sábado, 21 de octubre de 2017

La Caridad, obras de amor al prójimo hechas por el Amor de Dios


         ¿Qué es la Caridad? Es el amor a Dios y al prójimo, pero no es el amor humano, sino el amor mismo de Dios. Es decir, la caridad es el amor de Dios en el alma, con el cual amamos a Dios y los hombres. La caridad entonces es algo mucho más grande que el simple amor humano, que cuando es meramente humano, se llama “filantropía”[1]. La filantropía es el amor al prójimo, pero con un amor que nace del corazón del hombre, no de Dios. Por lo tanto, no es un amor que alcance para la salvación eterna. La caridad, por el contrario, es un amor que se origina en Dios y que hace que el amor humano participe de este amor divino, al punto de ser un amor divino. Este amor, al originarse en Dios, sí es salvífico: se ama a Dios y al prójimo con el amor de Dios, no con el amor humano y por eso es salvífico. Por la caridad, se ama al prójimo en Dios, por Dios y para Dios; no es un amor sin Dios. Por originarse en Dios[2], es un amor que sí puede salvar. Este Amor de Dios, que es la caridad, se origina en el mismo Dios, cuyo corazón es el Corazón de Jesús. Un ejemplo de caridad, es decir, de amor al prójimo por amor a Dios, está en la parábola del buen samaritano, en donde este ama a su prójimo con el amor de Dios y no con palabras, sino con hechos: su prójimo está malherido, se acerca, venda sus heridas, lo carga sobre sí, lo lleva a la posada, paga sus gastos. La caridad se caracteriza, además de originarse en Dios y de ser un amor que es salvífico, porque es un amor que se hace concreto en obras. La Iglesia obra la caridad para con el prójimo, con obras concretas, pero no es el fin de la Iglesia terminar con la pobreza o con el hambre en el mundo, porque eso es tarea de los organismos humanos. La Iglesia hace obras de caridad porque así lo mandó el Señor: “Ámense los unos a los otros, como Yo los he amado” y porque si no se hacen obras de misericordia, no se puede entrar en el Reino de los cielos: “El que tuvo misericordia, recibirá misericordia”. El católico que hace apostolado en Caritas, debe alimentarse de la Eucaristía, porque es la Fuente inagotable del Amor Increado; Jesús es el Buen Samaritano que cura nuestras heridas con el aceite de su gracia, nos carga sobre sus hombros, como el Buen Pastor con su oveja malherida, nos lleva a la Iglesia y allí nos alimenta con su Cuerpo y su Sangre. Por último, si bien es cierto que “la caridad cristiana no se agota en la ascética, en la mística o en las devociones, sino que se realiza en la “caritas”, que es la forma suprema de la actividad del cristiano”, también es cierto que no hay verdadera caridad sino hay oración y si el fiel no se alimenta con el Fuego del Divino Amor que arde en el Corazón Eucarístico de Jesús.



[1] Cfr. X. León-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, Biblioteca Herder, Barcelona 1993, voz “amor”.
[2] Cfr. Tomás de Kempis, Imitación de Cristo, III, 5.

jueves, 19 de octubre de 2017

Dios creó al hombre a su imagen y semejanza


         Dios, que Es y existe desde toda la eternidad, no tiene necesidad del hombre, ni de los ángeles, ni de nada, para ser lo que Es: Dios eterno de majestad infinita. Sin embargo, a pesar de no tener necesidad de los hombres y de los ángeles, los creó a ambos, con un solo fin: que ambos fueran felices eternamente, contemplándolo a Él en su hermosura divina. Es por eso que ni el hombre, ni el ángel, pueden ser felices con nada que no sea Dios mismo, y es la razón por la cual el hombre es sumamente infeliz si se aleja de Dios, para buscar su alegría y felicidad en cosas creadas, que no son Dios y por lo tanto no pueden apagar en su alma el deseo de Dios que lleva desde su creación.
         De entre todas las creaturas, el hombre es la creatura predilecta de Dios y a tal punto, que lo creó a su imagen y semejanza. ¿En qué consiste esta creación del hombre? Consiste en la unión del cuerpo, material, y del alma, espiritual; una unión tan profunda que se llama substancial, lo cual quiere decir que ni el cuerpo solo es persona, ni el alma sola es persona. Solo la unión del cuerpo y del alma puede ser llamada “persona” y es la persona humana, así creada, la que fue creada a imagen y semejanza divina. El hombre tiene entonces dos componentes, el cuerpo y el alma; el cuerpo, al ser material, no es la imagen en el hombre, aun cuando el cuerpo, al ser considerado en su estructura anatómica, en su fisiología, en la interacción de los órganos entre sí, sea una muestra de la Sabiduría y del Amor de Dios; aun así, no radica en el cuerpo la imagen de Dios, puesto que, desde el inicio, Dios es Espíritu Puro, mientras que el cuerpo es material pura.
         Es en el alma en donde radica la imagen de Dios en el hombre, y veremos de qué manera. El alma, al ser espiritual, posee inteligencia y voluntad, esto es, capacidad de pensar y de amar, y considerada en sí misma, es invisible, inmaterial e indivisible (no se pueden separar sus partes, porque no tiene partes, como sí las tiene el cuerpo)[1]. El alma es inmaterial, es decir, no tiene átomos ni moléculas, propio de la materia. Tampoco se puede medir, porque el espíritu no tiene longitud (no hay un alma “más alta” que otra, como en el caso de los cuerpos); tampoco tiene anchura, profundidad o peso. Por esta razón, el alma está toda entera en todas y cada una de las partes del cuerpo al mismo tiempo; no está una parte en la cabeza, otra en la mano y otra en el pie. Esto quiere decir que si al cuerpo se le corta un brazo o una pierna, por un accidente o por una cirugía, no se pierde una parte del alma; simplemente, nuestra alma ya no está en lo que no es más parte del cuerpo vivo. El alma es la que da vida al cuerpo y cuando el cuerpo, como consecuencia de la edad y del desgaste propio del paso de los años, no puede continuar su función, el alma se desprende del cuerpo y el cuerpo queda muerto, sin vida, y es lo que llamamos “muerte”[2]. El cuerpo muere y comienza a descomponerse en sus partes, porque ya no está el alma, que le daba vida y lo mantenía unido en sus partes; el alma, a su vez, continúa viviendo, porque el alma es inmortal, no muere con la muerte terrena, ni tampoco es aniquilada por Dios. Simplemente, luego de morir el cuerpo, el alma continúa viva. No puede destruirse nada en ella porque no tiene partes y porque es inmaterial  -es lo que se llama una “substancia simple”-; al no tener partes, no hay nada en ella que pueda descomponerse o disgregarse, como sí sucede con el cuerpo.
         Es en el alma en donde radica, propiamente, el ser imagen y semejanza de Dios. Una imagen y semejanza imperfectas, porque nuestra naturaleza humana es muy limitada, pero imagen y semejanza al fin. La imagen de Dios en el alma, radica en que es espiritual, como Dios, que es Espíritu Puro, pero también radica en la inteligencia, es decir, en la capacidad de conocer la esencia de las cosas, además de comprender y conocer verdades, el poder razonar y deducir, el hacer juicios sobre el bien y el mal; esta capacidad del alma, de entender, es imagen de Dios, que todo lo sabe y todo lo conoce. La otra imagen y semejanza está en nuestra voluntad, por la que deliberadamente decidimos hacer una cosa o no, es decir, es la potencia del alma por la cual somos libres, lo cual es semejanza de Dios, que es infinitamente libre.
         La vida íntima de Dios consiste en conocerse a sí mismo (Dios Hijo) y amarse a Sí mismo (Dios Espíritu Santo), por lo que tanto más nos acercamos a la divina Imagen, cuanto más utilizamos nuestra inteligencia para conocer a Dios –por la razón, por la fe y, en la eternidad, por la luz de la gloria-; y cuanto más utilizamos nuestra libre voluntad para amar libremente al Dador de nuestra libertad, Dios.



[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 58-59.
[2] Cfr. Trese, ibidem.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

El hombre, creado para Dios, cae del Paraíso por su rebelión contra su Creador (Parte 2)


         El cuerpo humano, en su anatomía y fisiología, y cualquiera sea el órgano o sistema que se considere, es un prodigio de sabiduría, por la precisión científica con la que ha sido creado, y de amor, por la hermosura con la que Dios lo ha creado[1].
         Con todo, el cuerpo no es lo más valioso que tenemos, ya los seres humanos estamos compuestos por una parte material –el cuerpo- y una parte espiritual –el alma-, que es quien le da vida y le permite que sus partes estén cohesionadas y vivas. De hecho, cuando se produce la muerte, que es la separación del cuerpo y del alma, el cuerpo, sin el principio vital que es el alma, empieza a descomponerse, empieza el proceso de putrefacción, porque era el alma la que tenía con vida y con todas sus partes y componentes unidos.
         Entonces, al igual que los animales, los hombres tenemos un cuerpo material, pero no somos animales, sino que somos superiores a ellos, porque tenemos un alma espiritual, y esto nos hace semejantes a los ángeles, aunque somos inferiores a ellos por tener cuerpo. En el hombre están unidos y convergen el tiempo y la eternidad –el alma es inmortal y hecha para la eternidad-, la materia y el espíritu, y solo los dos componentes unidos, hacen una sola substancia completa, el ser humano[2].
         Lo admirable en el hombre es que el cuerpo ha sido hecho para el alma y el alma para el cuerpo, y se unen de modo tan íntimo y profundo, que uno no puede permanecer sin el otro, al menos en esta vida. No es una unión accidental, como cuando se sueldan dos trozos de metal; pero sí es unión como cuando esos trozos de metal se funden, porque ahí ya no son los dos trozos separados, sino una nueva substancia. De igual modo sucede con el cuerpo y el alma, para formar esa substancia que llamamos “hombre”[3].
         Es importante saber esto, para comprender el modo en que alma y cuerpo están unidos: si me corto un dedo, no sufre sólo mi cuerpo, sino también mi alma. Y si estoy apenado, o iracundo, eso se manifiesta en mi cuerpo, por ejemplo, con el cambio en el ritmo cardíaco o en el enrojecimiento facial. Todo esto nos sirve para darnos cuenta de cuánto amor nos tiene Dios, al crear algo tan perfecto y maravilloso como es el ser humano, compuesto de cuerpo y alma y es un incentivo y aliciente no solo para agradecer por tanto amor, sino también para cuidar, del mejor modo posible, nuestra alma y nuestro cuerpo, para así glorificar a Dios.



[1] Cfr. Leo J.  Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 57ss.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

jueves, 3 de agosto de 2017

Para ir al Cielo, debemos estudiar en el Libro de la Vida, la Cruz de Jesús


(Santa Misa para niños en el aniversario de su escuela)

         Asistir a la escuela, para aprender, es algo muy bueno para nosotros, porque cada vez que aprendemos algo que es bueno, verdadero y útil, nos hacemos mejores personas. Por eso siempre debemos estar agradecidos a nuestros padres, por enviarnos a la escuela, y a nuestros maestros, por enseñarnos cosas buenas, verdaderas y útiles, porque todo lo que aprendemos de los libros y las lecciones que escuchamos de nuestros maestros, nos servirán luego, cuando seamos más grandes, para tener buenos trabajos, formar una familia, educar a los hijos pero, sobre todo, nos sirve para ser buenas personas.
         Por todo esto, vemos qué importante es que asistamos a la escuela, porque lo que aprendemos, nos sirve para la vida de todos los días. Ahora bien, si asistir a la escuela y aprender de los libros y estudiar las lecciones nos sirve para esta vida, hay otra escuela a la que debemos ir, y hay otro libro que debemos estudiar, y hay otra maestra a la que debemos escuchar, si es que queremos ir al cielo.
         La Escuela a la que debemos asistir, es a la escuela del Espíritu Santo, quien nos ilumina con su gracia y nos da inteligencia y amor por las cosas de Dios; el Libro que debemos leer y aprender, es el Libro de la Vida, que es Jesús crucificado, porque al contemplarlo en la Cruz, Jesús nos enseña cómo es el Camino para ir al cielo; la Maestra cuyas lecciones debemos escuchar y estudiar, es la Virgen, que está al pie de la Cruz, y nos enseña lo más importante de esta vida, que es amar a su Hijo Jesús y recibirlo, con un corazón puro, contrito, humillado y lleno de gracia, en la Comunión Eucarística.

         Es importante asistir a la escuela, pero mucho más importante es asistir a la Escuela del Espíritu Santo, para aprender las lecciones de la Maestra del Cielo, la Virgen María, y estudiar del Libro de la Vida, Jesús crucificado, para así poder ir al Reino de Dios, cuando termine nuestra vida en la tierra.

miércoles, 2 de agosto de 2017

El hombre, creado para Dios, cae del Paraíso por su rebelión contra su Creador (Parte 1)


         El hombre –con este término se designan los componentes del género humano, varón y mujer-, al estar formado de cuerpo material y de alma espiritual, es como un puente entre el mundo del espíritu y el mundo de la materia[1].
         El alma del hombre es espíritu, de una naturaleza similar al ángel; su cuerpo es materia, similar en naturaleza a los animales. Es decir, el hombre no es, ni espíritu puro, como los ángeles, ni solo materia, como los animales: está compuesto por la unión indisoluble de ambos, espíritu y materia, y por eso está relacionado con los dos mundos. No es ángel, pero tampoco bestia, aunque comparte rasgos de ambas naturalezas. Es un “animal racional”, entendiendo por “racional” su alma espiritual y por “animal” su cuerpo físico. Vive en el tiempo, pero está destinado a la eternidad. No perece sin dejar rastro, como los animales, que tienen un alma no espiritual y por ese motivo, cuando mueren, simplemente dejan de existir; al morir, el hombre continúa siendo hombre, porque si bien su cuerpo está destinado a la corrupción, su alma, por el hecho de ser espiritual, es inmortal y, por lo tanto, destinado a la vida eterna.
         Como los animales, el hombre tiene cuerpo material, pero es más que un animal, porque tiene inteligencia y voluntad; como los ángeles, el hombre tiene un espíritu inmortal, pero es menos que un ángel, porque está limitado por el cuerpo y además porque la naturaleza angélica es superior, por sí misma, a la naturaleza humana. Tanto el cuerpo, como el alma, son prodigios maravillosísimos que reflejan la Sabiduría y el Amor infinitos de Dios. Cuando se estudia el cuerpo humano, con su anatomía y su fisiología, no puede no asombrarse por la increíble precisión científica con la cual fue creado; con todo, el cuerpo es lo menos valioso que tenemos, porque el alma, al ser espiritual, es de mucho mayor valor, y al analizar su composición y sus funciones –entender, amar, elegir-, lo único que cabe es la admiración, por la hermosura del alma. Y de inmediato, la contemplación, tanto del cuerpo como del alma, elevan el pensamiento y el corazón a Dios, que es su Creador, que creó al hombre a su imagen y semejanza, y en esa elevación del pensamiento y del corazón, sólo cabe la gratitud por habernos creado superiores a los animales, semejantes a los ángeles por el alma, y semejantes a Él por la capacidad de pensar, amar y elegir. Es aquí cuando se entiende la tercera parte del Primer Mandamiento: “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo”. El amor a nosotros mismos se demuestra con el cuidado del cuerpo y del alma, manteniendo la pureza, tanto de uno como de otro.




[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 55.

viernes, 28 de julio de 2017

El Cielo, destino de los ángeles buenos; el Infierno, destino de los ángeles malos


         Luego de la prueba a la que fueron sometidos los ángeles –prueba que consistía en hacer un deliberado, libre y voluntario acto de amor y adoración a Dios Trino y al Hombre-Dios Jesucristo-, los ángeles buenos, los que lo adoraron y lo amaron, con San Miguel Arcángel a la cabeza, recibieron el premio de su acción, y es el estar con Dios para siempre. Es decir, puesto que Dios es el Amor Increado, para estar con Dios en el cielo, el ángel y también el hombre, deben tener amor puro en sus corazones, ya que nadie impuro puede permanecer ante Él. Esto explica el Purgatorio: es el lugar en donde las almas expían el amor imperfecto que tuvieron a Dios en la tierra, y la expiación es la purificación de sus almas, por medio del Fuego del Divino Amor, hasta quedar puros y perfectos.
         En el caso de los ángeles rebeldes, encabezados por Satanás, al no hacer el acto de amor que debían a Dios Trino y a su Mesías, Dios Hijo encarnado, fueron privados, inmediatamente, por la Justicia divina, de la gracia, y fueron precipitados al Infierno, lugar creado especialmente para los ángeles rebeldes –y también para los hombres que no deseen estar con Dios-, puesto que Dios no aniquila lo que ha creado, sean estos ángeles u hombres. En su Justicia, Dios no podía hacer otra cosa con los ángeles malos, que darles lo que ellos, libre y voluntariamente, habían decidido, y era vivir para siempre separados de Dios[1]. En esto consiste el Infierno para el espíritu, la separación de Dios para siempre. Al quitarles su gracia, los ángeles rebeldes se vieron privados también del amor que tenían a Dios, por lo que se quedaron solo con el odio a Dios, a Satanás, a los otros ángeles rebeldes, y a los hombres, por ser estos imágenes vivientes de Dios. No hubo una segunda oportunidad para los ángeles rebeldes, como sí lo hubo para el hombre, luego del pecado de Adán y Eva, porque si el hombre peca por debilidad, los ángeles rebeldes pecaron sabiendo, perfectamente, cuáles eran las consecuencias de ese pecado, algo que los hombres no podemos hacer, y esto debido a la perfecta claridad de sus mentes angélicas y a la libertad absoluta de sus voluntades angélicas. En ellos no hubo “tentación”, sino que pecaron “a sangre fría”. Por su rechazo contra Dios, sus voluntades quedaron fijas, para siempre, contra Dios. En ellos no hay posibilidad de arrepentimiento, ni tampoco quieren arrepentirse, porque hicieron su elección por toda la eternidad. Nuestra vida terrena es una prueba, que dura desde que nacemos, hasta que morimos; es decir, lo que para los ángeles fue un instante, para nosotros es el tiempo que dura nuestra vida aquí en la tierra. Esa es la razón por la que el libro de Job dice: “Milicia es la vida del hombre en la tierra”. Es decir, estamos en esta vida para ganar el cielo, para decidirnos por Dios y por su Amor, porque para eso fuimos creados. Fuimos creados para el Bien y el Amor, no para el mal y el odio. Es por eso que debemos aprovechar, cada instante de nuestra vida en la tierra, para hacer actos continuos de amor y adoración a Dios Trino y a su Mesías, Dios Hijo encarnado, Jesús de Nazareth, de modo que luego sigamos amándolo y adorándolo, por la eternidad, en el Reino de los cielos.



[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 47-48.

jueves, 27 de julio de 2017

Los ángeles buenos y los malos no son fantasía, sino realidad


         En la Sagrada Escritura se nos enseña que Dios creó el mundo visible, pero también el mundo invisible, que está compuesto por ángeles, los cuales son espíritus puros, no corpóreos, invisibles a nuestros sentidos corporales, pero no por eso, menos reales. Al igual que nosotros, están dotados de inteligencia y voluntad, es decir, son inteligentes, capaces de pensar, y con capacidad de amar, y por eso reciben, igual que nosotros, el nombre de “personas”. Su naturaleza angélica es muy superior a la nuestra, lo cual significa que son mucho más inteligentes que nosotros y que poseen propiedades que dependen de esa naturaleza angélica, imposibles de imaginar siquiera para nosotros, como por ejemplo, desplazarse a la velocidad del pensamiento.
A pesar de que su número es incontable, solo conocemos los nombres de tres Arcángeles: Miguel, “¿Quién como Dios?”, Gabriel, “Fortaleza de Dios” y Rafael, “Medicina de Dios”. También nos enseña la Iglesia que cada uno de nosotros tenemos un Ángel de la Guarda, proporcionado por el Amor de Dios, para que no solo nos cuide en esta vida, sino para que nos ayude a ganar el cielo. Los ángeles fueron creados por Dios para que se alegren en su Presencia, pero como también son libres, Dios no quiere que estén con Él de forma obligada, sino libremente y por eso es que los puso a prueba, la cual consistió en que, contemplándolo a Él cara a cara, hicieran un acto de amor. Algunos teólogos, santos y místicos piensan que la prueba consistió en ver al Hombre-Dios Jesucristo, el Redentor de la raza humana, y les pidió que lo adoraran. Les dio a contemplar a Jesucristo en el misterio de su Encarnación, en su Nacimiento virginal, en sus humillaciones, en su Pasión, en su Cruz. Según esta teoría, muchos ángeles se rebelaron ante la perspectiva de tener que adorar a Dios encarnado y, como sabían que ellos eran superiores a la naturaleza humana y eran conscientes de su belleza y dignidad, muchos de ellos, guiados por Lucifer, el Demonio, la Serpiente Antigua o Satanás, decidieron no adorar ni servir a Jesucristo, por lo que, junto con Satanás, gritaron: “Non serviam”, que significa “No serviré”[1].
Y así comenzó para ellos el infierno, que es el alejamiento, para siempre, de Dios, y allí permanecerán para siempre, porque debido a su naturaleza, no tienen otra oportunidad para decidirse a favor o en contra de Dios.
También nosotros estamos en esta vida para superar la prueba de querer amar y adorar a Dios por toda la eternidad, y es para eso que Dios puso a nuestros ángeles de la guarda, uno para cada ser humano, esto es, para ayudarnos a vivir en la tierra deseando el cielo, llevando la Cruz de Jesús por el Camino del Calvario. Para eso están nuestros ángeles, para ayudarnos a ganar el cielo, imitando a Jesús crucificado.



[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 47.

jueves, 6 de julio de 2017

Dios creó a los ángeles con bondad, pero algunos se volvieron rebeldes por propia voluntad


         Con su omnipotencia divina, Dios creó a los ángeles, seres espirituales puros, dotados de inteligencia y voluntad. Los creó con capacidad de pensar y de amar y con voluntad, todas cosas que caracterizan a una persona, por eso son llamadas “personas angélicas”. Los creó en un número muy grande, según dice la Biblia: “Miríadas y miríadas” (Dan 7, 10), aunque sólo sabemos los nombres de tres: Gabriel, “Fortaleza de Dios”; Miguel, “¿Quién como Dios?”, y Rafael, “Medicina de Dios”. Hay que diferenciar entre los ángeles de Dios, que son los que la Iglesia Católica nos da a conocer –los tres Arcángeles y nuestros ángeles de la guarda- y los ángeles caídos o rebeldes, los demonios, que en nuestros días se nos presentan disfrazados de ángeles de luz, pero con nombres extraños, que no pertenecen a la Revelación de Jesucristo. Estos ángeles son los ángeles de la Nueva Era, y se llaman Uriel, Azrael, Misael, etc. La Nueva Era presenta una Angelología no Bíblica, ofrecen contactos, talleres, cursos, formas para conocer el nombre, conferencias e infinidad de libros titulados “ángeles del amor, ángeles de protección”, “ángeles de la prosperidad”, todo lo cual confunde a los católicos, quienes piensan que son ángeles buenos y por lo tanto se dirigen a ellos en sus oraciones, con lo cual, en realidad, se están dirigiendo a demonios y no a los ángeles de Dios[1]. ¿Cómo distinguirlos de los ángeles buenos? Ante todo, considerando que no conducen a la veneración de la Virgen como Reina de los ángeles, y que presentan a Jesús no como el Redentor de la humanidad, sino como un “Maestro” o incluso como un extraterrestre. Todas estas son fantasías que tienen por objeto desviar y pervertir la verdadera devoción a los ángeles. Se diferencian además porque prometen prosperidad material y la obtención de cosas terrenas, lo cual no forma parte de la misión de los ángeles de Dios, que es, como hemos visto, auxiliarnos en nuestras tareas cotidianas, protegernos de los ángeles malignos y, sobre todo, aumentar en nuestros corazones el amor a Cristo Dios y a la Virgen, y hacernos desear el cielo, ayudándonos a desprendernos de la atracción que ejercen las cosas de la tierra.
         Para poder ganar el cielo, es necesario hacer un acto de amor a Dios, porque Dios es Amor, y nadie que no lo ame, puede estar en su Presencia. Dios nos creó, a los hombres y a los ángeles, para que gocemos y disfrutemos de su contemplación y de su Amor, pero como somos libres, no va a llevar a nadie en contra de su voluntad, porque Dios respeta profundamente lo más preciado que tiene el hombre y que lo asemeja a Dios, y es la libertad. Para poder entrar en el cielo, hay que demostrar, con actos de amor, que queremos estar con el Dios-Amor; de lo contrario, no entraremos en el cielo. Y para hacer ese acto de amor, es que Dios nos creó libres y nos pone a prueba, tanto a los ángeles, como a nosotros, para que nadie pueda decir: “Yo no sabía que para entrar al cielo, debía amar a Dios”. Precisamente, Dios creó a los ángeles con libre albedrío para que fueran capaces de hacer su acto de amor a Dios y en consecuencia, demostrar que querían estar con Dios por toda la eternidad. Sólo después de este acto de amor, verían a Dios cara a cara, en el cielo[2]. En el caso de los ángeles, esta prueba duró lo que en nosotros equivaldría a escasos segundos –es un decir-, lo cual era suficiente, para la poderosa mente angélica, para conocer a Dios y saber si elegía estar con Él o contra Él. Muchos ángeles, siguiendo a Lucifer, se rebelaron contra Dios, perdieron la gracia aunque conservaron su naturaleza angélica –por eso son tan fuertes y poderosos en relación a nosotros, los hombres- y fueron condenados al Infierno, un lugar de tormento eterno, creado para ellos y para las almas de los hombres que libremente elijan morir en pecado mortal, porque no desean estar con Dios. En otras palabras, nadie cae en el infierno “por casualidad”, ni tampoco nadie va al cielo si no ama a Dios. En nuestro caso, la prueba para decidirnos si queremos estar con Dios por toda la eternidad, es esta vida, por lo cual nuestra vida como cristianos debe estar hecha de continuos actos de amor sobrenatural, a Dios y a los hermanos. De esa manera, demostraremos a Dios que queremos estar con Él para siempre y, cuando llegue el fin de nuestra vida terrena, Dios nos llevará con Él, para gozar de su Amor y de su Alegría para siempre.

jueves, 29 de junio de 2017

Dios creó los ángeles para ayudarnos a ganar el cielo



         Una de las características de Dios es su omnipotencia, lo cual quiere decir que tiene el poder suficiente para crear el ser –el acto de ser, esse ut actus- de la nada, es decir, que no tiene necesidad de utilizar materia, ya que Él es el Creador de la materia, a diferencia del hombre, que no puede llamarse propiamente “creador”, por cuanto el hombre no crea la materia, sino que, gracias a la inteligencia que Dios le dio, puede transformarla, pero no crearla. Que Dios sea omnipotente quiere decir que tiene tanto poder, que creó el universo visible e invisible y, en el universo invisible, los ángeles, y para hacerlo, lo único que tuvo que hacer es QUERER[1], para que lo que Él en su Inteligencia Perfectísima había ideado desde la eternidad. Así lo relata el Génesis: “Hágase la luz (…) Hágase un firmamento, dijo Dios (…) y así se hizo” (Gn 1, 36).
Entonces, Dios con su omnipotencia creó el universo visible, como dijimos, y también el universo invisible, formado por los ángeles, los cuales son seres espirituales, que no tienen cuerpo material, como nosotros, que somos materia y espíritu. Al igual que nosotros, los ángeles tienen inteligencia y voluntad, pero a diferencia nuestra, son espíritus puros, que no necesitan de un cuerpo para ser ángeles. En el caso del hombre, al estar constituidos por materia –cuerpo- y alma –espíritu-, nosotros sí necesitamos, para vivir nuestra vida humana, del cuerpo, para ser “personas” completas. Los ángeles son personas –una persona tiene inteligencia y voluntad-, pero no cuerpos materiales, como nosotros. Otra diferencia es que son muy inteligentes y su naturaleza es muy superior a nuestra naturaleza humana. Ahora bien, muchos de estos ángeles, creados como seres libres por Dios, para que gozaran de su amor y de su amistad libremente, usaron mal esta libertad y se rebelaron contra Dios, convirtiéndose en demonios, los cuales son ángeles que no poseen la gracia de Dios y, debido a la perversión de su voluntad, nunca más pueden amar, quedando fijados en el odio contra Dios y el hombre por toda la eternidad. Para estos seres espirituales y convertidos en malignos y rebeldes por voluntad propia, Dios creó para ellos el infierno, de donde nunca podrán salir, aunque sí salen a la tierra para tentar a los hombres e intentar perderlos para siempre.
¿Y qué sucedió con los ángeles buenos? Como vimos, Dios creó a los ángeles para que estuvieran a su servicio, pero también para que nos ayudaran en nuestras tareas cotidianas de la mejor manera posible, como por ejemplo, estacionar el auto, estudiar, trabajar. Cada uno de nosotros tiene, desde su nacimiento, asignado un Ángel de la Guarda, por parte de Dios, para que nos asista en nuestra vida terrena y esa es la razón por la cual siempre debemos rezarles y pedirles que intercedan por nosotros ante Dios. Sin embargo, la tarea más importante de los ángeles custodios, es la de ayudarnos a ganar el cielo, y para eso, nos hacen aumentar el amor, la fe y la devoción, tanto a Jesús Eucaristía, como a la Virgen y a los santos y a los otros ángeles buenos, además de hacernos comprender el valor inestimable de la gracia. No nos olvidemos de estos seres espirituales, creados por el Divino Amor para estar a nuestro servicio; invoquémoslos siempre y en todo momento, para que nos auxilien en nuestras tareas cotidianas pero, sobre todo, para que nos ayuden a crecer cada día más y más en el amor a la Virgen y a Jesús Eucaristía.



[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Argentina 2013, 44ss.

La alternativa del joven: seguir a Cristo o seguir a los ídolos mundanos


         Nuestro siglo XXI se caracteriza, entre otras cosas, por el gran avance tecnológico, técnico y científico en todas las áreas de investigación de la ciencia humana. Este gran avance, propio de nuestros días, hace que un hombre cualquiera del siglo XXI, posea comodidades imposibles siquiera de imaginar para los más poderosos reyes de la Antigüedad. Algunos de estos avances son, por ejemplo, el progreso de la medicina, con la notable mejora en la calidad de vida y el aumento promedio de vida, que de cuarenta-cincuenta años ha pasado a ser de setenta a ochenta años; la telefonía celular; la computación; internet; televisión satelital, etc. Todo esto sin contar, por ejemplo, con los vuelos intercontinentales, la creación de vehículos automovilísticos de última generación, equipados con la más avanzada tecnología, diseñados por computadora con la mayor elegancia y con todas las ventajas aerodinámicas, los trenes, los barcos, y todos los grandes inventos que día a día aparecen y mejoran la calidad de vida. Por todo esto podemos decir que nosotros, los hombres del siglo XXI, poseemos elementos materiales y avances tecnológicos y científicos jamás alcanzados en la historia de la humanidad, lo cual es un aspecto sumamente positivo de nuestro siglo XXI.
Sin embargo, el mundo en el que vivimos, también tiene aspectos negativos y oscuros que ensombrecen estos aspectos positivos. Ante todo, nuestro siglo XXI se caracteriza por ser materialista, hedonista, relativista, ateo, ocultista e idolátrico.
Nuestro mundo es materialista, porque en nuestros días el amor al dinero ha reemplazado al amor a Dios, siendo el hombre capaz de cometer los peores crímenes, con tal de conseguir dinero y por eso es que no es en vano que Jesús advierte que “no se puede seguir a Dios y al dinero”.
Nuestro mundo es hedonista, porque el placer sensual y erótico y la satisfacción carnal de las pasiones, ha reemplazado al verdadero amor, que es espiritual, esponsal, filial, y que nada tiene que ver con la genitalidad; nuestro mundo ha falsificado la palabra “amor”, haciendo pasar por amor lo que es satisfacción baja y animal de las pasiones carnales.
Nuestro mundo es relativista, porque ha vuelto las espaldas a la Verdad Absoluta, la Sabiduría de Dios, Cristo Jesús, para prestar oídos a toda clase de falsas religiones y sectas, que se inventan un dios a su medida, a la medida de su corazón egoísta y contaminado por el pecado, y es así como, al perder la esperanza en la vida eterna, se busca satisfacer, perversamente y al máximo posible, los sentidos del cuerpo, precisamente porque no se cree en una vida eterna, en el Juicio Particular y en el Juicio Final, en el que Dios, Justo Juez, dará a cada uno el cielo o el infierno, según lo que cada uno haya ganado con sus obras libres.
Nuestro mundo es ateo, porque no cree más en Dios y en su Cristo, el Mesías el Dios de la Eucaristía, Cristo Jesús, y lo ha reemplazado por un falso dios, la propia conciencia y la propia voluntad humana, y es así como los católicos, que deberían dar al mundo el testimonio de que Cristo es Dios y que está vivo y glorioso, resucitado, en la Eucaristía, se comportan como ateos, como quienes no creen en Dios y no esperan en la vida eterna. Porque el joven católico no cree en el Dios de la Eucaristía, Jesucristo, no da importancia al silencio de la oración, necesaria para escuchar la voz de Jesús.
Nuestro mundo es ocultista, porque habiéndose separado de la luz del mundo, Cristo Eucaristía, se ha vuelto a las sombras del esoterismo, del ocultismo, de la magia, el satanismo, cumpliendo lo anunciado por el Evangelio de Juan: los hombres rechazaron la luz, que es Cristo Eucaristía, y prefirieron las tinieblas, que son el ocultismo, la superstición y la magia.
Por último, nuestro mundo es idolátrico, porque a semejanza del Pueblo Elegido, que se postró ante el becerro de oro, un ídolo construido por sus propias manos, así el católico de hoy, no se postra en adoración ante el Cordero de Dios, sino ante los ídolos del mundo, del fútbol, del espectáculo, de la música, del cine, y es así que, al mismo tiempo que las iglesias se vacían, se llenan los estadios y los paseos de compras, y al silencio interior, necesario para escuchar la voz de Dios, se lo reemplaza en cambio por el estruendo y el ruido, vacíos de calma, paz y verdadera alegría.

Al joven de hoy, se le presentan, por lo tanto, dos opciones: o seguir a Jesucristo, cargando la cruz, por el camino del Calvario, que es el que lleva a la vida eterna, y en este seguimiento tiene que renunciar a sus pasiones y a lo que estimula sus pasiones, como las substancias tóxicas, el alcohol y la anti-música disfrazada de música popular,  o el seguir a los ídolos del mundo, que le darán satisfacción sensorial temporal, pero llenarán sus corazones de vacío existencial y los sumergirán en profundas tinieblas espirituales. 
En cada joven está la decisión, puesto que somos libres, y nadie, ni siquiera Dios, puede tomar una decisión en nuestro nombre. Tomemos la decisión de seguir a Cristo, que es el Camino, la Verdad y la Vida, el Dios Eternamente joven, el Único que puede darnos la verdadera paz en esta vida y la alegría sin fin en la vida eterna. 

domingo, 18 de junio de 2017

¿Qué celebramos en Corpus Christi?


En el origen de la Solemnidad de Corpus Christi, se encuentra un milagro eucarístico, llamado “Milagro de Bolsena”, sucedido a un sacerdote que tenía dudas sobre la Presencia real de Jesús en la Eucaristía.
         Antes de reflexionar sobre el milagro, debemos recordar que la Iglesia enseña, desde los tiempos apostólicos, que la Última Cena, que fue la Primera Misa, Jesús convirtió el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre, por las palabras de la consagración. Estas palabras –Esto es mi Cuerpo, esta es mi Sangre- producen un cambio substancial en las ofrendas eucarísticas, de modo que toda la substancia del pan se convierte en el Cuerpo de Cristo y toda la substancia del vino se convierte en la Sangre de Cristo.
         Si bien este milagro sucede de modo invisible e insensible –no lo podemos captar por los sentidos corporales-, no significa que no suceda o que no sea real. Por el contrario, el cambio es tan real, que se produce una conversión de la substancias del pan y del vino, en el Cuerpo y la Sangre de Jesús, respectivamente, llamándose a esta conversión de las substancias, “transubstanciación”.
         Esto es lo que la Iglesia enseña, desde los tiempos apostólicos, sobre la Eucaristía, y lo enseña a los niños, en el Catecismo de Primera Comunión.
         Lo que sucede es que, antes, durante y después de la transubstanciación, todo parece igual, ya que a la razón y a los sentidos, parece que nada cambia y que el pan sigue siendo pan y el vino sigue siendo vino. Por eso muchos católicos cometen el gravísimo error, precisamente, de no creer en lo que la Iglesia enseña y, como a los sentidos del cuerpo todo sigue igual en apariencia –antes, durante y después de la consagración-, entonces piensan como evangelistas, siendo católicos: en la Eucaristía no está el Cuerpo de Jesús, sino que es un pedacito de pan bendecido y nada más.
         Esta duda de fe es la que tenía un sacerdote, Pedro de Praga, cuando al celebrar la Santa Misa, en el año 1264, fue testigo del más grandioso milagro eucarístico que jamás haya sucedido en la Iglesia. Luego de pronunciar las palabras de la consagración –“Esto es mi Cuerpo, Esta es mi Sangre”-, y cuando aún sostenía la Eucaristía entre sus dedos pulgar e índice de ambas manos, la parte de la Eucaristía que estaba en contacto con sus dedos, continuó teniendo apariencia de pan, mientras que resto de la Eucaristía, se convirtió en músculo cardíaco vivo y, por lo tanto, sangrante. Era tanta la sangre, que además de empapar sus manos, cayó en el corporal, manchándolo, y cayó también en el piso de mármol, impregnándolo. A partir de entonces, el Papa Urbano IV ordenó que en toda la Iglesia se celebrara la Solemnidad de Corpus Christi, en recuerdo de este fabuloso milagro eucarístico.
         El milagro confirmó, visiblemente, sensiblemente, lo que la Iglesia enseña acerca de la Misa: que por las palabras de la consagración y en virtud del poder divino de Jesús Sacerdote Sumo y Eterno que obra el milagro llamado “transubstanciación”, la substancia del pan se convierte en su Cuerpo, de modo que ya no hay más pan, sino su Cuerpo, y el vino se convierte en su Sangre Preciosísima, de modo que en el cáliz ya no hay más vino, sino la Sangre de su Sagrado Corazón.
         Lo que sucede invisiblemente e insensiblemente en cada Santa Misa, sucedió de modo visible y sensible en el milagro eucarístico de Bolsena, y esto sucedió no solo para que la fe del sacerdote Pedro de Praga se fortaleciera, sino también para que nuestra fe en la Eucaristía se fortalezca. Es por esto que no es necesario que Dios repita el milagro de Bolsena, porque el milagro sucede, invisiblemente, sin poder ser captado por los sentidos, en cada Santa Misa.
         Lamentablemente, muchos católicos, al pensar que todo sigue igual, antes, durante y después de la consagración, no creen en la Presencia real, verdadera y substancial de Jesús en la Eucaristía, perdiéndose así un tesoro espiritual de valor incalculable, abandonando la Misa por pasatiempos humanos.

         Al recordar el milagro eucarístico de Bolsena, pidamos a Nuestra Señora de la Eucaristía fortalecer nuestra fe en la Presencia real, verdadera y substancial de Jesús en la Eucaristía, para recibir al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, comulgando en gracia y luego de una buena confesión, con todo el amor del que seamos capaces, puesto que si Jesús obra el milagro de convertir el pan en su Cuerpo y el vino en su Sangre, es únicamente para darnos todo el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico.

jueves, 8 de junio de 2017

El joven y su relación con Dios Uno y Trino (I)


Sabemos, por la razón, que Dios es Uno, porque al ver la Creación, nos damos cuenta que su perfección científica y su hermosura increíble no pueden haber salido de la nada, sino que deben haber sido ideadas por un Ser infinitamente Sabio y Bello y, además, Omnipotente. Pero lo que no podemos saber es cómo es ese Dios en sí mismo, porque la naturaleza de Dios está tan por encima de la nuestra, que es como tratar de iluminar el sol con un fósforo encendido: el fósforo encendido es nuestra razón, y el sol es Dios. Los católicos sabemos que Dios es Uno y Trino, pero no porque eso se pueda deducir ni comprender, sino porque Jesús, que es el Hijo de Dios encarnado, nos lo reveló en las Sagradas Escrituras, más específicamente, en el Nuevo Testamento, y si Él no nos hubiera revelado, no sabríamos cómo es Dios en sí mismo. Es decir, podríamos saber que Dios es Uno, que es infinitamente Sabio, Bueno y Omnipotente, pero no podríamos saber que en Dios hay Tres Personas –el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo-, pero que no hay tres dioses, sino un solo Dios, tal como nos reveló Jesús. Dios es Uno en naturaleza y Trino en Personas; en el hombre, a la naturaleza le corresponde una persona y no tres, como a Dios: si en una habitación hay tres personas, están presentes tres naturalezas humanas; si sólo está una naturaleza presente, hay una sola persona. Por este motivo es que, cuando tratamos de pensar en Dios como Tres Personas con una y la misma naturaleza, no lo podemos entender[1].
Esto es lo que se llama “misterios de fe” y a esto se refiere el Misal cuando al comenzar la Misa, pedimos perdón de nuestros pecados, para poder participar, por la gracia y sin pecados, dignamente, de los “misterios” divinos[2], y lo sabemos porque, como dijimos, no es que seamos capaces de deducirlo con nuestra razón, sino que fue Jesús quien nos lo reveló, y Jesús, siendo Dios, es Veraz y no puede mentir ni engañar, porque en Él no hay mentira ni engaño alguno.
Y lo que debemos saber es que tampoco, ni siquiera una vez revelado, podemos entender cómo es que hay Tres Personas distintas en Dios y sigue siendo un solo Dios Verdadero en Tres Personas. Es decir, incluso después que Jesús nos enseña que Dios es Uno y Trino, no podemos entender cómo es que puede ser Dios Uno y a la vez Trino en Personas[3]. Para poder entender la incapacidad de nuestra mente para poder abarcar el misterio de la Trinidad, conviene recordar un episodio de la vida de uno de los más grandes santos, San Agustín de Hipona (354 – 430): el santo un día paseaba por la playa mientras iba reflexionando sobre el misterio de la Santísima Trinidad tratando de comprender, solo con su razón, cómo era posible que Tres Personas distintas (Padre, Hijo y Espíritu Santo) pudieran constituir un único Dios. Mientras caminaba y pensaba, se encontró con un niñito que había excavado un pequeño pozo en la arena y trataba de llenarlo con agua del mar. El niñito corría hacia el mar y recogía un poquito de agua en una cuenca marina. Después regresaba corriendo a verter el líquido en el hueco, repitiendo esto una y otra vez. Esta actitud llamó la atención del santo, quien lleno de curiosidad le preguntó al niño qué era lo que estaba haciendo: “Intento meter toda el agua del océano en este pozo”, le respondió el niñito. “Pero eso es imposible –dijo San Agustín–, ¿cómo piensas meter toda el agua del océano que es tan inmenso en un pozo tan pequeñito?”. “Al igual que tú, que pretendes comprender con tu mente finita el misterio de Dios que es infinito…”. Y en ese instante el niñito desapareció. Ese niñito era su Ángel de la Guarda, que venía a auxiliarlo en su esfuerzo por conocer y amar a Dios Uno y Trino. Nuestra mente, entonces, es como un pequeño pozo excavado en la arena; Dios, en el misterio de la unidad de su Naturaleza y la diversidad de las Tres Divinas Personas, es el océano. Así como es imposible meter el océano en el pequeño pozo, así también es imposible comprender, para nuestra pobre razón, cómo es que Dios es Uno en naturaleza y Trino en Personas, y no hay en Él tres dioses, sino Un solo Dios Verdadero y Tres Personas distintas.
Ahora bien, esto último no importa –el tratar de saber cómo es que Dios es Uno y Trino, y no tres dioses distintos-; lo que importa es saber que Dios es Uno y Trino, es decir, que en Él hay Tres Personas distintas, porque eso determina nuestra Fe y nuestra relación con Dios, porque nos relacionamos con un solo Dios, en el cual hay Tres Personas: Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo. En otras palabras, al saber que en Dios Uno hay Tres Personas, sabemos que podemos relacionarnos de modo distinto con cada una de las Tres Divinas Personas: podemos dirigirnos –con el pensamiento y el amor- a cada una de las Tres Divinas Personas por separado, ya sea Dios Padre, o Dios Hijo, o Dios Espíritu Santo, o a las Tres Personas Divinas a la vez, que es cuando nos dirigimos a Dios Uno y Trino.




[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Argentina 2012, 38.
[2] Cfr. Trese, La Fe explicada, 39.
[3] Cfr. ibidem, 39.

miércoles, 31 de mayo de 2017

Pentecostés


         Suele suceder que se asocia Pentecostés con expresiones que no se condicen con el misterio que este significa. Por ejemplo, se piensa que Pentecostés es sinónimo de efusión sentimentalista, de alegría un tanto forzada, o el poseer don de lenguas, o algún otro “carisma” que, se supone, es suscitado por el Espíritu Santo. Se asocia a Pentecostés con un sentimiento de alegría, y si esa alegría externa, superficial, no está, entonces no está el Espíritu Santo, o también se lo asocia, como vemos, con carismas diversos.
         Sin embargo, nada de esto tiene que ver, realmente, con Pentecostés, ya que el Espíritu Santo obrará a un nivel mucho más profundo que la sensibilidad, obrará sobre la inteligencia y sobre los corazones. Para saber propiamente de qué se trata Pentecostés, es necesario recordar las palabras de Jesús acerca de la misión del Espíritu Santo que Él efundirá, junto al Padre, luego de atravesar su misterio pascual de muerte y resurrección y ascender glorioso a los cielos. Desde allí, junto al Padre, soplará el Espíritu Santo sobre los Apóstoles, es decir, sobre la Iglesia naciente, y el Espíritu Santo ejercerá sobre los miembros de la Iglesia una función mnemotécnica, de recuerdo, de memoria: “Cuando venga el Paráclito, les enseñará y les recordará todo lo que les he dicho” (cfr. Jn 14, 26). También actuará sobre la inteligencia, enseñando la Verdad sobre Jesús: “Y cuando venga él, el Espíritu de la Verdad, los guiará en todos los caminos de la verdad” (Jn 16, 13); “El Paráclito les dirá dónde está el pecado, la justicia y el juicio” (Jn 16, 5-11). Es decir, los discípulos se entristecen al saber que Jesús ha de partir “a la Casa del Padre”, pero Él les dice que “les conviene” que lo haga para que Él envíe el Espíritu Santo y cuando lo envíe junto al Padre –Él es el Hombre-Dios y Él, en cuanto Hombre y en cuanto Dios espira, junto al Padre, el Espíritu Santo-, el Espíritu Santo acusará al mundo acerca del pecado, la justicia y el juicio. Lo acusará del pecado, porque le hará ver que todo lo malo contrasta con la Bondad del Mesías y así les hará ver a los judíos que fueron incrédulos y cometieron pecado de incredulidad, convirtiéndose luego, en Pentecostés, tres mil judíos (Hch 2, 37-41); el Espíritu dará testimonio de justicia, porque iluminará las almas y les hará ver que Jesús no solo no era un delincuente, como fue injustamente acusado y tratado, sino el Cordero Inmaculado, sin mancha; por último, en cuanto al juicio, el Espíritu Santo hará ver que, en la lucha entre Cristo y el Demonio, ha vencido Cristo Jesús de una vez y para siempre en la cruz, aun cuando a los ojos humanos y sin fe, la cruz aparezca como símbolo de derrota, y la prueba de que la cruz es triunfo divino, es la destrucción de la idolatría y la expulsión de los demonios de los poseídos[2] (Hch 8, 7; 16, 18, 19, 12), allí donde se implanta la cruz. “El Paráclito les dirá dónde está el pecado, la justicia y el juicio”. El Espíritu Santo es el Espíritu de la Verdad; en Él no solo no hay engaño, sino que Él es la Verdad divina y es a Él a quien hay que implorar que nos ilumine, para caminar siempre guiados bajo la luz trinitaria de Dios, porque si no nos ilumina el Espíritu Santo, indefectiblemente, antes o después, somos envueltos por las tinieblas de nuestra razón y por las tinieblas del infierno, y ambas tinieblas nos envuelven en el pecado, en la injusticia, y en el juicio inicuo.
         El Espíritu Santo, en Pentecostés, “dará testimonio de Jesús”: “Cuando venga el Paráclito, el Espíritu que Yo les enviaré desde el Padre, dará testimonio de Mí” (Jn 15 26- 16, 6. 4). Luego de morir en la cruz y resucitar, Jesús ascenderá al cielo y desde allí enviará, junto al Padre, al Paráclito, al Espíritu Santo, el Espíritu de la Verdad, que “dará testimonio de Jesús”. Esto será de vital importancia para la Iglesia de Jesucristo, sobre todo hacia el final de los tiempos, cuando surja el Anticristo, porque el Anticristo se presentará con toda clase de engaños y de falsos milagros, que confundirán incluso a los elegidos. El Anticristo engañará de tal forma a los hombres, que todos creerán que es Cristo, y cuando se manifieste, modificará la ley de Cristo y los Mandamientos acomodándolos a las necesidades y conveniencias de los hombres y lo hará de tal manera, que todos estarán convencidos que es el mismo Cristo en Persona quien lo está haciendo. Es por esto que la función del Espíritu Santo, enviado por Cristo y el Padre, el Espíritu de la Verdad, será la de iluminar las conciencias del pequeño rebaño remanente, el cual de esta forma será preservado del engañado y será advertido acerca del Falso Profeta, del Anticristo y de la Bestia, quienes tomarán posesión de la Iglesia de Cristo. Solo quienes estén en gracia, estarán inhabitados por el Espíritu Santo y solo quienes estén inhabitados por el Espíritu Santo, serán capaces de advertir el engaño, pero así mismo, serán, como dice Jesús, “echados de las sinagogas”, es decir, de las Iglesias, e incluso, serán perseguidos a muerte, y los que les den muerte, creerán dar “culto a Dios” con sus muertes, porque pensarán que están dando muerte a apóstatas, cuando en realidad, estarán dando muerte a mártires, a los verdaderos seguidores y adoradores del Cordero de Dios. “Cuando venga el Paráclito, el Espíritu que Yo les enviaré desde el Padre, dará testimonio de Mí”. El mundo contemporáneo vive en las tinieblas, unas tinieblas que amenazan a la Iglesia y que por alguna grieta ha entrado en la Iglesia, según la denuncia del futuro beato Pablo VI: “A través de una grieta, ha entrado el humo de Satanás en el templo de Dios”. A estas densas y siniestras tinieblas vivientes del Infierno, que impiden la visión de Dios a las almas, solo las pueden vencer la Luz Increada del Espíritu Santo, el Paráclito, enviado por el Padre y el Hijo.
Por último, actuará también sobre los corazones, encendiéndolos en el Amor de Dios, como a los discípulos de Emaús: “¿No ardían nuestros corazones cuando nos explicaba las Escrituras?”. Se trata entonces Pentecostés de una acción del Espíritu Santo que obra en lo más profundo del ser y sobre las facultades operativas del hombre, la inteligencia y la voluntad, y también sobre la memoria.
         Ahora bien, no obra según la naturaleza humana, sino según la naturaleza divina, porque el Espíritu Santo es la Tercera Persona de la Trinidad. Esto quiere decir que el Espíritu Santo obrará al modo de Dios, al modo de la naturaleza divina, y no según la naturaleza humana. Es importante tener en cuenta esta distinción, porque sólo así se puede entender cómo y qué obrará el Espíritu Santo. Lo que hará el Espíritu Santo es comunicar la gracia santificante, que permite que el ser humano participe de la naturaleza divina, lo cual significa que el alma se vuelve capaz de conocer –dentro del conocer está el recordar-, de amar y también de obrar según Dios se conoce y se ama a sí mismo, y de obrar según Dios obra, y esto es lo que sucede con los santos.
         El conocimiento que dará el Espíritu Santo es celestial, sobrenatural, y permitirá ver a Jesús, no según los límites estrechos de nuestra razón, sino según Dios mismo lo conoce, y permitirá amar a Jesús, no según los estrechos límites de nuestro amor, sino como Dios mismo lo ama. Y en esto están comprendidas las funciones de memoria y de Verdad: recordará los milagros de Jesús, por ejemplo, y dirá la verdad acerca de ellos: que manifiestan a Jesús como Dios Hijo, y no como un simple hombre. El Espíritu Santo permitirá reconocer a Jesús como el Hombre-Dios, como el Cordero de Dios, que está en la Eucaristía, y que viene al alma para donarse a sí mismo con su substancia y su Ser divino trinitario, y no como un mero pan bendecido. En síntesis, el Espíritu Santo hará conocer a Jesucristo en su misterio sobrenatural absoluto, esto es, como Dios Hijo encarnado en el seno de María Virgen, por obra del Amor de Dios y no por obra humana, y que luego de cumplir su misterio pascual de muerte y resurrección y ascender a los cielos, permanece y permanecerá, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, en la Eucaristía, hasta el fin de los tiempos, para cumplir su promesa de estar con nosotros “todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Este conocimiento y este amor de Jesucristo no serán, como hemos dicho, según nuestro modo de conocer y amar, sino que serán un conocimiento y un amor completamente nuevos y desconocidos, porque serán el conocimiento y el Amor de Dios Uno y Trino, conocimiento y amor, por otra parte, imposibles totalmente de ser adquiridos y vividos, sino son infundidos por el Espíritu Santo, porque pertenecen al Espíritu de Dios y no al espíritu humano.
        


jueves, 25 de mayo de 2017

¿Quién es Dios y cómo se lo puede conocer?


         Ante todo, veamos que NO es Dios: Dios NO es una idea, en el sentido de que la idea es algo que sólo existe en mi pensamiento, pero no en la realidad. Tampoco es algo material, porque es Espíritu Puro[1]. Si fuera algo material, todo lo material, formado por átomos –núcleos, protones, electrones-, termina por corromperse o destruirse, por lo que Dios no puede ser materia, sino espíritu, ya que el espíritu, por definición, no tiene partes y no tiene nada que pueda romperse, separarse, corromperse. Es una substancia espiritual simple, lo cual quiere decir inmortal, que no muere nunca, pero es una substancia espiritual perfectísima, porque Dios es Espíritu Puro Perfectísimo. También los ángeles son substancias espirituales y también nuestras almas son substancias espirituales, pero tanto en los ángeles como en nosotros, nuestros espíritus son inmortales, pero comenzaron a existir en algún momento –además, en nuestro caso, nuestro espíritu está unido a la materia, el cuerpo, que sí puede corromperse y separarse en sus componentes materiales en el momento de la muerte-, lo cual no se da en el caso de Dios, puesto que Él ES desde siempre, y será siempre, sin que nadie le haya dado la vida y la existencia, y sin que nadie se la pueda quitar jamás. Entonces esta es una primera aproximación a nuestra pregunta de quién es Dios: es Espíritu Purísimo, Perfectísimo –infinitamente perfecto, dice el Catecismo- y como tal, Inmortal e Invisible. Todo lo que es bueno, deseable o valioso, se encuentra en Dios en forma ilimitada. De Dios depende todo lo bueno, verdadero y hermoso que hay en la Creación: un paisaje hermoso, es participación de su hermosura infinita; una verdad, es participación de su condición de ser Él la Verdad en sí misma; lo bueno que hay en las personas o en las cosas, es una participación a la Bondad en sí misma que es Dios.
El mal que existe, no fue creado por Dios, sino que se origina en el pecado, que nace en el corazón del hombre, y en el Diablo, por “cuya envidia entró la muerte en el mundo”.
Dios todo lo conoce y lo sabe, y conoce nuestros pensamientos antes de que los formulemos, y conoce también nuestros deseos, antes de que salgan de nuestros corazones, porque es la Sabiduría en sí misma. Con su Sabiduría infinita, Él creó el mundo con perfección científica, y creó también la mente humana que puede estudiar las cosas con perfección científica, por eso es que no hay contradicción entre ser científico y creer en Dios. Dios creó las cosas con hermosura, y es por eso que el artista puede reflejar, en sus obras, esa chispa de la hermosura divina que es la Creación, y es la razón por la cual no hay contradicción entre ser artista y creer en Dios. Dios es la Causa Primera de todo lo creado, y sin Él, nada de lo creado puede explicarse: así como si vemos una torta de chocolate en la mesa, no decimos que “salió de la nada”, sino que sabemos que fue un repostero el que la hizo, así también con el mundo creado, visible e invisible: es imposible que “salga de la nada” algo que está hecho con tanta precisión científica y, al mismo tiempo, con hermosura. Esta es la razón por la cual podemos conocer a Dios mediante la Naturaleza, porque la Naturaleza nos refleja la infinita Sabiduría y el infinito Amor de Dios, que es su Creador.
Dios está en todas partes, en todo el universo, porque en todas las cosas está sosteniéndolas en el ser con su poder divino; si Dios no las sostendría, desaparecerían en el acto. Si una nave espacial viajara miles de millones de años luz y llegara a un planeta lejanísimo, Dios estaría Todo ahí, porque Dios está Todo Él en todas partes.
Dios es también omnipotente, es decir, infinitamente poderoso, pero eso no quiere decir que pueda hacer cosas sin sentido o irracionales, como por ejemplo, un círculo cuadrado, y tampoco puede hacer el mal, es decir, no puede pecar, porque el pecado es malicia y Dios es la Bondad Increada e infinita en sí misma; es la santidad Increada en sí misma, y sin Él, nada es santo ni bueno.
Por último, Dios es Misericordioso, y esto quiere decir que no hay ningún pecado que Dios no perdone, a condición de que el hombre se arrepienta de su pecado, y esto porque además de ser Misericordioso, es infinitamente Justo, y sería injusto si alguien, cometiendo un pecado, no quisiera arrepentirse del mal realizado y Él lo mismo lo perdonara: le estaría dando a esa persona algo que esa persona no quiere, y es el perdón.
Todo esto es lo que queremos decir cuando decimos que “Dios es un espíritu infinitamente perfecto”[2].



[1] Cfr. Leo J. Trese, La fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 31-37.
[2] Cfr. Trese, ibidem.