martes, 17 de noviembre de 2015

La Virgen, Maestra del cielo, nos enseña la sabiduría del Libro de la Cruz


(Homilía para la Santa Misa de acción de gracias del último año de una escuela primaria)

         Estudiar y aprender lo que nos enseñan en la escuela, es algo sumamente necesario y bueno: además de que estudiar nos hace crecer porque nos perfecciona -antes de estudiar no sabíamos y luego, sí-, si no estudiamos, no podemos aprender y si no aprendemos, nos privamos tanto de saber cosas útiles para la vida, como así también perdemos la oportunidad de conseguir, el día de mañana, un buen trabajo, necesario para que cuando nos casemos, seamos capaces de mantener a la familia.
         Estudiar lo que nos enseñan en la escuela es bueno porque nos hace crecer como personas, al darnos una perfección que antes no teníamos, que es el saber. Para poder estudiar y aprender, tenemos que leer muchos libros y estar atentos a las enseñanzas de nuestros maestros y profesores: cuanta más atención y dedicación pongamos a sus lecciones, más conocimiento vamos a adquirir.
         Ahora bien, si estudiar las lecciones de los libros de la escuela que nos enseñan nuestros maestros y profesores es bueno, porque adquirimos sabiduría, hay otras lecciones que debemos aprender, leyendo un libro especial –el libro más hermoso del mundo-, que nos enseña una Maestra muy particular; una Maestra que nos enseña una Sabiduría que no se aprende en ninguna escuela del mundo: la Maestra es la Virgen, el Libro es la Cruz de Jesús, la Sabiduría que nos enseña las lecciones del Libro de la Cruz es Jesús, Sabiduría de Dios. Toda la Sabiduría que aprendemos de este Libro Sagrado y que nos enseña la Maestra del cielo que es la Virgen, nos sirven para que podamos ganarnos el cielo, para que podamos salvarnos. Por eso Santa Teresa de Ávila dice: “Al final, el que se salva, sabe, y el que no, no sabe nada”. ¿Y cómo nos salvamos? Estudiando las lecciones del Libro de la Cruz, aprendiendo las enseñanzas de la Maestra del cielo, la Virgen: así adquirimos la Ciencia divina necesaria para salvar nuestra alma y la de nuestros seres queridos.
         En el Libro de la Cruz, Jesús nos enseña todos los Mandamientos, todas las virtudes, todas las bienaventuranzas, es decir, todo lo que tenemos que ser y todo lo que tenemos que hacer para ganar el cielo. El que no quiere estudiar del Libro de la Cruz, no va a aprobar el Examen Final, el examen del Amor, la prueba en la caridad que nos tomará Dios Padre para saber si podemos entrar en el cielo.

         “Al final, el que se salva, sabe, y el que no, no sabe nada”. Para salvarnos, no alcanzan los conocimientos de la escuela: hay que estudiar el Libro de la Cruz, contemplando a Jesús crucificado y hay que prestar mucha atención a las lecciones que nos brinda la Maestra del cielo, la Virgen. Si estudiamos las lecciones del Libro de la Cruz y si somos atentos y dóciles a las enseñanzas de la Maestra del cielo, entonces sí vamos a poder aprobar el Examen Final –en ese Examen aprueba el que más Amor tiene, y tiene más Amor el que más estudia el Libro de la Cruz- y así vamos a poder ingresar en el Reino de Dios.

jueves, 29 de octubre de 2015

Jesucristo da el verdadero y único sentido de la vida para el joven


El Santo Padre Benedicto XVI, decía así a los jóvenes, en su Mensaje para la Jornada Mundial de la Juventud, del año 2013[1]: “Hay muchos jóvenes hoy que dudan profundamente de que la vida sea un don y no ven con claridad su camino. Ante las dificultades del mundo contemporáneo, muchos se preguntan con frecuencia: ¿Qué puedo hacer?”. Es decir, el Papa constata algo que es una realidad de todos los días: muchos jóvenes no le encuentran sentido a la vida. Todavía más, confundidos por los medios de comunicación masiva, que difunden una visión materialista, hedonista y atea de la vida, piensan que esta vida consiste en tener fama, éxito mundano, bienes terrenos y en disfrutar de los placeres sensibles. Pero esto es un engaño, y lo único que hace, es arrojar oscuridad a la vida de los jóvenes.
Continúa luego el Santo Padre: “La luz de la fe ilumina esta oscuridad, nos hace comprender que cada existencia tiene un valor inestimable, porque es fruto del amor de Dios”. Para el Santo Padre, lo que ilumina esta oscuridad, es la luz de la fe, pero no una fe cualquiera, sino la fe en Jesucristo, el Hombre-Dios. Esta vida es como estar en una noche fría y oscura, muy oscura, sin luz de luna, sin luz artificial, en medio de un bosque, en donde abundan las bestias salvajes, que están prontas a destruirnos: sólo la luz de la fe en Jesucristo, que brilla como una luminosa disipando las tinieblas, puede darnos calor y luz, una luz que ilumina nuestras mentes y corazones con la luz de Dios, al tiempo que ahuyenta a los seres de las tinieblas que buscan nuestra perdición.
Esta luz de la fe ilumina porque viene de Cristo, luz del mundo, muerto y resucitado, enviado por Dios Padre para liberarnos del mal; dice así el Santo Padre: “Él ama también a quien se ha alejado de él; tiene paciencia y espera, es más, él ha entregado a su Hijo, muerto y resucitado, para que nos libere radicalmente del mal”.
Entonces, la vida sí tiene sentido, y un sentido maravilloso: descubrir, por la luz de la fe, que Cristo es nuestro Salvador, que ha venido para darnos su Amor y para conducirnos al Reino de los cielos. Si fijamos nuestra vista en Jesús, que está en la cruz y en la Eucaristía, toda nuestra vida tendrá un sentido, que será el amar cada día más a Jesús en esta tierra, para seguir amándolo por toda la eternidad, en el Reino de los cielos. Éste es el sentido de la vida para el joven cristiano.
Y cuando el joven cristiano descubre a Cristo, Luz del mundo, que le señala el sentido de la vida, corre a anunciar esta Buena Noticia a sus amigos: “Cristo ha enviado a sus discípulos –a los jóvenes, N. del R.- para que lleven a todos los pueblos este gozoso anuncio de salvación y de vida nueva”.
Así vemos cómo la vida, lejos de carecer de sentido, tiene un sentido de vida eterna, cuando el joven descubre a Jesús.




[1] Benedicto XVI, Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud, 2013; cfr. http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/messages/youth/documents/hf_ben-xvi_mes_20121018_youth.html

jueves, 1 de octubre de 2015

La Sagrada Familia de Nazareth, modelo para la familia


         Hoy en día se nos propone, por medio de los medios de comunicación, modelos llamados “alternativos” de familia; modelos que se separan de la concepción tradicional de familia; modelos desconocidos hasta ahora en la humanidad.
         Sin embargo, la Iglesia proporciona un solo modelo de familia, la Sagrada Familia de Nazareth. En esta Sagrada Familia, encuentran las familias y sus miembros, el modelo inigualable e inimitable a seguir.
         Las madres, encuentran su modelo en la Virgen, que es, al mismo tiempo, por obra y gracia del Espíritu Santo, Madre de Dios: así como la Virgen vivió su santidad en el seno de la familia, cuidando a su Hijo, que era el Hijo de Dios encarnado, y velando por su esposo, San José, que aunque era esposo meramente legal, recibió siempre un trato respetuoso y cordial por parte de la Virgen, así toda madre de familia, debe buscar santificarse en la vida familiar, cuidando de sus hijos y velando por su esposo, obrando siempre con caridad, con paciencia ejemplar, con amor, a imitación de la Virgen.
         Los hijos, encuentran su modelo en Jesús, que siendo el Hijo Eterno del Padre, eligió encarnarse en el seno de una familia y vivir su niñez, su juventud y parte de su adultez, en el seno de una familia, sometido al cuidado y a las órdenes de sus padres, la Virgen y San José, su padre adoptivo. Jesús es el modelo en el que deben reflejarse los hijos que deseen cumplir a la perfección el Cuarto Mandamiento: “Honrarás Padre y Madre”, porque nadie más que Jesús honró a sus padres terrenos con la mayor perfección posible, porque la honra a los padres se basa en el amor, y ningún hijo amó tanto a sus padres, como lo hizo Jesús. Así como es Jesús con sus padres –obediente, servicial, cariñoso, respetuoso, diligente, sacrificado-, así deben ser los hijos cristianos, con respecto a sus padres.
         Los papás y esposos, encuentran en San José el modelo ideal a seguir: San José era un esposo casto –sólo era esposo meramente legal de la Virgen, y el trato entre ellos era como el de los hermanos-, que cuidada con todo amor a su esposa, la Virgen, y a su hijo adoptivo, Jesús. San José era un padre ejemplar, porque si bien su Hijo era Dios, en la Persona del Hijo, lo mismo cuidó de Él, lo protegió de quienes lo perseguían –en la huida a Egipto, por causa de Herodes- y siempre trabajó y se sacrificó para llevar el sustento a su hogar.

         La Sagrada Familia de Nazareth es, entonces, el único modelo de familia, para todas las familias del mundo.

viernes, 14 de agosto de 2015

Joven, el cristianismo consiste en el encuentro con el Dios de la Eucaristía, Cristo Jesús

        
       En nuestros días, el cristianismo, más precisamente, el catolicismo, pareciera haber “pasado de moda”; pareciera que es más “cool” ser de cualquier otra religión –pentecostales, budistas, musulmanes-, o no pertenecer a ninguna, o tomar de cada religión lo que me parezca, para construirme una religión a mi medida. Hoy en día, parecería que es anticuado y fuera de moda el ser cristiano, porque el cristianismo ha pasado a ser una “opinión” más entre tantas, y que no es tenida en cuenta para nada, porque todo lo que se hace en nuestros días, se hace sin Dios y sin Cristo.
         Sin embargo, el cristianismo está muy lejos de ser una mera opinión y está muy lejos de haber “pasado de moda” o de ser algo “aburrido”: el cristianismo es, además de ser la única religión verdadera, una religión de misterios, de misterios sobrenaturales, celestiales, y por eso mismo fascinantes; lejos de haber pasado de moda, es más que actual, porque se funda en la Palabra eterna de Dios, Jesucristo, que está más allá de todo tiempo y de toda opinión humana; lejos de ser algo “aburrido”, es una religión maravillosa, porque nos revela, por Jesucristo, los misterios de Dios, los misterios del mundo y los misterios de esta vida. Lejos de ser, entonces, una religión sin vida, el cristianismo es una religión viva, porque surge de una Persona viva, Jesucristo, el Dios Viviente, que es la Vida en sí misma y que da vida a toda vida creatural. El cristianismo no es mera opinión, sino es el encuentro con una Persona viva, la Persona Segunda de la Trinidad, encarnada en Jesús de Nazareth, que nos da su Amor en la cruz y en la Eucaristía y que nos lleva por lo tanto a amarlo y a hacerlo amar a nuestros prójimos. El cristianismo es un encuentro con el Amor misericordioso de Dios, encarnado en Jesús de Nazareth; es un encuentro de amor, que lleva todavía a más amor, es decir, es un llamado, una vocación de amor. 
         Y no hay  nada más hermoso en el mundo que amar, con un amor puro y celestial, porque hemos sido hechos para el Amor, porque fuimos creados por el Dios Amor, y ésa es la razón por la cual el 1er Mandamiento, que encierra toda la Ley de Dios, consiste en amar: a Dios, al prójimo y a uno mismo. 
         El cristianismo entonces es un encuentro con Dios, que es Amor -"Dios es Amor", dice 1 Jn 4, 8-, encarnado en Jesús de Nazareth, y Él nos da su Amor, que nos hace amarlo cada vez más, además de hacernos amar a nuestros prójimos.
       Dice así el Papa Juan Pablo II a los jóvenes: “Queridos jóvenes, ya lo sabéis: el cristianismo no es una opinión y no consiste en palabras vanas. ¡El cristianismo es Cristo! ¡Es una Persona, es el Viviente! Encontrar a Jesús, amarlo y hacerlo amar: he aquí la vocación cristiana”[1].
         Entonces, lejos de ser la Iglesia y el cristianismo algo “fuera de moda”, una “simple opinión”, o algo “aburrido”, el cristianismo esconde en sí mismo la felicidad para todo ser humano, y especialmente para los jóvenes, porque Cristo, siendo Dios, conoce a fondo nuestros corazones y nuestros deseos más profundos, y sólo Él es capaz de satisfacerlos plenamente, porque aquello con lo que satisface nuestros corazones y nuestros deseos, es su Amor, el Amor de su Sagrado Corazón, un Amor que es vivo, porque concede la vida eterna: “Queridos jóvenes, sólo Jesús conoce vuestro corazón, vuestros deseos más profundos. Sólo Él, que os ha amado hasta la muerte, (cfr Jn 13,1), es capaz de colmar vuestras aspiraciones. Sus palabras son palabras de vida eterna, palabras que dan sentido a la vida. Nadie fuera de Cristo podrá daros la verdadera felicidad”[2].
         Y ése Jesucristo, que es Dios y que nos concede su Amor, está en la cruz y en la Eucaristía -está en Persona en la Eucaristía y por eso se le llama "Dios de la Eucaristía"-, y para quien lo busca, no se hace esperar, sino que se deja encontrar, porque lo único que quiere es darnos todo el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico.





[1] Mensaje del Santo Padre Juan Pablo II para la XVIII Jornada Mundial de la Juventud, 25 de julio 2002.
[2] Mensaje del Santo Padre Juan Pablo II para la XVIII Jornada Mundial de la Juventud, 25 de julio 2002.

jueves, 25 de junio de 2015

Por la muerte en cruz de Jesús, tenemos la esperanza cierta del reencuentro en el cielo con los seres queridos fallecidos


(Homilía en el aniversario de la muerte de un joven)

La muerte nos sorprende, nos deja sin palabras, nos angustia, nos deja con dolor, y mucho más, cuando se trata de la muerte de un joven, pero la fe en Cristo Jesús nos devuelve la esperanza del reencuentro con quienes nos hemos separado, porque la fe nos dice que Jesús ha muerto en la cruz y ha resucitado y porque ha destruido a la muerte con su muerte en cruz, para darnos su vida eterna, es posible reencontrarnos con aquellos a quienes la muerte nos  ha arrebatado.
         Por eso, para el cristiano, la muerte nunca tiene la última palabra, sino la cruz de Jesús, porque es Él quien la ha vencido para siempre, para darnos su Vida eterna y para llevarnos al cielo, adonde ya no hay más muerte, sino solo vida y Vida eterna. Porque Jesús ha muerto en cruz y ha resucitado, es que tenemos la esperanza del reencuentro en el cielo, con nuestros seres queridos, a quienes hoy recordamos con tristeza y con dolor. Pero, ¿cómo es el cielo, ese cielo al que esperamos ir? ¿Cómo es el cielo, el cielo cuyas puertas Jesús nos abrió con su muerte en cruz? ¿Cómo es el cielo en el que, por la Misericordia Divina, esperamos que estén ya nuestros seres queridos? Nos lo dice Santa Faustina Kowalska, quien tuvo una experiencia mística, y fue transportada al cielo, estando aún en esta vida: “27 XI [1936]. Hoy, en espíritu, estuve en el cielo y vi estas inconcebibles bellezas y la felicidad que nos esperan después de la muerte. Vi cómo todas las criaturas dan incesantemente honor y gloria a Dios; vi lo grande que es la felicidad en Dios que se derrama sobre todas las criaturas, haciéndolas felices; y todo honor y gloria que las hizo felices vuelve a la Fuente y ellas entran en la profundidad de Dios, contemplan la vida interior de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que nunca entenderán ni penetrarán. Esta fuente de felicidad es invariable en su esencia, pero siempre nueva, brotando para hacer felices a todas las criaturas. Ahora comprendo a San Pablo que dijo: Ni el ojo vio, ni oído oyó, ni entró al corazón del hombre, lo que Dios preparó para los que le aman”[1].
         Santa Faustina dice que “después de la muerte” nos esperan “inconcebibles bellezas y felicidad” y que en el cielo hay un flujo continuo de Amor entre las creaturas y Dios: las creaturas “dan honor y gloria a Dios” y Dios a su vez derrama sobre ellas la “Fuente de la felicidad” que es Él mismo en su esencia, invariable e inagotable. En esta “Fuente de felicidad”, eterna e inagotable que es Dios, esperamos que estén nuestros seres queridos difuntos, pues esperamos que, por su Divina Misericordia, les haya perdonado sus pecados, muchos o pocos, que puedan haber cometido, y en esta “Fuente de felicidad”, eterna e inagotable, esperamos reencontrarnos nosotros, en Cristo, para ya nunca más separarnos.
         ¿Qué tenemos que hacer para reencontrarnos? Rechazar el pecado, vivir en gracia y obrar la misericordia. Así, estaremos seguros del reencuentro en Jesucristo, con nuestros seres queridos, en el Reino de los cielos, para gozar, junto con ellos, de la "Fuente de la felicidad", que es Dios.
        




[1] Cfr. Diario, 777.

miércoles, 3 de junio de 2015

En el cristiano debe prevalecer la alegría de la fe en Cristo resucitado por encima del dolor de la muerte


Homilía con ocasión de la muerte repentina de un joven

         Toda muerte produce angustia, dolor, tristeza, llanto, porque el ser querido, a quien amábamos, ya no está más entre nosotros. La muerte produce dolor y produce un sentimiento de estupor; conmociona, golpea emocional, psicológica y espiritualmente al ser humano, y la razón es que el ser humano no ha sido creado para morir, sino para vivir. El ser humano no está preparado para la muerte, porque no fue creado por Dios para morir, porque Dios “es un Dios Viviente, no un Dios de muertos” (cfr. Lc 20, 38), y por eso mismo, cuando acontece una muerte, esta produce desconcierto, dolor, angustia, tristeza, llanto. Mucho más, cuando ese ser querido que fallece, es un joven, en quien se supone que la vida debía aún desplegarse con todo su potencial vital, tanto en el presente como en el futuro y ahora, por la muerte, el desplegarse de ese potencial de vida queda repentinamente truncado.
         Sin embargo, el católico, frente a la muerte, no se queda solo en el dolor y en la angustia, y no se queda sin respuestas. Frente a la muerte, el católico tiene respuestas que dejan su alma tranquila, serena y en paz, e incluso hasta con alegría, aun cuando de sus ojos broten lágrimas que surquen sus mejillas y aun cuando su corazón esté estrujado por la tristeza y el dolor y esto se debe a que el cristiano católico cree y tiene fe en Jesucristo.
         La muerte no encuentra respuesta sino es a la luz de la cruz de Jesucristo, el Hombre-Dios, muerto en cruz y resucitado.
         Por la muerte en cruz de Jesucristo, aun cuando el cristiano no entienda cómo ni porqué, ya tiene un rayo de luz y de esperanza que tranquiliza su alma, porque sabe que Jesús ha vencido a la muerte y que por lo tanto, por su muerte en cruz y resurrección, tiene la certeza segurísima de reencontrarse con su ser querido, en el Amor de Cristo, en la otra vida, porque Jesús ha vencido a la muerte.
Por la fe sabemos que podemos volver a ver a nuestros seres queridos fallecidos, en Cristo, por su sacrificio en cruz y resurrección y por su Amor misericordioso; la fe católica nos dice que Cristo ha vencido a la muerte en la cruz y nos ha dado su Vida, la vida del Hombre-Dios, que es la Vida del Ser trinitario, la Vida eterna, y por eso, como católicos, frente a la tristeza que nos produce la muerte, tenemos como contrapartida la alegría de la resurrección de Cristo.
Pero no es un proceso “automático”: está en nosotros no dejarnos abatir por la tristeza de la muerte de nuestros seres queridos, sino dejarnos invadir por la alegría de la Resurrección de Jesucristo, porque si no lo hacemos nosotros, nadie lo hará por nosotros. Para que la muerte de nuestros seres queridos no nos avasalle, y para que la alegría de la resurrección de Jesús predomine en nuestras vidas, debemos levantar la mirada a Jesús crucificado y, arrodillados ante la cruz, aferrados al manto de la Virgen, que está al pie de la cruz, contemplar a Cristo que muere en la cruz, y es aquí en donde comienza el proceso de serenidad y de calma para el alma, porque la fe me dice que ese Cristo que muere el Viernes Santo, es el Cristo que luego resucita el Domingo de Resurrección, y es el Cristo que se dona, con su Cuerpo glorioso y resucitado, lleno de la Vida Eterna de Dios, en la Eucaristía. La fe me dice que ese Cristo que muere en la cruz, es el Cristo que resucita el Domingo de Resurrección y es el mismo Cristo que vive en la Eucaristía.
Y es aquí en donde radica la esperanza del católico; es aquí, al pie de la cruz, de rodillas ante Jesús crucificado, en donde mi tristeza, mi llanto y mi dolor por mi ser querido fallecido, comienzan a convertirse, lentamente, en esperanza, en serena paz y hasta en alegría, una alegría profunda y serena, porque la fe me dice que Jesús ha vencido a la muerte, ha resucitado y que, por su muerte en cruz y resurrección, el reencuentro con quien amaba y ya no está porque murió, no es una fantasía, sino una posibilidad real, cierta, certísima, segurísima, porque Jesús es Dios y Él ha vencido a la muerte para siempre, en la cruz, para darnos su Vida eterna.
         Entonces, frente al dolor de la muerte, que me oprime el corazón, debo acudir, con ese corazón oprimido por el dolor, ante Jesús crucificado y, confiándome en la ayuda de la Virgen, elevar la mirada hacia Jesús que por nosotros muere en la cruz para darnos su Vida eterna, para resucitar el Domingo de Resurrección, para abrirnos las puertas del Reino de los cielos, y convertir así en una realidad el reencuentro con el ser amado a quien hoy la muerte me lo ha arrebatado.
         La fe católica nos dice entonces que frente a la muerte podemos estar tristes, porque es lógico que la muerte nos provoque tristeza, angustia, dolor; pero la fe católica nos dice también que de ninguna manera debemos dejarnos abatir por la tristeza, porque la alegría de la resurrección de Jesús es infinitamente más grande que la tristeza que la muerte pueda provocar. Pero eso es algo que solo lo podemos hacer con nuestra libertad, y nadie más puede hacerlo en lugar nuestro, porque la fe es un don, pero es también una respuesta libre a ese don: Jesús ha resucitado y su resurrección nos conforta con la esperanza del reencuentro con nuestros seres queridos fallecidos, en el Reino de los cielos, por su Misericordia, pero debemos aceptar y decir “Sí”, desde lo más profundo de nuestro ser, a esta verdad, de un modo personal e íntimo, para que la fuerza de la alegría de la resurrección de Jesús, invada el ser y derrote a la tristeza. Es necesario hacer el acto de fe de creer en Jesús resucitado, que en el cielo nos permitirá el reencuentro -para no separarnos más, con nuestros seres queridos-, porque si no lo hacemos de modo personal, nadie, ni siquiera Dios, podrá hacerlo por nosotros. Es por eso que es necesario, frente a la muerte, no detenerse en el dolor que provoca la muerte, sino, contemplando a Cristo muerto y resucitado, elevar el pensamiento y el alma a la certeza segurísima del reencuentro, en el Amor, con nuestros seres queridos, porque eso es lo que nos enseña nuestra fe católica.
Por otra parte, para que se produzca este reencuentro, de nuestra parte, debemos tener presente que no será automático, sino que tendremos que hacer tres cosas: evitar toda malicia del corazón, es decir, el pecado, porque el pecado nos aparta de Dios; vivir en gracia y obrar la misericordia.
         Si esto hacemos, estamos segurísimos, certísimos, del reencuentro, en el Amor de Cristo, el día de nuestra propia muerte, luego de nuestro propio juicio particular, por la Divina Misericordia de nuestro Dios, con nuestros seres queridos fallecidos, para ahora sí, ya nunca más separarnos, en el Reino de la eterna bienaventuranza.

         Con esta certeza en el pensamiento y en el corazón, podemos llorar a nuestros seres queridos fallecidos, pero ahora no nos abatirá la tristeza, sino que la alegría de Cristo resucitado brillará en lo más profundo de nuestras almas y será lo que sostendrá nuestras vidas y nos dará, aun en medio del dolor, serenidad, paz y alegría.

martes, 2 de junio de 2015

El joven, su deseo de felicidad y dónde buscarla


         Un filósofo de la Antigüedad, Aristóteles, decía que “todo hombre desea ser feliz”, porque la felicidad es como un sello que se imprime en el alma desde el momento mismo en que el alma es creada, y es por eso que, desde el primer instante de la concepción, comienza la búsqueda de la felicidad para todo hombre, una búsqueda que se extiende durante toda su vida, hasta el día mismo de su muerte.
         El deseo de felicidad, impreso en el alma, es tan fuerte y tan grande, que no se puede satisfacer con cualquier cosa, y ésa es la razón por la cual la búsqueda dura toda la vida y se la busca en muchas cosas y lugares.
         Precisamente, San Agustín, uno de los más grandes santos y doctores de la Iglesia, sostenía que no somos felices porque buscamos la felicidad en donde no podemos encontrarla, porque en esas cosas y lugares en donde la buscamos –que son cosas y lugares terrenos-, la felicidad no se encuentra.
         Esto nos plantea numerosas preguntas: ¿dónde se encuentra la felicidad? ¿Qué o Quién la proporciona? ¿A través de qué medios debo buscarla?
         Para acercarnos a las respuestas que buscamos, debemos comenzar por una respuesta negativa: dónde NO está la felicidad: en el dinero, en las riquezas materiales, en los bienes terrenos, en la satisfacción de las propias pasiones, en la fama, en el éxito mundano. Mucho menos, cuando todo esto se obtiene por medios ilícitos. Intentar ser felices con estas cosas, es como tratar de rellenar un abismo, del cual no veo el fondo, con un pequeño balde de arena. Es imposible: el abismo sin fondo, es el alma, creada para ser feliz; el balde de arena, es el dinero, las riquezas, la fama, el éxito, etc. Nada de eso puede hacer feliz al hombre, porque el hombre no ha sido creado para eso. Esto explica el porqué de muchas personas que, poseyendo grandes cantidades de dinero, por ejemplo, desean tener y tener más, acumulando cada vez más, al tiempo que, cuando tienen cada vez más, menos felices son: porque su alma no se siente feliz, ni con el dinero, ni con todo lo que el dinero proporciona.
         Entonces, ya podemos responder a la segunda pregunta: ¿qué o quién proporciona la felicidad? Y la respuesta es “Quién”, y ese “Quién” es Dios, porque sólo Él es el Único capaz de colmar ese abismo insaciable de felicidad que es el alma humana, porque sólo Dios es Espíritu Puro, Amor Puro, Paz verdadera, Sabiduría, Luz, e infinidad de virtudes y atributos, que colman y saturan al alma que se deja amar por Él. Sólo Dios, entonces, puede colmar la sed insaciable de felicidad que anida en lo más profundo del ser humano. Eso quiere decir que, cuanto más cerca estamos de Dios, más recibimos de Dios lo que Dios ES: Amor, Luz, Paz, Alegría, Felicidad, gozo, Sabiduría. Es por esto que San Agustín decía: “Nuestro corazón, Señor, está inquieto, hasta que no descansa en Ti”.
         La otra pregunta, entonces, es: ¿a través de qué medios buscar esa felicidad que sólo Dios puede dar? En la Sagrada Escritura se dice: “Buscad a Dios, mientras se deja encontrar” (cfr. Is 55, 6). Dios se hace el encontradizo; Dios parece como que no está, pero en cuanto empezamos a buscarlo, aparece, se nos muestra, sale a nuestro encuentro. ¿Dónde buscarlo? ¿Cómo buscarlo? Para el joven, mediante dos mandamientos: el Primero –“Amarás a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”- y el Cuarto –“Honrarás padre y madre”-. En la observancia de estos dos mandamientos, el joven encuentra a Dios y, al encontrar a Dios, se nutre de todo lo que Dios Es, y ve colmada su alma de alegría, de amor y de felicidad. Aunque además de los dos mandamientos, para encontrar a Dios son necesarias, la oración y la frecuencia de los sacramentos, Penitencia y Eucaristía, principalmente.
         Amar a Dios, honrar a los padres, hacer oración de la mano de la Virgen, recibir al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús con el alma en gracia: ése es el simple y seguro camino a la felicidad, en esta vida y en la otra, para todo joven cristiano.