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viernes, 8 de diciembre de 2017

El Adviento es tiempo de preparación para recibir a Dios Niño en el corazón y para prepararnos para su Segunda Venida


         El Adviento, que significa “llegada” o “venida”, es un tiempo de gracia, dado por Dios, para que preparemos nuestro corazón para una doble venida del Señor: para conmemorar, litúrgicamente, la Primera Venida, y para prepararnos para la Segunda Venida en la gloria, al fin de los tiempos.
         Solo si vivimos el Adviento como el período de gracia destinado a prepararnos para recibir al Mesías que vino, que viene y que vendrá, solo así, podremos vivir una Navidad verdaderamente cristiana. De lo contrario, 
         ¿De qué manera podemos vivir el Adviento, según la voluntad de Dios?
         Por medio de la penitencia –necesaria para reparar por nuestros pecados y los de nuestros hermanos-, la oración –sin oración, no hay vida espiritual, por lo que es tiempo propicio para rezar el Rosario y hacer Adoración Eucarística- y la misericordia –porque el Dios que viene es un Dios Misericordioso, de manera que, para que pueda sentirse a gusto en nuestros corazones, debe encontrar en ellos misericordia y solo misericordia-.
         Podríamos decir que hay un tercer significado del Adviento, y es el Adviento o llegada que se produce en cada Santa Misa, porque en cada Santa Misa, Jesús, el Redentor, baja del cielo en el momento de la consagración y viene a nuestros altares eucarísticos para quedarse en la Eucaristía y así poder luego ingresar en nuestros corazones.
         Es para estos tres Advientos que debemos prepararnos, es decir, debemos prepararnos para conmemorar la Primera Venida de nuestro Dios, que vino como Niño en Belén; para recibir en estado de gracia a nuestro Dios, que viene oculto en cada Eucaristía, y para recibir, en gracia y con obras de misericordia, al Dios que vendrá, en el esplendor de su gloria, en la Parusía, al fin de los tiempos, para dar la recompensa a los buenos y el castigo a los malos.

         Para esta triple “venida” o “llegada” del Redentor a nuestras almas –el Dios que vino, que viene y que vendrá-, es que debemos preparar nuestros corazones, por la fe, por la gracia y por la misericordia.

viernes, 1 de diciembre de 2017

El Adviento, preparación para la Llegada de Cristo a nuestras vidas


         La palabra “Adviento” significa “venida” o “llegada” y significa esperar la venida o llegada de Jesús. Es el tiempo previo para Navidad y por eso implica la preparación para conmemorar litúrgicamente la Primera Llegada del Salvador en Belén, aunque también se refiere a la preparación para otras dos llegadas del Señor: al fin de los tiempos y en cada Santa Misa. Veamos.
         El Adviento es tiempo para prepararnos espiritualmente para recordar, con la memoria, la Primera Venida en Belén. Esta venida fue en la humildad de nuestra carne y en el desconocimiento de todos los hombres, excepto, claro está, la Sagrada Familia, y los pastores a los que los ángeles les anunciaron el Nacimiento. Esto explica el tenor de algunas lecturas de Adviento, como la profecía de Isaías de que “habría de nacer el Redentor de una Virgen”.
         Pero el Adviento es tiempo de prepararnos espiritualmente para la Segunda Venida en la gloria de Jesús y esto es lo que explica que en Adviento la Iglesia utilice, en las lecturas, las profecías acerca de su Venida en la gloria.
         Por último, el Adviento es tiempo de preparación espiritual para una “tercera Venida” o “Venida intermedia” de Jesús al alma. ¿En qué consiste esta “tercera Venida”? Consiste en que Jesús, en cada Santa Misa, desciende del cielo para quedarse en la Eucaristía, por el poder del Espíritu Santo, que convierte las substancias del pan y del vino en las substancias de su Cuerpo y su Sangre. Cada Santa Misa debe ser vivida con el espíritu de Adviento, es decir, con el espíritu de espera al Dios que viene del Cielo a la Eucaristía, para luego morar en nuestros corazones.
         Para esta “triple Venida” o “Llegada”, es que debemos los cristianos prepararnos espiritualmente en tiempo de Adviento. ¿De qué manera? Ante todo, es un tiempo de penitencia –por eso el color morado-, por lo que hay que hacer penitencia –privarnos de algo que nos guste, aceptar con paciencia las tribulaciones, etc.- y la razón es que estamos “heridos” a causa del pecado original y si bien la mancha del pecado original nos fue borrada por el Bautismo, nos queda la concupiscencia, que es la atracción al mal y al error y es lo que hace que consintamos al pecado, es decir, que la tentación sea consentida. La penitencia es para reforzar nuestro deseo de luchar contra el pecado y de reparar por nuestros pecados y los de nuestros hermanos.
         Otra manera de vivir el Adviento es mediante la oración, porque sin oración no hay vida espiritual posible. Por último, la otra forma de vivir el Adviento, es obrando la misericordia –según las catorce obras de misericordia dispuestas por la Iglesia-, para que así nuestro corazón sea digno de recibir a Jesús, que es la Divina Misericordia encarnada.   
           Solo así, podremos vivir una Navidad verdaderamente cristiana, y no pagana, tal como se la celebra en nuestros días.


miércoles, 16 de noviembre de 2016

¿Qué es el Adviento?


         Primero, podemos decir qué es lo que NO ES el Adviento: no es el tiempo de preparación psicológica para las fiestas de Navidad, por otro lado totalmente secularizadas; no es un mero “recuerdo” litúrgico vacío de contenido; no es una simple “memoria cíclica de la Iglesia”.
         Es verdad que en Adviento –que significa “venida” y que es la traducción latina del griego “epifanía”-, que comprende las cuatro semanas que preceden a la Navidad, constituye este período previo para la Navidad, pero significa algo mucho más que esto.
Ante todo, Adviento significa “venida”, que en el lenguaje cristiano se refiere a la venida de Jesucristo. “Adviento” está relacionado con la Venida de Jesucristo. ¿Con cuál de las Dos Venidas de Jesucristo? Con ambas, porque, por un lado, al ser un tiempo de preparación para la Navidad, es un tiempo en el que nos preparamos para su Primera Venida, como si no hubiera venido, aunque sabemos, obviamente, que ya vino por primera vez; por otro lado, es un tiempo para recordar y prepararnos que Jesucristo ha de venir por Segunda Vez al mundo, como Supremo Juez y Rey del universo, para juzgar a toda la humanidad.
Esta es la razón por la cual el tiempo de Adviento es un período litúrgico que nos invita a recordar el pasado –arrepentimiento de nuestros pecados-, nos impulsa a vivir el presente –vivir en gracia- y a preparar el futuro –prepararnos para la Segunda Venida del Señor-.
Es un tiempo de gran intensidad en la vida espiritual, puesto que debemos hacer un examen de conciencia para revisar cómo ha sido nuestra vida en relación con Dios, para corregir lo que se debe corregir, hacer una enmienda de vida y mirar la vida en la perspectiva del encuentro personal con el Señor que vino en la Primera Venida, que viene a nosotros en cada Eucaristía y que vendrá al fin de los tiempos, en el Día del Juicio Final. Por lo tanto, no es sólo un tiempo en el que podemos hacer un plan de vida para mejorar como personas, sino que es el tiempo para reflexionar acerca de cómo estamos viviendo nuestra condición de hijos adoptivos de Dios, llamados a vivir en santidad y a heredar el Reino de los cielos.
Podemos decir que la finalidad espiritual del Adviento es triple, teniendo siempre presente que no se trata de meras disposiciones de orden psicológico o moral, ni siquiera espiritual, sino de una verdadera participación, por el misterio de la liturgia, al misterio del Hombre-Dios Jesucristo, Dios Hijo Encarnado que prolonga su Encarnación en la Eucaristía:
Recordar y celebrar litúrgicamente el pasado, es decir, su Primera Venida: Es por esto que celebramos, contemplamos y participamos, por la liturgia eucarística de la Santa Misa, del Nacimiento de Jesús en Belén. El Señor Jesús ya vino y nació en Belén, que significa “Casa de Pan”; fue su venida en la carne, oculto en su gloria, en la humildad y pobreza. Como Iglesia, no hacemos simple memoria psicológica, sino que participamos, en el misterio litúrgico, de su Primera Venida, en la humildad de nuestra carne. Por su Primera Venida, el Verbo de Dios se unió personalmente, hipostáticamente, a nuestra naturaleza humana, naciendo milagrosamente como Jesús de Nazareth, padeció la Pasión y resucitó el Domingo de su Resurrección. Un primer fin del Adviento es la conmemoración participativa de su Primera Venida y esa es la razón por la cual, en Adviento, nos ubicamos como Iglesia en los tiempos previos a su Primera Venida y nos colocamos en la disposición espiritual de quienes, en el Antiguo Testamento, esperaban la Llegada del Mesías.
Vivir el tiempo presente en el misterio de su Presencia entre nosotros, por medio de la gracia sacramental: Jesús ya vino en su Primera Venida, murió, resucitó y ascendió al cielo, pero al mismo tiempo, se quedó presente entre nosotros en la Eucaristía, para cumplir su promesa de estar con nosotros “todos los días, hasta el fin del mundo”. Se trata de vivir esta realidad, la realidad de la Presencia misteriosa del Señor Jesús en la Eucaristía, que ya vino y ha de venir, y que nos da la vida nueva del Ser divino trinitario por la gracia santificante recibida en los sacramentos, sobre todo Penitencia y Comunión. En el presente, vivimos entonces en la vida de Jesús, que es la vida de la gracia del Hombre-Dios, que ya vino por Primera Vez, que ha de venir por Segunda Vez en la gloria y que adviene, llega, viene, a nuestras almas, en cada Comunión Eucarística. Es la actitud del siervo fiel y prudente que espera la llegada de su amo, imprevista, con la túnica ceñida y la lámpara encendida, es decir, con las obras de la fe y en estado de gracia santificante.
Preparar nuestras almas para el futuro, para su Segunda Venida en la gloria, sea al fin de los tiempos, o bien cuando finalice nuestra vida terrena, porque el día de nuestra propia muerte será, para nosotros, el Día de nuestro Juicio Particular, que será un pequeño “Juicio Final en miniatura”: en el Adviento nos preparamos espiritualmente para la Parusía o Segunda Venida de Jesucristo en la “majestad de su gloria”, cuando Nuestro Señor Jesucristo venga como Señor y como Juez de todas las naciones para premiar con el Cielo a los que han creído en Él y en consecuencia se hayan esforzado por cumplir sus Mandamientos, viviendo como hijos adoptivos de Dios, o bien para condenar en el Infierno a quienes, comportándose como el siervo malo de la parábola, que se dedicaba a embriagarse y golpear a los demás, hayan decidido, libremente, vivir apartados de Dios y su Ley de Amor.
Nuestro Señor Jesucristo habla varias veces, en el Evangelio, acerca de la Parusía, advirtiéndonos que “nadie sabe el día ni la hora” en la que sucederá y que ese día será “como un relámpago cruza de un extremo al otro del cielo”, por lo repentino e inesperado de su Segunda Venida. Por esta razón, la Iglesia nos invita en el Adviento a prepararnos espiritualmente para este momento, por medio del examen de conciencia, la penitencia y las buenas obras.

De esto podemos deducir claramente que la disposición espiritual del Adviento –la espera atenta y vigilante del Señor que llega- no se limita a las cuatro semanas previas a la Navidad, sino que debe convertirse en un hábito de vida que abarque todo el año y toda la vida del cristiano.

viernes, 9 de diciembre de 2011

La fiesta mundana no tiene nada que ver con la verdadera alegría de Navidad


"¿A qué se parece esta generación?" (cfr. Mt 11, 16-19). Al comprobar la dureza de corazón de aquellos que no se quieren convertir por ningún motivo, ni por la prédica del Bautista, que llama a la penitencia y al ayuno, ni por la prédica suya, que compara el Reino con un banquete de bodas, con una fiesta, Jesús los compara a unos niños engreídos y soberbios que se niegan a jugar con sus compañeros que los invitan, dándoles la posibilidad de jugar un juego de imitación con un tema alegre (unas bodas) o triste (un entierro)[1].
         El juego del entierro o funeral recuerda a Juan el Bautista, que predica la austeridad, mientras que el juego más alegre, de unas bodas, recuerda a Jesús, que compara al Reino con un banquete. Tanto uno como otro, que en el fondo predican el mismo mensaje de salvación pero con métodos distintos, son rechazados por los contemporáneos de Jesús, lo cual muestra que lo que se rechazaba era el mensaje mismo de salvación[2].
         Frente a esta actitud infantil de rechazo del mensaje de conversión, la sabiduría amorosa de Dios queda justificada porque ha hecho todo lo posible para superar la mala voluntad de los hombres que no quieren convertirse.
         Pero el rechazo a la conversión no es privativo de los contemporáneos de Jesús, puesto que se repite aún hoy, dentro de la Iglesia: ¿cuántos cristianos no quieren creer en el infierno, considerándolo como algo irreal e inexistente, pero al mismo tiempo, no les atraen las delicias del cielo, el vivir para siempre en la alegre contemplación de la Trinidad? ¿Cuántos cristianos, niños, jóvenes, ancianos, se comportan como los niños del evangelio de hoy, prefiriendo continuar con sus corazones cerrados a la gracia antes que dejar sus diversiones, sus gustos, sus placeres?
         ¿Cuántos cristianos, ni viven la penitencia y la mortificación del tiempo de Adviento, necesarias para preparar el corazón para el Nacimiento del Niño Dios, pero tampoco viven la verdadera alegría de la fiesta de Navidad, la Santa Misa de Nochebuena, porque festejan en fiestas mundanas y paganas, comiendo y bebiendo en exceso, alegrándose por motivos mundanos, despreciando la sobria alegría de Navidad, el Nacimiento de Dios hecho Niño?
Estos cristianos, cuando la Iglesia les dice que hagan penitencia en Adviento, no la hacen, y al no hacer penitencia en Adviento, están diciendo: "Queremos alegrarnos", malinterpretando el Adviento, porque la penitencia no excluye a la alegría; al mismo tiempo, cuando la Iglesia les dice: "Alégrense y festejen en Navidad, con la verdadera fiesta, la Santa Misa de Nochebuena", en vez de encontrar en la Eucaristía el verdadero motivo de la alegría, que es la Presencia de Dios Hijo en Persona en el sacramento del altar, desprecian la verdadera alegría navideña, para salir a buscar diversión desenfrenada, vacía, mundana y pagana, diversión que nada tiene que ver con el Nacimiento del Niño Dios.
¿Qué relación tiene el alcohol que los jóvenes consumen en exceso, con el Niño Dios? ¿Qué tienen que ver los atracones de comida de los adultos, con el Pesebre de Belén? ¿Qué tienen que ver los regalos materiales y el afán desenfrenado de consumo, con la serena y alegre austeridad de Navidad, consecuencias en el alma de saber que Dios se ha encarnado, ha nacido como Niño y prolonga su Encarnación y  Nacimiento en la Eucaristía?
         "No queremos la penitencia de Adviento; no queremos la verdadera fiesta de Navidad, la Santa Misa de Nochebuena; queremos nuestra propia alegría y nuestra propia diversión, la alegría y la diversión que nos dan nuestras pasiones y nuestros placeres; no queremos saber nada con el Niño Dios".
         Lamentablemente, este es el pensamiento de muchos cristianos, que se comportan como los niños del evangelio de hoy.
        


[1] Cfr. Orchard et al., Comentarios al Nuevo Testamento, Tomo III, 389.
[2] Cfr. Orchard, ibidem.