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martes, 27 de marzo de 2018

Sobre Semana Santa y Pascuas de Resurrección



         Con frecuencia, el cristiano cae en un error acerca de Semana Santa y Pascuas y es el de pensar que se trata de un mero ejercicio piadoso, similar a Navidad, con la única diferencia en el tiempo en el que se celebran una y otra. Se piensa, en el mejor de los casos, en Semana Santa como un ejercicio piadoso de la memoria cuyo único objetivo es el de cumplir con un rito ya establecido en un país que, al menos en su origen, fue católico. En el peor de los casos, se piensa en Semana Santa como un “período de descanso” necesario para esta época ajetreada en la que vivimos.
         Ambos enfoques son, obviamente, erróneos. Tanto el primero y mucho más el segundo, pero ambos son erróneos. En ambos casos la Semana Santa es un apéndice –piadoso en un caso, festivo en el otro- de la existencia humana.
         La Semana Santa no es un apéndice de nuestra existencia, sino la fuente misma de nuestro ser vital y esto en el sentido más literal de la palabra. Pero para poder comprender la importancia vital –vital quiere decir que, sin Semana Santa, estamos literalmente muertos- es necesario hacer una breve reflexión acerca del estado espiritual de la humanidad a partir de Adán y Eva. Nos puede ayudar en esta reflexión el no considerar a Jesucristo, es decir, hacer como si nada supiéramos de Jesucristo. Caídos en el pecado original y perdida la gracia y los dones preternaturales, toda la humanidad, desde Adán y Eva, está condenada a la pérdida del alma por la eternidad. Todos y cada uno de nosotros, estamos condenados, irreversiblemente, a la condenación, al final de nuestras vidas terrenas. Sometidos a la enfermedad, al dolor y a la muerte, la vida humana sobre la tierra está signada por el pecado, dominada por la muerte y esclavizada por el Ángel caído, el Demonio.
         Ésta es la realidad de la raza humana, a lo cual se le suma el veredicto de la Divina Justicia, que no puede dejar pasar la falta del hombre contra su divina majestad, y por lo tanto emite su veredicto de castigo sobre el pecado –la malicia del hombre-. El panorama de la humanidad, entonces, es el siguiente: oscuridad espiritual, pecado, malicia del corazón, dolor, enfermedad, muerte, condenación eterna, separación absoluta, completa y definitiva de Dios en la otra vida, blanco de la ira de la Justicia Divina.
Ahora bien, ésta es nuestra realidad existencial y ontológica como seres humanos. La solución y la salida se presentan imposibles, porque tanto el hombre como el ángel son incapaces de quitar el pecado, de derrotar a la muerte y de vencer al Demonio. Es decir, con las solas fuerzas creaturales, es imposible vencer a los tres grandes enemigos de la raza humana.
Pero he aquí que viene en nuestro auxilio no un ángel, sino el mismo Dios Trino: Dios Padre envía a su Hijo Jesucristo por medio de Dios Espíritu Santo, para no solo vencer a los tres grandes enemigos, sino para donarnos algo que antes, con Adán y Eva, no poseíamos y es el don de la gracia de la filiación divina.
Jesucristo es el Hombre-Dios, es el Verbo Eterno del Padre que pro el Santo Sacrificio de la Cruz se interpone entre nosotros y la ira de la Justicia Divina; recibe sobre su Alma y sobre su Cuerpo el castigo que nosotros merecíamos por nuestros pecados; vence al Demonio, a la Muerte y al Pecado y derrama sobre nuestras almas la Sangre de su Sagrado Corazón que, por ser la Sangre del Cordero de Dios, contiene el Espíritu Santo, el Amor de Dios, que es el que nos concede la filiación divina.
Con su Pasión y Muerte en Cruz, Jesús se interpone entre nosotros y la ira de la Justicia Divina y la convierte, la intercambia, por Misericordia Divina. Él recibe el castigo que nosotros merecíamos por nuestros pecados y a cambio nos dona la Divina Misericordia, la vida de la gracia que nos hace ser creaturas nuevas, porque nos hace nacer a la vida de los hijos adoptivos de Dios, que viven con la vida misma de Dios Uno y Trino.
Por otro lado, la celebración de la Semana Santa y de Pascuas de Resurrección no se limita a un mero recuerdo piadoso: se trata de una verdadera participación, por el misterio de la liturgia y del Espíritu Santo que guía a la Iglesia, del Cuerpo Místico de Cristo –los bautizados- a su Pasión, de manera tal que, si nosotros pudiéramos “darnos cuenta” –por así decir- de lo que sucede espiritualmente en la Iglesia en Semana Santa, veríamos cómo la Iglesia toda está presente en la Pasión del Señor. Es decir, viviendo en el siglo XXI, la Iglesia del siglo XXI está presente, por el misterio de la liturgia, en el siglo I de nuestra era, es decir, se hace contemporánea de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo. El Cuerpo Místico es crucificado el Viernes Santo y recibe el Espíritu de Vida del Hombre-Dios el Domingo de Resurrección. Esto, en la realidad, y no en el mero recuerdo piadoso. Y el fruto de la Resurrección, que es la vida eterna, lo recibimos de modo anticipado en la Eucaristía. Solo si consideramos a la Semana Santa y a Pascuas de Resurrección desde este punto de vista, podremos vivirla de manera verdaderamente cristiana. De otro modo, viviremos este período como un recuerdo piadoso o, en el peor de los casos, como un tiempo de vacaciones.


viernes, 7 de abril de 2017

La Semana Santa no es un puente de mini-vacaciones, sino un tiempo de gracia para participar de la Pasión del Señor


         La sociedad materialista y secularista de hoy ha relegado a la Semana Santa a un “puente” de vacaciones entre días laborables, para descansar del agotador trabajo diario. Esto constituye un grave error, aunque tampoco podemos decir, como muchos piensan de buena fe, que se trata de un mero recuerdo de lo que sucedió hace veinte siglos en Palestina. ¿De qué se trata? Se trata, para la Iglesia, de participar, como Esposa de Cristo, de la Pasión de su Señor. Es decir, no se trata de un mero recuerdo de la memoria; no es un simple acto psicológico de evocar el recuerdo, en este caso solemne, de la muerte en Cruz del Fundador de la Iglesia, Cristo Jesús; no se trata de un ejercicio piadoso de la memoria, que busca con el recuerdo honrar a Jesús. Se trata de algo mucho más profundo, que supera nuestra capacidad de comprensión, lo cual no quiere decir “irracional”, sino “supra-racional”, por lo que, para poder vislumbrarlo en su plenitud, es necesario pedir la iluminación del Espíritu Santo.
         Para poder comprender en un sentido verdaderamente cristiano católico el sentido de la Semana Santa –y de la Cuaresma y la Pascua-, debemos recordar lo que sucedió con los Primeros Padres de la humanidad, Adán y Eva: cómo ellos, desoyendo la voz de Dios, prestaron oídos a la voz de la Serpiente Antigua, el Demonio y, cometiendo el pecado original –de soberbia-, perdieron el estado de gracia en el que habían sido creados, perdiéndolo tanto para ellos, como para nosotros. A causa de la pérdida de la gracia original y del pecado original, la humanidad quedó esclava de tres grandes enemigos: el Demonio, la Muerte y el Pecado.
         Sin embargo, desde el instante mismo de la caída, Dios promete un Salvador, Cristo Jesús, que se encarna en María por obra del Espíritu Santo y que luego ofrece su Cuerpo como Víctima inmolada en la cruz, para nuestra salvación. Sin el sacrificio de Cristo, hubiéramos quedado prisioneros, para siempre, de estos tres enemigos, y no solo en esta vida, sino sobre todo en la otra, siendo nuestro destino más probable, la eterna condenación en la compañía de los ángeles caídos.
         Por el misterio de la liturgia, la Iglesia se une, de un modo místico, espiritual, sobrenatural y misterioso –no solo no quiere decir esto que sea “irreal”, sino, por el contrario, de la manera más real posible-, al misterio pascual de Muerte y Resurrección de Cristo. Esto quiere decir que los bautizados, que somos miembros de la Iglesia, el Cuerpo Místico de Jesús, al participar de las ceremonias litúrgicas de la Semana Santa, no hacemos turismo religioso, ni recuerdo piadoso, ni ejercicio devoto de la memoria: nos unimos, como Cuerpo Místico del Salvador, a nuestra Cabeza, que es Cristo, para participar, por obra del Espíritu Santo, de su misma Semana Santa, de su Pasión, Muerte y Resurrección. Cada bautizado, en particular, y toda la Iglesia, en conjunto, como Cuerpo Místico de Jesucristo, se unen a Jesucristo, con sus vidas particulares –con sus historias particulares, con sus experiencias vitales, con sus tribulaciones, con sus gozos y alegrías, con sus penas y tristezas-, participan, de un modo especial, de la Pasión del Señor. Lejos entonces de ser un “puente” de “días libres” para “vacacionar”, como lo sostiene la mentalidad laicista, secularista y materialista de nuestros días, la Semana Santa es un período de gracia especialísimo que nos brinda Dios para que no solo meditemos en la Pasión del Señor, sino para que nos unamos y participemos, por el misterio de la liturgia, de esa Pasión, que nos liberó de nuestros tres grandes enemigos, nos abrió las puertas del cielo y nos concedió la filiación divina.
         Es por esto que afirmamos que La Semana Santa no es un puente de mini-vacaciones, sino un tiempo de gracia para participar y unirnos, con cuerpo y alma, a la Pasión del Señor, redentora y salvífica.


sábado, 16 de marzo de 2013

Qué es y qué no es Cuaresma y Semana Santa





Qué es lo que no es:
         -Un tiempo como cualquier otro
         -Un tiempo de descanso
         -Un tiempo de vacaciones
         -Un tiempo para el mundo

Qué es:
-Un tiempo para rezar el Rosario
-Un tiempo para leer la Biblia y meditar en la Palabra de Dios
-Un tiempo para hacer obras buenas, ayudando al que lo necesita (enfermos, pobres, etc.)
-Un tiempo para pensar en Jesús que camina al Calvario para morir en Cruz y salvarnos
         ¿De  qué nos salva?
         De tres grandes enemigos:
         -El demonio
         -El mundo
         -La carne
         El demonio nos tiende lazos: soberbia, vanidad, orgullo, sensualidad, mentira, hipocresía, falta de amor, pereza, malos pensamientos, malos deseos, malas obras, superstición (Gauchito Gil, Difunta  Correa, San La Muerte).
         El mundo nos tiende lazos: pensar sólo en cosas materiales, no rezar, ver televisión, ver internet, pensar en el fútbol, en la música, en la diversión, en las salidas.
         La carne, que es lo opuesto al espíritu, nos aparta de Jesús y su Cruz, porque hace que el cuerpo pida lo que no necesita: comer de más, dormir de más, no hacer lo que es el deber de estado, huir del esfuerzo y del sacrificio.
         Jesús nos libra de estos enemigos en la Cruz:
         Nos libra del Demonio, porque en la Cruz lo derrotó para siempre: el Demonio creía que lo había vencido, porque consiguió matarlo, pero como Jesús es Dios, Él destruyó la muerte en la Cruz y resucitó el Domingo de Resurrección, para darnos la vida eterna.
         Nos libra del mundo, porque Jesús en la Cruz nos atrae con la fuerza del Amor de Dios llevándonos a la santidad y apartándonos de las cosas vanas: las riquezas materiales, los honores y la gloria del mundo. Jesús en la Cruz nos enseña que no debemos desear las riquezas terrenas, sino que debemos vivir la santa pobreza de la Cruz. Él en la Cruz, es pobre, porque no tiene nada que le sea propio, porque todas las cosas materiales que tiene: su corona de espinas, sus clavos de hierro, su lienzo, su Cruz de madera, el cartel que dice que es Rey de los judíos, todo, le pertenece a Dios Padre, entonces no tenemos que desear más bienes terrenos que los que Jesús tiene en la Cruz. Pero Jesús nos enseña también que tenemos que desear los bienes del cielo, y por eso nos dice: “Atesorad tesoros en el cielo”. ¿Y cuáles son esos bienes? La Cruz, la Eucaristía, la Virgen María, las obras buenas. Esos bienes sí tenemos que desear y atesorar, así como el avaro atesora el oro y la plata en su caja fuerte.
         Nos libra de la carne, porque en su Cuerpo crucificado está crucificada nuestra humanidad, y así nos enseña a sacrificarnos, a vencer la pereza, a vencer las pasiones que nos dominan, porque la Cruz es el camino para ir al cielo, y si no pasamos por la Cruz, si no crucificamos nuestras pasiones, nunca vamos a poder entrar en el cielo.
         La Cuaresma entonces es el tiempo de la Iglesia que nos regala Dios para que recemos y obremos el bien, uniéndonos a Jesús que va, camino del Calvario, con la Cruz a cuestas. Sólo si lo seguimos a Él en el Via Crucis, podremos resucitar, en esta vida, a la vida de la fe y de la gracia, y en la otra,  a la vida eterna.
         Para esto es el tiempo de Cuaresma, y no para otra cosa.