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martes, 15 de mayo de 2018

Jóvenes, elijan la Cruz de Cristo y no los atractivos del mundo



         El mundo de hoy nos ha instruido, a través de los medios de comunicación, para que pensemos en una dirección: que los atractivos que el mundo nos ofrece –poder, sexo, fama, dinero, placer- es el fin de la vida, que la vida del hombre se agota en esas cosas.
         Nos ha instruido también para rechazar la Cruz de Cristo y a Cristo en la Cruz: el mundo nos dice que la Cruz es sufrimiento, es dolor y que es una locura, que no tiene sentido la Cruz.
         Sin embargo, las cosas, vistas como las ve Dios mismo, son totalmente distintas: el mundo nos conduce al vacío, un vacío existencial que es tanto más profundo cuanto más satisfechos están el placer, el deseo de poder, de sexo, de dinero, de fama. Cuanto más se consigue eso, más infeliz es la persona. Cuanto más se aleja la persona de la Cruz de Cristo, más infeliz es.
         Y al revés, cuanto más se acerca a la Cruz, más feliz es, más paz tiene, más luz divina recibe. Porque pasa con nosotros lo que los planetas y el sol: cuanto más cerca un planeta del sol, tanto más recibe del sol lo que es y tiene para dar: luz, calor y vida. En el mundo del espíritu, el Sol de nuestras vidas es Jesucristo, en la Cruz y en la Eucaristía y nosotros debemos girar alrededor de Él, así como los planetas giran alrededor del sol. Cuanto más nos acerquemos a Jesús crucificado y a Jesús Eucaristía, más tendremos lo que Él, Sol divino, es y tiene para darnos: su luz, su paz, su alegría, su amor, su sabiduría.
         No nos dejemos engañar por el mundo y sus falsos atractivos: no fuimos hechos para el poder, la fama, el dinero, el sexo, los bienes materiales. Nada de eso puede satisfacer la sed de amor y paz que tienen nuestras almas.
Fuimos hechos para algo infinitamente más grande que los falsos atractivos del mundo: fuimos hechos para satisfacer nuestra sed de felicidad en el Dios de la Alegría, Cristo Jesús, el Dios eternamente joven. Y Cristo está en la Cruz, en la Eucaristía y también en el prójimo, sobre todo, en el prójimo más necesitado. No nos dejemos engañar por los falsos atractivos del mundo.
Jóvenes, elijan la Cruz de Cristo y no los atractivos del mundo.

martes, 27 de marzo de 2018

Via Crucis para los jóvenes



Oraciones iniciales.

Por la señal, de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos, Señor, Dios nuestro.
En el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.

Acto de contrición.

Señor mío Jesucristo, Dios y hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío; por ser Vos quien sois, Bondad infinita y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón de haberos ofendido; también me pesa porque podéis castigarme justamente con las penas del infierno por mis pecados cometidos libremente, si no obtengo con tu ayuda una perfecta contrición. Ayudado de vuestra divina gracia, propongo firmemente nunca más pecar, confesarme, y cumplir la penitencia que me fuere impuesta, para que así pueda algún día llegar a disfrutar de vuestra compañía, del Padre y del Espíritu Santo, en las moradas eternas que Tú me tienes preparado para mí, pobre pecador. Amén.


1ª Estación: Jesús es sentenciado a muerte.


(De rodillas) V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.

Meditación: Luego de sufrir un juicio injusto, Jesús es condenado a muerte. La causa de su condena es la verdad de su afirmación de que Él es el Hijo de Dios, que ha venido a este mundo para salvarnos. Cada vez que elegimos el pecado volvemos a condenar a muerte a Jesús. Cada vez que negamos a Jesús como a nuestro Salvador y Redentor, renovamos la sentencia de muerte de Jesús. ¡Oh Jesús, perdóname por todas las veces que he negado que Tú eres mi Dios, mi Rey y mi Salvador y en vez de cumplir tus Mandamientos, he preferido hacer mi voluntad!
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz.


2ª Estación: Jesús carga con la cruz a cuestas.


(De rodillas) V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
Meditación: Cargan sobre los hombros de Jesús un pesado leño. Pero no es el madero lo que hace pesada la cruz: son mis pecados. En el madero de la cruz que lleva Jesús sobre sus hombros, van mis pecados. Todos. Desde los veniales hasta los mortales. Él recibirá en mi lugar el castigo que yo me merezco por esos pecados. Cuando el madero de la cruz quede impregnado de su Sangre Preciosísima, mis pecados quedarán borrados para siempre. ¡Oh Jesús, que yo me decida a no pecar más, para no hacer más pesada tu cruz!
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz.


3ª Estación: Jesús cae por primera vez bajo el peso de la cruz.


(De rodillas) V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
Meditación: ¡Qué fuerza tiene el pecado, que hace tambalear y caer a Dios! Son mis pecados, aquellos pecados en los que caigo una y otra vez, los que hacen caer a Jesús. En su caída, Jesús se lastima sus manos, sus rodillas, sus piernas. Sus heridas se abren y dejan salir abundante sangre. ¡Oh Jesús, graba en mi mente y en mi corazón tu caída bajo la cruz, para que yo me decida a no volver a caer en el pecado por falta de lucha espiritual!
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz.


4ª Estación: Jesús se encuentra con su Madre, la Virgen.


(De rodillas) V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
Meditación: En su camino hacia el Calvario, colmado de dolores y penas por causa mía, Jesús recibe un alivio: se encuentra con su Madre, la Virgen. Si bien los soldados impiden que la Madre y el Hijo se fundan en un abrazo, la mirada materna y amorosa de María es más que suficiente para darle fuerzas a su Hijo, a fin de que Jesús pueda llegar hasta el Calvario y así poder dar su vida por mi salvación. ¡Oh María Santísima, Madre de Dios y Madre mía, acompáñame tú en el camino del Calvario y cuando yo desfallezca, mírame con tus ojos de amorosa Madre y, al igual que a Jesús, dame las fuerzas para llevar mi cruz!
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz.


5ª Estación: el Cireneo es obligado a llevar la cruz.


(De rodillas) V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
Meditación: viendo los soldados que Jesús iba a morir antes de llegar a la cima del Monte Calvario y movidos por el deseo de que sea crucificado y no por verdadera compasión, obligan a Simón de Cirene a ayudarle a Jesús a llevar su cruz. Muchas veces llevo la cruz como Simón de Cirene: obligado, sin un sentido sobrenatural. ¡Oh Jesús, ayúdame a llevar la cruz como Tú la llevas, con amor y no por obligación y para eso dame del amor con el que Tú abrazas la cruz!
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz.


6ª Estación: la Verónica enjuga el Rostro de Jesús.


(De rodillas) V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
Meditación: la Verónica, compadeciéndose del dolor de Jesús, se arrodilla para enjugar su Santo Rostro y así aliviar en algo las penas de su Corazón. En recompensa a su gesto de misericordia, Jesús deja estampada milagrosamente su Santa Faz en el lienzo de la Verónica. ¡Oh Jesús, yo no tengo un lienzo para que imprimas tu Rostro en él, pero te ofrezco mi corazón, mi pobre corazón, para que dejes impreso en Él, grabado a fuego con el Amor de Dios, tu Santa Faz!
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz.


7ª Estación: Jesús cae por segunda vez.


(De rodillas) V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
Meditación: a mitad de camino hacia el Calvario, Jesús cae por segunda vez. No es el peso del madero lo que lo hace vacilar y caer. Su Cuerpo es fuerte y puede resistir el peso del leño. Es su Alma Santísima la que, abrumada por la malicia de mis pecados, desfallece de angustia y dolor. ¡Oh Jesús, por tu segunda caída, ayúdame para que no vuelva más a caer en mis pecados!
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz.


8ª Estación: Jesús consuela a las hijas de Jerusalén.


(De rodillas) V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
Meditación: las mujeres piadosas de Jerusalén se conmueven al ver a Jesús en tan lastimoso estado: golpeado, herido, fatigado, cubierto de salivazos, bañado en su propia sangre, y lloran por Él. Pero Jesús les dice que no lloren por Él, sino ellas y por toda la humanidad, porque en la condición en la que Él se encuentra es como el pecado deja al alma. ¡Oh Jesús, dame la gracia de poder llorar mis pecados, para no provocarte ya más heridas en tu Cuerpo sacratísimo!
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz.


9ª Estación: Jesús cae por tercera vez.


(De rodillas) V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
Meditación: agobiado por el peso de tantos pecados, el Hombre-Dios Jesucristo cae por tercera vez. No solo lleva mis pecados personales –todos mis pecados, desde el primero hasta el último-, sino que lleva todos los pecados de todos los hombres, desde Adán y Eva hasta el último hombre nacido en el Día del Juicio Final. ¡Oh Jesús, tu Sangre Preciosísima quita los pecados del mundo para que la humanidad pueda nacer de nuevo, sin malicia –sin relaciones pre-matrimoniales, sin aborto, sin pornografía, sin drogas, sin violencia hacia los padres y los hermanos, sin envidias, sin avaricia- y en estado de gracia!
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz.


10ª Estación: Jesús es despojado de sus vestiduras.


(De rodillas) V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
Meditación: al llegar a la cima del Monte Calvario, los soldados arrancan las vestiduras de Jesús y de forma tan violenta, que todas sus heridas vuelven a abrirse, dejando brotar abundantemente su Sangre Preciosísima. Jesús se despoja de las vestiduras y queda vestido con un manto rojo, el manto de su propia Sangre, la Sangre con la cual lavará nuestros pecados. Jesús se deja despojar de sus vestiduras, para reparar por todos aquellos que, despojados del pudor y de la santa pureza, se dejan arrastrar por las pasiones más bajas. ¡Oh Jesús, por el manto de Sangre con el que te cubriste en el Calvario, dame la gracia de desear vivir siempre en la santa pureza de cuerpo y alma!
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz.


11ª Estación: Jesús es clavado en la cruz.


(De rodillas) V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
Meditación: Jesús permite que sus manos y sus pies sean atravesados por gruesos clavos de hierros, los cuales le provocan profundos dolores y hacen brotar abundante sangre. Jesús deja traspasar sus manos por los clavos de hierro, para que mis manos nunca se eleven contra mi hermano, sino que se tiendan hacia él en gesto de ayuda y misericordia, y para que se eleven al cielo en gesto de agradecimiento a Dios por el sacrificio en cruz de Jesús. Jesús deja traspasar sus pies, para que mis pasos se aparten del pecado y se dirijan en pos de Jesús, cargando la cruz, camino al Calvario. ¡Oh Jesús, que mis manos solo obren la misericordia y que mis pasos se encaminen detrás de tu cruz!
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz.´


12ª Estación: Jesús muere en la cruz.


(De rodillas) V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
Meditación: luego de tres horas de larga y dolorosa agonía suspendido en el madero de la cruz, Jesús muere a las tres de la tarde. Con su muerte, ha vencido a los tres grandes enemigos de mi alma: el Pecado, la Muerte y el Demonio. Pero además, con la Sangre de su Corazón, que brotó luego de ser traspasado en la cruz, me concedió la vida nueva, la vida de la gracia, la vida que me hace vivir como verdadero hijo de Dios y no como hijo de las tinieblas. ¡Oh Jesús, crucifícame contigo, para morir al hombre viejo y nacer al hombre nuevo, el hombre que vive la vida de la gracia, la vida de Dios!
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz.


13ª Estación: Jesús es colocado en brazos de su Madre.


 (De rodillas) V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
Meditación: descienden de la cruz el Cuerpo muerto de Jesús y lo colocan en brazos de su Madre, María Santísima. Es tanto el dolor de la Virgen, que de sus ojos brotan tan abundantes lágrimas, que cayendo sobre el Rostro de Jesús, tumefacto, lívido, cubierto de sangre, barro y salivazos, lavan su Rostro y lo dejan casi tan hermoso como cuando estaba vivo. Llora la Madre la muerte de su Hijo y lo ama a tanto, que desearía cambiar su vida por la muerte de Jesús, para Ella morir y Jesús vivir. La causa de la muerte de Jesús son mis pecados y por eso mismo, yo soy la causa de las lágrimas de la Virgen. ¡Nuestra Señora de los Dolores, dame el dolor de tu Inmaculado Corazón; dame las lágrimas de tu amor, para que arrepentido de mis pecados, llore contigo la muerte de tu Hijo Jesús!
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz.


14ª Estación: Jesús es sepultado.


(De rodillas) V. Te adoramos, oh Cristo, y te bendecimos.
R. Pues por tu santa cruz redimiste al mundo.
Meditación: depositan el Cuerpo muerto de Jesús en el sepulcro nuevo de José de Arimatea, quien así demuestra su amor por su Señor. Cuando se cierra la puerta con la piedra, el sepulcro queda en silencio, frío y a oscuras, porque no entra la luz del sol. Es la figura del corazón humano sin Dios: oscuro, frío, sin alabanzas a su Señor. Pero el Domingo de Resurrección, el sepulcro resplandecerá con una luz más intensa que miles de millones de soles juntos: la luz de la gloria del Ser trinitario de Jesús, que glorificará su Cuerpo, resucitándolo para la vida eterna. Es la figura del corazón del hombre que, en gracia, recibe el Cuerpo glorioso de Jesús Eucaristía. ¡Oh Jesús, haz que mi corazón, oscuro y frío como el sepulcro del Viernes Santo, sea resplandeciente por la gracia como el sepulcro el día de la Resurrección, cuando Tú ingreses en él por la Comunión Eucarística!
Padrenuestro, Avemaría y Gloria.
Jesús, pequé: Ten piedad y misericordia de mí.
Bendita y alabada sea la pasión y muerte de nuestro Señor Jesucristo y los dolores de su santísima Madre, triste y afligida al pie de la cruz.

Oración Final:

Te suplico, Señor Jesucristo, por intercesión de tu Madre la Virgen y por el rezo y meditación de tu Santo Via Crucis, que me concedas las gracias que necesito para la salvación de mi alma y la de mis seres queridos y que me acompañes de ahora en adelante en cada momento de mi vida, hasta que me llegue la hora del feliz tránsito a la vida eterna en tu compañía y la de tu Madre Santísima. Amén.

Nuestra Señora de los Dolores, tú que acompañaste a tu Hijo Jesús en el camino del Calvario, acompáñame también a mí para que, muriendo al hombre viejo, pueda nacer a la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios, como anticipo de la vida eterna que por la Misericordia Divina espero gozar en la eternidad. Amén.

jueves, 24 de noviembre de 2016

Jesús es a los jóvenes lo que el sol al planeta tierra


         Egresar implica dejar atrás una etapa de la vida, de la adolescencia, a la juventud; implica cerrar una puerta y abrir otra; implica dejar de mirar para atrás, para comenzar a mirar hacia el horizonte, hacia los objetivos que, con mi libertad y mis capacidades, puedo llegar a cumplirlos. El cumplimiento de estos objetivos estará ligado, para algunos, con el estudio, para otros, con el trabajo, para otros, con el estudio y el trabajo. Lo que sí está claro es que ningún objetivo en la vida se obtiene sin esfuerzo y sacrificio, como también es cierto que lo que se obtiene con esfuerzo y sacrificio tiene un doble sabor a victoria.
         Ahora bien, los objetivos básicos para la auto-realización de un joven, están formados por un verdadero amor, primero de novios y luego conyugal, además de un trabajo digno, estable, que permita la manutención digna de la familia. Además del auxilio de los seres más cercanos, como la familia y los amigos, el joven cuenta con un auxilio extraordinario para la consecución de sus objetivos, y ese auxilio extraordinario es Jesús.
         Jesús, a pesar de lo que muchos creen, no es “un fantasma”, como dijeron los discípulos cuando lo vieron caminar sobre el agua (cfr. Mt 14, 23); no es una figura ideal, pero inexistente; no es un personaje del pasado; no es un revolucionario social; no es un hombre bueno ni santo: Jesús es Dios, es el Hombre-Dios, es Dios hecho hombre, sin dejar de ser Dios, y Jesús está, en el cielo, pero también está aquí, abajo, en la tierra, con nosotros, en la Eucaristía, esperando por nuestras visitas.
         El gran error de los jóvenes católicos de hoy es pensar, o que Jesús no existe, o que es un ser sin importancia, o que sus mandamientos no tienen sentido, y es así como los jóvenes católicos de hoy se separan, se apartan de Él y lo abandonan en el sagrario, y emprenden sus vidas sin Jesús y sin su gracia, y ése es el peor error que un joven puede cometer: pretender construir su vida y alcanzar sus objetivos y proyectos, sin Jesús. Ahora bien, el Jesús de los católicos, se une a nosotros por la fe, por el amor y por los sacramentos, de manera que quien abandona los sacramentos, abandona a Jesús, abandona a Dios y se aleja de Dios. Los sacramentos son como el cordón umbilical para el embrión que está en el seno materno: así como por el cordón umbilical le llegan los nutrientes, así también, al católico, por los sacramentos, le llega la gracia, que es la vida de Dios. Los sacramentos son también como los cables conectores que unen al astronauta con su nave espacial, cuando sale a hacer una caminata espacial: si se cortan esos cables, el astronauta se pierde irremediablemente en el espacio, y así sucede con el joven católico que se aleja de la Eucaristía y la Confesión.
         Por último, la relación entre Jesús y el joven, es como el sol con los planetas: cuanto más cerca está un planeta del sol, tanto más recibe, del sol, lo que el sol le puede dar: luz, calor y vida, y cuanto más lejos está el planeta del sol, más frío, oscuro y sin vida éste se encuentra; de la misma manera, así sucede con los jóvenes y Jesucristo en la Eucaristía: Jesús Eucaristía es el Sol divino que ilumina nuestras almas, y si nosotros nos acercamos a Él, por la Confesión y la Comunión, por la fe y el amor, tanto más recibiremos de Él lo que Él puede y quiere darnos: la luz de Dios, el amor de Dios, la alegría de Dios, la paz de Dios. Y si nos alejamos de Él, cuanto más lejos estemos de Él, más oscuros, tristes y sin vida de Dios estaremos. A diferencia de los planetas, que orbitan alrededor del solo en la órbita ya fijada y no pueden ni alejarse ni acercarse por sí mimos, nosotros sí podemos hacerlo, porque tenemos libertad y voluntad, de manera que libremente, o nos acercamos, o nos alejamos del Sol de justicia que es Jesús Eucaristía. Pero si nos alejamos, sólo encontraremos, fuera de Jesús Eucaristía, soledad, tristeza, oscuridad, vacío existencial y muerte.

         Si queremos, en la vida, cumplir nuestros objetivos y saciar nuestros deseos básicos de verdadera felicidad, paz, amor y justicia, no nos alejemos del Sol de justicia, Jesús Eucaristía.

viernes, 22 de julio de 2016

Juan Pablo II, los jóvenes y los ancianos


         Citando a un filósofo romano –Cicerón-, Juan Pablo II se refería a la vejez como el “otoño de la vida”[1]. Luego, revaloriza a la vejez, enumerando cuáles son las ventajas de la misma, afirmando que es una época privilegiada de la vida, porque la vejez permite adquirir sabiduría. Dice así el Santo Padre: “Así como la infancia y la juventud son el periodo en el cual el ser humano está en formación, vive proyectado hacia el futuro y, tomando conciencia de sus capacidades, hilvana proyectos para la edad adulta, también la vejez tiene sus ventajas porque —como observa San Jerónimo—, atenuando el ímpetu de las pasiones, “acrecienta la sabiduría, da consejos más maduros”. En cierto sentido, es la época privilegiada de aquella sabiduría que generalmente es fruto de la experiencia, porque “el tiempo es un gran maestro”. Es bien conocida la oración del Salmista: “Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato” (Sal 90 [89])”.
Más adelante, cita ejemplos de ancianos santos, y esto lo hace para que adquiramos una idea correcta acerca de la juventud y de la vejez: “La palabra de Dios muestra una gran consideración por la edad avanzada, hasta el punto de que la longevidad es interpretada como un signo de la benevolencia divina (cfr. Gn 11, 10-32). Con Abraham, del cual se subraya el privilegio de la ancianidad, dicha benevolencia se convierte en promesa: “De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición. Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan. Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra” (Gn 12, 2-3). Junto a él está Sara, la mujer que vio envejecer su propio cuerpo pero que experimentó, en la limitación de la carne ya marchita, el poder de Dios, que suple la insuficiencia humana. Moisés es ya anciano cuando Dios le confía la misión de hacer salir de Egipto al pueblo elegido. Las grandes obras realizadas en favor de Israel por mandato del Señor no las lleva a cabo en su juventud, sino ya entrado en años. Entre otros ejemplos de ancianos, quisiera citar la figura de Tobías, el cual, con humildad y valentía, se compromete a observar la ley de Dios, a ayudar a los necesitados y a soportar con paciencia la ceguera hasta que experimenta la intervención finalmente sanadora del ángel de Dios (cfr. Tb 3, 16-17); también la de Eleazar, cuyo martirio es un testimonio de singular generosidad y fortaleza (cfr. 2 Mac 6, 18-31).
El Nuevo Testamento, inundado de la luz de Cristo, nos ofrece asimismo figuras elocuentes de ancianos. El Evangelio de Lucas comienza presentando una pareja de esposos “de avanzada edad” (1, 7), Isabel y Zacarías, los padres de Juan Bautista. A ellos se dirige la misericordia del Señor (cfr. Lc 1, 5-25. 39-79); a Zacarías, ya anciano, se le anuncia el nacimiento de un hijo. Lo subraya él mismo: “yo soy viejo y mi mujer avanzada en edad” (Lc 1, 18). Durante la visita de María, su anciana prima Isabel, llena del Espíritu Santo, exclama: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno” (Lc 1, 42). Al nacer Juan Bautista, Zacarías proclama el himno del Benedictus. He aquí una admirable pareja de ancianos, animada por un profundo espíritu de oración.
En el templo de Jerusalén, María y José, que habían llevado a Jesús para ofrecerlo al Señor o, mejor dicho, para rescatarlo como primogénito según la Ley, se encuentran con el anciano Simeón, que durante tanto tiempo había esperado la venida del Mesías. Tomando al niño en sus brazos, Simeón bendijo a Dios y entonó el Nunc dimitis: “Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz... ” (Lc 2, 29). Junto a él encontramos a Ana, una viuda de ochenta y cuatro años que frecuentaba asiduamente el Templo y que tuvo en aquella ocasión el gozo de ver a Jesús. Observa el Evangelista que se puso a alabar a Dios “y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén” (Lc 2, 38). Anciano es Nicodemo, notable miembro del Sanedrín, que visita a Jesús por la noche para que no lo vean. El divino Maestro le revelará que el Hijo de Dios es Él, venido para salvar al mundo (cf. Jn 3, 1-21). Volvemos a encontrar a Nicodemo en el momento de la sepultura de Cristo, cuando, llevando una mezcla de mirra y áloe, supera el miedo y se manifiesta como discípulo del Crucificado (cfr. Jn 19, 38-40). ¡Qué testimonios tan confortadores! Nos recuerdan cómo el Señor, en cualquier edad, pide a cada uno que aporte sus propios talentos. ¡El servicio al Evangelio no es una cuestión de edad!
Y, ¿qué podemos decir del anciano Pedro, llamado a dar testimonio de su fe con el martirio? Un día, Jesús le había dicho: “cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras” (Jn 21, 18). Como Sucesor de Pedro, estas palabras me afectan muy directamente y me hacen sentir profundamente la necesidad de tender las manos hacia las de Cristo, obedeciendo su mandato: “Sígueme” (Jn 21, 19)”[2].
         Sin embargo, y a pesar de todos estos ejemplos de santidad de personas ancianas, podemos constatar que, en nuestros días, existe una fuerte tendencia a desvalorizar a la vejez, porque pareciera como que todo el mundo debiera ser joven para ser feliz. Pero eso es un error, porque, por un lado, la juventud es sólo una etapa en la vida, y por otro lado, la felicidad del hombre no está ni en ser joven ni en ser anciano, porque la Fuente Inagotable de la felicidad no está en el hombre ni es el hombre, sino que está en Dios y es Dios, puesto que Dios es la Causa de toda alegría y la Alegría Increada en sí misma. El Papa Juan Pablo II cita a la Escritura, para que nos demos cuenta de lo que significa el tiempo de esta vida terrena: “Juventud y pelo negro, vanidad”, observa el Eclesiastés (11, 10). La Biblia no se recata en llamar la atención sobre la caducidad de la vida y del tiempo, que pasa inexorablemente, a veces con un realismo descarnado: “¡Vanidad de vanidades! [...] ¡Vanidad de vanidades, todo vanidad! ” (Qo 1, 2). ¿Quién no conoce esta severa advertencia del antiguo Sabio? Nosotros los ancianos, especialmente nosotros, enseñados por la experiencia, lo entendemos muy bien”[3].
Lo que importa, entonces, no es ser ni joven ni viejo, sino fijar la mirada en Aquel que es la Alegría en sí misma, Dios, que se nos revela en Jesucristo. El tiempo transcurrido en esta vida, que es el que nos hace envejecer, a medida que avanzamos en el tiempo, tiene también una importancia relativa, porque esta vida terrena es pasajera, y lo que verdaderamente importa, es la otra vida, la vida eterna. La vida en la tierra, sea que se viva pocos o muchos años, es un don y una prueba dada por Dios, para que nos ganemos la vida eterna. Si Dios nos concede muchos años de vida en esta tierra, es para que hagamos méritos, por las buenas obras, por la oración, la fe y la misericordia, para ganar la vida eterna, en donde ya no existen ni el dolor, ni la enfermedad, ni la muerte, y en donde todos viven, con sus cuerpos gloriosos y resucitados, y donde todos son jóvenes, pues ninguno de los bienaventurados, dice Santo Tomás, tiene más de treinta y tres años, que es la edad perfecta de Jesucristo. Por eso entonces, vemos que el planteamiento del mundo, según el cual, para ser felices, tenemos que ser jóvenes o aparentar ser jóvenes, es erróneo, porque la vida feliz no está ni en la juventud, ni en la apariencia de juventud, sino en Cristo, Dios eternamente joven.  Comparada con la eternidad, la vida longeva es menos que un suspiro y es hacia esa vida eterna hacia la cual tenemos que elevar la mirada, y no hacia atrás, hacia la vida pasada. Seamos jóvenes o viejos, lo que importa es vivir esta vida de manera tal que, por la gracia y la misericordia que tengamos hacia nuestros prójimos, lleguemos a nuestra meta final, que no es la juventud de esta vida, sino la juventud del cuerpo glorioso y resucitado de la vida eterna.
Es en este “tender las manos hacia Cristo”, en donde podemos valorar correctamente, tanto la juventud como la vejez: no importa ser jóvenes o viejos: lo que importa en esta vida es seguir a Nuestro Señor por el camino del Calvario, cargando la cruz de cada día, y elevar nuestros corazones a Cristo, Dios eternamente joven, para reinar luego con Él, por los siglos sin fin, en el Reino de los cielos.



[1] Cfr. Carta de Juan Pablo II a los ancianos, 1999; cfr. https://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/letters/1999/documents/hf_jp-ii_let_01101999_elderly.html
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

miércoles, 17 de febrero de 2016

"Mirad a Jesús, es Dios; en Él encontraréis la Vida eterna; fuera de Él, sólo la muerte"




(Juan Pablo II a los jóvenes chilenos, 2 de Abril de 1987)

En un discurso dirigido a los jóvenes chilenos[1], el Papa Juan Pablo II los animaba a luchar contra el pecado, al mismo tiempo que elevar la vista a Jesucristo, para contemplar en Él el rostro de Dios, para escuchar sus palabras y para recibir de Él la Vida eterna. Sólo de esta manera, decía el Papa, los jóvenes encontrarán la Vida eterna –y con su Vida, su luz, su paz, su alegría, su amor, su fortaleza-, mientras que lejos de Él, sólo encontrarán vacío, oscuridad y muerte.
Decía así el Papa: “(…) Según nos enseña la fe, la causa primera del mal, de la enfermedad, de la misma muerte, es el pecado en su diferentes formas (…) En el corazón de cada uno y de cada una anida esa enfermedad que a todos nos afecta: el pecado personal, que arraiga más y más en las conciencias, a medida que se pierde el sentido de Dios. ¡A medida que se pierde el sentido de Dios! Sí, amados jóvenes. Estad atentos a no permitir que se debilite en vosotros el sentido de Dios. No se puede vencer el mal con el bien si no se tiene ese sentido de Dios, de su acción, de su presencia que nos invita a apostar siempre por la gracia, por la vida, contra el pecado, contra la muerte. Amados jóvenes: Luchad con denuedo contra el pecado, contra las fuerzas del mal en todas sus formas, luchad contra el pecado. Combatid el buen combate de la fe por la dignidad del hombre, por la dignidad del amor, por una vida noble, de hijos de Dios. Vencer el pecado mediante el perdón de Dios es una curación, es una resurrección”[2]. El Papa les recordaba lo que Jesús había dicho en el Evangelio, de que “es del corazón del hombre de donde salen toda clase de cosas malas” (cfr. Mc 7, 21) por lo que el primer paso para una vida feliz es vigilar el propio corazón, para arrancar de él, así como se arranca una hierba venenosa que comienza a crecer en un jardín florido, el pecado, apenas este comience a insinuarse, y esto lo hacemos por medio de la Confesión sacramental.
Luego, San Juan Pablo II animaba a los jóvenes a contemplar a Jesucristo, para descubrir en Él el rostro de Dios. Les decía que “buscaran a Jesús”, porque Jesús no es ni un hombre bueno, ni un hombre santo, ni un simple profeta, y tampoco es un revolucionario, sino Dios en Persona, que se nos manifiesta a través de un cuerpo y un rostro humano, el cuerpo y el rostro de Jesús de Nazareth: “La juventud no está muerta cuando está cercana al Maestro. Sí, cuando está cercana a Jesús: vosotros todos estáis cercanos a Jesús. Escuchad todas sus palabras, todas las palabras, todo. Joven, quiere a Jesús, busca a Jesús. Encuentra a Jesús (…) ¡Jóvenes chilenos: No tengáis miedo de mirarlo a Él! Mirad al Señor: ¿Qué veis? ¿Es sólo un hombre sabio? ¡No! ¡Es más que eso! ¿Es un Profeta? ¡Sí! ¡Pero es más aún! ¿Es un reformador social? ¡Mucho más que un reformador, mucho más! Mirad al Señor con ojos atentos y descubriréis en El el rostro mismo de Dios. Jesús es la Palabra que Dios tenía que decir al mundo. Es Dios mismo que ha venido a compartir nuestra existencia de cada uno”[3].
         Y para hacerles ver a los jóvenes que Cristo, que es el Hombre-Dios, conoce todas nuestras necesidades espirituales y materiales y que está atento a lo que le pedimos, cita el Evangelio de la resurrección de la hija de Jairo: “Seguidamente Cristo entra en la habitación donde está ella, la toma de la mano, y le dice: “Contigo hablo, niña, levántate” (ibid., 5, 41). Todo el amor y todo el poder de Cristo –el poder de su amor– se nos revelan en esa delicadeza y en esa autoridad con que Jesús devuelve la vida a esta niña, y le manda que se levante. Nos emocionamos al comprobar la eficacia de la palabra de Cristo: “La niña se puso en pie inmediatamente, y echó a andar” (ibid., 5, 42), Y en esa última disposición de Jesús, antes de irse; –“que dieran de comer a la niña” (ibid., 5, 43)– descubrimos hasta qué punto Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre, conoce y se preocupa de todo lo nuestro, de todas nuestras necesidades materiales y espirituales”[4]. El Papa cita este episodio del Evangelio, al inicio tan cargada de dolor y tristeza por la muerte de la niña, para destacar el hecho de que es el Amor de Jesús el que convierte nuestro dolor en alegría, si creemos en Él y si sabemos unirnos a Él en la cruz.
Muchos, cuando tienen una necesidad de cualquier orden –espiritual, material, económica, etc.-, o no acuden a Jesús en busca de ayuda, o acuden a quien no deberían acudir, y así se quedan con las manos vacías, sin encontrar respuesta a su necesidad. Sólo Jesucristo, dice el Papa, puede responder y dar una verdadera respuesta a nuestras dificultades: “¡Sólo Cristo puede dar la verdadera respuesta a todas vuestras dificultades! El mundo está necesitado de vuestra respuesta personal a las Palabras de vida del Maestro: “Contigo hablo, levántate””[5].
Por último, el joven que contempla a Jesús recibe de Él su mirada, la mirada de Dios, y como es Dios Eterno y Dios Viviente, al mirarlo, le comunica la Vida eterna: “Al contacto de Jesús despunta la vida. Lejos de El sólo hay oscuridad y muerte. Vosotros tenéis sed de vida. ¡De vida eterna! ¡De vida eterna! Buscadla y halladla en quien no sólo da la vida, sino en quien es la Vida misma”[6]. Y con su Vida eterna, Jesús nos comunica su Amor y así el alma se colma de gozo y felicidad. Esto es así porque con Jesús sucede con el alma, lo mismo que sucede entre el sol y los planetas: cuando un planeta está más cerca del sol, tanta más luz, calor y vida recibe del sol; por el contrario, cuanto más lejos está el planeta, menos luz, sol y calor recibe, es decir, el planeta alejado del sol se encuentra en la oscuridad, sin vida y sin calor. Lo mismo sucede con Jesús: cuanto más nos acercamos a Él, más recibimos de Él, lo que Él Es: Luz, Amor, Vida, y cuanto más nos alejamos de Él, más carecemos de lo que sólo Él nos puede dar, quedando nuestros corazones como los planetas lejos del sol: fríos, oscuros y sin la vida de la gracia.
En definitiva, el Papa les dice entonces a los jóvenes que sólo en Cristo Jesús encontrarán la Vida y, por lo tanto, la felicidad, tanto en esta vida, que transcurre en el tiempo, como en la otra, que transcurre en la eternidad.
Si es así, nos preguntamos: ¿dónde está Jesús, para contemplarlo? Y la respuesta es: Jesús está en la cruz y está en Persona en la Eucaristía, y está también, de un modo misterioso, en cada prójimo, sobre todo en los más necesitados. Es en estos tres lugares en donde debemos buscar a Jesús: en la Cruz, en la Eucaristía y en el prójimo más necesitado.



[1] http://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/speeches/1987/april/documents/hf_jp-ii_spe_19870402_giovani-santiago.html
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. ibidem.