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martes, 26 de junio de 2018

Joven católico: o estás con Cristo, o estás contra Cristo



         

         Muchos jóvenes católicos, que acuden a la iglesia con cierta frecuencia, se diferencian de los jóvenes católicos apóstatas –es decir, aquellos que hicieron abandono teórico y práctico de la religión católica- en que respondieron a la gracia actual que los impelía a acudir a la Iglesia. Ahora bien, el hecho de asistir a la Iglesia con cierta regularidad, implica un deber de cara a Dios y es el de dar testimonio público de Él. Quien se dice católico, debe serlo en toda ocasión, no solo cuando asiste a un oficio religioso, como la Santa Misa, o cuando forma parte de un encuentro religioso. Quien se dice católico, debe caracterizarse como tal públicamente y esto se demuestra en el cumplimiento de los Diez Mandamientos, por ejemplo.
Quien se dice católico y piensa que es católico porque asiste a Misa con cierta regularidad, pero luego en público niega a Jesucristo porque no cumple sus Mandamientos, es un católico tibio, cuyo destino es ser vomitado de las entrañas mismas del Señor Jesús, tal como Él lo dijo en el Apocalipsis: “Porque no eres ni frío ni caliente, sino tibio, te vomitaré de mi boca”[1]. Es un joven católico tibio el que, por ejemplo, en un partido de fútbol, hace de la maldición, la maledicencia y el insulto, su vocablo común, sólo porque está en un partido de fútbol. Es una pésima costumbre de los jóvenes católicos amoldarse al pensamiento mundano y pagano y, en vez de santificar los ambientes en los que se encuentran, comportándose de manera tal que su obrar refleje los Mandamientos de Jesucristo, cometen un acto de apostasía, plegándose a los modismos perversos del mundo, como la maledicencia, el insulto y la maldición.
A estos jóvenes católicos, cuyo comportamiento tibio es equivalente al de la cobardía, les vendría bien recordar las palabras de Jesús: “Al que me niegue delante de los hombres, Yo lo negaré delante de mi Padre” (cfr. Mt 10, 33; Lc 12, 9). Un joven católico niega, en la práctica y en la vida real, a Jesucristo, cuando por ejemplo, en un partido de fútbol, se entrega a la maledicencia, a la maldición, al insulto, y a toda clase de bajeza moral, aun cuando solo sea simplemente pronunciada. Estos católicos tibios y cobardes se equivocan porque al negar a Jesucristo, piensan según las categorías mundanas, según las cuales es “más hombre” el que dice más malas palabras o el que dice las groserías más vulgares e inmorales que se puedan imaginar, aun cuando sean solo de palabra. Es más varón –esto vale también para la mujer- quien, guiándose por la gracia, domina sus malas inclinaciones; es menos varón –esto vale también para la mujer- y se acerca a la bestia irracional aquel joven católico que, rechazando la gracia, se deja arrastrar por sus bajas pasiones, aun cuando solo las pronuncie.
         Joven católico: no te engañes, a los ojos de Dios las cosas son o blancas o negras, no hay intermedios, porque así lo dice Jesús: “Que tu sí sea sí y tu no, no; lo demás, viene del Maligno” (Mt 5, 37). O sirves a Jesucristo y cumples sus Mandamientos en el lugar en el que te encuentras –familia, estudio, diversión, fútbol, etc.-, o sirves al Demonio. Si te inclinas por el insulto, la maledicencia, la maldición, la impureza, o cualquier clase de bajeza moral, NO ESTÁS con Cristo, estás con el Demonio. Quien no cumple los Mandamientos de Dios, cumple los mandamientos del Diablo. No hay posibilidad intermedia.
         Estás advertido. No digas que nadie te lo dijo. Sé valiente, sé verdaderamente hombre, ama a Jesucristo y da testimonio de Él, en la oración íntima con Dios, pero también en la vida pública, en toda ocasión, aun cuando esa ocasión parezca banal. Como en un partido de fútbol.


[1] 3, 16.

jueves, 3 de agosto de 2017

Para ir al Cielo, debemos estudiar en el Libro de la Vida, la Cruz de Jesús


(Santa Misa para niños en el aniversario de su escuela)

         Asistir a la escuela, para aprender, es algo muy bueno para nosotros, porque cada vez que aprendemos algo que es bueno, verdadero y útil, nos hacemos mejores personas. Por eso siempre debemos estar agradecidos a nuestros padres, por enviarnos a la escuela, y a nuestros maestros, por enseñarnos cosas buenas, verdaderas y útiles, porque todo lo que aprendemos de los libros y las lecciones que escuchamos de nuestros maestros, nos servirán luego, cuando seamos más grandes, para tener buenos trabajos, formar una familia, educar a los hijos pero, sobre todo, nos sirve para ser buenas personas.
         Por todo esto, vemos qué importante es que asistamos a la escuela, porque lo que aprendemos, nos sirve para la vida de todos los días. Ahora bien, si asistir a la escuela y aprender de los libros y estudiar las lecciones nos sirve para esta vida, hay otra escuela a la que debemos ir, y hay otro libro que debemos estudiar, y hay otra maestra a la que debemos escuchar, si es que queremos ir al cielo.
         La Escuela a la que debemos asistir, es a la escuela del Espíritu Santo, quien nos ilumina con su gracia y nos da inteligencia y amor por las cosas de Dios; el Libro que debemos leer y aprender, es el Libro de la Vida, que es Jesús crucificado, porque al contemplarlo en la Cruz, Jesús nos enseña cómo es el Camino para ir al cielo; la Maestra cuyas lecciones debemos escuchar y estudiar, es la Virgen, que está al pie de la Cruz, y nos enseña lo más importante de esta vida, que es amar a su Hijo Jesús y recibirlo, con un corazón puro, contrito, humillado y lleno de gracia, en la Comunión Eucarística.

         Es importante asistir a la escuela, pero mucho más importante es asistir a la Escuela del Espíritu Santo, para aprender las lecciones de la Maestra del Cielo, la Virgen María, y estudiar del Libro de la Vida, Jesús crucificado, para así poder ir al Reino de Dios, cuando termine nuestra vida en la tierra.

viernes, 28 de julio de 2017

El Cielo, destino de los ángeles buenos; el Infierno, destino de los ángeles malos


         Luego de la prueba a la que fueron sometidos los ángeles –prueba que consistía en hacer un deliberado, libre y voluntario acto de amor y adoración a Dios Trino y al Hombre-Dios Jesucristo-, los ángeles buenos, los que lo adoraron y lo amaron, con San Miguel Arcángel a la cabeza, recibieron el premio de su acción, y es el estar con Dios para siempre. Es decir, puesto que Dios es el Amor Increado, para estar con Dios en el cielo, el ángel y también el hombre, deben tener amor puro en sus corazones, ya que nadie impuro puede permanecer ante Él. Esto explica el Purgatorio: es el lugar en donde las almas expían el amor imperfecto que tuvieron a Dios en la tierra, y la expiación es la purificación de sus almas, por medio del Fuego del Divino Amor, hasta quedar puros y perfectos.
         En el caso de los ángeles rebeldes, encabezados por Satanás, al no hacer el acto de amor que debían a Dios Trino y a su Mesías, Dios Hijo encarnado, fueron privados, inmediatamente, por la Justicia divina, de la gracia, y fueron precipitados al Infierno, lugar creado especialmente para los ángeles rebeldes –y también para los hombres que no deseen estar con Dios-, puesto que Dios no aniquila lo que ha creado, sean estos ángeles u hombres. En su Justicia, Dios no podía hacer otra cosa con los ángeles malos, que darles lo que ellos, libre y voluntariamente, habían decidido, y era vivir para siempre separados de Dios[1]. En esto consiste el Infierno para el espíritu, la separación de Dios para siempre. Al quitarles su gracia, los ángeles rebeldes se vieron privados también del amor que tenían a Dios, por lo que se quedaron solo con el odio a Dios, a Satanás, a los otros ángeles rebeldes, y a los hombres, por ser estos imágenes vivientes de Dios. No hubo una segunda oportunidad para los ángeles rebeldes, como sí lo hubo para el hombre, luego del pecado de Adán y Eva, porque si el hombre peca por debilidad, los ángeles rebeldes pecaron sabiendo, perfectamente, cuáles eran las consecuencias de ese pecado, algo que los hombres no podemos hacer, y esto debido a la perfecta claridad de sus mentes angélicas y a la libertad absoluta de sus voluntades angélicas. En ellos no hubo “tentación”, sino que pecaron “a sangre fría”. Por su rechazo contra Dios, sus voluntades quedaron fijas, para siempre, contra Dios. En ellos no hay posibilidad de arrepentimiento, ni tampoco quieren arrepentirse, porque hicieron su elección por toda la eternidad. Nuestra vida terrena es una prueba, que dura desde que nacemos, hasta que morimos; es decir, lo que para los ángeles fue un instante, para nosotros es el tiempo que dura nuestra vida aquí en la tierra. Esa es la razón por la que el libro de Job dice: “Milicia es la vida del hombre en la tierra”. Es decir, estamos en esta vida para ganar el cielo, para decidirnos por Dios y por su Amor, porque para eso fuimos creados. Fuimos creados para el Bien y el Amor, no para el mal y el odio. Es por eso que debemos aprovechar, cada instante de nuestra vida en la tierra, para hacer actos continuos de amor y adoración a Dios Trino y a su Mesías, Dios Hijo encarnado, Jesús de Nazareth, de modo que luego sigamos amándolo y adorándolo, por la eternidad, en el Reino de los cielos.



[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 47-48.

jueves, 29 de junio de 2017

Dios creó los ángeles para ayudarnos a ganar el cielo



         Una de las características de Dios es su omnipotencia, lo cual quiere decir que tiene el poder suficiente para crear el ser –el acto de ser, esse ut actus- de la nada, es decir, que no tiene necesidad de utilizar materia, ya que Él es el Creador de la materia, a diferencia del hombre, que no puede llamarse propiamente “creador”, por cuanto el hombre no crea la materia, sino que, gracias a la inteligencia que Dios le dio, puede transformarla, pero no crearla. Que Dios sea omnipotente quiere decir que tiene tanto poder, que creó el universo visible e invisible y, en el universo invisible, los ángeles, y para hacerlo, lo único que tuvo que hacer es QUERER[1], para que lo que Él en su Inteligencia Perfectísima había ideado desde la eternidad. Así lo relata el Génesis: “Hágase la luz (…) Hágase un firmamento, dijo Dios (…) y así se hizo” (Gn 1, 36).
Entonces, Dios con su omnipotencia creó el universo visible, como dijimos, y también el universo invisible, formado por los ángeles, los cuales son seres espirituales, que no tienen cuerpo material, como nosotros, que somos materia y espíritu. Al igual que nosotros, los ángeles tienen inteligencia y voluntad, pero a diferencia nuestra, son espíritus puros, que no necesitan de un cuerpo para ser ángeles. En el caso del hombre, al estar constituidos por materia –cuerpo- y alma –espíritu-, nosotros sí necesitamos, para vivir nuestra vida humana, del cuerpo, para ser “personas” completas. Los ángeles son personas –una persona tiene inteligencia y voluntad-, pero no cuerpos materiales, como nosotros. Otra diferencia es que son muy inteligentes y su naturaleza es muy superior a nuestra naturaleza humana. Ahora bien, muchos de estos ángeles, creados como seres libres por Dios, para que gozaran de su amor y de su amistad libremente, usaron mal esta libertad y se rebelaron contra Dios, convirtiéndose en demonios, los cuales son ángeles que no poseen la gracia de Dios y, debido a la perversión de su voluntad, nunca más pueden amar, quedando fijados en el odio contra Dios y el hombre por toda la eternidad. Para estos seres espirituales y convertidos en malignos y rebeldes por voluntad propia, Dios creó para ellos el infierno, de donde nunca podrán salir, aunque sí salen a la tierra para tentar a los hombres e intentar perderlos para siempre.
¿Y qué sucedió con los ángeles buenos? Como vimos, Dios creó a los ángeles para que estuvieran a su servicio, pero también para que nos ayudaran en nuestras tareas cotidianas de la mejor manera posible, como por ejemplo, estacionar el auto, estudiar, trabajar. Cada uno de nosotros tiene, desde su nacimiento, asignado un Ángel de la Guarda, por parte de Dios, para que nos asista en nuestra vida terrena y esa es la razón por la cual siempre debemos rezarles y pedirles que intercedan por nosotros ante Dios. Sin embargo, la tarea más importante de los ángeles custodios, es la de ayudarnos a ganar el cielo, y para eso, nos hacen aumentar el amor, la fe y la devoción, tanto a Jesús Eucaristía, como a la Virgen y a los santos y a los otros ángeles buenos, además de hacernos comprender el valor inestimable de la gracia. No nos olvidemos de estos seres espirituales, creados por el Divino Amor para estar a nuestro servicio; invoquémoslos siempre y en todo momento, para que nos auxilien en nuestras tareas cotidianas pero, sobre todo, para que nos ayuden a crecer cada día más y más en el amor a la Virgen y a Jesús Eucaristía.



[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Argentina 2013, 44ss.

jueves, 25 de junio de 2015

Por la muerte en cruz de Jesús, tenemos la esperanza cierta del reencuentro en el cielo con los seres queridos fallecidos


(Homilía en el aniversario de la muerte de un joven)

La muerte nos sorprende, nos deja sin palabras, nos angustia, nos deja con dolor, y mucho más, cuando se trata de la muerte de un joven, pero la fe en Cristo Jesús nos devuelve la esperanza del reencuentro con quienes nos hemos separado, porque la fe nos dice que Jesús ha muerto en la cruz y ha resucitado y porque ha destruido a la muerte con su muerte en cruz, para darnos su vida eterna, es posible reencontrarnos con aquellos a quienes la muerte nos  ha arrebatado.
         Por eso, para el cristiano, la muerte nunca tiene la última palabra, sino la cruz de Jesús, porque es Él quien la ha vencido para siempre, para darnos su Vida eterna y para llevarnos al cielo, adonde ya no hay más muerte, sino solo vida y Vida eterna. Porque Jesús ha muerto en cruz y ha resucitado, es que tenemos la esperanza del reencuentro en el cielo, con nuestros seres queridos, a quienes hoy recordamos con tristeza y con dolor. Pero, ¿cómo es el cielo, ese cielo al que esperamos ir? ¿Cómo es el cielo, el cielo cuyas puertas Jesús nos abrió con su muerte en cruz? ¿Cómo es el cielo en el que, por la Misericordia Divina, esperamos que estén ya nuestros seres queridos? Nos lo dice Santa Faustina Kowalska, quien tuvo una experiencia mística, y fue transportada al cielo, estando aún en esta vida: “27 XI [1936]. Hoy, en espíritu, estuve en el cielo y vi estas inconcebibles bellezas y la felicidad que nos esperan después de la muerte. Vi cómo todas las criaturas dan incesantemente honor y gloria a Dios; vi lo grande que es la felicidad en Dios que se derrama sobre todas las criaturas, haciéndolas felices; y todo honor y gloria que las hizo felices vuelve a la Fuente y ellas entran en la profundidad de Dios, contemplan la vida interior de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que nunca entenderán ni penetrarán. Esta fuente de felicidad es invariable en su esencia, pero siempre nueva, brotando para hacer felices a todas las criaturas. Ahora comprendo a San Pablo que dijo: Ni el ojo vio, ni oído oyó, ni entró al corazón del hombre, lo que Dios preparó para los que le aman”[1].
         Santa Faustina dice que “después de la muerte” nos esperan “inconcebibles bellezas y felicidad” y que en el cielo hay un flujo continuo de Amor entre las creaturas y Dios: las creaturas “dan honor y gloria a Dios” y Dios a su vez derrama sobre ellas la “Fuente de la felicidad” que es Él mismo en su esencia, invariable e inagotable. En esta “Fuente de felicidad”, eterna e inagotable que es Dios, esperamos que estén nuestros seres queridos difuntos, pues esperamos que, por su Divina Misericordia, les haya perdonado sus pecados, muchos o pocos, que puedan haber cometido, y en esta “Fuente de felicidad”, eterna e inagotable, esperamos reencontrarnos nosotros, en Cristo, para ya nunca más separarnos.
         ¿Qué tenemos que hacer para reencontrarnos? Rechazar el pecado, vivir en gracia y obrar la misericordia. Así, estaremos seguros del reencuentro en Jesucristo, con nuestros seres queridos, en el Reino de los cielos, para gozar, junto con ellos, de la "Fuente de la felicidad", que es Dios.
        




[1] Cfr. Diario, 777.

jueves, 12 de marzo de 2015

¿Dónde está la felicidad?


         Todo ser humano, pero especialmente el joven, desea ser feliz y por eso mismo, toda la vida humana, desde el instante mismo del nacimiento, consiste en una constante búsqueda de la felicidad. El problema es que muchos la buscan en lugares donde esa felicidad no está, ni podrá estarlo jamás: no está en las cosas del mundo; no está en la ciencia sin fe; no está en el dinero; no está en el éxito; no está en el tener muchos bienes materiales; no está en las relaciones pasionales pasajeras. Mucho menos, muchísimo menos, está en las drogas, en el alcohol, en las substancias tóxicas, en la satisfacción hedonista de los sentidos.
         Hoy, el mundo, a través de los medios de comunicación masivos, principalmente la televisión e internet, ha creado una engañosa realidad virtual, llena de colorido, de risas vacías, de música estridente, en donde todo lo malo “está bien”, y todo lo bueno “es malo, aburrido, desagradable”. Hoy, en nuestros días, el mundo ha creado una realidad virtual, una especie de “realidad-Disney” o de “realidad-Alicia-en-el-país-de-las-maravillas”, en donde la felicidad consiste en hacer lo que cada uno quiere hacer. El mundo dice que la felicidad está en el dinero, en el éxito mundano, en las relaciones pasionales, múltiples, pasajeras, vacías; en síntesis, el mundo dice que la felicidad está en la satisfacción de las pasiones del hombre.
         Sin embargo, se trata de una realidad, como dijimos, engañosa, falsa, virtual, porque allí no solo no está la felicidad, sino que lo que el hombre encuentra, es angustia, vacío existencial, desesperación, dolor y muerte, muerte no solo temporal, sino ante todo muerte eterna, porque esa realidad engañosa del mundo es solo un espejismo que esconde el inacabable Abismo del cual no se sale.
         Joven, si preguntas: “¿Dónde está la felicidad?”, la respuesta es: la felicidad está en Jesucristo, porque Jesucristo es Dios y como Dios, Él es Alegría, Amor, Paz, Bondad, Misericordia, Felicidad, Dicha, Gozo. No hay felicidad posible y no existe otra felicidad que no sea Jesucristo.
¿Y dónde está Jesucristo?
Jesucristo está en la cruz y está en la Eucaristía; está en la oración y está en el hermano, sobre todo en el más necesitado. Quiere decir que cuanto más nos acerquemos a Jesucristo, más felices seremos, porque Él es la Fuente inagotable de la felicidad; quiere decir que si llevamos nuestra cruz todos los días y lo seguimos a Él, que va camino del Calvario; si asistimos a Misa –no para asistir a un espectáculo vacío, ni para cumplir con un rito religioso, sino para unirme a Él en la renovación sacramental e incruenta de su sacrificio en cruz- y comulgamos en gracia, principalmente los Domingos; si hacemos oración y si obramos la misericordia para con nuestros hermanos más necesitados, entonces tendremos a Jesús en el corazón y seremos felices, aun en medio de las tribulaciones y persecuciones del mundo, porque el mundo persigue a los que son de Cristo (cfr. Mt 5, 11).
Por último, ¿quién nos conducirá hasta Cristo, de manera de no equivocar el camino? La Virgen, porque dicen los santos que el que se acerca a María, recibe a Jesús. Acudir a María es llegar a Jesús, Fuente de la felicidad.

Entonces, ¿dónde está la felicidad? En Jesús y María, y la felicidad que ellos nos dan, es para esta vida, aquí, en la tierra, y para el cielo, para siempre.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Reflexiones sobre los novísimos en ocasión de la muerte de un joven


         Cuando se produce la muerte de una persona, el hecho mismo de la muerte nos conduce a reflexionar sobre aquello que hay “más allá” de la muerte, es decir, la “otra vida” que nos espera una vez traspasados los umbrales de la muerte. Esta reflexión se impone con toda muerte, pero sobre todo cuando esa muerte es la de una persona joven, porque el joven –en teoría-, como suele decirse, “tiene toda la vida por delante”, y con la muerte ese destino se ve truncado. Pero la reflexión sobre el más allá se imponte más todavía, cuando esa muerte, además de ser joven, es una muerte inesperada, súbita, que sucede cuando nadie la esperaba.
         ¿Qué sucede con la muerte? Es decir, ¿qué sucede “más allá” de la muerte? Las respuestas que demos son muy importantes, toda vez que, en la actualidad, la secta de la Nueva Era o New Age ha distorsionado, deformado, ocultado, pervertido, aquello que espera al hombre luego de la muerte terrena. Es por esto que, ante todo, debemos reflexionar acerca de lo que no existe más allá de la muerte: no existe la reencarnación –una teoría falsa según la cual el alma “migra” de cuerpo en cuerpo hasta lograr un estado de perfección-; no existe el “pasaje automático” al cielo –muchos creen que luego de la muerte, inmediatamente, sean cuales sean los méritos o deméritos de quien muere, Dios “perdona todo” y se accede al cielo-; no existe la “disolución en la nada”, como el Nirvana, tal como lo sostienen las religiones orientales; no existe un “infierno vacío”, por el contrario, la Virgen en Fátima nos avisa que son muchísimos los que caen en él, y uno de los pecados que más almas hace caer en el infierno, es el pecado de la carne, la lujuria, la pornografía-; no existe el paso a “otra galaxia”, como sostienen falsamente las sectas ufológicas. Y así podríamos seguir, indefinidamente, porque la Nueva Era ha deformado enormemente la realidad de la muerte y del más allá, en su intento de apartar a los hombres de la verdad, y la única verdad es que luego de la muerte esperan solamente dos destinos posibles: o el Cielo –previo paso por el Purgatorio para purificar el alma de quien lo necesite- o el Infierno, y ambos destinos son irreversibles, eternos, para siempre.
         Nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica que inmediatamente luego de producida la muerte, el alma, separada del cuerpo –en esto consiste la muerte terrena- se presenta ante Dios, para recibir su Juicio Particular. Esto explica que, paradójicamente, la muerte sea el momento más importante de la vida de una persona, porque se decide su destino eterno: o Cielo y alegría para siempre, o Infierno y dolor para siempre. Una vez que el alma se encuentra ante Dios, puede ver y comprobar, sin ningún tipo de error ni duda, que Dios es Amor, un Amor infinito, Purísimo, Eterno, Inmaculado, y que pueden estar con Él solo quienes tengan ese mismo Amor en sus corazones, y esto significa el “morir en gracia”.
Quien haya muerto con este Amor purísimo en el corazón, irá directamente a la Presencia de Dios, para comenzar a gozar y a alegrarse de su visión por la eternidad, y esto es lo que llamamos “Cielo”.
Quien haya muerto con un amor imperfecto, deberá ser purificado por el Fuego del Amor de Dios, para poder ingresar al Cielo con un Amor perfecto, y esto es lo que llamamos “Purgatorio”, en donde los sufrimientos son terribles, iguales al infierno, pero con la esperanza cierta de que algún día se saldrá de allí.
Quien haya muerto sin Amor de Dios en el corazón, es decir, quien haya muerto con odio –porque si no está el Amor de Dios, está el odio contra Dios-, él solo pedirá el ser apartado de Dios para siempre, porque en ese momento se dará cuenta que no puede estar ante la Presencia de Dios Amor quien no tiene Amor en el corazón; él solo pedirá ser separado para siempre del Amor, y esto es lo que llamamos “Infierno”, en donde el condenado tendrá lo que siempre quiso: pecado y odio, odio y pecado, y ausencia de Dios, y esto para siempre, para siempre, sin finalizar nunca jamás.
¿Qué es lo que provoca ausencia del Amor de Dios? El pecado, porque el pecado es negación del Amor de Dios; es expulsar del corazón a Dios, que es Amor, para dar cabida a las pasiones desenfrenadas. ¿Qué tipos de pecados desplazan al Amor de Dios y hacen que si el alma muere en ese estado, pida ser apartada de Dios para siempre y condenada en el infierno? La lujuria –pornografía-; la ira –la discordia, la enemistad, la venganza, el rencor-; la avaricia; la gula; la pereza –tanto la corporal, que impide cumplir con el deber de estado, como la espiritual o acedia, que provoca hastío o tedio por las cosas de Dios-; la envidia, que hace entristecerse por los bienes ajenos; la soberbia, que es el deseo desordenado de honor y gloria mundanos.
         Muchos en la actualidad prefieren ir al estadio de fútbol los Domingos, en vez de ir a Misa, sin darse cuenta que, en el día de su muerte, cuando los demonios los acechen para tentarlos con la desesperación, no estarán allí los futbolistas a quienes idolatraron en vida,  clamarán por Dios, pero para muchos será muy tarde; muchos prefieren los bailes desenfrenados, el alcohol, el sexo pre-matrimonial, las drogas, la música inmoral que incita a todo tipo de pecado, como la cumbia, el rock, el rap y muchos otros géneros musicales más, profanando de esta manera el cuerpo que, como dice San Pablo, “es templo del Espíritu Santo” (1 Cor 6, 19), sin darse cuenta que de esta manera convierten a sus cuerpos, de templo del Espíritu Santo, en guaridas de demonios, y así permanecerán para siempre si mueren con sus cuerpos profanados; muchos prefieren el adulterio, el concubinato, la infidelidad, antes que la castidad conyugal y la fidelidad, sin darse cuenta de que si mueren en ese estado, tendrán por horrible compañía al demonio y a los condenados; muchos prefieren abandonar a sus padres en la vejez, en vez de cuidarlos y atenderlos como manda el Cuarto Mandamiento, y todos estos no se dan cuenta que están cumpliendo los mandamientos de Satanás y no los Mandamientos de Dios, y que al final de la vida, en el día de su muerte, Dios les dará lo que ellos pidieron toda su vida, el pecado, y los dejará librados a aquel a quien obedecieron toda su vida, el demonio, y los dejará irse libremente al Infierno, allí donde siempre añoraron ir con su vida de pereza, de ira, de lujuria, de gula, de soberbia, de envidia, de avaricia.
Cuando se buscan imágenes de San Miguel Arcángel, además de aquellas en las que el Santo Arcángel está levantando su espada contra el demonio, hay otras en las que se lo ve pesando las almas en el Día del Juicio Final: a las que encuentra vacías de amor y buenas obras, las entrega al demonio, después de escuchar la sentencia del Terrible Juez: “Apártate de Mí, maldito, al fuego eterno, porque tuve hambre y sed y estuve enfermo y preso y no me socorriste”; a las que encuentra llenas de amor y buenas obras, las entrega a Dios, luego de escuchar las palabras del Justo Juez: “Ven a Mí, bendito, a gozar del Reino de mi Padre, porque tuve hambre y sed y estuve enfermo y preso, y me socorriste” (cfr. Mt 25, 41ss).

Para que seamos conducidos a Dios en el día de nuestra muerte, en el día de nuestro Juicio Particular, para que la muerte no nos sorprenda sin obras buenas y sin amor, obremos la misericordia, combatamos nuestras pasiones desordenadas, hagamos oración, acudamos a la Santa Misa dominical, vivamos en gracia, y encomendémonos a la Divina Misericordia, para que por el Amor infinito de Dios, nos veamos libres de nuestras culpas y seamos conducidos a la eterna felicidad en el Cielo.