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martes, 29 de marzo de 2022

Jesús nos conduce al Reino de la luz, por la Cruz

 



         En la vida hay muchos caminos para seguir y muchos dependen de lo que nosotros elegimos. Algunos eligen ser futbolistas, otros eligen ser maestros, otros eligen ser zapateros, otros militares y así podríamos seguir todo el día.

         Todos estos caminos son buenos y tienen algo en común: todos son caminos de la tierra, que comienzan en la tierra y terminan en la tierra. Para esos caminos, además, tenemos a los papás, a los maestros y a los amigos, que nos enseñan adónde ir.

         Pero hay Alguien que nos enseña un camino distinto, es un Maestro del cielo, que nos lleva a un lugar que no es la tierra pero tampoco el universo que conocemos. Ese Alguien es Jesús, que nos lleva al Reino de la luz, un lugar en donde no hay llanto, ni dolor, ni tristeza, ni enfermedad, ni aflicción; es un lugar en el que todo es felicidad, alegría y gozo para siempre, porque es el lugar donde están la Trinidad y el Cordero de Dios, la Jerusalén celestial.

         El que nos enseña el camino para la eterna luz es Jesús: Él es el Divino Maestro que nos enseña el camino para el cielo; Él es el camino que lleva al cielo, el único camino posible.

         Si queremos ir al cielo, tenemos que seguir a Jesús, que nos enseña el camino y el camino que nos enseña Jesús es el Camino de la Cruz, el Via Crucis, un camino áspero y difícil, porque es en subida y hay que llevar la cruz de cada día y hay que cumplir los Mandamientos, pero el Camino de la Cruz es seguro porque finaliza en el Reino de Dios, que es el Reino de la Eterna Luz. El mundo ofrece otros caminos, que no son el Camino de la Cruz; además, son más fáciles de recorrer, porque no es necesario llevar la Cruz, ni tampoco es necesario cumplir los Mandamientos de Dios, pero estos caminos finalizan en el Abismo Oscuro en donde habita el que fue expulsado del Cielo, el Príncipe de las tinieblas, el Padre de la mentira. Sólo el Camino de la Cruz nos lleva a la Eterna Luz, la luz que nunca se apaga, la luz que da la Vida y el Amor de Dios al alma.

         Si en esta vida vivimos unidos a Jesús en la Cruz, en la otra vida viviremos con Jesús en la Eterna Luz. Que en nuestras mentes y corazones estén siempre presentes estas palabras: "Por la Cruz de Jesús, llegaremos a la Vida eterna".

Jesús es nuestro Amigo Fiel, el Amigo que nunca falla

 



A todas las personas del mundo les gusta tener amigos y eso es normal, porque los seres humanos fuimos creados por Dios para ser amistosos, para dar y recibir el amor de amistad. De entre todas las cosas lindas de la vida, encontrar y tener un buen amigo es tal vez lo más lindo. Encontrar y tener un buen amigo vale más que un tesoro, vale más que un cofre lleno de monedas de oro y así lo dice la Biblia: “El que encuentra un amigo, encuentra un tesoro” (Ecl 6, 17). Un buen amigo estará siempre con nosotros, en las buenas y en las malas; en las buenas, se alegrará cuando nos pasen cosas buenas y alegres; en las malas, nos consolará con sus consejos y con su presencia, cuando nos pasen cosas no tan buenas o tristes.

Ahora bien, encontrar un buen amigo es difícil, como lo dice la Biblia, porque un amigo es como un tesoro y un tesoro es muy difícil de encontrar. Otra cosa que hay que tener en cuenta es que hay amigos y amigos, hay amigos que no son buenos y amigos que son buenos y como dice San Juan Bosco, hay que elegir siempre a los buenos amigos, porque los buenos amigos nos llevan por buenos caminos, mientras que los malos amigos nos llevan por malos caminos. Entonces, si ya es difícil encontrar un amigo, más difícil es todavía encontrar un buen amigo.

Pero todo esto lo tenemos nosotros los católicos, antes que siquiera empecemos a pensar: tenemos Alguien que es más que un buen amigo y Alguien que vale más que todos los tesoros del mundo: ese Amigo es Jesús.

No somos nosotros quienes queremos ser amigos de Jesús, sino que Jesús es quien quiere ser nuestro amigo, porque Él nos ofrece su amistad, antes de que nosotros ni siquiera empecemos a pensar en Él. En la Última Cena, Jesús nos brinda su amistad, ya que nos dice: “Ya no os llamo siervos, sino amigos”. Jesús vale más que todos los tesoros del mundo, porque Él es Dios y es el Amigo Fiel que nunca falla. Nuestro Amigo que es Jesús, está en su Casa del cielo, que es el Reino de Dios, pero también está en su Casa en la tierra, que es el sagrario. Él se queda en la Eucaristía para que nosotros lo vayamos a visitar; así como vamos a la casa de un buen amigo, para compartir un buen rato con él, conversando con él, así tenemos que corresponder a la amistad de Jesús, acudiendo a visitarlo a su Casa de la tierra, el sagrario. No debemos dejar de lado la invitación de Jesús de ser nuestro Amigo más querido y debemos corresponder a su invitación.

Hay algo muy importante que tenemos que saber y es que un amigo terreno, aunque sea muy bueno, en algún momento puede fallarnos, porque puede suceder que no esté cerca cuando lo necesitamos, porque ha viajado, o por algún otro motivo. Pero Jesús es el Amigo Fiel, el Amigo que nunca falla, el Amigo que está siempre esperándonos para darnos el Amor de su Sagrado Corazón. Lo único que debemos hacer es ir a visitarlo en su Casa de la tierra, que es el sagrario y ahí lo encontraremos, en el silencio de la oración.

Por esta razón, porque Jesús es el Amigo Fiel que nunca falla y que siempre está en su Casa, el sagrario, nunca, pero nunca, debemos sentirnos solos; nunca debemos creer que nadie nos escucha, o que nadie nos quiere, o que a nadie le importa lo que nos pasa: Jesús nos ama y desea que vayamos a visitarlo en el sagrario, para contarle nuestras penas y nuestras alegrías. Nunca debemos sentirnos solos o desprotegidos, porque Jesús Eucaristía es nuestro Amigo Fiel que nunca falla, que nunca nos abandona, que siempre nos da, cada vez que vamos a visitarlo al sagrario y cada vez que comulgamos, el Amor de su Sagrado Corazón.

viernes, 30 de noviembre de 2018

Jesús es quien nos da la fortaleza y la sabiduría para afrontar una nueva etapa



(Homilía en ocasión de una Santa Misa de egresados de niños de Educación Primaria)

         Finalizar la Escuela Primaria significa finalizar una etapa en la vida, pero al mismo tiempo, significa comenzar otra etapa, nueva, desconocida, una etapa caracterizada por muchos cambios, en todos los aspectos. Es como cuando alguien escribe una página en una cuaderno, llenando todos sus renglones: termina esa página y la da vuelta, pero la página que sigue está en blanco y tiene que comenzar a ser escrita. Así sucede con ustedes, que finalizan la Primaria y comienzan ahora una nueva página en blanco, la Escuela Secundaria. Es una etapa, como dijimos, caracterizada por muchos cambios. Estos cambios se deben a la propia naturaleza, en el sentido de que día a día vamos creciendo, haciéndonos más grandes y por lo tanto, asumiendo más responsabilidades. Se trata también de cambios en la escuela, porque la gran mayoría cambia de institución y esto implica adaptarnos a un nuevo ambiente, a entablar tratos con nuevos profesores, nuevos compañeros de clases, etc. También implica un mayor compromiso con el estudio, porque en la escuela secundaria aumentan las materias y la cantidad de cosas nuevas que se aprenden.
         En definitiva, se cierra una etapa, pero se abre una nueva, que está llena de desafíos y de cosas nuevas para aprender.
         Pero en este camino nuevo que se inicia, no debemos pensar que estamos solos: además de la compañía y el apoyo de nuestros familiares y seres queridos, tenemos a Alguien que es nuestro Amigo, Padre y Hermano a la vez, Cristo Jesús. Todo lo que necesitamos para esta nueva etapa, tanto la fortaleza para afrontarla, como la sabiduría para poder aprender todo lo nuevo, lo encontramos en una Persona, que está siempre con nosotros, cada vez que acudimos a Él: esta Persona es Cristo Jesús, que está en la Cruz y en la Eucaristía. No nos olvidemos de Él, acudamos a Jesús, al sagrario, a la Confesión, a la Eucaristía, para que Jesús nos llene de su luz, de su fuerza, de su alegría, de su sabiduría, para afrontar llenos de confianza y alegría esta nueva etapa que se inicia. De la mano de la Virgen, vayamos al encuentro de Jesús, para que Él nos acompañe a lo largo de toda esta nueva etapa que se inicia. Junto con Jesús, no solo nada malo nos pasará, sino que la bendición de Dios estará siempre con nosotros. Pero la condición es que no nos apartemos de Él.

jueves, 5 de abril de 2018

Una vez caídos en el pecado original, solo Dios podía rescatarnos



         Una imagen puede darnos una idea de lo que significa para nosotros, los seres humanos, el pecado original. Imaginemos un hombre que, distraídamente, camina por el borde una piscina muy profunda, pero que tiene agua solo hasta la mitad, de manera que si alguien cae en ella, no puede salir por sus propios medios[1]. Pues bien, a nuestro hombre de la historia, es lo que le pasó: por caminar distraído, se cayó en la pileta. No se ahogó, porque sabía nadar, pero como las paredes eran muy altas, por más esfuerzos que hiciera, no podía salir de ninguna manera. Si un buen samaritano no hubiera pasado por ahí y le hubiera tendido una cuerda permitiéndole salir, con toda seguridad se hubiera terminado ahogando. Una vez fuera de la pileta, el hombre pensaba así: “Es sorprendente lo imposible que me era salir de allí y lo poco que me costó salir”. Esta simple historia refleja bastante bien la condición de la humanidad después del pecado de Adán y Eva: fue muy fácil caer, pero imposible salir y nunca hubierámos salido del pecado, si Jesucristo no hubiera acudido en nuestra ayuda. El pecado de Adán dejó a toda la humanidad en la situación del hombre del pozo, porque era imposible saldar la deuda del pecado, al haber sido cometido contra Dios que, como es infinito, el pecado se volvió infinito, al ofender a su infinita majestad. Es algo similar a lo que sucede entre los seres humanos: no es lo mismo arrojar un tomate a un hombre cualquiera, que al presidente de la Nación: al que hace esto, le corresponde una pena y un castigo mucho mayor que al primero. Lo mismo pasaba con nosotros después del pecado de Adán: puesto que la ofensa era infinita, al ser la majestad de Dios infinita, era imposible para nosotros, los seres humanos, reparar esa ofensa, porque nosotros no somos infinitos, sino finitos y limitados. Nunca nada que hagamos, aun cuando se tratara del hombre más santo entre todas, podría saldar la deuda contraída por Adán, porque el valor de nuestras acciones buenas es limitado. Pero quien viene en nuestra ayuda, es el mismo Dios en Persona, porque solo Dios podía saldar la deuda contraída, ya que Dios es infinito y sus acciones tienen un valor infinito. Siendo Dios infinito, solo Él podía reparar la malicia infinita del pecado. Para reparar nuestra falta y pagar nuestra deuda, Dios mismo se encarnó, en la Persona del Hijo de Dios: al encarnarse, asumió nuestra naturaleza humana –menos el pecado-, de manera tal que cualquier acción que Jesús realizara –por ejemplo, clavar un clavo en la carpintería de su padre adoptivo, San José-, tenía un valor infinito, porque Él no era un simple hombre, sino Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios. Con la más pequeña de sus acciones, Jesús tenía la facultad de reparar todos los pecados de todos los hombres, desde Adán y Eva hasta el último hombre nacido en el último día de la historia humana, el Día del Juicio Final[2]. Y Jesús hizo mucho más que clavar un clavo para salvarnos –con esto solo podría habernos salvado-: entregó su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad en la cruz, para pagar la deuda del pecado, para vencer a los tres grandes enemigos de la humanidad –el Demonio, el Pecado y la Muerte- y para concedernos la gracia de ser hijos adoptivos de Dios. Con su muerte en cruz, Jesús reparó por nuestros pecados, pero eso no implica que inmediatamente todos somos buenos y santos, porque la satisfacción de Cristo no quita la libertad de nuestra voluntad[3]. Es decir, debemos demostrar a Dios que lo amamos y esa demostración la hacemos toda vez que, libremente, elegimos cumplir su voluntad, expresada en los Diez Mandamientos y en los Mandamientos de Jesús en el Evangelio. Jesús murió en la cruz para pagar la deuda que debíamos a Dios, pero nosotros debemos responderle, libremente, agradeciendo su sacrificio, para así demostrarle que verdaderamente lo reconocemos como nuestro Redentor. Solo así evitaremos encontrarnos entre los hijos de la Serpiente, los hijos de las tinieblas, y seremos verdaderamente hijos adoptivos de Dios, hijos de la luz, hijos de la Virgen.


[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 70-71.
[2] Cfr. Trese, ibidem, 72.
[3] Cfr. Trese, ibidem, 72.

miércoles, 28 de marzo de 2018

Jesús muere en la cruz y resucita para darme una nueva vida



         Si hiciéramos una encuesta entre jóvenes católicos acerca de quién es Jesús, obtendríamos diferentes respuestas: por ejemplo, muchos jóvenes contestarían que Jesús es alguien que hizo algo bueno en el pasado pero que no tiene mayor trascendencia en el presente. Otros opinarían que era una persona buena, con grandes ideales y que despertó en muchos la capacidad de realizar sus propios sueños e ideales. Otros contestarían que hay dos Jesús: el verdadero, el que era el hijo de un carpintero, que fundó una religión nueva, pero que finalmente terminó muerto en la cruz, y el legendario, el inventado por sus amigos y seguidores, que lo idealizaron tanto en su figura, que inventaron hechos maravillosos como los milagros o incluso la resurrección, pero en realidad, ese Jesús nunca existió. Mucho peor, otros dirían que Jesús era un revolucionario, porque se preocupaba mucho por los pobres, lo cual es ofender a Jesús porque los revolucionarios han sido todos personas violentas y maliciosas y Jesús no era así. Todas estas respuestas acerca de Jesús son falsas y se caracterizan por coincidir en que Jesús, sea quien sea que haya sido, para la inmensa mayoría de los jóvenes de hoy, del siglo XXI, Jesús no tiene una mayor incidencia en sus vidas, porque la inmensa mayoría de los jóvenes vive, en su realidad concreta, como si Jesús nunca hubiera existido. Muy pocos jóvenes, ante la pregunta de “¿Cuáles son los mandamientos específicos de Jesús?”, responderían que son “amar al enemigo”, “perdonar setenta veces siete”, “cargar la cruz de cada día”, “negarnos a nosotros mismos”, “seguirlo a Él por el camino del Calvario”, además de los Diez Mandamientos, porque los Diez Mandamientos son mandamientos dados por Dios y Jesús Dios. Y todavía menos serían los jóvenes que responderían afirmativamente ante la pregunta de si es necesario cumplir los Mandamientos de Dios para ser felices –entre ellos, la castidad- y esto porque, para muchos jóvenes católicos de hoy, la existencia de Jesús es indiferente lo cual se demuestra por el hecho de que, una vez terminada la instrucción religiosa, abandonan la iglesia, sin llegar nunca a practicar la religión. Para muchos jóvenes la existencia de Jesús es indiferente, porque piensan que no tiene nada que ver con sus vidas concretas, reales.
         La realidad acerca de Jesús es muy distinta: Jesús no solo es real y está vivo, sino que es Dios en Persona –es la Segunda Persona de la Trinidad- y su vida tiene una relación directa con la vida personal de cada joven, lo crea o no lo crea ese joven. Todavía más, la vida del joven se desarrollará en su plenitud o se frustrará, según sea la relación que mantenga con Jesús. Si el joven ignora a Jesús, la vida del joven fracasará, aun cuando parezca triunfar desde el punto de vista mundano. Por el contrario, si conoce y sigue a Jesús y se preocupa por vivir en su vida los Mandamientos de Jesús, su vida y su existencia terrenas serán tan maravillosas, que aun cuando en el mundo pase desapercibido, en el sentido de no tener “fama” mundana provocarán la admiración de generaciones enteras. En otras palabras, encontrar a Jesús, conocerlo, amarlo, seguirlo, hace que la vida de un joven sea plena –en todo el sentido de la palabra, es decir, hace que la vida sea una vida verdaderamente feliz, aunque no con la felicidad como la entiende el mundo-; cuando un joven conoce y ama a Jesús y sigue sus mandatos, la vida de ese joven luego es conocida y admirada no solo por el estrecho círculo de familiares, amigos y conocidos, sino por cientos de miles de personas, porque su recuerdo perdurará de generaciones en generaciones y esto es lo que sucede con los santos. Cientos de miles de jóvenes santos que han conocido y amado a Jesús, han encontrado la plenitud y el sentido en esta vida terrena y luego la felicidad en la vida eterna y por eso su fama perdura aunque pasen cientos de generaciones. Pero el joven que no conozca a Jesús, ni se interese por seguir sus mandamientos y se aparte de Él, aun cuando triunfe en este mundo y alcance los más resonantes éxitos mundanos –fama, dinero, poder-, será un joven cuyo recuerdo no perdurará más allá de su existencia terrena y su vida terrena no será plena ni verdaderamente feliz y tampoco tendrá paz y alegría en su corazón, aunque tenga a su alcance todo lo materialmente disponible en la actualidad.
         ¿Cuál es la razón por la cual la vida de un joven cambia radicalmente, si conoce y sigue a Jesús como si no lo hace? La razón es que Jesús es Dios; es Dios Hijo hecho hombre, sin dejar de ser Dios y al ser Dios, es la Vida, la Alegría, la Paz en sí mismas y da de sí mismo a quien se le acerca, así como el sol ilumina a los planetas que se le acercan. Y porque es Dios, Jesús tiene en sus manos la vida del joven, de todo joven, de cada joven. Él ama tanto a los jóvenes –y a todos los hombres, independientemente de su edad-, que murió en la cruz y resucitó para que el joven tuviera acceso a una nueva vida, una vida que es el anticipo de la eternidad y es la vida de la gracia, y esa vida es verdaderamente lo que hace que el joven sea feliz y tenga alegría y paz en su corazón.
         ¿Dónde se obtiene esta vida nueva que nos da Jesús? De la Sangre y Agua que brotaron de su Costado traspasado –que para nosotros, los católicos, se hace realidad por los sacramentos-: cuando el centurión romano traspasó el Costado de Jesús y de su Corazón brotó Sangre y Agua, con la Sangre y el Agua se derramó el Amor de Dios contenido en su Corazón, el Espíritu Santo, que es Quien nos da la vida nueva de Dios y en Dios. Es por eso que el joven que se arrodilla ante Jesús crucificado y permite que su Sangre caiga sobre Él, recibe con esta Sangre al Espíritu de Dios y el Espíritu de Dios lo hace vivir una vida nueva, la vida de la gracia, la vida de los hijos de Dios. Pero como para nosotros, los católicos, el Amor de Dios se nos comunica por los sacramentos, es por eso que el joven que frecuenta los sacramentos, sobre todo la Confesión y la Eucaristía, es verdaderamente pleno y feliz.
         La Semana Santa es el tiempo propicio para no solo preguntarnos quién es Jesús, sino para acercarnos a Él, para que Él, que es Dios Hijo, nos dé su gracia, para que así comencemos a vivir una vida nueva, una vida verdaderamente nueva, la vida de los hijos de Dios. Para esto murió Jesús en la cruz: para liberarme de lo que me avejenta, que es el pecado, y para donarme lo que verdaderamente me hace joven, que no es la edad biológica, sino el Espíritu de Dios. Jesús muere en la cruz y resucita para darme una nueva vida, la vida de la luz, la vida de hijos de Dios.
         El joven que conoce y ama a Jesús, vive esta vida en su plenitud; el joven que se desinteresa por Jesús y no quiere saber nada de Él, se pierde lo mejor de esta vida. Aprovechemos el tiempo de Semana Santa para conocer lo mejor de esta vida: Cristo Jesús. ¿Dónde está Cristo Jesús, para ir a conocerlo? Como dijimos, para nosotros, los católicos, Cristo Jesús está Presente en la Cruz y en la Eucaristía. No dejemos pasar la oportunidad de conocer y amar a Aquel que puede transformar mi vida en una vida de plenitud y de gracia, Cristo Jesús. No nos quedemos con las manos vacías: aprovechemos este tiempo de Semana Santa para acercarnos y conocer a lo más hermoso que tiene la vida: Jesús, el Hijo de Dios, que me espera con los brazos abiertos en la cruz para darme todo el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico.


jueves, 30 de noviembre de 2017

La fórmula infalible para que un joven no fracase en los desafíos de la vida


"Camino al Cielo y camino al Infierno"
(Thomas Hawk)

(Homilía en ocasión de Santa Misa en acción de gracias 
por el egreso de la Primaria de un grupo de niños)

         Egresar quiere decir terminar una etapa de la vida con éxito –en este caso, ustedes han finalizado la etapa de la Escuela Primaria- y eso es un motivo para dar gracias a Dios, tal como lo estamos haciendo en esta Santa Misa.
         Pero a la vez, el egresar significa no solo dejar atrás una etapa de la vida, sino el comenzar otra, con nuevos desafíos, con nuevas exigencias, con nuevos esfuerzos, que traerá también éxitos, como así también sinsabores –en el caso de ustedes, niños, esta nueva etapa es, obviamente, la Escuela Secundaria-, sobre todo en estos momentos, en los que el mundo ha tomado una senda que es la opuesta al Camino que conduce a Dios.
         La Iglesia tiene una fórmula para que emprendan con todo éxito la nueva etapa que emprenden, como así también cualquier etapa de la vida. ¿En qué consiste esta fórmula? Para saberlo, imaginemos la siguiente situación: un joven cualquiera va caminando por un sendero, hasta que este sendero se bifurca en dos: un sendero, va hacia un prado florido, todo cubierto de césped, en donde corre un arroyo de aguas cristalinas, y el cielo está limpio, con un hermoso sol; el otro sendero, conduce hacia un bosque oscuro, tan oscuro, que no deja entrar la luz del sol; en este bosque, el que ingresa en él, está rodeado de bestias salvajes, listas para atacarlo; en este bosque hay serpientes venenosas de todo tipo; hay arañas enormes, alacranes, escorpiones, y todo tipo de alimañas. El que se interna en este bosque está solo y rodeado de peligros.
         ¿Qué quieren decir estas imágenes?
         El que elige el sendero que conduce a un prado florido, es el joven que toman a Jesús, el Hijo de la Sagrada Familia de Nazareth, como el modelo para su vida y trata de imitarlo en todo; es el joven que busca vivir en gracia, confesándose con frecuencia y comulgando en la misa dominical; es el joven que lleva en su mente y en su corazón los Mandamientos de la Ley de Dios; es el joven que tiene a la Virgen por Madre, a Dios por Padre y a Jesús por hermano. El que hace esto, vive con su alma en paz, aun cuando sobrevengan innumerables pruebas y desafíos, porque no está solo, sino que Jesús y María están con él y lo libran de todo peligro.
         El bosque oscuro significa el joven que, considerando que ya es grande, no necesita ni de la confesión, ni de la Eucaristía, ni de la oración, ni de Jesús, ni de María. Y, por lo tanto, se aleja de Dios y se interna en un lugar oscuro, rodeado de sombras vivientes, mucho más peligrosas que las fieras salvajes, que las serpientes, las arañas y los escorpiones.
         Entones, si un joven quiere atravesar las etapas de su vida con el alma en paz, que tome el Camino que conduce a Dios, que es Cristo Jesús, que para nosotros, los católicos, se nos entrega en Persona en la Eucaristía y se nos da, con su gracia, en la Confesión Sacramental.

         Por último, recemos todos juntos esta oración: “Oh Jesús crucificado, que estás en la Eucaristía para darme tu Amor. Te doy gracias por la etapa finalizada y te tu gracia y tu auxilio para comenzar con éxito una nueva etapa en mi vida. Nunca dejes que me aparte de Ti y haz que la Virgen, que es mi Madre, me cubra y proteja siempre con su manto y su amor maternal. Que tu Amor y tu gracia, tu Ley de la caridad y tus Mandamientos, estén sellados a fuego en mi mente y en mi corazón. Oh Jesús crucificado, que estás en la Eucaristía para darme tu Amor, ayúdame para imitarte en cada segundo de mi vida terrena, para así poder alabarte y amarte para siempre, en la vida eterna. Amén”.

miércoles, 24 de mayo de 2017

Jesús es la luz de nuestras almas


Jesús es “la luz del mundo” (cfr. Jn 8, 12), y sin Él, sólo somos tinieblas y oscuridad y vivimos envueltos en “tinieblas y en oscuridad de muerte” (cfr. Lc 1, 68-79). La oscuridad, las tinieblas, son una figura de cómo es el alma por sí misma, si no tiene la gracia de Dios en el alma. En el cielo, Jesús alumbra a los ángeles y santos con la luz de su gloria, porque Él es el Cordero, que es “la Lámpara de la Jerusalén celestial” (cfr. Ap 21, 1-22); en la tierra, nos ilumina en la Iglesia con la luz de la Fe, de la Verdad y de la Gracia. Esto quiere decir que si no tenemos Fe, si no seguimos la Verdad del Credo y si no vivimos en gracia, estamos en oscuridad espiritual y somos hijos de las tinieblas.
         Jesús nos hace nacer a una nueva vida, la vida de la gracia, por medio del Bautismo. Nos libra de la esclavitud del Demonio, nos quita el pecado original y nos hace ser hijos adoptivos de Dios por medio del Bautismo sacramental. Si no recibimos el Bautismo, vivimos bajo el dominio del Demonio, conservamos el pecado original y no somos hijos de Dios. Si recibimos el Bautismo, debemos ser fieles a la gracia recibida y comportarnos como hijos de Dios, como hijos de la Luz, y no de las tinieblas.

         Cuando nos bautizaron, fueron nuestros padres y padrinos quienes proclamaron, en nombre nuestro, nuestro rechazo al Demonio y a sus obras de malicia, además de profesar la fe en Jesucristo como Hombre-Dios y como nuestro Salvador. Ahora, cuando ya somos mayores y tenemos uso de razón, debemos, por nosotros mismos, proclamar que nada queremos tener que ver con el Demonio y sus obras –malicia, venganza, superstición, pereza, discordia-, y que sí queremos, con toda la fuerza de nuestro corazón, ser hijos de la Luz y comportarnos como tales, llevando los Mandamientos de Dios en el corazón y la mente y buscando siempre de cumplirlos, evitando el pecado, no tanto por temor al castigo, sino por el verdadero temor de Dios, que es amar tanto a Dios en su Bondad, que no queremos provocarle un disgusto por medio del pecado. Por medio del Bautismo, hemos “nacido de nuevo”, por el agua y el Espíritu, a la vida de los hijos de la luz; esforcémonos, por lo tanto, en evitar las obras de la oscuridad y en vivir como hijos de Dios. 

miércoles, 17 de mayo de 2017

El sentido de la vida


         Muchas veces podemos preguntarnos cuál es el sentido de la vida, para qué estamos, quién nos puso aquí, qué caminos debemos tomar. Hay algo que nos guía y que está a la base de esta pregunta, y es el deseo de felicidad que todos tenemos. Es decir, en esta búsqueda del sentido de la vida, muchas veces nos guía el deseo de felicidad que todos tenemos, un deseo que, si no lo sabemos encauzar, nos conduce a un lugar en el que no solo perdemos el sentido de la vida, sino también la felicidad misma.
         Imaginemos que un joven va caminando por un sendero, que tiene mucha vegetación a ambos lados. El joven quiere llegar a un lugar en donde verdaderamente pueda descansar después de una larga jornada de caminata. En un momento determinado, el sendero se bifurca y se divide en dos senderos: uno, cuesta arriba, y otro, cuesta abajo. El sendero de la derecha, que es cuesta arriba, es fatigoso de seguir, la caminata se hace más ardua todavía porque es en subida, aumentan la sed, el hambre, la fatiga. El sendero de la izquierda, por el contrario, se hace bien espacioso, se vuelve en bajada, por lo que no hay que hacer esfuerzo, y a cada rato se encuentran árboles frutales que permiten saciar el hambre y calmar la sed. El sendero empinado termina en una cima que luego da lugar a un valle, todo cubierto de césped, por donde corre agua cristalina; el cielo está despejado, no hay ni una sola nube, el sol está espléndido y, oh sorpresa, están todos los seres queridos.
         El sendero de la izquierda, por el contrario, desemboca en un bosque con árboles frondosos y copas muy tupidas y tan entrelazadas entre sí, que no dejan entrar la luz del sol. Además, en poco tiempo oscurece, y comienzan a escucharse los rugidos de las fieras salvajes, como el oso, el león, el tigre, que se escuchan muy cercanos y, por lo tanto, se muestran amenazantes; se escuchan también los silbidos de las serpientes venenosas, los chistidos de búhos y lechuzas y, con la noche, empiezan a salir arañas venenosas del tamaño de un pequeño animal. Por otra parte, estamos solos, sin nuestros seres queridos, y hace mucho frío.

         El sendero de la derecha es el sendero de la Fe Católica; el sendero de la izquierda, es el sendero del ateísmo. El sendero de la derecha satisface nuestra sed de felicidad y da así sentido a la vida; el sendero de la izquierda, nos hunde en la tristeza y la angustia y nos hace perder el sentido de la vida.

jueves, 20 de abril de 2017

Los ídolos desaparecen, pero Jesús siempre está cuando lo necesitamos


         El mundo de hoy se caracteriza por presentarnos numerosos ídolos –de cine, de rock, de música, de fútbol-, a través de los medios de comunicación: televisión, internet, cine, espectáculos de todo tipo. Estos ídolos nos parecen muy cercanos y parecen estar con nosotros, porque siempre que se nos aparecen, a través de los medios de comunicación, están llenos de movimiento, de luces, de sonidos; parecen vivos y nos dan la sensación de que están al alcance de nuestra mano. Sin embargo, esto es un espejismo, porque cuando los necesitamos, esos ídolos desaparecen, porque son nada más que como un pensamiento que se desvanece, como un recuerdo de la memoria, que en un momento está, y después ya no está más. Los ídolos del mundo desaparecen, cuando más los necesitamos.
         Por el contrario, hay Alguien que, a diferencia de los ídolos, pareciera no estar, o estar dormido, porque no lo vemos, ni lo sentimos, pero siempre que lo necesitamos, está, y ese Alguien, que siempre está cuando lo necesitamos, es Jesús. Jesús no es un invento de la imaginación, no es un ser irreal, de fantasía; no es un personaje de alguna serie de televisión; no es una estrella de cine, ni de fútbol. Jesús es Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios; es el Hombre-Dios, que viene a nosotros como un Niño, para que no tengamos temor en acercarnos a Él; es Dios, que viene a nosotros como un hombre crucificado, para que no tengamos miedo en acercarnos a Él; es Dios, que se queda entre nosotros oculto, escondido, detrás de lo que parece ser un poco de pan, pero ya no es más pan, porque es Él, Cristo Jesús, en la Eucaristía. Jesús viene como Niño, como hombre crucificado, como Pan Vivo, para que no solo no tengamos miedo en acercarnos a Él, sino para que recibamos su Amor y para que le demos nuestro amor, poco o mucho, pero que le demos nuestro amor.

         Viene como un Niño recién nacido, para que le demos nuestro amor, así como se da cariño, afecto y amor paterno a un niño recién nacido; viene como un hombre crucificado, para que le tengamos compasión y nos acerquemos a Él y le demos nuestro Amor y recibamos el Amor de su Corazón traspasado por la lanza; se queda entre nosotros como si fuera pan, aunque no es un pan sin vida, como el pan de la mesa, sino que es el Pan Vivo bajado del cielo, que quiere entrar en nuestros corazones para darnos su Amor. Jesús no es como los ídolos del mundo, que desaparecen; Jesús está siempre cuando lo necesitamos y podemos y debemos acudir a Él, en todas las circunstancias de la vida, en las más alegres, para darle gracias; en las más tristes, para pedirle consuelo. Acudamos a Jesús, que está en la Cruz y en Persona en la Eucaristía, y nos daremos cuenta de que Él está vivo y resucitado y que nos ama y nos consuela y siempre, pero siempre, nos escucha y nos auxilia.

sábado, 17 de diciembre de 2016

Qué significa para el joven cristiano servir en Caritas


         Para desentrañar el significado que tiene para un bautizado el servir en Caritas, es necesario recordar el origen de la palabra: “Cáritas” es un término que proviene del latín “Charitas”, se traduce en español como “Caridad” y significa “amor”. Pero, ¿de qué “amor” se trata? No se trata del mero amor humano, por cuanto el amor humano, aun siendo noble, es siempre limitado y está condicionado por nuestra naturaleza, por la concupiscencia y se deja llevar por las apariencias. El “amor” que se expresa con la palabra “Cáritas” y que por lo tanto define la labor de la institución dentro de la Iglesia, es otro amor, es el Amor de Dios. O, mejor aún, es “Dios, que es Amor”, como expresa San Juan en el Evangelio: “Deus Caritas est” (Dios es Amor)[1]”.
         Entonces, el término “Cáritas”, con el que se designa a una institución oficial de la Iglesia, revela el sentido y el objetivo de la institución, que es el de manifestar a Dios, que es Amor, al prójimo, principalmente el más necesitado. En el caso concreto de la institución Cáritas –a la cual podríamos traducirla como “Amor de Dios”-, la forma de manifestar este Amor de Dios, es por medio de la realización de obras de misericordia, principalmente corporales, como la de “vestir al desnudo”.
Ahora bien, si trabajamos en una institución de la Iglesia a la cual en vez de Cáritas podemos llamarla “Amor de Dios” y que tiene por función comunicar el Amor de Dios, esto significa que todos los miembros de la institución –al igual que toda la Iglesia-, deben estar animados, informados, compenetrados por el Amor de Dios, porque nadie puede dar lo que no tiene, y si no tengo en mi corazón el Amor de Dios, el Espíritu Santo, entonces no puedo dar a mi hermano el Amor de Dios, aun cuando cumpla un servicio en una institución que lleva por nombre “Amor de Dios”.
Es decir, si trabajo en Cáritas-Amor de Dios, para poder dar de ese Divino Amor al prójimo, debo tenerlo en el corazón, porque de lo contrario, no voy a poder dar de lo que no tengo. ¿Y de qué manera puedo tener el Espíritu Santo? ¿No es mucha pretensión de nuestra parte tener el Espíritu de Dios? Jesús mismo nos dice que debemos pedir el Espíritu Santo al Padre, y Él nos lo dará: “Si vosotros siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” (Lc 11, 13).
Sólo si tenemos el Espíritu Santo en nuestros corazones, podremos decir que verdaderamente trabajamos y servimos en Cáritas y al Espíritu Santo se lo pide por la oración, de lo que se sigue que quien trabaja en Cáritas, es el que más oración debe hacer, entre todos los miembros de la Iglesia. Por último, tenemos que recordar que en el corazón humano no hay lugar para el Espíritu Santo y el amor propio: o está el uno, o está el otro. El amor propio es muy fácil de reconocer: tengo amor propio si no soy capaz de perdonar; si guardo rencor ante las ofensas de mi prójimo; si no soy capaz de pedir perdón, cuando soy yo el que ofendo; si soy ligero para la crítica; si no tengo paciencia –una obra de misericordia es “soportar con paciencia los defectos del prójimo”-; si busco el reconocimiento de los hombres y no el de Dios; si tengo envidia; si tengo pereza; si doy lugar a las habladurías; si me dejo llevar por las habladurías; si en vez de concordia, soy sembrador de discordia y desunión; si devuelvo el mal con otro mal; etc.
Quien sirve en Cáritas, debe recordar que el nombre de la institución significa “Amor de Dios”, que debe dar de ese Amor de Dios a su prójimo, que para tener ese Amor hay que pedirlo y que para pedirlo hay que rezar, y que el himno de la caridad de San Pablo debe estar impreso a fuego en su mente y en su corazón y debe traducirlo por obras: “El amor (de Dios) es paciente, es bondadoso. El amor no es envidioso ni jactancioso ni orgulloso. No se comporta con rudeza, no es egoísta, no se enoja fácilmente, no guarda rencor. El amor no se deleita en la maldad sino que se regocija con la verdad. Todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta” (1 Cor 13, 4-7). Quien no está dispuesto a vivir el himno de la caridad, es mejor que no trabaje en Cáritas. Pero, por otra parte, todos los cristianos estamos obligados a vivir el himno de la caridad. En Cáritas, tanto aquellos que dan, como los que reciben, tienen que tener en sus corazones "Cáritas", es decir, el Amor de Dios.




[1] 1 Jn 4, 8.

martes, 6 de diciembre de 2016

Jesús es el Dios de la Eucaristía, no es un fantasma


         El mundo de hoy propone a los jóvenes caminos hacia lugares en donde Dios no se encuentra; el mundo de hoy propone vivir como si Dios no existiera; como si Jesús no fuera Dios Hijo hecho hombre y como si no hubiera venido a salvarnos de la eterna condenación y conducirnos a la vida eterna, en el Reino de los cielos; como si Jesús no hubiera dado su vida por todos y cada uno de nosotros en la cruz; como si Jesús no estuviera Presente en la Eucaristía.
         El mundo de hoy propone a los jóvenes, como modo de obtener la felicidad, adorar al  dinero, satisfacer las pasiones, vivir el presente, sin recordar el pasado y sin pensar en el futuro, sin pensar que esta vida se termina pronto y que luego comienza la vida eterna. El mundo de hoy propone a los jóvenes, como modelos de vida, a los ídolos del consumismo, del placer, del materialismo, del relativismo, del ateísmo, del gnosticismo, del ocultismo.
         Sin embargo, en nada de estas cosas mundanas que propone el mundo, está la felicidad que todo joven busca, porque en nada de estas cosas mundanas está Dios; en nada de estos lugares encontrarán los jóvenes otra cosa que no sea oscuridad y muerte, porque en esas cosas mundanas no está el Dios de la Vida, del Amor y de la Paz, Jesús de Nazareth. Sólo Jesús, porque es Dios, es el Único en grado de satisfacer plenamente los anhelos más profundos de paz, de alegría, de amor, que todo joven anhela. Fuera de Jesús, sólo hay oscuridad y muerte; unidos a Jesús, de Él recibimos luz divina y vida divina.
¿Cómo encontrar a Jesús, para recibir de Él lo que sólo Él puede darnos? Podemos encontrar a Jesús por la fe, por el amor y por los sacramentos, y para poder darnos una idea de cómo es esta relación entre Jesús y los jóvenes, podemos utilizar la figura de un niño no nacido en el vientre de la madre: el niño por nacer recibe de su madre todos los nutrientes que necesita para vivir y esto lo recibe por medio del cordón umbilical y de tal manera que, si por algún motivo el cordón umbilical deja de aportar los nutrientes, el niño muere. El cordón umbilical que une a los jóvenes con Jesucristo, son los sacramentos, especialmente, la Eucaristía y la Confesión sacramental, porque los sacramentos son, junto con la fe y el amor, los medios de unión del alma con Jesucristo. Para los jóvenes, y para todos los bautizados, es esencial, para la vida del espíritu, para tener una vida serena en medio de las tribulaciones, y sobre todo, para tener el Amor de Dios y la Vida de Dios en el alma, la unión con Jesucristo por medio de los sacramentos. Los sacramentos son, a la vida del alma, lo que el cordón umbilical al embrión que está en el seno materno: así como por el cordón umbilical le viene la vida al niño por nacer, así por los sacramentos viene la gracia, la vida divina, el Amor de Dios y la luz de Dios.

Queridos jóvenes, les decimos a ustedes lo que el Papa Juan Pablo II dijera a los jóvenes en una homilía: contemplen el Rostro de Cristo, que está en la Cruz y en la Eucaristía, y obtendrán de Él la luz, el Amor, la paz, la alegría de Dios. Jesús no es un fantasma, como una vez dijeron los discípulos; Jesús no es un revolucionario; Jesús no es un extraterrestre, como dicen las sectas de la Nueva Era; Jesús no es mero hombre, como dicen los evangelistas; Jesús no es un hombre bueno: Jesús es Dios y está en la Eucaristía; Jesús es el Dios de la Eucaristía, que está esperándolos en el sagrario para darles todo el Amor de su Sagrado Corazón Eucarístico. 
Él conoce todas nuestras necesidades, materiales y espirituales, y puede solucionar todos los problemas y todas las tribulaciones, por graves que sean, y lo puede hacer en menos de un segundo; en un abrir y cerrar de ojos, Jesús puede y quiere cambiar nuestra vida, porque es Dios, pero Jesús quiere que vayamos a visitarlo en el sagrario, quiere que estemos con Él, que hablemos con Él y que lo escuchemos en el silencio, en lo más profundo del corazón. No hay ningún problema, por grave que sea, que Jesús Eucaristía no pueda solucionarlo, pero Jesús quiere que acudamos ante su Presencia en el sagrario, en la Eucaristía y que le hablemos, en el silencio de la oración, así como se habla a un padre, a una madre, a un hermano, al mejor amigo. Junto al Papa Juan Pablo II, les decimos: fuera de Jesús Eucaristía, sólo hay oscuridad y muerte; junto a Jesús Eucaristía, sólo hay Vida, Luz, Amor, Paz y Alegría celestial.

martes, 29 de noviembre de 2016

No miremos los ídolos mundanos, contemplemos a Cristo, en la Cruz y en la Eucaristía


(Homilía en ocasión de Santa Misa de Acción de gracias por el egreso de niños de una escuela primaria)

         El mundo de hoy ofrece múltiples ídolos a los jóvenes y estos ídolos son, por ejemplo, la fama, el dinero, el éxito, el poder, la belleza física, el tener abundantes bienes materiales, el “pasarla bien” sin hacer nada, etc. Todas estas cosas, son cosas falsas, porque prometen una felicidad que no tienen y que no pueden dar. Estas cosas son como los espejismos, es decir, una ilusión, algo que sólo existe en la imaginación, pero no en la realidad: por ejemplo, cuando uno va caminando por el desierto, bajo el sol, después de un tiempo y a causa del calor y la deshidratación empieza a ver visiones y así, por ejemplo, cree ver, a la distancia, un lago con agua fresca y árboles que dan sombra cuando en realidad no hay nada y así, el que ve un espejismo, corre detrás de ese espejismo y cuando llega, se encuentra con las manos vacías, y se queda todavía con más sed que antes. Esto es lo que sucede con las cosas materiales, con el dinero, el éxito, y todo lo que dijimos antes: son verdaderos espejismos que, cuando se los posee, no satisfacen la sed de felicidad que tiene el alma, y así el alma se queda peor que al principio.
         Todos los jóvenes, como todos los seres humanos, tienen sed de amor, de felicidad, de alegría, de paz, pero todo eso no lo dan los ídolos del mundo, como el dinero, el poder, la satisfacción de las pasiones. Sólo Jesucristo, el Cordero de Dios, el Hijo de Dios, puede colmar nuestra sed de felicidad, de amor, de paz, de alegría, porque Él es Dios, y sólo en Él se encuentra la felicidad que buscamos. Si intentamos ser felices fuera de Jesús, nunca lo vamos a conseguir; si intentamos tener alegría verdadera fuera de Jesús, nunca la vamos a obtener, porque el mundo no puede darnos lo que no tiene.
         Para entenderlo un poco mejor, usemos un poco la imaginación: imaginemos nuestro sistema solar: el sol, es la estrella luminosa que está en el centro, y los planetas giran a su alrededor; cuanto más cerca está un planeta del sol, tanto más recibe ese planeta aquello que el sol tiene y puede dar: luz, calor y vida, y al contrario, cuanto más lejos está el planeta, menos recibe del sol lo que éste le puede dar, y es así como los planetas más lejanos son oscuras, fríos y sin vida. Algo similar sucede entre nosotros y Jesús: Jesús es el “Sol de justicia”, alrededor del cual giran los planetas, que son las almas: cuanto más cerca estamos de Jesús Eucaristía, tanto más recibimos de Él lo que Él puede darnos, la luz de Dios, el amor de Dios, la alegría de Dios, la vida de Dios; y cuanto más nos alejamos, menos tenemos lo que sólo Él puede darnos.
         ¿Y dónde está Jesús? Jesús se encuentra en los sacramentos, sobre todo la Eucaristía y la Confesión, y también en la Cruz. Cuanto más nos acerquemos a la Eucaristía, a la Confesión y a la Cruz, tanto más vamos a recibir la Vida, la Alegría, el Amor y la Paz de Dios, y cuanto más nos alejemos, más rodeados estaremos de la oscuridad y sin la vida de Dios, es decir, fuera de Jesús, sólo encontraremos “oscuridad y muerte”, como les decía el Papa Juan Pablo II a los jóvenes en un discurso. No nos dejemos encandilar por los ídolos del mundo; no nos alejemos de Jesús Eucaristía, de la Confesión y de la Cruz, si queremos vivir en la paz, la alegría y el Amor de Dios.
              No cometan el mismo error que cometen la gran mayoría de niños y jóvenes de hoy, que es separarse de Jesús, y esto lo hacen cuando dejan de frecuentar los sacramentos y no hacen oración.


jueves, 24 de noviembre de 2016

Jesús es a los jóvenes lo que el sol al planeta tierra


         Egresar implica dejar atrás una etapa de la vida, de la adolescencia, a la juventud; implica cerrar una puerta y abrir otra; implica dejar de mirar para atrás, para comenzar a mirar hacia el horizonte, hacia los objetivos que, con mi libertad y mis capacidades, puedo llegar a cumplirlos. El cumplimiento de estos objetivos estará ligado, para algunos, con el estudio, para otros, con el trabajo, para otros, con el estudio y el trabajo. Lo que sí está claro es que ningún objetivo en la vida se obtiene sin esfuerzo y sacrificio, como también es cierto que lo que se obtiene con esfuerzo y sacrificio tiene un doble sabor a victoria.
         Ahora bien, los objetivos básicos para la auto-realización de un joven, están formados por un verdadero amor, primero de novios y luego conyugal, además de un trabajo digno, estable, que permita la manutención digna de la familia. Además del auxilio de los seres más cercanos, como la familia y los amigos, el joven cuenta con un auxilio extraordinario para la consecución de sus objetivos, y ese auxilio extraordinario es Jesús.
         Jesús, a pesar de lo que muchos creen, no es “un fantasma”, como dijeron los discípulos cuando lo vieron caminar sobre el agua (cfr. Mt 14, 23); no es una figura ideal, pero inexistente; no es un personaje del pasado; no es un revolucionario social; no es un hombre bueno ni santo: Jesús es Dios, es el Hombre-Dios, es Dios hecho hombre, sin dejar de ser Dios, y Jesús está, en el cielo, pero también está aquí, abajo, en la tierra, con nosotros, en la Eucaristía, esperando por nuestras visitas.
         El gran error de los jóvenes católicos de hoy es pensar, o que Jesús no existe, o que es un ser sin importancia, o que sus mandamientos no tienen sentido, y es así como los jóvenes católicos de hoy se separan, se apartan de Él y lo abandonan en el sagrario, y emprenden sus vidas sin Jesús y sin su gracia, y ése es el peor error que un joven puede cometer: pretender construir su vida y alcanzar sus objetivos y proyectos, sin Jesús. Ahora bien, el Jesús de los católicos, se une a nosotros por la fe, por el amor y por los sacramentos, de manera que quien abandona los sacramentos, abandona a Jesús, abandona a Dios y se aleja de Dios. Los sacramentos son como el cordón umbilical para el embrión que está en el seno materno: así como por el cordón umbilical le llegan los nutrientes, así también, al católico, por los sacramentos, le llega la gracia, que es la vida de Dios. Los sacramentos son también como los cables conectores que unen al astronauta con su nave espacial, cuando sale a hacer una caminata espacial: si se cortan esos cables, el astronauta se pierde irremediablemente en el espacio, y así sucede con el joven católico que se aleja de la Eucaristía y la Confesión.
         Por último, la relación entre Jesús y el joven, es como el sol con los planetas: cuanto más cerca está un planeta del sol, tanto más recibe, del sol, lo que el sol le puede dar: luz, calor y vida, y cuanto más lejos está el planeta del sol, más frío, oscuro y sin vida éste se encuentra; de la misma manera, así sucede con los jóvenes y Jesucristo en la Eucaristía: Jesús Eucaristía es el Sol divino que ilumina nuestras almas, y si nosotros nos acercamos a Él, por la Confesión y la Comunión, por la fe y el amor, tanto más recibiremos de Él lo que Él puede y quiere darnos: la luz de Dios, el amor de Dios, la alegría de Dios, la paz de Dios. Y si nos alejamos de Él, cuanto más lejos estemos de Él, más oscuros, tristes y sin vida de Dios estaremos. A diferencia de los planetas, que orbitan alrededor del solo en la órbita ya fijada y no pueden ni alejarse ni acercarse por sí mimos, nosotros sí podemos hacerlo, porque tenemos libertad y voluntad, de manera que libremente, o nos acercamos, o nos alejamos del Sol de justicia que es Jesús Eucaristía. Pero si nos alejamos, sólo encontraremos, fuera de Jesús Eucaristía, soledad, tristeza, oscuridad, vacío existencial y muerte.

         Si queremos, en la vida, cumplir nuestros objetivos y saciar nuestros deseos básicos de verdadera felicidad, paz, amor y justicia, no nos alejemos del Sol de justicia, Jesús Eucaristía.

martes, 22 de noviembre de 2016

Jesús no es un fantasma


(Homilía para niños de 6o grado que egresan)

         Una vez, los discípulos estaban en el mar, en la barca, cuando comenzó a cambiar el tiempo: las nubes se pusieron negras, como cuando hay tormenta; empezaron a caer rayos y se escuchaban fuertes truenos; el viento empezó a soplar con mucha fuerza, lo que hizo que las olas se hicieran cada vez más grandes. Como el viento soplaba cada vez más fuerte, las olas se volvían cada vez más altas y así empezaba a entrar mucha agua en la barca, y tanta, que parecía que se iban a hundir. Además de eso, el cielo estaba tan oscuro, por las nubes negras, que parecía que era de noche, cuando todavía era pleno día. Los discípulos, que estaban en la barca, se asustaron porque pensaban que iban a hundirse. En ese momento, cuando la tormenta estaba cada vez más fuerte y el día tan oscuro que parecía de noche, vieron a la distancia aparecer a Jesús, caminando sobre las aguas. Los discípulos, que ya estaban asustados por la tormenta, y a pesar de que conocían y amaban a Jesús, se asustaron todavía más, al verlo caminar por las aguas, y se pusieron a gritar: “¡Es un fantasma!” (Mt 14, 26). Jesús llegó a la barca y le dijo al viento: “¡Cállate!”, y el viento dejó de soplar en ese mismo instante; en consecuencia, las olas se calmaron y las nubes negras dieron paso al sol. En un solo segundo, Jesús hizo cambiar la situación, de un peligro real, a una paz y calma totales.

         Lo que le pasó a los discípulos fue real, y también nos puede pasar a nosotros, aunque no nos subamos a ninguna barca, porque la vida es muchas veces como el mar agitado por el viento: aparecen tribulaciones, problemas, angustias, situaciones dolorosas, y algunas veces, todo parece que está a punto de hundirse. Pero nosotros estamos en la Barca de Pedro, que es la Iglesia, y aunque el viento del mundo sople y sople fuerte, y aunque parezca que el sol no sale, porque los días se vuelven grises, Jesús siempre está, y Él no es un fantasma, y nosotros no tenemos que pensar en Jesús como si fuera un fantasma, como les pasó a los discípulos. Jesús es Dios, es el Hombre-Dios, y está en la Eucaristía, vivo, glorioso, resucitado, esperando que vayamos a visitarlo, a decirle que lo amamos y que queremos que siempre esté con nosotros. Y también como le sucedió a los discípulos, Jesús puede, en un segundo, solucionar todo aquello que nos preocupa, precisamente, porque no es un fantasma, sino Dios Hijo en Persona. No esperemos a que hayan tribulaciones y problemas para acudir a Jesús en el sagrario: vayamos a visitarlo, para que Él esté siempre con nosotros, en nuestro caminar en la vida hacia el cielo.

martes, 4 de octubre de 2016

Jesús no es un fantasma, es el Dios de la Eucaristía


         Una vez, en el Evangelio, sucedió la siguiente escena: los discípulos de Jesús había subido a la barca y estaban en medio del mar, cuando comenzó de repente a ponerse el cielo muy oscuro, con nubes negras y densas, que anunciaban una gran tormenta; el viento comenzó a soplar muy fuerte, como si fuera un huracán y hacía que se levantaran olas muy grandes, y eran tan grandes, que hacían que la barca se moviera mucho, para todos lados; además, como comenzaba a entrar agua por todos lados y no podían sacar toda el agua, la barca comenzaba a hundirse. Entonces, cuando pensaban que ya estaban a punto de hundirse, los amigos de Jesús vieron a lo lejos que Jesús venía caminando sobre las aguas, sin mojarse y sin hundirse. Y a pesar de que ellos lo conocían, en ese momento no lo reconocieron, y se pusieron a gritar, llenos de miedo: “¡Es un fantasma!” (cfr. Mt 14, 26). Estaban aterrorizados porque, por un lado, ya estaban temerosos a causa de la tormenta, del viento y de las olas; por otro lado, no reconocieron a Jesús, que era su Amigo, y al que lo habían visto hacer muchos milagros y no solo no lo reconocieron, sino que pensaron que era un fantasma; en esta situación, creían que todo estaba perdido, y por eso todos gritaban de terror.
         Pero Jesús, que había seguido caminando sobre las aguas, llegó hasta la barca y subió en ella, y una vez que subió, le dijo al viento: “¡Cállate!” y el viento, en el acto, dejó de soplar, en consecuencia, las olas se calmaron, y además, las nubes negras se disiparon y salió el sol. Una vez que pasó eso, Pedro y los demás discípulos, que ahora sí reconocieron a Jesús, se postraron delante de Jesús y lo adoraron, dándole gracias porque los había salvado.
         ¿Qué enseñanza nos deja este pasaje del Evangelio?

         Los amigos y discípulos de Jesús somos nosotros; la barca es la Iglesia; el viento como huracán, las olas grandes, las nubes negras, son los problemas que a veces se nos presentan en la vida y nos llenan de temor; al igual que los discípulos, también nosotros, a veces, pensamos que estamos solos, y tratamos a Jesús como si fuera un fantasma, y entonces, en medio de las dificultades, pareciera que nada tiene solución y que todo se pone muy difícil y también nos atemorizamos y desanimamos, como los amigos de Jesús; pero también, así como les pasó a los amigos de Jesús, que fueron socorridos por Jesús y Él, como es Dios, en un solo instante, en menos de un segundo, hizo que todo se calmara, así también puede hacer con nuestras vidas y con nuestros problemas y es por eso que nunca, pero nunca, debemos dejar de confiar en Jesús y siempre debemos recurrir a Él. No pensemos que Jesús es un fantasma y que no está Presente: Él es Dios, es el Cordero de Dios, que está, vivo, glorioso, resucitado, con todo su poder de Dios, en la Eucaristía, esperando para que nosotros acudamos a Él y le contemos, así como se habla con un padre o una madre amorosos, así como se habla con un amigo fiel, todo lo que nos pasa; Jesús quiere que vayamos a buscarlo a la Eucaristía, al sagrario, y que le digamos: “Jesús, Amigo mío, me pasa esto, esto y esto, te lo ruego, por los dolores del Corazón Inmaculado de tu Mamá, la Virgen, te lo suplico, ayúdame”. Y Jesús, como es un Dios de Amor, no dejará de ayudarnos, y mucho menos si le pedimos auxilio en nombre de su Mamá. Pero Jesús quiere que le demostremos que lo amamos y que confiamos en Él, y eso es lo que tenemos que hacer: acudir al sagrario y suplicarle su ayuda, y Jesús, en menos de un segundo, nos dará la calma a nuestros corazones, nos llenará de alegría, de luz, de paz, y tal vez no arregle nuestros asuntos en el acto, pero lo que sí es cierto, es que tanto Él, como su Mamá, no dejarán de auxiliarnos. Nunca, nunca, pensemos que estamos solos; nunca nos dejemos vencer por los problemas; acudamos a Jesús, Presente en Persona en la Eucaristía, y Jesús calmará cualquier tormenta de nuestra vida y hará resplandecer su Rostro sobre nosotros, así como el sol resplandece en un día calmo, con el cielo celeste y sin nubes, y nos llenará de su gozo, de su paz, de su amor y de su alegría. Digamos todos juntos: “¡Jesús, Tú eres el Dios de la Eucaristía, creemos en tu Presencia Eucarística, te amamos con todo el corazón y te pedimos que nunca dejes que nos apartemos de Ti!”.

jueves, 1 de septiembre de 2016

Joven, ¿sabes todo lo que te pierdes cuando decides no ir a Misa?


Cuando se pregunta a un joven cuáles son los motivos por los cuales no asisten a Misa –dominical-, suelen dar las siguientes razones: la Misa es aburrida, no es divertida; prefiero quedarme a dormir; suelo salir los sábados a la noche y por eso descanso todo el domingo; voy a jugar al fútbol; tengo muchas ocupaciones. Y como estas, muchas similares.
Ahora bien, cuando a estos mismos jóvenes –se supone que ya han hecho la Comunión y la Confirmación, es decir, tienen, como mínimo, cada uno, tres años de formación catequética- se les pregunta: “¿Qué es la Misa?”, hay un porcentaje de respuestas, cercano al 100%, que coinciden en decir que “no saben” qué es la Misa (entendida como renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la cruz).
¿Qué responder? Lo primero a tener en cuenta, es que decir “divertido-aburrido” no se aplica a la Santa Misa, porque la Misa no es ni divertida ni aburrida; es algo infinitamente más que eso, es un misterio fascinante, es el misterio de Nuestro Señor Jesucristo que, por el poder del Espíritu Santo, hace en la Misa lo mismo que hace en la cruz. Lo que sucede es que en la Misa, no vemos este misterio con los ojos del cuerpo, porque es invisible, pero sí lo podemos “ver” con los ojos de la fe. ¿Qué hace Jesús en el altar? Así como en la cruz Jesús entrega su Cuerpo en la cruz y derrama su Sangre por Amor y por nuestro amor, así en la Misa, en altar, entrega su Cuerpo en la Eucaristía y derrama su Sangre en el cáliz, para darnos su Amor, contenido en su Sagrado Corazón. Ir a Misa es como “viajar en el tiempo”, a XXI siglos atrás, para estar delante de Jesús que por Amor a mí, muere en la cruz; o también, es como si el Sacrificio de la Cruz de Jesús “viajara en el tiempo” y se hiciera presente en nuestro “aquí y ahora”.
En la Misa, Jesús hace lo mismo que en la cruz, entrega su Cuerpo y derrama su Sangre, y esto lo hace por Amor, no por obligación, porque Jesús no tenía ninguna obligación de morir en la cruz para salvarnos. Es decir, Jesús baja del cielo en la Santa Misa, para quedarse en la Hostia y en el Cáliz, pero no para quedarse ahí, sino para darnos su Amor en la Comunión Eucarística.
¿Cómo es el Amor que Jesús nos quiere dar? Imaginemos el cielo estrellado. ¿Lo podemos medir con una cinta métrica? No, porque es infinito. Ahora, multipliquemos este cielo estrellado por mil millones de veces; volvamos a multiplicarlo por cientos de miles de millones de veces; volvamos a multiplicarlo por otros cientos de miles de millones de veces: bien, el Amor del Sagrado Corazón de Jesús es infinitamente más grande que todo esto, porque es un Amor infinito, celestial, eterno, imposible de medir, imposible de apreciar. Y todo este Amor, absolutamente todo, nos lo quiere dar Jesús, a cada uno de nosotros, sin reservarse nada. Es decir, Jesús no se contenta con darnos sólo una “parte” de su Amor: Él nos quiere dar todo el Amor de su Sagrado Corazón. Pero para eso, necesita que nosotros vayamos a Misa, para recibirlo en la Sagrada Comunión -previamente confesados, se entiende, porque el Amor de Jesús es un Amor Puro y Santo, y la forma en que tenemos de purificar y santificar nuestros corazones, manchados por el pecado, es por la Confesión Sacramental-.
Jesús baja del cielo y se queda en la Eucaristía, pero porque quiere entrar en nuestros corazones, por eso nuestros corazones tienen que ser como los sagrarios, en donde sea adorado y amado el Dios de la Eucaristía, Jesús. En el Apocalipsis, Jesús dice: “Estoy a la puerta y llamo; si alguien me abre, entraré y cenaré con él y él Conmigo”. Jesús golpea a las puertas de nuestros corazones, pero sucede que estas puertas se abren solo desde adentro, es decir, sólo yo y nadie más que yo, puede abrir esa puerta. Ni siquiera Dios, pudiendo hacerlo, la abrirá por mí, porque Dios respeta mi libertad. Pero si yo no quiero abrir la puerta de mi corazón a Jesús, el único que pierde soy yo, porque Jesús se queda en la puerta de mi corazón -como si fuera un mendigo, que en vez de mendigar pan, mendiga mi amor-, y así no me puede dar aquello que me iba a dar, el Amor infinito y eterno de su Sagrado Corazón.
Para que podamos entender un poco más qué es lo que sucede cuando vamos a Misa, tomemos la siguiente imagen, la del sistema solar: puesto que en el sol se producen explosiones atómicas que desprenden cientos de millones de grados de calor, es fuente de luz, de calor y de vida para los planetas, como la Tierra. ¿Qué sucede con los planetas, a medida que se alejan del sol? Que se vuelven incapaces de recibir aquello que el sol puede dar, es decir, luz, calor y vida. Cuanto más lejos se encuentra el planeta, más oscuro, frío y sin vida se encuentra. Y al revés, cuanto más un planeta está cerca del sol, tanto más calor, luz y vida recibe. ¿Qué relación hay entre este ejemplo del sistema solar, Jesús Eucaristía y nosotros? Que en el mundo espiritual, el Sol que ilumina las almas es Jesús Eucaristía, uno de cuyos nombres es el de “Sol de justicia”, y al igual que el astro sol, Jesús también da luz, calor y vida, pero que son la luz de Dios, el calor del amor de Dios y la vida de Dios, porque Él es Dios, Él es el Dios de la Eucaristía. Con respecto a los planetas, que en el sistema solar giran alrededor del sol, somos nosotros, pero a diferencia de los planetas, que son seres inanimados y que no tienen otra posibilidad que girar en la órbita en la que los puso el Creador, nosotros, en cambio, somos libres, y podemos determinar, libremente, si queremos acercarnos al Sol de justicia, Jesús Eucaristía, o si queremos, también libremente, alejarnos de Él. Ahora bien, nos sucederá lo mismo que les sucede a los planetas: cuanto más lejos estemos de ese Sol celestial que es la Eucaristía, tanto más envueltos en las tinieblas del alma –el error, el pecado- estaremos, tanto más fríos estarán nuestros corazones, tanto más muertos estarán nuestros espíritus. Por el contrario, si nos acercamos más a Jesús Eucaristía, tanto más recibiremos de Jesús lo que Jesús Es y quiere darnos: la Vida de Dios, el calor del Amor de Dios, la luz de Dios, y así nuestras almas estarán llenas de la vida divina, nuestros corazones arderán en el fuego del Divino Amor y todo nuestro ser estará iluminado por la luz de la gracia santificante que nos comunica Jesús.
Por último, Jesús se quedó en el sagrario, para darnos su Amor, para que nos acerquemos a Él y le hablemos así como alguien habla con su mejor amigo, porque Jesús es el Amigo fiel, que nunca falla; Jesús en el sagrario lee nuestros pensamientos, conoce nuestros sentimientos, nuestras necesidades materiales y espirituales, pero quiere que seamos nosotros los que le contemos lo que nos pasa. No hay ningún problema, tribulación, o situación existencial, por dura que sea, que Jesús no la resuelva, porque Él es Dios, pero Él quiere que confiemos en Él y que acudamos al sagrario, para pedirle por nuestras necesidades, pero sobre todo, para decirle que lo amamos con todo el corazón.

Querido Joven, ¿te das cuenta de todo lo que te pierdes cuando decides no ir a Misa?