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martes, 25 de febrero de 2020

Por qué un católico no debe celebrar Carnaval


Resultado de imagen de satanas y el carnaval

          Un católico no debe celebrar Carnaval por diversos motivos:
          Porque el Carnaval aparenta una alegría que no viene de Dios, sino que su alegría es una alegría mundana, superficial, banal, y basada en el pecado. El católico tiene su propio motivo de alegría, que no viene del Carnaval precisamente, ni de ningún motivo terreno, sino de Dios, que es “Alegría infinita” y que comunica de esta alegría a quien a Él se le acerca.
          Porque el Carnaval exalta las pasiones, la lujuria, el desenfreno, la codicia, la embriaguez, la falta de pudor, la falta de vergüenza, la impudicia y el deshonor. Contrariamente, el cristiano se caracteriza por hacer el sacrificio para vivir virtuosamente y si no posee las virtudes, se esfuerza por alcanzarlas.
          Porque el Carnaval exalta al hombre viejo, al hombre que vive en pecado, al hombre que voluntariamente rechaza la gracia porque prefiere y elige vivir en la antigua condición, la condición del pecado. El cristiano, por el contrario, se caracteriza por vivir la vida de la gracia, la vida del hombre nuevo redimido por Cristo.
          Porque el Carnaval exalta al pecado en todas sus formas, sutiles y explícitas, porque el Carnaval no sólo vive del pecado, sino que lo genera, lo produce, lo aumenta y lo enarbola como derecho humano. Al contrario, el cristiano rechaza radicalmente al pecado, porque en vez del pecado, prefiere tener en su alma la gracia santificante.
          Porque el Carnaval ensalza a Satanás como a su rey y esto se puede constatar por el hecho de que en todas las culturas, independientemente de su geografía, del tiempo y de la distancia, el rey del Carnaval siempre es Satanás. De modo opuesto, el Único Rey para el cristiano es Cristo, Rey de reyes y Señor de señores.
          Porque por su cercanía con la Cuaresma cristiana, el Carnaval exalta y ensalza todo lo que la Cuaresma condena y rechaza. Al iniciar la Cuaresma, el cristiano se esfuerza por vivir la vida de la gracia, que es todo lo contrario al pecado.
          Porque el Carnaval, con su colorido, con su música estridente, con sus bailes sensuales y con todo lo que hay en él, en vez de alegría y la vida, celebra la tristeza y la muerte, porque ensalza todo lo que Cristo ha derrotado en la Cruz.
Por todas estas razones, el cristiano católico no debe celebrar el Carnaval, bajo ningún concepto.

viernes, 29 de junio de 2018

Dios nos colma de gracia por Amor, es por amor que debemos conservar y acrecentar la gracia



         ¿Cómo describir al pecado mortal? El pecado mortal se puede comparar, por ejemplo, con la muerte natural de un hombre: así como un hombre muere cuando el alma se separa del cuerpo y deja de informarlo y de darle la vida, así el alma muere espiritualmente cuando comete un pecado mortal[1], porque el alma se desprende de la gracia, que es la vida divina en el alma. El pecado mortal es “muerte” espiritual porque el alma deja de tener en sí la vida de Dios; es decir, está muerta a la vida de Dios, aun cuando siga viva en su estado natural. Esto último es un hecho de comprobación cotidiana, pues es de experiencia que los hombres cometen pecados mortales, es decir, mueren a la vida de la gracia, pero siguen vivos con su vida natural –continúan hablando, caminando, etc.-.
         Ahora bien, en el plano espiritual sucede algo que no sucede en el plano corpóreo: si un hombre después de muerto no puede volver a la vida porque su alma ya se separó definitivamente de su cuerpo –sólo volverá a unirse en la resurrección final-, el alma sí puede recuperar la vida divina perdida, por medio de la recepción de la gracia. Es lo que nos sucede en cada confesión sacramental y es lo que nos sucedió a todos y cada uno de nosotros en el bautismo sacramental: tanto en la confesión como en el bautismo, el alma recibe una infusión de la gracia y por medio de esta, la vida divina. Por el sacramento de la confesión volvemos a la vida de la gracia luego de estar muertos por el pecado mortal; por el bautismo somos rescatados de la muerte espiritual en la que el pecado de Adán y Eva nos sumergió y quien nos rescata y vuelve a la vida en cada sacramento es Dios.
Tanto en la confesión sacramental, como en el bautismo, desciende sobre el alma la Sangre Preciosísima del Cordero de Dios, Jesucristo y, como Jesucristo es Dios, en su Sangre está contenido el Espíritu Santo. Esto significa que por los sacramentos, Dios nos infunde su Amor, el Espíritu Santo y por medio del Espíritu Santo, Dios une a Sí nuestra alma. Para darnos una idea más gráfica de lo que sucede con los sacramentos, tomemos la siguiente imagen: imaginemos un recipiente, como por ejemplo, un ánfora o tinajas de las que se usaban en la Antigüedad -tal vez como las que se usarían en las Bodas de Caná-: nuestras almas en pecado mortal son como esas ánforas vacías, porque están vacías del Amor de Dios; por el sacramento de la confesión y por el bautismo, Dios derrama sobre nuestras almas su Amor, el Espíritu Santo, y colma nuestras almas con su Amor, así como un ánfora se colma de agua cristalina, o del vino más exquisito, como en el caso de las Bodas de Caná. Al derramar su Amor sobre nosotros, Dios no solo borra nuestros pecados, sino que nos une a Sí, es decir, nos introduce, por así decirlo, en su Corazón de Dios, uniéndonos íntimamente a Sí. Como consecuencia de esta íntima unión con Dios, nuestra alma recibe una nueva vida, una vida que es distinta a esta que conocemos y con la cual vivimos todos los días: es la vida de Dios, la vida sobrenatural, que es donada por la “gracia santificante”. Algo que debemos considerar es que Dios nos perdona los pecados y nos concede su Amor solo por Amor, no por obligación y como el dicho dice: “Amor con amor se paga”, nuestra obligación es demostrar amor de gratitud a Dios y ese amor lo demostramos efectivamente no con palabras, sino con obras, mediante las cuales buscamos preservar, incrementarla e intensificar la gracia recibida.
Entonces, es por amor que nosotros debemos conservar nuestra ánfora –nuestra alma- llena de la gracia y el Amor de Dios y nunca vaciarla por el pecado mortal.


[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 76.

viernes, 8 de junio de 2018

Con qué se compara el pecado mortal



         El pecado mortal, como el que cometieron Adán y Eva, es comparable a la muerte de una persona[1]: así como una persona muere cuando el alma se separa del cuerpo, así el alma muere cuando el alma se queda sin la gracia, que es la vida de Dios en el alma. Al quedarse sin la gracia, el alma muere irremediablemente, porque muere a la vida de Dios y esto aun cuando la persona continúe hablando, caminando, riendo, etc.; es decir, aun cuando la persona continúe con su vida cotidiana de todos los días.
         Por el Bautismo sacramental somos devueltos a la vida, luego de haber nacido muertos espiritualmente –porque el pecado de Adán y Eva se transmite en la generación y por eso los hombres nacemos con el pecado original, es decir, muertos a la vida de Dios-. Regresamos a la vida de Dios en el Bautismo porque allí Dios unió a Sí nuestra alma[2]. Sobre nuestra alma se vertió el Amor de Dios –el Espíritu Santo-, que quitó el pecado original y esto sucedió porque invisible y misteriosamente, pero no por eso menos real, sobre nuestras almas se derramó la Sangre de Jesús y, con la Sangre de Jesús, el Espíritu Santo. Al unir a Sí nuestra alma, Dios la hizo partícipe de su propia vida divina, haciéndola vivir desde entonces con una nueva vida, distinta a nuestra vida natural, y es la vida sobrenatural que da la gracia santificante. Nuestra obligación como cristianos es conservar, preservar y acrecentar esta vida[3].
         Cuando Dios nos une a Sí mismo concediéndonos su gracia y haciéndonos participar de su vida divina, a partir de ese momento, no nos abandona nunca. Es decir, si de Dios dependiera, jamás permitiría que nos quedemos sin la gracia santificante; jamás permitiría que nuestra alma muriera por el pecado mortal.
         La única manera por la cual la gracia de Dios deja de estar en el alma –y por lo tanto, el alma muere- es la separación de Dios, de parte nuestra, por parte del pecado. Como cometer un pecado es una acción libre y deliberada nuestra, Dios no se opone a nuestra libertad. Él no desea que nos apartemos de Él, pero tampoco se opone a nuestra libertad de separarnos de Él, libertad expresada en el deseo de cometer un pecado mortal. Es decir, recibimos la gracia gratuitamente, pero la perdemos libremente, por propia voluntad. Esta pérdida de la gracia supone la mayor desgracia para una persona –incomparablemente más grande a cualquier desgracia que pueda sobrevenir en esta vida- y ocurre cuando una persona, libremente consciente de su acción, toma la decisión de desobedecer a Dios, voluntariamente, en materia grave.
         Cuando esto sucede, es decir, cuando la persona sabe que es materia grave y lo mismo comete la acción, comete el pecado mortal, pecado por el cual el alma muere a la gracia de Dios y por eso se llama “mortal”. Esta desobediencia a Dios  y a su voluntad –expresada en los Diez Mandamientos y en esos Mandamientos explicitados por Jesucristo, la Sabiduría de Dios encarnada- consiste en el rechazo de Dios y su vida. Para darnos una idea, imaginemos un robot que está conectado a una fuente de energía eléctrica, que le permite sus operaciones y movimientos, por medio de unos cables: si se cortan los cables con una tijera o si se apaga el interruptor, deja de recibir energía eléctrica y el robot “muere”, es decir, queda sin su “vida” que le era proporcionada por la corriente eléctrica. O también podemos imaginar la luz de nuestra casa y qué es lo que ocurre durante un apagón: toda la casa queda a oscuras porque se fue la luz: la casa es nuestra alma, la luz es la gracia, la oscuridad es la consecuencia del pecado y lo que causó el apagón es el pecado mortal: el alma queda a oscuras y muerta luego del pecado mortal, aun cuando exteriormente pueda seguir cumpliendo sus funciones vitales normales.
         Pidamos siempre la gracia de que no se provoque un “corte de luz” en nuestras almas, que nuestras almas nunca se queden sin la gracia. Para eso, vale la jaculatoria con la cual Santo Domingo Savio, un niño santo del Oratorio de Don Bosco, recibió la Primera Comunión: a los nueve años de edad tenía tan claro qué era lo que sucedía en el alma, que su pedido frecuente era: “Morir antes que pecar”. Debemos siempre pedir la gracia de perseverar en la fe, en la gracia y en las buenas obras.


[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Cap. 6, 76.
[2] Cfr. Trese, ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

viernes, 2 de marzo de 2018

El pecado original es ausencia de la gracia santificante



"Adán y Eva comen la fruta prohibida"
(Mantegna)

         El pecado original cometido por Adán y Eva y por el cual se perdieron todos los dones con los cuales Dios había dotado al hombre –entre ellos, la gracia santificante-, se describe como una “mancha”, al efecto de darnos una idea de qué es y en qué consiste. Así como un trozo de tela blanca queda manchado por el barro, así podemos decir que el alma queda manchada, al nacer, por el pecado original.
         Pero también se lo puede describir en términos de luz y de oscuridad, puesto que el pecado es la falta de algo, así como la oscuridad es falta de luz. La oscuridad es ausencia de luz: cuando el sol despunta por la mañana, desaparece la oscuridad de la noche[1].
         De un modo similar, cuando decimos que “nacemos en estado de pecado original”, queremos decir que, al nacer, nuestra alma está espiritualmente a oscuras, porque no tiene la luz de la gracia santificante. Pero también está muerta, sin vida, como un cuerpo cuando está sin vida, porque la gracia es participación a la vida de Dios Trinidad; entonces, el alma en pecado original no solo está a oscuras, sino que también está muerta a la vida de Dios.
         Cuando somos bautizados, la luz del Amor de Dios se vierte en el alma y el alma se llena de la luz, de la vida y del Amor de Dios –algo similar sucede cuando el alma se confiesa sacramentalmente y cuando recibe la Comunión Eucarística-, lo cual quiere decir que el alma comienza a vivir con una vida nueva, la vida de la gracia, que es la vida de Dios, porque Dios, por la gracia, comienza a vivir en el alma[2].
         El bautismo nos devuelve la gracia santificante, pero no restaura los dones preternaturales, como es el librarnos del sufrimiento y de la muerte.
         Cuando pecamos, nuestra alma se vuelve oscura, fría, y muere a la vida de Dios, aunque continúe con su vida natural y aunque continúe iluminada con la débil luz de la razón, y aunque continúe con el débil calor de su amor humano. A pesar de esto, el pecado quita la vida, la luz y el Amor de Dios del alma, los cuales se restituyen con la gracia santificante recibida en la Confesión Sacramental y se incrementan con la Comunión Eucarística en estado de gracia.
         No hagamos como Adán y Eva, que prefirieron el pecado –es decir, la oscuridad, la frialdad del corazón, la muerte del alma-, antes que la gracia –la luz, el calor del Amor de Dios y la vida de Dios-. Hemos sido rescatados al precio de la Sangre de Jesús, derramada en la Cruz, para que vivamos en la gracia, en la luz, la vida y el Amor de Dios, y no en el pecado.


[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 68-69.
[2] Cfr. ibidem.


jueves, 22 de febrero de 2018

El pecado original fue un pecado de soberbia, como imitación y participación al pecado del Ángel caído



"Adán y Eva"
(Jan Gossart)

         El pecado cometido por Adán y Eva en el Paraíso, por el cual perdieron para sí y para toda la humanidad el estado de gracia y los dones preternaturales y sobrenaturales con los que Dios los había creado, se llama “original” y fue un pecado de soberbia. Adán y Eva cometieron el mismo pecado que cometió el Ángel caído en el cielo y que le valió la pérdida de la visión beatífica de Dios por la eternidad: la soberbia[1].
         En vez de oír y obedecer la voz de Dios, que les decía que no debían comer del árbol del bien y del mal, oyeron la voz del Tentador y obedecieron lo que les decía: que comieran del fruto prohibido, para que así se convirtieran en dioses, para ser tan grandes como Dios[2]. Por el pecado original, Adán y Eva hicieron una elección: se eligieron a sí mismos en vez de a Dios y al hacer esto, tiraron por el suelo todo lo que Dios les había donado, como cuando un príncipe o un rey toma su corona colocada en la cabeza y la arroja con enojo por el suelo. Perdieron la sabiduría, el dominio perfecto de sí mismos, su incapacidad de enfermar y morir y, sobre todo, perdieron la gracia santificante, que los unía íntimamente a Dios[3]. La gracia había sido dada a Adán por Dios para que de Adán la recibiéramos todos. Como la gracia se perdió en su origen –Adán-, es por eso que nacemos con el pecado que se llama “pecado original”. El pecado original, al que suele graficárselo con una “mancha” oscura que asienta sobre el alma, es falta de algo: es falta de la gracia santificante, así como la oscuridad es falta de luz. Es por esta razón que se dice que quien peca, vive “envuelto en tinieblas y en sombras de muerte”, porque el pecado es oscuridad espiritual, ausencia de la luz de la gracia, y es muerte espiritual, ausencia de la vida de la gracia en el alma.
         Si queremos vivir en fidelidad a la gracia santificante recibida en el bautismo, que nos hizo hijos adoptivos de Dios, tenemos que vivir en la luz de la gracia y la Verdad y obrar obras de la luz y no de las tinieblas, como dice la Escritura: “El que obra el mal odia la luz, y no viene a la luz para que sus acciones no sean expuestas. Pero el que practica la verdad viene a la luz, para que sus acciones sean manifestadas que han sido hechas en Dios” (Jn 3, 20).
         Somos hijos adoptivos de Dios, somos hijos de la Luz eterna, que es Dios; no somos hijos de las tinieblas ni nuestro rey es el Príncipe de las tinieblas. Nuestro Rey es Jesucristo, Dios de Dios y Luz de Luz y es por eso que debemos obrar siempre las obras de la luz, que son las obras realizadas en la verdad y en el bien.



[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 67.
[2] Cfr. Trese, ibidem.
[3] Cfr. Trese, ibidem, 68.

domingo, 15 de febrero de 2015

Razones por las cuales el joven católico no debe festejar el Carnaval


         ¿Por qué no “festejar” el carnaval? ¿No corremos, los católicos, el peligro de ser llamados “retrógrados”, al oponernos a una fiesta universal como el carnaval? Nada de eso: el festejo del carnaval es intrínsecamente contrario al ser cristiano y católico, y veremos por qué, analizando el carnaval en su aspecto material y espiritual.
Ante todo, tenemos que saber que la palabra “Carnaval” proviene del latín medieval “carnelevarium”, que significaba “quitar la carne”: se refería a la prohibición religiosa de consumo de carne durante los cuarenta días que dura la Cuaresma.
De esta manera, toda la carne que se tenía preparada para el consumo diario debía consumirse antes del inicio de la Cuaresma y esto es lo que originó las fiestas de carnaval, en donde abundaba la comida, la bebida y la música. Sin embargo, al no estar animadas por el Espíritu de Dios, estos “festejos” se fueron haciendo, con el tiempo, cada vez más desordenados, imponiéndose al mismo tiempo el uso de máscaras para ocultar la identidad de los festejantes, mientras que se permitían todo tipo de abusos, ya que al entrar en la Cuaresma católica se avecinaban días de muchos sacrificios y penitencias.
Esto es el carnaval en su sentido material: comer carne, prohibida en Cuaresma, y dedicarse a festejos y bromas públicas, también prohibidas en Cuaresma, al ser contrarios a la Ley de Dios. El carnaval es ya, por lo tanto, desde el punto de vista material, una contestación pública, una rebelión social, contra el orden cristiano. Sin embargo, en su sentido espiritual, el carnaval esconde una perversión aún mayor, puesto que el espíritu que anima al carnaval no es, ni con mucho, el Espíritu Santo, sino el espíritu del mal, el demonio.
En el carnaval no solo se “consume carne” y se hacen bromas públicas; en carnaval, se actualiza y se potencia –aun en quienes no lo hacen conscientemente-, por influjo del espíritu del mal, la rebelión del hombre contra Dios, rebelión que está presente en el corazón del hombre desde la caída de los primeros padres, Adán y Eva, como consecuencia del pecado original. Mucho más que comer carne, en el carnaval, se exalta la “carne”, entendida esta en el sentido bíblico del Nuevo Testamento, en donde la “carne” representa la tendencia desviada del hombre, por la concupiscencia del pecado, a cometer todo tipo de desenfrenos al dar rienda suelta a las pasiones, incluida en primer lugar la lujuria.
En carnaval se exalta la carne, esto es, las pasiones sin el control de la razón; en carnaval se exalta al “hombre viejo”, al hombre sin Cristo y su gracia, en detrimento del “hombre nuevo”; en carnaval, se exalta al hombre esclavizado por sus pasiones y por el demonio; se ensalza y exalta al hombre que se deleita en placeres prohibidos; al hombre que, en abierto desafío a Dios y a su Mesías venido en carne, Jesucristo, comete todo tipo de abominaciones; al hombre que rechaza la glorificación de la carne por la gracia de Jesucristo y, en cambio, exalta y glorifica a la carne en pecado, la carne o la humanidad caída en el pecado, sin la redención obtenida por el sacrificio de Jesús en la cruz. En carnaval, se exhiben impúdicamente, en triunfo, las pasiones sin el dominio de la razón y mucho menos sin la redención de la gracia; se exalta el pecado y se glorifica la rebelión contra Dios; se exaltan y se glorifican los vicios y los pecados capitales, y se desprecian y rechazan las virtudes humanas y cristianas, es decir, se rechaza a la humanidad nueva, la humanidad redimida por Jesucristo, en la cual las pasiones están bajo el dominio de la razón y de la gracia y se exaltan toda clase de vicios y pecados. El carnaval es la glorificación de la carne y de los pecados, de los vicios y de las cosas que ofenden a Dios y a su Cristo; en el carnaval, se profana el cuerpo, que es “templo del Espíritu Santo” y se lo convierte en morada de demonios, tanto más, cuanto que se permiten toda clase de excesos y de libertinajes. Por todo esto, la alegría del carnaval es una falsa alegría, porque es una alegría originada en la falsa felicidad que provoca la satisfacción de los sentidos y de las pasiones y por esto, es una alegría vacía, una alegría que, en el fondo, esconde y oculta la desesperación del alma sin Dios; en carnaval está ausente la verdadera alegría, la alegría que proviene de Jesús resucitado: esta alegría es verdadera doblemente, porque con su Resurrección, Jesús no solo ha purificado la carne –la naturaleza humana-, al quitarle el pecado que la corrompía y la condenaba a la putrefacción –Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo-, sino que, además, la ha santificado, al entrar en contacto con la naturaleza humana en la Encarnación –Jesús es el Verbo de Dios que se encarna, se hace carne, en el seno virginal de María Santísima-, y la ha glorificado, al comunicarle la gracia santificante, que hace participar a la carne humana, ya sin pecado, de la vida y de la gloria divina.
En el carnaval se exalta la carne sin la gracia, sin la redención de Jesucristo, es decir, la carne que está en abierta rebelión contra Dios, la carne que se une y alía con el demonio en su rebelión contra Dios. Por eso, no es en vano, ni es una casualidad, que en todos los carnavales, de todas las épocas y de todas las culturas y civilizaciones, la figura central sea la figura del diablo: la presencia del diablo significa que es el espíritu del mal el que guía y anima al carnaval. La ceremonia de “desenterrar al diablo”, con la que se inaugura el carnaval andino, no es un mero simbolismo que busca representar una realidad que no existe: el desentierro del diablo significa que el hombre ha dejado a Dios y su Mesías y sus mandamientos, de lado, para aceptar al demonio como el “Rey Momo”, aquel que le permitirá hacer todo lo que el Dios cristiano le prohíbe. Decimos que el “Rey Momo” es el demonio porque si bien el Rey Momo es una deidad de la mitología griega -Momo es el dios de la burla y la locura, famoso por divertir a los dioses del Olimpo con sus mímicas grotescas-  y sus fiestas eran denominadas “fiestas de la locura”, en las que la gente gastaba bromas en lugares públicos oculta detrás de un disfraz, en el fondo, deja de ser una ignota deidad pagana, para convertirse, el Rey Momo, en el demonio, por eso de San Pablo que dice: “los dioses de los gentiles son demonios” (cfr. 1 Cor 10, 20); además, el carnaval es una verdadera “fiesta de la locura”, porque no hay mayor locura que la del hombre que se entrega al pecado, como sucede en el carnaval.
En el carnaval –suena a “baile de la carne”- se dejan de lado los Mandamientos de Dios, cuyo cumplimiento ejemplar es Jesucristo en la cruz, para adoptar y cumplir, al pie de la letra, los mandamientos del demonio.
El carnaval es siempre, y en todos lados, invariablemente, sinónimo de permisión y desenfreno de las conductas humanas puesto que, como dijimos, las pasiones se dejan a su libre albedrío, sin el control de la razón y, mucho menos, sin el control de la gracia santificante. En esta época, muchos se exceden en el consumo de alcohol y de toda clase de substancias prohibidas, además de dar rienda suelta al libertinaje. En el carnaval, se exalta la carne, entendida esta como la naturaleza humana sin la gracia de Jesucristo, olvidando que la carne, en ese estado, es sinónimo de pecado y de ausencia de Dios, y que quienes exaltan la carne, dejando de lado la gracia, cometen toda clase de pecados y se cierran a sí mismos la entrada en el Reino de los cielos: “Manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterio, fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones, herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías, y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os amonesto, como ya os lo he dicho antes, que los que practican tales cosas no heredarán el reino de Dios” (Gál 5, 9-21).
Mucho más que una rebelión contra un precepto eclesiástico –no comer carne, ayunar- y contra un tiempo litúrgico –la Cuaresma-, el carnaval es una manifestación del hombre que se rebela contra Dios mismo y su Mesías venido en carne, Jesucristo, quien como Dios, santifica y purifica a la naturaleza humana –la carne, el hombre-, al encarnarse en el seno de María Virgen. Por esto es que solo en Cristo Jesús la carne humana es exaltada, porque Él la santifica, la purifica con su Ser divino, en la Encarnación y la glorifica en la Resurrección; pero fuera de Cristo, la carne –la naturaleza humana- está contaminada por el pecado y es foco de corrupción y de pecado, de manera tal que quien “siembra en la carne”, siembra corrupción y muerte: “Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu. Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz. Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden; y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios”. (Ro 8, 5-8).

Por estos motivos, un joven cristiano –católico- no puede participar ni aprobar un festejo, el carnaval, en el que se ofende gravemente  a Dios, al tiempo que se exalta la figura del demonio, enemigo jurado de la raza humana y de la salvación de los hombres.