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martes, 29 de mayo de 2018

El mundo ofrece ídolos, la Iglesia a Jesús Eucaristía



         Existe una contraposición entre el mundo y la Iglesia. Ambos son contra puestos e irreconciliables entre sí. O se es del mundo, o se es de la Iglesia. Se es del mundo cuando se tienen pensamientos mundanos, deseos mundanos, objetivos mundanos, como el placer, el dinero, el poder, la fama. El mundano piensa en el mundo y solo desea las cosas de este mundo, sin pensar en la vida eterna. Está destinado a la eternidad, pero se conforma con una vida rastrera y baja, dominada por las pasiones y por los objetivos mundanos. El que es del mundo está bajo el dominio del Príncipe de este mundo, el Padre de la mentira, Satanás.
Se es de la Iglesia cuando se tienen pensamientos santos, deseos santos, objetivos santos. Se es de la Iglesia cuando, viviendo en la tierra, se desea el cielo, la vida eterna, la felicidad del Reino de Dios. El que es de la Iglesia es guiado por el suave Espíritu del Hombre-Dios Jesucristo, el Espíritu Santo, Espíritu de Amor, de Paz, de Sabiduría, de Ciencia y de Alegría verdadera.
El mundo ofrece ídolos mundanos que en apariencia son poderosos y apetitosos: poder, dinero, fama, placer, y parece que están al alcance de la mano y que dan felicidad, pero en realidad, cuando se consiguen todos los ídolos que ofrece el mundo, en el alma solo queda vacío, amargura, dolor, pesar, frustración, angustia. No puede ser de otra manera, porque los ídolos mundanos no pueden apagar la sed de felicidad que posee el alma.
La Iglesia ofrece algo que, a simple vista, parece solo un poco de pan y nada más; es algo sencillo, simple, humilde, sin ostentación, pero que contiene todo el deleite de los cielos y más todavía. La Iglesia ofrece la Eucaristía, que es Jesucristo, el Hombre-Dios, que nos concede la vida eterna, el Amor de Dios, la paz definitiva del alma, la alegría desbordante que jamás finaliza.
El mundo ofrece ídolos y con ellos el dolor, la amargura, la muerte.
La Iglesia nos ofrece al Rey de cielos y tierra, el Hombre-Dios Jesucristo, en la Eucaristía, y con Él, el alma recibe la paz, el Amor, la Alegría de Dios y el anticipo de la Vida eterna, viviendo aún en esta vida terrena.
El mundo ofrece ídolos; la Iglesia ofrece la Eucaristía. En nuestra libertad está elegir uno u otro. Si queremos ser felices y bienaventurados, elijamos a Jesús Eucaristía.


martes, 15 de mayo de 2018

Jóvenes, elijan la Cruz de Cristo y no los atractivos del mundo



         El mundo de hoy nos ha instruido, a través de los medios de comunicación, para que pensemos en una dirección: que los atractivos que el mundo nos ofrece –poder, sexo, fama, dinero, placer- es el fin de la vida, que la vida del hombre se agota en esas cosas.
         Nos ha instruido también para rechazar la Cruz de Cristo y a Cristo en la Cruz: el mundo nos dice que la Cruz es sufrimiento, es dolor y que es una locura, que no tiene sentido la Cruz.
         Sin embargo, las cosas, vistas como las ve Dios mismo, son totalmente distintas: el mundo nos conduce al vacío, un vacío existencial que es tanto más profundo cuanto más satisfechos están el placer, el deseo de poder, de sexo, de dinero, de fama. Cuanto más se consigue eso, más infeliz es la persona. Cuanto más se aleja la persona de la Cruz de Cristo, más infeliz es.
         Y al revés, cuanto más se acerca a la Cruz, más feliz es, más paz tiene, más luz divina recibe. Porque pasa con nosotros lo que los planetas y el sol: cuanto más cerca un planeta del sol, tanto más recibe del sol lo que es y tiene para dar: luz, calor y vida. En el mundo del espíritu, el Sol de nuestras vidas es Jesucristo, en la Cruz y en la Eucaristía y nosotros debemos girar alrededor de Él, así como los planetas giran alrededor del sol. Cuanto más nos acerquemos a Jesús crucificado y a Jesús Eucaristía, más tendremos lo que Él, Sol divino, es y tiene para darnos: su luz, su paz, su alegría, su amor, su sabiduría.
         No nos dejemos engañar por el mundo y sus falsos atractivos: no fuimos hechos para el poder, la fama, el dinero, el sexo, los bienes materiales. Nada de eso puede satisfacer la sed de amor y paz que tienen nuestras almas.
Fuimos hechos para algo infinitamente más grande que los falsos atractivos del mundo: fuimos hechos para satisfacer nuestra sed de felicidad en el Dios de la Alegría, Cristo Jesús, el Dios eternamente joven. Y Cristo está en la Cruz, en la Eucaristía y también en el prójimo, sobre todo, en el prójimo más necesitado. No nos dejemos engañar por los falsos atractivos del mundo.
Jóvenes, elijan la Cruz de Cristo y no los atractivos del mundo.

martes, 21 de noviembre de 2017

De nada sirve triunfar en la vida si Dios no está en nosotros


(Homilía en la Santa Misa en acción de gracias por el egreso de la Escuela Primaria de un grupo de niños)

         Cuando finaliza una etapa en la vida, como sucede en el caso de ustedes, que están finalizando la etapa de la Escuela Primaria, se ingresa siempre en una nueva etapa. En este caso, para ustedes, niños, es, obviamente, desde el punto de vista de los estudios, la etapa de la Escuela Secundaria. Y una vez que finalice esta etapa, vendrá una nueva, que pueden ser ó continuar estudiando, ó comenzar a trabajar, para formar una familia, etc. Cada uno seguirá por un camino distinto, según sus capacidades y sus esfuerzos. Cada etapa de la vida tiene sus particularidades, sus más y sus menos, sus enseñanzas, sus pruebas, sus dificultades, y también sus alegrías y tristezas.
         En todo este sucederse de etapas, sin embargo, hay algo que no debe nunca dejar de tener en cuenta un niño y un joven cristiano, y son las palabras de Jesús: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo, si pierde su alma?” (Lc 9, 25). Estas palabras de Jesús son hoy más actuales que nunca, porque en la sociedad en la que vivimos, hay como una presión para hacer cosas que no siempre son buenas para las personas, como por ejemplo, el querer tener muchas cosas, muchos bienes, mucho dinero, o sino el tener fama, éxito, salir en la televisión, ser famoso, etc. Hay que prestar mucha atención, porque todas estas cosas no son buenas, no solo porque no dan paz al alma –aunque una persona sea la persona más rica del mundo, la riqueza no puede comprar ni un segundo de paz verdadera-, sino que la mayoría de estas cosas, alejan a la persona de Dios. Y fuera de Dios, nadie es feliz, ni tiene paz, ni se siente bien.
         En nuestro mundo, muchos ofrecen ganancias de dinero rápida, pero haciendo cosas que son contrarias a los Mandamientos de la Ley de Dios. Si alguien hace esto, puede ser que gane mucho dinero, pero perderá su alma para siempre en el Infierno. Por eso hay que tener siempre presentes las palabras de Jesús: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo, si pierde su alma?”. Es decir, ¿de qué sirve ganar dinero ilícitamente, si así condenamos nuestra alma en el Infierno? A aquel que desee vivir cumpliendo los Mandamientos de Dios, no le faltará absolutamente nada, porque Dios es un Padre amoroso que sabe qué es lo que nosotros, sus hijos adoptivos, necesitamos. Quien cumple los Mandamientos de la Ley de Dios, muy probablemente no ganará el mundo, es decir, no obtendrá abundancia excesiva de bienes materiales, pero sí ganará su alma para la vida eterna, y al final, eso es lo que cuenta, como dice Santa Teresa: “El que se salva, sabe, y el que no, no sabe nada”.

         Al comenzar una nueva etapa en la vida, hagamos el propósito entonces de tener siempre en la mente y el corazón los Mandamientos de la Ley de Dios y las palabras de Jesús: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo, si pierde su alma?”.

martes, 22 de noviembre de 2016

Jesús no es un fantasma


(Homilía para niños de 6o grado que egresan)

         Una vez, los discípulos estaban en el mar, en la barca, cuando comenzó a cambiar el tiempo: las nubes se pusieron negras, como cuando hay tormenta; empezaron a caer rayos y se escuchaban fuertes truenos; el viento empezó a soplar con mucha fuerza, lo que hizo que las olas se hicieran cada vez más grandes. Como el viento soplaba cada vez más fuerte, las olas se volvían cada vez más altas y así empezaba a entrar mucha agua en la barca, y tanta, que parecía que se iban a hundir. Además de eso, el cielo estaba tan oscuro, por las nubes negras, que parecía que era de noche, cuando todavía era pleno día. Los discípulos, que estaban en la barca, se asustaron porque pensaban que iban a hundirse. En ese momento, cuando la tormenta estaba cada vez más fuerte y el día tan oscuro que parecía de noche, vieron a la distancia aparecer a Jesús, caminando sobre las aguas. Los discípulos, que ya estaban asustados por la tormenta, y a pesar de que conocían y amaban a Jesús, se asustaron todavía más, al verlo caminar por las aguas, y se pusieron a gritar: “¡Es un fantasma!” (Mt 14, 26). Jesús llegó a la barca y le dijo al viento: “¡Cállate!”, y el viento dejó de soplar en ese mismo instante; en consecuencia, las olas se calmaron y las nubes negras dieron paso al sol. En un solo segundo, Jesús hizo cambiar la situación, de un peligro real, a una paz y calma totales.

         Lo que le pasó a los discípulos fue real, y también nos puede pasar a nosotros, aunque no nos subamos a ninguna barca, porque la vida es muchas veces como el mar agitado por el viento: aparecen tribulaciones, problemas, angustias, situaciones dolorosas, y algunas veces, todo parece que está a punto de hundirse. Pero nosotros estamos en la Barca de Pedro, que es la Iglesia, y aunque el viento del mundo sople y sople fuerte, y aunque parezca que el sol no sale, porque los días se vuelven grises, Jesús siempre está, y Él no es un fantasma, y nosotros no tenemos que pensar en Jesús como si fuera un fantasma, como les pasó a los discípulos. Jesús es Dios, es el Hombre-Dios, y está en la Eucaristía, vivo, glorioso, resucitado, esperando que vayamos a visitarlo, a decirle que lo amamos y que queremos que siempre esté con nosotros. Y también como le sucedió a los discípulos, Jesús puede, en un segundo, solucionar todo aquello que nos preocupa, precisamente, porque no es un fantasma, sino Dios Hijo en Persona. No esperemos a que hayan tribulaciones y problemas para acudir a Jesús en el sagrario: vayamos a visitarlo, para que Él esté siempre con nosotros, en nuestro caminar en la vida hacia el cielo.

jueves, 12 de marzo de 2015

¿Dónde está la felicidad?


         Todo ser humano, pero especialmente el joven, desea ser feliz y por eso mismo, toda la vida humana, desde el instante mismo del nacimiento, consiste en una constante búsqueda de la felicidad. El problema es que muchos la buscan en lugares donde esa felicidad no está, ni podrá estarlo jamás: no está en las cosas del mundo; no está en la ciencia sin fe; no está en el dinero; no está en el éxito; no está en el tener muchos bienes materiales; no está en las relaciones pasionales pasajeras. Mucho menos, muchísimo menos, está en las drogas, en el alcohol, en las substancias tóxicas, en la satisfacción hedonista de los sentidos.
         Hoy, el mundo, a través de los medios de comunicación masivos, principalmente la televisión e internet, ha creado una engañosa realidad virtual, llena de colorido, de risas vacías, de música estridente, en donde todo lo malo “está bien”, y todo lo bueno “es malo, aburrido, desagradable”. Hoy, en nuestros días, el mundo ha creado una realidad virtual, una especie de “realidad-Disney” o de “realidad-Alicia-en-el-país-de-las-maravillas”, en donde la felicidad consiste en hacer lo que cada uno quiere hacer. El mundo dice que la felicidad está en el dinero, en el éxito mundano, en las relaciones pasionales, múltiples, pasajeras, vacías; en síntesis, el mundo dice que la felicidad está en la satisfacción de las pasiones del hombre.
         Sin embargo, se trata de una realidad, como dijimos, engañosa, falsa, virtual, porque allí no solo no está la felicidad, sino que lo que el hombre encuentra, es angustia, vacío existencial, desesperación, dolor y muerte, muerte no solo temporal, sino ante todo muerte eterna, porque esa realidad engañosa del mundo es solo un espejismo que esconde el inacabable Abismo del cual no se sale.
         Joven, si preguntas: “¿Dónde está la felicidad?”, la respuesta es: la felicidad está en Jesucristo, porque Jesucristo es Dios y como Dios, Él es Alegría, Amor, Paz, Bondad, Misericordia, Felicidad, Dicha, Gozo. No hay felicidad posible y no existe otra felicidad que no sea Jesucristo.
¿Y dónde está Jesucristo?
Jesucristo está en la cruz y está en la Eucaristía; está en la oración y está en el hermano, sobre todo en el más necesitado. Quiere decir que cuanto más nos acerquemos a Jesucristo, más felices seremos, porque Él es la Fuente inagotable de la felicidad; quiere decir que si llevamos nuestra cruz todos los días y lo seguimos a Él, que va camino del Calvario; si asistimos a Misa –no para asistir a un espectáculo vacío, ni para cumplir con un rito religioso, sino para unirme a Él en la renovación sacramental e incruenta de su sacrificio en cruz- y comulgamos en gracia, principalmente los Domingos; si hacemos oración y si obramos la misericordia para con nuestros hermanos más necesitados, entonces tendremos a Jesús en el corazón y seremos felices, aun en medio de las tribulaciones y persecuciones del mundo, porque el mundo persigue a los que son de Cristo (cfr. Mt 5, 11).
Por último, ¿quién nos conducirá hasta Cristo, de manera de no equivocar el camino? La Virgen, porque dicen los santos que el que se acerca a María, recibe a Jesús. Acudir a María es llegar a Jesús, Fuente de la felicidad.

Entonces, ¿dónde está la felicidad? En Jesús y María, y la felicidad que ellos nos dan, es para esta vida, aquí, en la tierra, y para el cielo, para siempre.

lunes, 3 de noviembre de 2014

La Eucaristía y los jóvenes: La oración explicada a los jóvenes (1)


         ¿Qué es “orar”? Podemos decir que la oración es: “la elevación de la mente y el corazón a Dios”. Si es que hay que elevarlos, quiere decir que, de manera habitual, la mente y el corazón se encuentran enfrascados en cosas terrenas, mundanas. Y no puede ser de otra manera, pues vivimos en la tierra, en el mundo. Pero sucede que no fuimos hechos ni para la tierra, ni para el mundo. Y esto es lo que explica el sentimiento de insatisfacción y de infelicidad que sentimos muchas veces, porque las cosas del mundo y de la tierra no nos pueden satisfacer, no nos pueden alegrar, no nos pueden dar alegría y contento, al menos una alegría y un contento que sean plenos, duraderos. Solo Dios puede colmar nuestra sed de alegría, de amor, de paz y de felicidad, porque fuimos creados por Él y para Él. Aquí encontramos, entonces, una primera razón para hacer oración: para encontrar y recibir, de parte de Dios, la alegría, el amor, la paz y la felicidad, que solo Él puede darnos, porque si fuimos creados para Él, solo en Él encontraremos descanso y reposo, y nunca lo encontraremos en esta tierra.

         Recordemos entonces lo que dijimos al inicio: orar es elevar la mente y el corazón a Dios. Orar es como volar sin alas, y es como volar al infinito, porque Dios es Amor infinito. Orar es despegarnos de las cosas de la tierra, para elevarnos a Dios y para encontrarnos con Él, que es nuestro Creador, nuestro Redentor, nuestro Salvador, nuestro Santificador. Solo en Dios encontraremos la Fuente Inagotable de Amor, de Bondad, de Luz, de Paz, de Alegría, de Felicidad, de Sabiduría, de Fortaleza, que anhela nuestra alma, pero lo encontraremos siempre y cuando hagamos oración, porque Dios está en lo alto, y nosotros estamos en lo bajo, y solo nos elevamos a lo alto, donde está Dios, por medio de la oración. Quien no hace oración, permanece hundido en las cosas terrenas y mundanas, sin enterarse nunca de que Dios no solo existe y Es, sino que Dios puede y quiere darle todo su Amor, para hacerlo feliz, en esta vida y en la otra. Quien no ora, es como el que, en un día de sol radiante, prefiere sin embargo, ir a esconderse en una cueva oscura, profunda, oscura, maloliente, llena de fieras salvajes y de alimañas. El que ora, por el contrario, es como el girasol que, mientras es de noche, se encuentra inclinado hacia la tierra, con sus pétalos cerrados, pero cuando aparece la estrella del alba, que indica que comienza el amanecer y que ya despunta el sol, abre sus pétales y comienza a girar en busca del sol y cuando lo encuentra, lo sigue durante todo su recorrido a lo largo del cielo: es el alma que, despertando a la vida de la gracia que le trae la Estrella del Alba, la Medianera de todas las Gracias, la Virgen María, abre su alma y su corazón a los rayos de gracia que brotan del Sol de justicia, Cristo Jesús, y lo sigue durante toda su vida, hasta llegar al cielo. Ésta es la importancia de la oración.

sábado, 16 de marzo de 2013

Qué es y qué no es Cuaresma y Semana Santa





Qué es lo que no es:
         -Un tiempo como cualquier otro
         -Un tiempo de descanso
         -Un tiempo de vacaciones
         -Un tiempo para el mundo

Qué es:
-Un tiempo para rezar el Rosario
-Un tiempo para leer la Biblia y meditar en la Palabra de Dios
-Un tiempo para hacer obras buenas, ayudando al que lo necesita (enfermos, pobres, etc.)
-Un tiempo para pensar en Jesús que camina al Calvario para morir en Cruz y salvarnos
         ¿De  qué nos salva?
         De tres grandes enemigos:
         -El demonio
         -El mundo
         -La carne
         El demonio nos tiende lazos: soberbia, vanidad, orgullo, sensualidad, mentira, hipocresía, falta de amor, pereza, malos pensamientos, malos deseos, malas obras, superstición (Gauchito Gil, Difunta  Correa, San La Muerte).
         El mundo nos tiende lazos: pensar sólo en cosas materiales, no rezar, ver televisión, ver internet, pensar en el fútbol, en la música, en la diversión, en las salidas.
         La carne, que es lo opuesto al espíritu, nos aparta de Jesús y su Cruz, porque hace que el cuerpo pida lo que no necesita: comer de más, dormir de más, no hacer lo que es el deber de estado, huir del esfuerzo y del sacrificio.
         Jesús nos libra de estos enemigos en la Cruz:
         Nos libra del Demonio, porque en la Cruz lo derrotó para siempre: el Demonio creía que lo había vencido, porque consiguió matarlo, pero como Jesús es Dios, Él destruyó la muerte en la Cruz y resucitó el Domingo de Resurrección, para darnos la vida eterna.
         Nos libra del mundo, porque Jesús en la Cruz nos atrae con la fuerza del Amor de Dios llevándonos a la santidad y apartándonos de las cosas vanas: las riquezas materiales, los honores y la gloria del mundo. Jesús en la Cruz nos enseña que no debemos desear las riquezas terrenas, sino que debemos vivir la santa pobreza de la Cruz. Él en la Cruz, es pobre, porque no tiene nada que le sea propio, porque todas las cosas materiales que tiene: su corona de espinas, sus clavos de hierro, su lienzo, su Cruz de madera, el cartel que dice que es Rey de los judíos, todo, le pertenece a Dios Padre, entonces no tenemos que desear más bienes terrenos que los que Jesús tiene en la Cruz. Pero Jesús nos enseña también que tenemos que desear los bienes del cielo, y por eso nos dice: “Atesorad tesoros en el cielo”. ¿Y cuáles son esos bienes? La Cruz, la Eucaristía, la Virgen María, las obras buenas. Esos bienes sí tenemos que desear y atesorar, así como el avaro atesora el oro y la plata en su caja fuerte.
         Nos libra de la carne, porque en su Cuerpo crucificado está crucificada nuestra humanidad, y así nos enseña a sacrificarnos, a vencer la pereza, a vencer las pasiones que nos dominan, porque la Cruz es el camino para ir al cielo, y si no pasamos por la Cruz, si no crucificamos nuestras pasiones, nunca vamos a poder entrar en el cielo.
         La Cuaresma entonces es el tiempo de la Iglesia que nos regala Dios para que recemos y obremos el bien, uniéndonos a Jesús que va, camino del Calvario, con la Cruz a cuestas. Sólo si lo seguimos a Él en el Via Crucis, podremos resucitar, en esta vida, a la vida de la fe y de la gracia, y en la otra,  a la vida eterna.
         Para esto es el tiempo de Cuaresma, y no para otra cosa.

lunes, 19 de diciembre de 2011

Los jóvenes y la verdadera fiesta de Navidad



Al llegar el tiempo de recordar el nacimiento de Jesús, surge la pregunta: ¿cómo festeja un joven cristiano la Navidad?
Para saberlo, es necesario primero tener en cuenta qué es la Navidad, para saber bien qué festejamos y porqué.
Pero para saber qué es la Navidad, no podemos guiarnos por lo que nos dicen los medios de comunicación, como la televisión, Internet, la radio, etc.; debemos más bien acudir a la Santa Madre Iglesia.
¿Cómo es la Navidad según el mundo?
Si los cristianos nos dejáramos guiar por los medios de comunicación social -diarios, internet, televisión, radio, etc.-, para saber en qué consiste la Navidad, tendríamos que creer en lo siguiente: Navidad es una fecha festiva, en donde todo el mundo está alegre porque está de fiesta, aunque no se sabe bien cuál es el origen de la fiesta; es una fiesta en la que el personaje central es un señor de edad, de cabellos y barba blanca, algo excedido de peso, barrigón, vestido de rojo y blanco, con un bonete al tono y botas negras, que viene por el cielo, volando en un trineo tirado por renos, que desciende, por lo general, por las chimeneas de las casas -no se sabe por dónde entra en las casas en donde no hay chimeneas, y tampoco nadie sabe cómo hace para no quedar todo tiznado cuando entra en las casas donde hay chimenea-, y que trae regalos para los niños, mientras se ríe, nadie sabe de qué, los cuales abren sus regalos al pie de un árbol de Navidad. En los lugares adonde no va Papá Noel, son los padres o mayores los encargados de dar regalos, y en muchos casos, los niños, y también todos los integrantes de la familia, elaboran listas de pedidos, por lo que Navidad suele ser también un momento de compras febriles y de consumo sin freno.
            Por esto mismo, Navidad es la época para ser felices porque se adquirió un Blackberry de última generación, o una computadora, o una Playstation, o un televisor plasma, o un auto, etc.
            Según los mismos medios, Navidad es un tiempo para preparar grandes comidas, y como es una fiesta tan especial, en donde todos festejan aunque no se sabe qué, todos se preocupan para que las canastas navideñas sean accesibles a los bolsillos.
            Incluso los diarios de mayor tirada, dan consejos para no sufrir descompensaciones a la hora de comer, dando por supuesto lo que es obvio para la gran mayoría, y es que en Navidad los atracones de comida sobran. Los consejos para los golosos, en los diarios, son como los publicados en este artículo titulado: "Claves para evitar los excesos durante las cenas de las fiestas": "Lo ideal, sin embargo, es evitar los excesos y elegir comer sano en cada oportunidad. “Los días previos a los festejos es recomendable consumir alimentos que otorgan saciedad, con baja densidad calórica (menos calorías en más volumen)”, indica Rosana Viscovig, medica nutricionista de La Posada del Qenti. Esto se logra “incorporando alimentos ricos en fibra y agua como las verduras, frutas, cereales integrales y alimentos proteicos como las carnes magras y los lácteos descremados”[1]. Continúa luego con otra serie de consejos relativos a las bebidas alcohólicas.
            Siempre según los medios de comunicación, Navidad es también un momento para salir a divertirse, sobre todo para los más jóvenes, y es así que, luego del atracón de comida, estos salen a bailar y a beber todo lo que puedan beber. En los mismos medios se pueden encontrar profusión de información acerca de los lugares en donde la juventud puede ir a festejar de modo desenfrenado.
            Sin embargo, nosotros, como cristianos, sabemos que en nada de esto consiste la Navidad, pues esto que nos muestran los medios es una Navidad falsa, caricaturesca, materialista, hedonista, pagana. No es esto la Navidad.
            La Navidad consiste sí en estar de fiesta y en alegrarse, pero por un motivo muy concreto: porque Dios Hijo, en cumplimiento de la voluntad de Dios Padre, viene a este mundo como Niño en Belén, y prolonga su Encarnación y Nacimiento en la Eucaristía, para donarnos a Dios Espíritu Santo, luego de morir en Cruz para perdonar nuestros pecados, y concedernos el ser hijos adoptivos de Dios. Éste es el motivo de la fiesta y de la alegría cristiana en Navidad.
            En Navidad sí esperamos regalos, el regalo de Dios Padre, su Hijo Jesús en el Pesebre de Belén y en la Eucaristía, en la Santa Misa.
            En Navidad sí preparamos manjares y bebemos bebidas exquisitas, porque asistimos como invitados de honor al banquete de Dios Padre, la Santa Misa, en donde el mismo Dios Padre nos sirve un manjar de ángeles: la mesa de Navidad está compuesta por los siguientes manjares: carne del Cordero de Dios, asada en el fuego del Espíritu Santo, el Cuerpo resucitado de Jesús en la Eucaristía; Pan de Vida eterna, el Pan Vivo bajado del cielo, Jesús muerto y resucitado en la Hostia consagrada, y para beber, el Vino de la Alianza Nueva y eterna, obtenido en la vendimia de la Pasión, la Sangre del Cordero de Dios, Vino que se encuentra en el Sagrado Corazón y que desde allí se sirve para los hijos de Dios en el cáliz del altar, y que es el "mejor de todos los vinos", porque contiene al Espíritu Santo.
            Para los cristianos, la Navidad es comer, beber y festejar con alegría en el corazón: comer la Carne del Cordero de Dios, beber su Sangre, y alegrarse con alegría infinita por este don de Dios Trinidad que nos anticipa la feliz eternidad en el Cielo.
            Para los cristianos, la verdadera fiesta de Navidad, que justifica y santifica la sana fiesta terrena, es la Santa Misa de Nochebuena.



[1] Cfr. Diario Clarín, edición digital del 19 de diciembre de 2011, http://www.clarin.com/sociedad/Claves-evitar-excesos-cenas-Fiestas_0_611938956.html

jueves, 24 de noviembre de 2011

Sólo la fe en la voz de la Iglesia nos da la verdadera y auténtica alegría



La primera condición para recibir la gracia, es la fe sobrenatural[1]. Sin la fe no se puede adquirir la gracia: sólo ella nos hace buscar y hallar.

Si queremos conseguir la gracia, debemos conocer su valor, para buscarla y desearla, y después debemos saber dónde buscarla y encontrarla, para dar realmente con ella[2].

Por la sola razón natural, no podemos darnos ni siquiera una idea de la hermosura y del valor de la gracia. Si siguiéramos sólo nuestra razón natural, jamás de los jamases seríamos capaces de descubrir los inmensos tesoros y las increíbles hermosuras de la vida de la gracia; la razón sólo nos puede hacer ver el valor de los bienes terrenos y pasajeros, pero no nos puede conducir, de ninguna manera, a los bienes celestiales de la gracia. Con nuestra sola razón, nunca tendríamos deseos ni nostalgia del cielo, y nunca buscaríamos el seno de Dios Uno y Trino, nos quedaríamos en lo que conocemos, y en lo que podemos medir con nuestra razón.

Pero si la fe comienza a brillar, en el fondo del corazón, como “lámpara que luce en lugar oscuro”, como “lucero de la mañana” que brilla “hasta que despunte el día”[3] y brille el Sol de justicia, Jesucristo; si el mismo Dios nos revela los misterios y los tesoros de la gracia, y hace surgir en nuestro interior una imagen de su hermosura, en ese mismo momento, se produce un movimiento en nuestra alma, el deseo de conquistar, cuanto antes, el tesoro de la gracia.

Sorprende constatar cómo, con cuánta ligereza, creemos lo que el mundo dice, sin ponernos ni siquiera a reflexionar si lo que se dice es o no verdad; aún cuando falten motivos razonables, creemos en lo que nos dice el mundo. Cada cual tiene por verdadero o quiere creer en lo que desea o en lo que halaga su vanidad y su amor propio; admite con gusto que le sean prometidas cosas que no las puede o no las quiere cumplir.

¿Por qué no hemos de creer con prontitud y alegría lo que se nos ha dicho acerca del gran honor y alegría sobrehumanas que nos vienen dados con la gracia? ¿Cuántos hay, hoy en día, que tienen por despreciable el bautismo, que consideran cuentos para niños la Comunión, que desprecian la Confirmación, que olvidan por “aburrida” a la Santa Misa, que ignoran la Eucaristía porque “no sienten nada”? ¿Cuántos hay, hoy en día, que no creen en lo que la Iglesia dice acerca de estos inefables sacramentos? ¿Cuántos hay, hoy en día, que prefieren perderse en los sombríos atractivos del mundo, antes que entrar en la más humilde de las iglesias? ¿No es esto un indicio de que no se cree a lo que la Iglesia dice acerca de la gracia, y que por lo tanto, no hay fe sobrenatural? Y si no hay fe sobrenatural, entonces no hay modo de que se pueda recibir la gracia. Una y otra se necesitan: si no hay fe, no hay gracia; si no hay gracia, no hay fe.

Creemos a lo que nos dice el mundo, y nos dejamos guiar por lo que el mundo dice, y tenemos en gran valor y estima lo que el mundo nos propone, y nos desvivimos por conseguir lo que el mundo nos ofrece.

Sin embargo, poca o ninguna atención prestamos a lo que la Iglesia nos dice; poca o ninguna fe damos a los dones recibidos de Dios a través de la Iglesia: el ser, por el bautismo, hijos de Dios, reyes del cielo y de la tierra, hermanos de Dios Hijo, hijos de Dios Padre, hijos de la Madre de Dios, unidos todos por el Espíritu del Amor divino, el Espíritu Santo.

Con frecuencia, nos llenamos de orgullo por algún que otro éxito mundano, y nos llenamos de amor propio cuando conseguimos algún fin mundano y terreno, y sin embargo, no nos sentimos orgullosos, ni tampoco nuestro amor propio se satisface, cuando consideramos nuestra filiación divina, nuestra condición de redimidos por la Sangre del Cordero, nuestra condición de ser templos vivientes del Espíritu Santo.

El que es orgulloso, y el que tiene amor propio, y el que satisface su orgullo y su amor propio con los vanos vientos de la vanidad humana; ¿no debería alegrarse y llenarse de orgullo, y amarse a sí mismo, por haber sido elegido por Dios, desde toda la eternidad, por haber asistido aunque sea a una sola Misa, en donde el Dios de los cielos viene al altar para donarse en apariencias de pan y vino?

Es Dios, con su autoridad divina, quien nos revela los tesoros inmensos de la gracia, a través de la Iglesia, por medio de su Magisterio, por medio de la doctrina de los Padres de la Iglesia; la propia grandeza y omnipotencia de Dios es quien nos garantiza que puede darnos verdaderamente y nos dará en la vida eterna todo lo que está contenido en la gracia, en germen, en esta vida.

Sabemos que nuestra fe sobrenatural no es vana ni carente de fundamento, sino que posee, por el contrario, toda la certeza y la seguridad que pueda darse.

Cambiemos la orientación de nuestra mente y de nuestro corazón: en vez de dirigirlos al mundo, lo dirijamos a Dios y a su Iglesia, y creamos, con fe sobrenatural, todo lo que la Iglesia nos dice, y así prepararemos nuestro corazón para recibir el mar infinito de gracias que nos viene de los Sagrados Corazones de Jesús y María.


[1] Cfr. Concilio de Trento, Ses. VI, c. 8.

[2] Santo Tomás, I, II, q. 113, a. 4.

[3] Cfr. 2 Pe 1, 19.