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viernes, 27 de octubre de 2017

Cómo creó Dios al hombre


         En la Sagrada Escritura se narra cómo fue creado el hombre: todos los seres humanos descendemos de Adán, el primer varón, y Eva, la primera mujer. No hay otra verdad posible acerca del origen del hombre, que esta, atestiguada por la Escritura y confirmada por el Magisterio de la Iglesia[1].
         En cuanto al origen del hombre, existe lo que se denomina la teoría de la evolución, que afirma que el hombre proviene del mono, pero es completamente falsa, pues no hay ninguna prueba que lo atestigüe. El hombre proviene por modo de creación, de Dios, quien lo creó a su imagen y semejanza. No hay problemas en decir que puede haber habido una evolución en el mundo material, pero eso no descarta que Dios es el Creador de todo lo que existe, visible e invisible. Con respecto a la evolución de la materia orgánica, la que tiene vida, no hay ni una sola prueba que indique tal evolución. Por ejemplo, no hay ninguna creatura intermedia entre el mono y el hombre, o entre el perro y el lobo, y así con todas las creaturas vivas.
         Podría haber sido verdad, pero eso no altera nuestra fe, nuestra creencia de que es Dios quien creó al hombre. Lo importante es que, en un momento determinado, cuando pasó de mono al hombre, en ese momento, Dios le infundió el alma espiritual, para el macho y la hembra de la especie, y en ese momento, se obtuvo el primer hombre y la primera mujer. Sería igualmente cierto que Dios creó al hombre del barro de la tierra y le insufló el alma viviente, que dio vida humana a su cuerpo humano[2].
         Lo que debemos creer, porque así nos lo revela el Génesis y nos lo enseñan la Tradición y el Magisterio, es que el género humano desciende de una pareja original y que las almas de Adán y Eva fueron creadas directamente e inmediatamente por Dios. El alma es espíritu; no puede, de ninguna manera, “evolucionar”, “ser educida”, o “proceder” de la materia, como tampoco puede heredarse de nuestros padres. Los padres son cooperadores, con Dios, en la formación del cuerpo humano, pero el alma espiritual ha de ser creada inmediatamente por Dios e infundida en el embrión en el seno materno.
         El “eslabón perdido”, está tan perdido, que no ha sido todavía encontrado, y con toda seguridad, jamás será encontrado, porque no existe. De todas maneras, sea cual sea la forma que Dios eligió para hacer nuestro cuerpo –con o sin evolución de por medio-, es el alma lo que importa más, porque por ella, el hombre se eleva más allá de las pasiones terrenas y carnales y eleva la vista a la Belleza Increada, la Verdad Absoluta el Amor Eterno, al cual llamamos “Dios”[3].



[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 62-63.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

jueves, 19 de octubre de 2017

Dios creó al hombre a su imagen y semejanza


         Dios, que Es y existe desde toda la eternidad, no tiene necesidad del hombre, ni de los ángeles, ni de nada, para ser lo que Es: Dios eterno de majestad infinita. Sin embargo, a pesar de no tener necesidad de los hombres y de los ángeles, los creó a ambos, con un solo fin: que ambos fueran felices eternamente, contemplándolo a Él en su hermosura divina. Es por eso que ni el hombre, ni el ángel, pueden ser felices con nada que no sea Dios mismo, y es la razón por la cual el hombre es sumamente infeliz si se aleja de Dios, para buscar su alegría y felicidad en cosas creadas, que no son Dios y por lo tanto no pueden apagar en su alma el deseo de Dios que lleva desde su creación.
         De entre todas las creaturas, el hombre es la creatura predilecta de Dios y a tal punto, que lo creó a su imagen y semejanza. ¿En qué consiste esta creación del hombre? Consiste en la unión del cuerpo, material, y del alma, espiritual; una unión tan profunda que se llama substancial, lo cual quiere decir que ni el cuerpo solo es persona, ni el alma sola es persona. Solo la unión del cuerpo y del alma puede ser llamada “persona” y es la persona humana, así creada, la que fue creada a imagen y semejanza divina. El hombre tiene entonces dos componentes, el cuerpo y el alma; el cuerpo, al ser material, no es la imagen en el hombre, aun cuando el cuerpo, al ser considerado en su estructura anatómica, en su fisiología, en la interacción de los órganos entre sí, sea una muestra de la Sabiduría y del Amor de Dios; aun así, no radica en el cuerpo la imagen de Dios, puesto que, desde el inicio, Dios es Espíritu Puro, mientras que el cuerpo es material pura.
         Es en el alma en donde radica la imagen de Dios en el hombre, y veremos de qué manera. El alma, al ser espiritual, posee inteligencia y voluntad, esto es, capacidad de pensar y de amar, y considerada en sí misma, es invisible, inmaterial e indivisible (no se pueden separar sus partes, porque no tiene partes, como sí las tiene el cuerpo)[1]. El alma es inmaterial, es decir, no tiene átomos ni moléculas, propio de la materia. Tampoco se puede medir, porque el espíritu no tiene longitud (no hay un alma “más alta” que otra, como en el caso de los cuerpos); tampoco tiene anchura, profundidad o peso. Por esta razón, el alma está toda entera en todas y cada una de las partes del cuerpo al mismo tiempo; no está una parte en la cabeza, otra en la mano y otra en el pie. Esto quiere decir que si al cuerpo se le corta un brazo o una pierna, por un accidente o por una cirugía, no se pierde una parte del alma; simplemente, nuestra alma ya no está en lo que no es más parte del cuerpo vivo. El alma es la que da vida al cuerpo y cuando el cuerpo, como consecuencia de la edad y del desgaste propio del paso de los años, no puede continuar su función, el alma se desprende del cuerpo y el cuerpo queda muerto, sin vida, y es lo que llamamos “muerte”[2]. El cuerpo muere y comienza a descomponerse en sus partes, porque ya no está el alma, que le daba vida y lo mantenía unido en sus partes; el alma, a su vez, continúa viviendo, porque el alma es inmortal, no muere con la muerte terrena, ni tampoco es aniquilada por Dios. Simplemente, luego de morir el cuerpo, el alma continúa viva. No puede destruirse nada en ella porque no tiene partes y porque es inmaterial  -es lo que se llama una “substancia simple”-; al no tener partes, no hay nada en ella que pueda descomponerse o disgregarse, como sí sucede con el cuerpo.
         Es en el alma en donde radica, propiamente, el ser imagen y semejanza de Dios. Una imagen y semejanza imperfectas, porque nuestra naturaleza humana es muy limitada, pero imagen y semejanza al fin. La imagen de Dios en el alma, radica en que es espiritual, como Dios, que es Espíritu Puro, pero también radica en la inteligencia, es decir, en la capacidad de conocer la esencia de las cosas, además de comprender y conocer verdades, el poder razonar y deducir, el hacer juicios sobre el bien y el mal; esta capacidad del alma, de entender, es imagen de Dios, que todo lo sabe y todo lo conoce. La otra imagen y semejanza está en nuestra voluntad, por la que deliberadamente decidimos hacer una cosa o no, es decir, es la potencia del alma por la cual somos libres, lo cual es semejanza de Dios, que es infinitamente libre.
         La vida íntima de Dios consiste en conocerse a sí mismo (Dios Hijo) y amarse a Sí mismo (Dios Espíritu Santo), por lo que tanto más nos acercamos a la divina Imagen, cuanto más utilizamos nuestra inteligencia para conocer a Dios –por la razón, por la fe y, en la eternidad, por la luz de la gloria-; y cuanto más utilizamos nuestra libre voluntad para amar libremente al Dador de nuestra libertad, Dios.



[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 58-59.
[2] Cfr. Trese, ibidem.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

El hombre, creado para Dios, cae del Paraíso por su rebelión contra su Creador (Parte 2)


         El cuerpo humano, en su anatomía y fisiología, y cualquiera sea el órgano o sistema que se considere, es un prodigio de sabiduría, por la precisión científica con la que ha sido creado, y de amor, por la hermosura con la que Dios lo ha creado[1].
         Con todo, el cuerpo no es lo más valioso que tenemos, ya los seres humanos estamos compuestos por una parte material –el cuerpo- y una parte espiritual –el alma-, que es quien le da vida y le permite que sus partes estén cohesionadas y vivas. De hecho, cuando se produce la muerte, que es la separación del cuerpo y del alma, el cuerpo, sin el principio vital que es el alma, empieza a descomponerse, empieza el proceso de putrefacción, porque era el alma la que tenía con vida y con todas sus partes y componentes unidos.
         Entonces, al igual que los animales, los hombres tenemos un cuerpo material, pero no somos animales, sino que somos superiores a ellos, porque tenemos un alma espiritual, y esto nos hace semejantes a los ángeles, aunque somos inferiores a ellos por tener cuerpo. En el hombre están unidos y convergen el tiempo y la eternidad –el alma es inmortal y hecha para la eternidad-, la materia y el espíritu, y solo los dos componentes unidos, hacen una sola substancia completa, el ser humano[2].
         Lo admirable en el hombre es que el cuerpo ha sido hecho para el alma y el alma para el cuerpo, y se unen de modo tan íntimo y profundo, que uno no puede permanecer sin el otro, al menos en esta vida. No es una unión accidental, como cuando se sueldan dos trozos de metal; pero sí es unión como cuando esos trozos de metal se funden, porque ahí ya no son los dos trozos separados, sino una nueva substancia. De igual modo sucede con el cuerpo y el alma, para formar esa substancia que llamamos “hombre”[3].
         Es importante saber esto, para comprender el modo en que alma y cuerpo están unidos: si me corto un dedo, no sufre sólo mi cuerpo, sino también mi alma. Y si estoy apenado, o iracundo, eso se manifiesta en mi cuerpo, por ejemplo, con el cambio en el ritmo cardíaco o en el enrojecimiento facial. Todo esto nos sirve para darnos cuenta de cuánto amor nos tiene Dios, al crear algo tan perfecto y maravilloso como es el ser humano, compuesto de cuerpo y alma y es un incentivo y aliciente no solo para agradecer por tanto amor, sino también para cuidar, del mejor modo posible, nuestra alma y nuestro cuerpo, para así glorificar a Dios.



[1] Cfr. Leo J.  Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 57ss.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

miércoles, 2 de agosto de 2017

El hombre, creado para Dios, cae del Paraíso por su rebelión contra su Creador (Parte 1)


         El hombre –con este término se designan los componentes del género humano, varón y mujer-, al estar formado de cuerpo material y de alma espiritual, es como un puente entre el mundo del espíritu y el mundo de la materia[1].
         El alma del hombre es espíritu, de una naturaleza similar al ángel; su cuerpo es materia, similar en naturaleza a los animales. Es decir, el hombre no es, ni espíritu puro, como los ángeles, ni solo materia, como los animales: está compuesto por la unión indisoluble de ambos, espíritu y materia, y por eso está relacionado con los dos mundos. No es ángel, pero tampoco bestia, aunque comparte rasgos de ambas naturalezas. Es un “animal racional”, entendiendo por “racional” su alma espiritual y por “animal” su cuerpo físico. Vive en el tiempo, pero está destinado a la eternidad. No perece sin dejar rastro, como los animales, que tienen un alma no espiritual y por ese motivo, cuando mueren, simplemente dejan de existir; al morir, el hombre continúa siendo hombre, porque si bien su cuerpo está destinado a la corrupción, su alma, por el hecho de ser espiritual, es inmortal y, por lo tanto, destinado a la vida eterna.
         Como los animales, el hombre tiene cuerpo material, pero es más que un animal, porque tiene inteligencia y voluntad; como los ángeles, el hombre tiene un espíritu inmortal, pero es menos que un ángel, porque está limitado por el cuerpo y además porque la naturaleza angélica es superior, por sí misma, a la naturaleza humana. Tanto el cuerpo, como el alma, son prodigios maravillosísimos que reflejan la Sabiduría y el Amor infinitos de Dios. Cuando se estudia el cuerpo humano, con su anatomía y su fisiología, no puede no asombrarse por la increíble precisión científica con la cual fue creado; con todo, el cuerpo es lo menos valioso que tenemos, porque el alma, al ser espiritual, es de mucho mayor valor, y al analizar su composición y sus funciones –entender, amar, elegir-, lo único que cabe es la admiración, por la hermosura del alma. Y de inmediato, la contemplación, tanto del cuerpo como del alma, elevan el pensamiento y el corazón a Dios, que es su Creador, que creó al hombre a su imagen y semejanza, y en esa elevación del pensamiento y del corazón, sólo cabe la gratitud por habernos creado superiores a los animales, semejantes a los ángeles por el alma, y semejantes a Él por la capacidad de pensar, amar y elegir. Es aquí cuando se entiende la tercera parte del Primer Mandamiento: “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo”. El amor a nosotros mismos se demuestra con el cuidado del cuerpo y del alma, manteniendo la pureza, tanto de uno como de otro.




[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 55.

viernes, 13 de diciembre de 2013

Diez razones para NO VER pornografía



1.     Porque “el cuerpo es templo del Espíritu Santo”, como dice San Pablo (1 Cor 6, 19), y si es templo del Espíritu Santo, no puede ser profanado con imágenes impuras, porque así se profana a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, Dueña del cuerpo del hombre. Un ejemplo nos ayudará a comprender esto: supongamos que un joven ingresa en el templo para asistir a la Santa Misa; apenas traspasa el umbral, ve que  otro joven ha derribado la Cruz del altar, ha tirado los candelabros y ha colocado sobre el altar un televisor plasma gigante; además, a los lados del altar, ha instalado potentes equipos de sonido, y ha conectado el televisor a una computadora y está proyectando pornografía… ¿Le dirías algo a este joven? ¿Qué le dirías? Y si este joven te responde: “El templo es mío y hago lo que quiero con él”. ¿Es correcta esa respuesta? ¡Por supuesto que no! Tendrías que decirle que está en un grave error: que el templo no es de él, sino de Jesús y que Jesús, que está Presente en el sagrario, está muy ofendido y dolido por semejante ultraje. Eso mismo ocurre con quien ve pornografía, porque al ingresar por los ojos del cuerpo, las imágenes se proyectan, como si fuera una pantalla de cine o de televisión, en las paredes del corazón, templo del Espíritu Santo. Entonces, ver pornografía, para un bautizado, es el equivalente a que alguien entre en un templo material y, sacando todo lo que hay en el altar, instalara un  televisor gigante y comenzara a pasar las imágenes impuras. Así como a esa persona habría que decirle que está en un grave error, que debe desistir de su actitud y que no debe volver a hacerlo nunca más, así también el cristiano, tampoco debe ver nunca pornografía, para no ultrajar su cuerpo que por el bautismo ha sido adquirido por Dios Padre, al precio de la Sangre de Dios Hijo, para que sea “templo del Espíritu Santo”.
2.     Porque aunque creas que estás solo viendo pornografía, NUNCA lo estás: está siempre tu Ángel de la Guarda, que no se separa de ti ni de noche ni de día, y que debe taparse la cara de la vergüenza cuando alguien ve pornografía. Además, estás delante de Dios, porque nos encontramos permanentemente ante nuestro Creador, y Dios se apena profundamente cuando alguien consume pornografía, porque se aleja en dirección opuesta a su Amor.  
3.     Porque la pornografía es un pecado mortal y el pecado mortal se paga en la otra vida con el infierno. Allí se sufren horribles castigos, principalmente en los órganos con los cuales se cometió el pecado mortal que fue la causa de la condenación. En este caso, el castigo sufrido de modo particular es en los genitales, porque Dios no creó el sexo para ser usado como en la pornografía, a un nivel más bajo que las bestias irracionales. ¿Alguien vio alguna vez cómo se aparean los animales? Así lo hacen porque fue Dios quien los creó con sexo y fue Dios quien quiso que se reprodujeran mediante el apareamiento. Pero cuando el hombre usa la pornografía, se rebaja a un nivel más bajo que el de los animales irracionales, porque el sexo no ha sido creado por Dios para ser usado de esa manera. El sexo es bueno y santo SOLO EN EL MATRIMONIO –y siempre de modo natural, casto y puro-; es decir, el sexo es bueno y santo y se corresponde con la Voluntad Divina solo cuando es usado por los esposos como un modo de comunicarse los cónyuges el amor esponsal que los une; además, el sexo entre los esposos debe estar siempre abierto a la vida, para que nazca el hijo, fruto del amor esponsal. Sólo así, con estas condiciones, el sexo en el hombre es acorde a la Divina Voluntad. Cualquier otro uso del sexo, y mucho más en la pornografía, ofende gravemente a Dios y contraría su Divina Voluntad. Si tienes la tentación de ver pornografía, piensa en el momento de tu muerte, momento en que serás llevado ante la Presencia del Justo Juez para recibir lo que mereciste con tus obras. Si mueres luego de haber visto pornografía, morirás con ese pecado mortal en el alma y tú solo pedirás, en tu juicio particular, ser apartado de la Presencia de Dios Trino para siempre, y allí comprenderás que no valía la pena sufrir una eternidad de dolores por un placer ilícito y efímero.
4.     Porque la pornografía te convierte en un delincuente a los ojos de los hombres y a los ojos de Dios y esta es la razón: detrás de una página pornográfica, hay seres humanos que sufren, porque en la gran mayoría de los casos, son personas que han sido raptadas y obligadas a hacer esas cosas bajo amenaza de muerte y tú te haces responsable y culpable de sus terribles sufrimientos ante Dios, teniendo en cuenta que no solo sufre esa persona secuestrada, sino todo su entorno familiar. El siguiente ejemplo puede ayudarte para entender mejor lo que queremos decir: tú, que vienes a Misa y te confiesas y comulgas, pero también ves pornografía, ¿saldrías con armas de fuego a secuestrar personas para recluirlas en una casa oculta a la vista de todos, los obligarías, bajo amenaza de muerte, a que hagan esas cosas aparentando felicidad, porque tú los encañonas con un revólver para que finjan felicidad, subirías esos videos a la red para ganar dinero con ellos, y les pegarías un tiro para deshacerte de estas personas cuando ya no te sirvan más o cuando la cosa se ponga complicada? Con toda seguridad, responderás “No, yo no haría eso”, pero cuando ves pornografía, sí lo haces virtualmente, porque te conviertes en el jefe virtual de esa banda de delincuentes que han secuestrado, violentado, humillado y asesinado –la mayoría de las personas que aparecen en videos pornográficos ya está muerta-, y es así como, ante la justicia humana y ante la Justicia Divina, te haces merecedor de los más duros castigos. La justicia humana no te hará nada, pero te aseguro que de la Justicia Divina no escaparás…
5.     Porque la Sagrada Escritura nos advierte: “No hagas a los demás lo que no te gusta que te hagan a ti” (Tob 4, 15). Si Dios nos advierte, es por algo. ¿Te gustaría que te hicieran eso, todo el día, todos los días, delante de miles de personas? ¿Te gustaría que se lo hicieran a tus seres queridos? Con toda seguridad, tu respuesta es un rotundo: “No”. Entonces, no lo hagas, no veas pornografía, porque por algo nos advierte la Palabra de Dios. Si no entendemos por las buenas, Dios nos hará entender por las malas, pero en ese momento, ya será tarde para el arrepentimiento…
6.     Porque la pornografía quiere decir que le dijiste “No” a Dios y a sus Mandamientos de Amor, y te decidiste por los mandamientos de Satanás. Si Dios desde la Cruz te decía: “No cometerás actos impuros”, “No consentirás pensamientos ni deseos impuros”, “No mirarás pornografía”, pero aun así lo mismo viste pornografía, eso quiere decir que elegiste libremente no cumplir los Mandamientos de Dios, para cumplir, también libremente, los Mandamientos de Satanás, porque todo pecado es decirle “No” a Dios y sus Mandamientos, para decirle “Sí” a Satanás y a sus Mandamientos. ¿Cuáles son los Mandamientos de Satanás? “Comete actos impuros, consiente pensamientos y deseos impuros, mira pornografía, déjate vencer por la lujuria, no te preocupes, haz lo que quieras…”. Quien, por libre voluntad, no cumple los Mandamientos de Dios, sí cumple, también por libre voluntad, los Mandamientos de Satanás. Y en la otra vida recibe el doloroso pago de su mala elección. Entonces, no mires pornografía, no juegues con la Misericordia Divina, no tientes a Dios, a ver hasta dónde llega su paciencia, porque Dios nos espera y nos tiene paciencia, pero su paciencia también tiene un límite. ¿Quieres que Dios esté eternamente enojado contigo? Por supuesto que no. Entonces, no mires pornografía, cumple los Mandamientos de Dios.
7.     Porque mirar pornografía quiere decir literalmente ser arrastrado por las pasiones, como cuando alguien desea cruzar un río caudaloso, cuyas aguas bajan turbias e impetuosas: no es lo mismo que ese alguien haga el esfuerzo de cruzar, ayudado por un cayado y por el pensamiento de que su amorosa madre lo espera en la otra orilla, a dejarse arrastrar por el agua y encontrando la muerte río abajo. El que cruza el río caudaloso de aguas turbias con un cayado, con el pensamiento puesto en su madre que lo espera en la otra orilla, es el que en la tentación se aferra a la Cruz de Jesús y al Santo Rosario; a ese nunca le faltará la ayuda del cielo para no caer y así no solo nunca caerá, sino que acrecentará cada vez más el estado de gracia, gracia que lo hace partícipe de la vida divina. En cambio, el que en vez de cruzar el río se deja arrastrar por sus aguas para morir, es el que no lucha contra la tentación y no acude ni a Jesús en la Cruz ni a la Virgen en el Rosario, encontrando así la muerte del alma que es el pecado mortal.
8.     Porque el pecado de lujuria le ocasiona terribles dolores a Jesús en su Cuerpo. ¿Le pegarías trompadas a Jesús si se te apareciera? Eso es lo que haces cuando ves pornografía, porque tus pecados repercuten sensible y físicamente en el Cuerpo de Jesús, y son la causa de sus golpes, flagelaciones y heridas abiertas y sangrantes. Si no te mueve el temor del infierno o las alegrías del cielo para no ver pornografía, al menos que te mueva la compasión hacia Jesús, golpeado y flagelado por tus pecados… Es esto lo que Santa Teresa de Ávila quiere decir con su hermosísimo poema, recitado ante Cristo crucificado: “No me mueve, mi Dios, para quererte, el cielo que me tienes prometido/Ni me mueve el infierno tan temido, para dejar por eso de ofenderte/ Tú me mueves, Señor, muéveme el verte/clavado en una Cruz y escarnecido/Muéveme ver tu Cuerpo tan herido,/muévenme tus afrentas y tu muerte./Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera/que aunque no hubiera cielo, yo te amara,/y aunque no hubiera infierno, te temiera./No me tienes que dar porque te quiera,/pues aunque lo que espero no esperara,/lo mismo que te quiero te quisiera”. Reza esta oración con el corazón, delante de Cristo crucificado, y Él te dará su Amor en una medida tan grande, que el espectro de la pornografía no aparecerá nunca más en tu vida. Además de en la Cruz, puedes rezar este poema a Cristo en la Eucaristía, porque Jesús quiere donarte el Amor de su Sagrado Corazón eucarístico en su totalidad y sin medida. La pornografía te separa del Amor de Dios; ¿te vas a quedar sin el Amor de Jesús Eucaristía, por algo tan bajo y soez?
9.     Porque la pornografía es darle golpes y más golpes a Jesús agonizante en la Cruz. Haz el siguiente ejercicio espiritual: toma un crucifijo, en donde sean visibles las heridas y la Sangre de Jesús; pídele a la Madre de Dios que te dé la gracia de saber cuál o cuáles de las heridas de Jesús fueron ocasionadas por causa tuya, por haber cometido el pecado de la pornografía. Contempla en silencio a Cristo crucificado, agonizante, y prométele que no lo golpearás más, que ya está bien con todos los golpes que recibió por tus pecados; prométele que no verás nunca más pornografía. Y para que tu propósito sea firme, reza el Rosario todos los días, sígnate con el agua bendita todos los días, y pídele también todos los días, a la Madre de Dios, que es también tu Madre, la siguiente gracia: la gracia de morir antes de cometer un pecado mortal. Porque nadie se condena por morirse, pero sí por un solo pecado mortal, como el haber visto pornografía o por haber al menos deseado y consentido ver pornografía. Es preferible morir mil veces en esta vida y ser llevados al cielo, que permanecer vivos con el pecado mortal de la pornografía y correr el gravísimo riesgo de ser condenados.

10.           La última razón para no ver pornografía, es que el corazón humano es muy pequeño y solo tiene lugar para una de dos cosas: o la pornografía, o el Amor de Dios. O es una cueva pestilente y babeante, en donde anida Asmodeo, el demonio de la lujuria, o es un nido de luz en donde se posa y descansa la dulce paloma del Espíritu Santo, el Amor de Dios. Que sea el Amor de Dios el que viva en tu corazón.

lunes, 13 de agosto de 2012

No permitas que te engañen: el cuerpo humano es un santuario, y no debe ser exhibido impúdicamente



La falta, o más bien, ausencia total de pudor,
en ciertos espectáculos televisivos,
constituye un ultraje a la dignidad del ser humano,
cuyo cuerpo es santuario de la Trinidad
y por lo tanto no debe ser profanado con la exhibición obscena.


¿Qué es el pudor?
Aquello que da pudor es algo que no se quiere mostrar o hacer en público, porque pertenece a la esfera íntima de la persona, la cual tiene que ser protegida y resguardada de la mirada indiscreta de los demás.
¿El pudor pasó de moda?
No pasó -y nunca pasará- de moda, porque pertenece incluso al instinto de supervivencia, ya que es natural que los hombres quieran proteger y poner a resguardo de la destrucción lo más íntimo de sus personas. Aunque millones de personas miren programas televisivos y se comporten en sus vidas privadas como si no lo tuvieran, sigue siendo importante, los padres deben enseñárselos a sus hijos, y estos deben aprenderlo.
¿Por qué necesitamos del pudor como seres humanos?
El pudor tiende a proteger el cuerpo como parte importante pero privada e íntima de nuestra persona. Todo ser humano no solo tiene conciencia de sí mismo, sino que ese “sí mismo” no es puro espíritu, pues es de experiencia de todos y cada uno que poseemos un cuerpo. No somos ángeles, ni somos una inteligencia que anda dando vueltas por ahí, ni tampoco somos animales: somos la unión de alma y cuerpo, y es esta conciencia de pertenencia del cuerpo propio es lo que hace considerar al cuerpo como algo que no debe ni puede ser compartido irreflexivamente con quien sea.
¿Cómo puede el pudor defender nuestro “ser persona”?
 Tenemos conciencia, ya desde niños pequeños, de que nuestro cuerpo no un mero trozo de materia, separado de nosotros mismos; tenemos conciencia de que el cuerpo nos pertenece, y de manera tal, que lo que le sucede al cuerpo nos sucede a nosotros, no a la materia orgánica.
¿Por qué los animales no tienen pudor?
Porque al ser irracionales no lo necesitan. Nosotros, en cambio, como seres que pensamos y amamos, pero que al mismo tiempo compartimos con ellos la animalidad, sí lo necesitamos, para que aparezca a través del cuerpo lo que tenemos de más digno, que es la persona.
¿Cómo se manifiesta el pudor? 

En la vestimenta y en el comportamiento exterior de la persona, ya que una vestimenta adecuada y el resguardar la vista, quieren decir una intimidad protegida. Esto quiere decir que no podemos vestirnos de cualquier manera, ya que debemos resguardar nuestra intimidad, sin mostrarla a los demás, exponiéndolas a una mala mirada, y quiere decir también no mirar la intimidad de las demás personas, porque cada uno merece ser respetado.
Comportarse de esta manera, es decir, guardar armónicamente la compostura, los gestos, las maneras, vestirse de modo tal de resguardar la intimidad y cuidar la vista, no quiere decir ser un “mojigato”, alguien que reprime su sexualidad como algo malo y negativo.

         ¿Cómo impide le pudor “ser usados”?
         Todo lo que existe se divide en personas y cosas. Las cosas son medios y pueden ser usadas. Las personas son fines y no deben ser usadas. Permitir ser usados es rebajarse al nivel de cosas, precisamente aquí entra el pudor, para proteger nuestro “ser personas”. Permitir ser mirados como objetos de placer es consentir que se nos trate como cosas, que se usan y se tiran. Mostrar más de lo que no se debe mostrar por usar ropa muy ajustada o escasa en la zona de las partes íntimas in vita a que se nos mire con deseo, como mero objeto de placer, rebajando nuestra dignidad personal.

         Si te dan un empujón, te indignás porque no eres tratado como persona sino como “cosa” que no se respeta. De igual forma, cuando alguien se expone a las miradas indiscretas de quienes no le conocen ni aprecian mostrándole todo el cuerpo, voluntariamente se expone a ser tratado como cosa, como objeto de deseo, como un helado rico para ser comerse y desechar el envoltorio. El pudor es también no hablar de cosas íntimas, y no estar espiando o mirando indiscretamente a los demás.

        
Preguntas para trabajo personal y/o grupal
 ¿Qué es el pudor?
¿Por qué el pudor nunca pasará de moda?
¿Por qué los animales no tienen pudor?
¿Qué pasa cuando se pierde el pudor?