miércoles, 27 de agosto de 2014

Los Diez Mandamientos para Jóvenes: Primer Mandamiento: “Amarás a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”


Cristo del Amor

         El Primer Mandamiento de la Ley Nueva de Jesús dice así: “Amarás a Dios por sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo; en este mandamiento está resumida toda la ley y los profetas” (Mt 22, 37-40). Dice San Bernardo que “lo único que quiere Dios de nosotros, es que lo amemos”[1]. Y una santa dice que debemos amar a Dios por lo que es, y no por lo que da: “Haz que yo te ame por lo que eres, y no por lo que das”. El mismo Dios nos dice en el Antiguo Testamento: “Estos mandamientos que yo te prescribo hoy no son superiores a tus fuerzas, ni están fuera de tu alcance. No están en el cielo, para que hayas de decir: ‘¿Quién subirá por nosotros al cielo a buscarlos para que los oigamos y los pongamos en práctica?’ Ni están al otro lado del mar, para que hayas de decir: ‘¿Quién irá por nosotros al otro lado del mar a buscarlos para que los oigamos y los pongamos en práctica?’ Sino que la palabra está bien cerca de ti, está en tu boca y en tu corazón para que la pongas en práctica. Mira, yo pongo hoy ante ti vida y felicidad, muerte y desgracia (…) Pues hoy te ordeno que ames al Señor tu Dios y cumplas sus mandatos, decretos y ordenanzas andando en sus caminos. (…) El Señor tu Dios cambiará tu corazón y el de tus descendientes, para que lo ames con todo el corazón y con toda el alma, y para que tengas vida”[2]
        Del mandamiento de Jesús, de lo que dicen los santos, y de lo que está escrito en el Antiguo Testamento -que es una sola y única fuente-, todo lo que podemos ver es que Dios no nos pide que vayamos a la luna, ni que escalemos la montaña más alta del mundo, ni que consigamos todo el oro del mundo, ni que crucemos el océano a nado: no nos pide empresas imposibles, que están fuera de nuestro alcance; sólo pide que lo amemos, y eso está a nuestro alcance, porque el amor es algo que es una capacidad del corazón del hombre, creado por el Dios del Amor, que solo le pide a su creatura que, puesto que lo creó por amor, le retribuya, en agradecimiento, solo amor: “Ama a Dios por sobre todas las cosas”. No amar a las cosas y luego a Dios, sino amar a Dios por sobre todas las cosas, pero amarlo, que es lo que caracteriza y diferencia al hombre de los seres irracionales y lo asemeja al mismo Dios, porque el Amor es Dios, ya que “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8), como dice el Evangelio.
Pero luego viene la otra parte del mandato de Jesús, que forma parte del Primero: “(Amarás a Dios por sobre todas las cosas) Y al prójimo como a ti mismo; en este mandamiento está resumida toda la ley y los profetas”. Jesús nos exige que amemos al prójimo, porque el prójimo es imagen viviente de Dios, ya que todo hombre ha sido creado a imagen y semejanza de Dios: “y creó Dios al hombre a su imagen y semejanza; varón y mujer lo creó” (Gn 1, 26ss). Además, el mismo Jesús inhabita en el prójimo, de manera tal que todo lo que le hagamos a nuestro prójimo, en el bien y en el mal, se lo hacemos a Jesús, y Él nos lo devuelve, en la vida eterna, multiplicado al infinito, como premio o como castigo. Para los que amen a sus prójimos, sobre todo los más necesitados, Jesús les dirá en el Juicio Final[3]: “Venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre y sed, y me disteis de comer y de beber; estuve enfermo y preso y me socorristeis y visitasteis; pasad a gozar del Reino de los cielos”; pero a los malos, los que no tuvieron compasión de sus hermanos más necesitados, les dirá: “¡Apartaos de Mí, malditos, al fuego eterno, porque tuve hambre y sed, y no me disteis ni de comer ni de beber; estuve enfermo y preso, y no me socorristeis ni visitasteis”. Y tanto los buenos como los malos, le preguntarán a Jesús: “Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, sediento, enfermo y preso?”. Y Jesús les dirá: “Cuando vieron a un mendigo hambriento y sediento, ahí estaba Yo, dentro de ese mendigo y sufriendo con Él; cuando vieron a un enfermo postrado en cama, ahí estaba Yo, sufriendo con Él; cuando vieron a un preso en la cárcel, ahí estaba Yo con él, preso en la cárcel, porque Yo estoy presente en Persona en los hombres, pero con mayor intensidad en los que más sufren y por eso recompenso a los que los ayudan y castigo a los que no son capaces de prestarles el más mínimo auxilio”.
Entonces, queda claro que primer mandamiento, el mandamiento del Amor, es amar a Dios y al prójimo, pero que nuestro amor a Dios pasa por el amor al prójimo, lo cual quiere decir que no se puede amar a Dios si no se ama al prójimo, porque el prójimo es su imagen viviente. Por eso el evangelista Juan dice que es un “mentiroso” quien dice que ama a Dios, a quien no ve, si no ama a su hermano, a quien ve (cfr. 1 Jn 4, 20). Y el “Padre de la mentira” (Jn 8, 44) es el demonio.
Por último, Jesús le agrega algo muy importante a este mandamiento, y es la intensidad y la cualidad de este amor. Antes de subir la cruz, en la Última Cena, Jesús dijo: “Os doy un mandamiento nuevo: que os améis los unos a los otros, como Yo os he amado” (Jn 13, 14). Quiere decir que el amor al prójimo, con el cual hay que cumplir el primer mandamiento, no es un amor cualquiera, sino el Amor de Jesús, el Amor de la cruz, porque Jesús dice: “Como Yo os he amado”, y Jesús nos ha amado hasta la muerte de cruz. Esto quiere decir que debemos amar a nuestro prójimo hasta dar la vida por él, y por prójimo debemos entender no solo a nuestros amigos, sino y sobre todo, en primer lugar, a nuestros enemigos, porque Jesús nos lo manda: “Ama a tus enemigos” (Mt 5, 43), y Él nos dio ejemplo de dar la vida por los enemigos, porque dio su vida por nosotros, que éramos enemigos suyos por el pecado.
“Amarás a Dios por sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo”. Si alguien quiere cumplir el mandamiento y no se siente con el suficiente amor para cumplirlo, encontrará Amor en sobreabundancia en el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, que arde con las llamas del Fuego del Amor Divino, y que está esperando para comunicar de ese Amor a todo aquel que quiera recibirlo con fe y con amor.  





[1] Sermón 83, 4-6: Opera omnia, edición cisterciense.
[2] Cfr. Dt 1-16.
[3] Cfr. Mt 25, 31-40.

miércoles, 20 de agosto de 2014

¿Dónde está Jesús?


         Un filósofo griego, que se llama Aristóteles, decía que todos los hombres, desde que nacen, buscan permanentemente la felicidad. Y San Agustín decía que eso era verdad, pero el problema era que los hombres la buscaban en lugares equivocados: el dinero, la fama, el éxito pasajero, el aplauso de los hombres. Todo eso da una felicidad, pero una felicidad que es muy fugaz, que pasa muy rápido, tan rápido, que el hombre ni siquiera se da cuenta cuando ya pasó. El Qoelet dice que todo es “vanidad de vanidades” y “atrapar vientos” (1, 14). Buscar la felicidad en las cosas materiales es para el hombre como intentar atrapar el viento, es como tratar de llenar un precipicio con un balde de arena: es imposible, porque el corazón del hombre ha sido hecho para colmarse de una felicidad y de un amor infinitos, que sólo Dios puede satisfacer. Por eso San Agustín decía: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón no descansa en paz, hasta que no reposa en Ti”. Ésta es la razón por la cual, el corazón del hombre busca vanamente ser feliz en las cosas del mundo; esta es la razón por la cual el hombre busca vanamente mendigar amor a las creaturas, y las creaturas, aun cuando se lo propongan, no lo pueden proporcionar, porque no lo tienen; sólo Dios tiene un Amor que contiene en sí toda la felicidad capaz de extra-colmar el corazón del hombre. Para que nos demos una idea, el corazón del hombre, es como un granito de arena, y el Amor de Dios, es como cientos de miles de millones de cielos estrellados, y todavía más, y todo eso nos lo quiere dar Dios a cada uno de nosotros, sin guardarse nada para Él, para hacernos felices. Dios nos ha creado para que seamos felices con Él y solo con Él y es por eso que somos in-felices –no somos felices-, cuando no tenemos a Dios, y cuando buscamos la felicidad fuera de Dios. Sólo en Dios está la felicidad, y quien encuentra a Dios, encuentra la máxima felicidad, porque Dios es Amor y felicidad máxima.
         Entonces, viene la pregunta: ¿Dónde está Dios? ¿Adónde ir a buscarlo? ¿Acaso Dios no es invisible? ¿Acaso Dios no es demasiado grande para mí? ¿Quién ha visto a Dios alguna vez?
         Es verdad que Dios es invisible, pero es verdad también que Dios se encarnó, se hizo carne en Jesús, para tener un rostro, una cara, un cuerpo, para dejarse crucificar, para demostrar hasta dónde llegaba su Amor por todos y cada uno de nosotros. Es verdad que Dios es demasiado grande, pero Dios se hizo pequeño, como un Niño en Belén, y luego, ya de joven, subió a la cruz, para vencer a la muerte, al demonio y al pecado, para luego, después de muerto, resucitar y ascender a los cielos, para prepararnos una habitación en la Casa del Padre; y así, desde que resucitó, Jesús está en el cielo, resucitado, glorioso, porque es Dios. Él es Dios Hijo, es el Hijo de Dios Padre, y está junto al Padre y junto a Dios Espíritu Santo. Es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Junto al Padre y al Hijo, forman las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad. Eso es en el cielo, en donde Jesús nos espera para hacernos felices para siempre.
         Pero aquí, en la tierra, ¿dónde está Jesús? Porque yo quiero empezar a ser feliz aquí, en la tierra.

         Aquí en la tierra, Jesús está en tres lugares: en la cruz, en la Eucaristía y en mi hermano más necesitado: en el pobre, en el enfermo, en el preso, en el que no vale nada a los ojos de la sociedad. Si quiero ser feliz, voy a buscar a Jesús, que está en esos tres lugares: en la cruz, en la Eucaristía y en el prójimo más necesitado. No está en ningún otro lugar. No está en el dinero, no está en los placeres de los sentidos, no está en el éxito mundano, no está la fama, no está en el poder, no está en el ser aplaudido por los hombres. Si quiero ser feliz, en esta vida y en la vida del Reino de los cielos, voy a buscar a Jesús en donde está Jesús: en la cruz, en la Eucaristía y en el hermano que esté más necesitado. Y antes de que lo empiece a buscar, Jesús va a salir a mi encuentro, y me va a dar su Amor, y voy a sentir la alegría de su Amor en mi corazón, y ya voy a experimentar, por anticipado, la felicidad que experimentaré, para siempre, en la Casa del Padre.

El joven cristiano ante la muerte


         Muchas veces la muerte se lleva a una vida joven, y cuando se lleva a una vida joven, sorprende, porque es un hecho mucho más inesperado que cuando se produce en vidas que ya han pasado la época de la juventud. La muerte provoca desconcierto, angustia, vacío, tristeza, pero sobre dolor, un profundo dolor, y mucho más cuando se trata de una persona joven, porque se supone que un joven, tiene todavía –como se dice- “toda una vida por delante”-, y por lo tanto, se ve cómo esa vida ha quedado, repentinamente, truncada. Los medios de comunicación nos brindan, a menudo, noticias en las que los jóvenes son protagonistas –efímeros- de tristes noticias, porque han perdido la vida por diversos motivos: accidentes automovilísticos, guerras, asesinatos, suicidios, enfermedades, tragedias, etc. En todos los casos, se repite siempre el mismo escenario y las mismas preguntas: ¿por qué? ¿Acaso no tenía que vivir más tiempo? ¿Acaso no era demasiado joven para morir?

         Es en estos casos, en donde el misterio de la muerte resurge con mayor ímpetu, y es en estos casos en donde el joven cristiano debe estar más firme, para saber qué y cómo responder, para no quedar aplastado por el desconcierto y por el dolor.
         Para el joven cristiano, la muerte, si bien significa siempre tristeza, vacío, angustia, dolor, porque el ser querido ya no está más, no significa sin embargo nunca desesperación, abandono, irreversibilidad, porque el cristiano sabe que la muerte –junto a los otros enemigos del hombre, el demonio y el pecado- ha sido vencida definitivamente por Jesucristo en la cruz.

         En muchas representaciones pictóricas, puede verse a Cristo en la cruz, y puede verse cómo, al pie de la cruz, su Sangre escurre hacia abajo, hacia la tierra, penetrándola, empapándola, hasta alcanzar, hacia abajo, a un cráneo, que se encuentra en la profundidad de la tierra: según la Tradición, se trata del cráneo de Adán, puesto que, también según la Tradición, Jesús fue crucificado en el Monte Calvario, justo por encima en donde Adán fue sepultado, de modo que la Sangre de Jesús, escurriendo por los vericuetos de la roca e impregnando la tierra, llegó hasta el cráneo de Adán, y debido a que la Sangre de Jesús es portadora del Espíritu Santo, al tomar contacto con el cráneo de Adán, le dio vida, resucitándolo, y es así como Jesús, resucitando Él por su propio poder en el sepulcro, y resucitando a la humanidad, al infundir el Espíritu Santo, Dador de vida eterna, venció a la muerte. Esta es la razón por la cual el joven cristiano, frente a la muerte, no puede jamás, ni desesperarse, ni atormentarse, ni pensar que está todo perdido; por el contrario, el joven cristiano, frente a la muerte, debe elevar sus ojos a Jesús crucificado y pedir que sea su Sangre la que lo cubra, para verse por ella purificado de todo mal y de todo pecado, y confiar en su Misericordia.



         El joven cristiano debe, además, ser consciente de que, aun cuando él sea joven, la vida del hombre sobre la tierra es breve, tal como lo dice la Escritura: “Nuestra vida, Señor, pasa como un soplo; enséñanos a vivir según tu voluntad”. Entonces, más que llorar a los que han partido –que es lícito hacerlo-, el joven cristiano debe, confiando en la Misericordia Divina, prepararse él mismo, obrando las obras de misericordia y viviendo en gracia, para entrar, el día que Dios lo llame al juicio particular, para sortear el juicio sin dificultad y así entrar en la Casa del Padre y vivir, con los seres queridos, con los ángeles, con los santos, con Jesús y con la Virgen, en la feliz bienaventuranza, por los siglos sin fin.




sábado, 1 de marzo de 2014

Joven, si amas a Cristo, no festejes el Carnaval

         Joven, si amas a Cristo, no festejes el Carnaval.
         ¿Por qué?
         Estas son las razones:
         Porque tu cuerpo es templo del Espíritu Santo, y en él debe morar, por la gracia, la dulce paloma del Espíritu Santo, y el Carnaval, con su pestilente exaltación de las pasiones, de la carnalidad, de lo más bajo del ser humano, ahuyenta a esta Dulce Paloma, y convierte a tu corazón, de cristalino y luminoso nido, en cueva babeante en donde anida Asmodeo, el demonio de la lujuria.
         Porque tu cuerpo ha sido adquirido por Dios Padre al precio altísimo de la Sangre del Cordero, derramada en la cruz, y si tú festejas el Carnaval, estarás pisoteando esa Sangre y la profanarás horriblemente, haciendo de esa manera vano el sacrificio de Jesucristo y ultrajando horriblemente el don de Dios Padre, arrojando en su Santa Faz su el regalo de su Amor.
         Porque el día de tu bautismo, por la gracia bautismal, Dios Padre convirtió tu corazón en un altar y sagrario más preciosos que el oro, en donde debía alojarse Jesús Eucaristía, y tu cuerpo en un templo de gloria, en donde debía habitar el Espíritu Santo, y tu vida toda debía ser un canto dedicado a la Virgen Santísima, y si festejas el Carnaval, tu corazón será una cueva de serpientes, tu cuerpo un nido de escorpiones, es decir, las pasiones sin control, y no será la Virgen María, con su castidad y pureza, la que guiará tu vida, sino el demonio con su incitación a la lascivia y a todo género de impureza, y entonarás todo tipo de música estridente e impura.
         Si esto haces, al inicio de Cuaresma, tu corazón estará árido y seco, como el desierto y, como el desierto, arderá el sol, es decir, las pasiones sin freno, y, como el desierto, vagarán las alimañas ponzoñosas, los escorpiones, las arañas, los alacranes, las víboras, que son todo género de malos deseos, de malos pensamientos, de malas acciones, de malas obras, que te alejarán cada vez más de Dios, y estarás a merced de las bestias del desierto, es decir, de los demonios.
         Es por esto, querido joven, que te aconsejo, de todo corazón, que si amas a Cristo, no festejes el Carnaval.


martes, 24 de diciembre de 2013

Joven, si eres católico, no vivas una Navidad mundana, sin Cristo




         Cuando se acercan las festividades cristianas, como en este caso, la Navidad, se escuchan dos versiones sobre cómo debe celebrarse esta fiesta. Una versión es la del mundo; otra versión, es la de la fe de la Iglesia.
¿Qué dice el mundo acerca de la Navidad?
Para el mundo, la Navidad no es más que una ocasión de diversión mundana, es decir, una diversión que, en el fondo, no es diversión, porque es una diversión en donde Dios no está presente.
Para el mundo, la Navidad es una “fiesta” en la que hay que comprar, consumir, gastar, comer a más no poder, beber, emborracharse, tirar fuegos de artificio, salir a bailar y, cuanto más mundana sea la música, es decir, cuanto más incite al pecado, tanto mejor.
Para el mundo, la Navidad no tiene una dimensión sagrada, porque no tiene nada que ver con Dios; el mundo se ríe sarcásticamente de la verdadera fiesta de Navidad, porque quien desea celebrar la fiesta de Navidad en el Espíritu de Dios, debe hacerse como un niño, es decir, imitar, por medio de la gracia, la inocencia de un niño, porque se trata de la fiesta de Dios que se hace Niño sin dejar de ser Dios. Pero el mundo, que ensalza el pecado y el mal, no soporta la gracia y el bien; el mundo, envejecido en el pecado, no tolera a quien desea ser como niño, por la inocencia que da la gracia, para imitar a un Dios que viene a nuestro mundo como un Niño recién nacido. Pensando que divierte a la juventud, el mundo, al profanar la fiesta de Navidad con festejos mundanos, lo que hace es envejecer a los jóvenes, porque el pecado afea y envejece al alma.
Para el mundo, la Navidad no es la fiesta de la Inocencia y del Amor de Dios, porque el mundo desprecia ambas cosas; el mundo exalta el desenfreno de las pasiones, la lujuria, el alcohol, las drogas, la música –anti-música, en realidad- que incita a la sexualidad sin control, por placer, brutalizada porque separada del Amor, como la cumbia, el rock, sobre todo el rock pesado o “heavy rock” o rock metálico, o la música “techno”, o tantos géneros musicales que, precisamente por no cantarle al Divino Amor, hunden a los jóvenes en la más negra desesperación, la desesperación de la lujuria y de la carne, la desesperación del pecado, del mal y de la mentira.
Para el mundo, la Navidad es una ocasión para la diversión mundana, sacrílega, blasfema, que ensalza todo aquello que ha sido derrotado por el Niño de Belén, con su Encarnación, Nacimiento y, ya de adulto, su Pasión, Muerte y Resurrección.
Un joven católico no puede, de ninguna manera, celebrar una Navidad mundana.
¿Qué dice la fe de la Iglesia acerca de la Navidad?
La fe de la Iglesia nos dice que la Navidad es la fiesta del Dios Sol, Jesucristo, nacido del Padre antes de todos los siglos, en la eternidad, que se encarna en el seno virgen de María y que viene a nuestro mundo, naciendo milagrosa y virginalmente de María Virgen, para manifestarse como un Niño recién nacido, un Niño que abre sus bracitos en el Pesebre de Belén, para luego, ya adulto, abrirlos en la Cruz, para salvarnos del demonio, del mundo, del pecado y de la muerte, concedernos la filiación divina, y conducirnos al Reino de su Padre, a la eterna felicidad.
Para la fe de la Iglesia, la alegría se expresa, humanamente, en el espíritu de la castidad y del Amor de Cristo, en familia, con amigos, con manjares ricos, pero solo y únicamente, teniendo presente que la celebración es por el Nacimiento del Hijo de Dios humanado y manifestado en el Portal de Belén como un Niño.
Para la fe de la Iglesia, la verdadera fiesta de Navidad es la Santa Misa de Nochebuena, fiesta preparada por Dios Padre, en donde se sirven manjares deliciosos, exquisitos, en cuya comparación, los mejores manjares del mundo saben a cenizas y arena; en el banquete de Navidad, la Santa Misa de Nochebuena, Dios Padre nos sirve platos deliciosos, venidos del cielo: Pan de Vida eterna, el Cuerpo de Dios Hijo, resucitado y glorioso en la Eucaristía y por lo mismo, lleno de la luz y de la gloria de Dios Trino; la Carne del Cordero de Dios, asada en el Fuego del Espíritu Santo, la Eucaristía; el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, obtenido al triturar la Vid celestial en la vendimia de la Pasión, la Sangre de Jesús, derramada en la Cruz y vertida desde sus heridas y desde su Corazón traspasado, en el cáliz del sacerdote ministerial, en el momento de la consagración.
Esta es la verdadera y única fiesta de Navidad, la Santa Misa de Nochebuena, y quien participa de ella en gracia, con fe y con amor, puede sí luego, con toda alegría, celebrar y festejar en la fiesta humana, la fiesta de la familia, escuchando y cantando villancicos y también canciones profanas pero no que inciten al mal, preparando manjares terrenos como modo de expresar la alegría por haber participado del Banquete celestial, la Santa Misa.
Joven, si eres católico, no celebres una Navidad mundana; celebra la verdadera fiesta de la Navidad, la Santa Misa de Nochebuena, y luego sí, come y bebe con tu familia y tus amigos, diviértete, pero no te apartes nunca de la castidad y del Amor del Niño Dios, por cuyo motivo celebras la Navidad.

martes, 17 de diciembre de 2013

Prueba para realizar y saber cuánto amas en verdad a tu novio/a


Muerte de Francesca de Rímini y de Paolo Malatesta,
Alexandre Cabanel, 1871


         ¿Amas de verdad a tu novio/a? 
         Es decir, ¿amas, a quien puede ser tu futuro cónyuge, con el amor puro y casto de Jesucristo? ¿O en vez de amor, lo que experimentas es una mera atracción afectiva, sensitiva y carnal? Es importante saberlo, porque entre los dos extremos –amor de Cristo o pasión carnal- existe una gran diferencia, una diferencia insalvable.
¿Cómo saber si amas de veras a tu novio/a?
Para saberlo, hagamos esta pequeña “prueba”, ubicándonos mentalmente en la siguiente historia: imagina que vas en un auto –o en un ómnibus, o en una aerosilla, para el caso da lo mismo- a una montaña muy alta, junto con tu novio/a. Una vez llegados a la cima, ambos bajan del vehículo en el que llegaron y se acercan al precipicio. Miras para abajo, y te das cuenta de que si alguien se cae por este precipicio, no tiene posibilidad alguna de sobrevivir, porque hay una caída libre de trescientos o cuatrocientos metros. Si alguien cae, su muerte es más que segura. Y ahora viene la pregunta: tú, que tienes relaciones sexuales pre-matrimoniales, y que llamas a esta persona novio/a, ¿le darías un empujón para que se caiga por el precipicio y se mate? Con toda seguridad, tu respuesta es un rotundo “No”. Amas demasiado –o eso crees- a esta persona, como para hacerle este daño. No querrías separarte nunca de él/ella, y por eso no lo empujarías al abismo. Estas y otras respuestas como estas, saldrían espontáneamente de tu corazón.
Pero, ¿es verdad que no empujarías a quien es tu novio/a al abismo?
Tal vez podría ser verdad, pero si tienes relaciones sexuales pre-matrimoniales, le provocas a tu novio/a un daño inimaginablemente más grande que empujarlo por el precipicio. Si tienes relaciones sexuales pre-matrimoniales, le provocas un daño tan pero tan grande, que no te alcanza la imaginación –ni en esta vida ni en la otra- para cuantificar la magnitud del daño que le provocas.
¿Por qué?
Porque con la relación sexual pre-matrimonial, le haces cometer un pecado mortal, y el pecado mortal, como bien lo sabemos, se paga en la otra vida con el infierno. En otras palabras: no empujarías a tu novio/a a un abismo terrestre, pero con las relaciones pre-matrimoniales sí le abres las puertas del infierno y lo empujas al abismo del infierno, porque le haces cometer un pecado mortal.
Podrías decirme: “Pero nosotros nos amamos, y por eso tenemos relaciones”.
Si das esta respuesta, deberías reflexionar en la definición del amor: “Amar es desear el bien del otro”.
Al tener relaciones pre-matrimoniales: ¿de veras deseas el bien de quien será tu futuro/a esposo/a? Si las relaciones pre-matrimoniales estuvieran basadas en un amor verdadero, deberían conducir al amor verdadero, según el principio de San Ignacio de Loyola, que dice que “un acto es bueno y por lo tanto viene del buen espíritu-Dios o nuestro ángel de la guarda- si el principio, el medio y el fin son malos”. Si las relaciones pre-matrimoniales estuvieran permeadas por el Amor de Dios, su fin sería conducir a los novios al Amor de Dios. Pero resulta que no es así, porque como vimos, las relaciones pre-matrimoniales constituyen un pecado mortal y el pecado mortal, como también vimos recién, se paga en la otra vida, para quien muere con él en el alma, con la separación eterna de la Presencia de Dios y el consecuente castigo corporal y espiritual para siempre, lo cual se llama “infierno”. En otras palabras, las relaciones sexuales antes del casamiento, no conducen al cielo, sino al infierno, en donde no existe más amor de ninguna clase, sino odio eterno y sin pausa alguna. Si los “novios” mueren –por el motivo que sea- luego de las relaciones pre-matrimoniales, son llevados al Juicio de Dios, en donde cada uno recibe su Juicio particular y el justo destino final que supone el haber muerto con pecado mortal en el alma.
Y aquí está la respuesta a la pregunta de si de veras amas a tu novio/a cuando tienes relaciones pre-matrimoniales. La respuesta está dada por el hecho de que en el infierno no existe más el amor y los condenados se odian mutuamente. Como dijimos, si ambos murieran –por el motivo que fuera- minutos u horas después de una relación pre-matrimonial, morirían en estado de pecado mortal; ambos irían ante la Presencia de Dios para recibir el juicio particular, y ambos pedirían, delante de Dios y su Justicia, ser separados de su Presencia para siempre. Es decir, ambos pedirían, sin que Dios diga una palabra, ser precipitados para siempre en el infierno. Y en el infierno, puesto que no hay más amor, ambos se odiarían para siempre, destrozándose mutuamente, una y otra vez, culpándose el uno al otro de la situación de dolor eterno en el que se encuentran. ¿Te parece que esto es “amor”? ¿Te parece que se justifica una eternidad de dolores, por un instante fugacísimo de pasión carnal ilícita? ¿Puedes ver la consecuencia de la relación pre-matrimonial? ¿Te parece que puede alguien decir que ama a una persona, cuando en la realidad le está provocando el mayor y más terrible daño que puede sufrir alguien en esta vida, como lo es la pérdida de la vida de la gracia por cometer un pecado mortal? Esto no se llama “amor”, porque no es “desear el bien del otro”, sino que es “satisfacer egoístamente las propias pasiones, sin interesarse por la vida eterna y la salvación de quien probablemente será mi cónyuge”.
Esto no es “amor”, al menos, no es el amor de Cristo, y los novios por lo tanto, no pueden llamarse “novios en Cristo”, sino que deben buscar algún otro nombre que pueda describir esta situación.
Finalmente, para ayudarte en tu reflexión y para estimular en ti el deseo del Verdadero Amor de novios, el Amor puro y casto de Jesucristo, te dejo el Quinto Canto del Infierno del Dante, en donde describe la situación de dos amantes, que han encontrado la muerte en estado de pecado mortal –el pecado de la lujuria- y, habiendo recibido el Justo Juicio de Dios, han sido condenados.
Te expongo el análisis que hace el sitio Wikipedia[1], incluso con la aclaración del autor del análisis, de que Dante Alighieri ha sido bastante indulgente con los amantes condenados, porque los presenta con aspectos que de ninguna manera se encuentran en el infierno, como la piedad y la bondad.
He aquí el pasaje del Dante, tal como se encuentra en Wikipedia, que si bien se refiere a dos amantes, se puede perfectamente aplicar al caso de los novios que no guardan la castidad y no se aman según el Amor de Jesucristo, esto es, los que tienen relaciones sexuales pre-matrimoniales:
El título original en italiano es: “Canto quinto, nel quale mostra del secondo cerchio de l'inferno, e tratta de la pena del vizio de la lussuria ne la persona di più famosi gentili uomini”. Su traducción al español: “Canto quinto, en el cual muestra el segundo círculo del infierno, y trata de la pena del vicio de la lujuria en la persona de los más famosos gentilhombres”.

Análisis del canto

El canto se presenta unitario y compacto en el desarrollo del propio argumento: describe el segundo círculo infernal, el de los lujuriosos, desde el momento en que Dante y Virgilio bajan, a su despedida del mundo de las almas.
Dante y Virgilio llegan al segundo círculo, más estrecho (después de todo, el Infierno es como un embudo con círculos concéntricos, pero mucho más doloroso, tanto que los condenados están empujados a lamentarse). Aquí está Minos gruñendo de rabia: él es el juez infernal (de Homero en adelante) que juzga a los condenados que se le paran delante, enroscándose a sí mismo la cola alrededor del cuerpo tantas veces sean los círculos que los condenados deberán bajar para recibir el castigo. Cuando los condenados se la paran delante confiesan todos sus penas y Minos decide, como gran conocedor de pecados.
Minos viendo a Dante interrumpe su trabajo y le advierte de ver como entra en el Infierno y quien lo guía, que no lo engañe la amplitud de la puerta infernal (queriendo decir que es fácil entrar pero no salir). Entonces Virgilio toma la palabra, como ya había hecho con Carón, y lo incita a que no obstaculice un viaje querido por el Cielo, usando las mismas idénticas palabras: Quiérese así allá donde se puede / lo que se quiere, y no más inquieras.
Minos, si bien tiene formas grotescas de un monstruo tiene en sus palabras una actitud noble, desaparece de la escena sin ninguna indicación del poeta. Minos está considerado un puro servidor de la voluntad divina.
Pasado Minos, Dante se encuentra por primera vez en contacto con verdaderos condenados castigados en sus círculos:
Ahora comienzan las dolientes notas
a dejárseme oír: he llegado ahora
a donde tantos lamentos me hieren.
vv. 25-27


Dante y Virgilio encuentran a Paolo y Francesca
(Giuseppe Frascheri, 1846)

En este oscuro lugar, donde abundan los llantos, se siente rugir el viento como cuando en el mar comienza una tormenta por fuerza de los vientos contrarios que chocan. Pero esta tempestad no se aplaca nunca y golpea a los espíritus con su violencia, en particular cuando ellos pasan delante a su propia ruina aumentan los gritos, el llanto y los lamentos y las blasfemias. Qué es esta ruina no está claro, si la grieta de la cual sale la tormenta o uno de esos corrimientos de tierra producidos por el terremoto después de la muerte de Cristo (cfr. Inf. XII, 32 y Inf. XXIII, 137), o quizás el lugar donde los condenados descienden por primera vez después de la condena de Minos.
Dante entiende de inmediato quienes son los condenados castigados: los pecadores carnales / que la razón al deseo sometieron, es decir los lujuriosos que hicieron prevalecer el instinto sobre la razón.
Siguen dos similitudes ligadas al mundo de los pájaros: los espíritus (que son llevados por el viento de aquí, de allá, de abajo a arriba y ninguna esperanza los conforta) parecen una bandada desordenada pero compacta de pájaros cuando hace frío (durante la migración invernal); o como las grullas que vuelan en fila. Llama la atención a Dante un grupo de condenados de los cuales pide explicación a Virgilio.
Él lo acontenta e inicia el elenco de las almas de aquellos que tienen la particularidad de haber muerto por amor (lujurioso):
Semíramis, que hizo una ley que permitía a todos la lascivia en su país para no ser reprobada por su conducta libertina; es también indicada como esposa y sucesora de Nino, que reinó en la tierra que hoy gobierna el Sultán, es decir Babilonia, aunque en los tiempo de Dante el sultán reinaba sobre Babilonia de Egipto.
Dido, personaje virgiliano, que el maestro tiene la delicadeza de no citar por nombre pero que la indica como aquella que rompió el juramento sobre las cenizas de Siqueo y se mató por amor a Eneas.
Cleopatra lujuriosa.
Helena de Troya, por la cual nació tanto mal.
Aquiles, el gran Aquiles, que combatió por amor (en las redacciones medievales se narraba que se había enamorado locamente de Políxena, hija de Príamo, y por este amor fue llevado engañado y asesinado, ver también Las metamorfosis de Ovidio).
Después de haber escuchado estas y a muchas otras almas antiguas de heroínas y caballeros, Dante, al oír nombres así famosos, está al borde de la misericordia y casi desvanece.
La atención de Dante se centra sobre dos almas que al contrario de las otras vuelan unidas una a la otra y parecen ligeras al viento. Dante pide a Virgilio hablar con ellas, que acepta pedirles que se detengan cuando el viento las acerque a ellos.
Dante entonces se dirige a ellas: “¡Oh dolorosas almas / venid a hablarnos, si no hay otro que lo impida!”. Entonces las almas se separan del grupo de los muertos por amor como los pájaros que se levantan juntos para ir al nido.
Las almas entonces se alejan del cielo infernal gracias al pedido piadoso del Poeta. Habla la mujer:
¡Oh animal gracioso y benigno,
que visitando vas por el aire negro enrojecido
a nosotros que de sangre al mundo teñimos:

Si fuese amigo el Rey del universo,
a El rogaríamos que la paz te diera,
por la piedad que tienes de nuestro mal perverso.

Di lo que oír y de lo que hablar te place
nosotros oiremos y hablaremos contigo,
mientras se calla el viento, como lo hace.

La tierra, en la que fui nacida, está
en la marina orilla a donde el Po desciende
para gozar de paz con sus afluentes.

Amor, que de un corazón gentil presto se adueña,
prendó a aquél por el hermoso cuerpo
que quitado me fue, y de forma que aún me ofende.
vv. 88-120
Y sigue:
Amor, que no perdona amar a amado alguno,
me prendó del placer de este tan fuertemente
que, como ves, aún no me abandona.
vv. 103-105
Es decir, el amor no exonera ninguna persona amada de a su vez amar. Dante evoca explícitamente la teología cristiana según la cual todo el amor que uno dona a los demás retorna a uno, si bien no de la misma forma y en el mismo momento. En fin Francesca representa a una heroína romántica, en ellas tenemos la contradicción entre idealidad (producto del razonamiento humano que terca y neciamente no se deja guiar por la Fe revelada) y realidad (la realidad es la que nos revela Jesucristo: quien libremente muere en pecado mortal, recibe el justo castigo que su perversión le obtuvo y la perversión aquí es el amor lujurioso y extramatrimonial de los dos amantes): ella realiza su sueño, pero recibe el máximo castigo.
Estas son las palabras que ellos dijeron (si bien solo habla Francesca). Dante inclina la cabeza pensando, hasta que Virgilio le pregunta en qué está pensando.
Dante no da una respuesta completa sino que parece decir en voz alta lo que piensa:
“Cuando respondí, comencé: ¡Ay infelices!
¡Cuán dulces ideas, cuántos deseos
nos los trajo al doloroso paso!

Luego para hablarles me volví a ellos
diciendo: Francisca, tus martirios
me hacen llorar, triste y piadoso.

En tiempo de los dulces suspiros,
Dime, pues, ¿cómo el amor os permitió
conocer deseos tan peligrosos?
vv. 112-120
Y ella responde:
Y ella a mí: No hay mayor dolor,
que, en la miseria recordar
el feliz tiempo, y eso tú, Doctor, lo sabes.

Pero si conocer la primera raíz
de nuestro amor deseas tanto,
haré como el que llora y habla.

Por entretenernos leíamos un día
de Lancelote, cómo el amor lo oprimiera;
estábamos solos, y sin sospecha alguna.

Muchas veces los ojos túvonos suspensos
la lectura, y descolorido el rostro:
mas sólo un punto nos dejó vencidos.

Cuando leímos que la deseada risa
besada fue por tal amante,
este que nunca de mí se había apartado

temblando entero me besó en la boca:
el libro fue y su autor, para nos Galeoto,
y desde entonces no más ya no leímos.
vv. 121-138
Mientras un espíritu decía esto, el otro lloraba, Dante sintió que moría y cayó a tierra.
Mientras el espíritu estas cosas decía
el otro lloraba tanto que de piedad
yo vine a menos como si muriera;
y caí como un cuerpo muerto cae.
vv. 139-142
Estas dos son las almas de Paolo Malatesta y de Francesca de Rímini que fueron atrapados por la pasión y fueron sorprendidos y asesinados por Gianciotto Malatesta, hermano y marido respectivamente.
Francesca, conmovida por la piedad mostrada de Dante le cuenta de aquella pasión tan fuerte que los unió tanto en la vida como en la muerte y del momento en que los dos se dieron cuenta del recíproco amor, mientras Paolo solloza. Dante, vencido por la emoción, pierde los sentidos y cae a tierra.
Los versos 100-105 (“Amor, que de un corazón gentil presto se adueña [...] Amor, que no perdona amar ha amado alguno”) son una referencia evidente a los principios del amor cortés (lujurioso) que Dante condena en la base a la moral cristiana. El crítico Umberto Bosco escribe: “Ya los primeros lectores notaron en el episodio una condena a las lecturas de las novelas corteses (lujuriosos); pero ellos se basaban sobre el hecho específico que, según la narración de Dante, los dos cuñados fueron inducidos al pecado por la lectura de uno de ellos. En verdad la condena de Dante va más allá: implica la reflexión de aquella idealización y justificación del amor (pecaminoso) que era propia de toda la tradición literaria anterior a él, desde las novelas corteses (lujuriosas) pasando por la literatura trovadora hasta la stilnovistica, a la cual Dante pertenecía”.
El encuentro con Paolo y Francesca es el primero de todo el poema en el cual Dante habla con un condenado verdadero (excluyendo los poetas del Limbo). Además por primera vez viene recordado un personaje contemporáneo, conforme al principio que Dante mismo recordará en el canto XXVII del Paraíso de acordarse particularmente de las almas famosas porque son más persuasivas para el lector de la época (hecho sin precedentes en la poesía y por mucho tiempo sin ser seguido, como hizo notar Ugo Foscolo).
Paolo y Francesca se encuentran en el grupo de los “muertos por amor”, y su acercamiento está descripto con tres similitudes relacionadas con el vuelo de los pájaros, retomadas de la Eneida.
Todo el episodio tiene como hilo conductor la piedad: la piedad afectuosa percibida por los dos condenados cuando son llamados (tanto que le hace decir a Francesca un deseo paradójico de rezar por él, dicho por un alma del Infierno, lo cual jamás puede suceder), o también la piedad que aparece en la meditación que hace Dante después de la primera confesión de Francesca, cuando queda en silencio. Y finalmente la cumbre cuando el poeta cae desmayado.
Por eso Dante es muy indulgente en la representación de los dos amantes: no vienen descriptos con severidad (a diferencia de Semíramis unos versos antes) sino que el poeta puede perdonarlos por lo menos en la parte humana (no mete en duda la gravedad del pecado porque sus convicciones religiosas son firmes). Francesca aparece así como una criatura gentil y noble”[2] (lo cual no sucede así en la realidad, porque los condenados han perdido para siempre todo rasgo de humanidad y bondad, por lo cual es imposible que sean “gentiles y nobles”)”.
Hasta aquí el artículo de Wikipedia.
Volvemos ahora a la pregunta de más arriba: ¿pueden finalizar con la eterna condena dos almas que se aman según el Amor de Cristo?
De ninguna manera, porque en el Infierno no está el Divino Amor en las almas. Esto explica por qué las relaciones pre-matrimoniales no están basadas en el Verdadero Amor, y el por qué la Iglesia no las permite. Al prohibirlas, la Iglesia no está “imponiendo un orden moral arcaico que no se adecua a los tiempos presentes”: al prohibirlas, la Iglesia vela por la salud espiritual y eterna de sus hijos, los bautizados. Pero al igual que Dios, la Iglesia no obliga a nadie a cumplir esta prohibición, puesto que el hombre siempre permanece libre, porque el libre albedrío con el que fue creado constituye la imagen más precisa que de Dios posee todo hombre, y es así que, pese a conocer los Mandamientos de Dios y el mandato de la Iglesia, cada hombre permanece libre de seguirlos o no seguirlos. Precisamente, porque ni Dios ni la Iglesia obligan a nadie, es que nos advierte el Catecismo de la Iglesia Católica: “El infierno consiste en la condenación eterna de quienes, por libre elección, mueren en pecado mortal” (Compendio, 212).
Si amas a tu novio/a con el Amor puro y santo de Cristo, entonces te abstendrás de las relaciones sexuales pre-matrimoniales, y así podrás amar continuar amándolo/a para siempre, porque el Amor de Cristo es eterno, es decir, trasciende esta vida y continúa por toda la eternidad, y así sabrás que amas realmente a tu novio/a; por el contrario, si no lo amas con este Amor puro y en cambio te dejas arrastrar por la vana atracción de la pasión carnal, entonces tendrás relaciones sexuales pre-matrimoniales, en cuyo caso perderás para siempre aquello que creías amar, porque no se trataba del Verdadero Amor.


Novios que se aman en el Amor puro y casto de Cristo




[1] http://es.wikipedia.org/wiki/Infierno:_Canto_Quinto
[2] Cfr. ibidem, http://es.wikipedia.org/wiki/Infierno:_Canto_Quinto