Con mucha frecuencia los católicos,
en la Santa Misa, piden por la sanación o curación de alguna enfermedad, ya sea
propia o de algún ser querido. Esto está bien y, en cierto sentido, es natural
el desear tener buena salud. Sin embargo, los católicos podemos y debemos hacer
algo distinto que el simplemente tener buena salud. Lo que podemos y debemos
hacer es ofrecer el estado de enfermedad que nos aqueja -o cualquier otra situación
que nos provoque tribulación-, por manos de la Virgen, a Jesús crucificado,
pero no para que Él haga “desaparecer” aquello que nos mortifica, sino para que
su Sangre Preciosísima, cayendo sobre nosotros, nos santifique en el estado de
salud o de enfermedad en el que nos encontramos y así sea Él quien disponga
nuestro estado, según sea su santa voluntad.
Es esto lo que dice San
Ignacio de Loyola en sus Ejercicios Espirituales, cuando afirma que “no hay que
pedir ni salud, ni enfermedad”, sino que se cumpla la Divina Voluntad sobre
nosotros, voluntad que por ser de la Santísima Trinidad, es Tres veces Santa.
De esta manera, obtendremos
algo infinitamente mejor que la curación de nuestra enfermedad o tribulación
que estemos padeciendo y es la de cumplir la santa voluntad de Dios en nuestras
vidas, que puede querer que nos santifiquemos, o en la salud, o en la
enfermedad.