viernes, 17 de noviembre de 2017

Los ancestros del hombre no son los simios, sino Adán y Eva


La creación del hombre
(Miguel Ángel Buonarotti)

         Mal que le pese a los evolucionistas y aunque si fuera verdad, la Iglesia no tendría problemas en admitir la hipótesis –siempre y cuando se admita la creación del alma por parte de Dios en el momento en el que el “eslabón perdido” pasa a ser de mitad simio y mitad hombre, a hombre completo-, la teoría de la evolución está cada vez más lejos de ser comprobada científicamente[1]. Esto quiere decir que no pasa de una mera hipótesis, debido a que, en las investigaciones científicas, nunca fue encontrado el denominado “eslabón perdido”. Después de todo, para el punto de vista de la fe, es irrelevante si venimos del mono o no, porque si fuera cierto, como dijimos, en algún momento ese ser a mitad de camino entre simio y hombre, en el momento en el que pasaría a ser hombre, Dios le infundiría un alma, creando así la especie humana, formada por Adán y Eva. Tanto si venimos del simio, como si fuimos creados directamente por Dios –como lo sostiene la Iglesia Católica-, en las dos teorías, nuestras almas serían creadas por Dios inmediatamente al ser creado –o evolucionar- el cuerpo humano, y así tendríamos a los primeros especímenes de la raza humana, Adán y Eva[2].
         Lo que debemos creer y lo que el Génesis enseña con toda claridad es que el género humano desciende de una pareja original y que las almas de Adán y Eva (como las almas de cada uno de nosotros) fueron directa e inmediatamente creadas por Dios. Esto es así porque el alma es espíritu y no puede de ninguna manera “salir” de la materia y tampoco puede heredarse de los padres (al contrario del cuerpo, cuyos genes que lo constituyen, sí se hereda de los padres). El alma humana es creada por Dios en el mismo momento en el que se produce la concepción (de esto vemos que el embrión humano ya es un ser humano, distinto al ser de la madre y del padre). Por el alma, nos diferenciamos de los animales, que sólo buscan cosas de la tierra y se dejan guiar por sus instintos corporales: gracias al alma, el hombre eleva su mirada hacia las cosas espirituales, desea el cielo, desea vivir siempre, reconoce y ama la belleza, conoce la Verdad y ama el Bien[3].
         El antepasado del hombre no es, por lo tanto, el simio, sino la primera pareja humana, Adán y Eva. Ellos no eran hombres corrientes como nosotros, sometidos al envejecimiento, al dolor y a la muerte, sino que Dios los creó dotados de dones especialísimos, como por ejemplo, los dones “preternaturales” –aunque no pertenecen a la especie humana por derecho, la especie humana tiene la capacidad de recibirlos por don divino-, como por ejemplo, sabiduría y conocimiento de Dios y del mundo, de modo claro y sin esfuerzos; su voluntad controlaba las pasiones y los sentidos, lo cual hacía que tuvieran siempre paz en sus almas. No podían morir y no podían sufrir enfermedades, como tampoco podían envejecer. Al terminar la vida temporal, habrían entrado en la vida eterna con cuerpo y alma, sin pasar por la experiencia dolorosa de la muerte. Entre los dones sobrenaturales, estaba la Presencia del Espíritu Santo en sus almas y para graficarlo, podemos imaginar una transfusión de sangre: así como el paciente se une al donante al recibir su sangre, así las almas de Adán y Eva estaban unidas a Dios por el Amor de Dios y esta vida que vivían era la vida de la gracia santificante[4]. Dios los hacía participar de su vida en la tierra, para continuar haciéndolos participar de su vida en el cielo. Ahora bien, todo esto lo arruinó el pecado original. Como vemos, el pecado arruina la obra de Dios. Sin embargo, puesto que a Dios nadie puede ganarle –ni el pecado, ni la muerte, ni el Demonio-, Dios envió a su Hijo Jesucristo para destruir al pecado, para vencer a la muerte, para vencer para siempre al Demonio, con su Pasión y Muerte en Cruz. Dios siempre vence. Cuando experimentemos alguna dificultad o tribulación, o tentación, digamos siempre: “Dios mío, en tu nombre puedo vencer a los enemigos de mi salvación”.



[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, 61ss.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Los profesionales y trabajadores de la sanidad católicos no pueden ser cómplices de la cultura de la muerte


         En nuestros días, se trata de imponer, con fuerza cada vez mayor, lo que Juan Pablo II denominó “cultura de la muerte”, esto es, una mentalidad y un obrar del hombre dirigido a suprimir la vida humana, desde su concepción, hasta su vejez, pasando por cualquier etapa intermedia.
         Tanto es así, que hoy abundan las clínicas abortivas, los centros de eutanasia, en donde se aplica la eutanasia solo por el hecho de que una persona esté deprimida, los centros de Fecundación in Vitro –por cada embrión vivo, se sacrifican, desechan o congelan unos treinta embriones promedio-, el alquiler de vientres –una aberración contra la maternidad y una esclavitud para la mujer-, y muchas otras iniciativas más, destinadas todas a destruir a la vida humana.
         El católico que se desempeña en el ámbito de la salud, no puede ser indiferente a esta oleada de muerte, que avasalla con el hombre, desde que nace, hasta que muere. El católico que se desempeña en el ámbito de la salud, debe oponerse con los medios legales a su alcance, entre ellos, la objeción de conciencia. Es decir, aun si, hipotéticamente, un centro de salud obligara, por ejemplo, a practicar un aborto, el católico tiene el deber de no obedecer a esa orden –nadie está obligado a obedecer lo que es pecado- y tiene el deber de hacer una objeción de conciencia y reclamar que se respete su conciencia, que es lo más sagrado que tiene el hombre. Entonces, el católico no puede ampararse y decir: “No me quedaba otra opción que obedecer y practicar el aborto”, porque es como decir: “No me quedaba otra opción que asesinar a sangre fría”.

         Como profesionales de la salud, los católicos deben oponerse firmemente a la “cultura de la muerte”, y si esta avanza, es por el silencio de los católicos. Es por eso que es necesario tener siempre presentes las palabras de Jesús: “Al que me niegue delante de los hombres, yo lo negaré delante de mi Padre” (Mt 10, 33).

miércoles, 8 de noviembre de 2017

El municipio en la concepción católica de la sociedad y del mundo


(Homilía en ocasión del Día del trabajador municipal)

         Cuando buscamos la definición y concepto de municipio, encontramos lo siguiente: “Un municipio es, al mismo tiempo, una división territorial y una entidad administrativa de nivel local, constituida por territorio, población y poderes públicos (…) es un ente organizativo dentro del Estado que goza de autonomía gubernamental y administrativa, cuya función es gestionar los intereses de una comunidad y dar solución a sus problemas”[1]. Es decir, el municipio es una entidad de gobierno autónoma, que busca ante todo “la gestión de los intereses” y la “solución de los problemas” de la comunidad. Es una entidad con poder, pero no es una entidad en la que el poder se busque por sí mismo, sino que el poder que detenta, para ser legítimo, debe estar al servicio de la población.
Ahora bien, en un país como Argentina, en donde se garantiza la libertad religiosa -la libertad de culto está garantizada por el artículo 14 de la Constitución Nacional-, pero al mismo tiempo, en su Constitución Nacional, se otorga al catolicismo una posición preeminente sobre las demás confesiones religiosas, ya que cuenta con un estatus jurídico diferenciado respecto al del resto de iglesias y confesiones -en el artículo 2 de la Constitución Nacional se dice: “Artículo 2. El Gobierno federal sostiene el culto católico apostólico romano”[2]-, el concepto de municipio no es indiferente, ya que debe ajustarse a la Constitución. Esto quiere decir que el municipio debe guiarse, no por ideologías políticas, sino por la concepción católica del mundo, ya que es el catolicismo la religión sostenida por la entidad soberana que es el Estado.
En modo concreto, en esta concepción católica, el servicio prestado por el municipio –por sus integrantes laicos- es ante todo la búsqueda del Bien Común, tal como lo enseña el Magisterio de la Iglesia: “Los fieles laicos (no) pueden abdicar de la participación en la “política”; es decir, en la multiforme y variada acción económica, social, legislativa, administrativa y cultural, destinada a promover orgánica e institucionalmente el bien común”[3], que comprende la promoción y defensa de bienes tales como el orden público y la paz, la libertad y la igualdad, el respeto de la vida humana y el ambiente, la justicia, la solidaridad, etc.”[4]. Los fieles laicos deben participar en la política, pero una política que tenga como meta y objetivo la consecución del Bien Común de la sociedad, que abarca desde el respeto por la vida humana -es obvio que desde su concepción hasta su muerte natural-, hasta el resguardo del orden público.
En la concepción católica de la sociedad y del mundo –el mundo debe convertirse a Cristo Rey y proclamarlo como tal, es decir, el mundo debe reconocer a Cristo y solo a Cristo, el Hijo de Dios, como su Rey y Señor-, el municipio ocupa un lugar fundamental en la estructura de la sociedad, en su funcionamiento y en su progreso. Por encima de las familias, por debajo de la gobernación, el municipio es un órgano intermedio que se ocupa de realizar obras para el bien común de la sociedad y de la Nación.
Por eso mismo, debe estar alejado de concepciones idelógicas políticas opuestas al concepto de Bien Común –los partidos políticos, cuando no tienen a Cristo Rey como fundamento de su ser y obrar, hacen daño a la sociedad-; debe estar alejado de mezquinas peleas partidarias, ya que esto lo único que hace es dividir las fuerzas que son necesarias para la construcción de un porvenir venturoso para la Patria.
       El municipio, en la concepción católica de la sociedad y del mundo debe, entonces, evitar toda ideología política que atente contra el orden cristiano -ante todo, el materialismo marxista por un lado, y el liberalismo hedonista por otro-. Solo así, un municipio podrá contribuir a que la Patria logre el supremo Bien Común, la proclamación de Cristo como Rey y Señor de los corazones, de las familias y de la Patria.



[1] https://www.significados.com/municipio/
[2] http://leyes-ar.com/constitucion_nacional/2.htm
[3] JUAN PABLO II, Exhortación Apostólica Christifideles laici, n. 42.
[4] CONGREGACIÓN PARA LA DOCTRINA DE LA FE, NOTA DOCTRINAL sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política, I.

viernes, 3 de noviembre de 2017

Juan Pablo II y las alas de la razón y de la fe para volar hacia Dios


(Homilía para docentes de un instituto terciario)

         En su encíclica “Fides et Ratio”, Juan Pablo II afirmaba que el hombre poseía “dos alas” para volar hacia Dios, es decir, para elevar el alma a Dios, y esas eran la razón y la fe (católica): “La fe y la razón son como las dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva hacia la contemplación de la verdad”. Ambas, razón natural y fe católica, no se contraponen ni contradicen nunca, porque la fe no se basa en verdades irracionales, sino en verdades racionales, aunque sobrenaturales, que superan la capacidad de comprensión de la razón humana. La razón, a su vez, es capaz de alcanzar la verdad, tanto las verdades parciales, como la Verdad Absoluta, que es Dios. Dios es la Verdad en sí misma y toda verdad, buena y santa, lo es por participación a la Verdad Absoluta que es Dios.
         Por esta razón, un docente, un profesor, un investigador –hablamos siempre de católicos-, en el orden que sea, no puede nunca declararse ni agnóstico ni ateo, y mucho menos apóstata. Esto sucede, lamentablemente, cuando se renuncia a una de las dos alas, o la fe sin razón, o la razón sin fe. La fe sin razón es puro fideísmo y conduce a creencias contrarias a la razón y al bien del hombre; la razón sin fe, priva al hombre de alcanzar la meta más grandiosa que pueda alguien alcanzar en esta vida, con su intelecto, y es la Verdad Absoluta, que es Dios.
         Un docente, un profesor, un investigador, del área que sea, que se declare agnóstico, ateo o apóstata –es el que reniega de la fe recibida en el Bautismo-, demuestra que posee una sola de las dos alas necesarias para elevar el alma a Dios, y le sucede lo que le sucede a un ave cuando está herida en un ala: así como el alma con un ala herida no puede remontarse hacia el cielo, así un hombre, sin la fe o sin la razón, no puede elevarse hacia el Dios Verdadero, que es la Verdad Absoluta e Increada en sí misma.
         Pero en estos casos, hay un agravante: al ser docente, no solo no se eleva él hacia Dios, sino que no permite que sus alumnos lo hagan, lo cual es una grave responsabilidad ante Dios y los hombres.

         Muchos, por diversas razones, pero más que todo, por moda, parecen creer que el ser ateos, agnósticos o apóstatas, es algo que es acorde a una condición intelectual superior; sin embargo, se equivocan grandemente, porque no se dan cuenta de que permanecen en tierra, como un ave herida, sin poder elevarse a Aquel que es la Verdad y la Belleza en sí misma, Dios Uno y Trino.

viernes, 27 de octubre de 2017

Cómo creó Dios al hombre


         En la Sagrada Escritura se narra cómo fue creado el hombre: todos los seres humanos descendemos de Adán, el primer varón, y Eva, la primera mujer. No hay otra verdad posible acerca del origen del hombre, que esta, atestiguada por la Escritura y confirmada por el Magisterio de la Iglesia[1].
         En cuanto al origen del hombre, existe lo que se denomina la teoría de la evolución, que afirma que el hombre proviene del mono, pero es completamente falsa, pues no hay ninguna prueba que lo atestigüe. El hombre proviene por modo de creación, de Dios, quien lo creó a su imagen y semejanza. No hay problemas en decir que puede haber habido una evolución en el mundo material, pero eso no descarta que Dios es el Creador de todo lo que existe, visible e invisible. Con respecto a la evolución de la materia orgánica, la que tiene vida, no hay ni una sola prueba que indique tal evolución. Por ejemplo, no hay ninguna creatura intermedia entre el mono y el hombre, o entre el perro y el lobo, y así con todas las creaturas vivas.
         Podría haber sido verdad, pero eso no altera nuestra fe, nuestra creencia de que es Dios quien creó al hombre. Lo importante es que, en un momento determinado, cuando pasó de mono al hombre, en ese momento, Dios le infundió el alma espiritual, para el macho y la hembra de la especie, y en ese momento, se obtuvo el primer hombre y la primera mujer. Sería igualmente cierto que Dios creó al hombre del barro de la tierra y le insufló el alma viviente, que dio vida humana a su cuerpo humano[2].
         Lo que debemos creer, porque así nos lo revela el Génesis y nos lo enseñan la Tradición y el Magisterio, es que el género humano desciende de una pareja original y que las almas de Adán y Eva fueron creadas directamente e inmediatamente por Dios. El alma es espíritu; no puede, de ninguna manera, “evolucionar”, “ser educida”, o “proceder” de la materia, como tampoco puede heredarse de nuestros padres. Los padres son cooperadores, con Dios, en la formación del cuerpo humano, pero el alma espiritual ha de ser creada inmediatamente por Dios e infundida en el embrión en el seno materno.
         El “eslabón perdido”, está tan perdido, que no ha sido todavía encontrado, y con toda seguridad, jamás será encontrado, porque no existe. De todas maneras, sea cual sea la forma que Dios eligió para hacer nuestro cuerpo –con o sin evolución de por medio-, es el alma lo que importa más, porque por ella, el hombre se eleva más allá de las pasiones terrenas y carnales y eleva la vista a la Belleza Increada, la Verdad Absoluta el Amor Eterno, al cual llamamos “Dios”[3].



[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 62-63.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

sábado, 21 de octubre de 2017

La Caridad, obras de amor al prójimo hechas por el Amor de Dios


         ¿Qué es la Caridad? Es el amor a Dios y al prójimo, pero no es el amor humano, sino el amor mismo de Dios. Es decir, la caridad es el amor de Dios en el alma, con el cual amamos a Dios y los hombres. La caridad entonces es algo mucho más grande que el simple amor humano, que cuando es meramente humano, se llama “filantropía”[1]. La filantropía es el amor al prójimo, pero con un amor que nace del corazón del hombre, no de Dios. Por lo tanto, no es un amor que alcance para la salvación eterna. La caridad, por el contrario, es un amor que se origina en Dios y que hace que el amor humano participe de este amor divino, al punto de ser un amor divino. Este amor, al originarse en Dios, sí es salvífico: se ama a Dios y al prójimo con el amor de Dios, no con el amor humano y por eso es salvífico. Por la caridad, se ama al prójimo en Dios, por Dios y para Dios; no es un amor sin Dios. Por originarse en Dios[2], es un amor que sí puede salvar. Este Amor de Dios, que es la caridad, se origina en el mismo Dios, cuyo corazón es el Corazón de Jesús. Un ejemplo de caridad, es decir, de amor al prójimo por amor a Dios, está en la parábola del buen samaritano, en donde este ama a su prójimo con el amor de Dios y no con palabras, sino con hechos: su prójimo está malherido, se acerca, venda sus heridas, lo carga sobre sí, lo lleva a la posada, paga sus gastos. La caridad se caracteriza, además de originarse en Dios y de ser un amor que es salvífico, porque es un amor que se hace concreto en obras. La Iglesia obra la caridad para con el prójimo, con obras concretas, pero no es el fin de la Iglesia terminar con la pobreza o con el hambre en el mundo, porque eso es tarea de los organismos humanos. La Iglesia hace obras de caridad porque así lo mandó el Señor: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado” y porque si no se hacen obras de misericordia, no se puede entrar en el Reino de los cielos: “El que tuvo misericordia, recibirá misericordia”. El católico que hace apostolado en Caritas, debe alimentarse de la Eucaristía, porque es la Fuente inagotable del Amor Increado; Jesús es el Buen Samaritano que cura nuestras heridas con el aceite de su gracia, nos carga sobre sus hombros, como el Buen Pastor con su oveja malherida, nos lleva a la Iglesia y allí nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre. Por último, si bien es cierto que “la caridad cristiana no se agota en la ascética, en la mística o en las devociones, sino que se realiza en la “caritas”, que es la forma suprema de la actividad del cristiano”, también es cierto que no hay verdadera caridad sino hay oración y si el fiel no se alimenta con el Fuego del Divino Amor que arde en el Corazón Eucarístico de Jesús.



[1] Cfr. X. León-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Biblioteca Herder, Barcelona 1993, voz “amor”.
[2] Cfr. Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, III, 5.

jueves, 19 de octubre de 2017

Dios creó al hombre a su imagen y semejanza


         Dios, que Es y existe desde toda la eternidad, no tiene necesidad del hombre, ni de los ángeles, ni de nada, para ser lo que Es: Dios eterno de majestad infinita. Sin embargo, a pesar de no tener necesidad de los hombres y de los ángeles, los creó a ambos, con un solo fin: que ambos fueran felices eternamente, contemplándolo a Él en su hermosura divina. Es por eso que ni el hombre, ni el ángel, pueden ser felices con nada que no sea Dios mismo, y es la razón por la cual el hombre es sumamente infeliz si se aleja de Dios, para buscar su alegría y felicidad en cosas creadas, que no son Dios y por lo tanto no pueden apagar en su alma el deseo de Dios que lleva desde su creación.
         De entre todas las creaturas, el hombre es la creatura predilecta de Dios y a tal punto, que lo creó a su imagen y semejanza. ¿En qué consiste esta creación del hombre? Consiste en la unión del cuerpo, material, y del alma, espiritual; una unión tan profunda que se llama substancial, lo cual quiere decir que ni el cuerpo solo es persona, ni el alma sola es persona. Solo la unión del cuerpo y del alma puede ser llamada “persona” y es la persona humana, así creada, la que fue creada a imagen y semejanza divina. El hombre tiene entonces dos componentes, el cuerpo y el alma; el cuerpo, al ser material, no es la imagen en el hombre, aun cuando el cuerpo, al ser considerado en su estructura anatómica, en su fisiología, en la interacción de los órganos entre sí, sea una muestra de la Sabiduría y del Amor de Dios; aun así, no radica en el cuerpo la imagen de Dios, puesto que, desde el inicio, Dios es Espíritu Puro, mientras que el cuerpo es material pura.
         Es en el alma en donde radica la imagen de Dios en el hombre, y veremos de qué manera. El alma, al ser espiritual, posee inteligencia y voluntad, esto es, capacidad de pensar y de amar, y considerada en sí misma, es invisible, inmaterial e indivisible (no se pueden separar sus partes, porque no tiene partes, como sí las tiene el cuerpo)[1]. El alma es inmaterial, es decir, no tiene átomos ni moléculas, propio de la materia. Tampoco se puede medir, porque el espíritu no tiene longitud (no hay un alma “más alta” que otra, como en el caso de los cuerpos); tampoco tiene anchura, profundidad o peso. Por esta razón, el alma está toda entera en todas y cada una de las partes del cuerpo al mismo tiempo; no está una parte en la cabeza, otra en la mano y otra en el pie. Esto quiere decir que si al cuerpo se le corta un brazo o una pierna, por un accidente o por una cirugía, no se pierde una parte del alma; simplemente, nuestra alma ya no está en lo que no es más parte del cuerpo vivo. El alma es la que da vida al cuerpo y cuando el cuerpo, como consecuencia de la edad y del desgaste propio del paso de los años, no puede continuar su función, el alma se desprende del cuerpo y el cuerpo queda muerto, sin vida, y es lo que llamamos “muerte”[2]. El cuerpo muere y comienza a descomponerse en sus partes, porque ya no está el alma, que le daba vida y lo mantenía unido en sus partes; el alma, a su vez, continúa viviendo, porque el alma es inmortal, no muere con la muerte terrena, ni tampoco es aniquilada por Dios. Simplemente, luego de morir el cuerpo, el alma continúa viva. No puede destruirse nada en ella porque no tiene partes y porque es inmaterial  -es lo que se llama una “substancia simple”-; al no tener partes, no hay nada en ella que pueda descomponerse o disgregarse, como sí sucede con el cuerpo.
         Es en el alma en donde radica, propiamente, el ser imagen y semejanza de Dios. Una imagen y semejanza imperfectas, porque nuestra naturaleza humana es muy limitada, pero imagen y semejanza al fin. La imagen de Dios en el alma, radica en que es espiritual, como Dios, que es Espíritu Puro, pero también radica en la inteligencia, es decir, en la capacidad de conocer la esencia de las cosas, además de comprender y conocer verdades, el poder razonar y deducir, el hacer juicios sobre el bien y el mal; esta capacidad del alma, de entender, es imagen de Dios, que todo lo sabe y todo lo conoce. La otra imagen y semejanza está en nuestra voluntad, por la que deliberadamente decidimos hacer una cosa o no, es decir, es la potencia del alma por la cual somos libres, lo cual es semejanza de Dios, que es infinitamente libre.
         La vida íntima de Dios consiste en conocerse a sí mismo (Dios Hijo) y amarse a Sí mismo (Dios Espíritu Santo), por lo que tanto más nos acercamos a la divina Imagen, cuanto más utilizamos nuestra inteligencia para conocer a Dios –por la razón, por la fe y, en la eternidad, por la luz de la gloria-; y cuanto más utilizamos nuestra libre voluntad para amar libremente al Dador de nuestra libertad, Dios.



[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 58-59.
[2] Cfr. Trese, ibidem.