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miércoles, 17 de mayo de 2017

El sentido de la vida


         Muchas veces podemos preguntarnos cuál es el sentido de la vida, para qué estamos, quién nos puso aquí, qué caminos debemos tomar. Hay algo que nos guía y que está a la base de esta pregunta, y es el deseo de felicidad que todos tenemos. Es decir, en esta búsqueda del sentido de la vida, muchas veces nos guía el deseo de felicidad que todos tenemos, un deseo que, si no lo sabemos encauzar, nos conduce a un lugar en el que no solo perdemos el sentido de la vida, sino también la felicidad misma.
         Imaginemos que un joven va caminando por un sendero, que tiene mucha vegetación a ambos lados. El joven quiere llegar a un lugar en donde verdaderamente pueda descansar después de una larga jornada de caminata. En un momento determinado, el sendero se bifurca y se divide en dos senderos: uno, cuesta arriba, y otro, cuesta abajo. El sendero de la derecha, que es cuesta arriba, es fatigoso de seguir, la caminata se hace más ardua todavía porque es en subida, aumentan la sed, el hambre, la fatiga. El sendero de la izquierda, por el contrario, se hace bien espacioso, se vuelve en bajada, por lo que no hay que hacer esfuerzo, y a cada rato se encuentran árboles frutales que permiten saciar el hambre y calmar la sed. El sendero empinado termina en una cima que luego da lugar a un valle, todo cubierto de césped, por donde corre agua cristalina; el cielo está despejado, no hay ni una sola nube, el sol está espléndido y, oh sorpresa, están todos los seres queridos.
         El sendero de la izquierda, por el contrario, desemboca en un bosque con árboles frondosos y copas muy tupidas y tan entrelazadas entre sí, que no dejan entrar la luz del sol. Además, en poco tiempo oscurece, y comienzan a escucharse los rugidos de las fieras salvajes, como el oso, el león, el tigre, que se escuchan muy cercanos y, por lo tanto, se muestran amenazantes; se escuchan también los silbidos de las serpientes venenosas, los chistidos de búhos y lechuzas y, con la noche, empiezan a salir arañas venenosas del tamaño de un pequeño animal. Por otra parte, estamos solos, sin nuestros seres queridos, y hace mucho frío.

         El sendero de la derecha es el sendero de la Fe Católica; el sendero de la izquierda, es el sendero del ateísmo. El sendero de la derecha satisface nuestra sed de felicidad y da así sentido a la vida; el sendero de la izquierda, nos hunde en la tristeza y la angustia y nos hace perder el sentido de la vida.

jueves, 27 de abril de 2017

El deseo innato de felicidad solo se satisface en Cristo Dios


         Un filósofo de la Antigüedad, llamado Aristóteles, afirmaba que todos los hombres nacemos con un deseo innato de felicidad, es decir, que todos los hombres, independientemente de la raza, el sexo, la posición social, todos, absolutamente todos, deseamos ser felices, y esto desde el momento mismo de ser concebidos. Es como un marca, invisible e indeleble, que está en nuestras almas y corazones, y nos acompaña desde la concepción hasta la muerte.
         Y esto, es verdad, porque verdaderamente es así, todos deseamos ser felices. El problema, dice otro gran filósofo, Padre de la Iglesia, San Agustín, es que buscamos la felicidad allí donde no podemos encontrarla nunca, porque en las cosas en las que la buscamos, no hay nada que pueda colmar el deseo de felicidad de nuestra alma.
         Por lo general, dice este gran santo, buscamos la felicidad en cosas materiales y terrenas: dinero, poder, placer, y eso porque tenemos un concepto equivocado de la felicidad. Creemos, y también el mundo nos hace creer eso, que la felicidad está en atiborrarnos de cosas materiales; creemos que la felicidad está en poseer dinero, poder, fama mundana; creemos que la felicidad está en la satisfacción de las pasiones y de los sentidos, y que cuanto más satisfacción se dé a estas pasiones y sentidos, más felicidad tendremos. Sin embargo, eso es un concepto erróneo de la felicidad, porque la felicidad, la verdadera, la duradera, no es material, ni está en las cosas materiales, ni se satisface con las cosas pasiones. La verdadera felicidad es espiritual y sólo se satisface con un bien espiritual: tratar de satisfacer nuestro deseo innato de felicidad, con cosas materiales, o con la satisfacción de las pasiones, es tan inútil como pretender llenar un abismo sin fondo, con un balde de arena.

         Nunca lograremos ser felices, si pensamos que la felicidad consiste en la satisfacción de los sentidos y de las pasiones con los bienes materiales. Lo único que puede colmar nuestro deseo inagotable e inextinguible de felicidad es un bien de valor infinito, y ese Bien de valor infinito se llama “Dios”, Ser Perfectísimo, Espíritu Puro, Bondad Increada, Amor infinito y eterno. Y, para nosotros, los católicos, Dios no está perdido en las nubes, sino que está en un lugar determinado: está en la Iglesia, en el sagrario, en la Eucaristía. Solo la Eucaristía, que es Dios de Amor infinito, es capaz de colmar nuestra infinita sed de felicidad.

miércoles, 12 de octubre de 2016

Dónde está la verdadera felicidad


         Hay algo que todos tenemos desde que nacemos, y es el deseo de ser felices. A nadie le gusta ser in-feliz; a nadie le gusta ser desgraciado; a nadie le gusta pasarla mal, y eso porque, desde que nacemos, tenemos un apetito de felicidad.
         El problema está en dónde buscar la felicidad, para calmar esa hambre de felicidad.
         El mundo nos de hoy nos enseña una falsa felicidad: nos engaña, diciéndonos que la felicidad está en tener dinero, en ser famoso, en disfrutar de los placeres. Y así vemos cómo, en la televisión, en internet, en los diarios y revistas, los más felices parecen los que se dan todos los placeres del cuerpo, los que tienen más dinero, los que tienen más propiedades y autos. Pero todo eso es falso. Ahí no está la felicidad.
         Querer ser felices con el dinero, o con la fama, o con los placeres carnales, es como querer rellenar un abismo con un balde arena: es imposible. De la misma manera, es imposible que seamos felices con estas cosas materiales, porque Dios no nos creó para ser felices con las cosas de la tierra. Cuando nos creó, Dios puso en nosotros hambre de felicidad, apetito de alegría, pero esa felicidad y esa alegría no se calman, de ninguna manera, ni con dinero, ni con bienes, ni con placeres. Es como un camino ancho, fácil de transitar, pero que termina en un pozo negro, oscuro, sin fondo, y del cual no se sale nunca.
Todos tenemos deseos de ser felices, pero esa felicidad nos la puede dar sólo Jesús, el Dios eternamente joven, el Dios que está en la cruz y está en la Eucaristía. El hambre de felicidad, el apetito de alegría con el que Dios nos creó, se sacia solamente con un pan, que no es el pan que conocemos, sino que es un Pan que baja del cielo, y ese Pan es la Eucaristía. Alimentándonos con ese Pan, nuestra alma, que es como un abismo, se llena hasta rebalsar con el Amor, la Alegría, el Gozo, la Paz y el Amor de Dios, y así es plenamente feliz. Tan feliz, que ya no quiere ninguna otra cosa.

No equivoquemos el camino de la felicidad, que es estrecho y angosto, en subida, pero que termina en el cielo.

jueves, 26 de noviembre de 2015

El Niño Jesús, modelo a imitar para todo niño y joven


(Homilía para la Santa Misa de acción de gracias de un Instituto Primario y Secundario cuyo Patrono es el Divino Niño)

         Para todo niño y joven que desee ser feliz en esta vida y en la otra, hay sólo una cosa para hacer: imitar al Niño Jesús. ¿Por qué? Porque el Niño Jesús es Dios y Dios es amor, paz, alegría y felicidad en sí misma, lo cual quiere decir que quien más se acerque al Niño Jesús, más recibirá de Él lo que Él es: amor, paz, alegría, felicidad. Con Jesús sucede algo similar a lo que sucede con el sol en nuestro sistema solar: así como los planetas giran alrededor del sol, así nosotros giramos alrededor del Niño Dios, que es Sol de justicia, y así como los planetas más cercanos al sol reciben más luz y calor, así también, el alma que más se acerca al Divino Niño, recibe de Él su luz y el calor de su Amor. Pero también, así como los planetas más lejanos al sol, son los que están en la oscuridad y en el frío, así también, los niños y jóvenes que se alejan del Niño Dios, viven en las tinieblas y en el frío del corazón, que es ausencia de amor.
¿Cómo hacer para imitar al Niño Jesús y así alcanzar la felicidad en esta vida y en la otra? Lo que tenemos que hacer es saber cómo era Jesús en su vida como niño y como joven y lo primero que notamos es que Jesús vivía a la perfección los dos Mandamientos más importantes para niños y jóvenes, el Primero –“Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo”- y el Cuarto –“Honrarás Padre y Madre”- y por eso es modelo perfecto en su cumplimiento. El niño y el joven que viva estos dos Mandamientos como los vivía Jesús, tiene la felicidad asegurada, en esta tierra y en la vida eterna.
         Con respecto al Primer Mandamiento, hay que decir que el Niño Jesús, que era Dios Hijo encarnado -“metido”, por así decir, en el cuerpo y el alma de un Niño humano-, amaba a su Padre Dios, que era su Padre desde la eternidad y el amor con el que lo amaba era el Amor que brotaba del Corazón Único de Dios: el Espíritu Santo. Por eso mismo, el Niño Jesús lo tenía siempre a Dios en la mente y en el corazón y en todo momento se dirigía a Él y nada hacía sin Dios Padre. Como Dios, el Niño Jesús era igual al Padre y el Padre estaba en Él y Él en el Padre y amaba al Padre con el Amor del Espíritu Santo; como Niño, es decir, como ser humano, también amaba a Dios, con el amor de su corazón humano, que estaba envuelto en las llamas del Amor Divino, el Espíritu Santo. Como Dios Hijo y como Niño Dios, el Divino Niño Jesús amaba tanto a Dios que nada pensaba, deseaba, decía ni hacía, sino era por el Amor de Dios y para su mayor gloria. En todo lo que el Niño Jesús hacía, pensaba, decía o quería, estaba siempre Dios en primer lugar: “¿Quiere Dios que piense así? ¿Quiere Dios que piense mal de esta persona? ¿Quiere Dios que hable mal de esta persona, que le haga algún mal?”. Por supuesto que Jesús no podía cometer pecados, porque Él era el mismo Dios y Dios es Tres veces Santo, es la santidad misma, pero siempre actuaba de manera de poner a Dios en primer lugar. Y con respecto a la otra parte del Primer Mandamiento, “amar al prójimo como a uno mismo”, el Niño Jesús también lo cumplía a la perfección, porque amaba a sus primos y amigos con el mismo Amor con el que amaba a su Padre Dios, es decir, los amaba con el Amor de Dios, el Espíritu Santo.
De la misma manera, los niños y jóvenes, imitando a Jesús Niño, deben poner a Dios Trino en primer lugar y saber que Dios siempre nos está mirando; aunque ningún humano nos mire, sí nos miran nuestro Ángel de la Guarda y, por supuesto, Dios mismo. Todo niño y joven, al pensar algo, al decir algo, al hacer algo, debe siempre preguntarse si eso lo haría el Niño Jesús, si eso lo diría el Niño Jesús, si eso lo pensaría el Niño Jesús. Como dijimos, Jesús jamás cometió pecado alguno, y por eso es el modelo ideal y perfectísimo para imitar si quiero vivir en el Amor de Dios. Si Jesús Niño jamás pensó nada malo, jamás dijo nada malo, jamás deseó nada malo, jamás hizo nada malo, entonces, yo tampoco debo jamás pensar mal, hablar mal, desear el mal, obrar el mal. Sólo así el Niño Jesús será mi modelo ideal para cumplir el Primer Mandamiento.
Jesús Niño también es el modelo ideal para cumplir el Cuarto Mandamiento: “Honrarás Padre y Madre”. Jesús Niño fue siempre un hijo sumamente obediente, cariñoso, respetuoso, afectuoso, con sus papás, la  Virgen y San José. Jesús amaba muchísimo tanto a su Mamá, la Virgen –de la cual nació milagrosamente, como un rayo de solo atraviesa el cristal, porque siendo Dios no podía nacer como cualquier hombre- como también amaba muchísimo a su Papá adoptivo, San José –San José era papá adoptivo de Jesús, porque su Papá verdadero era Dios Padre; así también, San José era solo esposo meramente legal de la Virgen, y esto quiere decir que el afecto y el trato entre ellos era como el de hermanos, porque la Virgen siempre fue Virgen y Jesús fue concebido por el Espíritu Santo, no por San José-, y este amor lo demostraba no solo con palabras, sino con obras, ayudando a su padre en la carpintería y aprendiendo el oficio de carpintero –en el que trabajó hasta que comenzó su vida pública- y ayudando a su Madre en las tareas domésticas, acompañándola al mercado, y todas las pequeñas cosas de las familias de todos los días. Jesús nunca les dio un mal rato a sus padres; jamás les levantó ni siquiera mínimamente la voz; jamás se enojó con ellos; jamás desobedeció; jamás hizo nada sin el conocimiento de sus padres; obedeció siempre a lo que le decían, y eso que Él era su Dios, Él era el Creador y Santificador de su Mamá y su Papá adoptivo, y sin embargo, en todo les obedecía. Y en el único momento de su vida en que pareció que hacía algo sin sus papás, fue cuando se quedó en el templo de Jerusalén durante tres días, hasta que María y José lo encontraron, pero Jesús hizo esto porque lo único que autoriza a dejar padre y madre es el llamado de Dios y eso es lo que hacía Jesús, ocuparse de las cosas de su Padre Dios.
Jesús era tan bueno con sus papás porque los amaba mucho, muchísimo: era el infinito Amor que les tenía, lo que hacía que en todo buscara siempre darles un contento y una alegría a ellos. Es decir, aunque Jesús no podía cometer ningún pecado, porque era Dios, la razón de su comportamiento perfecto para con sus papás de la tierra –la Virgen y San José- era el inmenso Amor que les tenía: todo lo que hacía Jesús, se originaba en el Amor de su Sagrado Corazón. De la misma manera, también los niños y jóvenes deben obrar así para con sus padres, o sea, movidos por el Amor: cuanto más se ame a los papás, más cuidado se tendrá en no provocarles un disgusto, obedeciendo en todo, aunque sea contrario al parecer propio –siempre que lo que se mande sea algo bueno, por supuesto-, y así se demostrará el amor a los papás, como el Niño Jesús.
El Divino Niño Jesús, entonces, no debe ser para el niño y el joven una mera devoción de la cual me acordaré una vez al año, cuando finalicen las clases; el Divino Niño Jesús no debe ser una mera imagen folclórica, retratada en un yeso o madera y a la que me acostumbro verla todos los días; no debe ser una mera imagen agradable, pero que para mí no significa nada: el Divino Niño Jesús, retratado en una imagen de yeso, es un ser vivo, porque es Dios, que conoce mis pensamientos aún antes de que los formule y es el Dios que me juzgará en el Amor al fin de mis días y como Dios, vive en el cielo, en la cruz y en la Eucaristía, y quiere también vivir en mi corazón; por eso es que el Divino Niño tiene que vivir en mi corazón y para eso tengo que dejarlo entrar en mí, para que mi corazón lata con el ritmo y la fuerza del Amor de Dios. Cuanto más amemos al Divino Niño Jesús y cuanto más tratemos de ser como Él, más felices seremos, en esta vida y en la eternidad.

jueves, 25 de junio de 2015

Por la muerte en cruz de Jesús, tenemos la esperanza cierta del reencuentro en el cielo con los seres queridos fallecidos


(Homilía en el aniversario de la muerte de un joven)

La muerte nos sorprende, nos deja sin palabras, nos angustia, nos deja con dolor, y mucho más, cuando se trata de la muerte de un joven, pero la fe en Cristo Jesús nos devuelve la esperanza del reencuentro con quienes nos hemos separado, porque la fe nos dice que Jesús ha muerto en la cruz y ha resucitado y porque ha destruido a la muerte con su muerte en cruz, para darnos su vida eterna, es posible reencontrarnos con aquellos a quienes la muerte nos  ha arrebatado.
         Por eso, para el cristiano, la muerte nunca tiene la última palabra, sino la cruz de Jesús, porque es Él quien la ha vencido para siempre, para darnos su Vida eterna y para llevarnos al cielo, adonde ya no hay más muerte, sino solo vida y Vida eterna. Porque Jesús ha muerto en cruz y ha resucitado, es que tenemos la esperanza del reencuentro en el cielo, con nuestros seres queridos, a quienes hoy recordamos con tristeza y con dolor. Pero, ¿cómo es el cielo, ese cielo al que esperamos ir? ¿Cómo es el cielo, el cielo cuyas puertas Jesús nos abrió con su muerte en cruz? ¿Cómo es el cielo en el que, por la Misericordia Divina, esperamos que estén ya nuestros seres queridos? Nos lo dice Santa Faustina Kowalska, quien tuvo una experiencia mística, y fue transportada al cielo, estando aún en esta vida: “27 XI [1936]. Hoy, en espíritu, estuve en el cielo y vi estas inconcebibles bellezas y la felicidad que nos esperan después de la muerte. Vi cómo todas las criaturas dan incesantemente honor y gloria a Dios; vi lo grande que es la felicidad en Dios que se derrama sobre todas las criaturas, haciéndolas felices; y todo honor y gloria que las hizo felices vuelve a la Fuente y ellas entran en la profundidad de Dios, contemplan la vida interior de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, que nunca entenderán ni penetrarán. Esta fuente de felicidad es invariable en su esencia, pero siempre nueva, brotando para hacer felices a todas las criaturas. Ahora comprendo a San Pablo que dijo: Ni el ojo vio, ni oído oyó, ni entró al corazón del hombre, lo que Dios preparó para los que le aman”[1].
         Santa Faustina dice que “después de la muerte” nos esperan “inconcebibles bellezas y felicidad” y que en el cielo hay un flujo continuo de Amor entre las creaturas y Dios: las creaturas “dan honor y gloria a Dios” y Dios a su vez derrama sobre ellas la “Fuente de la felicidad” que es Él mismo en su esencia, invariable e inagotable. En esta “Fuente de felicidad”, eterna e inagotable que es Dios, esperamos que estén nuestros seres queridos difuntos, pues esperamos que, por su Divina Misericordia, les haya perdonado sus pecados, muchos o pocos, que puedan haber cometido, y en esta “Fuente de felicidad”, eterna e inagotable, esperamos reencontrarnos nosotros, en Cristo, para ya nunca más separarnos.
         ¿Qué tenemos que hacer para reencontrarnos? Rechazar el pecado, vivir en gracia y obrar la misericordia. Así, estaremos seguros del reencuentro en Jesucristo, con nuestros seres queridos, en el Reino de los cielos, para gozar, junto con ellos, de la "Fuente de la felicidad", que es Dios.
        




[1] Cfr. Diario, 777.

martes, 2 de junio de 2015

El joven, su deseo de felicidad y dónde buscarla


         Un filósofo de la Antigüedad, Aristóteles, decía que “todo hombre desea ser feliz”, porque la felicidad es como un sello que se imprime en el alma desde el momento mismo en que el alma es creada, y es por eso que, desde el primer instante de la concepción, comienza la búsqueda de la felicidad para todo hombre, una búsqueda que se extiende durante toda su vida, hasta el día mismo de su muerte.
         El deseo de felicidad, impreso en el alma, es tan fuerte y tan grande, que no se puede satisfacer con cualquier cosa, y ésa es la razón por la cual la búsqueda dura toda la vida y se la busca en muchas cosas y lugares.
         Precisamente, San Agustín, uno de los más grandes santos y doctores de la Iglesia, sostenía que no somos felices porque buscamos la felicidad en donde no podemos encontrarla, porque en esas cosas y lugares en donde la buscamos –que son cosas y lugares terrenos-, la felicidad no se encuentra.
         Esto nos plantea numerosas preguntas: ¿dónde se encuentra la felicidad? ¿Qué o Quién la proporciona? ¿A través de qué medios debo buscarla?
         Para acercarnos a las respuestas que buscamos, debemos comenzar por una respuesta negativa: dónde NO está la felicidad: en el dinero, en las riquezas materiales, en los bienes terrenos, en la satisfacción de las propias pasiones, en la fama, en el éxito mundano. Mucho menos, cuando todo esto se obtiene por medios ilícitos. Intentar ser felices con estas cosas, es como tratar de rellenar un abismo, del cual no veo el fondo, con un pequeño balde de arena. Es imposible: el abismo sin fondo, es el alma, creada para ser feliz; el balde de arena, es el dinero, las riquezas, la fama, el éxito, etc. Nada de eso puede hacer feliz al hombre, porque el hombre no ha sido creado para eso. Esto explica el porqué de muchas personas que, poseyendo grandes cantidades de dinero, por ejemplo, desean tener y tener más, acumulando cada vez más, al tiempo que, cuando tienen cada vez más, menos felices son: porque su alma no se siente feliz, ni con el dinero, ni con todo lo que el dinero proporciona.
         Entonces, ya podemos responder a la segunda pregunta: ¿qué o quién proporciona la felicidad? Y la respuesta es “Quién”, y ese “Quién” es Dios, porque sólo Él es el Único capaz de colmar ese abismo insaciable de felicidad que es el alma humana, porque sólo Dios es Espíritu Puro, Amor Puro, Paz verdadera, Sabiduría, Luz, e infinidad de virtudes y atributos, que colman y saturan al alma que se deja amar por Él. Sólo Dios, entonces, puede colmar la sed insaciable de felicidad que anida en lo más profundo del ser humano. Eso quiere decir que, cuanto más cerca estamos de Dios, más recibimos de Dios lo que Dios ES: Amor, Luz, Paz, Alegría, Felicidad, gozo, Sabiduría. Es por esto que San Agustín decía: “Nuestro corazón, Señor, está inquieto, hasta que no descansa en Ti”.
         La otra pregunta, entonces, es: ¿a través de qué medios buscar esa felicidad que sólo Dios puede dar? En la Sagrada Escritura se dice: “Buscad a Dios, mientras se deja encontrar” (cfr. Is 55, 6). Dios se hace el encontradizo; Dios parece como que no está, pero en cuanto empezamos a buscarlo, aparece, se nos muestra, sale a nuestro encuentro. ¿Dónde buscarlo? ¿Cómo buscarlo? Para el joven, mediante dos mandamientos: el Primero –“Amarás a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”- y el Cuarto –“Honrarás padre y madre”-. En la observancia de estos dos mandamientos, el joven encuentra a Dios y, al encontrar a Dios, se nutre de todo lo que Dios Es, y ve colmada su alma de alegría, de amor y de felicidad. Aunque además de los dos mandamientos, para encontrar a Dios son necesarias, la oración y la frecuencia de los sacramentos, Penitencia y Eucaristía, principalmente.
         Amar a Dios, honrar a los padres, hacer oración de la mano de la Virgen, recibir al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús con el alma en gracia: ése es el simple y seguro camino a la felicidad, en esta vida y en la otra, para todo joven cristiano.


jueves, 12 de marzo de 2015

¿Dónde está la felicidad?


         Todo ser humano, pero especialmente el joven, desea ser feliz y por eso mismo, toda la vida humana, desde el instante mismo del nacimiento, consiste en una constante búsqueda de la felicidad. El problema es que muchos la buscan en lugares donde esa felicidad no está, ni podrá estarlo jamás: no está en las cosas del mundo; no está en la ciencia sin fe; no está en el dinero; no está en el éxito; no está en el tener muchos bienes materiales; no está en las relaciones pasionales pasajeras. Mucho menos, muchísimo menos, está en las drogas, en el alcohol, en las substancias tóxicas, en la satisfacción hedonista de los sentidos.
         Hoy, el mundo, a través de los medios de comunicación masivos, principalmente la televisión e internet, ha creado una engañosa realidad virtual, llena de colorido, de risas vacías, de música estridente, en donde todo lo malo “está bien”, y todo lo bueno “es malo, aburrido, desagradable”. Hoy, en nuestros días, el mundo ha creado una realidad virtual, una especie de “realidad-Disney” o de “realidad-Alicia-en-el-país-de-las-maravillas”, en donde la felicidad consiste en hacer lo que cada uno quiere hacer. El mundo dice que la felicidad está en el dinero, en el éxito mundano, en las relaciones pasionales, múltiples, pasajeras, vacías; en síntesis, el mundo dice que la felicidad está en la satisfacción de las pasiones del hombre.
         Sin embargo, se trata de una realidad, como dijimos, engañosa, falsa, virtual, porque allí no solo no está la felicidad, sino que lo que el hombre encuentra, es angustia, vacío existencial, desesperación, dolor y muerte, muerte no solo temporal, sino ante todo muerte eterna, porque esa realidad engañosa del mundo es solo un espejismo que esconde el inacabable Abismo del cual no se sale.
         Joven, si preguntas: “¿Dónde está la felicidad?”, la respuesta es: la felicidad está en Jesucristo, porque Jesucristo es Dios y como Dios, Él es Alegría, Amor, Paz, Bondad, Misericordia, Felicidad, Dicha, Gozo. No hay felicidad posible y no existe otra felicidad que no sea Jesucristo.
¿Y dónde está Jesucristo?
Jesucristo está en la cruz y está en la Eucaristía; está en la oración y está en el hermano, sobre todo en el más necesitado. Quiere decir que cuanto más nos acerquemos a Jesucristo, más felices seremos, porque Él es la Fuente inagotable de la felicidad; quiere decir que si llevamos nuestra cruz todos los días y lo seguimos a Él, que va camino del Calvario; si asistimos a Misa –no para asistir a un espectáculo vacío, ni para cumplir con un rito religioso, sino para unirme a Él en la renovación sacramental e incruenta de su sacrificio en cruz- y comulgamos en gracia, principalmente los Domingos; si hacemos oración y si obramos la misericordia para con nuestros hermanos más necesitados, entonces tendremos a Jesús en el corazón y seremos felices, aun en medio de las tribulaciones y persecuciones del mundo, porque el mundo persigue a los que son de Cristo (cfr. Mt 5, 11).
Por último, ¿quién nos conducirá hasta Cristo, de manera de no equivocar el camino? La Virgen, porque dicen los santos que el que se acerca a María, recibe a Jesús. Acudir a María es llegar a Jesús, Fuente de la felicidad.

Entonces, ¿dónde está la felicidad? En Jesús y María, y la felicidad que ellos nos dan, es para esta vida, aquí, en la tierra, y para el cielo, para siempre.

lunes, 3 de noviembre de 2014

La Eucaristía y los jóvenes: La oración explicada a los jóvenes (1)


         ¿Qué es “orar”? Podemos decir que la oración es: “la elevación de la mente y el corazón a Dios”. Si es que hay que elevarlos, quiere decir que, de manera habitual, la mente y el corazón se encuentran enfrascados en cosas terrenas, mundanas. Y no puede ser de otra manera, pues vivimos en la tierra, en el mundo. Pero sucede que no fuimos hechos ni para la tierra, ni para el mundo. Y esto es lo que explica el sentimiento de insatisfacción y de infelicidad que sentimos muchas veces, porque las cosas del mundo y de la tierra no nos pueden satisfacer, no nos pueden alegrar, no nos pueden dar alegría y contento, al menos una alegría y un contento que sean plenos, duraderos. Solo Dios puede colmar nuestra sed de alegría, de amor, de paz y de felicidad, porque fuimos creados por Él y para Él. Aquí encontramos, entonces, una primera razón para hacer oración: para encontrar y recibir, de parte de Dios, la alegría, el amor, la paz y la felicidad, que solo Él puede darnos, porque si fuimos creados para Él, solo en Él encontraremos descanso y reposo, y nunca lo encontraremos en esta tierra.

         Recordemos entonces lo que dijimos al inicio: orar es elevar la mente y el corazón a Dios. Orar es como volar sin alas, y es como volar al infinito, porque Dios es Amor infinito. Orar es despegarnos de las cosas de la tierra, para elevarnos a Dios y para encontrarnos con Él, que es nuestro Creador, nuestro Redentor, nuestro Salvador, nuestro Santificador. Solo en Dios encontraremos la Fuente Inagotable de Amor, de Bondad, de Luz, de Paz, de Alegría, de Felicidad, de Sabiduría, de Fortaleza, que anhela nuestra alma, pero lo encontraremos siempre y cuando hagamos oración, porque Dios está en lo alto, y nosotros estamos en lo bajo, y solo nos elevamos a lo alto, donde está Dios, por medio de la oración. Quien no hace oración, permanece hundido en las cosas terrenas y mundanas, sin enterarse nunca de que Dios no solo existe y Es, sino que Dios puede y quiere darle todo su Amor, para hacerlo feliz, en esta vida y en la otra. Quien no ora, es como el que, en un día de sol radiante, prefiere sin embargo, ir a esconderse en una cueva oscura, profunda, oscura, maloliente, llena de fieras salvajes y de alimañas. El que ora, por el contrario, es como el girasol que, mientras es de noche, se encuentra inclinado hacia la tierra, con sus pétalos cerrados, pero cuando aparece la estrella del alba, que indica que comienza el amanecer y que ya despunta el sol, abre sus pétales y comienza a girar en busca del sol y cuando lo encuentra, lo sigue durante todo su recorrido a lo largo del cielo: es el alma que, despertando a la vida de la gracia que le trae la Estrella del Alba, la Medianera de todas las Gracias, la Virgen María, abre su alma y su corazón a los rayos de gracia que brotan del Sol de justicia, Cristo Jesús, y lo sigue durante toda su vida, hasta llegar al cielo. Ésta es la importancia de la oración.

miércoles, 20 de agosto de 2014

¿Dónde está Jesús?


         Un filósofo griego, que se llama Aristóteles, decía que todos los hombres, desde que nacen, buscan permanentemente la felicidad. Y San Agustín decía que eso era verdad, pero el problema era que los hombres la buscaban en lugares equivocados: el dinero, la fama, el éxito pasajero, el aplauso de los hombres. Todo eso da una felicidad, pero una felicidad que es muy fugaz, que pasa muy rápido, tan rápido, que el hombre ni siquiera se da cuenta cuando ya pasó. El Qoelet dice que todo es “vanidad de vanidades” y “atrapar vientos” (1, 14). Buscar la felicidad en las cosas materiales es para el hombre como intentar atrapar el viento, es como tratar de llenar un precipicio con un balde de arena: es imposible, porque el corazón del hombre ha sido hecho para colmarse de una felicidad y de un amor infinitos, que sólo Dios puede satisfacer. Por eso San Agustín decía: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón no descansa en paz, hasta que no reposa en Ti”. Ésta es la razón por la cual, el corazón del hombre busca vanamente ser feliz en las cosas del mundo; esta es la razón por la cual el hombre busca vanamente mendigar amor a las creaturas, y las creaturas, aun cuando se lo propongan, no lo pueden proporcionar, porque no lo tienen; sólo Dios tiene un Amor que contiene en sí toda la felicidad capaz de extra-colmar el corazón del hombre. Para que nos demos una idea, el corazón del hombre, es como un granito de arena, y el Amor de Dios, es como cientos de miles de millones de cielos estrellados, y todavía más, y todo eso nos lo quiere dar Dios a cada uno de nosotros, sin guardarse nada para Él, para hacernos felices. Dios nos ha creado para que seamos felices con Él y solo con Él y es por eso que somos in-felices –no somos felices-, cuando no tenemos a Dios, y cuando buscamos la felicidad fuera de Dios. Sólo en Dios está la felicidad, y quien encuentra a Dios, encuentra la máxima felicidad, porque Dios es Amor y felicidad máxima.
         Entonces, viene la pregunta: ¿Dónde está Dios? ¿Adónde ir a buscarlo? ¿Acaso Dios no es invisible? ¿Acaso Dios no es demasiado grande para mí? ¿Quién ha visto a Dios alguna vez?
         Es verdad que Dios es invisible, pero es verdad también que Dios se encarnó, se hizo carne en Jesús, para tener un rostro, una cara, un cuerpo, para dejarse crucificar, para demostrar hasta dónde llegaba su Amor por todos y cada uno de nosotros. Es verdad que Dios es demasiado grande, pero Dios se hizo pequeño, como un Niño en Belén, y luego, ya de joven, subió a la cruz, para vencer a la muerte, al demonio y al pecado, para luego, después de muerto, resucitar y ascender a los cielos, para prepararnos una habitación en la Casa del Padre; y así, desde que resucitó, Jesús está en el cielo, resucitado, glorioso, porque es Dios. Él es Dios Hijo, es el Hijo de Dios Padre, y está junto al Padre y junto a Dios Espíritu Santo. Es la Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Junto al Padre y al Hijo, forman las Tres Divinas Personas de la Santísima Trinidad. Eso es en el cielo, en donde Jesús nos espera para hacernos felices para siempre.
         Pero aquí, en la tierra, ¿dónde está Jesús? Porque yo quiero empezar a ser feliz aquí, en la tierra.

         Aquí en la tierra, Jesús está en tres lugares: en la cruz, en la Eucaristía y en mi hermano más necesitado: en el pobre, en el enfermo, en el preso, en el que no vale nada a los ojos de la sociedad. Si quiero ser feliz, voy a buscar a Jesús, que está en esos tres lugares: en la cruz, en la Eucaristía y en el prójimo más necesitado. No está en ningún otro lugar. No está en el dinero, no está en los placeres de los sentidos, no está en el éxito mundano, no está la fama, no está en el poder, no está en el ser aplaudido por los hombres. Si quiero ser feliz, en esta vida y en la vida del Reino de los cielos, voy a buscar a Jesús en donde está Jesús: en la cruz, en la Eucaristía y en el hermano que esté más necesitado. Y antes de que lo empiece a buscar, Jesús va a salir a mi encuentro, y me va a dar su Amor, y voy a sentir la alegría de su Amor en mi corazón, y ya voy a experimentar, por anticipado, la felicidad que experimentaré, para siempre, en la Casa del Padre.

lunes, 27 de agosto de 2012

Ser virgen y casto es tener un regalo para dar a quien se ama para siempre



Virginidad y Castidad quiere decir apreciar la sexualidad



¿Cómo se ven hoy la virginidad y la castidad?
Entre los jóvenes se ha difundido hoy la mentalidad de que ser virgen y casto es algo “aburrido” porque impide disfrutar de la vida. También se dice que quienes son vírgenes o están a favor de la virginidad son personas “atrasadas” o inmaduras emocional y afectivamente, y que por lo tanto los jóvenes, para madurar y aprender cosas de la vida, deben dejar de ser vírgenes lo antes posible e iniciarse en las relaciones sexuales, aún cuando no haya intenciones ni de noviazgo ni de casamiento de por medio.
¿Por qué se ve a la virginidad -y a la castidad- como meramente represivas?
Se las ve como represivas porque se las considera solo en su aspecto negativo. Para quienes piensan de esta manera, en definitiva, tanto la virginidad como la castidad no son cosas dignas ni siquiera de ser consideradas, e incluso en ciertos círculos llega a ser un factor de aislamiento para el o la joven que se inclinan por estas virtudes. 
Frente a esta postura, nos preguntamos a su vez: ¿es cierto que todos los jóvenes deben perder su virginidad cuanto antes, e iniciarse en las relaciones sexuales para “madurar”, para “ser felices”, para “estar acorde a los tiempos”, para no ser “marginados” por los demás jóvenes que ya no son vírgenes? ¿Es cierto que son vírgenes aquellos a los que “no les queda otra”, porque no son capaces de tener relaciones sexuales? ¿Es cierto que la pureza y la castidad se basa en la represión de la sexualidad, y que la virginidad es fruto de ver el sexo como algo malo y dañino? A todo esto debemos responder negativamente, puesto que la virginidad, en sí misma, es algo bueno, positivo, agradable, que llena de felicidad a la persona.
¿Por qué mantener la virginidad? ¿Por qué ser castos?
Quien mantiene la virginidad y se decide por la castidad, no lo hace porque no sabe “disfrutar” del sexo, o porque lo reprime, o porque lo consideran algo malo o dañino. Por el contrario, quien se decide por estas virtudes, lo hace convencido de su gran valor, y precisamente, porque es algo de gran valor, de mucho valor, renuncia a él para ofrecerlo por un valor y un amor superior.
Lejos de considerar al sexo como algo malo, la renuncia a la sexualidad de los vírgenes que se inclinan por el matrimonio, y de los célibes que eligen la vida consagrada, es consecuencia de la gran estima a la sexualidad.
También aquí podríamos dar un ejemplo: dejar de lado la virginidad eligiendo la sexualidad fuera del matrimonio y de la opción de ofrecerla como don en la vida consagrada, la sexualidad se convierte en lo que el anzuelo para el pez, o el espejismo para el que vaga por el desierto.
¿Por qué se pierden la virginidad y la castidad?
Quizás con un ejemplo podemos responder a esta pregunta.
Para el pez, la carnada del anzuelo se presenta como algo apetitoso, y es el motivo por el cual se dirige hacia él para atraparlo. Pero en cuanto lo muerde, la carnada pierde su condición de apetitosa, para manifestar su realidad: provoca dolor y también la muerte, puesto que el pez es sacado fuera de su ámbito vital, el agua. Lo mismo sucede con la sexualidad que termina con la virginidad, es decir, la sexualidad sin amor esponsal: parece apetitosa, pero en cuanto se la prueba, esta sexualidad sin amor, meramente física y pasional, se muestra en su cruda realidad: provoca dolor y muerte del espíritu, puesto que no hay trascendencia ni don al otro, sino solo egoísmo e infelicidad. La virginidad no sólo nunca “pasará de moda”, sino que constituirá siempre, para todo hombre, varón y mujer, un gran don y una fuente de felicidad para la persona.


La sexualidad sin amor conyugal es lo que la carnada del anzuelo al pez:
Por fuera parece apetitosa, pero solo trae dolor y muerte.