"¿A qué se parece esta generación?"
(cfr. Mt 11, 16-19). Al comprobar la dureza de corazón de aquellos que no se
quieren convertir por ningún motivo, ni por la prédica del Bautista, que llama
a la penitencia y al ayuno, ni por la prédica suya, que compara el Reino con un
banquete de bodas, con una fiesta, Jesús los compara a unos niños engreídos y
soberbios que se niegan a jugar con sus compañeros que los invitan, dándoles la
posibilidad de jugar un juego de imitación con un tema alegre (unas bodas) o
triste (un entierro)[1].
El juego del entierro o funeral
recuerda a Juan el Bautista, que predica la austeridad, mientras que el juego
más alegre, de unas bodas, recuerda a Jesús, que compara al Reino con un
banquete. Tanto uno como otro, que en el fondo predican el mismo mensaje de
salvación pero con métodos distintos, son rechazados por los contemporáneos de
Jesús, lo cual muestra que lo que se rechazaba era el mensaje mismo de
salvación[2].
Frente a esta actitud infantil de
rechazo del mensaje de conversión, la sabiduría amorosa de Dios queda
justificada porque ha hecho todo lo posible para superar la mala voluntad de
los hombres que no quieren convertirse.
Pero el rechazo a la conversión no es
privativo de los contemporáneos de Jesús, puesto que se repite aún hoy, dentro
de la Iglesia :
¿cuántos cristianos no quieren creer en el infierno, considerándolo como algo
irreal e inexistente, pero al mismo tiempo, no les atraen las delicias del
cielo, el vivir para siempre en la alegre contemplación de la Trinidad ? ¿Cuántos
cristianos, niños, jóvenes, ancianos, se comportan como los niños del evangelio
de hoy, prefiriendo continuar con sus corazones cerrados a la gracia antes que
dejar sus diversiones, sus gustos, sus placeres?
¿Cuántos cristianos, ni viven la
penitencia y la mortificación del tiempo de Adviento, necesarias para preparar
el corazón para el Nacimiento del Niño Dios, pero tampoco viven la verdadera
alegría de la fiesta de Navidad, la Santa Misa de Nochebuena, porque festejan en
fiestas mundanas y paganas, comiendo y bebiendo en exceso, alegrándose por
motivos mundanos, despreciando la sobria alegría de Navidad, el Nacimiento de
Dios hecho Niño?
Estos cristianos, cuando la Iglesia les dice que hagan
penitencia en Adviento, no la hacen, y al no hacer penitencia en Adviento,
están diciendo: "Queremos alegrarnos", malinterpretando el Adviento,
porque la penitencia no excluye a la alegría; al mismo tiempo, cuando la Iglesia les dice:
"Alégrense y festejen en Navidad, con la verdadera fiesta, la Santa Misa de Nochebuena",
en vez de encontrar en la
Eucaristía el verdadero motivo de la alegría, que es la Presencia de Dios Hijo
en Persona en el sacramento del altar, desprecian la verdadera alegría
navideña, para salir a buscar diversión desenfrenada, vacía, mundana y pagana,
diversión que nada tiene que ver con el Nacimiento del Niño Dios.
¿Qué relación tiene el alcohol que los jóvenes
consumen en exceso, con el Niño Dios? ¿Qué tienen que ver los atracones de
comida de los adultos, con el Pesebre de Belén? ¿Qué tienen que ver los regalos
materiales y el afán desenfrenado de consumo, con la serena y alegre austeridad
de Navidad, consecuencias en el alma de saber que Dios se ha encarnado, ha
nacido como Niño y prolonga su Encarnación y
Nacimiento en la
Eucaristía ?
"No queremos la penitencia de
Adviento; no queremos la verdadera fiesta de Navidad, la Santa Misa de
Nochebuena; queremos nuestra propia alegría y nuestra propia diversión, la
alegría y la diversión que nos dan nuestras pasiones y nuestros placeres; no
queremos saber nada con el Niño Dios".
Lamentablemente, este es el pensamiento
de muchos cristianos, que se comportan como los niños del evangelio de hoy.
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