domingo, 18 de junio de 2017

¿Qué celebramos en Corpus Christi?


En el origen de la Solemnidad de Corpus Christi, se encuentra un milagro eucarístico, llamado “Milagro de Bolsena”, sucedido a un sacerdote que tenía dudas sobre la Presencia real de Jesús en la Eucaristía.
         Antes de reflexionar sobre el milagro, debemos recordar que la Iglesia enseña, desde los tiempos apostólicos, que la Última Cena, que fue la Primera Misa, Jesús convirtió el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre, por las palabras de la consagración. Estas palabras –Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre- producen un cambio substancial en las ofrendas eucarísticas, de modo que toda la substancia del pan se convierte en el Cuerpo de Cristo y toda la substancia del vino se convierte en la Sangre de Cristo.
         Si bien este milagro sucede de modo invisible e insensible –no lo podemos captar por los sentidos corporales-, no significa que no suceda o que no sea real. Por el contrario, el cambio es tan real, que se produce una conversión de la substancias del pan y del vino, en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, respectivamente, llamándose a esta conversión de las substancias, “transubstanciación”.
         Esto es lo que la Iglesia enseña, desde los tiempos apostólicos, sobre la Eucaristía, y lo enseña a los niños, en el Catecismo de Primera Comunión.
         Lo que sucede es que, antes, durante y después de la transubstanciación, todo parece igual, ya que a la razón y a los sentidos, parece que nada cambia y que el pan sigue siendo pan y el vino sigue siendo vino. Por eso muchos católicos cometen el gravísimo error, precisamente, de no creer en lo que la Iglesia enseña y, como a los sentidos del cuerpo todo sigue igual en apariencia –antes, durante y después de la consagración-, entonces piensan como evangelistas, siendo católicos: en la Eucaristía no está el Cuerpo de Jesús, sino que es un pedacito de pan bendecido y nada más.
         Esta duda de fe es la que tenía un sacerdote, Pedro de Praga, cuando al celebrar la Santa Misa, en el año 1264, fue testigo del más grandioso milagro eucarístico que jamás haya sucedido en la Iglesia. Luego de pronunciar las palabras de la consagración –“Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”-, y cuando aún sostenía la Eucaristía entre sus dedos pulgar e índice de ambas manos, la parte de la Eucaristía que estaba en contacto con sus dedos, continuó teniendo apariencia de pan, mientras que resto de la Eucaristía, se convirtió en músculo cardíaco vivo y, por lo tanto, sangrante. Era tanta la sangre, que además de empapar sus manos, cayó en el corporal, manchándolo, y cayó también en el piso de mármol, impregnándolo. A partir de entonces, el Papa Urbano IV ordenó que en toda la Iglesia se celebrara la Solemnidad de Corpus Christi, en recuerdo de este fabuloso milagro eucarístico.
         El milagro confirmó, visiblemente, sensiblemente, lo que la Iglesia enseña acerca de la Misa: que por las palabras de la consagración y en virtud del poder divino de Jesús Sacerdote Sumo y Eterno que obra el milagro llamado “transubstanciación”, la substancia del pan se convierte en su Cuerpo, de modo que ya no hay más pan, sino su Cuerpo, y el vino se convierte en su Sangre Preciosísima, de modo que en el cáliz ya no hay más vino, sino la Sangre de su Sagrado Corazón.
         Lo que sucede invisiblemente e insensiblemente en cada Santa Misa, sucedió de modo visible y sensible en el milagro eucarístico de Bolsena, y esto sucedió no solo para que la fe del sacerdote Pedro de Praga se fortaleciera, sino también para que nuestra fe en la Eucaristía se fortalezca. Es por esto que no es necesario que Dios repita el milagro de Bolsena, porque el milagro sucede, invisiblemente, sin poder ser captado por los sentidos, en cada Santa Misa.
         Lamentablemente, muchos católicos, al pensar que todo sigue igual, antes, durante y después de la consagración, no creen en la Presencia real, verdadera y substancial de Jesús en la Eucaristía, perdiéndose así un tesoro espiritual de valor incalculable, abandonando la Misa por pasatiempos humanos.

         Al recordar el milagro eucarístico de Bolsena, pidamos a Nuestra Señora de la Eucaristía fortalecer nuestra fe en la Presencia real, verdadera y substancial de Jesús en la Eucaristía, para recibir al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, comulgando en gracia y luego de una buena confesión, con todo el amor del que seamos capaces, puesto que si Jesús obra el milagro de convertir el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre, es únicamente para darnos todo el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico.

jueves, 8 de junio de 2017

El joven y su relación con Dios Uno y Trino (I)


Sabemos, por la razón, que Dios es Uno, porque al ver la Creación, nos damos cuenta que su perfección científica y su hermosura increíble no pueden haber salido de la nada, sino que deben haber sido ideadas por un Ser infinitamente Sabio y Bello y, además, Omnipotente. Pero lo que no podemos saber es cómo es ese Dios en sí mismo, porque la naturaleza de Dios está tan por encima de la nuestra, que es como tratar de iluminar el sol con un fósforo encendido: el fósforo encendido es nuestra razón, y el sol es Dios. Los católicos sabemos que Dios es Uno y Trino, pero no porque eso se pueda deducir ni comprender, sino porque Jesús, que es el Hijo de Dios encarnado, nos lo reveló en las Sagradas Escrituras, más específicamente, en el Nuevo Testamento, y si Él no nos hubiera revelado, no sabríamos cómo es Dios en sí mismo. Es decir, podríamos saber que Dios es Uno, que es infinitamente Sabio, Bueno y Omnipotente, pero no podríamos saber que en Dios hay Tres Personas –el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo-, pero que no hay tres dioses, sino un solo Dios, tal como nos reveló Jesús. Dios es Uno en naturaleza y Trino en Personas; en el hombre, a la naturaleza le corresponde una persona y no tres, como a Dios: si en una habitación hay tres personas, están presentes tres naturalezas humanas; si sólo está una naturaleza presente, hay una sola persona. Por este motivo es que, cuando tratamos de pensar en Dios como Tres Personas con una y la misma naturaleza, no lo podemos entender[1].
Esto es lo que se llama “misterios de fe” y a esto se refiere el Misal cuando al comenzar la Misa, pedimos perdón de nuestros pecados, para poder participar, por la gracia y sin pecados, dignamente, de los “misterios” divinos[2], y lo sabemos porque, como dijimos, no es que seamos capaces de deducirlo con nuestra razón, sino que fue Jesús quien nos lo reveló, y Jesús, siendo Dios, es Veraz y no puede mentir ni engañar, porque en Él no hay mentira ni engaño alguno.
Y lo que debemos saber es que tampoco, ni siquiera una vez revelado, podemos entender cómo es que hay Tres Personas distintas en Dios y sigue siendo un solo Dios Verdadero en Tres Personas. Es decir, incluso después que Jesús nos enseña que Dios es Uno y Trino, no podemos entender cómo es que puede ser Dios Uno y a la vez Trino en Personas[3]. Para poder entender la incapacidad de nuestra mente para poder abarcar el misterio de la Trinidad, conviene recordar un episodio de la vida de uno de los más grandes santos, San Agustín de Hipona (354 – 430): el santo un día paseaba por la playa mientras iba reflexionando sobre el misterio de la Santísima Trinidad tratando de comprender, solo con su razón, cómo era posible que Tres Personas distintas (Padre, Hijo y Espíritu Santo) pudieran constituir un único Dios. Mientras caminaba y pensaba, se encontró con un niñito que había excavado un pequeño pozo en la arena y trataba de llenarlo con agua del mar. El niñito corría hacia el mar y recogía un poquito de agua en una cuenca marina. Después regresaba corriendo a verter el líquido en el hueco, repitiendo esto una y otra vez. Esta actitud llamó la atención del santo, quien lleno de curiosidad le preguntó al niño qué era lo que estaba haciendo: “Intento meter toda el agua del océano en este pozo”, le respondió el niñito. “Pero eso es imposible –dijo San Agustín–, ¿cómo piensas meter toda el agua del océano que es tan inmenso en un pozo tan pequeñito?”. “Al igual que tú, que pretendes comprender con tu mente finita el misterio de Dios que es infinito…”. Y en ese instante el niñito desapareció. Ese niñito era su Ángel de la Guarda, que venía a auxiliarlo en su esfuerzo por conocer y amar a Dios Uno y Trino. Nuestra mente, entonces, es como un pequeño pozo excavado en la arena; Dios, en el misterio de la unidad de su Naturaleza y la diversidad de las Tres Divinas Personas, es el océano. Así como es imposible meter el océano en el pequeño pozo, así también es imposible comprender, para nuestra pobre razón, cómo es que Dios es Uno en naturaleza y Trino en Personas, y no hay en Él tres dioses, sino Un solo Dios Verdadero y Tres Personas distintas.
Ahora bien, esto último no importa –el tratar de saber cómo es que Dios es Uno y Trino, y no tres dioses distintos-; lo que importa es saber que Dios es Uno y Trino, es decir, que en Él hay Tres Personas distintas, porque eso determina nuestra Fe y nuestra relación con Dios, porque nos relacionamos con un solo Dios, en el cual hay Tres Personas: Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo. En otras palabras, al saber que en Dios Uno hay Tres Personas, sabemos que podemos relacionarnos de modo distinto con cada una de las Tres Divinas Personas: podemos dirigirnos –con el pensamiento y el amor- a cada una de las Tres Divinas Personas por separado, ya sea Dios Padre, o Dios Hijo, o Dios Espíritu Santo, o a las Tres Personas Divinas a la vez, que es cuando nos dirigimos a Dios Uno y Trino.




[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Argentina 2012, 38.
[2] Cfr. Trese, La Fe explicada, 39.
[3] Cfr. ibidem, 39.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Pentecostés


         Suele suceder que se asocia Pentecostés con expresiones que no se condicen con el misterio que este significa. Por ejemplo, se piensa que Pentecostés es sinónimo de efusión sentimentalista, de alegría un tanto forzada, o el poseer don de lenguas, o algún otro “carisma” que, se supone, es suscitado por el Espíritu Santo. Se asocia a Pentecostés con un sentimiento de alegría, y si esa alegría externa, superficial, no está, entonces no está el Espíritu Santo, o también se lo asocia, como vemos, con carismas diversos.
         Sin embargo, nada de esto tiene que ver, realmente, con Pentecostés, ya que el Espíritu Santo obrará a un nivel mucho más profundo que la sensibilidad, obrará sobre la inteligencia y sobre los corazones. Para saber propiamente de qué se trata Pentecostés, es necesario recordar las palabras de Jesús acerca de la misión del Espíritu Santo que Él efundirá, junto al Padre, luego de atravesar su misterio pascual de muerte y resurrección y ascender glorioso a los cielos. Desde allí, junto al Padre, soplará el Espíritu Santo sobre los Apóstoles, es decir, sobre la Iglesia naciente, y el Espíritu Santo ejercerá sobre los miembros de la Iglesia una función mnemotécnica, de recuerdo, de memoria: “Cuando venga el Paráclito, les enseñará y les recordará todo lo que les he dicho” (cfr. Jn 14, 26). También actuará sobre la inteligencia, enseñando la Verdad sobre Jesús: “Y cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, los guiará en todos los caminos de la verdad” (Jn 16, 13); “El Paráclito les dirá dónde está el pecado, la justicia y el juicio” (Jn 16, 5-11). Es decir, los discípulos se entristecen al saber que Jesús ha de partir “a la Casa del Padre”, pero Él les dice que “les conviene” que lo haga para que Él envíe el Espíritu Santo y cuando lo envíe junto al Padre –Él es el Hombre-Dios y Él, en cuanto Hombre y en cuanto Dios espira, junto al Padre, el Espíritu Santo-, el Espíritu Santo acusará al mundo acerca del pecado, la justicia y el juicio. Lo acusará del pecado, porque le hará ver que todo lo malo contrasta con la Bondad del Mesías y así les hará ver a los judíos que fueron incrédulos y cometieron pecado de incredulidad, convirtiéndose luego, en Pentecostés, tres mil judíos (Hch 2, 37-41); el Espíritu dará testimonio de justicia, porque iluminará las almas y les hará ver que Jesús no solo no era un delincuente, como fue injustamente acusado y tratado, sino el Cordero Inmaculado, sin mancha; por último, en cuanto al juicio, el Espíritu Santo hará ver que, en la lucha entre Cristo y el Demonio, ha vencido Cristo Jesús de una vez y para siempre en la cruz, aun cuando a los ojos humanos y sin fe, la cruz aparezca como símbolo de derrota, y la prueba de que la cruz es triunfo divino, es la destrucción de la idolatría y la expulsión de los demonios de los poseídos[2] (Hch 8, 7; 16, 18, 19, 12), allí donde se implanta la cruz. “El Paráclito les dirá dónde está el pecado, la justicia y el juicio”. El Espíritu Santo es el Espíritu de la Verdad; en Él no solo no hay engaño, sino que Él es la Verdad divina y es a Él a quien hay que implorar que nos ilumine, para caminar siempre guiados bajo la luz trinitaria de Dios, porque si no nos ilumina el Espíritu Santo, indefectiblemente, antes o después, somos envueltos por las tinieblas de nuestra razón y por las tinieblas del infierno, y ambas tinieblas nos envuelven en el pecado, en la injusticia, y en el juicio inicuo.
         El Espíritu Santo, en Pentecostés, “dará testimonio de Jesús”: “Cuando venga el Paráclito, el Espíritu que Yo les enviaré desde el Padre, dará testimonio de Mí” (Jn 15 26- 16, 6. 4). Luego de morir en la cruz y resucitar, Jesús ascenderá al cielo y desde allí enviará, junto al Padre, al Paráclito, al Espíritu Santo, el Espíritu de la Verdad, que “dará testimonio de Jesús”. Esto será de vital importancia para la Iglesia de Jesucristo, sobre todo hacia el final de los tiempos, cuando surja el Anticristo, porque el Anticristo se presentará con toda clase de engaños y de falsos milagros, que confundirán incluso a los elegidos. El Anticristo engañará de tal forma a los hombres, que todos creerán que es Cristo, y cuando se manifieste, modificará la ley de Cristo y los Mandamientos acomodándolos a las necesidades y conveniencias de los hombres y lo hará de tal manera, que todos estarán convencidos que es el mismo Cristo en Persona quien lo está haciendo. Es por esto que la función del Espíritu Santo, enviado por Cristo y el Padre, el Espíritu de la Verdad, será la de iluminar las conciencias del pequeño rebaño remanente, el cual de esta forma será preservado del engañado y será advertido acerca del Falso Profeta, del Anticristo y de la Bestia, quienes tomarán posesión de la Iglesia de Cristo. Solo quienes estén en gracia, estarán inhabitados por el Espíritu Santo y solo quienes estén inhabitados por el Espíritu Santo, serán capaces de advertir el engaño, pero así mismo, serán, como dice Jesús, “echados de las sinagogas”, es decir, de las Iglesias, e incluso, serán perseguidos a muerte, y los que les den muerte, creerán dar “culto a Dios” con sus muertes, porque pensarán que están dando muerte a apóstatas, cuando en realidad, estarán dando muerte a mártires, a los verdaderos seguidores y adoradores del Cordero de Dios. “Cuando venga el Paráclito, el Espíritu que Yo les enviaré desde el Padre, dará testimonio de Mí”. El mundo contemporáneo vive en las tinieblas, unas tinieblas que amenazan a la Iglesia y que por alguna grieta ha entrado en la Iglesia, según la denuncia del futuro beato Pablo VI: “A través de una grieta, ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios”. A estas densas y siniestras tinieblas vivientes del Infierno, que impiden la visión de Dios a las almas, solo las pueden vencer la Luz Increada del Espíritu Santo, el Paráclito, enviado por el Padre y el Hijo.
Por último, actuará también sobre los corazones, encendiéndolos en el Amor de Dios, como a los discípulos de Emaús: “¿No ardían nuestros corazones cuando nos explicaba las Escrituras?”. Se trata entonces Pentecostés de una acción del Espíritu Santo que obra en lo más profundo del ser y sobre las facultades operativas del hombre, la inteligencia y la voluntad, y también sobre la memoria.
         Ahora bien, no obra según la naturaleza humana, sino según la naturaleza divina, porque el Espíritu Santo es la Tercera Persona de la Trinidad. Esto quiere decir que el Espíritu Santo obrará al modo de Dios, al modo de la naturaleza divina, y no según la naturaleza humana. Es importante tener en cuenta esta distinción, porque sólo así se puede entender cómo y qué obrará el Espíritu Santo. Lo que hará el Espíritu Santo es comunicar la gracia santificante, que permite que el ser humano participe de la naturaleza divina, lo cual significa que el alma se vuelve capaz de conocer –dentro del conocer está el recordar-, de amar y también de obrar según Dios se conoce y se ama a sí mismo, y de obrar según Dios obra, y esto es lo que sucede con los santos.
         El conocimiento que dará el Espíritu Santo es celestial, sobrenatural, y permitirá ver a Jesús, no según los límites estrechos de nuestra razón, sino según Dios mismo lo conoce, y permitirá amar a Jesús, no según los estrechos límites de nuestro amor, sino como Dios mismo lo ama. Y en esto están comprendidas las funciones de memoria y de Verdad: recordará los milagros de Jesús, por ejemplo, y dirá la verdad acerca de ellos: que manifiestan a Jesús como Dios Hijo, y no como un simple hombre. El Espíritu Santo permitirá reconocer a Jesús como el Hombre-Dios, como el Cordero de Dios, que está en la Eucaristía, y que viene al alma para donarse a sí mismo con su substancia y su Ser divino trinitario, y no como un mero pan bendecido. En síntesis, el Espíritu Santo hará conocer a Jesucristo en su misterio sobrenatural absoluto, esto es, como Dios Hijo encarnado en el seno de María Virgen, por obra del Amor de Dios y no por obra humana, y que luego de cumplir su misterio pascual de muerte y resurrección y ascender a los cielos, permanece y permanecerá, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en la Eucaristía, hasta el fin de los tiempos, para cumplir su promesa de estar con nosotros “todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Este conocimiento y este amor de Jesucristo no serán, como hemos dicho, según nuestro modo de conocer y amar, sino que serán un conocimiento y un amor completamente nuevos y desconocidos, porque serán el conocimiento y el Amor de Dios Uno y Trino, conocimiento y amor, por otra parte, imposibles totalmente de ser adquiridos y vividos, sino son infundidos por el Espíritu Santo, porque pertenecen al Espíritu de Dios y no al espíritu humano.
        


jueves, 25 de mayo de 2017

¿Quién es Dios y cómo se lo puede conocer?


         Ante todo, veamos que NO es Dios: Dios NO es una idea, en el sentido de que la idea es algo que sólo existe en mi pensamiento, pero no en la realidad. Tampoco es algo material, porque es Espíritu Puro[1]. Si fuera algo material, todo lo material, formado por átomos –núcleos, protones, electrones-, termina por corromperse o destruirse, por lo que Dios no puede ser materia, sino espíritu, ya que el espíritu, por definición, no tiene partes y no tiene nada que pueda romperse, separarse, corromperse. Es una substancia espiritual simple, lo cual quiere decir inmortal, que no muere nunca, pero es una substancia espiritual perfectísima, porque Dios es Espíritu Puro Perfectísimo. También los ángeles son substancias espirituales y también nuestras almas son substancias espirituales, pero tanto en los ángeles como en nosotros, nuestros espíritus son inmortales, pero comenzaron a existir en algún momento –además, en nuestro caso, nuestro espíritu está unido a la materia, el cuerpo, que sí puede corromperse y separarse en sus componentes materiales en el momento de la muerte-, lo cual no se da en el caso de Dios, puesto que Él ES desde siempre, y será siempre, sin que nadie le haya dado la vida y la existencia, y sin que nadie se la pueda quitar jamás. Entonces esta es una primera aproximación a nuestra pregunta de quién es Dios: es Espíritu Purísimo, Perfectísimo –infinitamente perfecto, dice el Catecismo- y como tal, Inmortal e Invisible. Todo lo que es bueno, deseable o valioso, se encuentra en Dios en forma ilimitada. De Dios depende todo lo bueno, verdadero y hermoso que hay en la Creación: un paisaje hermoso, es participación de su hermosura infinita; una verdad, es participación de su condición de ser Él la Verdad en sí misma; lo bueno que hay en las personas o en las cosas, es una participación a la Bondad en sí misma que es Dios.
El mal que existe, no fue creado por Dios, sino que se origina en el pecado, que nace en el corazón del hombre, y en el Diablo, por “cuya envidia entró la muerte en el mundo”.
Dios todo lo conoce y lo sabe, y conoce nuestros pensamientos antes de que los formulemos, y conoce también nuestros deseos, antes de que salgan de nuestros corazones, porque es la Sabiduría en sí misma. Con su Sabiduría infinita, Él creó el mundo con perfección científica, y creó también la mente humana que puede estudiar las cosas con perfección científica, por eso es que no hay contradicción entre ser científico y creer en Dios. Dios creó las cosas con hermosura, y es por eso que el artista puede reflejar, en sus obras, esa chispa de la hermosura divina que es la Creación, y es la razón por la cual no hay contradicción entre ser artista y creer en Dios. Dios es la Causa Primera de todo lo creado, y sin Él, nada de lo creado puede explicarse: así como si vemos una torta de chocolate en la mesa, no decimos que “salió de la nada”, sino que sabemos que fue un repostero el que la hizo, así también con el mundo creado, visible e invisible: es imposible que “salga de la nada” algo que está hecho con tanta precisión científica y, al mismo tiempo, con hermosura. Esta es la razón por la cual podemos conocer a Dios mediante la Naturaleza, porque la Naturaleza nos refleja la infinita Sabiduría y el infinito Amor de Dios, que es su Creador.
Dios está en todas partes, en todo el universo, porque en todas las cosas está sosteniéndolas en el ser con su poder divino; si Dios no las sostendría, desaparecerían en el acto. Si una nave espacial viajara miles de millones de años luz y llegara a un planeta lejanísimo, Dios estaría Todo ahí, porque Dios está Todo Él en todas partes.
Dios es también omnipotente, es decir, infinitamente poderoso, pero eso no quiere decir que pueda hacer cosas sin sentido o irracionales, como por ejemplo, un círculo cuadrado, y tampoco puede hacer el mal, es decir, no puede pecar, porque el pecado es malicia y Dios es la Bondad Increada e infinita en sí misma; es la santidad Increada en sí misma, y sin Él, nada es santo ni bueno.
Por último, Dios es Misericordioso, y esto quiere decir que no hay ningún pecado que Dios no perdone, a condición de que el hombre se arrepienta de su pecado, y esto porque además de ser Misericordioso, es infinitamente Justo, y sería injusto si alguien, cometiendo un pecado, no quisiera arrepentirse del mal realizado y Él lo mismo lo perdonara: le estaría dando a esa persona algo que esa persona no quiere, y es el perdón.
Todo esto es lo que queremos decir cuando decimos que “Dios es un espíritu infinitamente perfecto”[2].



[1] Cfr. Leo J. Trese, La fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 31-37.
[2] Cfr. Trese, ibidem.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Jesús es la luz de nuestras almas


Jesús es “la luz del mundo” (cfr. Jn 8, 12), y sin Él, sólo somos tinieblas y oscuridad y vivimos envueltos en “tinieblas y en oscuridad de muerte” (cfr. Lc 1, 68-79). La oscuridad, las tinieblas, son una figura de cómo es el alma por sí misma, si no tiene la gracia de Dios en el alma. En el cielo, Jesús alumbra a los ángeles y santos con la luz de su gloria, porque Él es el Cordero, que es “la Lámpara de la Jerusalén celestial” (cfr. Ap 21, 1-22); en la tierra, nos ilumina en la Iglesia con la luz de la Fe, de la Verdad y de la Gracia. Esto quiere decir que si no tenemos Fe, si no seguimos la Verdad del Credo y si no vivimos en gracia, estamos en oscuridad espiritual y somos hijos de las tinieblas.
         Jesús nos hace nacer a una nueva vida, la vida de la gracia, por medio del Bautismo. Nos libra de la esclavitud del Demonio, nos quita el pecado original y nos hace ser hijos adoptivos de Dios por medio del Bautismo sacramental. Si no recibimos el Bautismo, vivimos bajo el dominio del Demonio, conservamos el pecado original y no somos hijos de Dios. Si recibimos el Bautismo, debemos ser fieles a la gracia recibida y comportarnos como hijos de Dios, como hijos de la Luz, y no de las tinieblas.

         Cuando nos bautizaron, fueron nuestros padres y padrinos quienes proclamaron, en nombre nuestro, nuestro rechazo al Demonio y a sus obras de malicia, además de profesar la fe en Jesucristo como Hombre-Dios y como nuestro Salvador. Ahora, cuando ya somos mayores y tenemos uso de razón, debemos, por nosotros mismos, proclamar que nada queremos tener que ver con el Demonio y sus obras –malicia, venganza, superstición, pereza, discordia-, y que sí queremos, con toda la fuerza de nuestro corazón, ser hijos de la Luz y comportarnos como tales, llevando los Mandamientos de Dios en el corazón y la mente y buscando siempre de cumplirlos, evitando el pecado, no tanto por temor al castigo, sino por el verdadero temor de Dios, que es amar tanto a Dios en su Bondad, que no queremos provocarle un disgusto por medio del pecado. Por medio del Bautismo, hemos “nacido de nuevo”, por el agua y el Espíritu, a la vida de los hijos de la luz; esforcémonos, por lo tanto, en evitar las obras de la oscuridad y en vivir como hijos de Dios. 

miércoles, 17 de mayo de 2017

El sentido de la vida


         Muchas veces podemos preguntarnos cuál es el sentido de la vida, para qué estamos, quién nos puso aquí, qué caminos debemos tomar. Hay algo que nos guía y que está a la base de esta pregunta, y es el deseo de felicidad que todos tenemos. Es decir, en esta búsqueda del sentido de la vida, muchas veces nos guía el deseo de felicidad que todos tenemos, un deseo que, si no lo sabemos encauzar, nos conduce a un lugar en el que no solo perdemos el sentido de la vida, sino también la felicidad misma.
         Imaginemos que un joven va caminando por un sendero, que tiene mucha vegetación a ambos lados. El joven quiere llegar a un lugar en donde verdaderamente pueda descansar después de una larga jornada de caminata. En un momento determinado, el sendero se bifurca y se divide en dos senderos: uno, cuesta arriba, y otro, cuesta abajo. El sendero de la derecha, que es cuesta arriba, es fatigoso de seguir, la caminata se hace más ardua todavía porque es en subida, aumentan la sed, el hambre, la fatiga. El sendero de la izquierda, por el contrario, se hace bien espacioso, se vuelve en bajada, por lo que no hay que hacer esfuerzo, y a cada rato se encuentran árboles frutales que permiten saciar el hambre y calmar la sed. El sendero empinado termina en una cima que luego da lugar a un valle, todo cubierto de césped, por donde corre agua cristalina; el cielo está despejado, no hay ni una sola nube, el sol está espléndido y, oh sorpresa, están todos los seres queridos.
         El sendero de la izquierda, por el contrario, desemboca en un bosque con árboles frondosos y copas muy tupidas y tan entrelazadas entre sí, que no dejan entrar la luz del sol. Además, en poco tiempo oscurece, y comienzan a escucharse los rugidos de las fieras salvajes, como el oso, el león, el tigre, que se escuchan muy cercanos y, por lo tanto, se muestran amenazantes; se escuchan también los silbidos de las serpientes venenosas, los chistidos de búhos y lechuzas y, con la noche, empiezan a salir arañas venenosas del tamaño de un pequeño animal. Por otra parte, estamos solos, sin nuestros seres queridos, y hace mucho frío.

         El sendero de la derecha es el sendero de la Fe Católica; el sendero de la izquierda, es el sendero del ateísmo. El sendero de la derecha satisface nuestra sed de felicidad y da así sentido a la vida; el sendero de la izquierda, nos hunde en la tristeza y la angustia y nos hace perder el sentido de la vida.

viernes, 12 de mayo de 2017

El significado sobrenatural del Sacramento del Matrimonio


Santos Mártires Timoteo y Maura, jóvenes esposos.

         ¿Por qué el matrimonio católico está en crisis? ¿Por qué cada vez menos jóvenes eligen el concubinato en vez de casarse por la Iglesia? ¿Por qué los matrimonios válidamente contraídos, duran cada vez menos? ¿Por qué hay tantos divorcios y separaciones entre los esposos católicos?
         Podemos responder a todas estas preguntas con una sola respuesta: porque los mismos católicos no comprenden el significado sobrenatural del Sacramento del Matrimonio.
         Es decir, la respuesta no está en la sociedad secularizada, que ensalza el concubinato, la convivencia pre-matrimonial, la separación, la infidelidad, las relaciones extra-conyugales, como algo bueno, cuando en realidad es algo malo. No es que la sociedad se haya mundanizado, porque la sociedad siempre ha sido mundana; lo que sucede es que los católicos no aprecian las fuentes de santidad, como el Sacramento del Matrimonio, que poseen como tesoros celestiales y es por eso que, en vez de santificar al mundo, se mundanizan con el mundo y mundanizan a la Iglesia. Es decir, los esposos católicos, en vez de santificarse con el Sacramento del Matrimonio, lo dejan de lado y se mundanizan con los conceptos y los puntos de vista del mundo y no los de la Iglesia.

         Para saber de qué manera es que los católicos se están mundanizando, es necesario que consideremos brevemente en qué consiste el Sacramento del Matrimonio. Para ello, consideremos a un matrimonio que está antes de todo matrimonio humano: el matrimonio u desposorio místico entre Cristo Esposo y la Iglesia Esposa, pues en este celestial connubio, se injertan los esposos cristianos, así como un sarmiento se injerta en una vid. Y una vez injertados en este celestial y místico matrimonio, el de Cristo Esposo y la Iglesia Esposa, participan de sus mismas características y es así como las características del matrimonio católico –unidad, indisolubilidad, fecundidad-, se derivan de esta celestial unión, y de esta celestial unión toman sus características. Además, reciben de la unión esponsal Cristo-Iglesia el Amor de Dios que une a Cristo con su Esposa, y con Él, todas las gracias que necesitan para superar, con creces, todas las dificultades, pruebas, tribulaciones, que pudieran sobrevenir, y esto por fuerte que pudieran ser. Cuando un matrimonio entra en crisis, es porque no se ha acudido a la Fuente de la gracia sacramental en la que el matrimonio de los esposos terrenos está injertado, y es la unión esponsal entre Cristo y la Iglesia. Los problemas surgen cuando los esposos terrenos dejan de lado esta consideración sobrenatural y se mundanizan, viviendo su propio matrimonio no como el misterio de la inserción en la unión esponsal Cristo-Iglesia, sino como un matrimonio natural más. Y así, el matrimonio natural no tiene fuerzas suficientes para superar las tribulaciones, con lo que los problemas, los desencuentros, las tribulaciones y las pruebas, enfrentados con las solas fuerzas naturales de los esposos, terminan por hacer naufragar al matrimonio. Y todas las formas de convivencia pre-matrimonial, convivencia concubinaria, relaciones extra-matrimoniales, bigamia, poligamia, etc., se derivan de este mismo mal: el naturalismo racionalista de los novios y esposos católicos que son católicos sólo de nombre, porque en la práctica, abandonan los misterios sobrenaturales del Hombre-Dios y de la Iglesia, Esposa Mística del Cordero, para vivir como paganos.

jueves, 11 de mayo de 2017

La virtud de la Fe divina y sobrenatural en Jesucristo, el Hombre-Dios


         La fe es “creer en lo que no se ve” (cfr. Heb 11, 1), pero no es un creer ciego, en cosas que no existen o que no son de Dios: la verdadera fe, la fe cristiana, es creer en Jesús como Señor (1 Cor 12, 3), es decir, como Dios. Esto implica el abandonar los ídolos –mundo, dinero, fama, poder, etc.- y confesar que Dios es Uno y Trino, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que el Hijo es quien se ha encarnado, ha muerto en cruz, ha resucitado y, si bien ha subido a los cielos, está sin embargo, con su Cuerpo glorioso y resucitado, en la Eucaristía, y vivir según el bautismo y los mandatos de Jesucristo, pero no de cualquier Jesucristo, sino el de la Iglesia Católica.
         Para esta fe, se necesita la luz de la gracia, porque solo con la luz de la gracia el alma se hace partícipe de la naturaleza divina, lo cual significa que, solo por la gracia, el alma puede conocer y amar como Dios se conoce y se ama a sí mismo y solo con la luz de la gracia podemos conocer los misterios de Jesucristo.
         Para darnos una idea de lo que decimos, imaginemos lo siguiente: supongamos que queremos investigar cómo es el sol, y para ello, contamos con una lupa, o mejor, con un telescopio, es decir, con una lente de aumento que lo que hace es aumentar algo el tamaño de los objetos lejanos para para poder apreciarlos un poco mejor. Si enfocamos el sol con este telescopio, veremos el sol un poco más grande, y tal vez descubriremos cosas que a simple vista no las vemos. Pero, de todos modos, seguiríamos viviendo en la tierra, y nuestro conocimiento del sol sería muy limitado, porque sólo lo veríamos un poco aumentado y nada más. Supongamos que, por algo desconocido, nos hiciéramos parte del sol, sin dejar de ser lo que somos, y fuéramos elevados hasta el interior mismo del sol; puesto que somos parte del sol, no nos quemamos, y como también somos parte del sol, podemos saber cómo es el sol en su interior. El conocimiento que tendríamos del sol, en este segundo caso, sería mucho mayor y mejor que el conocerlo con una lente aumentada desde la tierra.
         Pues bien, algo similar sucede con nuestra mente y Dios, en la fe: con la sola razón, conocemos a Dios como Uno, y es como conocer el sol con la lente aumentada; con la gracia, conocemos a Dios como Dios se conoce a sí mismo y lo amamos como se ama a sí mismo y esto es como conocer al sol siendo parte del sol y esto es así porque por la gracia, Dios nos adopta como hijos y nos da su propia naturaleza. De igual manera, solo con la luz de la gracia, podemos conocer los misterios absolutos de Jesucristo: que es la Segunda Persona de la Trinidad y no un hombre más; que se encarnó en el seno de María Virgen; que padeció y murió en la cruz; que resucitó, ascendió al cielo y está sentado a la derecha del Padre y, por último, que está en la Eucaristía, con su Cuerpo vivo y glorioso, resucitado, para acompañarnos todos los días, hasta el fin del mundo, para aliviar nuestras penas y dolores y para darnos de su paz y alegría: “Venid a Mí todos los que estáis afligidos y agobiados, y Yo os aliviaré”; “Os doy mi paz, no como la da el mundo”.

         Esta virtud de la Fe, con la cual podemos conocer y amar a Dios como Él se conoce y ama, y con la cual podemos conocer los misterios de Jesucristo, el Hombre-Dios, la hemos recibido en el Bautismo, pero es necesario acrecentarla con la oración y con la misericordia, además de pedir siempre, en la oración, la gracia de perseverar, hasta el fin, en la fe y en las buenas obras.

viernes, 5 de mayo de 2017

La perversión de la idea del trabajo en nuestra sociedad y la posición de la Iglesia respecto al mismo


         En nuestros días, la idea del trabajo se desvirtuado o mejor pervertido en dos sentidos, por defecto y por exceso, si así se puede decir. Por defecto, porque la sociedad, a través de los medios de comunicación, inculca una idea negativa del trabajo, entendido este como una actividad nociva, inútil, no necesaria para alcanzar la felicidad intramundana del hombre. En otras palabras, se inculca, a través de los medios, la idea de que el trabajo mejor es el que no se realiza. Esto se ve, por ejemplo, en programas en donde abunda la idea de la actividad mágica, en donde todo se realiza “mágicamente”, es decir, sin esfuerzo. Así, vemos series animadas de dibujitos para niños, series televisivas, películas, en donde abundan “magos buenos”, duendes, hadas –que en realidad son todos seres malignos-, que se encargan de hacer el trabajo en lugar de los hombres. Otro programa que induce esta idea perversa del trabajo es, por ejemplo, “Gran Hermano”.
         La otra perversión de la idea de trabajo, es la de realizar trabajos deshonestos, perversos, malos, porque lo que importa es obtener dinero, sin importar el medio utilizado para conseguirlo. Lo que importa es el fin, que es el dinero, sin importar los medios, olvidando el adagio moral que dice: “el fin no justifica los medios”. Así, hay quienes no dudan en traficar substancias prohibidas, o realizar abortos, o realizar actividades delictivas, con tal de que eso proporcione dinero.
         Se pervierte así el sentido del trabajo, o bien se lo desprecia, como algo inútil, que no sirve para la vida diaria.
         A estas perversiones, le podemos agregar una más, en clave ideológica marxista o neo-marxista, que toma al trabajo como instrumento para enfrentar de modo artificial a las clases, dividiéndolas entre patronos y proletarios, entre ricos y pobres, entre oprimidos y opresores. Esta visión es perversa porque infunde el odio entre las clases y lleva al enfrentamiento y a la división en la sociedad.
         Nada de esto forma parte de la idea y concepción del trabajo que tiene la Iglesia, que lo considera de una dignidad tan alta al trabajo honrado, que incluso Dios mismo se aplica a sí mismo la imagen del trabajador, en el Génesis, y Jesús también lo dice en el Evangelio: “Mi Padre trabaja y Yo también trabajo” (Jn 5, 17). El Padre adoptivo de Jesús, siendo el Padre de Dios Hijo y por lo tanto, teniendo a su disposición miles de ángeles para que hagan su trabajo, no lo hizo, y trabajó por el contrario ardua y duramente para sostener a la Sagrada Familia de Nazareth. Incluso, según una tradición, murió en ocasión del trabajo, al enfermar de neumonía por cumplir un encargo de carpintería.
         Para la Iglesia, el trabajo, además de dignificar al hombre, lo santifica, cuando es ofrecido a Cristo Dios en la Cruz, y así no hay trabajo más importante que otro –siempre que sea honrado- puesto que lo que cuenta es el amor con el que el trabajador lo ofrece a Cristo en la Cruz.
         Por último, la perfección forma parte del ser del cristiano, como dice Jesús: “Sed perfectos, como mi Padre es perfecto”, lo que significa que el trabajo debe ser realizado con la mayor perfección posible –aunque no salga perfecto- para así ofrecerlo a Dios, porque a Dios no se le ofrecen cosas mal hechas.

         Dios Padre, Dios Hijo, San José, son todos modelos de trabajadores para el joven que, por medio de un trabajo honrado –el estudio con dedicación también es una forma de trabajo- desea santificarse y agradar a Dios con su trabajo.

jueves, 27 de abril de 2017

El deseo innato de felicidad solo se satisface en Cristo Dios


         Un filósofo de la Antigüedad, llamado Aristóteles, afirmaba que todos los hombres nacemos con un deseo innato de felicidad, es decir, que todos los hombres, independientemente de la raza, el sexo, la posición social, todos, absolutamente todos, deseamos ser felices, y esto desde el momento mismo de ser concebidos. Es como un marca, invisible e indeleble, que está en nuestras almas y corazones, y nos acompaña desde la concepción hasta la muerte.
         Y esto, es verdad, porque verdaderamente es así, todos deseamos ser felices. El problema, dice otro gran filósofo, Padre de la Iglesia, San Agustín, es que buscamos la felicidad allí donde no podemos encontrarla nunca, porque en las cosas en las que la buscamos, no hay nada que pueda colmar el deseo de felicidad de nuestra alma.
         Por lo general, dice este gran santo, buscamos la felicidad en cosas materiales y terrenas: dinero, poder, placer, y eso porque tenemos un concepto equivocado de la felicidad. Creemos, y también el mundo nos hace creer eso, que la felicidad está en atiborrarnos de cosas materiales; creemos que la felicidad está en poseer dinero, poder, fama mundana; creemos que la felicidad está en la satisfacción de las pasiones y de los sentidos, y que cuanto más satisfacción se dé a estas pasiones y sentidos, más felicidad tendremos. Sin embargo, eso es un concepto erróneo de la felicidad, porque la felicidad, la verdadera, la duradera, no es material, ni está en las cosas materiales, ni se satisface con las cosas pasiones. La verdadera felicidad es espiritual y sólo se satisface con un bien espiritual: tratar de satisfacer nuestro deseo innato de felicidad, con cosas materiales, o con la satisfacción de las pasiones, es tan inútil como pretender llenar un abismo sin fondo, con un balde de arena.

         Nunca lograremos ser felices, si pensamos que la felicidad consiste en la satisfacción de los sentidos y de las pasiones con los bienes materiales. Lo único que puede colmar nuestro deseo inagotable e inextinguible de felicidad es un bien de valor infinito, y ese Bien de valor infinito se llama “Dios”, Ser Perfectísimo, Espíritu Puro, Bondad Increada, Amor infinito y eterno. Y, para nosotros, los católicos, Dios no está perdido en las nubes, sino que está en un lugar determinado: está en la Iglesia, en el sagrario, en la Eucaristía. Solo la Eucaristía, que es Dios de Amor infinito, es capaz de colmar nuestra infinita sed de felicidad.

jueves, 20 de abril de 2017

Los ídolos desaparecen, pero Jesús siempre está cuando lo necesitamos


         El mundo de hoy se caracteriza por presentarnos numerosos ídolos –de cine, de rock, de música, de fútbol-, a través de los medios de comunicación: televisión, internet, cine, espectáculos de todo tipo. Estos ídolos nos parecen muy cercanos y parecen estar con nosotros, porque siempre que se nos aparecen, a través de los medios de comunicación, están llenos de movimiento, de luces, de sonidos; parecen vivos y nos dan la sensación de que están al alcance de nuestra mano. Sin embargo, esto es un espejismo, porque cuando los necesitamos, esos ídolos desaparecen, porque son nada más que como un pensamiento que se desvanece, como un recuerdo de la memoria, que en un momento está, y después ya no está más. Los ídolos del mundo desaparecen, cuando más los necesitamos.
         Por el contrario, hay Alguien que, a diferencia de los ídolos, pareciera no estar, o estar dormido, porque no lo vemos, ni lo sentimos, pero siempre que lo necesitamos, está, y ese Alguien, que siempre está cuando lo necesitamos, es Jesús. Jesús no es un invento de la imaginación, no es un ser irreal, de fantasía; no es un personaje de alguna serie de televisión; no es una estrella de cine, ni de fútbol. Jesús es Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios; es el Hombre-Dios, que viene a nosotros como un Niño, para que no tengamos temor en acercarnos a Él; es Dios, que viene a nosotros como un hombre crucificado, para que no tengamos miedo en acercarnos a Él; es Dios, que se queda entre nosotros oculto, escondido, detrás de lo que parece ser un poco de pan, pero ya no es más pan, porque es Él, Cristo Jesús, en la Eucaristía. Jesús viene como Niño, como hombre crucificado, como Pan Vivo, para que no solo no tengamos miedo en acercarnos a Él, sino para que recibamos su Amor y para que le demos nuestro amor, poco o mucho, pero que le demos nuestro amor.

         Viene como un Niño recién nacido, para que le demos nuestro amor, así como se da cariño, afecto y amor paterno a un niño recién nacido; viene como un hombre crucificado, para que le tengamos compasión y nos acerquemos a Él y le demos nuestro Amor y recibamos el Amor de su Corazón traspasado por la lanza; se queda entre nosotros como si fuera pan, aunque no es un pan sin vida, como el pan de la mesa, sino que es el Pan Vivo bajado del cielo, que quiere entrar en nuestros corazones para darnos su Amor. Jesús no es como los ídolos del mundo, que desaparecen; Jesús está siempre cuando lo necesitamos y podemos y debemos acudir a Él, en todas las circunstancias de la vida, en las más alegres, para darle gracias; en las más tristes, para pedirle consuelo. Acudamos a Jesús, que está en la Cruz y en Persona en la Eucaristía, y nos daremos cuenta de que Él está vivo y resucitado y que nos ama y nos consuela y siempre, pero siempre, nos escucha y nos auxilia.

Es más importante aprender la Ciencia de la Cruz que la ciencia humana


         Estudiar y aprender lo que nos enseñan la escuela y el colegio, constituyen una de las actividades más importantes que puede realizar un niño y un joven y la razón es que estas actividades perfeccionan a la persona humana, al proporcionarles algo –el conocimiento- que antes no tenían. Este conocimiento aprendido les será luego muy útil en la vida, en su juventud y en su adultez, pues le permitirá no solo realizarse como persona, al ser capaz de interactuar en la familia y en la sociedad con mayor perfección, con mayor conocimiento, sino que también le proporcionará un camino para, ya sea seguir estudiando, o bien para encontrar un buen trabajo, con el cual poder, en el futuro, contraer matrimonio y formar una familia. En otros casos, el aprendizaje y el estudio son la base para posteriores estudios que pueden llegar a beneficiar a toda la sociedad, como sucede con los grandes descubrimientos, como por ejemplo, la penicilina, la estructura atómica, etc.
         Sin embargo, a pesar de todas estas ventajas de aprender la ciencia humana, hay una ciencia que es infinitamente superior y brinda un beneficio también infinitamente superior a la persona que se dedica a esta ciencia la cual, por otra parte, no es incompatible con el estudio de la ciencia humana. ¿Cuál es esta otra ciencia? La Ciencia de la Cruz, y la Maestra es la Virgen, y la Escuela es la Escuela del Espíritu Santo; el Libro en el que se estudia esta ciencia de la cruz, es Nuestro Señor Jesucristo crucificado. Las lecciones se aprenden, por un lado, contemplando a Jesús en la cruz, con sus clavos, su corona de espinas, su Costado traspasado, la Sangre y el Agua de su Corazón traspasado, sus heridas, su dolor y su Amor; esta ciencia se aprende además prestando mucha atención a las lecciones que nos imparte la Maestra, que es la Virgen, porque Ella más que nadie conoce todos los secretos celestiales que encierra su Hijo Jesús crucificado. Por último, se estudia en la Escuela del Espíritu Santo, que es también un Divino Maestro, que nos enseña esta ciencia, junto con la Virgen, sin palabras, en silencio, y en lo más profundo del corazón.

         ¿Y por qué decimos que esta ciencia da más beneficios que la ciencia humana? Porque la ciencia de la Cruz nos enseña cómo ganarnos, no la vida humana, sino la vida eterna, en el Reino de los cielos. Si queremos vivir en paz en esta vida, en medio de las tribulaciones, y si queremos ser felices en la eternidad, no descuidemos la Ciencia de la Cruz, y no pensemos que esta ciencia es menor que la ciencia humana, sino todo lo contrario. No nos dejemos engañar por el espíritu del mundo, que nos dice que la ciencia humana es lo único que importa. Sin dejar de estudiar la ciencia humana, que es importante, estudiemos y aprendamos la Ciencia de la Cruz, que es mucho más importante, porque nos ayuda a salvar el alma.

miércoles, 12 de abril de 2017

Qué es el Via Crucis


         “Via Crucis” significa: “Camino de la Cruz”, y es un ejercicio piadoso mediante el cual los cristianos recordamos la Pasión y Muerte de Nuestro Señor Jesucristo. Pero no solo recordamos, sino que, por el misterio del Espíritu Santo, que nos une a Él por la fe y el amor, en cierta manera, nos unimos a su Pasión, aunque estemos a siglos de distancia y a miles de kilómetros de donde se realizó, y además, participamos de esta Pasión del Señor.
         El sentido del Via Crucis no es, por lo tanto, un mero recuerdo piadoso, sino una verdadera unión, en el Amor de Dios, con Jesús, el Hombre-Dios, que por nuestra salvación, aceptó ser condenado injustamente a muerte, voluntariamente cargó la cruz, en la que llevaba nuestros pecados, para luego subir a ella y así lavar, con su Sangre que empapó la Cruz, nuestros pecados.
         El Via Crucis es así mucho más que un ejercicio piadoso, es acompañar a nuestro Redentor, por el Camino Real de la Cruz, cargando nuestra propia cruz, yendo tras sus pasos, como Él nos pide en el Evangelio: “El que quiera seguirme, niéguese a sí mismo, cargue su cruz y me siga”, lo cual quiere decir que en nuestra cruz, cargamos a nuestro hombre viejo, con todos sus pecados, con sus malas inclinaciones, con su concupiscencia, y vamos detrás de Jesús, para también nosotros subir con Él a la cruz en el Calvario y así dar muerte al hombre viejo, para nacer a la vida nueva de los hijos de Dios, la vida de la gracia.
         No es entonces un simple ejercicio piadoso, sino la participación, por el Amor de Dios y por la fe, del nacimiento del hombre nuevo, que nace al morir el hombre viejo en la cima del Monte Calvario, junto a Jesús.

         Realizar el Via Crucis significa entonces, morir al hombre viejo y sus pasiones, y esto se tiene que traducir en la vida cotidiana, en la vida de todos los días, en donde nuestros prójimos tienen que comprobar esto, por ellos mismos, no por discursos y sermones, sino por las buenas obras, las obras de misericordia, las obras de los hijos de la luz.

sábado, 8 de abril de 2017

Via Crucis para Jóvenes



ORACIÓN INICIAL

En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
R. Amen.
Por medio del Vía Crucis unimos nuestras almas, por la fe y el amor, a Jesucristo en su camino del Calvario, único camino al cielo. Como jóvenes, queremos unirnos a su Pasión redentora, cargando nuestra cruz de cada día y siguiéndolo por el Camino Real de la Cruz para que, participando de su Pasión redentora en esta vida, lo lo glorifiquemos y adoremos para siempre, en la eternidad.

I ESTACIÓN: Jesús es condenado a muerte
– Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. – Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Cristo, el Cordero de Dios, que es la Inocencia y la Pureza en sí misma, es condenado a muerte luego de un juicio injusto. Él, siendo Inocente, recibe la condena de muerte que merecíamos nosotros, para salvarnos de la eterna condenación.
En nuestros días se repite la muerte inocente de Jesús: miles de niños son sacrificados cruelmente en el holocausto silencioso del aborto. Al igual que los niños mártires mandados a matar  por Herodes, hoy también mueren, en el seno mismo de sus madres, los niños sacrificados por el aborto. En Islandia, la tasa de nacimientos de Niños Down es igual a cero, porque el ciento por ciento de los niños con esa condición, mueren abortados. Sólo en la unión con la muerte de Cristo Inocente, encuentra sentido la muerte absurda de niños sin culpa: al ser unidos a Cristo en su cruz, los niños inocentes abortados y también los que mueren en las guerras injustas, convierten sus muertes en muertes que, en Cristo, son causa de salvación para muchos pecadores.
Padre nuestro. – Señor, pequé. – Tened piedad y misericordia de mí.
II ESTACIÓN: Jesús con la cruz a cuestas.
-Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. – Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Luego de sufrir una cruel flagelación que arranca la piel de su espalda, de su torso, de sus brazos y piernas, y luego de ser coronado de espinas, Cristo Jesús carga sobre sus hombros una pesada cruz, el madero en el que el Cordero será sacrificado. El peso de la cruz no está dado por el leño, sino por los pecados de todos los hombres, por mis pecados, que serán lavados por la Sangre del Cordero. Son mis pecados –la envidia, la maledicencia, el orgullo, la desobediencia, la concupiscencia de la carne-, los pecados que hacen pesada la cruz de Jesús. Que yo me decida, de una vez por todas, a dejar la vida de pecado, para comenzar a vivir la vida de la gracia, y así aliviar el peso de la cruz de Jesús.
Padre nuestro. – Señor, pequé. – Tened piedad y misericordia de mí.
III ESTACIÓN: Jesús cae por primera vez.
– Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. – Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
A poco de haber comenzado el Via Crucis, Jesús cae por primera vez. Agotado por la falta de sueño, por el cansancio, por el hambre y la sed, sus rodillas temblorosas no lo sostienen más en pie, y cae pesadamente en el suelo. Pero lo que hace caer a Jesús no es, en primer lugar, su cuerpo debilitado: mientras lleva la Cruz, piensa en mí y dice, en secreto, mi nombre. Mientras lleva la cruz, su Corazón late de amor por mí, y es por eso que le duelen mis ingratitudes hacia Él; le duelen mis indiferencias hacia su sacrificio; le duele que yo desprecie su gracia y prefiera el pecado; le duele que, en vez de cargar la cruz y seguirlo a Él por el camino del Calvario, dirija yo mis pasos, mis jóvenes pasos, en dirección contraria al camino de la cruz, y es ese dolor, que le oprime el corazón, el que lo debilita, al punto de hacerlo caer. María, Madre mía, ayúdame a caminar por detrás de Jesús, cargando la cruz de cada día.
Padre nuestro. – Señor, pequé. – Tened piedad y misericordia de mí.
IV ESTACIÓN: Jesús se encuentra con su Madre.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. – Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
En un recodo del Via Crucis, y ante la distracción momentánea de los soldados que forcejean con la multitud, la Virgen logra acercarse a su Hijo. El encuentro de María Virgen con Jesús significa para Él, que está agobiado por el peso de la cruz, por el agotamiento, la fiebre y la sed, un momento de descanso y solaz. Aunque dura breves segundos, el encuentro con su Madre y el recibir de sus ojos maternos todo el amor que late en su Inmaculado Corazón, le significa a Jesús el tomar nuevas fuerzas, para continuar camino del Calvario. Muchos jóvenes sufren por la incomprensión, la ausencia o el abandono de sus padres, pero a ninguno de estos jóvenes le falta la protección maternal de María Santísima. Basta solo invocarla, en los momentos más duros de la vida, para que la Virgen se haga presente y, con su amor maternal, nos ayude a llevar nuestra cruz con nuevas fuerzas, tal como lo hizo con Jesús.
Padre nuestro. – Señor, pequé. – Tened piedad y misericordia de mí.
V ESTACIÓN: El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. – Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
El agotamiento de Jesús es tal, que los soldados temen que muera antes de llegar a la cima del Monte Calvario. Entonces, movidos por el deseo de ver morir a Jesús y no por compasión, obligan a Simón de Cirene a ayudarlo a cargar la cruz.
Muchos jóvenes llevan una cruz pesada, y aunque Dios no da nunca una cruz más pesada que la que el alma puede soportar, llegados a un cierto punto, les parece que la cruz es imposible de soportar. Esto sucede cuando el joven no advierte que nuestro Cireneo, voluntario y no obligado, que nos ayuda a llevar la cruz al punto de casi no sentir el peso, es el propio Jesús. Cuando en nuestra vida sintamos que el peso de la cruz es excesivo, acudamos a Jesús, nuestro Cireneo del camino, que llevará la cruz por nosotros, haciendo desaparecer su peso.
Padre nuestro. – Señor, pequé. – Tened piedad y misericordia de mí.
VI ESTACIÓN: La Verónica enjuga el rostro de Jesús.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. – Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
El Rostro Santísimo de Jesús está cubierto de sangre, su misma Sangre Preciosísima, brotada de su Cabeza al ser coronado de espinas. Pero la sangre se debe también a los golpes de puño que ha recibido en la cara, incluido el violento cachetazo propinado por el servidor de Caifás. Además, el Rostro Preciosísimo de Jesús está cubierto de tierra, ya que golpeó repetidas veces su rostro al caer bajo el peso de la cruz, pero esa tierra se transforma en barro al mezclarse con el sudor y con sus abundantes lágrimas, cubriendo su rostro con una negra máscara mezcla de sangre, sudor, lágrimas y tierra. Por la misma razón sus cabellos, tantas veces besados por su Madre, la Virgen, cuando Niño, están ahora convertidos, en un mazacote sucio y pegajoso que oculta en parte su rostro. El Rostro Santísimo de Jesús, cuya belleza deleita a los ángeles en el cielo, está irreconocible ahora a causa del edema y la hinchazón de sus pómulos, de su ojo cerrado por una trompada, de sus labios hinchados por los golpes y sangrantes por la sequedad debido a la deshidratación. Al verlo, todos apartan horrorizados la mirada, como quien da vuelta la cara para no ver el rostro desfigurado de un hombre. Una mujer piadosa, la Verónica, se compadece del estado de Jesús y, antes de que los soldados se lo impidan, logra limpiar el Rostro de Jesús, quedando impresa en el lienzo la Santa Faz de Jesús.
El Rostro hermosísimo de Jesús está desfigurado, a causa de los pecados de vanidad de la juventud; el Rostro de Jesús está cubierto de sangre, debido a los jóvenes que usan la belleza de su juventud para cometer pecados. Dice la Escritura que “todo es vanidad de vanidades y pura vanidad”. Que la Sangre del Rostro de Jesús lave mis pecados de orgullo, soberbia y vanidad, y que la Santa Faz se imprima sobre mi corazón, a fin de que pueda gozarme en su contemplación, por el tiempo y la eternidad.
Padre nuestro. – Señor, pequé. – Tened piedad y misericordia de mí.
VII ESTACIÓN: Jesús cae por segunda vez.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. – Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Jesús vuelve a caer y esta vez, sus rodillas golpean duramente el suelo, provocándole un dolor agudísimo.
Jesús cae de rodillas por todos los jóvenes que, negándose a arrodillarse ante Él en la Cruz y en la Eucaristía, para adorarlo y declararle su amor, se arrodillan en cambio ante los modernos ídolos de nuestro mundo post-moderno: el hedonismo, el materialismo, el relativismo. Muchos jóvenes se arrodillan ante los ídolos neo-paganos del mundo de hoy: el fútbol, la diversión extrema e irracional, el dinero, el poder, la fama mundana, la satisfacción de las pasiones. Virgen María, que sea yo capaz de doblar mis rodillas ante Jesús crucificado y ante Jesús en la Eucaristía, y que sea capaz de apartarme de los ídolos y sus falsos atractivos, de una vez y para siempre.
Padre nuestro. – Señor, pequé. – Tened piedad y misericordia de mí.
VIII ESTACIÓN: Jesús encuentra a las mujeres de Jerusalén.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. – Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Jesús encuentra a las piadosas mujeres de Jerusalén, quienes al verlo en tan lastimosa condición, rompen en llanto por su destino. Pero Jesús les dice que no deben llorar por Él, sino por ellas y sus hijos, porque al morir Él, la tierra quedará a oscuras y sin vida, al ser quitado de en medio el Dios de la Luz y de la Vida. Si Jesús es Dios y Dios es Luz, Vida y Amor, quien no conoce a Jesús en su Presencia Eucarística, permanece en la oscuridad y en la muerte espiritual, y el verdadero Amor no habita en Él. Esta es la razón por la que Jesús les dice que lloren por ellas y sus hijos.
Jesús sufre por los jóvenes sin Dios, porque no hay mayor desgracia en esta vida, que vivir la vida sin conocer al Amor de los amores, Cristo Jesús en la Eucaristía. Virgen María, haz que conozcamos a tu Hijo Jesús en la Eucaristía, para que conociéndolo lo amemos y amándolo salvemos nuestras almas.
IX ESTACIÓN: Jesús cae por tercera vez.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. – Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Un poco antes de la cima del Calvario, Jesús, agotado por el peso de la cruz y por su propia debilidad, cae por tierra por tercera vez. Sin embargo, alentado por el amor de su Madre, la Virgen, y por el Amor de su Padre, el Espíritu Santo, se levantará nuevamente y demostrando una fuerza sobrehumana, llegará hasta el lugar de la crucifixión, antesala del cielo.
Muchos jóvenes caen en la vida por diversas circunstancias y adversidades, pero Jesús es nuestro modelo para imitar: así como Él se levantó de sus caídas fortalecido por el amor de la Virgen y de Dios Padre, así el joven, en las dificultades de la vida, debe recurrir a la Santa Madre Iglesia para que esta le transmita, por los sacramentos, el Amor de Dios Padre, perdonando sus pecados en el Sacramento de la Confesión y alimentando sus almas con el manjar venido del cielo, el Pan de Vida eterna, la Eucaristía.
Padre nuestro. – Señor, pequé. – Tened piedad y misericordia de mí.
X ESTACIÓN: Jesús es despojado de sus vestiduras.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. – Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Una vez en la cima del Monte Calvario, y para disponerlo para la inminente crucifixión, los soldados arrancan la túnica de Jesús, que estaba ya adherida a la piel llagada al haberse secado la piel, con una fuerza tal, que junto con la túnica, le arrancan trozos de piel y de costras, provocándole un dolor que tan atroz que a Jesús le parece que va a morir, al tiempo que hace que brote de sus heridas abiertas nuevamente, torrentes inagotables de su Preciosísima Sangre. Jesús queda desnudo, cubierto por su propia Sangre, y su Madre, quitándose su velo, cubre su Humanidad.
Jesús permite el dolor del despojo de sus vestiduras y la vergüenza de comparecer desnudo ante todos, para reparar por los jóvenes que hacen de la inmodestia, la impudicia, y la impureza, un modo de vivir. Jesús sufre el dolor y la vergüenza de su Cuerpo llagado y descubierto, para lavar con su Sangre los pecados de los jóvenes que ofenden la majestad de Dios al profanar sus cuerpos, que por el bautismo habían sido convertidos en templos del Espíritu Santo, con la impureza y con la ingesta de toda clase de substancias tóxicas. Madre de Dios y Madre mía, que yo comprenda que mi cuerpo es sagrado, porque es templo del Espíritu Santo, y que mi corazón es como un altar, en donde sólo debe ser adorado y amado Jesús Eucaristía. Ayúdame, Madre mía, a desterrar de mi vida todo lo que atente contra la santidad de mi cuerpo, templo del Espíritu de Dios y morada de la Trinidad.
Padre nuestro. – Señor, pequé. – Tened piedad y misericordia de mí.
XI ESTACIÓN: Jesús es crucificado.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. – Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Los gruesos clavos de hierro perforan sus manos y sus pies, provocando una abundante efusión de Sangre, a la par que un dolor que hace estremecer a Jesús de pies a cabeza.

En Jesús crucificado están crucificados todos los niños y jóvenes inocentes que, a lo largo de la historia, serán condenados a muerte, ya sea en el seno de sus madres, por el aborto, o bien por causa del Nombre de Jesús, o bien sufrirán la muerte por enfermedades o por diversos motivos. La crucifixión de Jesús, el Cordero Inocente crucificado e inmolado, da sentido salvífico al dolor de los inocentes: en Él, el dolor y la muerte de niños y jóvenes, considerada como absurda por quienes no creen en Jesús, cobran un sentido sobrenatural, celestial y salvífico, porque unidas sus muertes a la muerte de Jesús, se convierten en fuente de santificación para sí mismos y para innumerables almas de pecadores que, de otra manera, no tendrían forma de convertirse y encontrar la salvación.
XII ESTACIÓN: Jesús muere en la cruz.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. – Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Luego de tres horas de estar crucificado y de padecer una agonía dolorosísima, Jesús cumple su Pascua, su “paso”, de este mundo al otro, entregando su espíritu al Padre.
La muerte de Jesús, además de matar a nuestra muerte y abrirnos las puertas del cielo, repara por la muerte espiritual de muchos jóvenes que eligen vivir en el pecado, cometiendo pecado mortal tras pecado mortal. Madre de Dios, ayúdame para que no solo evite todo pecado, principalmente el pecado mortal, sino para que viva en la gracia de tu Hijo Jesús, que me concede la vida de los hijos de Dios.
Padre nuestro. – Señor, pequé. – Tened piedad y misericordia de mí.
XIII ESTACIÓN: Jesús es bajado de la cruz y entregado a su Madre.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. – Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Jesús ha muerto en la cruz; el Hombre-Dios, que es la Vida Increada en sí misma, ha muerto, dando hasta la última gota de Sangre por nuestra salvación. Los discípulos de Jesús bajan su Cuerpo ya sin vida y lo depositan, suavemente, entre los brazos de la Madre, que ha enmudecido por el dolor y de cuyos ojos brotan abundantes y amargas lágrimas, porque ha muerto el Hijo de su amor. El Hombre-Dios vino al mundo entre los brazos de su Madre, y cumple su Pascua, pasa de este mundo al otro, también en brazos de su Madre. Así como la Virgen lo abrazó con amor inefable cuando era Niño, ahora que su Niño, el Hombre-Dios, ha muerto, también lo abraza, con amor inefable y con un dolor que le atraviesa su Inmaculado Corazón, con una fuerza tal, que le quitaría la vida, si Dios no la sostuviera con su Amor.
Confiemos nuestra vida a la Virgen, y también nuestra muerte, consagrándonos a su Inmaculado Corazón, para que amparados por su manto y protegidos por su amor maternal, vivamos esta vida terrena en la gracia y el Amor de Dios, para vivir luego en la gloria del Reino de los cielos.
Padre nuestro. – Señor, pequé. – Tened piedad y misericordia de mí.
XIV ESTACIÓN: Jesús es puesto en el sepulcro.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. – Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
Colocan el Cuerpo muerto de Jesús en la fría losa del sepulcro. La Virgen es la última en retirarse de la tumba, luego de lo cual, la cierran, haciendo correr una roca de gran tamaño sobre la puerta. Al quedarse sin la luz del sol, la tumba se cubre de tinieblas y su temperatura baja rápidamente, al extremo casi de la congelación. El sepulcro, frío y oscuro, es figura del alma del joven sin Jesús Eucaristía: frío, sin amor; oscuro, sin la luz de la gracia. El Domingo de Resurrección, el sepulcro se iluminará con un esplendor mayor al de miles de soles juntos y la frialdad dará paso al calor del Amor de Dios, cuando el Cuerpo glorioso de Jesús, lleno de la gloria y de la vida divina, resucite para no morir más.
El corazón del joven –como el corazón de todo ser humano-, cuando no lo tiene a Jesús Eucaristía, es oscuro, porque no tiene la gracia de Dios, y es frío, porque no tiene el Amor de Dios. Nuestra Señora de la Eucaristía, haz que yo ame a Jesús Eucaristía para que Él ilumine, con su luz divina, mis tinieblas, y para que me conceda el calor del Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico, delicia de toda alma.
Padre nuestro. – Señor, pequé. – Tened piedad y misericordia de mí.
XV ESTACIÓN: La Resurrección de Jesús.
Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos. – Que por tu Santa Cruz redimiste al mundo.
El Domingo de Resurrección, Jesús vuelve de la muerte, lleno de la vida, de la glori, de la luz y del Amor de Dios. Cada día Domingo, de todos los días Domingos de la tierra, hasta el fin del mundo, es iluminado por los resplandores de este Domingo Santo y es por eso que el Domingo es el Día del Señor, que debe ser dedicado a Él y solo a Él.
Jesús resucita y de su Cuerpo glorioso, emite la luz de la gloria divina, y esa misma luz de la divina gloria, es la que nos comunica en cada Eucaristía. Asistir a la Misa dominical y recibir la Eucaristía en estado de gracia, es para el alma del joven la más hermosa experiencia de amor que pueda jamás vivir en esta vida, porque significa recibir, del Dios de la Eucaristía, Cristo Jesús, su vida, su gloria, su luz, su alegría divina y su Amor eterno. Nuestra Señora de la Eucaristía, que nunca deje de recibir el Cuerpo glorioso de tu Hijo, Jesús Eucaristía.