sábado, 21 de octubre de 2017

La Caridad, obras de amor al prójimo hechas por el Amor de Dios


         ¿Qué es la Caridad? Es el amor a Dios y al prójimo, pero no es el amor humano, sino el amor mismo de Dios. Es decir, la caridad es el amor de Dios en el alma, con el cual amamos a Dios y los hombres. La caridad entonces es algo mucho más grande que el simple amor humano, que cuando es meramente humano, se llama “filantropía”[1]. La filantropía es el amor al prójimo, pero con un amor que nace del corazón del hombre, no de Dios. Por lo tanto, no es un amor que alcance para la salvación eterna. La caridad, por el contrario, es un amor que se origina en Dios y que hace que el amor humano participe de este amor divino, al punto de ser un amor divino. Este amor, al originarse en Dios, sí es salvífico: se ama a Dios y al prójimo con el amor de Dios, no con el amor humano y por eso es salvífico. Por la caridad, se ama al prójimo en Dios, por Dios y para Dios; no es un amor sin Dios. Por originarse en Dios[2], es un amor que sí puede salvar. Este Amor de Dios, que es la caridad, se origina en el mismo Dios, cuyo corazón es el Corazón de Jesús. Un ejemplo de caridad, es decir, de amor al prójimo por amor a Dios, está en la parábola del buen samaritano, en donde este ama a su prójimo con el amor de Dios y no con palabras, sino con hechos: su prójimo está malherido, se acerca, venda sus heridas, lo carga sobre sí, lo lleva a la posada, paga sus gastos. La caridad se caracteriza, además de originarse en Dios y de ser un amor que es salvífico, porque es un amor que se hace concreto en obras. La Iglesia obra la caridad para con el prójimo, con obras concretas, pero no es el fin de la Iglesia terminar con la pobreza o con el hambre en el mundo, porque eso es tarea de los organismos humanos. La Iglesia hace obras de caridad porque así lo mandó el Señor: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado” y porque si no se hacen obras de misericordia, no se puede entrar en el Reino de los cielos: “El que tuvo misericordia, recibirá misericordia”. El católico que hace apostolado en Caritas, debe alimentarse de la Eucaristía, porque es la Fuente inagotable del Amor Increado; Jesús es el Buen Samaritano que cura nuestras heridas con el aceite de su gracia, nos carga sobre sus hombros, como el Buen Pastor con su oveja malherida, nos lleva a la Iglesia y allí nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre. Por último, si bien es cierto que “la caridad cristiana no se agota en la ascética, en la mística o en las devociones, sino que se realiza en la “caritas”, que es la forma suprema de la actividad del cristiano”, también es cierto que no hay verdadera caridad sino hay oración y si el fiel no se alimenta con el Fuego del Divino Amor que arde en el Corazón Eucarístico de Jesús.



[1] Cfr. X. León-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Biblioteca Herder, Barcelona 1993, voz “amor”.
[2] Cfr. Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, III, 5.

jueves, 19 de octubre de 2017

Dios creó al hombre a su imagen y semejanza


         Dios, que Es y existe desde toda la eternidad, no tiene necesidad del hombre, ni de los ángeles, ni de nada, para ser lo que Es: Dios eterno de majestad infinita. Sin embargo, a pesar de no tener necesidad de los hombres y de los ángeles, los creó a ambos, con un solo fin: que ambos fueran felices eternamente, contemplándolo a Él en su hermosura divina. Es por eso que ni el hombre, ni el ángel, pueden ser felices con nada que no sea Dios mismo, y es la razón por la cual el hombre es sumamente infeliz si se aleja de Dios, para buscar su alegría y felicidad en cosas creadas, que no son Dios y por lo tanto no pueden apagar en su alma el deseo de Dios que lleva desde su creación.
         De entre todas las creaturas, el hombre es la creatura predilecta de Dios y a tal punto, que lo creó a su imagen y semejanza. ¿En qué consiste esta creación del hombre? Consiste en la unión del cuerpo, material, y del alma, espiritual; una unión tan profunda que se llama substancial, lo cual quiere decir que ni el cuerpo solo es persona, ni el alma sola es persona. Solo la unión del cuerpo y del alma puede ser llamada “persona” y es la persona humana, así creada, la que fue creada a imagen y semejanza divina. El hombre tiene entonces dos componentes, el cuerpo y el alma; el cuerpo, al ser material, no es la imagen en el hombre, aun cuando el cuerpo, al ser considerado en su estructura anatómica, en su fisiología, en la interacción de los órganos entre sí, sea una muestra de la Sabiduría y del Amor de Dios; aun así, no radica en el cuerpo la imagen de Dios, puesto que, desde el inicio, Dios es Espíritu Puro, mientras que el cuerpo es material pura.
         Es en el alma en donde radica la imagen de Dios en el hombre, y veremos de qué manera. El alma, al ser espiritual, posee inteligencia y voluntad, esto es, capacidad de pensar y de amar, y considerada en sí misma, es invisible, inmaterial e indivisible (no se pueden separar sus partes, porque no tiene partes, como sí las tiene el cuerpo)[1]. El alma es inmaterial, es decir, no tiene átomos ni moléculas, propio de la materia. Tampoco se puede medir, porque el espíritu no tiene longitud (no hay un alma “más alta” que otra, como en el caso de los cuerpos); tampoco tiene anchura, profundidad o peso. Por esta razón, el alma está toda entera en todas y cada una de las partes del cuerpo al mismo tiempo; no está una parte en la cabeza, otra en la mano y otra en el pie. Esto quiere decir que si al cuerpo se le corta un brazo o una pierna, por un accidente o por una cirugía, no se pierde una parte del alma; simplemente, nuestra alma ya no está en lo que no es más parte del cuerpo vivo. El alma es la que da vida al cuerpo y cuando el cuerpo, como consecuencia de la edad y del desgaste propio del paso de los años, no puede continuar su función, el alma se desprende del cuerpo y el cuerpo queda muerto, sin vida, y es lo que llamamos “muerte”[2]. El cuerpo muere y comienza a descomponerse en sus partes, porque ya no está el alma, que le daba vida y lo mantenía unido en sus partes; el alma, a su vez, continúa viviendo, porque el alma es inmortal, no muere con la muerte terrena, ni tampoco es aniquilada por Dios. Simplemente, luego de morir el cuerpo, el alma continúa viva. No puede destruirse nada en ella porque no tiene partes y porque es inmaterial  -es lo que se llama una “substancia simple”-; al no tener partes, no hay nada en ella que pueda descomponerse o disgregarse, como sí sucede con el cuerpo.
         Es en el alma en donde radica, propiamente, el ser imagen y semejanza de Dios. Una imagen y semejanza imperfectas, porque nuestra naturaleza humana es muy limitada, pero imagen y semejanza al fin. La imagen de Dios en el alma, radica en que es espiritual, como Dios, que es Espíritu Puro, pero también radica en la inteligencia, es decir, en la capacidad de conocer la esencia de las cosas, además de comprender y conocer verdades, el poder razonar y deducir, el hacer juicios sobre el bien y el mal; esta capacidad del alma, de entender, es imagen de Dios, que todo lo sabe y todo lo conoce. La otra imagen y semejanza está en nuestra voluntad, por la que deliberadamente decidimos hacer una cosa o no, es decir, es la potencia del alma por la cual somos libres, lo cual es semejanza de Dios, que es infinitamente libre.
         La vida íntima de Dios consiste en conocerse a sí mismo (Dios Hijo) y amarse a Sí mismo (Dios Espíritu Santo), por lo que tanto más nos acercamos a la divina Imagen, cuanto más utilizamos nuestra inteligencia para conocer a Dios –por la razón, por la fe y, en la eternidad, por la luz de la gloria-; y cuanto más utilizamos nuestra libre voluntad para amar libremente al Dador de nuestra libertad, Dios.



[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 58-59.
[2] Cfr. Trese, ibidem.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

El hombre, creado para Dios, cae del Paraíso por su rebelión contra su Creador (Parte 2)


         El cuerpo humano, en su anatomía y fisiología, y cualquiera sea el órgano o sistema que se considere, es un prodigio de sabiduría, por la precisión científica con la que ha sido creado, y de amor, por la hermosura con la que Dios lo ha creado[1].
         Con todo, el cuerpo no es lo más valioso que tenemos, ya los seres humanos estamos compuestos por una parte material –el cuerpo- y una parte espiritual –el alma-, que es quien le da vida y le permite que sus partes estén cohesionadas y vivas. De hecho, cuando se produce la muerte, que es la separación del cuerpo y del alma, el cuerpo, sin el principio vital que es el alma, empieza a descomponerse, empieza el proceso de putrefacción, porque era el alma la que tenía con vida y con todas sus partes y componentes unidos.
         Entonces, al igual que los animales, los hombres tenemos un cuerpo material, pero no somos animales, sino que somos superiores a ellos, porque tenemos un alma espiritual, y esto nos hace semejantes a los ángeles, aunque somos inferiores a ellos por tener cuerpo. En el hombre están unidos y convergen el tiempo y la eternidad –el alma es inmortal y hecha para la eternidad-, la materia y el espíritu, y solo los dos componentes unidos, hacen una sola substancia completa, el ser humano[2].
         Lo admirable en el hombre es que el cuerpo ha sido hecho para el alma y el alma para el cuerpo, y se unen de modo tan íntimo y profundo, que uno no puede permanecer sin el otro, al menos en esta vida. No es una unión accidental, como cuando se sueldan dos trozos de metal; pero sí es unión como cuando esos trozos de metal se funden, porque ahí ya no son los dos trozos separados, sino una nueva substancia. De igual modo sucede con el cuerpo y el alma, para formar esa substancia que llamamos “hombre”[3].
         Es importante saber esto, para comprender el modo en que alma y cuerpo están unidos: si me corto un dedo, no sufre sólo mi cuerpo, sino también mi alma. Y si estoy apenado, o iracundo, eso se manifiesta en mi cuerpo, por ejemplo, con el cambio en el ritmo cardíaco o en el enrojecimiento facial. Todo esto nos sirve para darnos cuenta de cuánto amor nos tiene Dios, al crear algo tan perfecto y maravilloso como es el ser humano, compuesto de cuerpo y alma y es un incentivo y aliciente no solo para agradecer por tanto amor, sino también para cuidar, del mejor modo posible, nuestra alma y nuestro cuerpo, para así glorificar a Dios.



[1] Cfr. Leo J.  Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 57ss.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

jueves, 3 de agosto de 2017

Para ir al Cielo, debemos estudiar en el Libro de la Vida, la Cruz de Jesús


(Santa Misa para niños en el aniversario de su escuela)

         Asistir a la escuela, para aprender, es algo muy bueno para nosotros, porque cada vez que aprendemos algo que es bueno, verdadero y útil, nos hacemos mejores personas. Por eso siempre debemos estar agradecidos a nuestros padres, por enviarnos a la escuela, y a nuestros maestros, por enseñarnos cosas buenas, verdaderas y útiles, porque todo lo que aprendemos de los libros y las lecciones que escuchamos de nuestros maestros, nos servirán luego, cuando seamos más grandes, para tener buenos trabajos, formar una familia, educar a los hijos pero, sobre todo, nos sirve para ser buenas personas.
         Por todo esto, vemos qué importante es que asistamos a la escuela, porque lo que aprendemos, nos sirve para la vida de todos los días. Ahora bien, si asistir a la escuela y aprender de los libros y estudiar las lecciones nos sirve para esta vida, hay otra escuela a la que debemos ir, y hay otro libro que debemos estudiar, y hay otra maestra a la que debemos escuchar, si es que queremos ir al cielo.
         La Escuela a la que debemos asistir, es a la escuela del Espíritu Santo, quien nos ilumina con su gracia y nos da inteligencia y amor por las cosas de Dios; el Libro que debemos leer y aprender, es el Libro de la Vida, que es Jesús crucificado, porque al contemplarlo en la Cruz, Jesús nos enseña cómo es el Camino para ir al cielo; la Maestra cuyas lecciones debemos escuchar y estudiar, es la Virgen, que está al pie de la Cruz, y nos enseña lo más importante de esta vida, que es amar a su Hijo Jesús y recibirlo, con un corazón puro, contrito, humillado y lleno de gracia, en la Comunión Eucarística.

         Es importante asistir a la escuela, pero mucho más importante es asistir a la Escuela del Espíritu Santo, para aprender las lecciones de la Maestra del Cielo, la Virgen María, y estudiar del Libro de la Vida, Jesús crucificado, para así poder ir al Reino de Dios, cuando termine nuestra vida en la tierra.

miércoles, 2 de agosto de 2017

El hombre, creado para Dios, cae del Paraíso por su rebelión contra su Creador (Parte 1)


         El hombre –con este término se designan los componentes del género humano, varón y mujer-, al estar formado de cuerpo material y de alma espiritual, es como un puente entre el mundo del espíritu y el mundo de la materia[1].
         El alma del hombre es espíritu, de una naturaleza similar al ángel; su cuerpo es materia, similar en naturaleza a los animales. Es decir, el hombre no es, ni espíritu puro, como los ángeles, ni solo materia, como los animales: está compuesto por la unión indisoluble de ambos, espíritu y materia, y por eso está relacionado con los dos mundos. No es ángel, pero tampoco bestia, aunque comparte rasgos de ambas naturalezas. Es un “animal racional”, entendiendo por “racional” su alma espiritual y por “animal” su cuerpo físico. Vive en el tiempo, pero está destinado a la eternidad. No perece sin dejar rastro, como los animales, que tienen un alma no espiritual y por ese motivo, cuando mueren, simplemente dejan de existir; al morir, el hombre continúa siendo hombre, porque si bien su cuerpo está destinado a la corrupción, su alma, por el hecho de ser espiritual, es inmortal y, por lo tanto, destinado a la vida eterna.
         Como los animales, el hombre tiene cuerpo material, pero es más que un animal, porque tiene inteligencia y voluntad; como los ángeles, el hombre tiene un espíritu inmortal, pero es menos que un ángel, porque está limitado por el cuerpo y además porque la naturaleza angélica es superior, por sí misma, a la naturaleza humana. Tanto el cuerpo, como el alma, son prodigios maravillosísimos que reflejan la Sabiduría y el Amor infinitos de Dios. Cuando se estudia el cuerpo humano, con su anatomía y su fisiología, no puede no asombrarse por la increíble precisión científica con la cual fue creado; con todo, el cuerpo es lo menos valioso que tenemos, porque el alma, al ser espiritual, es de mucho mayor valor, y al analizar su composición y sus funciones –entender, amar, elegir-, lo único que cabe es la admiración, por la hermosura del alma. Y de inmediato, la contemplación, tanto del cuerpo como del alma, elevan el pensamiento y el corazón a Dios, que es su Creador, que creó al hombre a su imagen y semejanza, y en esa elevación del pensamiento y del corazón, sólo cabe la gratitud por habernos creado superiores a los animales, semejantes a los ángeles por el alma, y semejantes a Él por la capacidad de pensar, amar y elegir. Es aquí cuando se entiende la tercera parte del Primer Mandamiento: “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo”. El amor a nosotros mismos se demuestra con el cuidado del cuerpo y del alma, manteniendo la pureza, tanto de uno como de otro.




[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 55.

viernes, 28 de julio de 2017

El Cielo, destino de los ángeles buenos; el Infierno, destino de los ángeles malos


         Luego de la prueba a la que fueron sometidos los ángeles –prueba que consistía en hacer un deliberado, libre y voluntario acto de amor y adoración a Dios Trino y al Hombre-Dios Jesucristo-, los ángeles buenos, los que lo adoraron y lo amaron, con San Miguel Arcángel a la cabeza, recibieron el premio de su acción, y es el estar con Dios para siempre. Es decir, puesto que Dios es el Amor Increado, para estar con Dios en el cielo, el ángel y también el hombre, deben tener amor puro en sus corazones, ya que nadie impuro puede permanecer ante Él. Esto explica el Purgatorio: es el lugar en donde las almas expían el amor imperfecto que tuvieron a Dios en la tierra, y la expiación es la purificación de sus almas, por medio del Fuego del Divino Amor, hasta quedar puros y perfectos.
         En el caso de los ángeles rebeldes, encabezados por Satanás, al no hacer el acto de amor que debían a Dios Trino y a su Mesías, Dios Hijo encarnado, fueron privados, inmediatamente, por la Justicia divina, de la gracia, y fueron precipitados al Infierno, lugar creado especialmente para los ángeles rebeldes –y también para los hombres que no deseen estar con Dios-, puesto que Dios no aniquila lo que ha creado, sean estos ángeles u hombres. En su Justicia, Dios no podía hacer otra cosa con los ángeles malos, que darles lo que ellos, libre y voluntariamente, habían decidido, y era vivir para siempre separados de Dios[1]. En esto consiste el Infierno para el espíritu, la separación de Dios para siempre. Al quitarles su gracia, los ángeles rebeldes se vieron privados también del amor que tenían a Dios, por lo que se quedaron solo con el odio a Dios, a Satanás, a los otros ángeles rebeldes, y a los hombres, por ser estos imágenes vivientes de Dios. No hubo una segunda oportunidad para los ángeles rebeldes, como sí lo hubo para el hombre, luego del pecado de Adán y Eva, porque si el hombre peca por debilidad, los ángeles rebeldes pecaron sabiendo, perfectamente, cuáles eran las consecuencias de ese pecado, algo que los hombres no podemos hacer, y esto debido a la perfecta claridad de sus mentes angélicas y a la libertad absoluta de sus voluntades angélicas. En ellos no hubo “tentación”, sino que pecaron “a sangre fría”. Por su rechazo contra Dios, sus voluntades quedaron fijas, para siempre, contra Dios. En ellos no hay posibilidad de arrepentimiento, ni tampoco quieren arrepentirse, porque hicieron su elección por toda la eternidad. Nuestra vida terrena es una prueba, que dura desde que nacemos, hasta que morimos; es decir, lo que para los ángeles fue un instante, para nosotros es el tiempo que dura nuestra vida aquí en la tierra. Esa es la razón por la que el libro de Job dice: “Milicia es la vida del hombre en la tierra”. Es decir, estamos en esta vida para ganar el cielo, para decidirnos por Dios y por su Amor, porque para eso fuimos creados. Fuimos creados para el Bien y el Amor, no para el mal y el odio. Es por eso que debemos aprovechar, cada instante de nuestra vida en la tierra, para hacer actos continuos de amor y adoración a Dios Trino y a su Mesías, Dios Hijo encarnado, Jesús de Nazareth, de modo que luego sigamos amándolo y adorándolo, por la eternidad, en el Reino de los cielos.



[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 47-48.

jueves, 27 de julio de 2017

Los ángeles buenos y los malos no son fantasía, sino realidad


         En la Sagrada Escritura se nos enseña que Dios creó el mundo visible, pero también el mundo invisible, que está compuesto por ángeles, los cuales son espíritus puros, no corpóreos, invisibles a nuestros sentidos corporales, pero no por eso, menos reales. Al igual que nosotros, están dotados de inteligencia y voluntad, es decir, son inteligentes, capaces de pensar, y con capacidad de amar, y por eso reciben, igual que nosotros, el nombre de “personas”. Su naturaleza angélica es muy superior a la nuestra, lo cual significa que son mucho más inteligentes que nosotros y que poseen propiedades que dependen de esa naturaleza angélica, imposibles de imaginar siquiera para nosotros, como por ejemplo, desplazarse a la velocidad del pensamiento.
A pesar de que su número es incontable, solo conocemos los nombres de tres Arcángeles: Miguel, “¿Quién como Dios?”, Gabriel, “Fortaleza de Dios” y Rafael, “Medicina de Dios”. También nos enseña la Iglesia que cada uno de nosotros tenemos un Ángel de la Guarda, proporcionado por el Amor de Dios, para que no solo nos cuide en esta vida, sino para que nos ayude a ganar el cielo. Los ángeles fueron creados por Dios para que se alegren en su Presencia, pero como también son libres, Dios no quiere que estén con Él de forma obligada, sino libremente y por eso es que los puso a prueba, la cual consistió en que, contemplándolo a Él cara a cara, hicieran un acto de amor. Algunos teólogos, santos y místicos piensan que la prueba consistió en ver al Hombre-Dios Jesucristo, el Redentor de la raza humana, y les pidió que lo adoraran. Les dio a contemplar a Jesucristo en el misterio de su Encarnación, en su Nacimiento virginal, en sus humillaciones, en su Pasión, en su Cruz. Según esta teoría, muchos ángeles se rebelaron ante la perspectiva de tener que adorar a Dios encarnado y, como sabían que ellos eran superiores a la naturaleza humana y eran conscientes de su belleza y dignidad, muchos de ellos, guiados por Lucifer, el Demonio, la Serpiente Antigua o Satanás, decidieron no adorar ni servir a Jesucristo, por lo que, junto con Satanás, gritaron: “Non serviam”, que significa “No serviré”[1].
Y así comenzó para ellos el infierno, que es el alejamiento, para siempre, de Dios, y allí permanecerán para siempre, porque debido a su naturaleza, no tienen otra oportunidad para decidirse a favor o en contra de Dios.
También nosotros estamos en esta vida para superar la prueba de querer amar y adorar a Dios por toda la eternidad, y es para eso que Dios puso a nuestros ángeles de la guarda, uno para cada ser humano, esto es, para ayudarnos a vivir en la tierra deseando el cielo, llevando la Cruz de Jesús por el Camino del Calvario. Para eso están nuestros ángeles, para ayudarnos a ganar el cielo, imitando a Jesús crucificado.



[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 47.