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jueves, 19 de octubre de 2017

Dios creó al hombre a su imagen y semejanza


         Dios, que Es y existe desde toda la eternidad, no tiene necesidad del hombre, ni de los ángeles, ni de nada, para ser lo que Es: Dios eterno de majestad infinita. Sin embargo, a pesar de no tener necesidad de los hombres y de los ángeles, los creó a ambos, con un solo fin: que ambos fueran felices eternamente, contemplándolo a Él en su hermosura divina. Es por eso que ni el hombre, ni el ángel, pueden ser felices con nada que no sea Dios mismo, y es la razón por la cual el hombre es sumamente infeliz si se aleja de Dios, para buscar su alegría y felicidad en cosas creadas, que no son Dios y por lo tanto no pueden apagar en su alma el deseo de Dios que lleva desde su creación.
         De entre todas las creaturas, el hombre es la creatura predilecta de Dios y a tal punto, que lo creó a su imagen y semejanza. ¿En qué consiste esta creación del hombre? Consiste en la unión del cuerpo, material, y del alma, espiritual; una unión tan profunda que se llama substancial, lo cual quiere decir que ni el cuerpo solo es persona, ni el alma sola es persona. Solo la unión del cuerpo y del alma puede ser llamada “persona” y es la persona humana, así creada, la que fue creada a imagen y semejanza divina. El hombre tiene entonces dos componentes, el cuerpo y el alma; el cuerpo, al ser material, no es la imagen en el hombre, aun cuando el cuerpo, al ser considerado en su estructura anatómica, en su fisiología, en la interacción de los órganos entre sí, sea una muestra de la Sabiduría y del Amor de Dios; aun así, no radica en el cuerpo la imagen de Dios, puesto que, desde el inicio, Dios es Espíritu Puro, mientras que el cuerpo es material pura.
         Es en el alma en donde radica la imagen de Dios en el hombre, y veremos de qué manera. El alma, al ser espiritual, posee inteligencia y voluntad, esto es, capacidad de pensar y de amar, y considerada en sí misma, es invisible, inmaterial e indivisible (no se pueden separar sus partes, porque no tiene partes, como sí las tiene el cuerpo)[1]. El alma es inmaterial, es decir, no tiene átomos ni moléculas, propio de la materia. Tampoco se puede medir, porque el espíritu no tiene longitud (no hay un alma “más alta” que otra, como en el caso de los cuerpos); tampoco tiene anchura, profundidad o peso. Por esta razón, el alma está toda entera en todas y cada una de las partes del cuerpo al mismo tiempo; no está una parte en la cabeza, otra en la mano y otra en el pie. Esto quiere decir que si al cuerpo se le corta un brazo o una pierna, por un accidente o por una cirugía, no se pierde una parte del alma; simplemente, nuestra alma ya no está en lo que no es más parte del cuerpo vivo. El alma es la que da vida al cuerpo y cuando el cuerpo, como consecuencia de la edad y del desgaste propio del paso de los años, no puede continuar su función, el alma se desprende del cuerpo y el cuerpo queda muerto, sin vida, y es lo que llamamos “muerte”[2]. El cuerpo muere y comienza a descomponerse en sus partes, porque ya no está el alma, que le daba vida y lo mantenía unido en sus partes; el alma, a su vez, continúa viviendo, porque el alma es inmortal, no muere con la muerte terrena, ni tampoco es aniquilada por Dios. Simplemente, luego de morir el cuerpo, el alma continúa viva. No puede destruirse nada en ella porque no tiene partes y porque es inmaterial  -es lo que se llama una “substancia simple”-; al no tener partes, no hay nada en ella que pueda descomponerse o disgregarse, como sí sucede con el cuerpo.
         Es en el alma en donde radica, propiamente, el ser imagen y semejanza de Dios. Una imagen y semejanza imperfectas, porque nuestra naturaleza humana es muy limitada, pero imagen y semejanza al fin. La imagen de Dios en el alma, radica en que es espiritual, como Dios, que es Espíritu Puro, pero también radica en la inteligencia, es decir, en la capacidad de conocer la esencia de las cosas, además de comprender y conocer verdades, el poder razonar y deducir, el hacer juicios sobre el bien y el mal; esta capacidad del alma, de entender, es imagen de Dios, que todo lo sabe y todo lo conoce. La otra imagen y semejanza está en nuestra voluntad, por la que deliberadamente decidimos hacer una cosa o no, es decir, es la potencia del alma por la cual somos libres, lo cual es semejanza de Dios, que es infinitamente libre.
         La vida íntima de Dios consiste en conocerse a sí mismo (Dios Hijo) y amarse a Sí mismo (Dios Espíritu Santo), por lo que tanto más nos acercamos a la divina Imagen, cuanto más utilizamos nuestra inteligencia para conocer a Dios –por la razón, por la fe y, en la eternidad, por la luz de la gloria-; y cuanto más utilizamos nuestra libre voluntad para amar libremente al Dador de nuestra libertad, Dios.



[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 58-59.
[2] Cfr. Trese, ibidem.

miércoles, 2 de agosto de 2017

El hombre, creado para Dios, cae del Paraíso por su rebelión contra su Creador (Parte 1)


         El hombre –con este término se designan los componentes del género humano, varón y mujer-, al estar formado de cuerpo material y de alma espiritual, es como un puente entre el mundo del espíritu y el mundo de la materia[1].
         El alma del hombre es espíritu, de una naturaleza similar al ángel; su cuerpo es materia, similar en naturaleza a los animales. Es decir, el hombre no es, ni espíritu puro, como los ángeles, ni solo materia, como los animales: está compuesto por la unión indisoluble de ambos, espíritu y materia, y por eso está relacionado con los dos mundos. No es ángel, pero tampoco bestia, aunque comparte rasgos de ambas naturalezas. Es un “animal racional”, entendiendo por “racional” su alma espiritual y por “animal” su cuerpo físico. Vive en el tiempo, pero está destinado a la eternidad. No perece sin dejar rastro, como los animales, que tienen un alma no espiritual y por ese motivo, cuando mueren, simplemente dejan de existir; al morir, el hombre continúa siendo hombre, porque si bien su cuerpo está destinado a la corrupción, su alma, por el hecho de ser espiritual, es inmortal y, por lo tanto, destinado a la vida eterna.
         Como los animales, el hombre tiene cuerpo material, pero es más que un animal, porque tiene inteligencia y voluntad; como los ángeles, el hombre tiene un espíritu inmortal, pero es menos que un ángel, porque está limitado por el cuerpo y además porque la naturaleza angélica es superior, por sí misma, a la naturaleza humana. Tanto el cuerpo, como el alma, son prodigios maravillosísimos que reflejan la Sabiduría y el Amor infinitos de Dios. Cuando se estudia el cuerpo humano, con su anatomía y su fisiología, no puede no asombrarse por la increíble precisión científica con la cual fue creado; con todo, el cuerpo es lo menos valioso que tenemos, porque el alma, al ser espiritual, es de mucho mayor valor, y al analizar su composición y sus funciones –entender, amar, elegir-, lo único que cabe es la admiración, por la hermosura del alma. Y de inmediato, la contemplación, tanto del cuerpo como del alma, elevan el pensamiento y el corazón a Dios, que es su Creador, que creó al hombre a su imagen y semejanza, y en esa elevación del pensamiento y del corazón, sólo cabe la gratitud por habernos creado superiores a los animales, semejantes a los ángeles por el alma, y semejantes a Él por la capacidad de pensar, amar y elegir. Es aquí cuando se entiende la tercera parte del Primer Mandamiento: “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo”. El amor a nosotros mismos se demuestra con el cuidado del cuerpo y del alma, manteniendo la pureza, tanto de uno como de otro.




[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 55.