sábado, 17 de septiembre de 2016

El perdón en el matrimonio


         Antes de considerar el perdón en el matrimonio, de modo particular, podemos reflexionar acerca del perdón en general, desde la perspectiva del Antiguo y del Nuevo Testamento.
         En la Biblia el pecador es presentado como un deudor cuya deuda Dios condona (Núm 14, 19) de modo tan eficaz, que Dios ya no ve el pecado, puesto que este queda como “echado atrás” de Él (Is 38, 17), como quitado (Éx 32, 32), expiado, destruido (Is 6, 7)[1].
         Cuando se considera la pecado desde el punto de vista jurídico y humano, el perdón no se justifica: el Dios santo debe revelar su santidad por su justicia (Is 5, 16) y descargarla sobre los que lo desprecian (5, 24). ¿Cómo podría contar con el perdón la esposa infiel a la Alianza, ya que ni siquiera se ruboriza frente a su infidelidad (Jer 3, 1-5)? Pero el corazón de Dios no es el del hombre, y el santo no gusta de destruir (Os 11, 8ss): lejos de querer la muerte del pecador, quiere su conversión (Éx 18, 23) para poder prodigar su perdón; porque sus caminos no son nuestros caminos y sus pensamientos rebasan nuestros pensamientos en toda la altura del cielo (Is 55, 7ss).
         Esto es lo que hace tan confiada la oración de los salmistas: Dios perdona al pecador que se acusa (Sal 32, 5); lejos de querer perderlo (Sal 78, 38); lejos de despreciarlo, lo re-crea, purificando y colmando de gozo su corazón contrito y humillado (Sal 51, 10-14); fuente abundante de perdón, Dios es un padre que perdona todo a sus hijos (Sal 103, 8-14). Después del exilio no se cesa de invocar al “Dios de los perdones” (Neh 9, 17) y “de las misericordias” (Dan 9, 39), siempre pronto a arrepentirse del mal con el que ha amenazado al pecador, si éste se convierte (Jl 2, 13); Jonás queda desconcertado al ver que este perdón se ofrece a todos los hombres (Jon 3, 10).
         En el Nuevo Testamento, Jesús ha venido a “traer fuego sobre la tierra”, pero es el Fuego del Amor de Dios; no ha sido enviado como juez, sino como Salvador (Jn 3, 17). Invita a la conversión a todos los que la necesitan (Lc 5, 32) y suscita esta conversión (Lc 19, 1-10), revelando que Dios es un Padre que tiene gozo en perdonar (Lc 15) y cuya voluntad es que “nada se pierda” (Mt 18, 12ss). Jesús no solo anuncia este perdón, sino que además lo ejerce y testimonia con sus obras que dispone de este poder, propio de Dios, perdonando, por ejemplo, los pecados del hombre paralítico llevado en camilla ante Él (Mc 2, 5-11; Jn 5, 23).
         Cristo corona su obra obteniendo a los pecadores el perdón de su Padre. Ora (Lc 23, 34) y derrama su Sangre en la Pasión y en la Cruz (Mc 14, 24) en remisión de los pecados (Mt 26, 28). Verdadero Siervo de Dios, justifica a la multitud cuyos pecados carga (1 Pe 2, 24), pues es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Por su Sangre derramada en su Pasión y en la Cruz, somos purificados, lavados de nuestras faltas (1 Jn 1, 7) (1 Jn 1, 7; Ap 1, 5).
         Cristo, usando el mismo vocabulario que en el Antiguo Testamento, subraya que la condonación o remisión es gratuita y el deudor insolvente (Lc 7, 42; Mt 18, 25ss). La predicación primitiva tiene por objeto, al mismo tiempo que el don del Espíritu, la remisión de los pecados, que es su primer efecto (Lc 24, 47; Hech 2, 38). Otras palabras, como purificar, lavar, justificar, aparecen en los escritos apostólicos que insisten en el aspecto positivo del perdón, reconciliación y reunión.
         El perdón de Dios, en el Nuevo Testamento, se hace concreto en la cruz de Cristo: el hombre mata al Hijo de Dios, pero Dios no responde con su estricta Justicia, como debería, sino con Misericordia, porque en la misma efusión de sangre provocada por los golpes de los hombres, se produce la efusión del Espíritu Santo. El hombre atraviesa el Corazón del Hombre-Dios con una lanza de hierro, y Dios atraviesa el corazón del hombre con un dardo de Amor, el Espíritu Santo.
         Dios Padre nos perdona en Cristo, y como debemos imitar a Dios Padre para ser perfectos, como lo dice Jesús –“Sed perfectos, como mi Padre es perfecto”-, entonces también debemos perdonar en Cristo, como el Padre nos perdonó en Cristo. El cristiano que perdona en Cristo –no por motivos humanos, ni por el paso del tiempo, ni porque tiene buen corazón-, imita por lo tanto a Dios Padre, que en Cristo nos perdona.
         Ahora bien, si el perdón exige, de parte del que perdona, la imitación y participación del perdón de Cristo, también exige, en el que es perdonado, el arrepentimiento que, cuanto más perfecto, mejor, lo cual implica el cese de la conducta que es ofensiva (infidelidad, violencia, alcoholismo).
         Al momento de tratar el perdón, los cónyuges no pueden, de ninguna manera, soslayar el perdón en Cristo.




[1] Cfr. X.-León-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, voz “perdón”, 680ss.

jueves, 15 de septiembre de 2016

¿Cuál es la relación entre el templo de mi Parroquia y nuestra vida espiritual?


El sentido espiritual de un centenario parroquial
         En el decreto de fundación de la Parroquia, se dice que su objetivo es: “facilitar el cumplimiento de los deberes de los sacerdotes” y para “satisfacer las necesidades espirituales de los bautizados”. Ahora bien, para comprender el sentido espiritual de un centenario parroquial, es necesario hacer una analogía y reemplazar el término “parroquia” por el de “iglesia”, puesto que la parroquia es, en cierto modo, la presencia visible de la Iglesia de Jesucristo. Si esto es así, entonces a la Parroquia, como estructura de la Iglesia que representa a la Iglesia, le corresponde la misma misión de la Iglesia. ¿Y cuál es esta misión? Ante todo, debemos aclarar cuál NO ES la misión de la Iglesia: si bien la Iglesia está llamada a obrar la misericordia, y dentro de esta misericordia está el atender a los más pobres y necesitados, la misión de la Iglesia –y, por lo tanto, de la Parroquia-, no es la de terminar con la pobreza del mundo, ni saciar el hambre –al menos, el hambre corporal, porque sí tiene la misión de saciar el hambre de Dios que toda alma tiene desde que es concebida-, porque la Iglesia no es una ONG, ni una organización social, ni un club filantrópico: la misión de la Iglesia es la de comunicar a los hombres el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, es decir, la Buena Noticia de la salvación que el Hombre-Dios nos obtuvo con su sacrificio redentor en la cruz. Por un lado, todo hombre tiene derecho a saber cuál es esta Buena Noticia, y por otro, Jesús, el Hombre-Dios, tiene derecho a ser conocido, amado y adorado por todos los hombres, puesto que Él es su Creador, su Redentor y su Santificador. La misión de la Iglesia es la de comunicar el mensaje de la salvación de Nuestro Señor Jesucristo, que nos salva de nuestros tres enemigos mortales: el Demonio, el mundo y el pecado, pero no solo eso, sino que además este mensaje consiste en que Jesús nos quita los pecados con su Sangre, nos concede la filiación divina y, con sus brazos extendidos en la cruz, nos abre las puertas del cielo para que así podamos, por su gracia y misericordia, entrar a las habitaciones que el Padre ha dispuesto para nosotros en su Reino.
         Ahora bien, este aniversario coincide con los doscientos años de Nuestra Patria Argentina, lo cual no es un hecho aislado de nuestra misión como Parroquia, pues nuestra Patria nació a los pies de la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo –la Independencia fue meramente política pero no cultural ni religiosa- y arropada en manto de María, pues los colores de la Bandera que le dio Belgrano son un homenaje al manto celeste y blanco de la Inmaculada Concepción de Luján. Entones, nuestra misión como Parroquia, la de transmitir el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, se corresponde con el nacimiento de nuestra Patria a la sombra de la Cruz de Jesús y del Manto de María.

         Por último, en la Dedicación del templo parroquial, debemos ver la prefiguración de nuestra propia condición, en cuanto cristianos, de templos del Espíritu Santo, en el momento de haber recibido el bautismo sacramental. Así como el templo se dedica a Dios y deja de ser un espacio físico y meramente material, para ser Casa de Dios, pues Dios lo consagra con su santidad, así debemos ver nuestros cuerpos como templos del Espíritu Santo, consagrados por el bautismo y por lo tanto pertenecientes a Dios desde ese momento. Así, al entrar en el templo parroquial, debemos recordar que así como el templo es Casa de Dios, así nuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, con lo cual debemos procurar vivir en santidad, para que nuestros corazones sean los altares en donde sea adorado el Dios de la Eucaristía, Cristo Jesús.

martes, 13 de septiembre de 2016

La oración católica (Parte II)


La oración como don de Dios[1]
2559 “La oración es la elevación del alma a Dios o la petición a Dios de bienes convenientes” (San Juan Damasceno, Expositio fidei, 68 [De fide orthodoxa 3, 24]). Orar es “elevar el alma a Dios”; también “la petición a Dios de bienes convenientes”. Si elevamos el alma, es porque estamos abajo y Dios está arriba. Pero, ¿dónde está nuestro Dios? Dios Uno y Trino está en el cielo; Dios Hijo encarnado, en la cruz y en la Eucaristía. Orar es entonces elevar el alma, ya sea a Dios Trino –la Trinidad- o a Dios crucificado, Jesucristo. Y esto, para “pedir bienes convenientes”. ¿De qué bienes se trata? Ante todo, se trata de bienes espirituales, como la conversión del alma –propia o de los seres queridos, la gracia de la contrición del corazón, la gracia de cumplir la Voluntad de Dios, la gracia de obrar el bien, que es lo que constituyen los tesoros en el cielo-; se pueden pedir bienes materiales, pero en tanto y en cuanto no nos alejen de nuestro bien esencial, la vida eterna en el Reino de los cielos.
“¿Desde dónde hablamos cuando oramos? ¿Desde la altura de nuestro orgullo y de nuestra propia voluntad, o desde “lo más profundo” (Sal 130, 1) de un corazón humilde y contrito? El que se humilla es ensalzado (cf Lc 18, 9-14). La humildad es la base de la oración. “Nosotros no sabemos pedir como conviene” (Rm 8, 26). La humildad es una disposición necesaria para recibir gratuitamente el don de la oración: el hombre es un mendigo de Dios (San Agustín, Sermo 56, 6, 9)”. Si oramos con orgullo, somos como el fariseo del templo, que se consideraba santo y mejor que los demás. Para orar, debemos meditar acerca del publicano que, desde el fondo del templo, no se atreve a levantar la mirada a Dios, reconociéndose no como el mejor, sino como quien está cargado de pecados, y quien se arrepiente en lo más profundo de su corazón, de haber pecado, porque con el pecado se ofende la majestad divina y el Hijo de Dios es condenado a muerte y crucificado. Para poder orar, es indispensable la humildad, porque es la virtud del Hombre-Dios, que se humilla a sí mismo en la Encarnación, en toda su vida y en la Pasión; Dios escucha la oración del humilde, de aquel que se sabe “nada más pecado” y que desea expiar esos pecados. La oración del orgulloso no es escuchada, porque el orgulloso se pone en lugar de Dios, no le deja lugar a Dios y no lo escucha, por lo que Dios tampoco lo escucha al orgulloso. Quien no se humilla ante el Hombre-Dios crucificado, no puede elevar su oración ante el trono de la majestad de Dios en los cielos. Es por eso que el Catecismo dice: “La humildad es la base de la oración”. El orgullo endurece al corazón del hombre y lo hace impermeable a toda gracia, y de ahí la necesidad de la humildad, de reconocerse “nada más pecado”.
2560 “Si conocieras el don de Dios” (Jn 4, 10). La maravilla de la oración se revela precisamente allí, junto al pozo donde vamos a buscar nuestra agua: allí Cristo va al encuentro de todo ser humano, es el primero en buscarnos y el que nos pide de beber. Jesús tiene sed, su petición llega desde las profundidades de Dios que nos desea. La oración, sepámoslo o no, es el encuentro de la sed de Dios y de la sed del hombre. Dios tiene sed de que el hombre tenga sed de Él (San Agustín, De diversis quaestionibus octoginta tribus 64, 4). En el episodio de la samaritana, Jesús ya está en el pozo, y si bien ella va a buscar el agua, es Jesús quien le pide de beber: el pozo de agua cristalina es símbolo del Corazón de Jesús, del que brota Sangre y Agua al ser traspasado, y con el cual se sacia la sed que de Dios tiene toda alma humana, así la samaritana representa al alma humana que sacia su sed con la gracia y el Amor de Dios. Pero Jesús también tiene sed, y dice San Agustín que esta sed es sed de nuestro amor: Jesús quiere que lo amemos, y eso es lo que representa su pedido. En la oración, además de la humildad, debe estar el deseo de amar a Dios; es decir, la oración debe ser hecha con amor, además de con humildad.
2561 “Tú le habrías rogado a él, y él te habría dado agua viva” (Jn 4, 10). Nuestra oración de petición es paradójicamente una respuesta. Respuesta a la queja del Dios vivo: “A mí me dejaron, manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas” (Jr 2, 13), respuesta de fe a la promesa gratuita de salvación (cf Jn 7, 37-39; Is 12, 3; 51, 1), respuesta de amor a la sed del Hijo único (cf Jn 19, 28; Za 12, 10; 13, 1). Cuando oramos –con estos dos requisitos, humildad y amor-, estamos dando de beber a Jesús, que nos pide nuestro amor a través de la samaritana, y también a través de la cruz, cuando dice: “Tengo sed”. Esta sed de la cruz no es sed de agua, sino sed de nuestro amor. Jesús quiere que nos humillemos ante su cruz y que, con el corazón contrito y humillado, le demos nuestro amor, poco o mucho, pero que le demos nuestro amor.





[1] http://www.vatican.va/archive/catechism_sp/p4s1_sp.html

viernes, 9 de septiembre de 2016

¿Quién es el mejor estudiante?


         El mundo de hoy responde a esta pregunta diciendo que el mejor estudiante es el que no cree, porque separa la fe de la razón. Su axioma es: “Si crees, no razonas; si razonas, no crees”. Sin embargo, esto es radicalmente falso y veremos porqué.
         Repetimos la pregunta: ¿quién es el mejor estudiante? El que mejor usa la inteligencia. ¿Y quién es el que mejor usa la inteligencia? Es el que se da cuenta de dos cosas: 1-Que aquello que estudia, es decir, aquello que es objeto de la ciencia y del estudio científico racional, aquello que está hecho con precisión científica –y también con belleza y armonía-, proviene de su Ser Inteligente y lleno de Amor, al que llamamos “Dios”, puesto que la realidad creada, que tiene el ser por participación, no se explica si no es en referencia a ese Ser cuyo Acto de Ser es perfectísimo y al cual llamamos “Dios”; 2-Que aquello con lo cual estudia, esto es, la razón o inteligencia, no se explica sino como don de este Ser perfectísimo al que llamamos Dios, porque la razón o inteligencia del hombre no se explica por sí misma.
         Es decir, el mejor estudiante es el que mejor usa la inteligencia, pero esto no equivale a poseer calificaciones sobresalientes, sino a descubrir a Dios, tanto como el Autor de la realidad que se estudia, realizada con precisión científica, como al Autor de la inteligencia, es decir, el instrumento que el hombre estudia la realidad, la inteligencia o razón.
         El mejor estudiante, entonces, es el que cree en Dios, porque lo descubre con su inteligencia y porque se da cuenta que su inteligencia es un don que proviene de Dios.
         Entonces, así vemos cómo es falso el axioma del mundo, según el cual fe y razón van por separados.

         Finalmente, una cita de San Juan Pablo II, para ilustrar la idea, según su Encíclica Veritatis Splendor: “La razón y la fe son como dos alas con las que el alma humana se eleva a la contemplación de la Verdad” y la Verdad absoluta es Dios: “Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14, 6). Y así como un águila no puede volar si le falta un ala, así el hombre no puede elevarse hasta la Verdad de Dios si no utiliza la fe y la razón. Ni razón sin fe, ni fe sin razón.

sábado, 3 de septiembre de 2016

Qué significa la Ley Scout para un scout


Ley Scout
Un Scout debe tener siempre, en la mente y el corazón, tanto la Ley como la Promesa Scout, porque son los que hacen que un Scout sea Scout. Es decir, tanto la Ley como la Promesa, no son meros enunciados que se pronuncian en una ceremonia y que después quedan como ideales que no se pueden alcanzar. Tanto la Ley como la Promesa, deben ser el “motor” de la vida del Scout, de lo contrario, hacer una Promesa, para no cumplirla, basada en una Ley, en la que no se cree porque no se cumple, es algo destinado al fracaso. En otras palabras, si alguien hace una promesa, basada en una ley, pero no cree ni practica la ley, entonces tampoco puede llevar a cumplimiento, de modo perfecto, aquello que dice la promesa.
¿Qué dice la Ley Scout?
En su primer precepto, dice así: “El/La Scout ama a Dios y vive plenamente su Fe”. El precepto es bien claro: “ama a Dios” y “vive plenamente su fe”. Ahora bien, en el caso de los Scouts católicos, el Dios al que hay que amar es el Dios Uno y Trino, el Único Dios verdadero, en el que hay Tres Divinas Personas, una de las cuales, Dios Hijo, bajó del cielo, se encarnó en la Virgen, murió en la cruz por nuestra salvación, subió a los cielos, y al mismo tiempo que subió a los cielos, se quedó en la Eucaristía. Esto quiere decir que, para el Scout, “amar a Dios”, significa amarlo en la Eucaristía, porque Jesús es el Dios de la Eucaristía, el Dios de los sagrarios. De modo concreto, entonces, para el Scout católico, el cumplimiento del primer precepto de la Ley Scout, el más importante, coincide con el Primer Mandamiento de la Ley de Dios: “Amar a Dios y al prójimo como a uno mismo”. Sólo que es Dios al que hay que amar, está en la Eucaristía; esto quiere decir que, para cumplir el primer precepto, el Scout católico debe amar la Eucaristía, que se nos dona en cada Santa Misa y que permanece en el sagrario. Pero la Eucaristía no es una “cosa”, sino un “Alguien” y ese Alguien es Cristo Jesús. El Scout que no ama a Cristo Jesús en la Eucaristía, no puede, de ninguna manera, cumplir el primer precepto de la Ley Scout: “amar a Dios y vivir su fe”, porque ese Dios al que hay que amar y de cuya fe hay que vivir, tiene un rostro, un nombre y un cuerpo, Jesús de Nazareth, Presente en la Eucaristía.
            Por último, un Scout católico debe adorar a su Dios, Jesús Eucaristía, en el sagrario, y debe asistir a Misa -debidamente confesado- para recibir a Jesús Eucaristía en el corazón, para allí amarlo y adorarlo.
Sólo así, el Scout católico tomará fuerzas, que provienen del mismo Jesús Eucarístico, para cumplir la Promesa Scout, hacer lo posible para cumplir los deberes, ayudar al prójimo y vivir la Ley Scout.

jueves, 1 de septiembre de 2016

Joven, ¿sabes todo lo que te pierdes cuando decides no ir a Misa?


Cuando se pregunta a un joven cuáles son los motivos por los cuales no asisten a Misa –dominical-, suelen dar las siguientes razones: la Misa es aburrida, no es divertida; prefiero quedarme a dormir; suelo salir los sábados a la noche y por eso descanso todo el domingo; voy a jugar al fútbol; tengo muchas ocupaciones. Y como estas, muchas similares.
Ahora bien, cuando a estos mismos jóvenes –se supone que ya han hecho la Comunión y la Confirmación, es decir, tienen, como mínimo, cada uno, tres años de formación catequética- se les pregunta: “¿Qué es la Misa?”, hay un porcentaje de respuestas, cercano al 100%, que coinciden en decir que “no saben” qué es la Misa (entendida como renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la cruz).
¿Qué responder? Lo primero a tener en cuenta, es que decir “divertido-aburrido” no se aplica a la Santa Misa, porque la Misa no es ni divertida ni aburrida; es algo infinitamente más que eso, es un misterio fascinante, es el misterio de Nuestro Señor Jesucristo que, por el poder del Espíritu Santo, hace en la Misa lo mismo que hace en la cruz. Lo que sucede es que en la Misa, no vemos este misterio con los ojos del cuerpo, porque es invisible, pero sí lo podemos “ver” con los ojos de la fe. ¿Qué hace Jesús en el altar? Así como en la cruz Jesús entrega su Cuerpo en la cruz y derrama su Sangre por Amor y por nuestro amor, así en la Misa, en altar, entrega su Cuerpo en la Eucaristía y derrama su Sangre en el cáliz, para darnos su Amor, contenido en su Sagrado Corazón. Ir a Misa es como “viajar en el tiempo”, a XXI siglos atrás, para estar delante de Jesús que por Amor a mí, muere en la cruz; o también, es como si el Sacrificio de la Cruz de Jesús “viajara en el tiempo” y se hiciera presente en nuestro “aquí y ahora”.
En la Misa, Jesús hace lo mismo que en la cruz, entrega su Cuerpo y derrama su Sangre, y esto lo hace por Amor, no por obligación, porque Jesús no tenía ninguna obligación de morir en la cruz para salvarnos. Es decir, Jesús baja del cielo en la Santa Misa, para quedarse en la Hostia y en el Cáliz, pero no para quedarse ahí, sino para darnos su Amor en la Comunión Eucarística.
¿Cómo es el Amor que Jesús nos quiere dar? Imaginemos el cielo estrellado. ¿Lo podemos medir con una cinta métrica? No, porque es infinito. Ahora, multipliquemos este cielo estrellado por mil millones de veces; volvamos a multiplicarlo por cientos de miles de millones de veces; volvamos a multiplicarlo por otros cientos de miles de millones de veces: bien, el Amor del Sagrado Corazón de Jesús es infinitamente más grande que todo esto, porque es un Amor infinito, celestial, eterno, imposible de medir, imposible de apreciar. Y todo este Amor, absolutamente todo, nos lo quiere dar Jesús, a cada uno de nosotros, sin reservarse nada. Es decir, Jesús no se contenta con darnos sólo una “parte” de su Amor: Él nos quiere dar todo el Amor de su Sagrado Corazón. Pero para eso, necesita que nosotros vayamos a Misa, para recibirlo en la Sagrada Comunión -previamente confesados, se entiende, porque el Amor de Jesús es un Amor Puro y Santo, y la forma en que tenemos de purificar y santificar nuestros corazones, manchados por el pecado, es por la Confesión Sacramental-.
Jesús baja del cielo y se queda en la Eucaristía, pero porque quiere entrar en nuestros corazones, por eso nuestros corazones tienen que ser como los sagrarios, en donde sea adorado y amado el Dios de la Eucaristía, Jesús. En el Apocalipsis, Jesús dice: “Estoy a la puerta y llamo; si alguien me abre, entraré y cenaré con él y él Conmigo”. Jesús golpea a las puertas de nuestros corazones, pero sucede que estas puertas se abren solo desde adentro, es decir, sólo yo y nadie más que yo, puede abrir esa puerta. Ni siquiera Dios, pudiendo hacerlo, la abrirá por mí, porque Dios respeta mi libertad. Pero si yo no quiero abrir la puerta de mi corazón a Jesús, el único que pierde soy yo, porque Jesús se queda en la puerta de mi corazón -como si fuera un mendigo, que en vez de mendigar pan, mendiga mi amor-, y así no me puede dar aquello que me iba a dar, el Amor infinito y eterno de su Sagrado Corazón.
Para que podamos entender un poco más qué es lo que sucede cuando vamos a Misa, tomemos la siguiente imagen, la del sistema solar: puesto que en el sol se producen explosiones atómicas que desprenden cientos de millones de grados de calor, es fuente de luz, de calor y de vida para los planetas, como la Tierra. ¿Qué sucede con los planetas, a medida que se alejan del sol? Que se vuelven incapaces de recibir aquello que el sol puede dar, es decir, luz, calor y vida. Cuanto más lejos se encuentra el planeta, más oscuro, frío y sin vida se encuentra. Y al revés, cuanto más un planeta está cerca del sol, tanto más calor, luz y vida recibe. ¿Qué relación hay entre este ejemplo del sistema solar, Jesús Eucaristía y nosotros? Que en el mundo espiritual, el Sol que ilumina las almas es Jesús Eucaristía, uno de cuyos nombres es el de “Sol de justicia”, y al igual que el astro sol, Jesús también da luz, calor y vida, pero que son la luz de Dios, el calor del amor de Dios y la vida de Dios, porque Él es Dios, Él es el Dios de la Eucaristía. Con respecto a los planetas, que en el sistema solar giran alrededor del sol, somos nosotros, pero a diferencia de los planetas, que son seres inanimados y que no tienen otra posibilidad que girar en la órbita en la que los puso el Creador, nosotros, en cambio, somos libres, y podemos determinar, libremente, si queremos acercarnos al Sol de justicia, Jesús Eucaristía, o si queremos, también libremente, alejarnos de Él. Ahora bien, nos sucederá lo mismo que les sucede a los planetas: cuanto más lejos estemos de ese Sol celestial que es la Eucaristía, tanto más envueltos en las tinieblas del alma –el error, el pecado- estaremos, tanto más fríos estarán nuestros corazones, tanto más muertos estarán nuestros espíritus. Por el contrario, si nos acercamos más a Jesús Eucaristía, tanto más recibiremos de Jesús lo que Jesús Es y quiere darnos: la Vida de Dios, el calor del Amor de Dios, la luz de Dios, y así nuestras almas estarán llenas de la vida divina, nuestros corazones arderán en el fuego del Divino Amor y todo nuestro ser estará iluminado por la luz de la gracia santificante que nos comunica Jesús.
Por último, Jesús se quedó en el sagrario, para darnos su Amor, para que nos acerquemos a Él y le hablemos así como alguien habla con su mejor amigo, porque Jesús es el Amigo fiel, que nunca falla; Jesús en el sagrario lee nuestros pensamientos, conoce nuestros sentimientos, nuestras necesidades materiales y espirituales, pero quiere que seamos nosotros los que le contemos lo que nos pasa. No hay ningún problema, tribulación, o situación existencial, por dura que sea, que Jesús no la resuelva, porque Él es Dios, pero Él quiere que confiemos en Él y que acudamos al sagrario, para pedirle por nuestras necesidades, pero sobre todo, para decirle que lo amamos con todo el corazón.

Querido Joven, ¿te das cuenta de todo lo que te pierdes cuando decides no ir a Misa?

miércoles, 31 de agosto de 2016

La Trinidad y su relación con la Eucaristía


         ¿Qué relación tiene la Trinidad con la Eucaristía?
         Recordemos que nuestra fe católica en Dios afirma que Dios es Uno en naturaleza y Trino en Personas y que estas Personas son: Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo. Las Tres Divinas Personas forman un solo Dios verdadero, no tres dioses, y las tres poseen la misma Naturaleza divina y el mismo Acto de Ser perfectísimo –Ipsum Esse Subsistens-, por lo que las Tres Divinas Personas reciben una misma adoración y gloria.

         La relación con la Eucaristía es la siguiente: fue la Santísima Trinidad quien decidió rescatar al hombre caído en el pecado original: fue Dios Padre quien envió a Dios Hijo, por medio del Espíritu Santo, para que se encarnase en el seno de María Virgen. De esa manera, Dios Hijo, que era Invisible e Inaccesible por naturaleza, se volvió visible, al ser revestido de carne y sangre en el seno virginal de María, y se volvió accesible, pues se manifestó a nosotros los hombres como un Niño Dios primero y como Hombre-Dios después. Como Hombre-Dios, sufrió la Pasión por amor a nosotros, para salvarnos del pecado, de la muerte y del infierno; resucitó al tercer día y subió a los cielos con su Cuerpo glorioso, pero al mismo tiempo, se quedó entre nosotros en el sagrario, en la Eucaristía, para cumplir su promesa de que “estaría con nosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. La relación de la Eucaristía con la Trinidad entonces es que la Eucaristía es obra de la Trinidad, porque en la Eucaristía Jesús, Dios Hijo, prolonga misteriosamente su Encarnación, Encarnación a su vez decidida por las Tres Divinas Personas, para nuestra salvación. En la Eucaristía está Dios Hijo, enviado por Dios Padre, a través de Dios Espíritu Santo, el Amor de Dios. Al adorar a Jesús en la Eucaristía, debemos por lo tanto adorar al Padre y al Espíritu Santo, que forman un solo Dios con el Dios de la Eucaristía, Cristo Jesús, porque son merecedores de gloria y adoración, y debemos dar gracias a la Trinidad, porque por la Trinidad, Jesús nos acompaña, desde el sagrario, desde la Eucaristía, “todos los días, hasta el fin del mundo”.