viernes, 8 de julio de 2016

La amistad, don de Jesucristo


         Una de las cosas más hermosas de la vida es la amistad, puesto que el tener amigos es algo que satisface lo más noble del alma y del corazón humano: el alma se plenifica con los amores nobles, y uno de los más nobles amores, es el amor de amistad.
         El hombre, creado por Dios, que “es Amor” (cfr. 1 Jn 4, 8), ha sido creado para amar y el amor de amistad –como el que se desarrolla en la convivencia escolar-, es uno de los amores más puros y que más gratificación da al hombre. Ahora bien, como todas las cosas buenas, toda amistad verdaderamente buena, proviene de Dios, de quien procede todo don y toda gracia, y fuera de Dios, nada de bueno, puro santo se puede encontrar. La amistad, como don, viene de Dios, y es tan grande este don, que Dios mismo en Persona, en la Última Cena, antes de sufrir la Pasión, nos llama “amigos” y no “siervos”: “Ya no os llamo siervos, sino amigos” (Jn 15, 15). Pero Jesús no se queda solamente con palabras, sino que nos demuestra, en la cruz, el amor más grande que alguien pueda tener por un amigo, y es el dar la vida por él: “Nadie tiene mayor amor, que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). Jesús, con su Amor, nos convierte de enemigos que éramos de Dios, a causa del pecado, en amigos suyos, y nos demuestra su amor de amistad, dando su vida por nosotros en la cruz.

         Entonces, al conmemorar la ocasión de haber hecho amigos en la vida –como es el cursado conjunto en un colegio, por ejemplo-, es una buena ocasión para dar gracias a Nuestro Rey y Señor, Jesucristo, quien dio su vida por nosotros, llamándonos sus “amigos” y de quien todo don, como una amistad verdaderamente buena, procede. Es una más que excelente ocasión para darle gracias por los buenos amigos que ha enviado a nuestras vidas.

miércoles, 22 de junio de 2016

Cristo en la Eucaristía da sentido a la vida de todo joven


El Santo Padre Benedicto XVI decía a los jóvenes[1], en ocasión para la preparación para la Jornada Mundial de la Juventud a desarrollarse en Río de Janeiro, que debían estar “alegres”, pero no con la alegría superficial y pasajera del mundo, sino que la alegría debía ser por Jesús, que es el “Dios, que es Alegría infinita”. Ser de Jesús, ser cristianos, es una causa de alegría, como dice la Escritura, “Alégrense siempre en el Señor” (Flp 4,4). La alegría del joven, dice el Papa, debe ser “la alegría de ser cristianos”, de formar parte de Jesucristo por el bautismo. Es decir, el Santo Padre anima a los jóvenes a estar alegres, pero no con la alegría del mundo, sino con la alegría de ser cristianos, de pertenecer a Jesús, que es en sí mismo la Alegría infinita y eterna de Dios. Fuera de Jesús, no hay alegría, ni verdadera, ni duradera.
Decía el Santo Padre que hoy muchos jóvenes no ven la vida como un don de Dios y tampoco ven el sentido de la vida: “Hay muchos jóvenes hoy que dudan profundamente de que la vida sea un don y no ven con claridad su camino”, y esto, porque no tienen la luz de la fe en Jesucristo. Cuando se presentan las dificultades, esta fe en Jesús la que ilumina el camino al joven: “Ante las dificultades del mundo contemporáneo, muchos se preguntan con frecuencia: ¿Qué puedo hacer? La luz de la fe ilumina esta oscuridad, nos hace comprender que cada existencia tiene un valor inestimable, porque es fruto del amor de Dios”. Jesús es la Luz de Dios, es Dios, que es Luz eterna, divina; sin Él, la vida es como cuando alguien se introduce en un bosque espeso, en una noche con nubes densas que ocultan la luz, y en donde acechan las alimañas y las bestias salvajes. Con Jesucristo, en cambio, todo se vuelve luminoso, porque la “luz vence a las tinieblas” y mucho más la luz de Cristo, que es la Luz de Dios, que vence a las tinieblas vivientes y a las tinieblas del pecado, de la muerte, del error, de la ignorancia. Con Jesucristo, el camino de la vida adquiere sentido, porque se vuelve luminoso y claro, como cuando alguien camina por un prado florido en un día diáfano, sin nubes y con un sol resplandeciente.
¿Dónde encontrar a Jesús, para ser iluminados por Él? En la oración y en los sacramentos, principalmente la Reconciliación y la Eucaristía: “Os invito a que os arraiguéis en la oración y en los sacramentos (…) En la oración le encomendamos al Señor las personas a las que amamos y le suplicamos que les toque el corazón; pedimos al Espíritu Santo que nos haga sus instrumentos para la salvación de ellos; pedimos a Cristo que ponga las palabras en nuestros labios y nos haga ser signos de su amor” (…) Sabed encontrar en la Eucaristía la fuente de vuestra vida de fe y de vuestro testimonio cristiano, participando con fidelidad en la misa dominical y cada vez que podáis durante la semana. Acudid frecuentemente al Sacramento de la Reconciliación, que es un encuentro precioso con la misericordia de Dios que nos recibe, nos perdona y renueva nuestros corazones en la caridad. (En los sacramentos encontramos) la fuerza y el amor del Espíritu Santo para profesar la fe sin miedo”. El Papa también los invita a hacer Adoración Eucarística, a estar en silencioso diálogo de amor con el Dios de la Eucaristía, Cristo Jesús: “Os aliento también a que hagáis adoración eucarística; detenerse en la escucha y el diálogo con Jesús presente en el sacramento”.
Si hacen este camino, dice el Papa, “Cristo mismo les dará” de su luz, de su Amor, de su Vida, que es la vida eterna de Dios, y así poseerán la verdadera alegría, aún en medio de las tribulaciones de esta vida, como un anticipo de la alegría eterna que vivirán en el cielo. 




[1] http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/messages/youth/documents/hf_ben-xvi_mes_20121018_youth.html; ; Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la Jornada Mundial de la Juventud 2013.

jueves, 2 de junio de 2016

El joven y la verdadera alegría


         Hay un sentimiento innato en el ser humano, que se hace particularmente evidente en la juventud, y es el de la alegría: todo el mundo desea estar alegre porque, como dice el Papa Benedicto XVI a los jóvenes, “nuestro corazón está hecho para la alegría”[1]. La alegría se deriva de un estado del alma, que es la felicidad, el cual es también innato al ser humano; como dice un Padre de la Iglesia, San Agustín, “todo el mundo desea ser feliz”. Es decir, todo ser humano nace deseando ser feliz y por lo tanto, deseando ser alegre, que es una consecuencia de la felicidad. Pero también es cierto que la felicidad –al menos la felicidad plena- es algo muy difícil de alcanzar, y la razón está en que, como lo dice también San Agustín, se busca la felicidad en cosas que no pueden darla. Como dice el Papa, “Esta búsqueda sigue varios caminos, algunos de los cuales se manifiestan como erróneos, o por lo menos peligrosos”[2].
         El Papa le decía a los jóvenes que lo que buscamos es una alegría profunda, duradera, y que esto es especialmente válido para la época de la juventud, en donde se planifica, con mucha esperanza, para el futuro: “Nuestro corazón busca la alegría profunda, plena y perdurable, que pueda dar “sabor” a la existencia. Y esto vale sobre todo para vosotros, porque la juventud es un período de un continuo descubrimiento de la vida, del mundo, de los demás y de sí mismo. Es un tiempo de apertura hacia el futuro, donde se manifiestan los grandes deseos de felicidad, de amistad, del compartir y de verdad; donde uno es impulsado por ideales y se conciben proyectos”[3].
         Dice también el Santo Padre que Dios nos concede muchas oportunidades de alegrías buenas y sanas: “Cada día el Señor nos ofrece tantas alegrías sencillas: la alegría de vivir, la alegría ante la belleza de la naturaleza, la alegría de un trabajo bien hecho, la alegría del servicio, la alegría del amor sincero y puro. Y si miramos con atención, existen tantos motivos para la alegría: los hermosos momentos de la vida familiar, la amistad compartida, el descubrimiento de las propias capacidades personales y la consecución de buenos resultados, el aprecio que otros nos tienen, la posibilidad de expresarse y sentirse comprendidos, la sensación de ser útiles para el prójimo. Y, además, la adquisición de nuevos conocimientos mediante los estudios, el descubrimiento de nuevas dimensiones a través de viajes y encuentros, la posibilidad de hacer proyectos para el futuro. También pueden producir en nosotros una verdadera alegría la experiencia de leer una obra literaria, de admirar una obra maestra del arte, de escuchar e interpretar la música o ver una película”[4]. Sin embargo, en nuestros días, es frecuente que el mundo intente engañarnos con alegrías falsas, que en el fondo, son causa de profunda tristeza para el corazón, porque el mundo nos quiere hacer creer que la alegría está en los bienes materiales, en el dinero, en la fama, en el éxito fácil, en la satisfacción de las pasiones. En definitiva, el mundo quiere hacernos creer que la felicidad y la alegría están en el mundo.
         Pero dice el Papa que no es así, porque la alegría verdadera está en Dios: “En realidad, todas las alegrías auténticas, ya sean las pequeñas del día a día o las grandes de la vida, tienen su origen en Dios, aunque no lo parezca a primera vista”[5]. Dios es “alegría infinita”, dice el Papa –y también lo dice una gran santa, Sor Teresa de los Andes-, y quiere comunicarnos de esa alegría, porque no se guarda para sí mismo, sino que nos la quiere dar toda: “Dios es comunión de amor eterno, es alegría infinita que no se encierra en sí misma, sino que se difunde en aquellos que Él ama y que le aman”. ¿De qué manera quiere Dios darnos su alegría? Para saberlo, pensemos en qué sucede cuando alguien hace un regalo a otra persona: con el don, desea que esa persona sea feliz, esté alegre. De la misma manera, Dios quiere darnos su alegría cuando aceptamos su don, su regalo. ¿Y cuál es el don de Dios para nuestras vidas? Es su Amor y su Amor se nos dona a través del sacrificio de Jesús en la cruz, porque al ser traspasado el Corazón de Jesús, se derrama el contenido de su Corazón, su Sangre y, con su Sangre, su Amor de Dios, el Espíritu Santo. Esto quiere decir, entonces, que si aceptamos el don de Dios, que es su Hijo Jesús, como dice el Papa: “Este amor infinito de Dios para con cada uno de nosotros se manifiesta de modo pleno en Jesucristo. En Él se encuentra la alegría que buscamos” –y nosotros agregamos que está en la cruz y en la Eucaristía-, entonces aceptamos el don de su Amor y es este Amor de Dios el que nos hará felices, en esta vida y en la otra.



[1] Cfr. Mensaje del Papa Benedicto XVI para la XXVII Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro; http://es.catholic.net/op/articulos/5036/cat/221/mensaje-del-papa-benedicto-xvi-para-la-xxvii-jornada-mundial-de-la-juventud.html
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

jueves, 31 de marzo de 2016

La importancia de estudiar el Libro de la Cruz


(Homilía con ocasión del Aniversario de un instituto educativo para niños y adolescentes)

Hay algo que a los estudiantes, paradójicamente, no les gusta hacer: estudiar. Muchos consideran el estudio como algo “aburrido” o “inútil”, y sin embargo, estudiar y aprender son tal vez las aventuras más fascinantes y divertidas de todas las aventuras fascinantes y divertidas que pueda tener un hombre en la vida. Pero además de ser divertido y fascinante, estudiar la ciencia humana -tal como lo hacemos desde niños pequeños-, es algo muy importante para nuestras vidas. ¿Porqué?
Es muy importante estudiar la ciencia humana, por dos motivos: porque nos hace más perfectos y por lo tanto, mejores personas, desde el momento en que, antes del estudio, no teníamos una perfección, un conocimiento, mientras que después del estudio, sí, porque ahora sabemos lo que antes no sabíamos. Estudiar, entonces, es importante, porque nos hace mejores personas. La otra razón por la que es importante estudiar, es porque a través del estudio, podemos conseguir, en el futuro, un buen empleo, de modo que podamos mantener a nuestra familia.
Otra cosa que hay que tener en cuenta en el estudio, es que todo se lo debemos a Dios, porque es Él quien nos ha dotado de una inteligencia que nos permite “leer” la realidad y conocerla tal como es –la palabra “inteligencia” viene de: “intus legere”, “leer dentro” de las cosas y es gracias a esta potencia del alma, que podemos conocer con precisión el mundo que nos rodea-; por eso, el que estudia la ciencia humana, con la razón humana, no tiene excusas para no creer en Dios, porque estudia con la inteligencia que le dio Dios, y estudia la realidad creada por Dios. Es decir, si soy un estudioso de las ciencias humanas –y, más adelante, si soy un profesional o un científico-, no puedo no creer en Dios, porque si soy científico, lo soy gracias a la inteligencia que Dios me dio, y si soy científico porque investigo la realidad que me rodea, entonces investigo la realidad creada por Dios.
Pero si es importante estudiar la ciencia humana, en la que se leen libros y se aprenden las lecciones de los maestros, hay otra ciencia, mucho, pero muchísimo más importante que la ciencia humana, y es la Ciencia divina que se estudia en un libro muy especial, el Libro de la Cruz, y las lecciones que nos permiten aprender de este libro tan especial, nos la da una Maestra muy especial, la Virgen, que está al pie de la cruz. ¿Cómo se estudia este Libro de la Cruz? Arrodillados ante Jesús crucificado, elevando la mirada y el corazón hacia las heridas, los clavos, la corona de espinas, la Sangre y el Costado traspasado de Jesús, y haciendo mucho silencio, para poder escuchar las lecciones que nos da la Virgen, la Maestra del cielo. ¿Por qué es tan importante estudiar del Libro de la Cruz, aprendiendo las lecciones que nos da la Maestra del cielo, la Virgen? Porque en el Libro de la Cruz Jesús nos enseña cómo ser verdaderamente felices y alegres en esta vida –porque la felicidad y la alegría están en Él, que es Dios de Alegría infinita-, aun en medio de los problemas que seguramente surgirán en nuestro camino, y porque el Libro de la Cruz nos enseña qué tenemos que hacer para ganar el cielo, para vivir en el cielo, en la mansión que Jesús preparó para cada uno de nosotros, de parte del Padre. El Libro de la Cruz nos enseña para qué estamos en esta vida –para ganar el cielo- y nos enseña cómo llegar al cielo y así cumplir nuestra meta más alta –imitando a Jesús crucificado-. Entonces, si es importante estudiar la ciencia humana, es mucho -muchísimo- más importante estudiar estudiar la ciencia de Dios que nos enseña el Libro de la Cruz y nuestra Maestra celestial, la Virgen.


miércoles, 17 de febrero de 2016

"Mirad a Jesús, es Dios; en Él encontraréis la Vida eterna; fuera de Él, sólo la muerte"




(Juan Pablo II a los jóvenes chilenos, 2 de Abril de 1987)

En un discurso dirigido a los jóvenes chilenos[1], el Papa Juan Pablo II los animaba a luchar contra el pecado, al mismo tiempo que elevar la vista a Jesucristo, para contemplar en Él el rostro de Dios, para escuchar sus palabras y para recibir de Él la Vida eterna. Sólo de esta manera, decía el Papa, los jóvenes encontrarán la Vida eterna –y con su Vida, su luz, su paz, su alegría, su amor, su fortaleza-, mientras que lejos de Él, sólo encontrarán vacío, oscuridad y muerte.
Decía así el Papa: “(…) Según nos enseña la fe, la causa primera del mal, de la enfermedad, de la misma muerte, es el pecado en su diferentes formas (…) En el corazón de cada uno y de cada una anida esa enfermedad que a todos nos afecta: el pecado personal, que arraiga más y más en las conciencias, a medida que se pierde el sentido de Dios. ¡A medida que se pierde el sentido de Dios! Sí, amados jóvenes. Estad atentos a no permitir que se debilite en vosotros el sentido de Dios. No se puede vencer el mal con el bien si no se tiene ese sentido de Dios, de su acción, de su presencia que nos invita a apostar siempre por la gracia, por la vida, contra el pecado, contra la muerte. Amados jóvenes: Luchad con denuedo contra el pecado, contra las fuerzas del mal en todas sus formas, luchad contra el pecado. Combatid el buen combate de la fe por la dignidad del hombre, por la dignidad del amor, por una vida noble, de hijos de Dios. Vencer el pecado mediante el perdón de Dios es una curación, es una resurrección”[2]. El Papa les recordaba lo que Jesús había dicho en el Evangelio, de que “es del corazón del hombre de donde salen toda clase de cosas malas” (cfr. Mc 7, 21) por lo que el primer paso para una vida feliz es vigilar el propio corazón, para arrancar de él, así como se arranca una hierba venenosa que comienza a crecer en un jardín florido, el pecado, apenas este comience a insinuarse, y esto lo hacemos por medio de la Confesión sacramental.
Luego, San Juan Pablo II animaba a los jóvenes a contemplar a Jesucristo, para descubrir en Él el rostro de Dios. Les decía que “buscaran a Jesús”, porque Jesús no es ni un hombre bueno, ni un hombre santo, ni un simple profeta, y tampoco es un revolucionario, sino Dios en Persona, que se nos manifiesta a través de un cuerpo y un rostro humano, el cuerpo y el rostro de Jesús de Nazareth: “La juventud no está muerta cuando está cercana al Maestro. Sí, cuando está cercana a Jesús: vosotros todos estáis cercanos a Jesús. Escuchad todas sus palabras, todas las palabras, todo. Joven, quiere a Jesús, busca a Jesús. Encuentra a Jesús (…) ¡Jóvenes chilenos: No tengáis miedo de mirarlo a Él! Mirad al Señor: ¿Qué veis? ¿Es sólo un hombre sabio? ¡No! ¡Es más que eso! ¿Es un Profeta? ¡Sí! ¡Pero es más aún! ¿Es un reformador social? ¡Mucho más que un reformador, mucho más! Mirad al Señor con ojos atentos y descubriréis en El el rostro mismo de Dios. Jesús es la Palabra que Dios tenía que decir al mundo. Es Dios mismo que ha venido a compartir nuestra existencia de cada uno”[3].
         Y para hacerles ver a los jóvenes que Cristo, que es el Hombre-Dios, conoce todas nuestras necesidades espirituales y materiales y que está atento a lo que le pedimos, cita el Evangelio de la resurrección de la hija de Jairo: “Seguidamente Cristo entra en la habitación donde está ella, la toma de la mano, y le dice: “Contigo hablo, niña, levántate” (ibid., 5, 41). Todo el amor y todo el poder de Cristo –el poder de su amor– se nos revelan en esa delicadeza y en esa autoridad con que Jesús devuelve la vida a esta niña, y le manda que se levante. Nos emocionamos al comprobar la eficacia de la palabra de Cristo: “La niña se puso en pie inmediatamente, y echó a andar” (ibid., 5, 42), Y en esa última disposición de Jesús, antes de irse; –“que dieran de comer a la niña” (ibid., 5, 43)– descubrimos hasta qué punto Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, conoce y se preocupa de todo lo nuestro, de todas nuestras necesidades materiales y espirituales”[4]. El Papa cita este episodio del Evangelio, al inicio tan cargada de dolor y tristeza por la muerte de la niña, para destacar el hecho de que es el Amor de Jesús el que convierte nuestro dolor en alegría, si creemos en Él y si sabemos unirnos a Él en la cruz.
Muchos, cuando tienen una necesidad de cualquier orden –espiritual, material, económica, etc.-, o no acuden a Jesús en busca de ayuda, o acuden a quien no deberían acudir, y así se quedan con las manos vacías, sin encontrar respuesta a su necesidad. Sólo Jesucristo, dice el Papa, puede responder y dar una verdadera respuesta a nuestras dificultades: “¡Sólo Cristo puede dar la verdadera respuesta a todas vuestras dificultades! El mundo está necesitado de vuestra respuesta personal a las Palabras de vida del Maestro: “Contigo hablo, levántate””[5].
Por último, el joven que contempla a Jesús recibe de Él su mirada, la mirada de Dios, y como es Dios Eterno y Dios Viviente, al mirarlo, le comunica la Vida eterna: “Al contacto de Jesús despunta la vida. Lejos de El sólo hay oscuridad y muerte. Vosotros tenéis sed de vida. ¡De vida eterna! ¡De vida eterna! Buscadla y halladla en quien no sólo da la vida, sino en quien es la Vida misma”[6]. Y con su Vida eterna, Jesús nos comunica su Amor y así el alma se colma de gozo y felicidad. Esto es así porque con Jesús sucede con el alma, lo mismo que sucede entre el sol y los planetas: cuando un planeta está más cerca del sol, tanta más luz, calor y vida recibe del sol; por el contrario, cuanto más lejos está el planeta, menos luz, sol y calor recibe, es decir, el planeta alejado del sol se encuentra en la oscuridad, sin vida y sin calor. Lo mismo sucede con Jesús: cuanto más nos acercamos a Él, más recibimos de Él, lo que Él Es: Luz, Amor, Vida, y cuanto más nos alejamos de Él, más carecemos de lo que sólo Él nos puede dar, quedando nuestros corazones como los planetas lejos del sol: fríos, oscuros y sin la vida de la gracia.
En definitiva, el Papa les dice entonces a los jóvenes que sólo en Cristo Jesús encontrarán la Vida y, por lo tanto, la felicidad, tanto en esta vida, que transcurre en el tiempo, como en la otra, que transcurre en la eternidad.
Si es así, nos preguntamos: ¿dónde está Jesús, para contemplarlo? Y la respuesta es: Jesús está en la cruz y está en Persona en la Eucaristía, y está también, de un modo misterioso, en cada prójimo, sobre todo en los más necesitados. Es en estos tres lugares en donde debemos buscar a Jesús: en la Cruz, en la Eucaristía y en el prójimo más necesitado.



[1] http://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/speeches/1987/april/documents/hf_jp-ii_spe_19870402_giovani-santiago.html
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. ibidem.

martes, 9 de febrero de 2016

Por qué un joven cristiano no debe participar del Carnaval


         Son muchas las razones por las cuales un joven, que se precie de ser cristiano, no puede ni debe participar del Carnaval (aclaramos a nuestros lectores que cuando nos referimos al "Carnaval" en el presente artículo, hablamos de los carnavales en los que se da rienda suelta al desenfreno y a la exhibición impúdica del cuerpo humano, además del consumo de substancias tóxicas, como alcohol y estupefacientes. No estamos en contra de un festejo carnavalesco "inocente" -si así se puede decir-, en donde la celebración consista arrojar agua -o harina, etc.-. Este último estilo de carnaval, en donde no hay sensualidad ni incitación alguna al pecado, es válido para un cristiano, puesto que sólo consiste en eso: en arrojar agua o algún otro elemento inocuo. N. del R.).
         Ante todo, el Carnaval exalta al “hombre viejo”, al hombre sin Dios y contra Dios, al hombre que por el pecado ha perdido la amistad con Dios (cfr. Rom 6, 6) y que, por lo tanto, al asistir al Carnaval, reafirma esta enemistad con Dios y este deseo de no querer saber nada con Él ni mucho menos recuperar su amistad.
El Carnaval exalta al hombre viejo con todas sus pasiones, desenfrenadas y sin el control de la razón y, mucho menos, de la gracia. El Carnaval se caracteriza por la exaltación de lo que la Escritura llama “carne” (cfr. 2 Cor 10, 2) y que no es la mera exhibición exhibición –encubierta, pero cargada de sensualidad- impúdica y hasta obscena de la genitalidad, sino que con ese término, se describe un estado del alma en el que el hombre, aferrándose al pecado, da las espaldas a Dios y a su Redentor, Jesucristo, para dirigirse en una dirección diametralmente opuesta a aquella que lo lleva a la reconciliación con su Creador y Redentor. El Carnaval exalta por lo tanto aquello que aparta al hombre de su Dios –la “carne”-, para conducirlo fuera de su Presencia. El Carnaval no solo aparenta, sino que está cargado de alegría, pero no es la verdadera alegría, la alegría que brota del Ser divino trinitario –“Dios es Alegría infinita”, dice Santa Teresa de los Andes-; la alegría del Carnaval no es la alegría que sobreviene al alma por la gracia de Jesucristo, la alegría que es consecuencia del alma en paz, a la que le ha sido quitada, por la Sangre del Cordero, la causa de la enemistad con Dios –y por lo tanto, de la tristeza-  que es el pecado –“Mi paz os dejo, mi paz os doy” (Jn 14, 27), dice Jesús, y con su paz, su Alegría-, sino que la alegría del Carnaval es una alegría vana, superficial, pasajera, plena de malicia, porque se deriva de la exaltación de las pasiones y su desenfreno. Por esto mismo, por esta falsa alegría, el Carnaval se caracteriza por un ambiente festivo, con música ensordecedora, carcajadas estridentes, luces multicolores y consumo desenfrenado de substancias alcohólicas y tóxicas: detrás de esta falsa alegría, lo que el Carnaval esconde es la tristeza por la ausencia de Dios y, en el fondo, la desesperación de pretender alcanzar algo imposible: alegría sin Dios.
Otra razón es la presencia recurrente del Demonio, en todas las culturas y en todos los tiempos. No es una mera casualidad que la figura del Demonio esté representada en todos los carnavales de todos los pueblos de la tierra: es el Ángel caído quien verdaderamente se alegra –con alegría demoníaca- al ver cómo su tarea de corromper al hombre y hacerlo caer en el pecado, se ve enormemente facilitada por los festejos paganos del Carnaval, en donde él no tiene más trabajo que prácticamente mirar cómo los hombres se entregan, libre y despreocupadamente, a la sensualidad, abandonando en sus siniestras manos sus almas. En todas las culturas de la tierra en las que se celebra el Carnaval, está el Demonio, como figura principal: puesto que los hijos de la luz nada tienen en común con los hijos de las tinieblas, nada debe hacer un joven cristiano, hijo de la luz, en el Carnaval.
Por último, la razón de mayor peso es que no sólo Dios está ausente en la falsa alegría del Carnaval, sino que su Hijo Unigénito, Jesucristo, es ofendido, ultrajado y burlado, tal como lo fue en su Pasión, renovando esta cruelmente en el festejo carnavalesco, porque el Hombre-Dios sufrió su Pasión y recibió los golpes, las heridas y hasta la muerte, interponiéndose entre nosotros y la Justicia Divina, para que nosotros no sufriéramos el castigo debido por nuestros pecados. Es esto lo que dice el profeta Isaías: “Él fue herido por nuestros pecados, molido por nuestras iniquidades. Por sus heridas fuimos sanados” (cfr. Is 53, 5). Asistir y participar del Carnaval, en donde se exalta, se propicia y se festejan la impudicia, la desvergüenza y la lujuria, es condenar nuevamente a muerte al Cordero de Dios, es golpearlo nuevamente, en su Santa Faz y en su Sacratísimo Cuerpo, es crucificarlo, tal como hicieron aquellos que lo insultaban y golpeaban en el Camino de la Cruz, el Via Crucis.
No en vano nos advierte San Pedro: “Tomad en serio vuestro proceder en esta vida. Ya sabéis con qué os rescataron, no con bienes efímeros, con oro o con plata, sino a precio de la Sangre de Cristo, el Cordero sin defecto ni mancha” (1 Pe 1, 17-19). Fuimos rescatados “al precio de la Sangre de Cristo”: asistir al Carnaval, es pisotear la Sangre del Hombre-Dios.

Joven, si amas a Cristo Jesús, el Cordero de Dios, que entregó por ti su vida en la cruz, y renueva su entrega cada vez en el Santo Sacrificio del altar, la Santa Misa, no asistas al Carnaval, no pisotees su Preciosísima Sangre.

miércoles, 3 de febrero de 2016

El joven está llamado a la santidad y la santidad la otorga el Hombre-Dios Jesucristo


(Homilía para la Santa Misa de acción de gracias por los dieciocho años de vida de un joven)

A los dieciocho años, se inicia una nueva etapa en la vida del hombre: de adolescente, se pasa a ser joven, así como a los 12-13 años, se pasó de niño a adolescente. Se inicia la etapa de la juventud y con la juventud, aparecen en el horizonte de la vida muchos proyectos, que dependerán, entre otras cosas, de nuestra libertad, para que se lleven a cabo o no. Aparecen el estudio, el trabajo, el noviazgo, el matrimonio, la familia, los hijos; también aparece la vida consagrada, como posible camino de santidad, si es que el joven es llamado por Dios, para que lo siga por ese camino. Con la juventud, los proyectos futuros se acercan cada vez más y que puedan o no concretarse, dependen, como hemos dicho, principalmente de nuestra libertad, aunque también son muy importantes, para poder realizar nuestro proyecto de vida, la familia, los amigos, la sociedad en general. Sin embargo, más allá de los proyectos que se presentan para el joven -y cualquiera que sea este proyecto-, hay algo que el joven debe siempre tener presente en el pensamiento y grabado a fuego en el corazón: hay un alma para salvar, hay un cielo para conquistar, hay un infierno para evitar, hay un Dios a quien adorar y dar gracias porque nos ha salvado con su Pasión y ese Dios es Jesús, que está en la Eucaristía y está en la Cruz. Dice San Pedro: “Él llevó nuestros pecados en su cuerpo hasta el leño, para que, muertos a los pecados, vivamos para la justicia. Con sus heridas fuisteis curados” (1 Pe 2, 14). Jesús, que es Dios Hijo encarnado, compró para todos los hombres, al precio de Sangre derramada en la cruz, la justificación, que no es sólo remisión de los pecados, sino también santificación y renovación del hombre interior, por medio de la gracia santificante, para que los hombres nos convirtamos, de injustos en justos y de enemigos a amigos de Dios, además de herederos del Reino de los cielos. Más allá de los proyectos que puedan aparecer en el horizonte de la vida, el joven no tiene que olvidar que está llamado a la santidad y que la santidad la otorga Jesucristo, Presente en la Eucaristía y crucificado para nuestra salvación. Ningún proyecto de vida se realiza sin la santidad de Jesucristo, y todo proyecto es perfecto con Cristo, el Dios eternamente joven.