viernes, 20 de marzo de 2015

La Ley Scout esconde el secreto de la felicidad para el Scout


        La Ley Scout esconde el secreto de la felicidad para un Scout y por eso mismo, un scout católico debe tener siempre presente, en su mente y en su corazón, tanto la Ley[1] como la Promesa[2] Scout: la Ley Scout le permitirá poner en orden a los valores más importantes de la vida; la Promesa Scout, a su vez, le permitirá vivir en concreto los valores y ponerlos por obra en la vida cotidiana; la unión de la Ley y de la Promesa -que es la puesta en obra de la Ley- dará la felicidad al Scout. Veamos un poco más en detalle el por qué. En el caso de los Scouts Católicos, es muy importante conocer la Ley Scout, porque sus preceptos, valores, normas y principios, se encuentran entre los más nobles y excelentes que pueda desear y adquirir un joven. Pero de entre todos estos preceptos, valores, normas y principios de la Ley Scout, hay uno, que es el más excelente de todos, y es el primero, porque en él está concentrada toda la Ley Scout: “El Scout ama a Dios y vive plenamente su Fe”. Si un Scout cumple con este precepto de la Ley Scout, cumple con toda la Ley Scout, porque sucede como con los Diez Mandamientos: así como el Primer Mandamiento –“Amarás a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”- resume y condensa a todos los Mandamientos, de manera tal que el que cumple el Primer Mandamiento, cumple todos los Mandamientos, así sucede con la Ley Scout: quien cumple con el primer precepto, cumple con toda la Ley Scout, porque en él está contenida toda la Ley.
         Por otra parte, no hay un precepto más hermoso -y aquí está la clave de porqué la Ley Scout esconde el secreto de la felicidad para el Scout- porque manda “amar a Dios” y “vivir plenamente” la Fe en Dios, y no puede haber un precepto más hermoso que el primero de la Ley Scout, porque manda amar al Amor, porque, como dice el Evangelista Juan, “Dios es Amor” (1 Jn 4, 8). Sucede lo que sucede con la Ley de Dios: no hay un mandamiento más hermoso que el primero, que manda amar a Dios. El Scout se encuentra, entonces, en la “obligación” –bendita- de “amar a Dios”, porque así lo establece su Ley, tal como sucede con los Mandamientos de la Ley de Dios, en donde se “manda” amar a Dios. Ésta es entonces la razón de porqué decimos que la Ley Scout esconde el secreto de la felicidad para el Scout: porque manda "amar al Amor", y no hay nada más hermoso que eso.
Ahora bien, hay que precisar que, en el caso de los Scouts Católicos, el Dios al que hay que amar, no es un Dios que esté lejano, perdido en el cosmos, y del cual se tienen pocas o ninguna noticia; "la fe que hay que vivir", en el caso de los Scouts católicos, nos dice que el Dios de los Scouts católicos es un Dios que es Uno en naturaleza y Trino en Personas, como enseña el Catecismo de Primera Comunión, y que se ha encarnado, de esas Tres Divinas Personas, la Segunda, el Hijo, en Jesús de Nazareth. Es decir, para el Scout católico, el Dios al que hay que amar, el Dios al que manda la Ley Scout amar, tiene un Rostro, un Cuerpo, un Nombre: Jesús de Nazareth, el Hombre-Dios, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, que se encarna en el seno de María Virgen y es Dios, de majestad y poder iguales al Padre y al Espíritu Santo.
Entonces, si el Scout católico quiere cumplir y vivir la Ley Católica, tiene que dirigirse a su Dios, que se ha encarnado en Jesús de Nazareth, para amarlo, con todas las fuerzas de su corazón. ¿Y dónde está ese Dios, al que el Scout católico debe amar, con todas las fuerzas de su corazón? Ese Dios, Jesús de Nazareth, está en la cruz y está en la Eucaristía, y es ahí adonde debe acudir el Scout católico para amarlo y adorarlo, para así cumplir con la Ley Scout.






[1] 1 El/La Scout ama a Dios y vive plenamente su Fe. 2 El/La Scout es leal y digno/a de toda confianza. 3 El/La Scout es generoso/a, cortés y solidario/a. 4 El/La Scout es respetuoso/a y hermano/a de todos. 5 El/La Scout defiende y valora la familia. 6 El/La Scout ama y defiende la vida y la naturaleza. 7 El/La Scout sabe obedecer, elige y actúa con responsabilidad. 8 El/La Scout es optimista aún en las dificultades. 9 El/La Scout es económico/a, trabajador/a y respetuoso/a del bien ajeno. 10 El/La Scout es puro/a y lleva una vida sana. Cfr. http://www.scouts.org.ar/nosotros/ley-y-promesa
[2] Yo (….……………………..), por mi honor PROMETO/ hacer cuanto de mí dependa/ para cumplir mis deberes para/ con Dios, la Patria, con los demás y/ conmigo mismo,/ayudar al prójimo/y vivir la Ley Scout. http://www.scouts.org.ar/nosotros/ley-y-promesa

viernes, 13 de marzo de 2015

La oración es la fortaleza de la familia


         ¿Qué es lo que hace fuerte a una familia? Hay familias que ponen sus fortalezas en diversas cosas, como por ejemplo, alianzas matrimoniales, y es así como muchos, en la nobleza, se casan por conveniencia, para fortalecer sus títulos nobiliarios y acrecentar sus fortunas; otros, no tan nobles, pero deseosos también de aumentar sus fortunas, entablan alianzas matrimoniales sólo por conveniencia financiera, porque las respectivas familias tienen dinero y posesiones materiales; otros, ponen su confianza y fortaleza en la fama; otros, en la belleza; otros, en los talentos; otros, en la inteligencia; y así, hay familias en las que se destacan futbolistas, músicos, científicos, artistas.
         Estas familias depositan su confianza y fortaleza en talentos humanos.
         Pero todas estas cosas son efímeras, pasajeras, porque hoy están y mañana no; hoy están y mañana desaparecen. Una familia, que hoy es conocida porque tiene a un futbolista muy famoso y reconocido, multimillonario, que sale en televisión todos los días –y que por eso es una familia muy fuerte-, de la noche a la mañana, puede dejar de serlo, porque ese futbolista, o se muere, o se enferma gravemente, o por el motivo que sea, deja de jugar al fútbol, y así, lo que había sido el motivo de su fuerza humana, en segundos, se viene abajo.
         Así sucede con las realidades humanas: todo pende de un hilo, y ese hilo lo sostiene Dios con su poder, con su omnipotencia divina.
         Los humanos ponemos nuestra confianza y nuestra fuerza en seguridades humanas y creemos que todo funciona porque somos nosotros, los seres humanos, los que hacemos que las cosas funcionen. Pensamos que somos el motor del universo, y no nos damos cuenta de que el Motor del universo es Dios Uno y Trino y que ninguna de nuestras seguridades humanas es segura, si Dios no las asegura.
         Lo mismo pasa con la familia: la fortaleza de la familia no está en los lazos de sangre, ni en alianzas de conveniencia, en pactos por dinero, ni en seguros contra terceros: la fortaleza de la familia está en Dios y a Dios se llega por la oración y el ejemplo y modelo y camino de oración es Jesús en la cruz.
         Jesús en la cruz es ejemplo y modelo de oración para la familia, porque la oración de Jesús crucificado es la oración perfecta, porque es la oblación de Sí mismo como Víctima Pura y Santa, que expía los pecados del mundo y dona, con su Sangre derramada y su Cuerpo entregado, la gracia santificante que nos perdona los pecados y nos concede la filiación divina.
         Jesús en la cruz es el Camino de oración para la familia, porque nadie va al Padre sino por Jesús, el Unigénito, que en la cruz extiende sus brazos para donarnos el Espíritu Santo, el Espíritu que nos hace ser hijos de Dios y nos hace exclamar “Abbá”, es decir, “Padre”.
         Es entonces la oración y solo la oración la que hace fuerte a la familia, y la oración a Cristo crucificado, en Cristo crucificado, con Cristo crucificado, y es la razón por la cual en ninguna familia debe faltar el crucifijo –ni Jesús sin la cruz, ni la cruz sin Jesús-, que nunca debe ser un adorno, lo cual constituiría un agravio, sino un lugar de elevación del alma a Dios, es decir, un lugar de oración, de encuentro del alma con el Padre, por Cristo, en el Espíritu.
         Y si Jesús crucificado es el Camino que nos conduce al Padre, la Virgen al pie de la cruz es quien nos conduce a su Hijo Jesús, porque así como nadie va al Padre sino lo conduce el Hijo, así también es cierto que nadie va al Hijo sino lo conduce la Madre.
         La oración es la fortaleza de la familia, y es la oración ante el crucifijo, pero es también la oración que es la Santa Misa, porque en la Santa Misa, Jesús no está representado en su sacrificio, como en el crucifijo, sino que renueva, en la realidad, su Santo Sacrificio de la cruz, de modo sacramental e incruento, de manera que si ante el crucifijo se hace oración ante una representación pictórica de Jesucristo, en la Santa Misa se hace oración ante Jesucristo crucificado en la realidad, que entrega su Cuerpo en la Eucaristía y derrama su Sangre en el cáliz.

         La familia que reza a Jesús en la cruz y en la Misa, es verdaderamente fuerte, con la fortaleza misma de Dios.

jueves, 12 de marzo de 2015

¿Dónde está la felicidad?


         Todo ser humano, pero especialmente el joven, desea ser feliz y por eso mismo, toda la vida humana, desde el instante mismo del nacimiento, consiste en una constante búsqueda de la felicidad. El problema es que muchos la buscan en lugares donde esa felicidad no está, ni podrá estarlo jamás: no está en las cosas del mundo; no está en la ciencia sin fe; no está en el dinero; no está en el éxito; no está en el tener muchos bienes materiales; no está en las relaciones pasionales pasajeras. Mucho menos, muchísimo menos, está en las drogas, en el alcohol, en las substancias tóxicas, en la satisfacción hedonista de los sentidos.
         Hoy, el mundo, a través de los medios de comunicación masivos, principalmente la televisión e internet, ha creado una engañosa realidad virtual, llena de colorido, de risas vacías, de música estridente, en donde todo lo malo “está bien”, y todo lo bueno “es malo, aburrido, desagradable”. Hoy, en nuestros días, el mundo ha creado una realidad virtual, una especie de “realidad-Disney” o de “realidad-Alicia-en-el-país-de-las-maravillas”, en donde la felicidad consiste en hacer lo que cada uno quiere hacer. El mundo dice que la felicidad está en el dinero, en el éxito mundano, en las relaciones pasionales, múltiples, pasajeras, vacías; en síntesis, el mundo dice que la felicidad está en la satisfacción de las pasiones del hombre.
         Sin embargo, se trata de una realidad, como dijimos, engañosa, falsa, virtual, porque allí no solo no está la felicidad, sino que lo que el hombre encuentra, es angustia, vacío existencial, desesperación, dolor y muerte, muerte no solo temporal, sino ante todo muerte eterna, porque esa realidad engañosa del mundo es solo un espejismo que esconde el inacabable Abismo del cual no se sale.
         Joven, si preguntas: “¿Dónde está la felicidad?”, la respuesta es: la felicidad está en Jesucristo, porque Jesucristo es Dios y como Dios, Él es Alegría, Amor, Paz, Bondad, Misericordia, Felicidad, Dicha, Gozo. No hay felicidad posible y no existe otra felicidad que no sea Jesucristo.
¿Y dónde está Jesucristo?
Jesucristo está en la cruz y está en la Eucaristía; está en la oración y está en el hermano, sobre todo en el más necesitado. Quiere decir que cuanto más nos acerquemos a Jesucristo, más felices seremos, porque Él es la Fuente inagotable de la felicidad; quiere decir que si llevamos nuestra cruz todos los días y lo seguimos a Él, que va camino del Calvario; si asistimos a Misa –no para asistir a un espectáculo vacío, ni para cumplir con un rito religioso, sino para unirme a Él en la renovación sacramental e incruenta de su sacrificio en cruz- y comulgamos en gracia, principalmente los Domingos; si hacemos oración y si obramos la misericordia para con nuestros hermanos más necesitados, entonces tendremos a Jesús en el corazón y seremos felices, aun en medio de las tribulaciones y persecuciones del mundo, porque el mundo persigue a los que son de Cristo (cfr. Mt 5, 11).
Por último, ¿quién nos conducirá hasta Cristo, de manera de no equivocar el camino? La Virgen, porque dicen los santos que el que se acerca a María, recibe a Jesús. Acudir a María es llegar a Jesús, Fuente de la felicidad.

Entonces, ¿dónde está la felicidad? En Jesús y María, y la felicidad que ellos nos dan, es para esta vida, aquí, en la tierra, y para el cielo, para siempre.

domingo, 15 de febrero de 2015

Razones por las cuales el joven católico no debe festejar el Carnaval


         ¿Por qué no “festejar” el carnaval? ¿No corremos, los católicos, el peligro de ser llamados “retrógrados”, al oponernos a una fiesta universal como el carnaval? Nada de eso: el festejo del carnaval es intrínsecamente contrario al ser cristiano y católico, y veremos por qué, analizando el carnaval en su aspecto material y espiritual.
Ante todo, tenemos que saber que la palabra “Carnaval” proviene del latín medieval “carnelevarium”, que significaba “quitar la carne”: se refería a la prohibición religiosa de consumo de carne durante los cuarenta días que dura la Cuaresma.
De esta manera, toda la carne que se tenía preparada para el consumo diario debía consumirse antes del inicio de la Cuaresma y esto es lo que originó las fiestas de carnaval, en donde abundaba la comida, la bebida y la música. Sin embargo, al no estar animadas por el Espíritu de Dios, estos “festejos” se fueron haciendo, con el tiempo, cada vez más desordenados, imponiéndose al mismo tiempo el uso de máscaras para ocultar la identidad de los festejantes, mientras que se permitían todo tipo de abusos, ya que al entrar en la Cuaresma católica se avecinaban días de muchos sacrificios y penitencias.
Esto es el carnaval en su sentido material: comer carne, prohibida en Cuaresma, y dedicarse a festejos y bromas públicas, también prohibidas en Cuaresma, al ser contrarios a la Ley de Dios. El carnaval es ya, por lo tanto, desde el punto de vista material, una contestación pública, una rebelión social, contra el orden cristiano. Sin embargo, en su sentido espiritual, el carnaval esconde una perversión aún mayor, puesto que el espíritu que anima al carnaval no es, ni con mucho, el Espíritu Santo, sino el espíritu del mal, el demonio.
En el carnaval no solo se “consume carne” y se hacen bromas públicas; en carnaval, se actualiza y se potencia –aun en quienes no lo hacen conscientemente-, por influjo del espíritu del mal, la rebelión del hombre contra Dios, rebelión que está presente en el corazón del hombre desde la caída de los primeros padres, Adán y Eva, como consecuencia del pecado original. Mucho más que comer carne, en el carnaval, se exalta la “carne”, entendida esta en el sentido bíblico del Nuevo Testamento, en donde la “carne” representa la tendencia desviada del hombre, por la concupiscencia del pecado, a cometer todo tipo de desenfrenos al dar rienda suelta a las pasiones, incluida en primer lugar la lujuria.
En carnaval se exalta la carne, esto es, las pasiones sin el control de la razón; en carnaval se exalta al “hombre viejo”, al hombre sin Cristo y su gracia, en detrimento del “hombre nuevo”; en carnaval, se exalta al hombre esclavizado por sus pasiones y por el demonio; se ensalza y exalta al hombre que se deleita en placeres prohibidos; al hombre que, en abierto desafío a Dios y a su Mesías venido en carne, Jesucristo, comete todo tipo de abominaciones; al hombre que rechaza la glorificación de la carne por la gracia de Jesucristo y, en cambio, exalta y glorifica a la carne en pecado, la carne o la humanidad caída en el pecado, sin la redención obtenida por el sacrificio de Jesús en la cruz. En carnaval, se exhiben impúdicamente, en triunfo, las pasiones sin el dominio de la razón y mucho menos sin la redención de la gracia; se exalta el pecado y se glorifica la rebelión contra Dios; se exaltan y se glorifican los vicios y los pecados capitales, y se desprecian y rechazan las virtudes humanas y cristianas, es decir, se rechaza a la humanidad nueva, la humanidad redimida por Jesucristo, en la cual las pasiones están bajo el dominio de la razón y de la gracia y se exaltan toda clase de vicios y pecados. El carnaval es la glorificación de la carne y de los pecados, de los vicios y de las cosas que ofenden a Dios y a su Cristo; en el carnaval, se profana el cuerpo, que es “templo del Espíritu Santo” y se lo convierte en morada de demonios, tanto más, cuanto que se permiten toda clase de excesos y de libertinajes. Por todo esto, la alegría del carnaval es una falsa alegría, porque es una alegría originada en la falsa felicidad que provoca la satisfacción de los sentidos y de las pasiones y por esto, es una alegría vacía, una alegría que, en el fondo, esconde y oculta la desesperación del alma sin Dios; en carnaval está ausente la verdadera alegría, la alegría que proviene de Jesús resucitado: esta alegría es verdadera doblemente, porque con su Resurrección, Jesús no solo ha purificado la carne –la naturaleza humana-, al quitarle el pecado que la corrompía y la condenaba a la putrefacción –Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo-, sino que, además, la ha santificado, al entrar en contacto con la naturaleza humana en la Encarnación –Jesús es el Verbo de Dios que se encarna, se hace carne, en el seno virginal de María Santísima-, y la ha glorificado, al comunicarle la gracia santificante, que hace participar a la carne humana, ya sin pecado, de la vida y de la gloria divina.
En el carnaval se exalta la carne sin la gracia, sin la redención de Jesucristo, es decir, la carne que está en abierta rebelión contra Dios, la carne que se une y alía con el demonio en su rebelión contra Dios. Por eso, no es en vano, ni es una casualidad, que en todos los carnavales, de todas las épocas y de todas las culturas y civilizaciones, la figura central sea la figura del diablo: la presencia del diablo significa que es el espíritu del mal el que guía y anima al carnaval. La ceremonia de “desenterrar al diablo”, con la que se inaugura el carnaval andino, no es un mero simbolismo que busca representar una realidad que no existe: el desentierro del diablo significa que el hombre ha dejado a Dios y su Mesías y sus mandamientos, de lado, para aceptar al demonio como el “Rey Momo”, aquel que le permitirá hacer todo lo que el Dios cristiano le prohíbe. Decimos que el “Rey Momo” es el demonio porque si bien el Rey Momo es una deidad de la mitología griega -Momo es el dios de la burla y la locura, famoso por divertir a los dioses del Olimpo con sus mímicas grotescas-  y sus fiestas eran denominadas “fiestas de la locura”, en las que la gente gastaba bromas en lugares públicos oculta detrás de un disfraz, en el fondo, deja de ser una ignota deidad pagana, para convertirse, el Rey Momo, en el demonio, por eso de San Pablo que dice: “los dioses de los gentiles son demonios” (cfr. 1 Cor 10, 20); además, el carnaval es una verdadera “fiesta de la locura”, porque no hay mayor locura que la del hombre que se entrega al pecado, como sucede en el carnaval.
En el carnaval –suena a “baile de la carne”- se dejan de lado los Mandamientos de Dios, cuyo cumplimiento ejemplar es Jesucristo en la cruz, para adoptar y cumplir, al pie de la letra, los mandamientos del demonio.
El carnaval es siempre, y en todos lados, invariablemente, sinónimo de permisión y desenfreno de las conductas humanas puesto que, como dijimos, las pasiones se dejan a su libre albedrío, sin el control de la razón y, mucho menos, sin el control de la gracia santificante. En esta época, muchos se exceden en el consumo de alcohol y de toda clase de substancias prohibidas, además de dar rienda suelta al libertinaje. En el carnaval, se exalta la carne, entendida esta como la naturaleza humana sin la gracia de Jesucristo, olvidando que la carne, en ese estado, es sinónimo de pecado y de ausencia de Dios, y que quienes exaltan la carne, dejando de lado la gracia, cometen toda clase de pecados y se cierran a sí mismos la entrada en el Reino de los cielos: “Manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios” (Gál 5, 9-21).
Mucho más que una rebelión contra un precepto eclesiástico –no comer carne, ayunar- y contra un tiempo litúrgico –la Cuaresma-, el carnaval es una manifestación del hombre que se rebela contra Dios mismo y su Mesías venido en carne, Jesucristo, quien como Dios, santifica y purifica a la naturaleza humana –la carne, el hombre-, al encarnarse en el seno de María Virgen. Por esto es que solo en Cristo Jesús la carne humana es exaltada, porque Él la santifica, la purifica con su Ser divino, en la Encarnación y la glorifica en la Resurrección; pero fuera de Cristo, la carne –la naturaleza humana- está contaminada por el pecado y es foco de corrupción y de pecado, de manera tal que quien “siembra en la carne”, siembra corrupción y muerte: “Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios”. (Ro 8, 5-8).

Por estos motivos, un joven cristiano –católico- no puede participar ni aprobar un festejo, el carnaval, en el que se ofende gravemente  a Dios, al tiempo que se exalta la figura del demonio, enemigo jurado de la raza humana y de la salvación de los hombres. 

viernes, 2 de enero de 2015

Joven: la Confesión Sacramental es un encuentro con el Amor Misericordioso de Dios (3)


Para valorar y conocer la bondad y la grandeza de la confesión, hay que valorar y conocer aquello que la confesión quita del alma, el pecado.
Para eso, podemos imaginar a un estanciero, su hijo, y un peón. Imaginemos a un estanciero, un dueño de una estancia, muy grande, de miles de hectáreas, con miles de cabezas de ganado. Imaginemos que este estanciero, que es una persona noble, honrada, generosa, bondadosa, tiene un hijo, que vive con él, a quien este estanciero, que es su padre, le hace compartir todos sus bienes, con quien almuerza y come todos los días, y a quien le destina todo su afecto y su amistad y todos los cuidados de un padre dedicado.
Imaginemos también que posee un peón, que es un extraño, que está a su servicio, que trabaja por un sueldo, vive en la misma estancia, pero, a diferencia del hijo, no recibe ni los cuidados ni el afecto que el hijo sí recibe del padre. Recibe un trato justo y cordial, pero no el trato de hijo, ya que se trata de un extraño.
¿Qué pasaría si un buen día el peón, a pesar de que su patrón es justo y lo trata bien, se enoja con su patrón y lo ofende? El dueño de la estancia se vería ofendido por la malicia de un extraño, en su calidad de dueño de la estancia.
¿Y qué pasaría si el hijo, que vive de los bienes de su padre, que recibe todo el afecto de su padre, que es el heredero de su estancia y de todo lo que posee, también lo trata mal y lo ofende? El padre se vería ofendido por la malicia de su hijo no como dueño de la estancia, sino como padre.
¿Hay diferencia entre uno y en otro caso?
En los dos casos, hay una injusticia y una acción mala y deshonesta, tanto por parte del peón como por parte del hijo del estanciero.
En los dos casos la acción mala es la misma, una ofensa hacia alguien que es bueno y justo, pero hay una diferencia: en el caso del hijo, la acción mala es esencialmente distinta, más grave, y le provoca más dolor al estanciero, porque es su padre. El peón también lo ofende, pero su malicia es menor, y la ofensa también es menor: la maldad del hijo es superior a la del peón, justamente por ser hijo[1].
El hijo que ofende a su padre somos nosotros cuando pecamos, ya que nosotros hemos recibido la dignidad de la filiación divina en el bautismo. El peón es un pagano, alguien que pertenece a otra religión, que al ofender a Dios lo hace no como hijo, sino como una creatura, como alguien que no posee la dignidad de la filiación divina. De ahí que la ofensa sea mayor para Dios en el caso de sus hijos, nosotros, los bautizados, que en el caso de quien no está bautizado.
Esa acción injusta ofende a Dios, y a nosotros nos provoca la pérdida de la amistad con Dios y el oscurecimiento de nuestra filiación divina, recibida en el bautismo. Ofendemos a Dios y nos hacemos enemigos suyos.
Pero hay un modo de recuperar la amistad con Dios y la filiación perdida, y ese modo es por la confesión, ya que por la confesión, invisiblemente, misteriosamente, pero realmente, Cristo, que es Dios, borra nuestra ofensa con la Sangre de su sacrificio, y nos devuelve la amistad con Dios y el estado y la dignidad de hijos de Dios.
Por la gracia, que la recibimos en la confesión, recuperamos la amistad perdida con Dios y nuestra filiación divina; de ahí el aprecio que debemos tener a la confesión.




[1] Cfr. Matthias Joseph Scheeben, Los misterios del cristianismo, Ediciones Herder, Barcelona 1964, 262s.

Joven: la Confesión Sacramental es un encuentro con el Amor Misericordioso de Dios (2)


         ¿Por qué confesarnos?
       El pecado es tinieblas, y la confesión nos hace participar de la luz de Dios. La siguiente reflexión puede ayudarnos a comprender la necesidad de la Confesión Sacramental.
       Nuestro Señor Jesucristo se presenta ante los fariseos como la luz del mundo: “Yo soy la luz del mundo y el que me sigue no andará en tinieblas” (Jn 8, 12). Nuestro Señor no se refiere a la luz natural, no está diciendo que Él es la luz del sol, ni la luz del fuego, ni la luz artificial. Él está diciendo y refiriéndose a otra luz, una luz que no es ninguna de las que conocemos, una luz desconocida, invisible, la luz de Dios. Por eso en el Credo decimos: “Dios de Dios, Luz de Luz”, porque Él es la luz de Dios que proviene de Dios; es Dios, cuya naturaleza es ser luz, la naturaleza de Dios es luminosa, es luz sobrenatural, divina, celestial, no natural. También en los salmos se describe a Dios como luz, al decir de Él que es el Sol de justicia, y si Cristo es Dios, es entonces Él el Sol de justicia.
         Si la Sagrada Escritura presenta por un lado a Jesucristo como luz y luz divina, por el otro, presenta al pecado como tinieblas, asociadas al demonio, príncipe de las tinieblas: “...cuando Judas comió el bocado, el diablo entró en él. Afuera era de noche” (Jn 13, 27). El evangelio dice: “afuera era de noche”. La noche, las tinieblas del espíritu, se asocian al pecado –la traición de Judas- y a la acción de Satanás: el diablo entró en él. Satanás entra en el corazón de Judas, que ha cometido el pecado de traición, vendiendo a nuestro Señor por dinero, y en ese momento, las tinieblas lo envuelven: “Afuera era de noche”. No quiere decir necesariamente que quien comete un pecado está bajo el influjo del demonio, pero sí es significativo que el pecado sea descripto como la tiniebla del espíritu. Es la descripción del alma en pecado: está envuelta en las tinieblas, porque Cristo, Dios-Luz, Sol de justicia, no está en ella, y así se vuelve injusta.
El pecado es una acción mala que oscurece al alma, ocultándola de la vista de Dios; por el pecado el alma se vuelve oscura y se encierra en una tiniebla densa, de la cual no puede salir por sí misma.
         Cuando el alma comete un pecado, el alma queda inclinada hacia las cosas bajas, hacia lo terreno, hacia lo carnal, hacia lo que no agrada a Dios, y eso es vivir en tinieblas. “Andar en tinieblas” es no tener a Cristo en el alma, y si Cristo, que es la Luz y el Sol de justicia, no ilumina al alma, el alma queda oscurecida y atrapada en las tinieblas en donde ella misma se metió.
Por eso Jesús dice: “Yo soy luz, y el que me sigue no andará en tinieblas”, porque quien lo sigue, es iluminado por esta luz divina, que es Jesucristo, y en él no hay tinieblas. Quiere decir que quien no tiene a Jesucristo, anda en tinieblas, no en las tinieblas de la noche terrena, sino en las tinieblas del espíritu, que es una tiniebla más cerrada y oscura que la noche más cerrada y oscura que podamos conocer.
Sólo Cristo, que nos comunica su luz, la luz de la gracia, que nos viene por la confesión, puede iluminar a un alma en tinieblas. Por la confesión entra en el alma la luz de Cristo, que es llamado en los salmos Sol de justicia, y se vuelve justa como Cristo, porque Jesucristo.

Por la confesión el alma recibe la luz de Dios, una luz que no sólo le ilumina la inteligencia y la voluntad, permitiendo discernir lo que es bueno de lo que es malo, sino que por la gracia de la confesión el alma se vuelve no solo brillante como el sol, sino que posee a ese Sol mismo de justicia, Jesucristo. Por la gracia de la confesión, Jesucristo empieza a habitar en el alma, y el alma en Jesucristo. 

Joven: la Confesión Sacramental es un encuentro con el Amor Misericordioso de Dios (1)



¿Por qué tenemos que confesarnos? Para saberlo, imaginemos los siguientes ejemplos.
Imaginemos un paño blanco, limpio, recién lavado. ¿Qué pasa si yo a ese paño, a esa tela blanca, muy limpita,  le hecho barro encima, o tinta negra? La tela se ensucia y se arruina. Perdió su limpieza y su blancura.
         Pongamos otro ejemplo. Un hijo, que vive con su padre, a quien su padre quiere mucho, que le da comida todos los días y comparte con él todo lo que tiene, un día se enoja sin motivo con su padre, no quiere más su amistad, y de amigo que era, se hace enemigo.
         Un paño blanco manchado con barro, un hijo que se pelea con su padre y se hace enemigo suyo.
         Estos ejemplos son una figura de lo que pasa en el alma con el pecado: el alma se ensucia, y se hace enemiga de Dios. Con nuestras solas fuerzas humanas, no podemos revertir ni una ni otra cosa. Sólo hay un modo de hacer que el alma vuelva a brillar y que recupere la amistad con Dios, y ese modo es la confesión.
         ¿Qué sucede en la confesión? Sucede algo que no vemos, algo invisible, pero real. Eso invisible, es Jesús, que desde la cruz, deja su Sangre sobre el alma. Y su sangre, que es la sangre del Hombre-Dios, limpia las manchas del pecado, hace que el alma brille con la santidad de Dios, y hace que el alma vuelva a ser hija y amiga de Dios.

         Porque llena nuestra alma de la bondad y de la santidad de Dios, porque nos hace ser hijos y amigos de Dios, la confesión debe ser para nosotros una de las cosas más preciadas y amadas en la vida.