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jueves, 5 de abril de 2018

Una vez caídos en el pecado original, solo Dios podía rescatarnos



         Una imagen puede darnos una idea de lo que significa para nosotros, los seres humanos, el pecado original. Imaginemos un hombre que, distraídamente, camina por el borde una piscina muy profunda, pero que tiene agua solo hasta la mitad, de manera que si alguien cae en ella, no puede salir por sus propios medios[1]. Pues bien, a nuestro hombre de la historia, es lo que le pasó: por caminar distraído, se cayó en la pileta. No se ahogó, porque sabía nadar, pero como las paredes eran muy altas, por más esfuerzos que hiciera, no podía salir de ninguna manera. Si un buen samaritano no hubiera pasado por ahí y le hubiera tendido una cuerda permitiéndole salir, con toda seguridad se hubiera terminado ahogando. Una vez fuera de la pileta, el hombre pensaba así: “Es sorprendente lo imposible que me era salir de allí y lo poco que me costó salir”. Esta simple historia refleja bastante bien la condición de la humanidad después del pecado de Adán y Eva: fue muy fácil caer, pero imposible salir y nunca hubierámos salido del pecado, si Jesucristo no hubiera acudido en nuestra ayuda. El pecado de Adán dejó a toda la humanidad en la situación del hombre del pozo, porque era imposible saldar la deuda del pecado, al haber sido cometido contra Dios que, como es infinito, el pecado se volvió infinito, al ofender a su infinita majestad. Es algo similar a lo que sucede entre los seres humanos: no es lo mismo arrojar un tomate a un hombre cualquiera, que al presidente de la Nación: al que hace esto, le corresponde una pena y un castigo mucho mayor que al primero. Lo mismo pasaba con nosotros después del pecado de Adán: puesto que la ofensa era infinita, al ser la majestad de Dios infinita, era imposible para nosotros, los seres humanos, reparar esa ofensa, porque nosotros no somos infinitos, sino finitos y limitados. Nunca nada que hagamos, aun cuando se tratara del hombre más santo entre todas, podría saldar la deuda contraída por Adán, porque el valor de nuestras acciones buenas es limitado. Pero quien viene en nuestra ayuda, es el mismo Dios en Persona, porque solo Dios podía saldar la deuda contraída, ya que Dios es infinito y sus acciones tienen un valor infinito. Siendo Dios infinito, solo Él podía reparar la malicia infinita del pecado. Para reparar nuestra falta y pagar nuestra deuda, Dios mismo se encarnó, en la Persona del Hijo de Dios: al encarnarse, asumió nuestra naturaleza humana –menos el pecado-, de manera tal que cualquier acción que Jesús realizara –por ejemplo, clavar un clavo en la carpintería de su padre adoptivo, San José-, tenía un valor infinito, porque Él no era un simple hombre, sino Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios. Con la más pequeña de sus acciones, Jesús tenía la facultad de reparar todos los pecados de todos los hombres, desde Adán y Eva hasta el último hombre nacido en el último día de la historia humana, el Día del Juicio Final[2]. Y Jesús hizo mucho más que clavar un clavo para salvarnos –con esto solo podría habernos salvado-: entregó su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad en la cruz, para pagar la deuda del pecado, para vencer a los tres grandes enemigos de la humanidad –el Demonio, el Pecado y la Muerte- y para concedernos la gracia de ser hijos adoptivos de Dios. Con su muerte en cruz, Jesús reparó por nuestros pecados, pero eso no implica que inmediatamente todos somos buenos y santos, porque la satisfacción de Cristo no quita la libertad de nuestra voluntad[3]. Es decir, debemos demostrar a Dios que lo amamos y esa demostración la hacemos toda vez que, libremente, elegimos cumplir su voluntad, expresada en los Diez Mandamientos y en los Mandamientos de Jesús en el Evangelio. Jesús murió en la cruz para pagar la deuda que debíamos a Dios, pero nosotros debemos responderle, libremente, agradeciendo su sacrificio, para así demostrarle que verdaderamente lo reconocemos como nuestro Redentor. Solo así evitaremos encontrarnos entre los hijos de la Serpiente, los hijos de las tinieblas, y seremos verdaderamente hijos adoptivos de Dios, hijos de la luz, hijos de la Virgen.


[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 70-71.
[2] Cfr. Trese, ibidem, 72.
[3] Cfr. Trese, ibidem, 72.

viernes, 2 de marzo de 2018

El pecado original es ausencia de la gracia santificante



"Adán y Eva comen la fruta prohibida"
(Mantegna)

         El pecado original cometido por Adán y Eva y por el cual se perdieron todos los dones con los cuales Dios había dotado al hombre –entre ellos, la gracia santificante-, se describe como una “mancha”, al efecto de darnos una idea de qué es y en qué consiste. Así como un trozo de tela blanca queda manchado por el barro, así podemos decir que el alma queda manchada, al nacer, por el pecado original.
         Pero también se lo puede describir en términos de luz y de oscuridad, puesto que el pecado es la falta de algo, así como la oscuridad es falta de luz. La oscuridad es ausencia de luz: cuando el sol despunta por la mañana, desaparece la oscuridad de la noche[1].
         De un modo similar, cuando decimos que “nacemos en estado de pecado original”, queremos decir que, al nacer, nuestra alma está espiritualmente a oscuras, porque no tiene la luz de la gracia santificante. Pero también está muerta, sin vida, como un cuerpo cuando está sin vida, porque la gracia es participación a la vida de Dios Trinidad; entonces, el alma en pecado original no solo está a oscuras, sino que también está muerta a la vida de Dios.
         Cuando somos bautizados, la luz del Amor de Dios se vierte en el alma y el alma se llena de la luz, de la vida y del Amor de Dios –algo similar sucede cuando el alma se confiesa sacramentalmente y cuando recibe la Comunión Eucarística-, lo cual quiere decir que el alma comienza a vivir con una vida nueva, la vida de la gracia, que es la vida de Dios, porque Dios, por la gracia, comienza a vivir en el alma[2].
         El bautismo nos devuelve la gracia santificante, pero no restaura los dones preternaturales, como es el librarnos del sufrimiento y de la muerte.
         Cuando pecamos, nuestra alma se vuelve oscura, fría, y muere a la vida de Dios, aunque continúe con su vida natural y aunque continúe iluminada con la débil luz de la razón, y aunque continúe con el débil calor de su amor humano. A pesar de esto, el pecado quita la vida, la luz y el Amor de Dios del alma, los cuales se restituyen con la gracia santificante recibida en la Confesión Sacramental y se incrementan con la Comunión Eucarística en estado de gracia.
         No hagamos como Adán y Eva, que prefirieron el pecado –es decir, la oscuridad, la frialdad del corazón, la muerte del alma-, antes que la gracia –la luz, el calor del Amor de Dios y la vida de Dios-. Hemos sido rescatados al precio de la Sangre de Jesús, derramada en la Cruz, para que vivamos en la gracia, en la luz, la vida y el Amor de Dios, y no en el pecado.


[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 68-69.
[2] Cfr. ibidem.


jueves, 22 de febrero de 2018

El pecado original fue un pecado de soberbia, como imitación y participación al pecado del Ángel caído



"Adán y Eva"
(Jan Gossart)

         El pecado cometido por Adán y Eva en el Paraíso, por el cual perdieron para sí y para toda la humanidad el estado de gracia y los dones preternaturales y sobrenaturales con los que Dios los había creado, se llama “original” y fue un pecado de soberbia. Adán y Eva cometieron el mismo pecado que cometió el Ángel caído en el cielo y que le valió la pérdida de la visión beatífica de Dios por la eternidad: la soberbia[1].
         En vez de oír y obedecer la voz de Dios, que les decía que no debían comer del árbol del bien y del mal, oyeron la voz del Tentador y obedecieron lo que les decía: que comieran del fruto prohibido, para que así se convirtieran en dioses, para ser tan grandes como Dios[2]. Por el pecado original, Adán y Eva hicieron una elección: se eligieron a sí mismos en vez de a Dios y al hacer esto, tiraron por el suelo todo lo que Dios les había donado, como cuando un príncipe o un rey toma su corona colocada en la cabeza y la arroja con enojo por el suelo. Perdieron la sabiduría, el dominio perfecto de sí mismos, su incapacidad de enfermar y morir y, sobre todo, perdieron la gracia santificante, que los unía íntimamente a Dios[3]. La gracia había sido dada a Adán por Dios para que de Adán la recibiéramos todos. Como la gracia se perdió en su origen –Adán-, es por eso que nacemos con el pecado que se llama “pecado original”. El pecado original, al que suele graficárselo con una “mancha” oscura que asienta sobre el alma, es falta de algo: es falta de la gracia santificante, así como la oscuridad es falta de luz. Es por esta razón que se dice que quien peca, vive “envuelto en tinieblas y en sombras de muerte”, porque el pecado es oscuridad espiritual, ausencia de la luz de la gracia, y es muerte espiritual, ausencia de la vida de la gracia en el alma.
         Si queremos vivir en fidelidad a la gracia santificante recibida en el bautismo, que nos hizo hijos adoptivos de Dios, tenemos que vivir en la luz de la gracia y la Verdad y obrar obras de la luz y no de las tinieblas, como dice la Escritura: “El que obra el mal odia la luz, y no viene a la luz para que sus acciones no sean expuestas. Pero el que practica la verdad viene a la luz, para que sus acciones sean manifestadas que han sido hechas en Dios” (Jn 3, 20).
         Somos hijos adoptivos de Dios, somos hijos de la Luz eterna, que es Dios; no somos hijos de las tinieblas ni nuestro rey es el Príncipe de las tinieblas. Nuestro Rey es Jesucristo, Dios de Dios y Luz de Luz y es por eso que debemos obrar siempre las obras de la luz, que son las obras realizadas en la verdad y en el bien.



[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 67.
[2] Cfr. Trese, ibidem.
[3] Cfr. Trese, ibidem, 68.

viernes, 9 de febrero de 2018

Creado por Dios para deleitarse en Él, el hombre se separa de Dios por el pecado original



La expulsión de Adán y Eva del Paraíso, Miguel Ángel Buonarotti.

         Para entender mejor lo que sucede en nuestras propias vidas, como así también la situación del hombre y de toda la historia de la humanidad –sobre todo, la abundancia de males que acompañan al hombre, como la enfermedad, el dolor, la muerte, las guerras, las violencias, las injusticias, etc.-, y también para no culpar injustamente a quien nada tiene que ver con nuestros males -que es Dios, porque lo culpamos con mucha frecuencia de lo malo que nos sucede, cuando esto es totalmente injusto para con Él-, es necesario recordar, brevemente, cómo fue la creación del hombre, por parte de Dios, y qué sucedió con el pecado original[1].
         Como sabemos, Dios creó al hombre a su imagen y semejanza, es decir, libre en la Verdad y en el Bien, y esto es ya una gran señal de predilección, porque es la única creatura, junto con los ángeles, creada con libertad. Pero no contento con eso, Dios concedió al hombre muchos otros dones: los dones propios de la naturaleza, como el cuerpo y el alma, ambos de diseño maravilloso y extraordinariamente complejos y armónicos. Además de esto, le concedió lo que se llama “dones preternaturales”, es decir, que están más allá de su naturaleza, y lo asemejan al ángel, en cierto sentido, y estos dones eran la inmortalidad –el hombre no habría de morir nunca, colocado en el Paraíso, en un estado de felicidad absoluta-, la impasibilidad –no tendría dolor-, todo lo cual ya eran dones grandiosos y absolutamente maravillosos. Pero como Dios es Amor infinito, quiso todavía colmar de más dones al hombre, y es así que le concedió la “gracia santificante”, que lo hacía participar de su misma vida divina. En el plan original de Dios, todos estos dones, deberían haber pasado, de Adán y Eva, hasta nosotros, y es por eso que nosotros deberíamos estar gozando de esos dones al día de hoy. Lo único que debía hacer Adán era que, puesto que lo había creado libre, tanto Adán como Eva, usaran su libertad para decirle a Dios que lo amaban. Este acto de amor debía ser libre, no forzado ni obligado, sino libre, porque los había creado a su imagen y semejanza, y la imagen y semejanza es la libertad –la libertad en la Verdad y en el Bien, no en el error, por eso Jesús dice: “La Verdad os hará libres”-, porque Dios es soberanamente Libre. Es decir, Dios creó al hombre, para que el hombre lo glorificara y en esta glorificación, encontrara su felicidad absoluta. Lo único que debían hacer Adán y Eva era obedecer, por amor, el mandato que les había dado Dios: no comer el fruto de cierto árbol.
Pero Adán y Eva, en vez de escuchar la Voz dulce y suave de Dios, que solo podía traerles Amor y Vida eterna, prefirieron escuchar la voz de la Serpiente, una voz sibilina, malvada, que solo podía traerles dolor, enfermedad y muerte, tal como sucedió.
         Adán y Eva desobedecieron a Dios, cometieron el pecado original, y como consecuencia, perdieron todos los dones que habían obtenido de Dios, fueron expulsados del Paraíso y quedaron sometidos a la muerte, al dolor, al pecado y al Demonio.
         El pecado original de Adán y Eva es la razón por la cual no tenemos los dones que Dios nos había concedido en el Paraíso, y también es la razón de todos los males de la humanidad, aunque en última instancia, los responsables somos los hombres, y también el Demonio. Entonces, antes de cometer la injusticia de acusar a Dios por tal o cual mal que puede suceder en nuestras vidas, acusémonos a nosotros mismos, por obrar en desobediencia a los Mandamientos de la Ley de Dios, rechacemos las insinuaciones del Demonio, y busquemos siempre de vivir en estado de gracia santificante, recurriendo con frecuencia al Sacramento de la Confesión.


[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 66-67.

viernes, 24 de noviembre de 2017

El pecado original


         Al crear al hombre, Dios no se contentó con darle los dones propios de su naturaleza –cuerpo perfecto y alma dotada de inteligencia y voluntad[1]-. Puesto que amaba tanto al hombre, Dios le dio además los llamados “dones preternaturales”, dones que no le correspondían por naturaleza y por los cuales el hombre no sufría ni moría, y además le concedió el don sobrenatural de la gracia santificante, por el cual el hombre vivía con la vida misma de Dios. Estos dones debían pasar, según el plan original de Dios, de Adán y Eva a todos los hombres, es decir, nosotros deberíamos haber nacido con esos dones. Ahora bien, ya que había creado al hombre a su imagen y semejanza, es decir, libre, y además lo había creado solo por amor –Dios no tenía necesidad del hombre- Dios necesitaba que el hombre, por un acto de libre elección, diera una muestra de su amor a Dios, porque Dios creó al hombre para este fin, para que le diera gloria, para que lo glorificara, pero esto el hombre debía hacerlo libremente. Con un acto libre de amor a Dios, el hombre, correspondiendo al acto libre de amor de Dios hacia Él al haberlo creado, habría de sellar su destino sobrenatural de unión con Dios en el cielo[2].
         El amor auténtico consiste en la entrega total, sin reservas, de uno mismo al ser al que se ama. En esta vida, solo hay una forma de probar el amor a Dios y es hacer su voluntad, expresada en sus Mandamientos y en la Ley de la caridad de Jesucristo. Por eso Jesús dice: “Si me amáis, cumpliréis mis Mandamientos” (Jn 14, 15). El que ama a Dios cumple sus Mandamientos por amor a Él, no por temor a ser castigado –aunque Dios sí puede castigar-. Para que el hombre pudiera probar su amor hacia Él, es que Dios le dio un mandato, uno solo: que no comiera del fruto de cierto árbol. Este acto de obediencia, por parte del hombre, era la prueba de amor que Dios necesitaba del hombre: al obedecerlo, el hombre manifestaría que prefería a Dios y su mandato, antes que su propia voluntad.
         Ahora bien, Adán y Eva fallaron en la prueba porque cometieron el primer pecado, que por ser el primero se llama “original”. No fue solo desobediencia, sino ante todo soberbia, porque en vez de oír a su Creador, abrieron sus oídos a las palabras del Tentador, quien les dijo que si desobedecían a Dios, iban a ser como Él, es decir, iban a ser “como dioses” (cfr. Gn 3, 5).
El pecado de Adán y Eva no tiene atenuantes ni excusas, porque ellos no eran ignorantes ni débiles, como nosotros; pecaron con total claridad de mente y dominio de las pasiones por la razón. Al igual que hizo el Diablo en el cielo, que se eligió a sí mismo en vez de a Dios, así hicieron Adán y Eva: se eligieron a sí mismos, antes que a Dios[3]. Y lo mismo sucede, en cierto sentido, con todo pecado: en la elección de uno mismo, antes que los Mandamientos de Dios.
         El pecado consiste precisamente en esto: en la elección de uno mismo, de nuestra propia voluntad, antes que la voluntad de Dios. Por eso, ante la tentación –la tentación en sí misma no es pecado; se convierte en pecado cuando se consiente la tentación-, un buen recurso es pedirle a la Virgen que nos haga recordar las palabras de Jesús en el Huerto de Getsemaní: “Que no se haga mi voluntad, oh Dios, sino la tuya” (cfr. Lc 22, 42). Si bien Jesús en el Huerto no eligió entre el pecado o la gracia, puesto que no podía pecar al ser Dios, sino que eligió la voluntad de Dios que era que Él muriera en la Cruz para salvarnos, su ejemplo y la participación en su vida por la gracia, sí nos pueden ayudar para que, puestos en la disyuntiva entre elegir la voluntad de Dios, manifestada en los Mandamientos, y nuestra propia voluntad, elijamos la voluntad de Dios –que siempre es santa y por lo tanto consiste en el cumplimiento de sus Mandamientos- y no la nuestra –que, debilitada por la mancha del pecado original, se siente atraída por la concupiscencia-.


[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 66.
[2] Cfr. Trese, ibidem.
[3] Cfr. Trese, ibidem.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Los ancestros del hombre no son los simios, sino Adán y Eva


La creación del hombre
(Miguel Ángel Buonarotti)

         Mal que le pese a los evolucionistas y aunque si fuera verdad, la Iglesia no tendría problemas en admitir la hipótesis –siempre y cuando se admita la creación del alma por parte de Dios en el momento en el que el “eslabón perdido” pasa a ser de mitad simio y mitad hombre, a hombre completo-, la teoría de la evolución está cada vez más lejos de ser comprobada científicamente[1]. Esto quiere decir que no pasa de una mera hipótesis, debido a que, en las investigaciones científicas, nunca fue encontrado el denominado “eslabón perdido”. Después de todo, para el punto de vista de la fe, es irrelevante si venimos del mono o no, porque si fuera cierto, como dijimos, en algún momento ese ser a mitad de camino entre simio y hombre, en el momento en el que pasaría a ser hombre, Dios le infundiría un alma, creando así la especie humana, formada por Adán y Eva. Tanto si venimos del simio, como si fuimos creados directamente por Dios –como lo sostiene la Iglesia Católica-, en las dos teorías, nuestras almas serían creadas por Dios inmediatamente al ser creado –o evolucionar- el cuerpo humano, y así tendríamos a los primeros especímenes de la raza humana, Adán y Eva[2].
         Lo que debemos creer y lo que el Génesis enseña con toda claridad es que el género humano desciende de una pareja original y que las almas de Adán y Eva (como las almas de cada uno de nosotros) fueron directa e inmediatamente creadas por Dios. Esto es así porque el alma es espíritu y no puede de ninguna manera “salir” de la materia y tampoco puede heredarse de los padres (al contrario del cuerpo, cuyos genes que lo constituyen, sí se hereda de los padres). El alma humana es creada por Dios en el mismo momento en el que se produce la concepción (de esto vemos que el embrión humano ya es un ser humano, distinto al ser de la madre y del padre). Por el alma, nos diferenciamos de los animales, que sólo buscan cosas de la tierra y se dejan guiar por sus instintos corporales: gracias al alma, el hombre eleva su mirada hacia las cosas espirituales, desea el cielo, desea vivir siempre, reconoce y ama la belleza, conoce la Verdad y ama el Bien[3].
         El antepasado del hombre no es, por lo tanto, el simio, sino la primera pareja humana, Adán y Eva. Ellos no eran hombres corrientes como nosotros, sometidos al envejecimiento, al dolor y a la muerte, sino que Dios los creó dotados de dones especialísimos, como por ejemplo, los dones “preternaturales” –aunque no pertenecen a la especie humana por derecho, la especie humana tiene la capacidad de recibirlos por don divino-, como por ejemplo, sabiduría y conocimiento de Dios y del mundo, de modo claro y sin esfuerzos; su voluntad controlaba las pasiones y los sentidos, lo cual hacía que tuvieran siempre paz en sus almas. No podían morir y no podían sufrir enfermedades, como tampoco podían envejecer. Al terminar la vida temporal, habrían entrado en la vida eterna con cuerpo y alma, sin pasar por la experiencia dolorosa de la muerte. Entre los dones sobrenaturales, estaba la Presencia del Espíritu Santo en sus almas y para graficarlo, podemos imaginar una transfusión de sangre: así como el paciente se une al donante al recibir su sangre, así las almas de Adán y Eva estaban unidas a Dios por el Amor de Dios y esta vida que vivían era la vida de la gracia santificante[4]. Dios los hacía participar de su vida en la tierra, para continuar haciéndolos participar de su vida en el cielo. Ahora bien, todo esto lo arruinó el pecado original. Como vemos, el pecado arruina la obra de Dios. Sin embargo, puesto que a Dios nadie puede ganarle –ni el pecado, ni la muerte, ni el Demonio-, Dios envió a su Hijo Jesucristo para destruir al pecado, para vencer a la muerte, para vencer para siempre al Demonio, con su Pasión y Muerte en Cruz. Dios siempre vence. Cuando experimentemos alguna dificultad o tribulación, o tentación, digamos siempre: “Dios mío, en tu nombre puedo vencer a los enemigos de mi salvación”.



[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, 61ss.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

viernes, 27 de octubre de 2017

Cómo creó Dios al hombre


         En la Sagrada Escritura se narra cómo fue creado el hombre: todos los seres humanos descendemos de Adán, el primer varón, y Eva, la primera mujer. No hay otra verdad posible acerca del origen del hombre, que esta, atestiguada por la Escritura y confirmada por el Magisterio de la Iglesia[1].
         En cuanto al origen del hombre, existe lo que se denomina la teoría de la evolución, que afirma que el hombre proviene del mono, pero es completamente falsa, pues no hay ninguna prueba que lo atestigüe. El hombre proviene por modo de creación, de Dios, quien lo creó a su imagen y semejanza. No hay problemas en decir que puede haber habido una evolución en el mundo material, pero eso no descarta que Dios es el Creador de todo lo que existe, visible e invisible. Con respecto a la evolución de la materia orgánica, la que tiene vida, no hay ni una sola prueba que indique tal evolución. Por ejemplo, no hay ninguna creatura intermedia entre el mono y el hombre, o entre el perro y el lobo, y así con todas las creaturas vivas.
         Podría haber sido verdad, pero eso no altera nuestra fe, nuestra creencia de que es Dios quien creó al hombre. Lo importante es que, en un momento determinado, cuando pasó de mono al hombre, en ese momento, Dios le infundió el alma espiritual, para el macho y la hembra de la especie, y en ese momento, se obtuvo el primer hombre y la primera mujer. Sería igualmente cierto que Dios creó al hombre del barro de la tierra y le insufló el alma viviente, que dio vida humana a su cuerpo humano[2].
         Lo que debemos creer, porque así nos lo revela el Génesis y nos lo enseñan la Tradición y el Magisterio, es que el género humano desciende de una pareja original y que las almas de Adán y Eva fueron creadas directamente e inmediatamente por Dios. El alma es espíritu; no puede, de ninguna manera, “evolucionar”, “ser educida”, o “proceder” de la materia, como tampoco puede heredarse de nuestros padres. Los padres son cooperadores, con Dios, en la formación del cuerpo humano, pero el alma espiritual ha de ser creada inmediatamente por Dios e infundida en el embrión en el seno materno.
         El “eslabón perdido”, está tan perdido, que no ha sido todavía encontrado, y con toda seguridad, jamás será encontrado, porque no existe. De todas maneras, sea cual sea la forma que Dios eligió para hacer nuestro cuerpo –con o sin evolución de por medio-, es el alma lo que importa más, porque por ella, el hombre se eleva más allá de las pasiones terrenas y carnales y eleva la vista a la Belleza Increada, la Verdad Absoluta el Amor Eterno, al cual llamamos “Dios”[3].



[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 62-63.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.