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jueves, 24 de noviembre de 2016

Junto con la Misa, la mejor acción de gracias es ofrecer a Dios un corazón contrito y humillado


(Homilía en Santa Misa en acción de gracias por el ciclo lectivo de un colegio secundario y primario)

        Dar gracias a Dios es el acto más debido en nuestra relación con Dios, puesto que Dios nos colma, permanentemente, con toda clase de bienes: pensemos, sólo para dar unos ejemplos, en los dones y beneficios que Dios nos da, que comienzan por el solo hecho de poder respirar –efectivamente, si estamos vivos y respiramos, es porque Dios nos mantiene en el ser-, pasan por los beneficios materiales y espirituales de todo tipo –la inteligencia, la memoria, la voluntad-, hasta los dones sobrenaturales más grandes, como el haber sido adoptados como hijos por Dios, por medio del Bautismo, y habernos dado su Amor, el Espíritu Santo, en la Confirmación, o su Perdón en la Confesión, o el Corazón de su Hijo en cada Comunión Eucarística bien hecha. Es decir, a Dios siempre debemos darle gracias, porque todo lo bueno, absolutamente todo, viene de Dios, y si Dios permite que algo malo nos suceda, es porque con su omnipotencia, puede sacar algo bueno para nosotros; además, nunca permite más carga que la que podamos soportar, y si nos da una cruz, nos da la gracia más que suficiente para poder sobrellevarla. Dios nos colma permanentemente de dones y ser agradecidos es signo de un alma noble y de que reconocemos que de nuestro Padre Dios procede todo bien.
En este caso, le damos gracias por el año lectivo que finaliza, con todo lo que esto significa: tener la oportunidad de estudiar, porque muchos niños y jóvenes no la tienen; tener padres o encargados nuestros que se preocupan por nuestro futuro y nuestro progreso, tener profesores que nos enseñen; tener un establecimiento  adonde ir a estudiar; son todos dones que damos por descontados, pero que proceden todos de la bondad de Dios; le damos gracias por los amigos, y también por los que no lo son, porque así tenemos oportunidad de practicar el mandamiento de Jesús: "Ámense los unos a los otros, como yo los he amado". Al mismo tiempo que le encomendamos el año nuevo, con todo lo que la incerteza del futuro depara. La mejor acción de gracias que podemos dar a Dios es, precisamente, la Santa Misa, porque en la Santa Misa es Jesús mismo, en Persona, quien ofrece la acción de gracias a Dios Padre por nosotros y para nosotros.
         Dar gracias a Dios, entonces, por medio de la Santa Misa, es reconocer que Dios es nuestro Padre Bueno, que nos concede toda clase de bienes, desde el simple hecho de respirar, hasta el bien más grande, que es el Cuerpo Sacramentado de su Hijo Jesús en la Eucaristía.
         Pero además de ofrecer la Santa Misa en acción de gracias, hay algo más que podemos y debemos hacer, como parte de nuestra acción de gracias a Dios, y es ofrecerle nuestro propio corazón, pero no de cualquier manera, sino un corazón “contrito y humillado”, es decir, un corazón que se humilla ante su Presencia en la Eucaristía y ante su Cruz, y un corazón contrito –triturado, dolido-, por los pecados. Para hacer esto, es necesario tener aversión al pecado, que es todo lo malo que surge de nuestro propio corazón –malos pensamientos, malos deseos, malas obras, malas palabras-, porque todo lo malo nos separa de Dios, que es Bondad infinita.
         Entonces, en esta acción de gracias, además de ofrecer la Santa Misa, ofrezcamos a Dios Padre un corazón contrito –dolido por los pecados- y humillado –postrado ante Jesús crucificado-, como la mejor acción de gracias que podamos darle, junto con la Eucaristía.

viernes, 4 de noviembre de 2016

La gracia es superior a los bienes de la naturaleza


Según la Tradición, la Escritura y el Magisterio de la Iglesia, la gracia es infinitamente superior a todas las cosas naturales. Dice así san Agustín: “Según las palabras del Salvador, el cielo y la tierra pasarán, pero la salvación y la justicia de los elegidos permanecerán; los primeros contienen las obras de Dios, los segundos la imagen de Dios[1]. Enseña santo Tomás, ser cosa más notable conseguir que el pecador vuelva a la gracia que crear el cielo y la tierra[2]. La creación del mundo finaliza en creaturas; la gracia nos hace participar de la vida y de la naturaleza perfectísima e inmutable de Dios. Al crear el mundo, Dios hizo una para sí una morada; al dar al hombre un alma, llenó esta mansión de servidores; pero al darle su gracia, lo adoptó como hijo suyo muy amado, lo introdujo en su seno y le concedió la vida eterna.
         La gracia es superior a todos los bienes naturales porque procede de la naturaleza divina, no de ninguna naturaleza creada: es un bien sobrenatural, que no puede ser producido por ninguna creatura, ni siquiera por los ángeles más poderosos. Tanto es así, que los teólogos afirman que Dios, en su omnipotencia, no puede crear un ser al que le corresponda, por naturaleza, la gracia[3]: si existiera un ser así, ese ser no se distinguiría de Dios y sería Dios mismo.
         También la Iglesia lo afirma con mucha firmeza[4]: ningún ser creado, esto es, ningún hombre, ningún ángel, ninguna criatura lleva en sí el germen de la gracia, porque no puede, de ninguna manera, la naturaleza creada, producirla por sí misma. Afirma San Agustín[5] que la naturaleza se refiere a la gracia como la materia inanimada al principio de vida: es decir, la materia, que es en sí misma inanimada y muerta, no puede darse a sí misma la vida, porque esto es imposible, y la única manera en que la materia pueda tener vida, es que la reciba de un ser viviente. De la misma manera, el hombre, que es criatura racional, no posee la gracia por sí mismo, ni tampoco la puede adquirir por sus propios méritos, ni por ninguna actividad que haga puede producirla: la única manera, absolutamente, en la que el hombre pueda obtener la gracia, es que Dios, por su infinita bondad y misericordia, se la otorgue, envolviendo la naturaleza humana en su virtud divina.
Llegados a este punto, nos preguntamos: ¿cómo será la magnitud de este bien, la gracia divina, que nos viene por los sacramentos, que es superior, por lejos, a la naturaleza, el poder y los méritos de los mismos ángeles?[6].
Un hombre piadoso e instruido afirmaba que todas las cosas visibles están infinitamente por debajo del hombre, y esto en virtud de su condición de ser animal Racional, esto es, de estar dotado de un alma espiritual, capaz de pensar y amar; en el mismo sentido, a su vez, San Juan Crisóstomo afirmaba que nada en el mundo es comparable al hombre. Ahora bien, si el hombre es superior al mundo creado y el ángel es superior al hombre, el hombre en gracia, es decir, el justo, es superior al alma y a los ángeles: mientras Santo Tomás afirma que la gracia tiene más valor que el alma, San Agustín decía que prefería ser justo y santo –es decir, poseedor de la naturaleza divina por la gracia-que hombre –solamente poseedor del alma humana- o ángel –solamente poseedor de la naturaleza angélica[7]. Un hombre justo, un hombre en gracia, es superior no solo al mero hombre creado, sino a los mismos ángeles, incluidos los más poderosos de ellos.
La gracia no es otra cosa sino la luz sobrenatural que desde la profundidad de la divinidad se expande sobre la criatura racional y es por eso que supera todas las cosas creadas así como Dios mismo las supera.
Veamos un ejemplo, para darnos cuenta de esta superioridad: el sol y su luz son inseparables; el sol, en cuanto estrella, por su magnitud y por su potencia energética, es mucho más grande que la tierra, y si lo es el sol, lo es también su luz, que de él procede, y sin la cual, la tierra sería oscura, fría y no tendría vida creada en ella. Con la gracia santificante, que se nos concede por los sacramentos y fue obtenida para nosotros por el Hombre-Dios Jesucristo, sucede algo similar: nuestra naturaleza humana es como la tierra –oscura, fría, sin vida divina- que recibe los rayos –la gracia- del sol divino –Jesucristo, el Hombre-Dios, Sol de justicia-, y estos rayos de gracia, penetrando en nuestra naturaleza, la llenan de la gloria de Dios, así como los rayos del sol, penetrando en la atmósfera terrestre, llenan la tierra de luz.
Pero el ejemplo es escaso en relación a la realidad, porque por la gracia poseemos a Dios –así como la tierra, por la luz del sol, se puede decir que posee al sol-, pero Dios es infinitamente más perfecto que todas las perfecciones de la vida divina que nos da la gracia; de igual manera, la gracia es infinitamente más preciosa que todos los bienes creados, porque nos hace poseer, no solo a las perfecciones de Dios, sino a Dios mismo.
De la gracia se puede afirmar lo que de la Sabiduría se afirma en la Escritura: “Ella es superior a los tesoros más preciosos; ninguna cosa, por apetecible que sea, puede comparársele”[8]. Parafraseando a la Escritura, podemos decir: “La gracia es superior a los tesoros más preciosos que jamás puedan encontrarse en la tierra; ningún bien creado, por valioso que sea, se puede comparar a la más pequeña gracia”.
Al reflexionar en el tesoro inapreciable de la gracia, elevemos la mirada del alma hacia ella, para que la gracia de Jesús sea nuestro tesoro y así nuestros corazones estén allí anclados, según las palabras de Jesús: “Donde esté tu tesoro, ahí estará tu corazón” (Mt 6, 21). La gracia es un tesoro tan inapreciablemente grande, que es digna de ser buscada por encima de todos los bienes terrenos de este mundo: el oro, la plata, el poder, la fama, la sabiduría mundana; todas estas cosas, valiosas a los ojos de los hombres, son igual a polvo y ceniza, comparadas con la más pequeña gracia santificante; serían lo que un poco de barro comparado con el diamante más precioso.
Solo la gracia, aún si no tuviéramos ni un centavo en el bolsillo, nos haría los hombres más ricos del mundo, más ricos que los magnates y reyes de este mundo, porque poseemos aquello que sólo Dios puede darnos, y que es la participación a su vida divina.
Dice el salmo: “La misericordia de Dios se extiende sobre todas las criaturas”[9],y la Iglesia reza así en su oración: “… Oh Dios, que manifiestas tu poder singularmente al perdonarnos y al usar de misericordia”.
¡Seamos entonces agradecidos para con Dios por semejante don! Le agradezcamos el no solo habernos creado de la nada, sino el habernos ensalzado por encima de los más grandes ángeles, por medio de la gracia santificante. Como canta el Salmista, “todas las cosas las ha puesto bajo nuestros pies, las ovejas y los bueyes, las aves del cielo y los peces del mar”[10]. Exclamemos con el salmista: “¿Quién es el hombre para que lo recuerdes y el hijo del hombre para que lo visites?”[11]. ¡Cuánto más debemos agradecerle los tesoros sobrenaturales de la gracia y guardarlos con el más extremo celo! Deberíamos ser capaces de preferir perder la vida terrena, antes que perder la gracia santificante.
Con mucha razón, un gran teólogo como el Cardenal Cayetano, asegura que no debemos perder de vista los castigos reservados para los que desprecian la gracia. Ese castigo es el que está prefigurado en el hombre –todo bautizado- invitado a las bodas –el Reino de los cielos-, pero que por no tener el traje de bodas –la gracia- es echado fuera, a las tinieblas –el infierno-. Ese hombre representa al cristiano que, habiendo sido invitado al Banquete celestial, la Santa Misa, prefiere sus propios intereses o goces, pecaminosos y perversos en su gran mayoría. Cuando esto hacemos, somos ingratos, necios, atolondrados, incapaces de apreciar tan grande don que nos hace nuestro Rey, Dios Padre, Domingo a Domingo. Cedemos a la invitación del Demonio y del mundo, que con sus placeres falsos y viles nos atraen, nos engañan y logran que despreciemos el Banquete que Dios nos ofrece: Carne del Cordero de Dios, Pan Vivo bajado del cielo y Vino de la Alianza Nueva y Eterna. El Demonio nos da cosas viles y bajas, en un todo inferiores a lo que nos da Dios; es como quedarnos con espejitos de colores, cuando en realidad podemos tomar el oro, la plata y todos los diamantes y piedras preciosas del mundo. Es esto último lo que nos da Dios –hablando metafóricamente- cuando nos da la Eucaristía dominical, y movido sólo por su Amor infinito hacia nosotros. En cambio, el Demonio, movido por su odio a Dios y al hombre, su imagen, nos da cosas inútiles para la vida eterna, que consiguen su propósito que es desplazar al Dios de la Eucaristía de nuestros corazones. Se necesita haber perdido la cabeza –es lo que nos sucede con frecuencia- para aceptar la moneda falsa del Demonio, en vez la piedra preciosa que nos ofrece Dios.
Toda vez que desaprovechamos negligentemente la Misa y la Eucaristía, eso constituye para nosotros una pérdida incalculable, de la cual nos daremos cuenta en la otra vida, pero ya será tarde para remediarlo.
Si a un avaro le fuera concedido ganar, a través de un ayuno o una oración, una montaña inmensa de oro y plata, no dudaría un instante en hacerlo. ¿Por qué entonces no apreciamos el tesoro infinito que es cada Eucaristía, y la despreciamos tan fácilmente, siendo como es, que la Eucaristía supera de modo inimaginablemente mayor a todo el oro y la plata del mundo, porque es Dios en Persona oculto en apariencia de pan? Bastaría un suspiro, una lágrima, una buena resolución, un deseo piadoso, la sola invocación de Cristo, un gesto de amor, una súplica. Quién nos diera el imprimir bien profundamente en nuestro corazón las maravillas de la gracia, el repetir con una convicción profunda y viva estas palabras de un piadoso doctor: La gracia es la soberana y la reina de la naturaleza.




[1] Serm. 62, n. 2; 65, n. 3; 156, n. 6. In ps. 70, enarr. 2, n. 3; De Genesi ad lit., l. X, c. 6, n. 10.
[2] S. Th., I, II, q. 113, a. 9.
[3] Por ejemplo, SUÁREZ, De divina substantia, l. II, c. 9.
[4] San Celestino I, De gratia Dei indiculus, Segundo concilio de Orange. Concilio de Trento.
[5] San Agustín, De civit. Dei, l. XII, c. 9. Santo Tomás, I, q. 62, a. 2.
[6] LESSIUS, De div. Perf., l. 1, c. 1.
[7] Serm. 15. De verbis Apostoli.
[8] Proverbios, VIII, 2.
[9] Salmo, CXLIV, 9.
[10] Salmo VIII, 7-9.
[11] Salmo VIII, 5. X

jueves, 1 de septiembre de 2016

Joven, ¿sabes todo lo que te pierdes cuando decides no ir a Misa?


Cuando se pregunta a un joven cuáles son los motivos por los cuales no asisten a Misa –dominical-, suelen dar las siguientes razones: la Misa es aburrida, no es divertida; prefiero quedarme a dormir; suelo salir los sábados a la noche y por eso descanso todo el domingo; voy a jugar al fútbol; tengo muchas ocupaciones. Y como estas, muchas similares.
Ahora bien, cuando a estos mismos jóvenes –se supone que ya han hecho la Comunión y la Confirmación, es decir, tienen, como mínimo, cada uno, tres años de formación catequética- se les pregunta: “¿Qué es la Misa?”, hay un porcentaje de respuestas, cercano al 100%, que coinciden en decir que “no saben” qué es la Misa (entendida como renovación incruenta y sacramental del Santo Sacrificio de la cruz).
¿Qué responder? Lo primero a tener en cuenta, es que decir “divertido-aburrido” no se aplica a la Santa Misa, porque la Misa no es ni divertida ni aburrida; es algo infinitamente más que eso, es un misterio fascinante, es el misterio de Nuestro Señor Jesucristo que, por el poder del Espíritu Santo, hace en la Misa lo mismo que hace en la cruz. Lo que sucede es que en la Misa, no vemos este misterio con los ojos del cuerpo, porque es invisible, pero sí lo podemos “ver” con los ojos de la fe. ¿Qué hace Jesús en el altar? Así como en la cruz Jesús entrega su Cuerpo en la cruz y derrama su Sangre por Amor y por nuestro amor, así en la Misa, en altar, entrega su Cuerpo en la Eucaristía y derrama su Sangre en el cáliz, para darnos su Amor, contenido en su Sagrado Corazón. Ir a Misa es como “viajar en el tiempo”, a XXI siglos atrás, para estar delante de Jesús que por Amor a mí, muere en la cruz; o también, es como si el Sacrificio de la Cruz de Jesús “viajara en el tiempo” y se hiciera presente en nuestro “aquí y ahora”.
En la Misa, Jesús hace lo mismo que en la cruz, entrega su Cuerpo y derrama su Sangre, y esto lo hace por Amor, no por obligación, porque Jesús no tenía ninguna obligación de morir en la cruz para salvarnos. Es decir, Jesús baja del cielo en la Santa Misa, para quedarse en la Hostia y en el Cáliz, pero no para quedarse ahí, sino para darnos su Amor en la Comunión Eucarística.
¿Cómo es el Amor que Jesús nos quiere dar? Imaginemos el cielo estrellado. ¿Lo podemos medir con una cinta métrica? No, porque es infinito. Ahora, multipliquemos este cielo estrellado por mil millones de veces; volvamos a multiplicarlo por cientos de miles de millones de veces; volvamos a multiplicarlo por otros cientos de miles de millones de veces: bien, el Amor del Sagrado Corazón de Jesús es infinitamente más grande que todo esto, porque es un Amor infinito, celestial, eterno, imposible de medir, imposible de apreciar. Y todo este Amor, absolutamente todo, nos lo quiere dar Jesús, a cada uno de nosotros, sin reservarse nada. Es decir, Jesús no se contenta con darnos sólo una “parte” de su Amor: Él nos quiere dar todo el Amor de su Sagrado Corazón. Pero para eso, necesita que nosotros vayamos a Misa, para recibirlo en la Sagrada Comunión -previamente confesados, se entiende, porque el Amor de Jesús es un Amor Puro y Santo, y la forma en que tenemos de purificar y santificar nuestros corazones, manchados por el pecado, es por la Confesión Sacramental-.
Jesús baja del cielo y se queda en la Eucaristía, pero porque quiere entrar en nuestros corazones, por eso nuestros corazones tienen que ser como los sagrarios, en donde sea adorado y amado el Dios de la Eucaristía, Jesús. En el Apocalipsis, Jesús dice: “Estoy a la puerta y llamo; si alguien me abre, entraré y cenaré con él y él Conmigo”. Jesús golpea a las puertas de nuestros corazones, pero sucede que estas puertas se abren solo desde adentro, es decir, sólo yo y nadie más que yo, puede abrir esa puerta. Ni siquiera Dios, pudiendo hacerlo, la abrirá por mí, porque Dios respeta mi libertad. Pero si yo no quiero abrir la puerta de mi corazón a Jesús, el único que pierde soy yo, porque Jesús se queda en la puerta de mi corazón -como si fuera un mendigo, que en vez de mendigar pan, mendiga mi amor-, y así no me puede dar aquello que me iba a dar, el Amor infinito y eterno de su Sagrado Corazón.
Para que podamos entender un poco más qué es lo que sucede cuando vamos a Misa, tomemos la siguiente imagen, la del sistema solar: puesto que en el sol se producen explosiones atómicas que desprenden cientos de millones de grados de calor, es fuente de luz, de calor y de vida para los planetas, como la Tierra. ¿Qué sucede con los planetas, a medida que se alejan del sol? Que se vuelven incapaces de recibir aquello que el sol puede dar, es decir, luz, calor y vida. Cuanto más lejos se encuentra el planeta, más oscuro, frío y sin vida se encuentra. Y al revés, cuanto más un planeta está cerca del sol, tanto más calor, luz y vida recibe. ¿Qué relación hay entre este ejemplo del sistema solar, Jesús Eucaristía y nosotros? Que en el mundo espiritual, el Sol que ilumina las almas es Jesús Eucaristía, uno de cuyos nombres es el de “Sol de justicia”, y al igual que el astro sol, Jesús también da luz, calor y vida, pero que son la luz de Dios, el calor del amor de Dios y la vida de Dios, porque Él es Dios, Él es el Dios de la Eucaristía. Con respecto a los planetas, que en el sistema solar giran alrededor del sol, somos nosotros, pero a diferencia de los planetas, que son seres inanimados y que no tienen otra posibilidad que girar en la órbita en la que los puso el Creador, nosotros, en cambio, somos libres, y podemos determinar, libremente, si queremos acercarnos al Sol de justicia, Jesús Eucaristía, o si queremos, también libremente, alejarnos de Él. Ahora bien, nos sucederá lo mismo que les sucede a los planetas: cuanto más lejos estemos de ese Sol celestial que es la Eucaristía, tanto más envueltos en las tinieblas del alma –el error, el pecado- estaremos, tanto más fríos estarán nuestros corazones, tanto más muertos estarán nuestros espíritus. Por el contrario, si nos acercamos más a Jesús Eucaristía, tanto más recibiremos de Jesús lo que Jesús Es y quiere darnos: la Vida de Dios, el calor del Amor de Dios, la luz de Dios, y así nuestras almas estarán llenas de la vida divina, nuestros corazones arderán en el fuego del Divino Amor y todo nuestro ser estará iluminado por la luz de la gracia santificante que nos comunica Jesús.
Por último, Jesús se quedó en el sagrario, para darnos su Amor, para que nos acerquemos a Él y le hablemos así como alguien habla con su mejor amigo, porque Jesús es el Amigo fiel, que nunca falla; Jesús en el sagrario lee nuestros pensamientos, conoce nuestros sentimientos, nuestras necesidades materiales y espirituales, pero quiere que seamos nosotros los que le contemos lo que nos pasa. No hay ningún problema, tribulación, o situación existencial, por dura que sea, que Jesús no la resuelva, porque Él es Dios, pero Él quiere que confiemos en Él y que acudamos al sagrario, para pedirle por nuestras necesidades, pero sobre todo, para decirle que lo amamos con todo el corazón.

Querido Joven, ¿te das cuenta de todo lo que te pierdes cuando decides no ir a Misa?

lunes, 27 de agosto de 2012

¿Por qué no vamos a Misa?




¿Por qué no vamos a Misa?                                         

                ¿Porque no tengo ganas?
           Cristo no tenía ganas de sufrir la Pasión –“Padre, aparta de Mí este cáliz”-, y sin embargo, por amor a Dios y a los hombres, sufrió la muerte en cruz, renovada sacramentalmente en la Misa.

¿Porque hay cosas “más importantes” para hacer?
             Nada hay más importante que el sacrificio del Hombre-Dios en la cruz del altar.
           
¿Porque preferimos compartir el tiempo con la familia y los amigos?
En la misa participamos de la eternidad de Dios Trino y de la compañía de ángeles y santos.
            ¿Porque trabajamos duro toda la semana y preferimos descansar en vez de ir a Misa?
           En el sacrificio de la cruz, renovado en el altar por cada uno de nosotros, el Hombre-Dios no descansa ni reposa, no tiene lugar en la cruz ni para reclinar la cabeza.

            ¿Porque no veo la relación entre la Misa y mi vida personal?
          Cada Misa es hecha por mí y para mí, porque por mí y para mí murió en la cruz el Redentor, el Hombre-Dios Jesucristo.

            ¿Porque no “siento” nada?
           Si vamos a Misa a recibir al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, Él no nos hará “sentir” algo, sino que nos donará el Espíritu suyo y el de su Padre, el Espíritu Santo.


 Si no vamos a Misa, dejamos de lado el don de amor infinito que Dios Trino nos brinda, y hacemos vano el sacrificio del Hombre-Dios en la cruz.



viernes, 24 de agosto de 2012

¿Sabías esto sobre la Santa Misa…?





           


“Más merece el que devotamente oye una Misa en gracia de Dios, que si diera todos sus bienes para sustento de los pobres” (San Bernardo).

 “Oír Misa en vida o dar limosna para que se celebre aprovecha más que dejarla para después de la muerte” (San Anselmo).

 “Más aprovecha para remisión de la culpa y de la pena, es decir, para la remisión de los pecados, oír una Misa que todas las oraciones del mundo” (Eugenio III, Papa).

“Con la Misa se tributa a Dios más honor que el que puedan tributarle todos los ángeles y santos en el cielo, puesto que el de éstos es un honor de criaturas, mas en la Misa se le ofrece su mismo Hijo, Jesucristo, que le tributa un honor infinito” (San Alfonso María de Ligorio).

“Todas las  buenas obras del mundo reunidas no equivalen al Santo Sacrificio de la Misa, porque son obras de hombres, mientras que la Misa es obra de Dios. En la Misa, es el mismo Jesucristo Dios y Hombre Verdadero quien se ofrece al Padre para remisión de los pecados de todos los hombres, y al mismo tiempo le rinde un amor infinito” (Santo Cura de Ars).

Santa Teresa suplicaba un día al Señor que le indicara cómo podía pagarle todos los dones que le había concedido, y le contestó que OYENDO UNA MISA.

“…cada día, celebrando la Eucaristía, nos encontramos sobre el Gólgota” (Juan Pablo II).


La Santa Misa es un misterio sobrenatural, 
es el misterio más grandioso y sublime 
que jamás pueda imaginarse: 
el Hombre-Dios Jesucristo se inmola por nosotros 
en la cruz del altar.
La Santa Misa es vivir ya desde la tierra 
lo que viviremos en la eternidad: 
la adoración del Cordero Místico, Jesucristo.

miércoles, 22 de agosto de 2012

¿Para qué ir a Misa…?



¿Para pedir a Dios lo que necesitamos?
Dios puede darnos todo lo que necesitamos y más, sin ir a Misa…
 ¿Para sentirnos bien?   
Podemos sentirnos bien sin ir a Misa…
¿Para “cumplir” con Dios y con la Iglesia?
Ni Dios ni la Iglesia necesitan de nuestra asistencia para sólo “cumplir”…
¿Vamos a Misa por costumbre?   
Si vamos solo por costumbre, es igual a no ir…
¿Vamos a Misa porque es un modo de integrarnos en la sociedad?      
 Se pueden hacer buenos amigos fuera de la Misa…
 
Ninguna de estas razones es la verdadera Razón por la cual vamos a Misa.
Sólo el Espíritu Santo puede hacernos ver cuál es el sentido de la Misa…


Vamos a Misa para adorar al Hombre-Dios Jesucristo que viene a nuestro encuentro en el sacramento de la Eucaristía          
    Vamos a Misa para recibir al Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús
   Vamos a Misa para comer la carne del Cordero de Dios en la Eucaristía y para beber su sangre en el cáliz, y así recibir su Vida eterna