miércoles, 17 de febrero de 2016

"Mirad a Jesús, es Dios; en Él encontraréis la Vida eterna; fuera de Él, sólo la muerte"




(Juan Pablo II a los jóvenes chilenos, 2 de Abril de 1987)

En un discurso dirigido a los jóvenes chilenos[1], el Papa Juan Pablo II los animaba a luchar contra el pecado, al mismo tiempo que elevar la vista a Jesucristo, para contemplar en Él el rostro de Dios, para escuchar sus palabras y para recibir de Él la Vida eterna. Sólo de esta manera, decía el Papa, los jóvenes encontrarán la Vida eterna –y con su Vida, su luz, su paz, su alegría, su amor, su fortaleza-, mientras que lejos de Él, sólo encontrarán vacío, oscuridad y muerte.
Decía así el Papa: “(…) Según nos enseña la fe, la causa primera del mal, de la enfermedad, de la misma muerte, es el pecado en su diferentes formas (…) En el corazón de cada uno y de cada una anida esa enfermedad que a todos nos afecta: el pecado personal, que arraiga más y más en las conciencias, a medida que se pierde el sentido de Dios. ¡A medida que se pierde el sentido de Dios! Sí, amados jóvenes. Estad atentos a no permitir que se debilite en vosotros el sentido de Dios. No se puede vencer el mal con el bien si no se tiene ese sentido de Dios, de su acción, de su presencia que nos invita a apostar siempre por la gracia, por la vida, contra el pecado, contra la muerte. Amados jóvenes: Luchad con denuedo contra el pecado, contra las fuerzas del mal en todas sus formas, luchad contra el pecado. Combatid el buen combate de la fe por la dignidad del hombre, por la dignidad del amor, por una vida noble, de hijos de Dios. Vencer el pecado mediante el perdón de Dios es una curación, es una resurrección”[2]. El Papa les recordaba lo que Jesús había dicho en el Evangelio, de que “es del corazón del hombre de donde salen toda clase de cosas malas” (cfr. Mc 7, 21) por lo que el primer paso para una vida feliz es vigilar el propio corazón, para arrancar de él, así como se arranca una hierba venenosa que comienza a crecer en un jardín florido, el pecado, apenas este comience a insinuarse, y esto lo hacemos por medio de la Confesión sacramental.
Luego, San Juan Pablo II animaba a los jóvenes a contemplar a Jesucristo, para descubrir en Él el rostro de Dios. Les decía que “buscaran a Jesús”, porque Jesús no es ni un hombre bueno, ni un hombre santo, ni un simple profeta, y tampoco es un revolucionario, sino Dios en Persona, que se nos manifiesta a través de un cuerpo y un rostro humano, el cuerpo y el rostro de Jesús de Nazareth: “La juventud no está muerta cuando está cercana al Maestro. Sí, cuando está cercana a Jesús: vosotros todos estáis cercanos a Jesús. Escuchad todas sus palabras, todas las palabras, todo. Joven, quiere a Jesús, busca a Jesús. Encuentra a Jesús (…) ¡Jóvenes chilenos: No tengáis miedo de mirarlo a Él! Mirad al Señor: ¿Qué veis? ¿Es sólo un hombre sabio? ¡No! ¡Es más que eso! ¿Es un Profeta? ¡Sí! ¡Pero es más aún! ¿Es un reformador social? ¡Mucho más que un reformador, mucho más! Mirad al Señor con ojos atentos y descubriréis en El el rostro mismo de Dios. Jesús es la Palabra que Dios tenía que decir al mundo. Es Dios mismo que ha venido a compartir nuestra existencia de cada uno”[3].
         Y para hacerles ver a los jóvenes que Cristo, que es el Hombre-Dios, conoce todas nuestras necesidades espirituales y materiales y que está atento a lo que le pedimos, cita el Evangelio de la resurrección de la hija de Jairo: “Seguidamente Cristo entra en la habitación donde está ella, la toma de la mano, y le dice: “Contigo hablo, niña, levántate” (ibid., 5, 41). Todo el amor y todo el poder de Cristo –el poder de su amor– se nos revelan en esa delicadeza y en esa autoridad con que Jesús devuelve la vida a esta niña, y le manda que se levante. Nos emocionamos al comprobar la eficacia de la palabra de Cristo: “La niña se puso en pie inmediatamente, y echó a andar” (ibid., 5, 42), Y en esa última disposición de Jesús, antes de irse; –“que dieran de comer a la niña” (ibid., 5, 43)– descubrimos hasta qué punto Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, conoce y se preocupa de todo lo nuestro, de todas nuestras necesidades materiales y espirituales”[4]. El Papa cita este episodio del Evangelio, al inicio tan cargada de dolor y tristeza por la muerte de la niña, para destacar el hecho de que es el Amor de Jesús el que convierte nuestro dolor en alegría, si creemos en Él y si sabemos unirnos a Él en la cruz.
Muchos, cuando tienen una necesidad de cualquier orden –espiritual, material, económica, etc.-, o no acuden a Jesús en busca de ayuda, o acuden a quien no deberían acudir, y así se quedan con las manos vacías, sin encontrar respuesta a su necesidad. Sólo Jesucristo, dice el Papa, puede responder y dar una verdadera respuesta a nuestras dificultades: “¡Sólo Cristo puede dar la verdadera respuesta a todas vuestras dificultades! El mundo está necesitado de vuestra respuesta personal a las Palabras de vida del Maestro: “Contigo hablo, levántate””[5].
Por último, el joven que contempla a Jesús recibe de Él su mirada, la mirada de Dios, y como es Dios Eterno y Dios Viviente, al mirarlo, le comunica la Vida eterna: “Al contacto de Jesús despunta la vida. Lejos de El sólo hay oscuridad y muerte. Vosotros tenéis sed de vida. ¡De vida eterna! ¡De vida eterna! Buscadla y halladla en quien no sólo da la vida, sino en quien es la Vida misma”[6]. Y con su Vida eterna, Jesús nos comunica su Amor y así el alma se colma de gozo y felicidad. Esto es así porque con Jesús sucede con el alma, lo mismo que sucede entre el sol y los planetas: cuando un planeta está más cerca del sol, tanta más luz, calor y vida recibe del sol; por el contrario, cuanto más lejos está el planeta, menos luz, sol y calor recibe, es decir, el planeta alejado del sol se encuentra en la oscuridad, sin vida y sin calor. Lo mismo sucede con Jesús: cuanto más nos acercamos a Él, más recibimos de Él, lo que Él Es: Luz, Amor, Vida, y cuanto más nos alejamos de Él, más carecemos de lo que sólo Él nos puede dar, quedando nuestros corazones como los planetas lejos del sol: fríos, oscuros y sin la vida de la gracia.
En definitiva, el Papa les dice entonces a los jóvenes que sólo en Cristo Jesús encontrarán la Vida y, por lo tanto, la felicidad, tanto en esta vida, que transcurre en el tiempo, como en la otra, que transcurre en la eternidad.
Si es así, nos preguntamos: ¿dónde está Jesús, para contemplarlo? Y la respuesta es: Jesús está en la cruz y está en Persona en la Eucaristía, y está también, de un modo misterioso, en cada prójimo, sobre todo en los más necesitados. Es en estos tres lugares en donde debemos buscar a Jesús: en la Cruz, en la Eucaristía y en el prójimo más necesitado.



[1] http://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/speeches/1987/april/documents/hf_jp-ii_spe_19870402_giovani-santiago.html
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. ibidem.

martes, 9 de febrero de 2016

Por qué un joven cristiano no debe participar del Carnaval


         Son muchas las razones por las cuales un joven, que se precie de ser cristiano, no puede ni debe participar del Carnaval (aclaramos a nuestros lectores que cuando nos referimos al "Carnaval" en el presente artículo, hablamos de los carnavales en los que se da rienda suelta al desenfreno y a la exhibición impúdica del cuerpo humano, además del consumo de substancias tóxicas, como alcohol y estupefacientes. No estamos en contra de un festejo carnavalesco "inocente" -si así se puede decir-, en donde la celebración consista arrojar agua -o harina, etc.-. Este último estilo de carnaval, en donde no hay sensualidad ni incitación alguna al pecado, es válido para un cristiano, puesto que sólo consiste en eso: en arrojar agua o algún otro elemento inocuo. N. del R.).
         Ante todo, el Carnaval exalta al “hombre viejo”, al hombre sin Dios y contra Dios, al hombre que por el pecado ha perdido la amistad con Dios (cfr. Rom 6, 6) y que, por lo tanto, al asistir al Carnaval, reafirma esta enemistad con Dios y este deseo de no querer saber nada con Él ni mucho menos recuperar su amistad.
El Carnaval exalta al hombre viejo con todas sus pasiones, desenfrenadas y sin el control de la razón y, mucho menos, de la gracia. El Carnaval se caracteriza por la exaltación de lo que la Escritura llama “carne” (cfr. 2 Cor 10, 2) y que no es la mera exhibición exhibición –encubierta, pero cargada de sensualidad- impúdica y hasta obscena de la genitalidad, sino que con ese término, se describe un estado del alma en el que el hombre, aferrándose al pecado, da las espaldas a Dios y a su Redentor, Jesucristo, para dirigirse en una dirección diametralmente opuesta a aquella que lo lleva a la reconciliación con su Creador y Redentor. El Carnaval exalta por lo tanto aquello que aparta al hombre de su Dios –la “carne”-, para conducirlo fuera de su Presencia. El Carnaval no solo aparenta, sino que está cargado de alegría, pero no es la verdadera alegría, la alegría que brota del Ser divino trinitario –“Dios es Alegría infinita”, dice Santa Teresa de los Andes-; la alegría del Carnaval no es la alegría que sobreviene al alma por la gracia de Jesucristo, la alegría que es consecuencia del alma en paz, a la que le ha sido quitada, por la Sangre del Cordero, la causa de la enemistad con Dios –y por lo tanto, de la tristeza-  que es el pecado –“Mi paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14, 27), dice Jesús, y con su paz, su Alegría-, sino que la alegría del Carnaval es una alegría vana, superficial, pasajera, plena de malicia, porque se deriva de la exaltación de las pasiones y su desenfreno. Por esto mismo, por esta falsa alegría, el Carnaval se caracteriza por un ambiente festivo, con música ensordecedora, carcajadas estridentes, luces multicolores y consumo desenfrenado de substancias alcohólicas y tóxicas: detrás de esta falsa alegría, lo que el Carnaval esconde es la tristeza por la ausencia de Dios y, en el fondo, la desesperación de pretender alcanzar algo imposible: alegría sin Dios.
Otra razón es la presencia recurrente del Demonio, en todas las culturas y en todos los tiempos. No es una mera casualidad que la figura del Demonio esté representada en todos los carnavales de todos los pueblos de la tierra: es el Ángel caído quien verdaderamente se alegra –con alegría demoníaca- al ver cómo su tarea de corromper al hombre y hacerlo caer en el pecado, se ve enormemente facilitada por los festejos paganos del Carnaval, en donde él no tiene más trabajo que prácticamente mirar cómo los hombres se entregan, libre y despreocupadamente, a la sensualidad, abandonando en sus siniestras manos sus almas. En todas las culturas de la tierra en las que se celebra el Carnaval, está el Demonio, como figura principal: puesto que los hijos de la luz nada tienen en común con los hijos de las tinieblas, nada debe hacer un joven cristiano, hijo de la luz, en el Carnaval.
Por último, la razón de mayor peso es que no sólo Dios está ausente en la falsa alegría del Carnaval, sino que su Hijo Unigénito, Jesucristo, es ofendido, ultrajado y burlado, tal como lo fue en su Pasión, renovando esta cruelmente en el festejo carnavalesco, porque el Hombre-Dios sufrió su Pasión y recibió los golpes, las heridas y hasta la muerte, interponiéndose entre nosotros y la Justicia Divina, para que nosotros no sufriéramos el castigo debido por nuestros pecados. Es esto lo que dice el profeta Isaías: “Él fue herido por nuestros pecados, molido por nuestras iniquidades. Por sus heridas fuimos sanados” (cfr. Is 53, 5). Asistir y participar del Carnaval, en donde se exalta, se propicia y se festejan la impudicia, la desvergüenza y la lujuria, es condenar nuevamente a muerte al Cordero de Dios, es golpearlo nuevamente, en su Santa Faz y en su Sacratísimo Cuerpo, es crucificarlo, tal como hicieron aquellos que lo insultaban y golpeaban en el Camino de la Cruz, el Via Crucis.
No en vano nos advierte San Pedro: “Tomad en serio vuestro proceder en esta vida. Ya sabéis con qué os rescataron, no con bienes efímeros, con oro o con plata, sino a precio de la Sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha” (1 Pe 1, 17-19). Fuimos rescatados “al precio de la Sangre de Cristo”: asistir al Carnaval, es pisotear la Sangre del Hombre-Dios.

Joven, si amas a Cristo Jesús, el Cordero de Dios, que entregó por ti su vida en la cruz, y renueva su entrega cada vez en el Santo Sacrificio del altar, la Santa Misa, no asistas al Carnaval, no pisotees su Preciosísima Sangre.

miércoles, 3 de febrero de 2016

El joven está llamado a la santidad y la santidad la otorga el Hombre-Dios Jesucristo


(Homilía para la Santa Misa de acción de gracias por los dieciocho años de vida de un joven)

A los dieciocho años, se inicia una nueva etapa en la vida del hombre: de adolescente, se pasa a ser joven, así como a los 12-13 años, se pasó de niño a adolescente. Se inicia la etapa de la juventud y con la juventud, aparecen en el horizonte de la vida muchos proyectos, que dependerán, entre otras cosas, de nuestra libertad, para que se lleven a cabo o no. Aparecen el estudio, el trabajo, el noviazgo, el matrimonio, la familia, los hijos; también aparece la vida consagrada, como posible camino de santidad, si es que el joven es llamado por Dios, para que lo siga por ese camino. Con la juventud, los proyectos futuros se acercan cada vez más y que puedan o no concretarse, dependen, como hemos dicho, principalmente de nuestra libertad, aunque también son muy importantes, para poder realizar nuestro proyecto de vida, la familia, los amigos, la sociedad en general. Sin embargo, más allá de los proyectos que se presentan para el joven -y cualquiera que sea este proyecto-, hay algo que el joven debe siempre tener presente en el pensamiento y grabado a fuego en el corazón: hay un alma para salvar, hay un cielo para conquistar, hay un infierno para evitar, hay un Dios a quien adorar y dar gracias porque nos ha salvado con su Pasión y ese Dios es Jesús, que está en la Eucaristía y está en la Cruz. Dice San Pedro: “Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados” (1 Pe 2, 14). Jesús, que es Dios Hijo encarnado, compró para todos los hombres, al precio de Sangre derramada en la cruz, la justificación, que no es sólo remisión de los pecados, sino también santificación y renovación del hombre interior, por medio de la gracia santificante, para que los hombres nos convirtamos, de injustos en justos y de enemigos a amigos de Dios, además de herederos del Reino de los cielos. Más allá de los proyectos que puedan aparecer en el horizonte de la vida, el joven no tiene que olvidar que está llamado a la santidad y que la santidad la otorga Jesucristo, Presente en la Eucaristía y crucificado para nuestra salvación. Ningún proyecto de vida se realiza sin la santidad de Jesucristo, y todo proyecto es perfecto con Cristo, el Dios eternamente joven.

viernes, 11 de diciembre de 2015

La importancia de estudiar no solo la ciencia humana, sino ante todo la divina


(Homilía para la Santa Misa de acción de gracias por el egreso de niños de una escuela primaria)

         Estudiar, aunque parece algo fastidioso, es, sin embargo, algo fascinante, porque además de permitirnos conocer la realidad que nos rodea, nos perfecciona como seres humanos: antes de estudiar, no teníamos la perfección del conocimiento; después de estudiar, sí la tenemos, y por eso, somos más perfectos, a medida que estudiamos. Pero además, el estudio de las ciencias y de la sabiduría humana –formada a lo largo de los siglos por el aporte de millones de pensadores-, es importante para labrarnos un futuro mejor: estudiar nos abre las puertas para un mejor empleo, para que así podamos dar a nuestras familias un mejor pasar.
         Sin embargo, además del estudio de las ciencias y sabidurías humanas, hay otro estudio, de otra ciencia y otra sabiduría, que es mucho más importante, y es el estudio de la ciencia y la Sabiduría divinas. Y así como en la escuela, para estudiar, tenemos que leer un libro y aprender las lecciones de nuestra maestra o maestro, también en el estudio de la Divina Sabiduría, hay un libro misterioso que debemos aprender y una maestra a la que debemos escuchar atentamente en sus lecciones: el libro en el que se nos enseña la Sabiduría divina, es el Libro de la Cruz, en donde está la Sabiduría divina, Nuestro Señor Jesucristo, crucificado; la Maestra a la que debemos escuchar atentamente en sus lecciones, es la Virgen, que está al pie de la cruz.
         Para estudiar en este misterioso y sagrado libro, el Libro de la cruz, debemos acercarnos hasta Jesús crucificado y permanecer ante Él, de rodillas, contemplando su Cuerpo todo cubierto de heridas abiertas y sangrantes; su Sangre Preciosísima, que brota de sus manos, de sus pies, de su Sagrada Cabeza y de su Costado abierto. Pero además, debemos estar muy atentos a las lecciones de la Maestra del cielo, la Virgen, que nos dice que debemos “hacer lo que Jesús hace en la cruz, amar lo que Jesús ama en la cruz y rechazar lo que Jesús rechaza en la cruz”: en la cruz, Jesús da su vida a Dios por amor a nosotros, y así nosotros debemos amar a Dios y a nuestros hermanos, hasta la muerte de cruz; en la cruz, Jesús tiene pensamientos santos y puros y sólo desea la eterna salvación de nuestras almas, así también nosotros, debemos pedirle a la Virgen tener siempre los mismos pensamientos santos y puros que tiene Jesús coronado de espinas, para vivir siempre en gracia; en la cruz, Jesús rechaza todo mal, todo pecado, toda mentira, toda violencia, y así también nosotros, debemos rechazar todo mal, todo pecado, toda mentira, toda violencia.

         Por último, así como el conocimiento de la ciencia humana nos abre las puertas para un futuro mejor, así también el conocimiento de la ciencia y de la Sabiduría divinas, que aprendemos leyendo en el Libro de la Cruz, y tomando las lecciones de la Maestra del cielo, la Virgen, nos abren las Puertas del cielo y nos brindan un futuro inimaginablemente mejor que cualquiera de los mejores futuros de la tierra: la vida eterna en el Reino de los cielos.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Santa Misa en Acción de gracias


         La Acción de gracias, que es un gesto que parte de un corazón noble, es fundamentalmente una reacción religiosa de la creatura hacia Dios, porque reconoce, con alegría y asombro, la grandeza y la generosidad divina; el hombre descubre que Dios es el Creador, tanto del universo visible como del invisible, y que todo lo ha dispuesto para nuestro bien y por eso brota en el corazón el reconocimiento agradecido por la Bondad divina. En la Acción de gracias a Dios, está contenido el reconocimiento, tanto de la majestad y de la omnipotencia divinas, como de su bondad sin límites, pues todo lo ha creado para el hombre. La Acción de gracias, jubilosa y gozosa por la Bondad divina, es lo que caracteriza al cristiano; lo contrario, el no dar gracias a Dios por su inmensa bondad, es el pecado de los paganos, que no reconocen en Dios ni su grandeza, ni su gloria, y así lo dice San Pablo, al afirmar que los paganos “no dan a Dios ni gloria ni acción de gracias” (Rm 12, 1). El cristiano, por el contrario, cuando contempla el mundo, se maravilla y se alegra porque ve, en lo creado, la Sabiduría divina, el Amor Eterno y la Omnipotencia de Dios Uno y Trino, que ha puesto a su creatura que más ama, el hombre, como centro y como rey de la Creación, y es para él, para el hombre, que ha creado absolutamente todo el mundo material que vemos, como así también el mundo angélico, al que no vemos. La tierra, con sus frutos, ha sido creada para el hombre, para que el hombre se sirva de sus frutos y, con un corazón lleno de alegría, dé gracias continuamente a Dios por su inmensa bondad. Pero no sólo el mundo visible está a disposición del hombre: los ángeles, además de adorar a Dios, están al servicio de los hombres, porque cada hombre tiene su Ángel de la Guarda, así como también las naciones tienen su Ángel de la Guarda, y esto es también motivo para dar gracias a Dios, por su inmensa bondad y por su majestad divina.
         Dar gracias a Dios es muestra de un corazón religioso y noble, que reconoce que Dios ha creado la tierra, los animales, las montañas, los frutos de la tierra, para que el hombre se aproveche de ellos, no de modo egoísta, sino solidario, porque tiene el deber de amar a su hermano, sobre todo el más necesitado, y la forma de hacerlo es compartiendo, con su prójimo, lo que Dios ha creado y donado.
         Por último, si debemos dar gracias a Dios por el mundo creado, que es un don de su Amor, muchísimo más debemos darle gracias por el envío de su Hijo Unigénito, Jesucristo, para que entregue su Cuerpo y su Sangre en la Cruz, para nuestra salvación, porque se trata de un don del Amor de Dios que supera toda capacidad de comprensión. Y la Acción de gracias por excelencia, es la Santa Misa, porque allí está contenido el único don que es digno de la majestad y bondad de Dios, la Eucaristía, que es el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo.

         

jueves, 26 de noviembre de 2015

El Niño Jesús, modelo a imitar para todo niño y joven


(Homilía para la Santa Misa de acción de gracias de un Instituto Primario y Secundario cuyo Patrono es el Divino Niño)

         Para todo niño y joven que desee ser feliz en esta vida y en la otra, hay sólo una cosa para hacer: imitar al Niño Jesús. ¿Por qué? Porque el Niño Jesús es Dios y Dios es amor, paz, alegría y felicidad en sí misma, lo cual quiere decir que quien más se acerque al Niño Jesús, más recibirá de Él lo que Él es: amor, paz, alegría, felicidad. Con Jesús sucede algo similar a lo que sucede con el sol en nuestro sistema solar: así como los planetas giran alrededor del sol, así nosotros giramos alrededor del Niño Dios, que es Sol de justicia, y así como los planetas más cercanos al sol reciben más luz y calor, así también, el alma que más se acerca al Divino Niño, recibe de Él su luz y el calor de su Amor. Pero también, así como los planetas más lejanos al sol, son los que están en la oscuridad y en el frío, así también, los niños y jóvenes que se alejan del Niño Dios, viven en las tinieblas y en el frío del corazón, que es ausencia de amor.
¿Cómo hacer para imitar al Niño Jesús y así alcanzar la felicidad en esta vida y en la otra? Lo que tenemos que hacer es saber cómo era Jesús en su vida como niño y como joven y lo primero que notamos es que Jesús vivía a la perfección los dos Mandamientos más importantes para niños y jóvenes, el Primero –“Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo”- y el Cuarto –“Honrarás Padre y Madre”- y por eso es modelo perfecto en su cumplimiento. El niño y el joven que viva estos dos Mandamientos como los vivía Jesús, tiene la felicidad asegurada, en esta tierra y en la vida eterna.
         Con respecto al Primer Mandamiento, hay que decir que el Niño Jesús, que era Dios Hijo encarnado -“metido”, por así decir, en el cuerpo y el alma de un Niño humano-, amaba a su Padre Dios, que era su Padre desde la eternidad y el amor con el que lo amaba era el Amor que brotaba del Corazón Único de Dios: el Espíritu Santo. Por eso mismo, el Niño Jesús lo tenía siempre a Dios en la mente y en el corazón y en todo momento se dirigía a Él y nada hacía sin Dios Padre. Como Dios, el Niño Jesús era igual al Padre y el Padre estaba en Él y Él en el Padre y amaba al Padre con el Amor del Espíritu Santo; como Niño, es decir, como ser humano, también amaba a Dios, con el amor de su corazón humano, que estaba envuelto en las llamas del Amor Divino, el Espíritu Santo. Como Dios Hijo y como Niño Dios, el Divino Niño Jesús amaba tanto a Dios que nada pensaba, deseaba, decía ni hacía, sino era por el Amor de Dios y para su mayor gloria. En todo lo que el Niño Jesús hacía, pensaba, decía o quería, estaba siempre Dios en primer lugar: “¿Quiere Dios que piense así? ¿Quiere Dios que piense mal de esta persona? ¿Quiere Dios que hable mal de esta persona, que le haga algún mal?”. Por supuesto que Jesús no podía cometer pecados, porque Él era el mismo Dios y Dios es Tres veces Santo, es la santidad misma, pero siempre actuaba de manera de poner a Dios en primer lugar. Y con respecto a la otra parte del Primer Mandamiento, “amar al prójimo como a uno mismo”, el Niño Jesús también lo cumplía a la perfección, porque amaba a sus primos y amigos con el mismo Amor con el que amaba a su Padre Dios, es decir, los amaba con el Amor de Dios, el Espíritu Santo.
De la misma manera, los niños y jóvenes, imitando a Jesús Niño, deben poner a Dios Trino en primer lugar y saber que Dios siempre nos está mirando; aunque ningún humano nos mire, sí nos miran nuestro Ángel de la Guarda y, por supuesto, Dios mismo. Todo niño y joven, al pensar algo, al decir algo, al hacer algo, debe siempre preguntarse si eso lo haría el Niño Jesús, si eso lo diría el Niño Jesús, si eso lo pensaría el Niño Jesús. Como dijimos, Jesús jamás cometió pecado alguno, y por eso es el modelo ideal y perfectísimo para imitar si quiero vivir en el Amor de Dios. Si Jesús Niño jamás pensó nada malo, jamás dijo nada malo, jamás deseó nada malo, jamás hizo nada malo, entonces, yo tampoco debo jamás pensar mal, hablar mal, desear el mal, obrar el mal. Sólo así el Niño Jesús será mi modelo ideal para cumplir el Primer Mandamiento.
Jesús Niño también es el modelo ideal para cumplir el Cuarto Mandamiento: “Honrarás Padre y Madre”. Jesús Niño fue siempre un hijo sumamente obediente, cariñoso, respetuoso, afectuoso, con sus papás, la  Virgen y San José. Jesús amaba muchísimo tanto a su Mamá, la Virgen –de la cual nació milagrosamente, como un rayo de solo atraviesa el cristal, porque siendo Dios no podía nacer como cualquier hombre- como también amaba muchísimo a su Papá adoptivo, San José –San José era papá adoptivo de Jesús, porque su Papá verdadero era Dios Padre; así también, San José era solo esposo meramente legal de la Virgen, y esto quiere decir que el afecto y el trato entre ellos era como el de hermanos, porque la Virgen siempre fue Virgen y Jesús fue concebido por el Espíritu Santo, no por San José-, y este amor lo demostraba no solo con palabras, sino con obras, ayudando a su padre en la carpintería y aprendiendo el oficio de carpintero –en el que trabajó hasta que comenzó su vida pública- y ayudando a su Madre en las tareas domésticas, acompañándola al mercado, y todas las pequeñas cosas de las familias de todos los días. Jesús nunca les dio un mal rato a sus padres; jamás les levantó ni siquiera mínimamente la voz; jamás se enojó con ellos; jamás desobedeció; jamás hizo nada sin el conocimiento de sus padres; obedeció siempre a lo que le decían, y eso que Él era su Dios, Él era el Creador y Santificador de su Mamá y su Papá adoptivo, y sin embargo, en todo les obedecía. Y en el único momento de su vida en que pareció que hacía algo sin sus papás, fue cuando se quedó en el templo de Jerusalén durante tres días, hasta que María y José lo encontraron, pero Jesús hizo esto porque lo único que autoriza a dejar padre y madre es el llamado de Dios y eso es lo que hacía Jesús, ocuparse de las cosas de su Padre Dios.
Jesús era tan bueno con sus papás porque los amaba mucho, muchísimo: era el infinito Amor que les tenía, lo que hacía que en todo buscara siempre darles un contento y una alegría a ellos. Es decir, aunque Jesús no podía cometer ningún pecado, porque era Dios, la razón de su comportamiento perfecto para con sus papás de la tierra –la Virgen y San José- era el inmenso Amor que les tenía: todo lo que hacía Jesús, se originaba en el Amor de su Sagrado Corazón. De la misma manera, también los niños y jóvenes deben obrar así para con sus padres, o sea, movidos por el Amor: cuanto más se ame a los papás, más cuidado se tendrá en no provocarles un disgusto, obedeciendo en todo, aunque sea contrario al parecer propio –siempre que lo que se mande sea algo bueno, por supuesto-, y así se demostrará el amor a los papás, como el Niño Jesús.
El Divino Niño Jesús, entonces, no debe ser para el niño y el joven una mera devoción de la cual me acordaré una vez al año, cuando finalicen las clases; el Divino Niño Jesús no debe ser una mera imagen folclórica, retratada en un yeso o madera y a la que me acostumbro verla todos los días; no debe ser una mera imagen agradable, pero que para mí no significa nada: el Divino Niño Jesús, retratado en una imagen de yeso, es un ser vivo, porque es Dios, que conoce mis pensamientos aún antes de que los formule y es el Dios que me juzgará en el Amor al fin de mis días y como Dios, vive en el cielo, en la cruz y en la Eucaristía, y quiere también vivir en mi corazón; por eso es que el Divino Niño tiene que vivir en mi corazón y para eso tengo que dejarlo entrar en mí, para que mi corazón lata con el ritmo y la fuerza del Amor de Dios. Cuanto más amemos al Divino Niño Jesús y cuanto más tratemos de ser como Él, más felices seremos, en esta vida y en la eternidad.

martes, 17 de noviembre de 2015

La Virgen, Maestra del cielo, nos enseña la sabiduría del Libro de la Cruz


(Homilía para la Santa Misa de acción de gracias del último año de una escuela primaria)

         Estudiar y aprender lo que nos enseñan en la escuela, es algo sumamente necesario y bueno: además de que estudiar nos hace crecer porque nos perfecciona -antes de estudiar no sabíamos y luego, sí-, si no estudiamos, no podemos aprender y si no aprendemos, nos privamos tanto de saber cosas útiles para la vida, como así también perdemos la oportunidad de conseguir, el día de mañana, un buen trabajo, necesario para que cuando nos casemos, seamos capaces de mantener a la familia.
         Estudiar lo que nos enseñan en la escuela es bueno porque nos hace crecer como personas, al darnos una perfección que antes no teníamos, que es el saber. Para poder estudiar y aprender, tenemos que leer muchos libros y estar atentos a las enseñanzas de nuestros maestros y profesores: cuanta más atención y dedicación pongamos a sus lecciones, más conocimiento vamos a adquirir.
         Ahora bien, si estudiar las lecciones de los libros de la escuela que nos enseñan nuestros maestros y profesores es bueno, porque adquirimos sabiduría, hay otras lecciones que debemos aprender, leyendo un libro especial –el libro más hermoso del mundo-, que nos enseña una Maestra muy particular; una Maestra que nos enseña una Sabiduría que no se aprende en ninguna escuela del mundo: la Maestra es la Virgen, el Libro es la Cruz de Jesús, la Sabiduría que nos enseña las lecciones del Libro de la Cruz es Jesús, Sabiduría de Dios. Toda la Sabiduría que aprendemos de este Libro Sagrado y que nos enseña la Maestra del cielo que es la Virgen, nos sirven para que podamos ganarnos el cielo, para que podamos salvarnos. Por eso Santa Teresa de Ávila dice: “Al final, el que se salva, sabe, y el que no, no sabe nada”. ¿Y cómo nos salvamos? Estudiando las lecciones del Libro de la Cruz, aprendiendo las enseñanzas de la Maestra del cielo, la Virgen: así adquirimos la Ciencia divina necesaria para salvar nuestra alma y la de nuestros seres queridos.
         En el Libro de la Cruz, Jesús nos enseña todos los Mandamientos, todas las virtudes, todas las bienaventuranzas, es decir, todo lo que tenemos que ser y todo lo que tenemos que hacer para ganar el cielo. El que no quiere estudiar del Libro de la Cruz, no va a aprobar el Examen Final, el examen del Amor, la prueba en la caridad que nos tomará Dios Padre para saber si podemos entrar en el cielo.

         “Al final, el que se salva, sabe, y el que no, no sabe nada”. Para salvarnos, no alcanzan los conocimientos de la escuela: hay que estudiar el Libro de la Cruz, contemplando a Jesús crucificado y hay que prestar mucha atención a las lecciones que nos brinda la Maestra del cielo, la Virgen. Si estudiamos las lecciones del Libro de la Cruz y si somos atentos y dóciles a las enseñanzas de la Maestra del cielo, entonces sí vamos a poder aprobar el Examen Final –en ese Examen aprueba el que más Amor tiene, y tiene más Amor el que más estudia el Libro de la Cruz- y así vamos a poder ingresar en el Reino de Dios.