jueves, 3 de agosto de 2017

Para ir al Cielo, debemos estudiar en el Libro de la Vida, la Cruz de Jesús


(Santa Misa para niños en el aniversario de su escuela)

         Asistir a la escuela, para aprender, es algo muy bueno para nosotros, porque cada vez que aprendemos algo que es bueno, verdadero y útil, nos hacemos mejores personas. Por eso siempre debemos estar agradecidos a nuestros padres, por enviarnos a la escuela, y a nuestros maestros, por enseñarnos cosas buenas, verdaderas y útiles, porque todo lo que aprendemos de los libros y las lecciones que escuchamos de nuestros maestros, nos servirán luego, cuando seamos más grandes, para tener buenos trabajos, formar una familia, educar a los hijos pero, sobre todo, nos sirve para ser buenas personas.
         Por todo esto, vemos qué importante es que asistamos a la escuela, porque lo que aprendemos, nos sirve para la vida de todos los días. Ahora bien, si asistir a la escuela y aprender de los libros y estudiar las lecciones nos sirve para esta vida, hay otra escuela a la que debemos ir, y hay otro libro que debemos estudiar, y hay otra maestra a la que debemos escuchar, si es que queremos ir al cielo.
         La Escuela a la que debemos asistir, es a la escuela del Espíritu Santo, quien nos ilumina con su gracia y nos da inteligencia y amor por las cosas de Dios; el Libro que debemos leer y aprender, es el Libro de la Vida, que es Jesús crucificado, porque al contemplarlo en la Cruz, Jesús nos enseña cómo es el Camino para ir al cielo; la Maestra cuyas lecciones debemos escuchar y estudiar, es la Virgen, que está al pie de la Cruz, y nos enseña lo más importante de esta vida, que es amar a su Hijo Jesús y recibirlo, con un corazón puro, contrito, humillado y lleno de gracia, en la Comunión Eucarística.

         Es importante asistir a la escuela, pero mucho más importante es asistir a la Escuela del Espíritu Santo, para aprender las lecciones de la Maestra del Cielo, la Virgen María, y estudiar del Libro de la Vida, Jesús crucificado, para así poder ir al Reino de Dios, cuando termine nuestra vida en la tierra.

miércoles, 2 de agosto de 2017

El hombre, creado para Dios, cae del Paraíso por su rebelión contra su Creador (Parte 1)


         El hombre –con este término se designan los componentes del género humano, varón y mujer-, al estar formado de cuerpo material y de alma espiritual, es como un puente entre el mundo del espíritu y el mundo de la materia[1].
         El alma del hombre es espíritu, de una naturaleza similar al ángel; su cuerpo es materia, similar en naturaleza a los animales. Es decir, el hombre no es, ni espíritu puro, como los ángeles, ni solo materia, como los animales: está compuesto por la unión indisoluble de ambos, espíritu y materia, y por eso está relacionado con los dos mundos. No es ángel, pero tampoco bestia, aunque comparte rasgos de ambas naturalezas. Es un “animal racional”, entendiendo por “racional” su alma espiritual y por “animal” su cuerpo físico. Vive en el tiempo, pero está destinado a la eternidad. No perece sin dejar rastro, como los animales, que tienen un alma no espiritual y por ese motivo, cuando mueren, simplemente dejan de existir; al morir, el hombre continúa siendo hombre, porque si bien su cuerpo está destinado a la corrupción, su alma, por el hecho de ser espiritual, es inmortal y, por lo tanto, destinado a la vida eterna.
         Como los animales, el hombre tiene cuerpo material, pero es más que un animal, porque tiene inteligencia y voluntad; como los ángeles, el hombre tiene un espíritu inmortal, pero es menos que un ángel, porque está limitado por el cuerpo y además porque la naturaleza angélica es superior, por sí misma, a la naturaleza humana. Tanto el cuerpo, como el alma, son prodigios maravillosísimos que reflejan la Sabiduría y el Amor infinitos de Dios. Cuando se estudia el cuerpo humano, con su anatomía y su fisiología, no puede no asombrarse por la increíble precisión científica con la cual fue creado; con todo, el cuerpo es lo menos valioso que tenemos, porque el alma, al ser espiritual, es de mucho mayor valor, y al analizar su composición y sus funciones –entender, amar, elegir-, lo único que cabe es la admiración, por la hermosura del alma. Y de inmediato, la contemplación, tanto del cuerpo como del alma, elevan el pensamiento y el corazón a Dios, que es su Creador, que creó al hombre a su imagen y semejanza, y en esa elevación del pensamiento y del corazón, sólo cabe la gratitud por habernos creado superiores a los animales, semejantes a los ángeles por el alma, y semejantes a Él por la capacidad de pensar, amar y elegir. Es aquí cuando se entiende la tercera parte del Primer Mandamiento: “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo”. El amor a nosotros mismos se demuestra con el cuidado del cuerpo y del alma, manteniendo la pureza, tanto de uno como de otro.




[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 55.

viernes, 28 de julio de 2017

El Cielo, destino de los ángeles buenos; el Infierno, destino de los ángeles malos


         Luego de la prueba a la que fueron sometidos los ángeles –prueba que consistía en hacer un deliberado, libre y voluntario acto de amor y adoración a Dios Trino y al Hombre-Dios Jesucristo-, los ángeles buenos, los que lo adoraron y lo amaron, con San Miguel Arcángel a la cabeza, recibieron el premio de su acción, y es el estar con Dios para siempre. Es decir, puesto que Dios es el Amor Increado, para estar con Dios en el cielo, el ángel y también el hombre, deben tener amor puro en sus corazones, ya que nadie impuro puede permanecer ante Él. Esto explica el Purgatorio: es el lugar en donde las almas expían el amor imperfecto que tuvieron a Dios en la tierra, y la expiación es la purificación de sus almas, por medio del Fuego del Divino Amor, hasta quedar puros y perfectos.
         En el caso de los ángeles rebeldes, encabezados por Satanás, al no hacer el acto de amor que debían a Dios Trino y a su Mesías, Dios Hijo encarnado, fueron privados, inmediatamente, por la Justicia divina, de la gracia, y fueron precipitados al Infierno, lugar creado especialmente para los ángeles rebeldes –y también para los hombres que no deseen estar con Dios-, puesto que Dios no aniquila lo que ha creado, sean estos ángeles u hombres. En su Justicia, Dios no podía hacer otra cosa con los ángeles malos, que darles lo que ellos, libre y voluntariamente, habían decidido, y era vivir para siempre separados de Dios[1]. En esto consiste el Infierno para el espíritu, la separación de Dios para siempre. Al quitarles su gracia, los ángeles rebeldes se vieron privados también del amor que tenían a Dios, por lo que se quedaron solo con el odio a Dios, a Satanás, a los otros ángeles rebeldes, y a los hombres, por ser estos imágenes vivientes de Dios. No hubo una segunda oportunidad para los ángeles rebeldes, como sí lo hubo para el hombre, luego del pecado de Adán y Eva, porque si el hombre peca por debilidad, los ángeles rebeldes pecaron sabiendo, perfectamente, cuáles eran las consecuencias de ese pecado, algo que los hombres no podemos hacer, y esto debido a la perfecta claridad de sus mentes angélicas y a la libertad absoluta de sus voluntades angélicas. En ellos no hubo “tentación”, sino que pecaron “a sangre fría”. Por su rechazo contra Dios, sus voluntades quedaron fijas, para siempre, contra Dios. En ellos no hay posibilidad de arrepentimiento, ni tampoco quieren arrepentirse, porque hicieron su elección por toda la eternidad. Nuestra vida terrena es una prueba, que dura desde que nacemos, hasta que morimos; es decir, lo que para los ángeles fue un instante, para nosotros es el tiempo que dura nuestra vida aquí en la tierra. Esa es la razón por la que el libro de Job dice: “Milicia es la vida del hombre en la tierra”. Es decir, estamos en esta vida para ganar el cielo, para decidirnos por Dios y por su Amor, porque para eso fuimos creados. Fuimos creados para el Bien y el Amor, no para el mal y el odio. Es por eso que debemos aprovechar, cada instante de nuestra vida en la tierra, para hacer actos continuos de amor y adoración a Dios Trino y a su Mesías, Dios Hijo encarnado, Jesús de Nazareth, de modo que luego sigamos amándolo y adorándolo, por la eternidad, en el Reino de los cielos.



[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 47-48.

jueves, 27 de julio de 2017

Los ángeles buenos y los malos no son fantasía, sino realidad


         En la Sagrada Escritura se nos enseña que Dios creó el mundo visible, pero también el mundo invisible, que está compuesto por ángeles, los cuales son espíritus puros, no corpóreos, invisibles a nuestros sentidos corporales, pero no por eso, menos reales. Al igual que nosotros, están dotados de inteligencia y voluntad, es decir, son inteligentes, capaces de pensar, y con capacidad de amar, y por eso reciben, igual que nosotros, el nombre de “personas”. Su naturaleza angélica es muy superior a la nuestra, lo cual significa que son mucho más inteligentes que nosotros y que poseen propiedades que dependen de esa naturaleza angélica, imposibles de imaginar siquiera para nosotros, como por ejemplo, desplazarse a la velocidad del pensamiento.
A pesar de que su número es incontable, solo conocemos los nombres de tres Arcángeles: Miguel, “¿Quién como Dios?”, Gabriel, “Fortaleza de Dios” y Rafael, “Medicina de Dios”. También nos enseña la Iglesia que cada uno de nosotros tenemos un Ángel de la Guarda, proporcionado por el Amor de Dios, para que no solo nos cuide en esta vida, sino para que nos ayude a ganar el cielo. Los ángeles fueron creados por Dios para que se alegren en su Presencia, pero como también son libres, Dios no quiere que estén con Él de forma obligada, sino libremente y por eso es que los puso a prueba, la cual consistió en que, contemplándolo a Él cara a cara, hicieran un acto de amor. Algunos teólogos, santos y místicos piensan que la prueba consistió en ver al Hombre-Dios Jesucristo, el Redentor de la raza humana, y les pidió que lo adoraran. Les dio a contemplar a Jesucristo en el misterio de su Encarnación, en su Nacimiento virginal, en sus humillaciones, en su Pasión, en su Cruz. Según esta teoría, muchos ángeles se rebelaron ante la perspectiva de tener que adorar a Dios encarnado y, como sabían que ellos eran superiores a la naturaleza humana y eran conscientes de su belleza y dignidad, muchos de ellos, guiados por Lucifer, el Demonio, la Serpiente Antigua o Satanás, decidieron no adorar ni servir a Jesucristo, por lo que, junto con Satanás, gritaron: “Non serviam”, que significa “No serviré”[1].
Y así comenzó para ellos el infierno, que es el alejamiento, para siempre, de Dios, y allí permanecerán para siempre, porque debido a su naturaleza, no tienen otra oportunidad para decidirse a favor o en contra de Dios.
También nosotros estamos en esta vida para superar la prueba de querer amar y adorar a Dios por toda la eternidad, y es para eso que Dios puso a nuestros ángeles de la guarda, uno para cada ser humano, esto es, para ayudarnos a vivir en la tierra deseando el cielo, llevando la Cruz de Jesús por el Camino del Calvario. Para eso están nuestros ángeles, para ayudarnos a ganar el cielo, imitando a Jesús crucificado.



[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 47.

jueves, 6 de julio de 2017

Dios creó a los ángeles con bondad, pero algunos se volvieron rebeldes por propia voluntad


         Con su omnipotencia divina, Dios creó a los ángeles, seres espirituales puros, dotados de inteligencia y voluntad. Los creó con capacidad de pensar y de amar y con voluntad, todas cosas que caracterizan a una persona, por eso son llamadas “personas angélicas”. Los creó en un número muy grande, según dice la Biblia: “Miríadas y miríadas” (Dan 7, 10), aunque sólo sabemos los nombres de tres: Gabriel, “Fortaleza de Dios”; Miguel, “¿Quién como Dios?”, y Rafael, “Medicina de Dios”. Hay que diferenciar entre los ángeles de Dios, que son los que la Iglesia Católica nos da a conocer –los tres Arcángeles y nuestros ángeles de la guarda- y los ángeles caídos o rebeldes, los demonios, que en nuestros días se nos presentan disfrazados de ángeles de luz, pero con nombres extraños, que no pertenecen a la Revelación de Jesucristo. Estos ángeles son los ángeles de la Nueva Era, y se llaman Uriel, Azrael, Misael, etc. La Nueva Era presenta una Angelología no Bíblica, ofrecen contactos, talleres, cursos, formas para conocer el nombre, conferencias e infinidad de libros titulados “ángeles del amor, ángeles de protección”, “ángeles de la prosperidad”, todo lo cual confunde a los católicos, quienes piensan que son ángeles buenos y por lo tanto se dirigen a ellos en sus oraciones, con lo cual, en realidad, se están dirigiendo a demonios y no a los ángeles de Dios[1]. ¿Cómo distinguirlos de los ángeles buenos? Ante todo, considerando que no conducen a la veneración de la Virgen como Reina de los ángeles, y que presentan a Jesús no como el Redentor de la humanidad, sino como un “Maestro” o incluso como un extraterrestre. Todas estas son fantasías que tienen por objeto desviar y pervertir la verdadera devoción a los ángeles. Se diferencian además porque prometen prosperidad material y la obtención de cosas terrenas, lo cual no forma parte de la misión de los ángeles de Dios, que es, como hemos visto, auxiliarnos en nuestras tareas cotidianas, protegernos de los ángeles malignos y, sobre todo, aumentar en nuestros corazones el amor a Cristo Dios y a la Virgen, y hacernos desear el cielo, ayudándonos a desprendernos de la atracción que ejercen las cosas de la tierra.
         Para poder ganar el cielo, es necesario hacer un acto de amor a Dios, porque Dios es Amor, y nadie que no lo ame, puede estar en su Presencia. Dios nos creó, a los hombres y a los ángeles, para que gocemos y disfrutemos de su contemplación y de su Amor, pero como somos libres, no va a llevar a nadie en contra de su voluntad, porque Dios respeta profundamente lo más preciado que tiene el hombre y que lo asemeja a Dios, y es la libertad. Para poder entrar en el cielo, hay que demostrar, con actos de amor, que queremos estar con el Dios-Amor; de lo contrario, no entraremos en el cielo. Y para hacer ese acto de amor, es que Dios nos creó libres y nos pone a prueba, tanto a los ángeles, como a nosotros, para que nadie pueda decir: “Yo no sabía que para entrar al cielo, debía amar a Dios”. Precisamente, Dios creó a los ángeles con libre albedrío para que fueran capaces de hacer su acto de amor a Dios y en consecuencia, demostrar que querían estar con Dios por toda la eternidad. Sólo después de este acto de amor, verían a Dios cara a cara, en el cielo[2]. En el caso de los ángeles, esta prueba duró lo que en nosotros equivaldría a escasos segundos –es un decir-, lo cual era suficiente, para la poderosa mente angélica, para conocer a Dios y saber si elegía estar con Él o contra Él. Muchos ángeles, siguiendo a Lucifer, se rebelaron contra Dios, perdieron la gracia aunque conservaron su naturaleza angélica –por eso son tan fuertes y poderosos en relación a nosotros, los hombres- y fueron condenados al Infierno, un lugar de tormento eterno, creado para ellos y para las almas de los hombres que libremente elijan morir en pecado mortal, porque no desean estar con Dios. En otras palabras, nadie cae en el infierno “por casualidad”, ni tampoco nadie va al cielo si no ama a Dios. En nuestro caso, la prueba para decidirnos si queremos estar con Dios por toda la eternidad, es esta vida, por lo cual nuestra vida como cristianos debe estar hecha de continuos actos de amor sobrenatural, a Dios y a los hermanos. De esa manera, demostraremos a Dios que queremos estar con Él para siempre y, cuando llegue el fin de nuestra vida terrena, Dios nos llevará con Él, para gozar de su Amor y de su Alegría para siempre.

jueves, 29 de junio de 2017

Dios creó los ángeles para ayudarnos a ganar el cielo



         Una de las características de Dios es su omnipotencia, lo cual quiere decir que tiene el poder suficiente para crear el ser –el acto de ser, esse ut actus- de la nada, es decir, que no tiene necesidad de utilizar materia, ya que Él es el Creador de la materia, a diferencia del hombre, que no puede llamarse propiamente “creador”, por cuanto el hombre no crea la materia, sino que, gracias a la inteligencia que Dios le dio, puede transformarla, pero no crearla. Que Dios sea omnipotente quiere decir que tiene tanto poder, que creó el universo visible e invisible y, en el universo invisible, los ángeles, y para hacerlo, lo único que tuvo que hacer es QUERER[1], para que lo que Él en su Inteligencia Perfectísima había ideado desde la eternidad. Así lo relata el Génesis: “Hágase la luz (…) Hágase un firmamento, dijo Dios (…) y así se hizo” (Gn 1, 36).
Entonces, Dios con su omnipotencia creó el universo visible, como dijimos, y también el universo invisible, formado por los ángeles, los cuales son seres espirituales, que no tienen cuerpo material, como nosotros, que somos materia y espíritu. Al igual que nosotros, los ángeles tienen inteligencia y voluntad, pero a diferencia nuestra, son espíritus puros, que no necesitan de un cuerpo para ser ángeles. En el caso del hombre, al estar constituidos por materia –cuerpo- y alma –espíritu-, nosotros sí necesitamos, para vivir nuestra vida humana, del cuerpo, para ser “personas” completas. Los ángeles son personas –una persona tiene inteligencia y voluntad-, pero no cuerpos materiales, como nosotros. Otra diferencia es que son muy inteligentes y su naturaleza es muy superior a nuestra naturaleza humana. Ahora bien, muchos de estos ángeles, creados como seres libres por Dios, para que gozaran de su amor y de su amistad libremente, usaron mal esta libertad y se rebelaron contra Dios, convirtiéndose en demonios, los cuales son ángeles que no poseen la gracia de Dios y, debido a la perversión de su voluntad, nunca más pueden amar, quedando fijados en el odio contra Dios y el hombre por toda la eternidad. Para estos seres espirituales y convertidos en malignos y rebeldes por voluntad propia, Dios creó para ellos el infierno, de donde nunca podrán salir, aunque sí salen a la tierra para tentar a los hombres e intentar perderlos para siempre.
¿Y qué sucedió con los ángeles buenos? Como vimos, Dios creó a los ángeles para que estuvieran a su servicio, pero también para que nos ayudaran en nuestras tareas cotidianas de la mejor manera posible, como por ejemplo, estacionar el auto, estudiar, trabajar. Cada uno de nosotros tiene, desde su nacimiento, asignado un Ángel de la Guarda, por parte de Dios, para que nos asista en nuestra vida terrena y esa es la razón por la cual siempre debemos rezarles y pedirles que intercedan por nosotros ante Dios. Sin embargo, la tarea más importante de los ángeles custodios, es la de ayudarnos a ganar el cielo, y para eso, nos hacen aumentar el amor, la fe y la devoción, tanto a Jesús Eucaristía, como a la Virgen y a los santos y a los otros ángeles buenos, además de hacernos comprender el valor inestimable de la gracia. No nos olvidemos de estos seres espirituales, creados por el Divino Amor para estar a nuestro servicio; invoquémoslos siempre y en todo momento, para que nos auxilien en nuestras tareas cotidianas pero, sobre todo, para que nos ayuden a crecer cada día más y más en el amor a la Virgen y a Jesús Eucaristía.



[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Argentina 2013, 44ss.

La alternativa del joven: seguir a Cristo o seguir a los ídolos mundanos


         Nuestro siglo XXI se caracteriza, entre otras cosas, por el gran avance tecnológico, técnico y científico en todas las áreas de investigación de la ciencia humana. Este gran avance, propio de nuestros días, hace que un hombre cualquiera del siglo XXI, posea comodidades imposibles siquiera de imaginar para los más poderosos reyes de la Antigüedad. Algunos de estos avances son, por ejemplo, el progreso de la medicina, con la notable mejora en la calidad de vida y el aumento promedio de vida, que de cuarenta-cincuenta años ha pasado a ser de setenta a ochenta años; la telefonía celular; la computación; internet; televisión satelital, etc. Todo esto sin contar, por ejemplo, con los vuelos intercontinentales, la creación de vehículos automovilísticos de última generación, equipados con la más avanzada tecnología, diseñados por computadora con la mayor elegancia y con todas las ventajas aerodinámicas, los trenes, los barcos, y todos los grandes inventos que día a día aparecen y mejoran la calidad de vida. Por todo esto podemos decir que nosotros, los hombres del siglo XXI, poseemos elementos materiales y avances tecnológicos y científicos jamás alcanzados en la historia de la humanidad, lo cual es un aspecto sumamente positivo de nuestro siglo XXI.
Sin embargo, el mundo en el que vivimos, también tiene aspectos negativos y oscuros que ensombrecen estos aspectos positivos. Ante todo, nuestro siglo XXI se caracteriza por ser materialista, hedonista, relativista, ateo, ocultista e idolátrico.
Nuestro mundo es materialista, porque en nuestros días el amor al dinero ha reemplazado al amor a Dios, siendo el hombre capaz de cometer los peores crímenes, con tal de conseguir dinero y por eso es que no es en vano que Jesús advierte que “no se puede seguir a Dios y al dinero”.
Nuestro mundo es hedonista, porque el placer sensual y erótico y la satisfacción carnal de las pasiones, ha reemplazado al verdadero amor, que es espiritual, esponsal, filial, y que nada tiene que ver con la genitalidad; nuestro mundo ha falsificado la palabra “amor”, haciendo pasar por amor lo que es satisfacción baja y animal de las pasiones carnales.
Nuestro mundo es relativista, porque ha vuelto las espaldas a la Verdad Absoluta, la Sabiduría de Dios, Cristo Jesús, para prestar oídos a toda clase de falsas religiones y sectas, que se inventan un dios a su medida, a la medida de su corazón egoísta y contaminado por el pecado, y es así como, al perder la esperanza en la vida eterna, se busca satisfacer, perversamente y al máximo posible, los sentidos del cuerpo, precisamente porque no se cree en una vida eterna, en el Juicio Particular y en el Juicio Final, en el que Dios, Justo Juez, dará a cada uno el cielo o el infierno, según lo que cada uno haya ganado con sus obras libres.
Nuestro mundo es ateo, porque no cree más en Dios y en su Cristo, el Mesías el Dios de la Eucaristía, Cristo Jesús, y lo ha reemplazado por un falso dios, la propia conciencia y la propia voluntad humana, y es así como los católicos, que deberían dar al mundo el testimonio de que Cristo es Dios y que está vivo y glorioso, resucitado, en la Eucaristía, se comportan como ateos, como quienes no creen en Dios y no esperan en la vida eterna. Porque el joven católico no cree en el Dios de la Eucaristía, Jesucristo, no da importancia al silencio de la oración, necesaria para escuchar la voz de Jesús.
Nuestro mundo es ocultista, porque habiéndose separado de la luz del mundo, Cristo Eucaristía, se ha vuelto a las sombras del esoterismo, del ocultismo, de la magia, el satanismo, cumpliendo lo anunciado por el Evangelio de Juan: los hombres rechazaron la luz, que es Cristo Eucaristía, y prefirieron las tinieblas, que son el ocultismo, la superstición y la magia.
Por último, nuestro mundo es idolátrico, porque a semejanza del Pueblo Elegido, que se postró ante el becerro de oro, un ídolo construido por sus propias manos, así el católico de hoy, no se postra en adoración ante el Cordero de Dios, sino ante los ídolos del mundo, del fútbol, del espectáculo, de la música, del cine, y es así que, al mismo tiempo que las iglesias se vacían, se llenan los estadios y los paseos de compras, y al silencio interior, necesario para escuchar la voz de Dios, se lo reemplaza en cambio por el estruendo y el ruido, vacíos de calma, paz y verdadera alegría.

Al joven de hoy, se le presentan, por lo tanto, dos opciones: o seguir a Jesucristo, cargando la cruz, por el camino del Calvario, que es el que lleva a la vida eterna, y en este seguimiento tiene que renunciar a sus pasiones y a lo que estimula sus pasiones, como las substancias tóxicas, el alcohol y la anti-música disfrazada de música popular,  o el seguir a los ídolos del mundo, que le darán satisfacción sensorial temporal, pero llenarán sus corazones de vacío existencial y los sumergirán en profundas tinieblas espirituales. 
En cada joven está la decisión, puesto que somos libres, y nadie, ni siquiera Dios, puede tomar una decisión en nuestro nombre. Tomemos la decisión de seguir a Cristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida, el Dios Eternamente joven, el Único que puede darnos la verdadera paz en esta vida y la alegría sin fin en la vida eterna.