sábado, 17 de diciembre de 2016

Qué significa para el joven cristiano servir en Caritas


         Para desentrañar el significado que tiene para un bautizado el servir en Caritas, es necesario recordar el origen de la palabra: “Cáritas” es un término que proviene del latín “Charitas”, se traduce en español como “Caridad” y significa “amor”. Pero, ¿de qué “amor” se trata? No se trata del mero amor humano, por cuanto el amor humano, aun siendo noble, es siempre limitado y está condicionado por nuestra naturaleza, por la concupiscencia y se deja llevar por las apariencias. El “amor” que se expresa con la palabra “Cáritas” y que por lo tanto define la labor de la institución dentro de la Iglesia, es otro amor, es el Amor de Dios. O, mejor aún, es “Dios, que es Amor”, como expresa San Juan en el Evangelio: “Deus Caritas est” (Dios es Amor)[1]”.
         Entonces, el término “Cáritas”, con el que se designa a una institución oficial de la Iglesia, revela el sentido y el objetivo de la institución, que es el de manifestar a Dios, que es Amor, al prójimo, principalmente el más necesitado. En el caso concreto de la institución Cáritas –a la cual podríamos traducirla como “Amor de Dios”-, la forma de manifestar este Amor de Dios, es por medio de la realización de obras de misericordia, principalmente corporales, como la de “vestir al desnudo”.
Ahora bien, si trabajamos en una institución de la Iglesia a la cual en vez de Cáritas podemos llamarla “Amor de Dios” y que tiene por función comunicar el Amor de Dios, esto significa que todos los miembros de la institución –al igual que toda la Iglesia-, deben estar animados, informados, compenetrados por el Amor de Dios, porque nadie puede dar lo que no tiene, y si no tengo en mi corazón el Amor de Dios, el Espíritu Santo, entonces no puedo dar a mi hermano el Amor de Dios, aun cuando cumpla un servicio en una institución que lleva por nombre “Amor de Dios”.
Es decir, si trabajo en Cáritas-Amor de Dios, para poder dar de ese Divino Amor al prójimo, debo tenerlo en el corazón, porque de lo contrario, no voy a poder dar de lo que no tengo. ¿Y de qué manera puedo tener el Espíritu Santo? ¿No es mucha pretensión de nuestra parte tener el Espíritu de Dios? Jesús mismo nos dice que debemos pedir el Espíritu Santo al Padre, y Él nos lo dará: “Si vosotros siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” (Lc 11, 13).
Sólo si tenemos el Espíritu Santo en nuestros corazones, podremos decir que verdaderamente trabajamos y servimos en Cáritas y al Espíritu Santo se lo pide por la oración, de lo que se sigue que quien trabaja en Cáritas, es el que más oración debe hacer, entre todos los miembros de la Iglesia. Por último, tenemos que recordar que en el corazón humano no hay lugar para el Espíritu Santo y el amor propio: o está el uno, o está el otro. El amor propio es muy fácil de reconocer: tengo amor propio si no soy capaz de perdonar; si guardo rencor ante las ofensas de mi prójimo; si no soy capaz de pedir perdón, cuando soy yo el que ofendo; si soy ligero para la crítica; si no tengo paciencia –una obra de misericordia es “soportar con paciencia los defectos del prójimo”-; si busco el reconocimiento de los hombres y no el de Dios; si tengo envidia; si tengo pereza; si doy lugar a las habladurías; si me dejo llevar por las habladurías; si en vez de concordia, soy sembrador de discordia y desunión; si devuelvo el mal con otro mal; etc.
Quien sirve en Cáritas, debe recordar que el nombre de la institución significa “Amor de Dios”, que debe dar de ese Amor de Dios a su prójimo, que para tener ese Amor hay que pedirlo y que para pedirlo hay que rezar, y que el himno de la caridad de San Pablo debe estar impreso a fuego en su mente y en su corazón y debe traducirlo por obras: “El amor (de Dios) es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Cor 13, 4-7). Quien no está dispuesto a vivir el himno de la caridad, es mejor que no trabaje en Cáritas. Pero, por otra parte, todos los cristianos estamos obligados a vivir el himno de la caridad. En Cáritas, tanto aquellos que dan, como los que reciben, tienen que tener en sus corazones "Cáritas", es decir, el Amor de Dios.




[1] 1 Jn 4, 8.

viernes, 16 de diciembre de 2016

En qué consiste la celebración de la Navidad


         Es necesario aclararlo, porque en nuestros días, caracterizados por una profunda oscuridad espiritual, se utiliza la fiesta de Navidad como si fuera una pantalla, para ocultar cosas que nada tienen que ver con la fiesta cristiana; es decir, se ha reemplazado la festividad propiamente navideña, por un “espíritu de Navidad” que, paradójicamente, nada tiene que ver con la Navidad.
Para saber en qué consiste la celebración de la Navidad, veamos primero en qué NO consiste: celebrar la Navidad no consiste en preparar comidas ricas, propias más de banquetes que de cenas familiares; no consiste en consumir grandes cantidades de alcohol; no consiste en programar salidas a “divertirse” una vez que se ha hecho el brindis, y mucho menos, si esas “diversiones” se basan en la satisfacción de bajas pasiones; no consiste en tirar fuegos de artificio mientras se brinda con champán, con sidra, o con vino y se comen turrones y garrapiñadas; tampoco consiste en deprimirnos porque ya no está entre nosotros un familiar, un pariente, un amigo a quien amábamos mucho y falleció; tampoco consiste en alegrarnos por lo opuesto, es decir, porque está tal o cual pariente, amigo o familiar, porque la Navidad no es una fiesta “familiar” en el sentido en que la familia sea el centro de la festividad. Mucho menos consiste en colocar imágenes de Papá Noel o Santa Claus, que es la figura desacralizada y paganizada de San Nicolás, un obispo santo, cristiano, pero que en sí mismo no se relaciona con la Navidad, y mucho menos es celebrar la Navidad festejando a Papá Noel; todo esto es una "Navidad mundana", que no tiene en el centro de la Navidad y el Dueño de la Navidad es el Niño Dios.
         Celebrar la Navidad es, precisamente, colocar en el centro del festejo y de la celebración al Niño Dios -luego de haber "desplazado" a Santa Claus-, pero tampoco basta con esto; no basta con armar el Pesebre y el Árbol de Navidad; se debe hacer eso, pero eso no basta.
         ¿En qué consiste entonces la celebración de la Navidad? Consiste en meditar acerca del hecho central de la Navidad, que es el Nacimiento –milagroso y virginal- de Dios hecho Niño sin dejar de ser Dios, para que los hombres, siendo como niños por la gracia santificante, seamos como Dios por participación y, al final de nuestra vida terrena, entremos en el Reino de los cielos.
No se puede celebrar la Navidad en su verdadera esencia, si no se toma conciencia de para qué y por qué este Niño, que es Dios, ha venido a este mundo. Porque, en definitiva, celebramos el Nacimiento de un Niño, al cual los católicos le decimos “Dios” porque, en nuestra fe, es verdaderamente Dios, es la Segunda Persona de la Trinidad, Dios Hijo encarnado. Si respondemos a las preguntas de para qué y por qué vino Dios Hijo a nuestro mundo como Niño, entonces estaremos en condiciones de responder a la pregunta de en qué consiste la celebración de la Navidad.
¿Para qué vino el Niño Dios? Vino para liberarnos de tres grandes enemigos mortales de la raza humana: el Demonio, el Pecado y la Muerte. Tal vez la esencia de la Navidad está en un brevísimo pasaje del Evangelio –el cántico de Zacarías- en donde se dice, refiriéndose al Mesías: “Nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas y sombras de muerte” (cfr. Lc 1, 68-79). El “Sol que nace de lo alto” no es otro que el Niño Dios, Cristo Jesús, cuya esencia divina es luminosa por sí misma, porque Dios, por el hecho de ser Dios, es Luz y Luz Viva, que comunica de su Vida divina a quien ilumina. Los que “somos iluminados y vivimos en oscuridad y tinieblas de muerte”, somos nosotros, los seres humanos, todos sin excepción, porque luego del pecado original, vivimos lejos de Dios, rodeados de las tinieblas del pecado, de la ignorancia, de la muerte, y también de las tinieblas vivientes, que son los demonios, y nadie, ni hombre ni ángel, puede librarnos de esas tinieblas. Pues bien, el Niño Dios ha venido a librarnos de estas tinieblas; se encarna en el seno virgen de María para tener un Cuerpo para ofrecer en sacrificio en la Cruz, y eso es lo que hará este Niño cuando, ya adulto, suba a la Cruz del Calvario para inmolarse por nuestra salvación.
Es esto lo que celebramos en Navidad: el nacimiento, en el tiempo y milagrosamente, de una Madre Virgen, de un Dios hecho Niño, sin dejar de ser Dios, para que los hombres nos hagamos Dios por participación. Es esto lo que celebramos los católicos y para que celebremos y festejemos adecuadamente, la Santa Madre Iglesia nos organiza y prepara un banquete celestial, la Santa Misa, un banquete preparado por el Padre, en el que nos alimentamos con un manjar exquisito: Carne del Cordero de Dios, asada en el Fuego del Espíritu Santo; Pan Vivo bajado del cielo y el Vino de la Alianza Nueva y Eterna, la Sangre del Cordero de Dios. 
Es por esto que la verdadera Fiesta de Navidad está en la Santa Misa de Nochebuena y el verdadero manjar con el que celebramos la Navidad está en la Santa Misa, porque la razón por la que el Niño Dios vino a esta tierra, es la de unirnos a orgánicamente a Él como miembros vivos de su Cuerpo, para que como miembros suyos seamos animados por su Amor, y este deseo de Dios de unirnos a Él se verifica en la Eucaristía, porque el mismo Dios que se encarnó en el seno virgen de María y nació en Belén, es el mismo Niño Dios que prolonga su Encarnación en la Eucaristía, de manera que la Comunión Eucarística –en gracia-, esto es, la unión con el Cuerpo glorioso del Niño Dios contenido en la Eucaristía, representa la consumación de la Navidad, al cumplirse así el objetivo por el cual vino Dios a este mundo como Niño, y es para unirnos a Él. Es por esto que decimos que la verdadera fiesta de Navidad es la Santa Misa de Nochebuena.
La alegría de la Navidad se deriva de la verdad de que Dios se ha hecho Niño y ha venido a nuestro mundo, por medio de la Madre de Dios, no solo para vencer definitivamente a nuestros enemigos mortales, el Demonio, el Pecado y la Muerte, sino que ha venido para adoptarnos como hijos por su gracia, para derramar su Espíritu por medio de su Sangre derramada en la Cruz y vertida en el cáliz, y para llevarnos con Él, al Reino de los cielos, una vez que finalice nuestra vida terrena.
En esto radica la alegría y la esencia de la celebración de la Navidad católica.


sábado, 10 de diciembre de 2016

El joven y la Acción de gracias a Dios


         Que un joven desee dar gracias a Dios, por el motivo que sea –con motivo de su cumpleaños, por un logro, por un don recibido-, es siempre loable y, además de ser un acto de justicia para con Dios, revela que esa alma es noble, pues el ser agradecidos para con Dios es siempre fruto de la nobleza de corazón.

         El modo más perfecto y agradable de dar gracias a Dios es por medio de la Santa Misa, puesto que en la Misa es Cristo mismo quien agradece al Padre por nosotros. Ahora bien, para que la acción de gracias sea más perfecta de nuestra parte, tiene que haber algo más que el solo deseo de dar gracias, y es el propósito del cambio de corazón, es decir, el propósito de desterrar del corazón todo lo que no pertenece a Dios, todo lo que desagrada a Dios y nos aparta de Él, que es la Verdad, la Bondad y el Amor Increados; es decir, debemos comprometernos a erradicar del corazón, así como se arranca de un jardín florido una planta venenosa, la mentira, la doblez de corazón, el engaño, porque todo eso pertenece al Padre de la mentira, el Demonio. Nada que sea malo puede estar en el corazón de un cristiano, como tampoco ningún ídolo, como el Gauchito Gil, la Difunta Correa, San La Muerte, o el amor al dinero, a las cosas materiales, a las pasiones desordenadas. Todas estas cosas deben ser eliminadas del corazón, y además este debe ser embellecido con la gracia santificante, para que así, de esa manera, nuestra acción de gracias, unida a la acción de gracias de Jesús en la Misa, sea perfecta.

martes, 6 de diciembre de 2016

Jesús es el Dios de la Eucaristía, no es un fantasma


         El mundo de hoy propone a los jóvenes caminos hacia lugares en donde Dios no se encuentra; el mundo de hoy propone vivir como si Dios no existiera; como si Jesús no fuera Dios Hijo hecho hombre y como si no hubiera venido a salvarnos de la eterna condenación y conducirnos a la vida eterna, en el Reino de los cielos; como si Jesús no hubiera dado su vida por todos y cada uno de nosotros en la cruz; como si Jesús no estuviera Presente en la Eucaristía.
         El mundo de hoy propone a los jóvenes, como modo de obtener la felicidad, adorar al  dinero, satisfacer las pasiones, vivir el presente, sin recordar el pasado y sin pensar en el futuro, sin pensar que esta vida se termina pronto y que luego comienza la vida eterna. El mundo de hoy propone a los jóvenes, como modelos de vida, a los ídolos del consumismo, del placer, del materialismo, del relativismo, del ateísmo, del gnosticismo, del ocultismo.
         Sin embargo, en nada de estas cosas mundanas que propone el mundo, está la felicidad que todo joven busca, porque en nada de estas cosas mundanas está Dios; en nada de estos lugares encontrarán los jóvenes otra cosa que no sea oscuridad y muerte, porque en esas cosas mundanas no está el Dios de la Vida, del Amor y de la Paz, Jesús de Nazareth. Sólo Jesús, porque es Dios, es el Único en grado de satisfacer plenamente los anhelos más profundos de paz, de alegría, de amor, que todo joven anhela. Fuera de Jesús, sólo hay oscuridad y muerte; unidos a Jesús, de Él recibimos luz divina y vida divina.
¿Cómo encontrar a Jesús, para recibir de Él lo que sólo Él puede darnos? Podemos encontrar a Jesús por la fe, por el amor y por los sacramentos, y para poder darnos una idea de cómo es esta relación entre Jesús y los jóvenes, podemos utilizar la figura de un niño no nacido en el vientre de la madre: el niño por nacer recibe de su madre todos los nutrientes que necesita para vivir y esto lo recibe por medio del cordón umbilical y de tal manera que, si por algún motivo el cordón umbilical deja de aportar los nutrientes, el niño muere. El cordón umbilical que une a los jóvenes con Jesucristo, son los sacramentos, especialmente, la Eucaristía y la Confesión sacramental, porque los sacramentos son, junto con la fe y el amor, los medios de unión del alma con Jesucristo. Para los jóvenes, y para todos los bautizados, es esencial, para la vida del espíritu, para tener una vida serena en medio de las tribulaciones, y sobre todo, para tener el Amor de Dios y la Vida de Dios en el alma, la unión con Jesucristo por medio de los sacramentos. Los sacramentos son, a la vida del alma, lo que el cordón umbilical al embrión que está en el seno materno: así como por el cordón umbilical le viene la vida al niño por nacer, así por los sacramentos viene la gracia, la vida divina, el Amor de Dios y la luz de Dios.

Queridos jóvenes, les decimos a ustedes lo que el Papa Juan Pablo II dijera a los jóvenes en una homilía: contemplen el Rostro de Cristo, que está en la Cruz y en la Eucaristía, y obtendrán de Él la luz, el Amor, la paz, la alegría de Dios. Jesús no es un fantasma, como una vez dijeron los discípulos; Jesús no es un revolucionario; Jesús no es un extraterrestre, como dicen las sectas de la Nueva Era; Jesús no es mero hombre, como dicen los evangelistas; Jesús no es un hombre bueno: Jesús es Dios y está en la Eucaristía; Jesús es el Dios de la Eucaristía, que está esperándolos en el sagrario para darles todo el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico. 
Él conoce todas nuestras necesidades, materiales y espirituales, y puede solucionar todos los problemas y todas las tribulaciones, por graves que sean, y lo puede hacer en menos de un segundo; en un abrir y cerrar de ojos, Jesús puede y quiere cambiar nuestra vida, porque es Dios, pero Jesús quiere que vayamos a visitarlo en el sagrario, quiere que estemos con Él, que hablemos con Él y que lo escuchemos en el silencio, en lo más profundo del corazón. No hay ningún problema, por grave que sea, que Jesús Eucaristía no pueda solucionarlo, pero Jesús quiere que acudamos ante su Presencia en el sagrario, en la Eucaristía y que le hablemos, en el silencio de la oración, así como se habla a un padre, a una madre, a un hermano, al mejor amigo. Junto al Papa Juan Pablo II, les decimos: fuera de Jesús Eucaristía, sólo hay oscuridad y muerte; junto a Jesús Eucaristía, sólo hay Vida, Luz, Amor, Paz y Alegría celestial.

martes, 29 de noviembre de 2016

No miremos los ídolos mundanos, contemplemos a Cristo, en la Cruz y en la Eucaristía


(Homilía en ocasión de Santa Misa de Acción de gracias por el egreso de niños de una escuela primaria)

         El mundo de hoy ofrece múltiples ídolos a los jóvenes y estos ídolos son, por ejemplo, la fama, el dinero, el éxito, el poder, la belleza física, el tener abundantes bienes materiales, el “pasarla bien” sin hacer nada, etc. Todas estas cosas, son cosas falsas, porque prometen una felicidad que no tienen y que no pueden dar. Estas cosas son como los espejismos, es decir, una ilusión, algo que sólo existe en la imaginación, pero no en la realidad: por ejemplo, cuando uno va caminando por el desierto, bajo el sol, después de un tiempo y a causa del calor y la deshidratación empieza a ver visiones y así, por ejemplo, cree ver, a la distancia, un lago con agua fresca y árboles que dan sombra cuando en realidad no hay nada y así, el que ve un espejismo, corre detrás de ese espejismo y cuando llega, se encuentra con las manos vacías, y se queda todavía con más sed que antes. Esto es lo que sucede con las cosas materiales, con el dinero, el éxito, y todo lo que dijimos antes: son verdaderos espejismos que, cuando se los posee, no satisfacen la sed de felicidad que tiene el alma, y así el alma se queda peor que al principio.
         Todos los jóvenes, como todos los seres humanos, tienen sed de amor, de felicidad, de alegría, de paz, pero todo eso no lo dan los ídolos del mundo, como el dinero, el poder, la satisfacción de las pasiones. Sólo Jesucristo, el Cordero de Dios, el Hijo de Dios, puede colmar nuestra sed de felicidad, de amor, de paz, de alegría, porque Él es Dios, y sólo en Él se encuentra la felicidad que buscamos. Si intentamos ser felices fuera de Jesús, nunca lo vamos a conseguir; si intentamos tener alegría verdadera fuera de Jesús, nunca la vamos a obtener, porque el mundo no puede darnos lo que no tiene.
         Para entenderlo un poco mejor, usemos un poco la imaginación: imaginemos nuestro sistema solar: el sol, es la estrella luminosa que está en el centro, y los planetas giran a su alrededor; cuanto más cerca está un planeta del sol, tanto más recibe ese planeta aquello que el sol tiene y puede dar: luz, calor y vida, y al contrario, cuanto más lejos está el planeta, menos recibe del sol lo que éste le puede dar, y es así como los planetas más lejanos son oscuras, fríos y sin vida. Algo similar sucede entre nosotros y Jesús: Jesús es el “Sol de justicia”, alrededor del cual giran los planetas, que son las almas: cuanto más cerca estamos de Jesús Eucaristía, tanto más recibimos de Él lo que Él puede darnos, la luz de Dios, el amor de Dios, la alegría de Dios, la vida de Dios; y cuanto más nos alejamos, menos tenemos lo que sólo Él puede darnos.
         ¿Y dónde está Jesús? Jesús se encuentra en los sacramentos, sobre todo la Eucaristía y la Confesión, y también en la Cruz. Cuanto más nos acerquemos a la Eucaristía, a la Confesión y a la Cruz, tanto más vamos a recibir la Vida, la Alegría, el Amor y la Paz de Dios, y cuanto más nos alejemos, más rodeados estaremos de la oscuridad y sin la vida de Dios, es decir, fuera de Jesús, sólo encontraremos “oscuridad y muerte”, como les decía el Papa Juan Pablo II a los jóvenes en un discurso. No nos dejemos encandilar por los ídolos del mundo; no nos alejemos de Jesús Eucaristía, de la Confesión y de la Cruz, si queremos vivir en la paz, la alegría y el Amor de Dios.
              No cometan el mismo error que cometen la gran mayoría de niños y jóvenes de hoy, que es separarse de Jesús, y esto lo hacen cuando dejan de frecuentar los sacramentos y no hacen oración.


jueves, 24 de noviembre de 2016

Junto con la Misa, la mejor acción de gracias es ofrecer a Dios un corazón contrito y humillado


(Homilía en Santa Misa en acción de gracias por el ciclo lectivo de un colegio secundario y primario)

        Dar gracias a Dios es el acto más debido en nuestra relación con Dios, puesto que Dios nos colma, permanentemente, con toda clase de bienes: pensemos, sólo para dar unos ejemplos, en los dones y beneficios que Dios nos da, que comienzan por el solo hecho de poder respirar –efectivamente, si estamos vivos y respiramos, es porque Dios nos mantiene en el ser-, pasan por los beneficios materiales y espirituales de todo tipo –la inteligencia, la memoria, la voluntad-, hasta los dones sobrenaturales más grandes, como el haber sido adoptados como hijos por Dios, por medio del Bautismo, y habernos dado su Amor, el Espíritu Santo, en la Confirmación, o su Perdón en la Confesión, o el Corazón de su Hijo en cada Comunión Eucarística bien hecha. Es decir, a Dios siempre debemos darle gracias, porque todo lo bueno, absolutamente todo, viene de Dios, y si Dios permite que algo malo nos suceda, es porque con su omnipotencia, puede sacar algo bueno para nosotros; además, nunca permite más carga que la que podamos soportar, y si nos da una cruz, nos da la gracia más que suficiente para poder sobrellevarla. Dios nos colma permanentemente de dones y ser agradecidos es signo de un alma noble y de que reconocemos que de nuestro Padre Dios procede todo bien.
En este caso, le damos gracias por el año lectivo que finaliza, con todo lo que esto significa: tener la oportunidad de estudiar, porque muchos niños y jóvenes no la tienen; tener padres o encargados nuestros que se preocupan por nuestro futuro y nuestro progreso, tener profesores que nos enseñen; tener un establecimiento  adonde ir a estudiar; son todos dones que damos por descontados, pero que proceden todos de la bondad de Dios; le damos gracias por los amigos, y también por los que no lo son, porque así tenemos oportunidad de practicar el mandamiento de Jesús: "Ámense los unos a los otros, como yo los he amado". Al mismo tiempo que le encomendamos el año nuevo, con todo lo que la incerteza del futuro depara. La mejor acción de gracias que podemos dar a Dios es, precisamente, la Santa Misa, porque en la Santa Misa es Jesús mismo, en Persona, quien ofrece la acción de gracias a Dios Padre por nosotros y para nosotros.
         Dar gracias a Dios, entonces, por medio de la Santa Misa, es reconocer que Dios es nuestro Padre Bueno, que nos concede toda clase de bienes, desde el simple hecho de respirar, hasta el bien más grande, que es el Cuerpo Sacramentado de su Hijo Jesús en la Eucaristía.
         Pero además de ofrecer la Santa Misa en acción de gracias, hay algo más que podemos y debemos hacer, como parte de nuestra acción de gracias a Dios, y es ofrecerle nuestro propio corazón, pero no de cualquier manera, sino un corazón “contrito y humillado”, es decir, un corazón que se humilla ante su Presencia en la Eucaristía y ante su Cruz, y un corazón contrito –triturado, dolido-, por los pecados. Para hacer esto, es necesario tener aversión al pecado, que es todo lo malo que surge de nuestro propio corazón –malos pensamientos, malos deseos, malas obras, malas palabras-, porque todo lo malo nos separa de Dios, que es Bondad infinita.
         Entonces, en esta acción de gracias, además de ofrecer la Santa Misa, ofrezcamos a Dios Padre un corazón contrito –dolido por los pecados- y humillado –postrado ante Jesús crucificado-, como la mejor acción de gracias que podamos darle, junto con la Eucaristía.

Jesús es a los jóvenes lo que el sol al planeta tierra


         Egresar implica dejar atrás una etapa de la vida, de la adolescencia, a la juventud; implica cerrar una puerta y abrir otra; implica dejar de mirar para atrás, para comenzar a mirar hacia el horizonte, hacia los objetivos que, con mi libertad y mis capacidades, puedo llegar a cumplirlos. El cumplimiento de estos objetivos estará ligado, para algunos, con el estudio, para otros, con el trabajo, para otros, con el estudio y el trabajo. Lo que sí está claro es que ningún objetivo en la vida se obtiene sin esfuerzo y sacrificio, como también es cierto que lo que se obtiene con esfuerzo y sacrificio tiene un doble sabor a victoria.
         Ahora bien, los objetivos básicos para la auto-realización de un joven, están formados por un verdadero amor, primero de novios y luego conyugal, además de un trabajo digno, estable, que permita la manutención digna de la familia. Además del auxilio de los seres más cercanos, como la familia y los amigos, el joven cuenta con un auxilio extraordinario para la consecución de sus objetivos, y ese auxilio extraordinario es Jesús.
         Jesús, a pesar de lo que muchos creen, no es “un fantasma”, como dijeron los discípulos cuando lo vieron caminar sobre el agua (cfr. Mt 14, 23); no es una figura ideal, pero inexistente; no es un personaje del pasado; no es un revolucionario social; no es un hombre bueno ni santo: Jesús es Dios, es el Hombre-Dios, es Dios hecho hombre, sin dejar de ser Dios, y Jesús está, en el cielo, pero también está aquí, abajo, en la tierra, con nosotros, en la Eucaristía, esperando por nuestras visitas.
         El gran error de los jóvenes católicos de hoy es pensar, o que Jesús no existe, o que es un ser sin importancia, o que sus mandamientos no tienen sentido, y es así como los jóvenes católicos de hoy se separan, se apartan de Él y lo abandonan en el sagrario, y emprenden sus vidas sin Jesús y sin su gracia, y ése es el peor error que un joven puede cometer: pretender construir su vida y alcanzar sus objetivos y proyectos, sin Jesús. Ahora bien, el Jesús de los católicos, se une a nosotros por la fe, por el amor y por los sacramentos, de manera que quien abandona los sacramentos, abandona a Jesús, abandona a Dios y se aleja de Dios. Los sacramentos son como el cordón umbilical para el embrión que está en el seno materno: así como por el cordón umbilical le llegan los nutrientes, así también, al católico, por los sacramentos, le llega la gracia, que es la vida de Dios. Los sacramentos son también como los cables conectores que unen al astronauta con su nave espacial, cuando sale a hacer una caminata espacial: si se cortan esos cables, el astronauta se pierde irremediablemente en el espacio, y así sucede con el joven católico que se aleja de la Eucaristía y la Confesión.
         Por último, la relación entre Jesús y el joven, es como el sol con los planetas: cuanto más cerca está un planeta del sol, tanto más recibe, del sol, lo que el sol le puede dar: luz, calor y vida, y cuanto más lejos está el planeta del sol, más frío, oscuro y sin vida éste se encuentra; de la misma manera, así sucede con los jóvenes y Jesucristo en la Eucaristía: Jesús Eucaristía es el Sol divino que ilumina nuestras almas, y si nosotros nos acercamos a Él, por la Confesión y la Comunión, por la fe y el amor, tanto más recibiremos de Él lo que Él puede y quiere darnos: la luz de Dios, el amor de Dios, la alegría de Dios, la paz de Dios. Y si nos alejamos de Él, cuanto más lejos estemos de Él, más oscuros, tristes y sin vida de Dios estaremos. A diferencia de los planetas, que orbitan alrededor del solo en la órbita ya fijada y no pueden ni alejarse ni acercarse por sí mimos, nosotros sí podemos hacerlo, porque tenemos libertad y voluntad, de manera que libremente, o nos acercamos, o nos alejamos del Sol de justicia que es Jesús Eucaristía. Pero si nos alejamos, sólo encontraremos, fuera de Jesús Eucaristía, soledad, tristeza, oscuridad, vacío existencial y muerte.

         Si queremos, en la vida, cumplir nuestros objetivos y saciar nuestros deseos básicos de verdadera felicidad, paz, amor y justicia, no nos alejemos del Sol de justicia, Jesús Eucaristía.