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martes, 2 de junio de 2015

El joven, su deseo de felicidad y dónde buscarla


         Un filósofo de la Antigüedad, Aristóteles, decía que “todo hombre desea ser feliz”, porque la felicidad es como un sello que se imprime en el alma desde el momento mismo en que el alma es creada, y es por eso que, desde el primer instante de la concepción, comienza la búsqueda de la felicidad para todo hombre, una búsqueda que se extiende durante toda su vida, hasta el día mismo de su muerte.
         El deseo de felicidad, impreso en el alma, es tan fuerte y tan grande, que no se puede satisfacer con cualquier cosa, y ésa es la razón por la cual la búsqueda dura toda la vida y se la busca en muchas cosas y lugares.
         Precisamente, San Agustín, uno de los más grandes santos y doctores de la Iglesia, sostenía que no somos felices porque buscamos la felicidad en donde no podemos encontrarla, porque en esas cosas y lugares en donde la buscamos –que son cosas y lugares terrenos-, la felicidad no se encuentra.
         Esto nos plantea numerosas preguntas: ¿dónde se encuentra la felicidad? ¿Qué o Quién la proporciona? ¿A través de qué medios debo buscarla?
         Para acercarnos a las respuestas que buscamos, debemos comenzar por una respuesta negativa: dónde NO está la felicidad: en el dinero, en las riquezas materiales, en los bienes terrenos, en la satisfacción de las propias pasiones, en la fama, en el éxito mundano. Mucho menos, cuando todo esto se obtiene por medios ilícitos. Intentar ser felices con estas cosas, es como tratar de rellenar un abismo, del cual no veo el fondo, con un pequeño balde de arena. Es imposible: el abismo sin fondo, es el alma, creada para ser feliz; el balde de arena, es el dinero, las riquezas, la fama, el éxito, etc. Nada de eso puede hacer feliz al hombre, porque el hombre no ha sido creado para eso. Esto explica el porqué de muchas personas que, poseyendo grandes cantidades de dinero, por ejemplo, desean tener y tener más, acumulando cada vez más, al tiempo que, cuando tienen cada vez más, menos felices son: porque su alma no se siente feliz, ni con el dinero, ni con todo lo que el dinero proporciona.
         Entonces, ya podemos responder a la segunda pregunta: ¿qué o quién proporciona la felicidad? Y la respuesta es “Quién”, y ese “Quién” es Dios, porque sólo Él es el Único capaz de colmar ese abismo insaciable de felicidad que es el alma humana, porque sólo Dios es Espíritu Puro, Amor Puro, Paz verdadera, Sabiduría, Luz, e infinidad de virtudes y atributos, que colman y saturan al alma que se deja amar por Él. Sólo Dios, entonces, puede colmar la sed insaciable de felicidad que anida en lo más profundo del ser humano. Eso quiere decir que, cuanto más cerca estamos de Dios, más recibimos de Dios lo que Dios ES: Amor, Luz, Paz, Alegría, Felicidad, gozo, Sabiduría. Es por esto que San Agustín decía: “Nuestro corazón, Señor, está inquieto, hasta que no descansa en Ti”.
         La otra pregunta, entonces, es: ¿a través de qué medios buscar esa felicidad que sólo Dios puede dar? En la Sagrada Escritura se dice: “Buscad a Dios, mientras se deja encontrar” (cfr. Is 55, 6). Dios se hace el encontradizo; Dios parece como que no está, pero en cuanto empezamos a buscarlo, aparece, se nos muestra, sale a nuestro encuentro. ¿Dónde buscarlo? ¿Cómo buscarlo? Para el joven, mediante dos mandamientos: el Primero –“Amarás a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”- y el Cuarto –“Honrarás padre y madre”-. En la observancia de estos dos mandamientos, el joven encuentra a Dios y, al encontrar a Dios, se nutre de todo lo que Dios Es, y ve colmada su alma de alegría, de amor y de felicidad. Aunque además de los dos mandamientos, para encontrar a Dios son necesarias, la oración y la frecuencia de los sacramentos, Penitencia y Eucaristía, principalmente.
         Amar a Dios, honrar a los padres, hacer oración de la mano de la Virgen, recibir al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús con el alma en gracia: ése es el simple y seguro camino a la felicidad, en esta vida y en la otra, para todo joven cristiano.


miércoles, 29 de febrero de 2012

La Cuaresma, alegre tiempo de oración, de penitencia y de misericordia





Sólo de esa manera alcanzaremos de Dios la paz y la alegría
         En tiempo de Cuaresma, la Madre Iglesia nos pide oración, penitencia y obras de caridad. Para muchos, esta exigencia de la Iglesia puede parecerles una tarea “pesada”, “aburrida”, y hasta “fastidiosa”, porque nos obliga a ir en contra nuestro, para hacer muchas veces lo que nuestra sensibilidad no quiere hacer. Por ejemplo, muchas veces, llevados por el mundo y sus atractivos, dejamos la oración para hacerla a último momento, apenas minutos antes de acostarnos, o incluso cuando ya estamos acostados, lo cual, como es de suponer, termina como ya sabemos: no rezamos, o rezamos y nos quedamos dormidos, o rezamos mal y apurados. Con respecto a la penitencia, también nos pasa que es algo que, naturalmente, no queremos hacer. En efecto, ¿a quién le gusta privarse de un vaso de agua helada, o de una rica limonada fresca, cuando hace mucho calor? Y sin embargo, en Cuaresma, la Iglesia nos pide esta mortificación. Por último, y en relación al otro pedido de la Iglesia, las obras de misericordia: ¿acaso no es un sacrificio donar nuestro tiempo para, por ejemplo, ir a visitar a alguien enfermo, o para escuchar a alguien que necesita hablar para desahogarse? Sí, hay que sacrificar el tiempo, y las ganas de hacer cosas más “divertidas”, pero la Iglesia nos pide esto para Cuaresma.
Por lo mismo, muchos asocian –equivocadamente- a la Cuaresma con un período “triste”, “fatigoso”, “aburrido”. Sin embargo, quien se deja humildemente guiar por los consejos de la Iglesia, como hicieron los santos de todas las épocas, y lleva a cabo sus indicaciones, haciendo más oración, haciendo penitencia, y obrando la misericordia, da testimonio de que la Cuaresma se convierte en “algo” que, lejos de ser “triste”, trae consigo grandes dosis de alegría al alma. ¿Por qué? Por lo que significan cada una de las actividades que la Iglesia manda hacer: la oración, al mismo tiempo que ilumina con la luz de Dios, nos hace entrar en un silencioso diálogo interior de vida y de amor con Dios Trino, con Jesús, con la Virgen, con los ángeles y los santos, y… ¿quién puede decir que es “aburrido” o “triste” hablar con ellos? Por la penitencia, nos privamos, por ejemplo, de algún alimento ¡que alguien recibe en otro lado! ¿Y acaso no dice San Francisco que es mejor dar que recibir? Por las obras de misericordia, como por ejemplo, visitar enfermos, o encarcelados, o dar consejo al que lo necesita (hay muchas otras obras de misericordia para hacer), ¡consolamos al mismo Jesús en Persona, que misteriosamente inhabita en el prójimo más necesitado! ¿Y acaso no nos “devolverá” Jesús la atención que tuvimos para con Él? ¿Y la Virgen no se mostrará agradecida para con aquél que consoló a su Hijo presente en los más necesitados? Aunque no debería ser así, al menos por un “santo interés” (que Jesús y María nos devuelvan la visita), deberíamos obrar la misericordia en tiempo de Cuaresma, y no solo, sino durante todo el año.
Reflexionemos
La Cuaresma es un tiempo para crecer en nuestra unión con Dios, pero esta unión no es “automática”: Dios necesita saber que nos queremos unir a Él, y para eso debemos rezar, hacer penitencia, y ser misericordiosos. Luego Dios hace el resto: llenar el alma de alegría y de serena paz.

viernes, 9 de diciembre de 2011

La fiesta mundana no tiene nada que ver con la verdadera alegría de Navidad


"¿A qué se parece esta generación?" (cfr. Mt 11, 16-19). Al comprobar la dureza de corazón de aquellos que no se quieren convertir por ningún motivo, ni por la prédica del Bautista, que llama a la penitencia y al ayuno, ni por la prédica suya, que compara el Reino con un banquete de bodas, con una fiesta, Jesús los compara a unos niños engreídos y soberbios que se niegan a jugar con sus compañeros que los invitan, dándoles la posibilidad de jugar un juego de imitación con un tema alegre (unas bodas) o triste (un entierro)[1].
         El juego del entierro o funeral recuerda a Juan el Bautista, que predica la austeridad, mientras que el juego más alegre, de unas bodas, recuerda a Jesús, que compara al Reino con un banquete. Tanto uno como otro, que en el fondo predican el mismo mensaje de salvación pero con métodos distintos, son rechazados por los contemporáneos de Jesús, lo cual muestra que lo que se rechazaba era el mensaje mismo de salvación[2].
         Frente a esta actitud infantil de rechazo del mensaje de conversión, la sabiduría amorosa de Dios queda justificada porque ha hecho todo lo posible para superar la mala voluntad de los hombres que no quieren convertirse.
         Pero el rechazo a la conversión no es privativo de los contemporáneos de Jesús, puesto que se repite aún hoy, dentro de la Iglesia: ¿cuántos cristianos no quieren creer en el infierno, considerándolo como algo irreal e inexistente, pero al mismo tiempo, no les atraen las delicias del cielo, el vivir para siempre en la alegre contemplación de la Trinidad? ¿Cuántos cristianos, niños, jóvenes, ancianos, se comportan como los niños del evangelio de hoy, prefiriendo continuar con sus corazones cerrados a la gracia antes que dejar sus diversiones, sus gustos, sus placeres?
         ¿Cuántos cristianos, ni viven la penitencia y la mortificación del tiempo de Adviento, necesarias para preparar el corazón para el Nacimiento del Niño Dios, pero tampoco viven la verdadera alegría de la fiesta de Navidad, la Santa Misa de Nochebuena, porque festejan en fiestas mundanas y paganas, comiendo y bebiendo en exceso, alegrándose por motivos mundanos, despreciando la sobria alegría de Navidad, el Nacimiento de Dios hecho Niño?
Estos cristianos, cuando la Iglesia les dice que hagan penitencia en Adviento, no la hacen, y al no hacer penitencia en Adviento, están diciendo: "Queremos alegrarnos", malinterpretando el Adviento, porque la penitencia no excluye a la alegría; al mismo tiempo, cuando la Iglesia les dice: "Alégrense y festejen en Navidad, con la verdadera fiesta, la Santa Misa de Nochebuena", en vez de encontrar en la Eucaristía el verdadero motivo de la alegría, que es la Presencia de Dios Hijo en Persona en el sacramento del altar, desprecian la verdadera alegría navideña, para salir a buscar diversión desenfrenada, vacía, mundana y pagana, diversión que nada tiene que ver con el Nacimiento del Niño Dios.
¿Qué relación tiene el alcohol que los jóvenes consumen en exceso, con el Niño Dios? ¿Qué tienen que ver los atracones de comida de los adultos, con el Pesebre de Belén? ¿Qué tienen que ver los regalos materiales y el afán desenfrenado de consumo, con la serena y alegre austeridad de Navidad, consecuencias en el alma de saber que Dios se ha encarnado, ha nacido como Niño y prolonga su Encarnación y  Nacimiento en la Eucaristía?
         "No queremos la penitencia de Adviento; no queremos la verdadera fiesta de Navidad, la Santa Misa de Nochebuena; queremos nuestra propia alegría y nuestra propia diversión, la alegría y la diversión que nos dan nuestras pasiones y nuestros placeres; no queremos saber nada con el Niño Dios".
         Lamentablemente, este es el pensamiento de muchos cristianos, que se comportan como los niños del evangelio de hoy.
        


[1] Cfr. Orchard et al., Comentarios al Nuevo Testamento, Tomo III, 389.
[2] Cfr. Orchard, ibidem.