jueves, 1 de septiembre de 2016

Joven, ¿sabes todo lo que te pierdes cuando decides no ir a Misa?


Cuando se pregunta a un joven cuáles son los motivos por los cuales no asisten a Misa –dominical-, suelen dar las siguientes razones: la Misa es aburrida, no es divertida; prefiero quedarme a dormir; suelo salir los sábados a la noche y por eso descanso todo el domingo; voy a jugar al fútbol; tengo muchas ocupaciones. Y como estas, muchas similares.
Ahora bien, cuando a estos mismos jóvenes –se supone que ya han hecho la Comunión y la Confirmación, es decir, tienen, como mínimo, cada uno, tres años de formación catequética- se les pregunta: “¿Qué es la Misa?”, hay un porcentaje de respuestas, cercano al 100%, que coinciden en decir que “no saben” qué es la Misa (entendida como renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la cruz).
¿Qué responder? Lo primero a tener en cuenta, es que decir “divertido-aburrido” no se aplica a la Santa Misa, porque la Misa no es ni divertida ni aburrida; es algo infinitamente más que eso, es un misterio fascinante, es el misterio de Nuestro Señor Jesucristo que, por el poder del Espíritu Santo, hace en la Misa lo mismo que hace en la cruz. Lo que sucede es que en la Misa, no vemos este misterio con los ojos del cuerpo, porque es invisible, pero sí lo podemos “ver” con los ojos de la fe. ¿Qué hace Jesús en el altar? Así como en la cruz Jesús entrega su Cuerpo en la cruz y derrama su Sangre por Amor y por nuestro amor, así en la Misa, en altar, entrega su Cuerpo en la Eucaristía y derrama su Sangre en el cáliz, para darnos su Amor, contenido en su Sagrado Corazón. Ir a Misa es como “viajar en el tiempo”, a XXI siglos atrás, para estar delante de Jesús que por Amor a mí, muere en la cruz; o también, es como si el Sacrificio de la Cruz de Jesús “viajara en el tiempo” y se hiciera presente en nuestro “aquí y ahora”.
En la Misa, Jesús hace lo mismo que en la cruz, entrega su Cuerpo y derrama su Sangre, y esto lo hace por Amor, no por obligación, porque Jesús no tenía ninguna obligación de morir en la cruz para salvarnos. Es decir, Jesús baja del cielo en la Santa Misa, para quedarse en la Hostia y en el Cáliz, pero no para quedarse ahí, sino para darnos su Amor en la Comunión Eucarística.
¿Cómo es el Amor que Jesús nos quiere dar? Imaginemos el cielo estrellado. ¿Lo podemos medir con una cinta métrica? No, porque es infinito. Ahora, multipliquemos este cielo estrellado por mil millones de veces; volvamos a multiplicarlo por cientos de miles de millones de veces; volvamos a multiplicarlo por otros cientos de miles de millones de veces: bien, el Amor del Sagrado Corazón de Jesús es infinitamente más grande que todo esto, porque es un Amor infinito, celestial, eterno, imposible de medir, imposible de apreciar. Y todo este Amor, absolutamente todo, nos lo quiere dar Jesús, a cada uno de nosotros, sin reservarse nada. Es decir, Jesús no se contenta con darnos sólo una “parte” de su Amor: Él nos quiere dar todo el Amor de su Sagrado Corazón. Pero para eso, necesita que nosotros vayamos a Misa, para recibirlo en la Sagrada Comunión -previamente confesados, se entiende, porque el Amor de Jesús es un Amor Puro y Santo, y la forma en que tenemos de purificar y santificar nuestros corazones, manchados por el pecado, es por la Confesión Sacramental-.
Jesús baja del cielo y se queda en la Eucaristía, pero porque quiere entrar en nuestros corazones, por eso nuestros corazones tienen que ser como los sagrarios, en donde sea adorado y amado el Dios de la Eucaristía, Jesús. En el Apocalipsis, Jesús dice: “Estoy a la puerta y llamo; si alguien me abre, entraré y cenaré con él y él Conmigo”. Jesús golpea a las puertas de nuestros corazones, pero sucede que estas puertas se abren solo desde adentro, es decir, sólo yo y nadie más que yo, puede abrir esa puerta. Ni siquiera Dios, pudiendo hacerlo, la abrirá por mí, porque Dios respeta mi libertad. Pero si yo no quiero abrir la puerta de mi corazón a Jesús, el único que pierde soy yo, porque Jesús se queda en la puerta de mi corazón -como si fuera un mendigo, que en vez de mendigar pan, mendiga mi amor-, y así no me puede dar aquello que me iba a dar, el Amor infinito y eterno de su Sagrado Corazón.
Para que podamos entender un poco más qué es lo que sucede cuando vamos a Misa, tomemos la siguiente imagen, la del sistema solar: puesto que en el sol se producen explosiones atómicas que desprenden cientos de millones de grados de calor, es fuente de luz, de calor y de vida para los planetas, como la Tierra. ¿Qué sucede con los planetas, a medida que se alejan del sol? Que se vuelven incapaces de recibir aquello que el sol puede dar, es decir, luz, calor y vida. Cuanto más lejos se encuentra el planeta, más oscuro, frío y sin vida se encuentra. Y al revés, cuanto más un planeta está cerca del sol, tanto más calor, luz y vida recibe. ¿Qué relación hay entre este ejemplo del sistema solar, Jesús Eucaristía y nosotros? Que en el mundo espiritual, el Sol que ilumina las almas es Jesús Eucaristía, uno de cuyos nombres es el de “Sol de justicia”, y al igual que el astro sol, Jesús también da luz, calor y vida, pero que son la luz de Dios, el calor del amor de Dios y la vida de Dios, porque Él es Dios, Él es el Dios de la Eucaristía. Con respecto a los planetas, que en el sistema solar giran alrededor del sol, somos nosotros, pero a diferencia de los planetas, que son seres inanimados y que no tienen otra posibilidad que girar en la órbita en la que los puso el Creador, nosotros, en cambio, somos libres, y podemos determinar, libremente, si queremos acercarnos al Sol de justicia, Jesús Eucaristía, o si queremos, también libremente, alejarnos de Él. Ahora bien, nos sucederá lo mismo que les sucede a los planetas: cuanto más lejos estemos de ese Sol celestial que es la Eucaristía, tanto más envueltos en las tinieblas del alma –el error, el pecado- estaremos, tanto más fríos estarán nuestros corazones, tanto más muertos estarán nuestros espíritus. Por el contrario, si nos acercamos más a Jesús Eucaristía, tanto más recibiremos de Jesús lo que Jesús Es y quiere darnos: la Vida de Dios, el calor del Amor de Dios, la luz de Dios, y así nuestras almas estarán llenas de la vida divina, nuestros corazones arderán en el fuego del Divino Amor y todo nuestro ser estará iluminado por la luz de la gracia santificante que nos comunica Jesús.
Por último, Jesús se quedó en el sagrario, para darnos su Amor, para que nos acerquemos a Él y le hablemos así como alguien habla con su mejor amigo, porque Jesús es el Amigo fiel, que nunca falla; Jesús en el sagrario lee nuestros pensamientos, conoce nuestros sentimientos, nuestras necesidades materiales y espirituales, pero quiere que seamos nosotros los que le contemos lo que nos pasa. No hay ningún problema, tribulación, o situación existencial, por dura que sea, que Jesús no la resuelva, porque Él es Dios, pero Él quiere que confiemos en Él y que acudamos al sagrario, para pedirle por nuestras necesidades, pero sobre todo, para decirle que lo amamos con todo el corazón.

Querido Joven, ¿te das cuenta de todo lo que te pierdes cuando decides no ir a Misa?

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