vida?
"Muero para que vivas,
para que en mi muerte tengas vida".
¿Vida? ¿Acaso no estoy vivo?
"Vives, pero sin mi Vida,
y vivir así es vivir la muerte.
Vives, pero sin mi muerte,
morirás para siempre.
Yo Soy la Vida, y doy mi vida
para que no mueras.
Cuando Yo muera, tendrás vida,
y esta tu vida, que ahora es muerte,
vivirá la vida eternamente.


III
¿Dónde vas, Señor?
"Voy a morir de muerte humillante"
¿Tú, el Rey de la gloria?
¿Cómo es posible?
No te mueras, que Tú eres mi Vida.
Si mueres, y quedo vivo,
¡para qué vivir una vida sin la Vida,
que no es sino una vida muerta!


IV
¿Dónde vas, Señor?
"Voy a morir, para que ésta tu muerte
que ahora vives,
muera en mi muerte.
Voy a morir, para que tu muerte
sea eternamente vida ya sin muerte.
Voy a morir, porque sin mi muerte,
tu vida sin vida morirá para siempre.
Por eso muero, porque con Mi muerte
te doy Vida".


V
¿Dónde vas, Señor?
"Voy a morir crucificado"
¡No me dejes, llévame contigo!
¡Quiero morir en Tu muerte,
para resucitar a Tu Vida!