sábado, 9 de diciembre de 2017

Razones por las que no da lo mismo recibir o no recibir el sacramento del matrimonio


(Homilía para un matrimonio sacramental)

         En el mundo en el que vivimos, caracterizado por el ateísmo, el agnosticismo, el materialismo, no se comprende el valor del sacramento del matrimonio. Se piensa que es un mero trámite religioso, reservado para quienes tengan algo de devoción suficiente como para desear llevarlo a cabo. No se comprende que en el sacramento del matrimonio está la clave de la felicidad de los esposos y de la futura familia, formada por ellos y sus hijos.
         En otras palabras, no da lo mismo recibir o no recibir el sacramento del matrimonio.
         Para darnos una idea de la importancia del sacramento del matrimonio, tomemos la siguiente imagen: una pareja de enamorados –que pueden ser ustedes mismos- se encuentra en una playa –o en un bosque-, en una noche fría de invierno; es una noche muy oscura, con nubes densas que tapan incluso la luz de la luna. Deciden, para combatir el frío y la oscuridad, encender entre los dos, una fogata. La fogata les proporciona luz y calor, y así logran su propósito, combatir el frío y la oscuridad. Sin embargo, a medida que pasan las horas y al consumirse los leños, la fogata se va apagando, paulatinamente, de manera tal que, de fogata grande que era inicialmente, se convierte luego en un pequeño fuego, luego en brasas y, finalmente, al amanecer, ya solo hay cenizas. De la fogata inicial, solo quedan cenizas, que se las lleva el viento. ¿De qué se trata esta imagen? Esta fogata, construida entre ambos, es el amor esponsal pero meramente humano, en el que no entra el Amor de Dios, el Amor de Cristo. El amor humano, por fuerte que sea, sin la ayuda divina, termina por desaparecer. Sea por las tribulaciones de la vida, sea por el éxito en la vida mundanamente hablando; sea por el paso del tiempo, o por cualquier otro motivo, el amor meramente humano termina, indefectiblemente, por desaparecer, de la misma manera a como la fogata termina por ser reducida a cenizas. Esto es lo que sucede en un amor esponsal en el que no entra el Amor de Cristo.

         Pero hay una manera para evitar esto y es conseguir un fuego que, a diferencia del fuego de la fogata, no se apague nunca. Es decir, hay una manera de hacer que este amor esponsal, que los hace tan felices, que los lleva a querer estar unidos para siempre, no solo no desaparezca nunca, sino que aumente cada vez más, y la forma, es conseguir un fuego de amor que no se apague nunca. ¿Dónde conseguir este fuego, que permita que el amor de los esposos no solo no finalice nunca, sino que aumente cada vez y se prolongue incluso, desde esta vida, a la eternidad? Este fuego de amor se encuentra en el Sagrado Corazón Eucarístico de Jesús, porque en Él arde el Fuego del Divino Amor, que es el Espíritu Santo. Y el Sacramento del matrimonio es la “puerta” que conduce al Corazón de Jesús, la Eucaristía, porque si los esposos no están unidos sacramentalmente, no pueden comulgar. Esa es la razón por la cual la Iglesia pide a los esposos, unidos en sacramento, que acudan a la misa dominical, para que recibiendo al Corazón Eucarístico de Jesús, reciban con Él el Fuego que arde en su Corazón, el Fuego del Divino Amor, que no solo purifique su amor esponsal humano, sino también que lo santifique y que haga que continúe por la eternidad. Si los esposos, unidos en sacramento, se alimentan de la Eucaristía dominical, van a experimentar que el amor esponsal que los hace tan felices, al punto de no querer vivir separados el uno del otro, aumentará cada vez más en esta vida, y continuará por toda la eternidad. Por ese motivo es que no da lo mismo recibir o no recibir el Sacramento del matrimonio.  

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