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sábado, 31 de diciembre de 2022

Todo triunfo, si bueno y verdadero, es participación al Triunfo de la Cruz de Jesucristo

 



Todo triunfo, si bueno y verdadero, es participación al Triunfo de la Cruz de Jesucristo

Hace unos años, cuando la Selección Argentina de fútbol perdió la final contra Alemania, reflexionamos acerca de cómo la derrota, en Cristo, adquiere otra dimensión, puesto que, en la Cruz de Cristo, por el poder divino de Cristo, lo que parece humanamente derrota, es triunfo. En efecto, Cristo Dios, si se lo ve humanamente, fue derrotado por sus enemigos en la Cruz; pero visto desde la perspectiva de la Santísima Trinidad, lo que parece una derrota en el Calvario, es el máximo triunfo de Dios Trino sobre los enemigos de Dios y de la humanidad: la muerte, el pecado y el demonio. Y así decíamos que a la derrota -en este caso, futbolística-, había que vivirla, como cristianos, al pie de la Cruz, en donde la derrota se convierte en triunfo.

De la misma manera, también el triunfo -en este caso, también futbolístico-, debe vivirse, como cristianos, al pie de la Cruz, porque es verdad que todo triunfo -aunque sea en algo pasajero y superficial como es un deporte, el fútbol-, si bueno y verdadero -que en este caso lo es-, es una participación al Triunfo de Cristo en la Cruz. Es por eso que es a Cristo a Quien debemos darle gracias por el triunfo de nuestra Selección, a Él y solo a Él y también a la Virgen de Luján, cuyo Manto sagrado es -providencialmente- nuestra Bandera Nacional, porque Ella es la Patrona, la Dueña y la Señora de nuestra Patria (y también debemos darle gracias al Ángel Custodio de Argentina, a quien, en los penales, al menos yo personalmente le recé por nuestra Selección).

En definitiva, tanto en la derrota, como en el triunfo, debemos siempre unirnos al Madero Santo de la Cruz; tanto en la derrota, como en el triunfo, debemos abrazar la Santa Cruz de Jesús, porque si es derrota, se convierte en triunfo y si es triunfo, bueno y verdadero, es participación del Triunfo del Calvario. En nuestra historia como nación, fuimos derrotados en la Batalla de Malvinas y también en la batalla cultural, desde el momento en que la ultraizquierda atea y materialista parece haberlo conquistado absolutamente todo, pero si nos unimos a la Cruz de Cristo, si nos abrazamos a la Cruz de Cristo, pidiendo a la Virgen que nos cubra con su Manto celeste y blanco y si le pedimos al Ángel Custodio de Argentina que nos libren de nuestros enemigos, entonces, aun en la derrota, ya comenzamos a vislumbrar el triunfo del mañana, del Nuevo Amanecer del Sol de justicia, Cristo Jesús, anunciado por la Estrella de la mañana, la Virgen Santísima. En la Cruz de Cristo venceremos a los enemigos de Dios, de la Patria y de la Familia, pero solo en la Cruz de Cristo, porque solo allí vencemos, tanto en lo pasajero y superficial, como puede ser un triunfo deportivo, como en lo más profundo y serio, como la Batalla material -Malvinas- y espiritual, moral y cultural -la lucha contra el materialismo ateo de la ultraizquierda marxista y comunista. Solo en la Cruz de Cristo todo triunfo, si bueno y verdadero, adquiere una nueva dimensión, que sin Cristo no la tiene, aun cuando este triunfo sea en algo pasajero como un deporte, el fútbol. Y así como Cristo nos concedió el triunfo -a través de la Selección-, así nos concederá el triunfo sobre los enemigos de Dios y de la Patria, esto es, el demonio, el pecado y la muerte. Y llevados de la mano, como un niño pequeño es llevado por su madre, cantaremos para siempre, en la eternidad del Reino de Dios, el Triunfo de los triunfos, la Victoria de Cristo Dios en la Cruz.


martes, 25 de febrero de 2020

Por qué un católico no debe celebrar Carnaval


Resultado de imagen de satanas y el carnaval

          Un católico no debe celebrar Carnaval por diversos motivos:
          Porque el Carnaval aparenta una alegría que no viene de Dios, sino que su alegría es una alegría mundana, superficial, banal, y basada en el pecado. El católico tiene su propio motivo de alegría, que no viene del Carnaval precisamente, ni de ningún motivo terreno, sino de Dios, que es “Alegría infinita” y que comunica de esta alegría a quien a Él se le acerca.
          Porque el Carnaval exalta las pasiones, la lujuria, el desenfreno, la codicia, la embriaguez, la falta de pudor, la falta de vergüenza, la impudicia y el deshonor. Contrariamente, el cristiano se caracteriza por hacer el sacrificio para vivir virtuosamente y si no posee las virtudes, se esfuerza por alcanzarlas.
          Porque el Carnaval exalta al hombre viejo, al hombre que vive en pecado, al hombre que voluntariamente rechaza la gracia porque prefiere y elige vivir en la antigua condición, la condición del pecado. El cristiano, por el contrario, se caracteriza por vivir la vida de la gracia, la vida del hombre nuevo redimido por Cristo.
          Porque el Carnaval exalta al pecado en todas sus formas, sutiles y explícitas, porque el Carnaval no sólo vive del pecado, sino que lo genera, lo produce, lo aumenta y lo enarbola como derecho humano. Al contrario, el cristiano rechaza radicalmente al pecado, porque en vez del pecado, prefiere tener en su alma la gracia santificante.
          Porque el Carnaval ensalza a Satanás como a su rey y esto se puede constatar por el hecho de que en todas las culturas, independientemente de su geografía, del tiempo y de la distancia, el rey del Carnaval siempre es Satanás. De modo opuesto, el Único Rey para el cristiano es Cristo, Rey de reyes y Señor de señores.
          Porque por su cercanía con la Cuaresma cristiana, el Carnaval exalta y ensalza todo lo que la Cuaresma condena y rechaza. Al iniciar la Cuaresma, el cristiano se esfuerza por vivir la vida de la gracia, que es todo lo contrario al pecado.
          Porque el Carnaval, con su colorido, con su música estridente, con sus bailes sensuales y con todo lo que hay en él, en vez de alegría y la vida, celebra la tristeza y la muerte, porque ensalza todo lo que Cristo ha derrotado en la Cruz.
Por todas estas razones, el cristiano católico no debe celebrar el Carnaval, bajo ningún concepto.

viernes, 30 de noviembre de 2018

Jesús es quien nos da la fortaleza y la sabiduría para afrontar una nueva etapa



(Homilía en ocasión de una Santa Misa de egresados de niños de Educación Primaria)

         Finalizar la Escuela Primaria significa finalizar una etapa en la vida, pero al mismo tiempo, significa comenzar otra etapa, nueva, desconocida, una etapa caracterizada por muchos cambios, en todos los aspectos. Es como cuando alguien escribe una página en una cuaderno, llenando todos sus renglones: termina esa página y la da vuelta, pero la página que sigue está en blanco y tiene que comenzar a ser escrita. Así sucede con ustedes, que finalizan la Primaria y comienzan ahora una nueva página en blanco, la Escuela Secundaria. Es una etapa, como dijimos, caracterizada por muchos cambios. Estos cambios se deben a la propia naturaleza, en el sentido de que día a día vamos creciendo, haciéndonos más grandes y por lo tanto, asumiendo más responsabilidades. Se trata también de cambios en la escuela, porque la gran mayoría cambia de institución y esto implica adaptarnos a un nuevo ambiente, a entablar tratos con nuevos profesores, nuevos compañeros de clases, etc. También implica un mayor compromiso con el estudio, porque en la escuela secundaria aumentan las materias y la cantidad de cosas nuevas que se aprenden.
         En definitiva, se cierra una etapa, pero se abre una nueva, que está llena de desafíos y de cosas nuevas para aprender.
         Pero en este camino nuevo que se inicia, no debemos pensar que estamos solos: además de la compañía y el apoyo de nuestros familiares y seres queridos, tenemos a Alguien que es nuestro Amigo, Padre y Hermano a la vez, Cristo Jesús. Todo lo que necesitamos para esta nueva etapa, tanto la fortaleza para afrontarla, como la sabiduría para poder aprender todo lo nuevo, lo encontramos en una Persona, que está siempre con nosotros, cada vez que acudimos a Él: esta Persona es Cristo Jesús, que está en la Cruz y en la Eucaristía. No nos olvidemos de Él, acudamos a Jesús, al sagrario, a la Confesión, a la Eucaristía, para que Jesús nos llene de su luz, de su fuerza, de su alegría, de su sabiduría, para afrontar llenos de confianza y alegría esta nueva etapa que se inicia. De la mano de la Virgen, vayamos al encuentro de Jesús, para que Él nos acompañe a lo largo de toda esta nueva etapa que se inicia. Junto con Jesús, no solo nada malo nos pasará, sino que la bendición de Dios estará siempre con nosotros. Pero la condición es que no nos apartemos de Él.

martes, 15 de mayo de 2018

Jóvenes, elijan la Cruz de Cristo y no los atractivos del mundo



         El mundo de hoy nos ha instruido, a través de los medios de comunicación, para que pensemos en una dirección: que los atractivos que el mundo nos ofrece –poder, sexo, fama, dinero, placer- es el fin de la vida, que la vida del hombre se agota en esas cosas.
         Nos ha instruido también para rechazar la Cruz de Cristo y a Cristo en la Cruz: el mundo nos dice que la Cruz es sufrimiento, es dolor y que es una locura, que no tiene sentido la Cruz.
         Sin embargo, las cosas, vistas como las ve Dios mismo, son totalmente distintas: el mundo nos conduce al vacío, un vacío existencial que es tanto más profundo cuanto más satisfechos están el placer, el deseo de poder, de sexo, de dinero, de fama. Cuanto más se consigue eso, más infeliz es la persona. Cuanto más se aleja la persona de la Cruz de Cristo, más infeliz es.
         Y al revés, cuanto más se acerca a la Cruz, más feliz es, más paz tiene, más luz divina recibe. Porque pasa con nosotros lo que los planetas y el sol: cuanto más cerca un planeta del sol, tanto más recibe del sol lo que es y tiene para dar: luz, calor y vida. En el mundo del espíritu, el Sol de nuestras vidas es Jesucristo, en la Cruz y en la Eucaristía y nosotros debemos girar alrededor de Él, así como los planetas giran alrededor del sol. Cuanto más nos acerquemos a Jesús crucificado y a Jesús Eucaristía, más tendremos lo que Él, Sol divino, es y tiene para darnos: su luz, su paz, su alegría, su amor, su sabiduría.
         No nos dejemos engañar por el mundo y sus falsos atractivos: no fuimos hechos para el poder, la fama, el dinero, el sexo, los bienes materiales. Nada de eso puede satisfacer la sed de amor y paz que tienen nuestras almas.
Fuimos hechos para algo infinitamente más grande que los falsos atractivos del mundo: fuimos hechos para satisfacer nuestra sed de felicidad en el Dios de la Alegría, Cristo Jesús, el Dios eternamente joven. Y Cristo está en la Cruz, en la Eucaristía y también en el prójimo, sobre todo, en el prójimo más necesitado. No nos dejemos engañar por los falsos atractivos del mundo.
Jóvenes, elijan la Cruz de Cristo y no los atractivos del mundo.

miércoles, 28 de marzo de 2018

Jesús muere en la cruz y resucita para darme una nueva vida



         Si hiciéramos una encuesta entre jóvenes católicos acerca de quién es Jesús, obtendríamos diferentes respuestas: por ejemplo, muchos jóvenes contestarían que Jesús es alguien que hizo algo bueno en el pasado pero que no tiene mayor trascendencia en el presente. Otros opinarían que era una persona buena, con grandes ideales y que despertó en muchos la capacidad de realizar sus propios sueños e ideales. Otros contestarían que hay dos Jesús: el verdadero, el que era el hijo de un carpintero, que fundó una religión nueva, pero que finalmente terminó muerto en la cruz, y el legendario, el inventado por sus amigos y seguidores, que lo idealizaron tanto en su figura, que inventaron hechos maravillosos como los milagros o incluso la resurrección, pero en realidad, ese Jesús nunca existió. Mucho peor, otros dirían que Jesús era un revolucionario, porque se preocupaba mucho por los pobres, lo cual es ofender a Jesús porque los revolucionarios han sido todos personas violentas y maliciosas y Jesús no era así. Todas estas respuestas acerca de Jesús son falsas y se caracterizan por coincidir en que Jesús, sea quien sea que haya sido, para la inmensa mayoría de los jóvenes de hoy, del siglo XXI, Jesús no tiene una mayor incidencia en sus vidas, porque la inmensa mayoría de los jóvenes vive, en su realidad concreta, como si Jesús nunca hubiera existido. Muy pocos jóvenes, ante la pregunta de “¿Cuáles son los mandamientos específicos de Jesús?”, responderían que son “amar al enemigo”, “perdonar setenta veces siete”, “cargar la cruz de cada día”, “negarnos a nosotros mismos”, “seguirlo a Él por el camino del Calvario”, además de los Diez Mandamientos, porque los Diez Mandamientos son mandamientos dados por Dios y Jesús Dios. Y todavía menos serían los jóvenes que responderían afirmativamente ante la pregunta de si es necesario cumplir los Mandamientos de Dios para ser felices –entre ellos, la castidad- y esto porque, para muchos jóvenes católicos de hoy, la existencia de Jesús es indiferente lo cual se demuestra por el hecho de que, una vez terminada la instrucción religiosa, abandonan la iglesia, sin llegar nunca a practicar la religión. Para muchos jóvenes la existencia de Jesús es indiferente, porque piensan que no tiene nada que ver con sus vidas concretas, reales.
         La realidad acerca de Jesús es muy distinta: Jesús no solo es real y está vivo, sino que es Dios en Persona –es la Segunda Persona de la Trinidad- y su vida tiene una relación directa con la vida personal de cada joven, lo crea o no lo crea ese joven. Todavía más, la vida del joven se desarrollará en su plenitud o se frustrará, según sea la relación que mantenga con Jesús. Si el joven ignora a Jesús, la vida del joven fracasará, aun cuando parezca triunfar desde el punto de vista mundano. Por el contrario, si conoce y sigue a Jesús y se preocupa por vivir en su vida los Mandamientos de Jesús, su vida y su existencia terrenas serán tan maravillosas, que aun cuando en el mundo pase desapercibido, en el sentido de no tener “fama” mundana provocarán la admiración de generaciones enteras. En otras palabras, encontrar a Jesús, conocerlo, amarlo, seguirlo, hace que la vida de un joven sea plena –en todo el sentido de la palabra, es decir, hace que la vida sea una vida verdaderamente feliz, aunque no con la felicidad como la entiende el mundo-; cuando un joven conoce y ama a Jesús y sigue sus mandatos, la vida de ese joven luego es conocida y admirada no solo por el estrecho círculo de familiares, amigos y conocidos, sino por cientos de miles de personas, porque su recuerdo perdurará de generaciones en generaciones y esto es lo que sucede con los santos. Cientos de miles de jóvenes santos que han conocido y amado a Jesús, han encontrado la plenitud y el sentido en esta vida terrena y luego la felicidad en la vida eterna y por eso su fama perdura aunque pasen cientos de generaciones. Pero el joven que no conozca a Jesús, ni se interese por seguir sus mandamientos y se aparte de Él, aun cuando triunfe en este mundo y alcance los más resonantes éxitos mundanos –fama, dinero, poder-, será un joven cuyo recuerdo no perdurará más allá de su existencia terrena y su vida terrena no será plena ni verdaderamente feliz y tampoco tendrá paz y alegría en su corazón, aunque tenga a su alcance todo lo materialmente disponible en la actualidad.
         ¿Cuál es la razón por la cual la vida de un joven cambia radicalmente, si conoce y sigue a Jesús como si no lo hace? La razón es que Jesús es Dios; es Dios Hijo hecho hombre, sin dejar de ser Dios y al ser Dios, es la Vida, la Alegría, la Paz en sí mismas y da de sí mismo a quien se le acerca, así como el sol ilumina a los planetas que se le acercan. Y porque es Dios, Jesús tiene en sus manos la vida del joven, de todo joven, de cada joven. Él ama tanto a los jóvenes –y a todos los hombres, independientemente de su edad-, que murió en la cruz y resucitó para que el joven tuviera acceso a una nueva vida, una vida que es el anticipo de la eternidad y es la vida de la gracia, y esa vida es verdaderamente lo que hace que el joven sea feliz y tenga alegría y paz en su corazón.
         ¿Dónde se obtiene esta vida nueva que nos da Jesús? De la Sangre y Agua que brotaron de su Costado traspasado –que para nosotros, los católicos, se hace realidad por los sacramentos-: cuando el centurión romano traspasó el Costado de Jesús y de su Corazón brotó Sangre y Agua, con la Sangre y el Agua se derramó el Amor de Dios contenido en su Corazón, el Espíritu Santo, que es Quien nos da la vida nueva de Dios y en Dios. Es por eso que el joven que se arrodilla ante Jesús crucificado y permite que su Sangre caiga sobre Él, recibe con esta Sangre al Espíritu de Dios y el Espíritu de Dios lo hace vivir una vida nueva, la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios. Pero como para nosotros, los católicos, el Amor de Dios se nos comunica por los sacramentos, es por eso que el joven que frecuenta los sacramentos, sobre todo la Confesión y la Eucaristía, es verdaderamente pleno y feliz.
         La Semana Santa es el tiempo propicio para no solo preguntarnos quién es Jesús, sino para acercarnos a Él, para que Él, que es Dios Hijo, nos dé su gracia, para que así comencemos a vivir una vida nueva, una vida verdaderamente nueva, la vida de los hijos de Dios. Para esto murió Jesús en la cruz: para liberarme de lo que me avejenta, que es el pecado, y para donarme lo que verdaderamente me hace joven, que no es la edad biológica, sino el Espíritu de Dios. Jesús muere en la cruz y resucita para darme una nueva vida, la vida de la luz, la vida de hijos de Dios.
         El joven que conoce y ama a Jesús, vive esta vida en su plenitud; el joven que se desinteresa por Jesús y no quiere saber nada de Él, se pierde lo mejor de esta vida. Aprovechemos el tiempo de Semana Santa para conocer lo mejor de esta vida: Cristo Jesús. ¿Dónde está Cristo Jesús, para ir a conocerlo? Como dijimos, para nosotros, los católicos, Cristo Jesús está Presente en la Cruz y en la Eucaristía. No dejemos pasar la oportunidad de conocer y amar a Aquel que puede transformar mi vida en una vida de plenitud y de gracia, Cristo Jesús. No nos quedemos con las manos vacías: aprovechemos este tiempo de Semana Santa para acercarnos y conocer a lo más hermoso que tiene la vida: Jesús, el Hijo de Dios, que me espera con los brazos abiertos en la cruz para darme todo el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico.


sábado, 17 de septiembre de 2016

El perdón en el matrimonio


         Antes de considerar el perdón en el matrimonio, de modo particular, podemos reflexionar acerca del perdón en general, desde la perspectiva del Antiguo y del Nuevo Testamento.
         En la Biblia el pecador es presentado como un deudor cuya deuda Dios condona (Núm 14, 19) de modo tan eficaz, que Dios ya no ve el pecado, puesto que este queda como “echado atrás” de Él (Is 38, 17), como quitado (Éx 32, 32), expiado, destruido (Is 6, 7)[1].
         Cuando se considera la pecado desde el punto de vista jurídico y humano, el perdón no se justifica: el Dios santo debe revelar su santidad por su justicia (Is 5, 16) y descargarla sobre los que lo desprecian (5, 24). ¿Cómo podría contar con el perdón la esposa infiel a la Alianza, ya que ni siquiera se ruboriza frente a su infidelidad (Jer 3, 1-5)? Pero el corazón de Dios no es el del hombre, y el santo no gusta de destruir (Os 11, 8ss): lejos de querer la muerte del pecador, quiere su conversión (Éx 18, 23) para poder prodigar su perdón; porque sus caminos no son nuestros caminos y sus pensamientos rebasan nuestros pensamientos en toda la altura del cielo (Is 55, 7ss).
         Esto es lo que hace tan confiada la oración de los salmistas: Dios perdona al pecador que se acusa (Sal 32, 5); lejos de querer perderlo (Sal 78, 38); lejos de despreciarlo, lo re-crea, purificando y colmando de gozo su corazón contrito y humillado (Sal 51, 10-14); fuente abundante de perdón, Dios es un padre que perdona todo a sus hijos (Sal 103, 8-14). Después del exilio no se cesa de invocar al “Dios de los perdones” (Neh 9, 17) y “de las misericordias” (Dan 9, 39), siempre pronto a arrepentirse del mal con el que ha amenazado al pecador, si éste se convierte (Jl 2, 13); Jonás queda desconcertado al ver que este perdón se ofrece a todos los hombres (Jon 3, 10).
         En el Nuevo Testamento, Jesús ha venido a “traer fuego sobre la tierra”, pero es el Fuego del Amor de Dios; no ha sido enviado como juez, sino como Salvador (Jn 3, 17). Invita a la conversión a todos los que la necesitan (Lc 5, 32) y suscita esta conversión (Lc 19, 1-10), revelando que Dios es un Padre que tiene gozo en perdonar (Lc 15) y cuya voluntad es que “nada se pierda” (Mt 18, 12ss). Jesús no solo anuncia este perdón, sino que además lo ejerce y testimonia con sus obras que dispone de este poder, propio de Dios, perdonando, por ejemplo, los pecados del hombre paralítico llevado en camilla ante Él (Mc 2, 5-11; Jn 5, 23).
         Cristo corona su obra obteniendo a los pecadores el perdón de su Padre. Ora (Lc 23, 34) y derrama su Sangre en la Pasión y en la Cruz (Mc 14, 24) en remisión de los pecados (Mt 26, 28). Verdadero Siervo de Dios, justifica a la multitud cuyos pecados carga (1 Pe 2, 24), pues es el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Por su Sangre derramada en su Pasión y en la Cruz, somos purificados, lavados de nuestras faltas (1 Jn 1, 7) (1 Jn 1, 7; Ap 1, 5).
         Cristo, usando el mismo vocabulario que en el Antiguo Testamento, subraya que la condonación o remisión es gratuita y el deudor insolvente (Lc 7, 42; Mt 18, 25ss). La predicación primitiva tiene por objeto, al mismo tiempo que el don del Espíritu, la remisión de los pecados, que es su primer efecto (Lc 24, 47; Hech 2, 38). Otras palabras, como purificar, lavar, justificar, aparecen en los escritos apostólicos que insisten en el aspecto positivo del perdón, reconciliación y reunión.
         El perdón de Dios, en el Nuevo Testamento, se hace concreto en la cruz de Cristo: el hombre mata al Hijo de Dios, pero Dios no responde con su estricta Justicia, como debería, sino con Misericordia, porque en la misma efusión de sangre provocada por los golpes de los hombres, se produce la efusión del Espíritu Santo. El hombre atraviesa el Corazón del Hombre-Dios con una lanza de hierro, y Dios atraviesa el corazón del hombre con un dardo de Amor, el Espíritu Santo.
         Dios Padre nos perdona en Cristo, y como debemos imitar a Dios Padre para ser perfectos, como lo dice Jesús –“Sed perfectos, como mi Padre es perfecto”-, entonces también debemos perdonar en Cristo, como el Padre nos perdonó en Cristo. El cristiano que perdona en Cristo –no por motivos humanos, ni por el paso del tiempo, ni porque tiene buen corazón-, imita por lo tanto a Dios Padre, que en Cristo nos perdona.
         Ahora bien, si el perdón exige, de parte del que perdona, la imitación y participación del perdón de Cristo, también exige, en el que es perdonado, el arrepentimiento que, cuanto más perfecto, mejor, lo cual implica el cese de la conducta que es ofensiva (infidelidad, violencia, alcoholismo).
         Al momento de tratar el perdón, los cónyuges no pueden, de ninguna manera, soslayar el perdón en Cristo.




[1] Cfr. X.-León-Dufour, Vocabulario de Teología Bíblica, voz “perdón”, 680ss.

domingo, 10 de julio de 2016

El sentido cristiano de la derrota


         En una sociedad exitista y materialista como la nuestra, se busca el éxito –deportivo, material, mundano, social, etc.- como el objetivo último de la existencia y se lo premia con la gloria mundana; al mismo tiempo, se califica a la derrota como la peor catástrofe que pueda suceder en la vida. Nada peor puede sucederle a alguien, que salir segundos en una final deportiva: nada valieron los esfuerzos que se hicieron para llegar a la final, y la distancia que hay entre la gloria máxima y la derrota catastrófica, es solo un balón de cuero que, en segundos, atraviesa una línea de cal. Basta que suceda esto, para que un equipo sea elevado al más alto cielo del éxito y el estrellato universal, y para que el otro, el que perdió, el que salió segundo, sea precipitado –por la sociedad, por los medios de comunicación- al más profundo de los abismos. Para este último equipo, salir segundos es la peor calamidad, como si el universo se detuviera porque no pudieron alzar la copa.
         Esto es lo que vivimos en el día a día. Sin embargo, debemos preguntarnos: ¿es así la realidad? ¿No será que, en la vorágine de la existencia, nos hemos adherido de manera irracional a un modo de ver los hechos y acontecimientos, que no se adecua a la realidad? ¿No será que hemos sido aleccionados por la lógica del exitismo frívolo, y es por eso que condenamos a quienes salen segundos, haciéndolos caer en un profundo abismo existencial, porque no pudieron alcanzar el primer puesto? ¿No será que, en el fondo, también nosotros nos hemos vuelto exitistas, materialistas, mundanos y frívolos, y sólo nos importa “ganar” al precio que sea?
         No, no es así. No es una catástrofe salir segundos; no es una catástrofe perder una –o varias finales-. La catástrofe es creer que salir segundos es una catástrofe.
Hay un modo de ver las cosas, que no es el modo como lo ve el mundo, sino como lo ve el mismo Dios: para Él, la derrota –y el triunfo- se miden en parámetros bien distintos a los de los hombres, que usualmente vemos solo la superficie de la realidad.
¿En qué consiste este “ver la derrota como la ve el mismo Dios? Para responder la pregunta, es necesario tener presente a Jesús crucificado el Viernes Santo, en la cima del Monte Calvario. Así es como comenzamos a comprender que, si para el mundo, la derrota –el salir segundos en una final de fútbol, por ejemplo-, es el acabóse y la ruina total de quien ha salido derrotado, desde el punto de vista cristiano, la derrota tiene un claro y valiosísimo sentido, y para comprenderlo, no se debe hacer otra cosa que contemplar a Jesucristo crucificado: desde el punto de vista humano, no hay derrota más estrepitosa que la de Jesús: abandonado por sus amigos, traicionado por uno a quien Él consideraba “amigo”, abandonado –en apariencia- por Dios Padre –en efecto, Jesús clama a su Padre: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”-, seguido solo por un pequeñísimo grupo de fieles, insignificantes en cuanto a relación de fuerzas con sus enemigos, rodeado por enemigos poderosísimos, quienes fueron los que lo apresaron, juzgaron y condenaron injustamente, acompañado hasta el momento de su muerte y a lo largo de toda su dolorosísima agonía sólo por su Madre, la Virgen, que es la Única que permanece en todo momento al pie de la cruz, Jesús es la imagen viva del fracaso más rotundo, contundente e inapelable. Y, sin embargo, se trata del momento exacto en el que Dios triunfa, con el triunfo más aplastante, sobre los tres enemigos del hombre: el Demonio, la muerte y el pecado.

Si unimos nuestras derrotas humanas –por ejemplo, la de la Selección Argentina en cualquiera de las últimas finales, o cualquier otra derrota en la que se haya competido con lealtad y esfuerzo- a la derrota –aparente- de Jesucristo en la cruz, estaremos participando, a nuestro modo y según nuestro estado de vida, de la Derrota-Victoria Redentora del Hombre-Dios, Jesús de Nazareth. Y en ese momento, nuestra derrota comenzará a ser victoria, porque se une a la derrota de Jesús en la cruz, que es Victoria Final. Y esto vale para cualquier otra derrota -a nivel personal o incluso nacional, como la Guerra de Malvinas-.

viernes, 8 de julio de 2016

La amistad, don de Jesucristo


         Una de las cosas más hermosas de la vida es la amistad, puesto que el tener amigos es algo que satisface lo más noble del alma y del corazón humano: el alma se plenifica con los amores nobles, y uno de los más nobles amores, es el amor de amistad.
         El hombre, creado por Dios, que “es Amor” (cfr. 1 Jn 4, 8), ha sido creado para amar y el amor de amistad –como el que se desarrolla en la convivencia escolar-, es uno de los amores más puros y que más gratificación da al hombre. Ahora bien, como todas las cosas buenas, toda amistad verdaderamente buena, proviene de Dios, de quien procede todo don y toda gracia, y fuera de Dios, nada de bueno, puro santo se puede encontrar. La amistad, como don, viene de Dios, y es tan grande este don, que Dios mismo en Persona, en la Última Cena, antes de sufrir la Pasión, nos llama “amigos” y no “siervos”: “Ya no os llamo siervos, sino amigos” (Jn 15, 15). Pero Jesús no se queda solamente con palabras, sino que nos demuestra, en la cruz, el amor más grande que alguien pueda tener por un amigo, y es el dar la vida por él: “Nadie tiene mayor amor, que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). Jesús, con su Amor, nos convierte de enemigos que éramos de Dios, a causa del pecado, en amigos suyos, y nos demuestra su amor de amistad, dando su vida por nosotros en la cruz.

         Entonces, al conmemorar la ocasión de haber hecho amigos en la vida –como es el cursado conjunto en un colegio, por ejemplo-, es una buena ocasión para dar gracias a Nuestro Rey y Señor, Jesucristo, quien dio su vida por nosotros, llamándonos sus “amigos” y de quien todo don, como una amistad verdaderamente buena, procede. Es una más que excelente ocasión para darle gracias por los buenos amigos que ha enviado a nuestras vidas.

jueves, 2 de junio de 2016

El joven y la verdadera alegría


         Hay un sentimiento innato en el ser humano, que se hace particularmente evidente en la juventud, y es el de la alegría: todo el mundo desea estar alegre porque, como dice el Papa Benedicto XVI a los jóvenes, “nuestro corazón está hecho para la alegría”[1]. La alegría se deriva de un estado del alma, que es la felicidad, el cual es también innato al ser humano; como dice un Padre de la Iglesia, San Agustín, “todo el mundo desea ser feliz”. Es decir, todo ser humano nace deseando ser feliz y por lo tanto, deseando ser alegre, que es una consecuencia de la felicidad. Pero también es cierto que la felicidad –al menos la felicidad plena- es algo muy difícil de alcanzar, y la razón está en que, como lo dice también San Agustín, se busca la felicidad en cosas que no pueden darla. Como dice el Papa, “Esta búsqueda sigue varios caminos, algunos de los cuales se manifiestan como erróneos, o por lo menos peligrosos”[2].
         El Papa le decía a los jóvenes que lo que buscamos es una alegría profunda, duradera, y que esto es especialmente válido para la época de la juventud, en donde se planifica, con mucha esperanza, para el futuro: “Nuestro corazón busca la alegría profunda, plena y perdurable, que pueda dar “sabor” a la existencia. Y esto vale sobre todo para vosotros, porque la juventud es un período de un continuo descubrimiento de la vida, del mundo, de los demás y de sí mismo. Es un tiempo de apertura hacia el futuro, donde se manifiestan los grandes deseos de felicidad, de amistad, del compartir y de verdad; donde uno es impulsado por ideales y se conciben proyectos”[3].
         Dice también el Santo Padre que Dios nos concede muchas oportunidades de alegrías buenas y sanas: “Cada día el Señor nos ofrece tantas alegrías sencillas: la alegría de vivir, la alegría ante la belleza de la naturaleza, la alegría de un trabajo bien hecho, la alegría del servicio, la alegría del amor sincero y puro. Y si miramos con atención, existen tantos motivos para la alegría: los hermosos momentos de la vida familiar, la amistad compartida, el descubrimiento de las propias capacidades personales y la consecución de buenos resultados, el aprecio que otros nos tienen, la posibilidad de expresarse y sentirse comprendidos, la sensación de ser útiles para el prójimo. Y, además, la adquisición de nuevos conocimientos mediante los estudios, el descubrimiento de nuevas dimensiones a través de viajes y encuentros, la posibilidad de hacer proyectos para el futuro. También pueden producir en nosotros una verdadera alegría la experiencia de leer una obra literaria, de admirar una obra maestra del arte, de escuchar e interpretar la música o ver una película”[4]. Sin embargo, en nuestros días, es frecuente que el mundo intente engañarnos con alegrías falsas, que en el fondo, son causa de profunda tristeza para el corazón, porque el mundo nos quiere hacer creer que la alegría está en los bienes materiales, en el dinero, en la fama, en el éxito fácil, en la satisfacción de las pasiones. En definitiva, el mundo quiere hacernos creer que la felicidad y la alegría están en el mundo.
         Pero dice el Papa que no es así, porque la alegría verdadera está en Dios: “En realidad, todas las alegrías auténticas, ya sean las pequeñas del día a día o las grandes de la vida, tienen su origen en Dios, aunque no lo parezca a primera vista”[5]. Dios es “alegría infinita”, dice el Papa –y también lo dice una gran santa, Sor Teresa de los Andes-, y quiere comunicarnos de esa alegría, porque no se guarda para sí mismo, sino que nos la quiere dar toda: “Dios es comunión de amor eterno, es alegría infinita que no se encierra en sí misma, sino que se difunde en aquellos que Él ama y que le aman”. ¿De qué manera quiere Dios darnos su alegría? Para saberlo, pensemos en qué sucede cuando alguien hace un regalo a otra persona: con el don, desea que esa persona sea feliz, esté alegre. De la misma manera, Dios quiere darnos su alegría cuando aceptamos su don, su regalo. ¿Y cuál es el don de Dios para nuestras vidas? Es su Amor y su Amor se nos dona a través del sacrificio de Jesús en la cruz, porque al ser traspasado el Corazón de Jesús, se derrama el contenido de su Corazón, su Sangre y, con su Sangre, su Amor de Dios, el Espíritu Santo. Esto quiere decir, entonces, que si aceptamos el don de Dios, que es su Hijo Jesús, como dice el Papa: “Este amor infinito de Dios para con cada uno de nosotros se manifiesta de modo pleno en Jesucristo. En Él se encuentra la alegría que buscamos” –y nosotros agregamos que está en la cruz y en la Eucaristía-, entonces aceptamos el don de su Amor y es este Amor de Dios el que nos hará felices, en esta vida y en la otra.



[1] Cfr. Mensaje del Papa Benedicto XVI para la XXVII Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro; http://es.catholic.net/op/articulos/5036/cat/221/mensaje-del-papa-benedicto-xvi-para-la-xxvii-jornada-mundial-de-la-juventud.html
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.

viernes, 14 de agosto de 2015

Joven, el cristianismo consiste en el encuentro con el Dios de la Eucaristía, Cristo Jesús

        
       En nuestros días, el cristianismo, más precisamente, el catolicismo, pareciera haber “pasado de moda”; pareciera que es más “cool” ser de cualquier otra religión –pentecostales, budistas, musulmanes-, o no pertenecer a ninguna, o tomar de cada religión lo que me parezca, para construirme una religión a mi medida. Hoy en día, parecería que es anticuado y fuera de moda el ser cristiano, porque el cristianismo ha pasado a ser una “opinión” más entre tantas, y que no es tenida en cuenta para nada, porque todo lo que se hace en nuestros días, se hace sin Dios y sin Cristo.
         Sin embargo, el cristianismo está muy lejos de ser una mera opinión y está muy lejos de haber “pasado de moda” o de ser algo “aburrido”: el cristianismo es, además de ser la única religión verdadera, una religión de misterios, de misterios sobrenaturales, celestiales, y por eso mismo fascinantes; lejos de haber pasado de moda, es más que actual, porque se funda en la Palabra eterna de Dios, Jesucristo, que está más allá de todo tiempo y de toda opinión humana; lejos de ser algo “aburrido”, es una religión maravillosa, porque nos revela, por Jesucristo, los misterios de Dios, los misterios del mundo y los misterios de esta vida. Lejos de ser, entonces, una religión sin vida, el cristianismo es una religión viva, porque surge de una Persona viva, Jesucristo, el Dios Viviente, que es la Vida en sí misma y que da vida a toda vida creatural. El cristianismo no es mera opinión, sino es el encuentro con una Persona viva, la Persona Segunda de la Trinidad, encarnada en Jesús de Nazareth, que nos da su Amor en la cruz y en la Eucaristía y que nos lleva por lo tanto a amarlo y a hacerlo amar a nuestros prójimos. El cristianismo es un encuentro con el Amor misericordioso de Dios, encarnado en Jesús de Nazareth; es un encuentro de amor, que lleva todavía a más amor, es decir, es un llamado, una vocación de amor. 
         Y no hay  nada más hermoso en el mundo que amar, con un amor puro y celestial, porque hemos sido hechos para el Amor, porque fuimos creados por el Dios Amor, y ésa es la razón por la cual el 1er Mandamiento, que encierra toda la Ley de Dios, consiste en amar: a Dios, al prójimo y a uno mismo. 
         El cristianismo entonces es un encuentro con Dios, que es Amor -"Dios es Amor", dice 1 Jn 4, 8-, encarnado en Jesús de Nazareth, y Él nos da su Amor, que nos hace amarlo cada vez más, además de hacernos amar a nuestros prójimos.
       Dice así el Papa Juan Pablo II a los jóvenes: “Queridos jóvenes, ya lo sabéis: el cristianismo no es una opinión y no consiste en palabras vanas. ¡El cristianismo es Cristo! ¡Es una Persona, es el Viviente! Encontrar a Jesús, amarlo y hacerlo amar: he aquí la vocación cristiana”[1].
         Entonces, lejos de ser la Iglesia y el cristianismo algo “fuera de moda”, una “simple opinión”, o algo “aburrido”, el cristianismo esconde en sí mismo la felicidad para todo ser humano, y especialmente para los jóvenes, porque Cristo, siendo Dios, conoce a fondo nuestros corazones y nuestros deseos más profundos, y sólo Él es capaz de satisfacerlos plenamente, porque aquello con lo que satisface nuestros corazones y nuestros deseos, es su Amor, el Amor de su Sagrado Corazón, un Amor que es vivo, porque concede la vida eterna: “Queridos jóvenes, sólo Jesús conoce vuestro corazón, vuestros deseos más profundos. Sólo Él, que os ha amado hasta la muerte, (cfr Jn 13,1), es capaz de colmar vuestras aspiraciones. Sus palabras son palabras de vida eterna, palabras que dan sentido a la vida. Nadie fuera de Cristo podrá daros la verdadera felicidad”[2].
         Y ése Jesucristo, que es Dios y que nos concede su Amor, está en la cruz y en la Eucaristía -está en Persona en la Eucaristía y por eso se le llama "Dios de la Eucaristía"-, y para quien lo busca, no se hace esperar, sino que se deja encontrar, porque lo único que quiere es darnos todo el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico.





[1] Mensaje del Santo Padre Juan Pablo II para la XVIII Jornada Mundial de la Juventud, 25 de julio 2002.
[2] Mensaje del Santo Padre Juan Pablo II para la XVIII Jornada Mundial de la Juventud, 25 de julio 2002.

viernes, 2 de enero de 2015

Joven: la Confesión Sacramental es un encuentro con el Amor Misericordioso de Dios (1)



¿Por qué tenemos que confesarnos? Para saberlo, imaginemos los siguientes ejemplos.
Imaginemos un paño blanco, limpio, recién lavado. ¿Qué pasa si yo a ese paño, a esa tela blanca, muy limpita,  le hecho barro encima, o tinta negra? La tela se ensucia y se arruina. Perdió su limpieza y su blancura.
         Pongamos otro ejemplo. Un hijo, que vive con su padre, a quien su padre quiere mucho, que le da comida todos los días y comparte con él todo lo que tiene, un día se enoja sin motivo con su padre, no quiere más su amistad, y de amigo que era, se hace enemigo.
         Un paño blanco manchado con barro, un hijo que se pelea con su padre y se hace enemigo suyo.
         Estos ejemplos son una figura de lo que pasa en el alma con el pecado: el alma se ensucia, y se hace enemiga de Dios. Con nuestras solas fuerzas humanas, no podemos revertir ni una ni otra cosa. Sólo hay un modo de hacer que el alma vuelva a brillar y que recupere la amistad con Dios, y ese modo es la confesión.
         ¿Qué sucede en la confesión? Sucede algo que no vemos, algo invisible, pero real. Eso invisible, es Jesús, que desde la cruz, deja su Sangre sobre el alma. Y su sangre, que es la sangre del Hombre-Dios, limpia las manchas del pecado, hace que el alma brille con la santidad de Dios, y hace que el alma vuelva a ser hija y amiga de Dios.

         Porque llena nuestra alma de la bondad y de la santidad de Dios, porque nos hace ser hijos y amigos de Dios, la confesión debe ser para nosotros una de las cosas más preciadas y amadas en la vida.

domingo, 26 de octubre de 2014

Los Diez Mandamientos para Jóvenes: ¿A quién obedezco y sigo, a los Mandamientos de Jesús o a los mandamientos de Satanás?


         
       Luego de haber visto los Diez Mandamientos, debo considerar que es Jesús quien, desde la cruz, me pide que, por amor a Él, que es el Amor de Dios encarnado, que yo viva sus Mandamientos; no me obliga, porque respeta máximamente mi libertad; no me envía un ángel con una espada de fuego, para obligarme a cumplir los mandamientos: Jesús quiere que yo, movido por el amor a Él, me decida no solo a no pecar, sino a vivir en la perfección de los hijos de Dios, es decir, me decida a vivir la vida de la gracia. Para eso, desde la cruz, me pide, me suplica, que por amor a Él, me decida, de una vez por todas, a convertir mi corazón; me suplica y me ruega, con sus heridas abiertas y sangrantes, que mi corazón deje de mirar hacia la tierra, hacia las cosas vanas y pasajeras, y sea como el girasol que, al amanecer, se despega de la tierra y se yergue en busca del sol, abriendo su corola para atrapar su luz, y lo sigue en su trayectoria por el cielo; ese sol es Jesús, ese girasol que mira a la tierra en las horas de la noche es nuestro corazón, pero al impulso de la gracia, se yergue y comienza a elevarse en busca del Sol de Justicia, Jesucristo, para recibir su Luz, que es Vida eterna, y eso es lo que quiere Jesús desde la cruz: que nos convirtamos, que dejemos la atracción de las cosas bajas del mundo y nos elevemos hacia los bienes celestiales del Reino de Dios.
         Desde la cruz, Jesús me pide que viva los Diez Mandamientos, y me dice, con voz suave, al corazón: “Ámame a Mí, que soy tu Dios, por sobre todas las cosas, y no ames a nada ni a nadie, sino es en Mí, por Mí y para Mí; mírame en la cruz: ¿qué más puedo hacer por ti, que no lo haya hecho? Me dejé crucificar por ti, y me entrego con mi Cuerpo, mi Sangre, mi Alma, mi Divinidad y mi Amor, en la Eucaristía, y Tú no me amas por sobre todas las cosas; aún más, ni siquiera me tienes en cuenta; me tienes olvidado y relegado; mírame en la cruz y en la Eucaristía: ¡ámame por sobre todas las cosas! ¡Ama a tu prójimo como a ti mismo! Debes amar a tu prójimo, porque tu prójimo, todo prójimo, incluso aquel con el que estás enemistado, es una imagen viviente mía, pero además de ser una imagen viviente mía, ¡Yo estoy Presente, misteriosamente, en él! Por eso, todo lo que le hagas o le digas a tu prójimo, ¡a Mí me lo haces! Si le haces el bien, a Mí me lo haces; si le haces el mal, a Mí me lo haces, y Yo te devolveré, sea el bien, sea el mal, multiplicado al infinito, en la vida eterna. ¡Ama a tu prójimo como a ti mismo y así me estarás amando a Mí, en mi imagen viviente, que es ese prójimo tuyo, y Yo te recompensaré en la vida eterna!”.
El Demonio, desde el Infierno, con sibilina voz, nos dice: “¿Amar a Dios y al prójimo? ¡Quién sabe si Dios existe! ¿Y el prójimo? ¡Ninguno merece tu amor! ¡Ámate a ti mismo, y deja a los demás que se las arreglen como puedan! ¡No ames ni a Dios ni al prójimo, ámate a ti mismo, y yo, Satán, te amaré también!”.


         Desde la  cruz, Jesús nos dice, con suave y dulce voz, al corazón: “No tomes mi Santo Nombre en vano; Yo te confié mi Nombre, que es Tres veces Santo, para que lo custodies en tu corazón, como a un tesoro, el más preciado entre todos los tesoros, para que no sufra daño; Yo te confié mi Nombre, Tres veces Santo, para que lo guardes en tu memoria y para que lo evoques en tu corazón, con amor y para que le des a este Nombre mío lo que este Nombre se merece: alabanza, honor, gloria, bendición, adoración. No profanes mi Nombre, Tres veces Santo, evocándolo en vano, y mucho menos, lo evoques para la mentira, o para jurar en falso, o para dañar a tus hermanos, o para hacer cualquier clase de mal. Honra mi Nombre, Tres veces Santo, con la oración -que debe ser para ti como la respiración al cuerpo-, con la palabra –que debe ser siempre veraz- y con el ejemplo de vida –obra siempre la misericordia. Mírame en la cruz, y santifica el Nombre de Dios, porque por la Santa Cruz, Yo, que Soy Dios Hijo en Persona, glorificando a mi Nombre, te libré de la muerte eterna y te abrí las puertas del Paraíso. Si pronuncias mi Nombre, que sea solo para alabarme, bendecirme, honrarme, glorificarme, y adorarme, a Mí, que Soy el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, y que por ti, estoy en la cruz y en la Eucaristía”.
El Demonio, desde el Infierno, con sibilina voz, nos dice: “¡Jura por Dios, para que te crean! Si algo te sale mal, ¡échale la culpa a Dios, maldícelo, dile que lo odias, porque Él tiene la culpa de todo lo malo que te sucede, y te sentirás mejor! ¡Blasfema! ¡No tengas miedo! ¡Yo mismo te diré qué clase de insultos dirás contra el Nombre de Dios!”
         Desde la cruz, Jesús nos dice, con suave y dulce voz, al corazón: “Santifica las fiestas, no faltes a la Santa Misa el Domingo por pereza, por entretenimientos vanos, porque de esa manera, ultrajas y menosprecias el Don de los dones que mi Padre, Yo, el Hijo, y el Espíritu Santo, te hacemos a ti, y es el don de la Eucaristía. Por ti, y solo por ti, obramos el milagro más asombroso de todos los milagros, la transubstanciación, el milagro por el cual el pan y el vino, por las palabras de la consagración, pronunciadas por el sacerdote ministerial, se convierten, por obra del Espíritu Santo que actúa a través del sacerdote, en mi Cuerpo, mi Sangre, mi Alma y mi Divinidad, y esto lo hacemos, las Tres Personas de la Santísima Trinidad, solo por Ti, que eres una creatura insignificante, un mar de miseria y de indignidad, para donarte todo el Amor de la Santísima Trinidad. Es un don tan inconmensurablemente grande, que no te alcanzarían cientos de miles de eternidades para ni siquiera comenzar a entenderlo, y tú, creatura insignificante, osas despreciarlo por un miserable pasatiempo terreno, por una diversión humana que pasa en segundos y que deja al alma con sabor a cenizas, más el pecado, en la gran mayoría de los casos. No faltes a la Santa Misa de los Domingos, el Santo Sacrificio del Altar, en donde Mi Padre deja en el altar eucarístico, solo para ti, el Verdadero Maná, el Maná del cielo, la Eucaristía, porque si faltas por pereza, cometes un grave ultraje a las Tres Divinas Personas”.
         El Demonio, desde el Infierno, con sibilina voz, nos dice: “No asistas a Misa, diviértete el Domingo, la Misa es muy aburrida, hay cosas más entretenidas para hacer; ¿para qué vas a ir a Misa? ¡Ese cura ni siquiera sabe hablar! ¡Y cuántos hay en Misa que van a golpearse el pecho y después son más pecadores que tú! ¡No vayas a Misa! ¡Ven conmigo a divertirte! ¡La pasaremos bien, viendo fútbol por televisión, en vez de ir a Misa! ¡O haremos cualquier cosa, lo que tú prefieras, cualquier cosa, menos ir a Misa el Domingo! ¡Yo hago cualquier cosa por mis amigos, con tal de que no vayan a Misa los Domingos!”
Desde la cruz, Jesús nos dice, con suave y dulce voz, al corazón: “Honra a tu padre y a tu madre, porque ellos son mi imagen en la tierra. Si quieres saber cómo debes honrarlos, mírame en la cruz, porque en la cruz Yo entregué mi vida por mis padres, derramando hasta la última gota de Sangre por ellos. Si quieres saber cómo honrarlos, sólo fíjate cómo viví y cumplí Yo mismo este hermoso mandamiento en mi vida terrena, e imítame, demostrándoles cariño, respeto y aprecio, y ayudándolos en todo lo que necesiten y obedeciéndoles en lo que te manden, y cuando sean ancianos, tómalos a tu cargo. No pongas condicionamientos a este mandamiento, y si tus padres no fueron buenos contigo, hónralos igualmente, que Yo te recompensaré en la vida eterna por tu esfuerzo por amarlos”.
         El Demonio, desde el Infierno, con sibilina voz, nos dice: “¡No hagas caso de este mandamiento! ¡Cuanto antes te liberes del yugo de los padres, mejor! ¡Emancípate cuanto antes! ¡No prestes oído a sus sermones! Y si insisten en reprenderte porque quieres hacer tu propia voluntad y no la de ellos, levántales la voz y, si es necesario, la mano, y ya verás cómo las cosas cambian. Y cuando lleguen a viejos, ¡déjalos que se arreglen solos! ¡Tú vete y haz tu vida, que yo te estaré a tu lado, acompañándote, y seremos buenos amigos!              
Desde la cruz, Jesús nos dice, con suave y dulce voz, al corazón: “No quites la vida a tu prójimo, ni a ti mismo, porque la vida no te pertenece, ni la tuya propia, ni la de tu prójimo, porque el Autor y Creador de la vida de las creaturas Soy Yo, el Dios de la Vida, porque Yo Soy la Vida Increada en sí misma, y el que da la vida a todo ser viviente; por Mí viene a la vida todo lo que tiene vida, porque Yo creo la vida de toda creatura viviente; Yo doy la vida y Yo quito la vida, porque Yo Soy el Dueño de toda vida creada y nada ni nadie tiene derecho sobre los seres vivientes, sino Yo. Por eso te digo: no mates, no levantes la mano contra tu prójimo, no cometas aborto, no cometas homicidio, no cometas suicidio, no seas violento, ni pendenciero, ni busques la violencia de ninguna forma, porque Yo Soy el Dios de la paz, y detesto a los violentos y arrojo fuera de Mi Presencia a los violentos y no subsisten delante de Mi Presencia los iracundos. Acuérdate que Yo dije en el Evangelio: “Bienaventurados los mansos y humildes de corazón”. Yo en la cruz destruí la muerte y vencí para siempre al Dragón violento, sembrador de discordia. Busca la paz, ama la paz, desea la paz, da la paz a tus hermanos, y el Dios de la paz, que Soy Yo mismo, estará contigo. Cuando tengas la tentación de levantar tu mano para herir y matar a tu hermano, mira mis manos, clavadas en la cruz, atravesadas por gruesos clavos de hierro, por ti, para que tú no levantes tu mano homicida contra tu hermano; mira mis manos perforadas por gruesos clavos de hierro, y si levantas tus manos, que sean en oración hacia Mí, que estoy en la cruz y en el sagrario, y que sean para auxiliar a tu prójimo más necesitado, y no para herir a tu hermano”.


El Demonio, desde el Infierno, con sibilina voz, nos dice: “¡No hagas caso de este mandamiento! El mundo pertenece a los más fuertes. Sé violento, arrogante, soberbio. Tienes que imponerte por la fuerza, porque los débiles y cobardes nada logran. En el Infierno, hay muchos violentos, que siguen siendo violentos e iracundos por toda la eternidad. Allí pueden descargar su ira para siempre, pero esa ira va mezclada con el terror que les provoca mi compañía y mi visión. Si quieres que yo sea tu compañero para siempre, descarga tu ira cuantas veces lo desees, y yo te estaré esperando abajo…”.
Desde la cruz, Jesús nos dice, con suave y dulce voz, al corazón: “No cometas actos impuros, no forniques, no desees la mujer de tu prójimo, vive en la castidad, conserva tu cuerpo, tu mente, tu corazón y tu alma puros, porque tu cuerpo es templo del Espíritu Santo, tu mente es sede de la Sabiduría divina, tu corazón es altar de la Eucaristía y tú me perteneces todo entero, con todo tu ser, con todo lo que tienes, con todo lo que eres, con todo tu pasado, tu presente y tu futuro; míos son tu tiempo y tu eternidad; no los contamines con impurezas y con obras carnales, porque fuiste creado para el cielo, para el Reino de mi Padre, en donde no existe la corrupción ni la impureza. Cuando te acometa la tentación, mira mi Cabeza, coronada de espinas: son tus malos pensamientos, consentidos, que se han materializado en gruesas, duras y filosas espinas, que desgarran mi cuero cabelludo y hacen brotar múltiples ríos de Sangre que corren por mi Cabeza y bañan mi Santa Faz. Entonces, si no te mueve ni el deseo del cielo, ni el temor del infierno, que al menos te mueva el deseo de no provocarme más dolor, y haz el propósito de ser puro, casto, limpio, de cuerpo y alma; no te contamines con las impurezas carnales, para que seas merecedor de las delicias celestiales, reservadas a las almas castas e inmaculadas, las almas que se revisten de la gracia santificante.”.
         El Demonio, desde el Infierno, con sibilina voz, nos dice: “¡Haz lo que quieras! ¡Comete todas las impurezas carnales que quieras! ¡Disfruta de esta vida, que después de esta vida, no hay otra! Además, estos placeres carnales, no se terminan nunca, y en todo caso, si te quieres convertir, conviértete, pero deja la conversión para mañana. Dios es misericordioso y pura misericordia, ¿cómo va a condenarte? ¡Fornica tranquilamente, consume pornografía tranquilamente, mantén relaciones pre-matrimoniales tranquilamente, total, Dios te perdonará siempre, aunque no tengas propósito de enmienda! Para eso está la confesión, para absolverte, aunque no estés arrepentido. Comete toda clase de impurezas, acalla tu conciencia, cumple mis mandamientos al pie de la letra, los mandamientos de Satán, y seremos amigos por la eternidad.
Desde la cruz, Jesús nos dice, con suave y dulce voz, al corazón: “No digas mentiras ni levantes falso testimonio, porque si esto haces, te conviertes en cómplice del Padre de la mentira, el Demonio, el Engañador, y no hay nada que Yo deteste más, que la mentira. No soporto a quien dice mentiras; no tolero a los falsos, a los mentirosos; esos no duran ante Mi Presencia, porque Yo Soy la Verdad Absoluta; Yo Soy la Sabiduría Divina, y en mí no hay falsedad alguna. No entrarán en el cielo los que dicen mentiras, los que juran en falso, los que tuercen la Verdad, los que dicen medias verdades, y son arrojados del cielo los que osan decir mentiras, como el Padre de la mentira, Satanás, quien fue el primero y el último en decir una mentira en el cielo. El dijo la única mentira pronunciada en el cielo: “¡Yo soy como Dios!”, y por esa osadía, fruto de su mente enferma, perversa y diabólica, San Miguel Arcángel, por orden mía, combatió y lo expulsó para siempre de mi Reino. Nunca entrarán en el cielo los que dicen mentiras, los que juran en falso, los que calumnian a su prójimo, los que difaman, los que escuchan con placer falsedades acerca de su prójimo. Cuando quieras decir una mentira, o cuando tengas la tentación de decir una calumnia sobre un prójimo, mírame a Mí en la cruz, y fíjate cuál es el precio de la calumnia, porque Yo fui Víctima Inocente de las calumnias, las difamaciones, y de las acusaciones injustas de mentirosos y falsarios, que me acusaron en un juicio inicuo. Mírame y contémplame con todas mis heridas, abiertas y sangrantes, y piensa en mi dolor, que es actual, profundo, lacerante, y piensa en mi muerte en cruz, humillante, dolorosa, lancinante, porque es el fruto de las calumnias y difamaciones, y no calumnies ni difames ni digas mentiras, porque si lo haces, te vuelves partícipe de mi muerte en la cruz y cómplice del Padre de la mentira. Sé amante de la Verdad y siempre veraz, y que tu “sí” sea “sí” y tu “no” sea “no”, porque todo lo demás, viene del Maligno”.                 
El Demonio, desde el Infierno, con sibilina voz, nos dice: “¡No tengas escrúpulos en mentir! Acuérdate de este principio mío, tan eficaz: “Miente, que algo quedará”. La mentira es el arma de los astutos. Claro, que tienes que tener siempre presente tu mentira, para no quedar atrapado por ella. Di siempre mentiras, cuantas más mentiras digas, tanto más te acercarás a mí, y llegará un momento en que estarás tan cerca de mí, que entonces te atraparé, y ya no te separarás nunca más de mí. ¡Miente, para que vivamos siempre juntos, allá abajo, en el Reino de la mentira, de la falsedad y de la impiedad!”
Desde la cruz, Jesús nos dice, con suave y dulce voz, al corazón: “No robes ni codicies los bienes ajenos. Cuando tengas la tentación de apoderarte de lo que no es tuyo, mírame a Mí en la cruz, e imítame a Mí, que siendo Dios, nada material tengo en la cruz, porque ninguno de los bienes materiales que tengo en la cruz, me pertenecen, ya que el leño de madera, el letrero que dice: “Jesús Nazareno, Rey de los judíos”, los tres clavos de hierro que atraviesan mis manos y mis pies, y la corona de espinas que taladra mi Cabeza, me han sido prestados por mi Padre, y el paño con el que me cubro mi humanidad, me lo ha prestado mi Madre amantísima, pues era el velo con el que cubría su cabeza; todos estos bienes materiales, han sido usados por Mí, para salvar a la humanidad, para salvarte a ti, y han quedado en la tierra. Tú, haz lo mismo con tus bienes materiales: úsalos y adminístralos en tanto y en cuanto te sirvan para llegar al cielo; compártelos con tus hermanos más necesitados, no los acumules sin necesidad, porque nada material te llevarás a la otra vida. Atesora en cambio, tesoros para el cielo, tesoros espirituales, que son las obras de misericordia, corporales y espirituales, porque esos tesoros, sí te llevarás a la otra vida; entra en la otra vida, con tus alforjas cargadas de tesoros espirituales. Recuerda: donde esté tu tesoro, ahí estará tu corazón: que tu tesoro sea la Santa Cruz, la Eucaristía y el Inmaculado Corazón de María, para que tu corazón esté siempre ahí, a buen resguardo; que tu tesoro no sea nunca el ni el oro ni la plata, porque de lo contrario, con ellos perecerá para siempre, como le sucedió a Judas Iscariote, que por preferir escuchar el tintineo metálico de las monedas de plata, antes que escuchar los latidos de mi Sagrado Corazón, como lo hizo en cambio Juan Evangelista, ahora debe escuchar, para siempre, el rugido aterrador del Príncipe de las tinieblas. No desees los bienes materiales; desea en cambio, los bienes del cielo, la Santa Cruz, la Eucaristía y el Inmaculado Corazón de María, y así serás feliz, en esta vida y en la vida eterna”.
El Demonio, desde el Infierno, con sibilina voz, nos dice: “Si te postras ante mí, te daré todo el oro del mundo. Tendrás fama y serás reconocido y estimado por los grandes de la humanidad. Lo único que tienes que hacer es darme tu alma, como lo hizo aquel que vendió a su Maestro, por treinta monedas de plata. Solo necesito saber cuál es el precio de tu alma, para que hagamos el trato. Dímelo, y cerremos el trato: a cambio de unos cuantos bienes materiales, que en pocos años no valdrán nada, tú me darás tu alma inmortal y tu cuerpo, y yo los poseeré para siempre, en las cárceles del Infierno. Tú disfrutarás del oro y de la plata por unos pocos años, que pasan volando, en un abrir y cerrar de ojos, y yo te tendré a mi disposición, para hacerte sufrir, por toda la eternidad, en mi lago de fuego. ¡Cerremos el trato cuanto antes, véndeme tu alma por un puñado de billetes!”.
Querido joven: desde la cruz, Jesús nos pide que cumplamos los Mandamientos de Dios, que se resumen en uno solo: “Amarás a Dios por sobre todas las cosas, y al prójimo como a ti mismo”, para que seamos eternamente felices en el Reino de su Padre, pero no nos obliga a cumplirlos, puesto que respeta al máximo nuestro libre albedrío.
Desde el Infierno, Satanás nos tienta para que cumplamos sus mandamientos, los mandamientos de Satanás, que se resumen en uno solo: “Haz lo que quieras, cumple tu voluntad y no la de Dios”; tampoco nos obliga, pero no quiere nuestra felicidad, sino nuestra completa destrucción y nuestro dolor eternos, y para eso es que nos tienta permanentemente.

La Sagrada Escritura lo dice: “Ante el hombre están la vida y la muerte, el bien y el mal, lo que él elija, eso se le dará” (cfr. Eclo 18, 17). Delante nuestro, están los Mandamientos de Cristo Dios, o los mandamientos de Satanás; lo que elijamos, eso se nos dará. Que María Santísima, Madre del Amor hermoso, interceda por nosotros, para que siempre elijamos vivir y cumplir los Mandamientos de Cristo Dios.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

Los Diez Mandamientos para Jóvenes: Cuarto Mandamiento: “Honrarás madre y padre”


         El Cuarto Mandamiento de la Ley de Dios dice: “Honrarás Madre y Padre”. ¿Qué significa este mandamiento? ¿Cómo se lo puede cumplir? Honrar a los padres significa obedecerlos en todo lo bueno que ellos manden y demostrarles frecuentemente cariño, demostrarles respeto y aprecio, ayudarlos material, moral y espiritualmente, y si ya han fallecido, rezar por ellos[1].
         Pecan contra este mandamiento los hijos que desobedecen gravemente a los padres, los que los desprecian y no les demuestran amor, los que los tratan con palabras irrespetuosas, los que los hacen sufrir, los que los insultan, los que no les prestan ningún tipo de ayuda, cuando están necesitados, los que se avergüenzan de ellos, los que los dejan abandonados, etc.
         Este mandamiento incluye honrar a los que tienen más edad que nosotros, a los que ocupan algún puesto de autoridad, y a los que son superiores en dignidad por su santidad, buena conducta o sabiduría, como el Papa, los obispos, los sacerdotes, etc.
         Los niños y los jóvenes deben obedecer las prescripciones razonables de sus educadores y de todos aquellos a quienes sus padres los han confiado, pero si están persuadidos en su conciencia de que una orden es moralmente mala, no deben seguirla[2].
         Lo mismo vale para los ciudadanos: no tienen obligación de aceptar lo que mandan las autoridades civiles, cuando éstas implementan leyes contrarias a la ley moral o a las enseñanzas del Evangelio, como por ejemplo, las leyes del aborto y de la eutanasia, o una guerra de agresión e injusta contra un país inocente e indefenso.
El Cuarto Mandamiento es un mandamiento tan importante, que Dios quiere que después de Él, sean nuestros padres a quienes demos la honra y la gloria, y para eso se encarga de hacernos recordar a lo largo de toda la Escritura. Por ejemplo, en Éxodo 20, 12, dice: “Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días sean prolongados en la tierra que el Señor tu Dios te da”; en el libro del Deuteronomio, dice: “Honra a tu padre y a tu madre, como el Señor, tu Dios, te ha mandado, para que tus días sean prolongados y te vaya bien en la tierra que el Señor, tu Dios, te da” (5, 16). Es decir, Dios condiciona la bendición en la tierra, al trato benevolente y a la honra que demos a nuestros padres.
         Este mandamiento ordena honrar –y como la honra se basa en el amor, manda amar- a los padres, en toda ocasión y momento, por el solo hecho de ser padres, más allá de si los padres se equivocan o no, porque el mandamiento dice: “Honra a tu madre y a tu padre”; no dice: “Honra a tu madre y a tu padre solo si fueron buenos contigo”; dice: “Honra a tu madre y a tu padre” sin poner condicionamientos, es decir, en todo momento y lugar. Esto es así, porque los padres son, junto con Dios, los cooperadores materiales en el don de la vida: Dios crea el alma, mientras que los padres aportan las células primordiales, que constituyen el cuerpo del embrión –los gametos masculino, espermatozoide, y femenino, ovocito-, y por este solo hecho, merecen el mayor de los respetos, la más grande honra, y el mayor amor del que seamos capaces de brindarles. Ahora bien, esto se traduce en actos concretos, y no en meras palabras, y esto quiere decir, que se deben traducir en ayudas de todo tipo y orden: ayudas materiales, ayudas económicas, ayudas morales, ayudas espirituales, y por supuesto, sin descuidar el deber de estado, porque si alguien es, al mismo tiempo que hijo, padre de familia, debe cumplir también a la perfección su deber de padre de familia, sin descuidar su deber de hijo. ¿Difícil? Sí, es difícil cumplir la Ley de Dios, pero la Ley de Dios se basa en el amor, y amar, ¿es difícil? Todo es fácil para quien ama.
         Si alguien quiere saber cómo se debe honrar a los padres, sólo tiene que contemplar a Jesucristo, el Hijo de Dios, quien siendo Dios Hijo, la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, honró a su Padre Eterno, obedeciendo por Amor al pedido que Él le hacía, de encarnarse para ofrendar su Cuerpo y su Sangre en el santo sacrificio de la cruz, para salvarnos a todos los hombres de la “condenación eterna”[3], y una vez encarnado, se hizo niño pequeño, sin dejar de ser Dios, y vivió sujeto a sus padres terrenos, la Virgen María y San José, su padre adoptivo en la tierra, obedeciéndolos en todo, respetándolos, honrándolos, ayudándolos en sus quehaceres, y no solo no ocasionándoles jamás ningún malestar, sino siendo para ellos, en todo momento, su Fuente de amor, de alegría y de paz, y si en algún momento se separó de ellos, como en el episodio en el que Jesús, a los doce años de edad, estuvo tres días en el templo, sin que María y José lo supieran, fue porque debía dedicarse “a los asuntos de su Padre del cielo”, es decir, por algo superior a sus deberes para con los padres terrenos, que es seguir la Voluntad de Dios Padre. Jesús es modelo perfectísimo de amor y de honra a los padres, porque vivió a la perfección el Cuarto Mandamiento y selló con la Sangre de la cruz el amor a su Padre Dios y los padres terrenos, su Madre, la Virgen, y a su padre adoptivo terreno, San José.
El Cuarto Mandamiento de la Ley de Dios dice: “Honrarás Madre y Padre”. El joven que quiera saber cómo se debe cumplir, sólo debe contemplar a Jesús, obedeciendo a su Padre Dios, que le pide que se encarne para luego subir a la cruz y morir en sacrificio para salvar a la humanidad; el joven que quiera saber cómo se debe cumplir el Cuarto Mandamiento, sólo debe contemplar a Jesucristo crucificado, que entrega su vida en la cruz, derramando su Sangre hasta la última gota, para redimir a la humanidad, y los primerísimos frutos de esa humanidad redimida y santificada por su gracia son su Madre, la Virgen María, y su padre adoptivo terreno, San José. El joven que quiera saber cómo se debe cumplir el Cuarto Mandamiento, que contemple al Hijo de Dios, Jesucristo, entregando su vida por amor a su Padre Dios y por amor a sus padres terrenos, la Virgen María y San José, en la cruz.



[1] Cfr. http://religioncatolicaromana.blogspot.com.ar/2012/06/cuarto-mandamiento-significado-honraras.html
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. Misal Romano, Plegaria Eucarística I.