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miércoles, 7 de noviembre de 2018

Existe una sola familia creada por Dios: papá-varón, mamá-mujer y los hijos, biológicos o adoptados



         Cuando Dios creó al hombre, lo creó varón y mujer y lo creó de manera tal que el varón encontrara en la mujer su mayor contento y felicidad y viceversa, que la mujer encontrara en el varón su mayor contento y felicidad. Y los creó de tal manera que el varón, al unirse a la mujer por amor, formaran una familia, unida por el amor y en su Sabiduría divina dispuso que el fruto de este amor entre el varón y la mujer, fueran los hijos. Los hijos, entonces, son el fruto del amor de los esposos. El amor de los esposos se hace fecunda y, en cierto modo, se prolonga y perpetúa en los hijos. En esta familia, así formada por Dios, compuesta por el papá-varón, la mamá-mujer y los hijos nacidos de esta unión, el hombre encuentra su máxima dicha y felicidad. Si existiera otro modelo de familia, en el que el hombre pudiera ser más feliz y encontrar una mayor plenitud de vida y amor, Dios la habría creado, porque Dios, que es Amor y Sabiduría infinitas, sólo quiere lo mejor para la creatura que más ama, el hombre. Esto quiere decir que, al no haber otro modelo de familia, el modelo que Dios creó en su Sabiduría y Amor, el formado por el varón, la mujer y los hijos, es el modelo más perfecto de familia. Ningún otro modelo de familia puede suplantar o mejorar el modelo original creado por Dios, formado por el papá-varón, la mamá-mujer y los hijos –biológicos o adoptados-.
         En el mundo de hoy, caracterizado por ser un mundo sin Dios, el ser humano sin Dios ha propuesto y propone, continuamente, diversos modelos de familias –dos papás, dos mamás, hijos procreados artificialmente, etc.-, pero ninguno de estos modelos familiares, ni es agradable a Dios, ni es un modelo en el que el hombre encuentre su plenitud, la realización de su amor y su máxima felicidad. Por este motivo, cualquier modelo de familia que se oponga al modelo original de Dios –papá-varón, mamá-mujer e hijos-, es absolutamente contrario a la felicidad del hombre. El cristiano, por lo tanto, no puede aceptar ninguno de los nuevos “modelos familiares”, nacidos de su pensamiento soberbio y contrarios al Amor de Dios. Si el hombre insiste en imponer sus propios modelos familiares, contrarios al designio divino, sólo encontrará en ellos tristeza, dolor, amargura y muerte. Seamos fieles al proyecto de Sabiduría y Amor de Dios, que ha creado, para la plena realización del hombre, a la familia humana compuesta por el papá-varón, la mamá-mujer y los hijos, frutos del amor esponsal.

viernes, 5 de octubre de 2018

La familia planeada por Dios es solo una


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         La familia planeada por Dios es solo una y es la formada por el papá-varón, la mamá-mujer y los hijos, naturales o adoptados. Hoy el hombre ha formado numerosos modelos de familias, pero son todos inventos humanos, anti-naturales y contrarios al plan de Dios. El modelo inventado y deseado por Dios desde toda la eternidad es uno solo y es el único válido, porque Él es el Creador del género humano y sabe qué es lo que le hace falta y lo que necesita el hombre para ser feliz. El varón necesita una mujer; la mujer, un varón; ambos, un hijo; el hijo, necesita un papá-varón y una mamá-mujer. Aun cuando todas las legislaciones del mundo apoyaran los diversos modelos de familias inventados por el hombre, ninguno sería del agrado de Dios y ninguno daría satisfacción plena al hombre.
         Ahora bien, puesto que proviene de Dios, la familia –compuesta por el papá-varón, la mamá-mujer y los hijos- necesitan de Dios, es decir, necesitan estar en comunicación y en unión con Dios. No en vano los Padres de la Iglesia llamaban a la familia “Iglesia doméstica”. La razón por la cual es una Iglesia doméstica es que, al ser creación de Dios, la familia no se entiende sin Dios y esa es la razón por la cual muchas familias entran en crisis en sus diferentes miembros, porque cortan de raíz esta comunicación y unión con Dios. Cuanto más esté la familia unida a Dios, en la fe y en el amor, tanto más recibirá de Él su influjo y su vida divina y tanta más luz y fortaleza de Dios tendrá esa familia. Pero lo opuesto también es realidad y es la razón por la cual las familias se disgregan y sus miembros se dispersan, porque no tienen a Dios en su centro. Para los católicos, la unión con Dios se da por la fe, por el amor y por los sacramentos, de ahí la absoluta necesidad de que la familia frecuente la Iglesia para recibir el influjo vital de la gracia que la Iglesia le comunica a sus miembros por los sacramentos. Una familia sin Dios y sin sacramentos es una familia que se expone a la disolución y a la dispersión de sus miembros. Es de suma importancia, para la familia, esta unión con Dios en la fe y en el amor y esta unión con Dios se da por medio de los sacramentos y por medio de la oración, de ahí que las familias deban congregarse alrededor de un altar en donde se encuentren Jesús Crucificado, la Virgen, San Miguel Arcángel y los santos de mayor devoción de la familia. Una familia que reza unida, permanece unida y se salva unida. Solo cuando la familia vuelva a ser la Iglesia doméstica, en la que todos sus miembros estén unidos a la Trinidad por la fe, el amor y los sacramentos, la familia tendrá la paz y la alegría de Dios.

jueves, 31 de mayo de 2018

Las ciencias de lo natural y sobrenatural, necesarias para la educación plena del joven



         El ser humano es una creatura que, por su esencia racional, busca siempre conocer y desea siempre saber cuál es la razón última de las cosas. Es natural al hombre el deseo de saber; el querer conocer las causas forma parte de su esencia y por eso mismo, desde su más temprana edad, pregunta el porqué, el cómo, el para qué, el cuando, de todo lo que existe y lo rodea pero también de él mismo. Decía Aristóteles que, al nacer, el alma humana era como una “tabula rasa”, como una tabla plana, que busca ser llenada por medio de preguntas y respuestas. En este sentido, la educación tiene una función mayéutica, en la expresión de Platón, por medio de la cual el hombre satisface y sacia esa sed de saber.
         Pero la educación del hombre, ser racional, no se limita al plano de lo creado porque el hombre posee un alma inmortal y por eso mismo está destinado a la eternidad. Por esta razón, la educación, para que la persona alcance verdaderamente su plenitud en todos los ámbitos del ser, no puede nunca limitarse a una educación basada en la ciencia de lo natural: a esta ciencia de lo natural, debe añadírsele, no como complemento, sino como parte esencial de su ser, la ciencia de lo sobrenatural, contenida en la revelación de Nuestro Señor Jesucristo.
         Para que el joven humano alcance su plenitud, debe conocer la ciencia natural, que le enseña las causas del mundo sensible que lo rodea y le satisface la sed de saber que, por esencia, posee, pero a esta ciencia debe agregársele la ciencia de lo sobrenatural, que enseña las realidades del mundo espiritual y le señala el destino de eternidad que le espera, y así satisface la sed de conocer cuál es la Causa Última y Primera del universo visible e invisible, Causa Increada a la cual llamamos “Dios”.
         En otras palabras, una educación basada solo en la ciencia de lo natural está destinada al más completo fracaso, porque es como pretender que un ave vuele con una sola ala. Para volar, un águila necesita de las dos alas, con las cuales puede remontarse hasta el cielo. Para saber la Causa Última de las cosas y así alcanzar la plenitud en el plano del conocimiento, el joven necesita el conocimiento de la ciencia de lo sobrenatural, revelado por Nuestro Señor Jesucristo. Una educación basada en la fe sin razón, está tan destinada al fracaso, como la educación basada en la razón sin fe. Fe –cristiana católica- y Razón son las dos alas con las cuales el joven se eleva, como el águila hacia el sol, hasta Dios, alcanzando así la plenitud de su ser humano.

jueves, 5 de abril de 2018

Una vez caídos en el pecado original, solo Dios podía rescatarnos



         Una imagen puede darnos una idea de lo que significa para nosotros, los seres humanos, el pecado original. Imaginemos un hombre que, distraídamente, camina por el borde una piscina muy profunda, pero que tiene agua solo hasta la mitad, de manera que si alguien cae en ella, no puede salir por sus propios medios[1]. Pues bien, a nuestro hombre de la historia, es lo que le pasó: por caminar distraído, se cayó en la pileta. No se ahogó, porque sabía nadar, pero como las paredes eran muy altas, por más esfuerzos que hiciera, no podía salir de ninguna manera. Si un buen samaritano no hubiera pasado por ahí y le hubiera tendido una cuerda permitiéndole salir, con toda seguridad se hubiera terminado ahogando. Una vez fuera de la pileta, el hombre pensaba así: “Es sorprendente lo imposible que me era salir de allí y lo poco que me costó salir”. Esta simple historia refleja bastante bien la condición de la humanidad después del pecado de Adán y Eva: fue muy fácil caer, pero imposible salir y nunca hubierámos salido del pecado, si Jesucristo no hubiera acudido en nuestra ayuda. El pecado de Adán dejó a toda la humanidad en la situación del hombre del pozo, porque era imposible saldar la deuda del pecado, al haber sido cometido contra Dios que, como es infinito, el pecado se volvió infinito, al ofender a su infinita majestad. Es algo similar a lo que sucede entre los seres humanos: no es lo mismo arrojar un tomate a un hombre cualquiera, que al presidente de la Nación: al que hace esto, le corresponde una pena y un castigo mucho mayor que al primero. Lo mismo pasaba con nosotros después del pecado de Adán: puesto que la ofensa era infinita, al ser la majestad de Dios infinita, era imposible para nosotros, los seres humanos, reparar esa ofensa, porque nosotros no somos infinitos, sino finitos y limitados. Nunca nada que hagamos, aun cuando se tratara del hombre más santo entre todas, podría saldar la deuda contraída por Adán, porque el valor de nuestras acciones buenas es limitado. Pero quien viene en nuestra ayuda, es el mismo Dios en Persona, porque solo Dios podía saldar la deuda contraída, ya que Dios es infinito y sus acciones tienen un valor infinito. Siendo Dios infinito, solo Él podía reparar la malicia infinita del pecado. Para reparar nuestra falta y pagar nuestra deuda, Dios mismo se encarnó, en la Persona del Hijo de Dios: al encarnarse, asumió nuestra naturaleza humana –menos el pecado-, de manera tal que cualquier acción que Jesús realizara –por ejemplo, clavar un clavo en la carpintería de su padre adoptivo, San José-, tenía un valor infinito, porque Él no era un simple hombre, sino Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios. Con la más pequeña de sus acciones, Jesús tenía la facultad de reparar todos los pecados de todos los hombres, desde Adán y Eva hasta el último hombre nacido en el último día de la historia humana, el Día del Juicio Final[2]. Y Jesús hizo mucho más que clavar un clavo para salvarnos –con esto solo podría habernos salvado-: entregó su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad en la cruz, para pagar la deuda del pecado, para vencer a los tres grandes enemigos de la humanidad –el Demonio, el Pecado y la Muerte- y para concedernos la gracia de ser hijos adoptivos de Dios. Con su muerte en cruz, Jesús reparó por nuestros pecados, pero eso no implica que inmediatamente todos somos buenos y santos, porque la satisfacción de Cristo no quita la libertad de nuestra voluntad[3]. Es decir, debemos demostrar a Dios que lo amamos y esa demostración la hacemos toda vez que, libremente, elegimos cumplir su voluntad, expresada en los Diez Mandamientos y en los Mandamientos de Jesús en el Evangelio. Jesús murió en la cruz para pagar la deuda que debíamos a Dios, pero nosotros debemos responderle, libremente, agradeciendo su sacrificio, para así demostrarle que verdaderamente lo reconocemos como nuestro Redentor. Solo así evitaremos encontrarnos entre los hijos de la Serpiente, los hijos de las tinieblas, y seremos verdaderamente hijos adoptivos de Dios, hijos de la luz, hijos de la Virgen.


[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 70-71.
[2] Cfr. Trese, ibidem, 72.
[3] Cfr. Trese, ibidem, 72.

jueves, 30 de noviembre de 2017

La fórmula infalible para que un joven no fracase en los desafíos de la vida


"Camino al Cielo y camino al Infierno"
(Thomas Hawk)

(Homilía en ocasión de Santa Misa en acción de gracias 
por el egreso de la Primaria de un grupo de niños)

         Egresar quiere decir terminar una etapa de la vida con éxito –en este caso, ustedes han finalizado la etapa de la Escuela Primaria- y eso es un motivo para dar gracias a Dios, tal como lo estamos haciendo en esta Santa Misa.
         Pero a la vez, el egresar significa no solo dejar atrás una etapa de la vida, sino el comenzar otra, con nuevos desafíos, con nuevas exigencias, con nuevos esfuerzos, que traerá también éxitos, como así también sinsabores –en el caso de ustedes, niños, esta nueva etapa es, obviamente, la Escuela Secundaria-, sobre todo en estos momentos, en los que el mundo ha tomado una senda que es la opuesta al Camino que conduce a Dios.
         La Iglesia tiene una fórmula para que emprendan con todo éxito la nueva etapa que emprenden, como así también cualquier etapa de la vida. ¿En qué consiste esta fórmula? Para saberlo, imaginemos la siguiente situación: un joven cualquiera va caminando por un sendero, hasta que este sendero se bifurca en dos: un sendero, va hacia un prado florido, todo cubierto de césped, en donde corre un arroyo de aguas cristalinas, y el cielo está limpio, con un hermoso sol; el otro sendero, conduce hacia un bosque oscuro, tan oscuro, que no deja entrar la luz del sol; en este bosque, el que ingresa en él, está rodeado de bestias salvajes, listas para atacarlo; en este bosque hay serpientes venenosas de todo tipo; hay arañas enormes, alacranes, escorpiones, y todo tipo de alimañas. El que se interna en este bosque está solo y rodeado de peligros.
         ¿Qué quieren decir estas imágenes?
         El que elige el sendero que conduce a un prado florido, es el joven que toman a Jesús, el Hijo de la Sagrada Familia de Nazareth, como el modelo para su vida y trata de imitarlo en todo; es el joven que busca vivir en gracia, confesándose con frecuencia y comulgando en la misa dominical; es el joven que lleva en su mente y en su corazón los Mandamientos de la Ley de Dios; es el joven que tiene a la Virgen por Madre, a Dios por Padre y a Jesús por hermano. El que hace esto, vive con su alma en paz, aun cuando sobrevengan innumerables pruebas y desafíos, porque no está solo, sino que Jesús y María están con él y lo libran de todo peligro.
         El bosque oscuro significa el joven que, considerando que ya es grande, no necesita ni de la confesión, ni de la Eucaristía, ni de la oración, ni de Jesús, ni de María. Y, por lo tanto, se aleja de Dios y se interna en un lugar oscuro, rodeado de sombras vivientes, mucho más peligrosas que las fieras salvajes, que las serpientes, las arañas y los escorpiones.
         Entones, si un joven quiere atravesar las etapas de su vida con el alma en paz, que tome el Camino que conduce a Dios, que es Cristo Jesús, que para nosotros, los católicos, se nos entrega en Persona en la Eucaristía y se nos da, con su gracia, en la Confesión Sacramental.

         Por último, recemos todos juntos esta oración: “Oh Jesús crucificado, que estás en la Eucaristía para darme tu Amor. Te doy gracias por la etapa finalizada y te tu gracia y tu auxilio para comenzar con éxito una nueva etapa en mi vida. Nunca dejes que me aparte de Ti y haz que la Virgen, que es mi Madre, me cubra y proteja siempre con su manto y su amor maternal. Que tu Amor y tu gracia, tu Ley de la caridad y tus Mandamientos, estén sellados a fuego en mi mente y en mi corazón. Oh Jesús crucificado, que estás en la Eucaristía para darme tu Amor, ayúdame para imitarte en cada segundo de mi vida terrena, para así poder alabarte y amarte para siempre, en la vida eterna. Amén”.

viernes, 24 de noviembre de 2017

El pecado original


         Al crear al hombre, Dios no se contentó con darle los dones propios de su naturaleza –cuerpo perfecto y alma dotada de inteligencia y voluntad[1]-. Puesto que amaba tanto al hombre, Dios le dio además los llamados “dones preternaturales”, dones que no le correspondían por naturaleza y por los cuales el hombre no sufría ni moría, y además le concedió el don sobrenatural de la gracia santificante, por el cual el hombre vivía con la vida misma de Dios. Estos dones debían pasar, según el plan original de Dios, de Adán y Eva a todos los hombres, es decir, nosotros deberíamos haber nacido con esos dones. Ahora bien, ya que había creado al hombre a su imagen y semejanza, es decir, libre, y además lo había creado solo por amor –Dios no tenía necesidad del hombre- Dios necesitaba que el hombre, por un acto de libre elección, diera una muestra de su amor a Dios, porque Dios creó al hombre para este fin, para que le diera gloria, para que lo glorificara, pero esto el hombre debía hacerlo libremente. Con un acto libre de amor a Dios, el hombre, correspondiendo al acto libre de amor de Dios hacia Él al haberlo creado, habría de sellar su destino sobrenatural de unión con Dios en el cielo[2].
         El amor auténtico consiste en la entrega total, sin reservas, de uno mismo al ser al que se ama. En esta vida, solo hay una forma de probar el amor a Dios y es hacer su voluntad, expresada en sus Mandamientos y en la Ley de la caridad de Jesucristo. Por eso Jesús dice: “Si me amáis, cumpliréis mis Mandamientos” (Jn 14, 15). El que ama a Dios cumple sus Mandamientos por amor a Él, no por temor a ser castigado –aunque Dios sí puede castigar-. Para que el hombre pudiera probar su amor hacia Él, es que Dios le dio un mandato, uno solo: que no comiera del fruto de cierto árbol. Este acto de obediencia, por parte del hombre, era la prueba de amor que Dios necesitaba del hombre: al obedecerlo, el hombre manifestaría que prefería a Dios y su mandato, antes que su propia voluntad.
         Ahora bien, Adán y Eva fallaron en la prueba porque cometieron el primer pecado, que por ser el primero se llama “original”. No fue solo desobediencia, sino ante todo soberbia, porque en vez de oír a su Creador, abrieron sus oídos a las palabras del Tentador, quien les dijo que si desobedecían a Dios, iban a ser como Él, es decir, iban a ser “como dioses” (cfr. Gn 3, 5).
El pecado de Adán y Eva no tiene atenuantes ni excusas, porque ellos no eran ignorantes ni débiles, como nosotros; pecaron con total claridad de mente y dominio de las pasiones por la razón. Al igual que hizo el Diablo en el cielo, que se eligió a sí mismo en vez de a Dios, así hicieron Adán y Eva: se eligieron a sí mismos, antes que a Dios[3]. Y lo mismo sucede, en cierto sentido, con todo pecado: en la elección de uno mismo, antes que los Mandamientos de Dios.
         El pecado consiste precisamente en esto: en la elección de uno mismo, de nuestra propia voluntad, antes que la voluntad de Dios. Por eso, ante la tentación –la tentación en sí misma no es pecado; se convierte en pecado cuando se consiente la tentación-, un buen recurso es pedirle a la Virgen que nos haga recordar las palabras de Jesús en el Huerto de Getsemaní: “Que no se haga mi voluntad, oh Dios, sino la tuya” (cfr. Lc 22, 42). Si bien Jesús en el Huerto no eligió entre el pecado o la gracia, puesto que no podía pecar al ser Dios, sino que eligió la voluntad de Dios que era que Él muriera en la Cruz para salvarnos, su ejemplo y la participación en su vida por la gracia, sí nos pueden ayudar para que, puestos en la disyuntiva entre elegir la voluntad de Dios, manifestada en los Mandamientos, y nuestra propia voluntad, elijamos la voluntad de Dios –que siempre es santa y por lo tanto consiste en el cumplimiento de sus Mandamientos- y no la nuestra –que, debilitada por la mancha del pecado original, se siente atraída por la concupiscencia-.


[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 66.
[2] Cfr. Trese, ibidem.
[3] Cfr. Trese, ibidem.

martes, 21 de noviembre de 2017

De nada sirve triunfar en la vida si Dios no está en nosotros


(Homilía en la Santa Misa en acción de gracias por el egreso de la Escuela Primaria de un grupo de niños)

         Cuando finaliza una etapa en la vida, como sucede en el caso de ustedes, que están finalizando la etapa de la Escuela Primaria, se ingresa siempre en una nueva etapa. En este caso, para ustedes, niños, es, obviamente, desde el punto de vista de los estudios, la etapa de la Escuela Secundaria. Y una vez que finalice esta etapa, vendrá una nueva, que pueden ser ó continuar estudiando, ó comenzar a trabajar, para formar una familia, etc. Cada uno seguirá por un camino distinto, según sus capacidades y sus esfuerzos. Cada etapa de la vida tiene sus particularidades, sus más y sus menos, sus enseñanzas, sus pruebas, sus dificultades, y también sus alegrías y tristezas.
         En todo este sucederse de etapas, sin embargo, hay algo que no debe nunca dejar de tener en cuenta un niño y un joven cristiano, y son las palabras de Jesús: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo, si pierde su alma?” (Lc 9, 25). Estas palabras de Jesús son hoy más actuales que nunca, porque en la sociedad en la que vivimos, hay como una presión para hacer cosas que no siempre son buenas para las personas, como por ejemplo, el querer tener muchas cosas, muchos bienes, mucho dinero, o sino el tener fama, éxito, salir en la televisión, ser famoso, etc. Hay que prestar mucha atención, porque todas estas cosas no son buenas, no solo porque no dan paz al alma –aunque una persona sea la persona más rica del mundo, la riqueza no puede comprar ni un segundo de paz verdadera-, sino que la mayoría de estas cosas, alejan a la persona de Dios. Y fuera de Dios, nadie es feliz, ni tiene paz, ni se siente bien.
         En nuestro mundo, muchos ofrecen ganancias de dinero rápida, pero haciendo cosas que son contrarias a los Mandamientos de la Ley de Dios. Si alguien hace esto, puede ser que gane mucho dinero, pero perderá su alma para siempre en el Infierno. Por eso hay que tener siempre presentes las palabras de Jesús: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo, si pierde su alma?”. Es decir, ¿de qué sirve ganar dinero ilícitamente, si así condenamos nuestra alma en el Infierno? A aquel que desee vivir cumpliendo los Mandamientos de Dios, no le faltará absolutamente nada, porque Dios es un Padre amoroso que sabe qué es lo que nosotros, sus hijos adoptivos, necesitamos. Quien cumple los Mandamientos de la Ley de Dios, muy probablemente no ganará el mundo, es decir, no obtendrá abundancia excesiva de bienes materiales, pero sí ganará su alma para la vida eterna, y al final, eso es lo que cuenta, como dice Santa Teresa: “El que se salva, sabe, y el que no, no sabe nada”.

         Al comenzar una nueva etapa en la vida, hagamos el propósito entonces de tener siempre en la mente y el corazón los Mandamientos de la Ley de Dios y las palabras de Jesús: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo, si pierde su alma?”.

viernes, 17 de noviembre de 2017

Los ancestros del hombre no son los simios, sino Adán y Eva


La creación del hombre
(Miguel Ángel Buonarotti)

         Mal que le pese a los evolucionistas y aunque si fuera verdad, la Iglesia no tendría problemas en admitir la hipótesis –siempre y cuando se admita la creación del alma por parte de Dios en el momento en el que el “eslabón perdido” pasa a ser de mitad simio y mitad hombre, a hombre completo-, la teoría de la evolución está cada vez más lejos de ser comprobada científicamente[1]. Esto quiere decir que no pasa de una mera hipótesis, debido a que, en las investigaciones científicas, nunca fue encontrado el denominado “eslabón perdido”. Después de todo, para el punto de vista de la fe, es irrelevante si venimos del mono o no, porque si fuera cierto, como dijimos, en algún momento ese ser a mitad de camino entre simio y hombre, en el momento en el que pasaría a ser hombre, Dios le infundiría un alma, creando así la especie humana, formada por Adán y Eva. Tanto si venimos del simio, como si fuimos creados directamente por Dios –como lo sostiene la Iglesia Católica-, en las dos teorías, nuestras almas serían creadas por Dios inmediatamente al ser creado –o evolucionar- el cuerpo humano, y así tendríamos a los primeros especímenes de la raza humana, Adán y Eva[2].
         Lo que debemos creer y lo que el Génesis enseña con toda claridad es que el género humano desciende de una pareja original y que las almas de Adán y Eva (como las almas de cada uno de nosotros) fueron directa e inmediatamente creadas por Dios. Esto es así porque el alma es espíritu y no puede de ninguna manera “salir” de la materia y tampoco puede heredarse de los padres (al contrario del cuerpo, cuyos genes que lo constituyen, sí se hereda de los padres). El alma humana es creada por Dios en el mismo momento en el que se produce la concepción (de esto vemos que el embrión humano ya es un ser humano, distinto al ser de la madre y del padre). Por el alma, nos diferenciamos de los animales, que sólo buscan cosas de la tierra y se dejan guiar por sus instintos corporales: gracias al alma, el hombre eleva su mirada hacia las cosas espirituales, desea el cielo, desea vivir siempre, reconoce y ama la belleza, conoce la Verdad y ama el Bien[3].
         El antepasado del hombre no es, por lo tanto, el simio, sino la primera pareja humana, Adán y Eva. Ellos no eran hombres corrientes como nosotros, sometidos al envejecimiento, al dolor y a la muerte, sino que Dios los creó dotados de dones especialísimos, como por ejemplo, los dones “preternaturales” –aunque no pertenecen a la especie humana por derecho, la especie humana tiene la capacidad de recibirlos por don divino-, como por ejemplo, sabiduría y conocimiento de Dios y del mundo, de modo claro y sin esfuerzos; su voluntad controlaba las pasiones y los sentidos, lo cual hacía que tuvieran siempre paz en sus almas. No podían morir y no podían sufrir enfermedades, como tampoco podían envejecer. Al terminar la vida temporal, habrían entrado en la vida eterna con cuerpo y alma, sin pasar por la experiencia dolorosa de la muerte. Entre los dones sobrenaturales, estaba la Presencia del Espíritu Santo en sus almas y para graficarlo, podemos imaginar una transfusión de sangre: así como el paciente se une al donante al recibir su sangre, así las almas de Adán y Eva estaban unidas a Dios por el Amor de Dios y esta vida que vivían era la vida de la gracia santificante[4]. Dios los hacía participar de su vida en la tierra, para continuar haciéndolos participar de su vida en el cielo. Ahora bien, todo esto lo arruinó el pecado original. Como vemos, el pecado arruina la obra de Dios. Sin embargo, puesto que a Dios nadie puede ganarle –ni el pecado, ni la muerte, ni el Demonio-, Dios envió a su Hijo Jesucristo para destruir al pecado, para vencer a la muerte, para vencer para siempre al Demonio, con su Pasión y Muerte en Cruz. Dios siempre vence. Cuando experimentemos alguna dificultad o tribulación, o tentación, digamos siempre: “Dios mío, en tu nombre puedo vencer a los enemigos de mi salvación”.



[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, 61ss.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.

viernes, 27 de octubre de 2017

Cómo creó Dios al hombre


         En la Sagrada Escritura se narra cómo fue creado el hombre: todos los seres humanos descendemos de Adán, el primer varón, y Eva, la primera mujer. No hay otra verdad posible acerca del origen del hombre, que esta, atestiguada por la Escritura y confirmada por el Magisterio de la Iglesia[1].
         En cuanto al origen del hombre, existe lo que se denomina la teoría de la evolución, que afirma que el hombre proviene del mono, pero es completamente falsa, pues no hay ninguna prueba que lo atestigüe. El hombre proviene por modo de creación, de Dios, quien lo creó a su imagen y semejanza. No hay problemas en decir que puede haber habido una evolución en el mundo material, pero eso no descarta que Dios es el Creador de todo lo que existe, visible e invisible. Con respecto a la evolución de la materia orgánica, la que tiene vida, no hay ni una sola prueba que indique tal evolución. Por ejemplo, no hay ninguna creatura intermedia entre el mono y el hombre, o entre el perro y el lobo, y así con todas las creaturas vivas.
         Podría haber sido verdad, pero eso no altera nuestra fe, nuestra creencia de que es Dios quien creó al hombre. Lo importante es que, en un momento determinado, cuando pasó de mono al hombre, en ese momento, Dios le infundió el alma espiritual, para el macho y la hembra de la especie, y en ese momento, se obtuvo el primer hombre y la primera mujer. Sería igualmente cierto que Dios creó al hombre del barro de la tierra y le insufló el alma viviente, que dio vida humana a su cuerpo humano[2].
         Lo que debemos creer, porque así nos lo revela el Génesis y nos lo enseñan la Tradición y el Magisterio, es que el género humano desciende de una pareja original y que las almas de Adán y Eva fueron creadas directamente e inmediatamente por Dios. El alma es espíritu; no puede, de ninguna manera, “evolucionar”, “ser educida”, o “proceder” de la materia, como tampoco puede heredarse de nuestros padres. Los padres son cooperadores, con Dios, en la formación del cuerpo humano, pero el alma espiritual ha de ser creada inmediatamente por Dios e infundida en el embrión en el seno materno.
         El “eslabón perdido”, está tan perdido, que no ha sido todavía encontrado, y con toda seguridad, jamás será encontrado, porque no existe. De todas maneras, sea cual sea la forma que Dios eligió para hacer nuestro cuerpo –con o sin evolución de por medio-, es el alma lo que importa más, porque por ella, el hombre se eleva más allá de las pasiones terrenas y carnales y eleva la vista a la Belleza Increada, la Verdad Absoluta el Amor Eterno, al cual llamamos “Dios”[3].



[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 62-63.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

jueves, 19 de octubre de 2017

Dios creó al hombre a su imagen y semejanza


         Dios, que Es y existe desde toda la eternidad, no tiene necesidad del hombre, ni de los ángeles, ni de nada, para ser lo que Es: Dios eterno de majestad infinita. Sin embargo, a pesar de no tener necesidad de los hombres y de los ángeles, los creó a ambos, con un solo fin: que ambos fueran felices eternamente, contemplándolo a Él en su hermosura divina. Es por eso que ni el hombre, ni el ángel, pueden ser felices con nada que no sea Dios mismo, y es la razón por la cual el hombre es sumamente infeliz si se aleja de Dios, para buscar su alegría y felicidad en cosas creadas, que no son Dios y por lo tanto no pueden apagar en su alma el deseo de Dios que lleva desde su creación.
         De entre todas las creaturas, el hombre es la creatura predilecta de Dios y a tal punto, que lo creó a su imagen y semejanza. ¿En qué consiste esta creación del hombre? Consiste en la unión del cuerpo, material, y del alma, espiritual; una unión tan profunda que se llama substancial, lo cual quiere decir que ni el cuerpo solo es persona, ni el alma sola es persona. Solo la unión del cuerpo y del alma puede ser llamada “persona” y es la persona humana, así creada, la que fue creada a imagen y semejanza divina. El hombre tiene entonces dos componentes, el cuerpo y el alma; el cuerpo, al ser material, no es la imagen en el hombre, aun cuando el cuerpo, al ser considerado en su estructura anatómica, en su fisiología, en la interacción de los órganos entre sí, sea una muestra de la Sabiduría y del Amor de Dios; aun así, no radica en el cuerpo la imagen de Dios, puesto que, desde el inicio, Dios es Espíritu Puro, mientras que el cuerpo es material pura.
         Es en el alma en donde radica la imagen de Dios en el hombre, y veremos de qué manera. El alma, al ser espiritual, posee inteligencia y voluntad, esto es, capacidad de pensar y de amar, y considerada en sí misma, es invisible, inmaterial e indivisible (no se pueden separar sus partes, porque no tiene partes, como sí las tiene el cuerpo)[1]. El alma es inmaterial, es decir, no tiene átomos ni moléculas, propio de la materia. Tampoco se puede medir, porque el espíritu no tiene longitud (no hay un alma “más alta” que otra, como en el caso de los cuerpos); tampoco tiene anchura, profundidad o peso. Por esta razón, el alma está toda entera en todas y cada una de las partes del cuerpo al mismo tiempo; no está una parte en la cabeza, otra en la mano y otra en el pie. Esto quiere decir que si al cuerpo se le corta un brazo o una pierna, por un accidente o por una cirugía, no se pierde una parte del alma; simplemente, nuestra alma ya no está en lo que no es más parte del cuerpo vivo. El alma es la que da vida al cuerpo y cuando el cuerpo, como consecuencia de la edad y del desgaste propio del paso de los años, no puede continuar su función, el alma se desprende del cuerpo y el cuerpo queda muerto, sin vida, y es lo que llamamos “muerte”[2]. El cuerpo muere y comienza a descomponerse en sus partes, porque ya no está el alma, que le daba vida y lo mantenía unido en sus partes; el alma, a su vez, continúa viviendo, porque el alma es inmortal, no muere con la muerte terrena, ni tampoco es aniquilada por Dios. Simplemente, luego de morir el cuerpo, el alma continúa viva. No puede destruirse nada en ella porque no tiene partes y porque es inmaterial  -es lo que se llama una “substancia simple”-; al no tener partes, no hay nada en ella que pueda descomponerse o disgregarse, como sí sucede con el cuerpo.
         Es en el alma en donde radica, propiamente, el ser imagen y semejanza de Dios. Una imagen y semejanza imperfectas, porque nuestra naturaleza humana es muy limitada, pero imagen y semejanza al fin. La imagen de Dios en el alma, radica en que es espiritual, como Dios, que es Espíritu Puro, pero también radica en la inteligencia, es decir, en la capacidad de conocer la esencia de las cosas, además de comprender y conocer verdades, el poder razonar y deducir, el hacer juicios sobre el bien y el mal; esta capacidad del alma, de entender, es imagen de Dios, que todo lo sabe y todo lo conoce. La otra imagen y semejanza está en nuestra voluntad, por la que deliberadamente decidimos hacer una cosa o no, es decir, es la potencia del alma por la cual somos libres, lo cual es semejanza de Dios, que es infinitamente libre.
         La vida íntima de Dios consiste en conocerse a sí mismo (Dios Hijo) y amarse a Sí mismo (Dios Espíritu Santo), por lo que tanto más nos acercamos a la divina Imagen, cuanto más utilizamos nuestra inteligencia para conocer a Dios –por la razón, por la fe y, en la eternidad, por la luz de la gloria-; y cuanto más utilizamos nuestra libre voluntad para amar libremente al Dador de nuestra libertad, Dios.



[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 58-59.
[2] Cfr. Trese, ibidem.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

El hombre, creado para Dios, cae del Paraíso por su rebelión contra su Creador (Parte 2)


         El cuerpo humano, en su anatomía y fisiología, y cualquiera sea el órgano o sistema que se considere, es un prodigio de sabiduría, por la precisión científica con la que ha sido creado, y de amor, por la hermosura con la que Dios lo ha creado[1].
         Con todo, el cuerpo no es lo más valioso que tenemos, ya los seres humanos estamos compuestos por una parte material –el cuerpo- y una parte espiritual –el alma-, que es quien le da vida y le permite que sus partes estén cohesionadas y vivas. De hecho, cuando se produce la muerte, que es la separación del cuerpo y del alma, el cuerpo, sin el principio vital que es el alma, empieza a descomponerse, empieza el proceso de putrefacción, porque era el alma la que tenía con vida y con todas sus partes y componentes unidos.
         Entonces, al igual que los animales, los hombres tenemos un cuerpo material, pero no somos animales, sino que somos superiores a ellos, porque tenemos un alma espiritual, y esto nos hace semejantes a los ángeles, aunque somos inferiores a ellos por tener cuerpo. En el hombre están unidos y convergen el tiempo y la eternidad –el alma es inmortal y hecha para la eternidad-, la materia y el espíritu, y solo los dos componentes unidos, hacen una sola substancia completa, el ser humano[2].
         Lo admirable en el hombre es que el cuerpo ha sido hecho para el alma y el alma para el cuerpo, y se unen de modo tan íntimo y profundo, que uno no puede permanecer sin el otro, al menos en esta vida. No es una unión accidental, como cuando se sueldan dos trozos de metal; pero sí es unión como cuando esos trozos de metal se funden, porque ahí ya no son los dos trozos separados, sino una nueva substancia. De igual modo sucede con el cuerpo y el alma, para formar esa substancia que llamamos “hombre”[3].
         Es importante saber esto, para comprender el modo en que alma y cuerpo están unidos: si me corto un dedo, no sufre sólo mi cuerpo, sino también mi alma. Y si estoy apenado, o iracundo, eso se manifiesta en mi cuerpo, por ejemplo, con el cambio en el ritmo cardíaco o en el enrojecimiento facial. Todo esto nos sirve para darnos cuenta de cuánto amor nos tiene Dios, al crear algo tan perfecto y maravilloso como es el ser humano, compuesto de cuerpo y alma y es un incentivo y aliciente no solo para agradecer por tanto amor, sino también para cuidar, del mejor modo posible, nuestra alma y nuestro cuerpo, para así glorificar a Dios.



[1] Cfr. Leo J.  Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 57ss.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

miércoles, 2 de agosto de 2017

El hombre, creado para Dios, cae del Paraíso por su rebelión contra su Creador (Parte 1)


         El hombre –con este término se designan los componentes del género humano, varón y mujer-, al estar formado de cuerpo material y de alma espiritual, es como un puente entre el mundo del espíritu y el mundo de la materia[1].
         El alma del hombre es espíritu, de una naturaleza similar al ángel; su cuerpo es materia, similar en naturaleza a los animales. Es decir, el hombre no es, ni espíritu puro, como los ángeles, ni solo materia, como los animales: está compuesto por la unión indisoluble de ambos, espíritu y materia, y por eso está relacionado con los dos mundos. No es ángel, pero tampoco bestia, aunque comparte rasgos de ambas naturalezas. Es un “animal racional”, entendiendo por “racional” su alma espiritual y por “animal” su cuerpo físico. Vive en el tiempo, pero está destinado a la eternidad. No perece sin dejar rastro, como los animales, que tienen un alma no espiritual y por ese motivo, cuando mueren, simplemente dejan de existir; al morir, el hombre continúa siendo hombre, porque si bien su cuerpo está destinado a la corrupción, su alma, por el hecho de ser espiritual, es inmortal y, por lo tanto, destinado a la vida eterna.
         Como los animales, el hombre tiene cuerpo material, pero es más que un animal, porque tiene inteligencia y voluntad; como los ángeles, el hombre tiene un espíritu inmortal, pero es menos que un ángel, porque está limitado por el cuerpo y además porque la naturaleza angélica es superior, por sí misma, a la naturaleza humana. Tanto el cuerpo, como el alma, son prodigios maravillosísimos que reflejan la Sabiduría y el Amor infinitos de Dios. Cuando se estudia el cuerpo humano, con su anatomía y su fisiología, no puede no asombrarse por la increíble precisión científica con la cual fue creado; con todo, el cuerpo es lo menos valioso que tenemos, porque el alma, al ser espiritual, es de mucho mayor valor, y al analizar su composición y sus funciones –entender, amar, elegir-, lo único que cabe es la admiración, por la hermosura del alma. Y de inmediato, la contemplación, tanto del cuerpo como del alma, elevan el pensamiento y el corazón a Dios, que es su Creador, que creó al hombre a su imagen y semejanza, y en esa elevación del pensamiento y del corazón, sólo cabe la gratitud por habernos creado superiores a los animales, semejantes a los ángeles por el alma, y semejantes a Él por la capacidad de pensar, amar y elegir. Es aquí cuando se entiende la tercera parte del Primer Mandamiento: “Amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo”. El amor a nosotros mismos se demuestra con el cuidado del cuerpo y del alma, manteniendo la pureza, tanto de uno como de otro.




[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 55.

jueves, 25 de mayo de 2017

¿Quién es Dios y cómo se lo puede conocer?


         Ante todo, veamos que NO es Dios: Dios NO es una idea, en el sentido de que la idea es algo que sólo existe en mi pensamiento, pero no en la realidad. Tampoco es algo material, porque es Espíritu Puro[1]. Si fuera algo material, todo lo material, formado por átomos –núcleos, protones, electrones-, termina por corromperse o destruirse, por lo que Dios no puede ser materia, sino espíritu, ya que el espíritu, por definición, no tiene partes y no tiene nada que pueda romperse, separarse, corromperse. Es una substancia espiritual simple, lo cual quiere decir inmortal, que no muere nunca, pero es una substancia espiritual perfectísima, porque Dios es Espíritu Puro Perfectísimo. También los ángeles son substancias espirituales y también nuestras almas son substancias espirituales, pero tanto en los ángeles como en nosotros, nuestros espíritus son inmortales, pero comenzaron a existir en algún momento –además, en nuestro caso, nuestro espíritu está unido a la materia, el cuerpo, que sí puede corromperse y separarse en sus componentes materiales en el momento de la muerte-, lo cual no se da en el caso de Dios, puesto que Él ES desde siempre, y será siempre, sin que nadie le haya dado la vida y la existencia, y sin que nadie se la pueda quitar jamás. Entonces esta es una primera aproximación a nuestra pregunta de quién es Dios: es Espíritu Purísimo, Perfectísimo –infinitamente perfecto, dice el Catecismo- y como tal, Inmortal e Invisible. Todo lo que es bueno, deseable o valioso, se encuentra en Dios en forma ilimitada. De Dios depende todo lo bueno, verdadero y hermoso que hay en la Creación: un paisaje hermoso, es participación de su hermosura infinita; una verdad, es participación de su condición de ser Él la Verdad en sí misma; lo bueno que hay en las personas o en las cosas, es una participación a la Bondad en sí misma que es Dios.
El mal que existe, no fue creado por Dios, sino que se origina en el pecado, que nace en el corazón del hombre, y en el Diablo, por “cuya envidia entró la muerte en el mundo”.
Dios todo lo conoce y lo sabe, y conoce nuestros pensamientos antes de que los formulemos, y conoce también nuestros deseos, antes de que salgan de nuestros corazones, porque es la Sabiduría en sí misma. Con su Sabiduría infinita, Él creó el mundo con perfección científica, y creó también la mente humana que puede estudiar las cosas con perfección científica, por eso es que no hay contradicción entre ser científico y creer en Dios. Dios creó las cosas con hermosura, y es por eso que el artista puede reflejar, en sus obras, esa chispa de la hermosura divina que es la Creación, y es la razón por la cual no hay contradicción entre ser artista y creer en Dios. Dios es la Causa Primera de todo lo creado, y sin Él, nada de lo creado puede explicarse: así como si vemos una torta de chocolate en la mesa, no decimos que “salió de la nada”, sino que sabemos que fue un repostero el que la hizo, así también con el mundo creado, visible e invisible: es imposible que “salga de la nada” algo que está hecho con tanta precisión científica y, al mismo tiempo, con hermosura. Esta es la razón por la cual podemos conocer a Dios mediante la Naturaleza, porque la Naturaleza nos refleja la infinita Sabiduría y el infinito Amor de Dios, que es su Creador.
Dios está en todas partes, en todo el universo, porque en todas las cosas está sosteniéndolas en el ser con su poder divino; si Dios no las sostendría, desaparecerían en el acto. Si una nave espacial viajara miles de millones de años luz y llegara a un planeta lejanísimo, Dios estaría Todo ahí, porque Dios está Todo Él en todas partes.
Dios es también omnipotente, es decir, infinitamente poderoso, pero eso no quiere decir que pueda hacer cosas sin sentido o irracionales, como por ejemplo, un círculo cuadrado, y tampoco puede hacer el mal, es decir, no puede pecar, porque el pecado es malicia y Dios es la Bondad Increada e infinita en sí misma; es la santidad Increada en sí misma, y sin Él, nada es santo ni bueno.
Por último, Dios es Misericordioso, y esto quiere decir que no hay ningún pecado que Dios no perdone, a condición de que el hombre se arrepienta de su pecado, y esto porque además de ser Misericordioso, es infinitamente Justo, y sería injusto si alguien, cometiendo un pecado, no quisiera arrepentirse del mal realizado y Él lo mismo lo perdonara: le estaría dando a esa persona algo que esa persona no quiere, y es el perdón.
Todo esto es lo que queremos decir cuando decimos que “Dios es un espíritu infinitamente perfecto”[2].



[1] Cfr. Leo J. Trese, La fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 31-37.
[2] Cfr. Trese, ibidem.

viernes, 26 de agosto de 2016

El mejor estudiante es el que cree en Dios


         ¿Por qué? Primero, recordemos una frase del Papa Juan Pablo II: “La fe y la razón son como dos alas con las cuales el espíritu humano se eleva a la contemplación de la Verdad”. Y la Verdad es Dios, que es como un sol. Es decir, el Papa compara al hombre con un ave, por ejemplo, un águila, que con sus dos alas, se eleva hasta el sol. Un ala, es la razón; la otra, es la fe. Es algo parecido a la canción “Aurora”, en donde a nuestra Bandera Nacional se la compara también con un águila: “…azul un ala, del color del cielo, azul un ala, del color del mar…”.
         Pero, ¿por qué razón el mejor estudiante es el que cree en Dios?
         Porque con su razón, la inteligencia humana, al estudiar lo creado, se da cuenta que eso creado no se puede explicar si no es porque Alguien –Inteligente y con Amor- lo creó, lo puso ahí. Además, se da cuenta que la misma razón con la que estudia, no se explica si no es por Alguien –Inteligente y con Amor- que le dio la inteligencia con la que estudia. Ése Alguien, Inteligente y con Amor, es un Ser perfectísimo, al que llamamos Dios.
         Así vemos cómo, el que mejor usa la razón, se da cuenta de que Dios existe, y entonces, cree, es decir, por la razón, llega a la fe. Son las dos alas del águila, que la hacen elevarse al cielo, hasta el sol. Así, tenemos las dos alas, la fe y la razón, para elevarnos, como las águilas, hacia ese Sol de justicia que es Dios.
         Por último, ¿qué sucede cuando a un ave le falta un ala, o cuando está herida gravemente en un ala? No puede volar, obviamente. Entonces, el mejor estudiante, que no es el que tiene todo “diez”, sino el que usa las dos alas: la fe y la razón. Ni razón sin fe, ni fe sin razón.
         Cuando hagamos ciencia, arte, tecnología, educación, alabemos a Dios, porque nos dio la inteligencia para descubrir la hermosura de la Creación, y porque nos dio la hermosura de la Creación, para que la descubramos con la inteligencia.
         Seamos como esas águilas que, con las dos alas, se elevan hasta el sol de Justicia, Dios.

         Seamos los mejores estudiantes, que estudiamos y creemos en Dios, y en Dios Encarnado, Jesucristo.

miércoles, 24 de agosto de 2016

Ser buen científico implica, necesariamente, creer en Dios


         En nuestros días, en la comunidad científica, prevalece la falsa idea de que no se puede ser científico y, al mismo tiempo, creer en Dios. Por el contrario, pareciera ser que, para ser un buen científico, es necesario descartar de plano la existencia de Dios. Esto se basa en una falsa suposición: de que fe y razón son antagónicas, contrapuestas entre sí y por lo tanto, incompatibles. Es como decir: “Si razonas, no crees, y si crees, no razonas”. Sin embargo, eso es absolutamente falso, como decimos, porque como dice Juan Pablo II, “la fe y la razón son dos alas con las cuales el alma se eleva a la contemplación de la verdad”[1], la Verdad de Dios, Dios, que es la Verdad Absoluta en sí misma. Tanto la fe, como la razón, contemplan una misma y única Verdad, esa Verdad que es Dios en sí mismo, aunque lo hacen desde perspectivas distintas: la razón, con su capacidad de escrutar “desde abajo”; la fe, con su poder intuitivo, que ve a la Verdad “desde arriba”, si así podemos decir. Se trata de dos aproximaciones distintas, desde distintos ángulos de vista, pero que contemplan un mismo y único objeto, que es la Verdad Absoluta de Dios, de quien deriva, por participación, todo lo que es verdad en la creatura.
         Y aquí, en lo creatural, es decir, en aquello que es objeto de la ciencia y por lo tanto de la razón, encontramos un motivo más para superar la falsa oposición entre fe y razón: lo creado, es lo que tiene el ser por participación, lo cual quiere decir que no se explica ontológicamente, si no es por referencia al Acto de Ser, Imparticipado por esencia y Causa de todo ser participado. En otras palabras, el ser creado, que es el objeto de estudio de la ciencia y de la razón, proviene del Ser Increado, al que llamamos “Dios”, y esto es un motivo para afirmar, por la razón, la existencia de Dios, es decir, por la razón, afirmamos los datos de la fe, con lo que vemos que una y otra no son incompatibles. Por otra parte, aquello con lo cual la ciencia estudia lo creado, la razón misma, proviene de Dios, por cuanto la razón es una potencia intelectiva de una creatura que, por ser creatura y participada, no se explica sin la referencia al Acto de Ser Increado, el Ipsum Esse Subsistens. En otras palabras, si el objeto de estudio de la razón, lo creado, afirma la existencia de Dios, aquello con lo cual la ciencia estudia lo creado, la razón o mente humana, también afirma la existencia de Dios, por cuanto la razón pertenece a un ser creado, el hombre, que, por definición, no se explica por sí mismo, sino en referencia a Aquel Ser del cual participa, Dios. Por ambos lados, tanto por el objeto estudiado, como el “instrumento” que estudia el objeto, la razón humana, se afirma la existencia de Dios, con lo que vemos que no es incompatible ser un buen científico y creer en Dios. Aún más, el buen científico es aquel que, haciendo uso preciso de su razón, descubre, en su misma razón y en aquello que su razón estudia y contempla, la existencia de un Ser absolutamente Otro, ontológicamente hablando, y es el Acto de Ser de Dios. En resumen, un buen científico es el que cree en Dios.
       Además, si la Fe y la Razón son dos alas, cuando a un ave le falta un ala, ¿qué le sucede? No puede volar. Esto quiere decir que, en el científico no debe haber, ni razón sin fe, ni fe sin razón, sino razón y fe, unidas para contemplar la Verdad Absoluta, Dios.





[1] Cfr. Encíclica Fides et Ratio, Introducción.