En una época en la que el amor humano se ha
desdibujado y desvirtuado, al punto de ser reducido a una mera mercancía que
puede ser comprada o vendida, el ejemplo de Bartolomé, un joven de 21 de años
que le declara su amor eterno a su novia, es como un oasis de agua pura y
fresca en medio del más ardiente de los desiertos.
Lejos de considerar al amor de novios como algo
banal, pasajero y superficial, Bartolomé lo vive en su real y verdadera
dimensión, la dimensión esponsal. El amor de novios, o es esponsal, o no es. O el
amor de los novios los conduce a la donación total de sí mismos en el altar,
para siempre, hasta que la muerte los separe, o no es amor de novios, sino un sucedáneo,
invento del hombre de nuestro tiempo, un sucedáneo que, bajo la superficie
brillosa de felicidad aparente, da amargos frutos de soledad, decepción y
frustración.
El amor de novios es esponsal porque es tan
fuerte, y los novios se sienten tan a gusto el uno con el otro, que no solo
quieren y desean, con todas las fuerzas de sus corazones, iniciar hasta el fin
un proyecto de vida en común, sino que desean, movidos por ese amor esponsal,
permanecer unidos para siempre, no solo en esta vida, sino en la eternidad.
Esta es la razón por la cual el verdadero amor de
los novios, al tiempo que es casto y respeta al otro en su cuerpo, esperando
para la donación total en el matrimonio, se vuelve esponsal, porque quiere que
el amor que se ha encendido en los corazones de los novios, no termine nunca,
ni en esta vida ni en la otra. Para siempre. Para toda la eternidad. Tal como
lo quería Bartolomé y tal como se lo expresó a su querida Maruja, antes de
morir. Hasta la eternidad.
Pero hay algo más. El amor de Bartolomé no es un
amor cualquiera, ni tampoco un simple amor humano. Es un amor de origen
celestial, que ensalza y eleva su amor humano a las alturas insospechadas del
amor divino. Y es así como Bartolomé, además de amar a su novia con amor
eterno, ama y perdona también a quienes le hicieron daño, el mayor daño y la
mayor injuria que un hombre puede sufrir en esta tierra, y es el serle quitada
la vida. Bartolomé perdona a sus enemigos, con el perdón y el amor que él mismo
recibió desde la Cruz, de parte de Cristo Jesús. Por eso el amor de Bartolomé es,
como dice la Escritura, “más fuerte que la muerte”, más fuerte que el odio, más
fuerte que el tiempo. O, también, el amor es “fuerte como la eternidad”, fuerte
como la vida”, “fuerte como el mismo amor”.
¿Quién era Bartolomé?
Bartolomé Blanco Márquez tenía 21 años. Era un
joven con deseos de trabajar. Ante sí veía el futuro abierto[1]. Además,
estaba locamente enamorado de Maruja, su novia, a quien consideraba su mayor
alegría.
Le sucedió a Bartolomé, que era un católico
ferviente, que tuvo ocasión de dar testimonio, con su propia vida, de ese amor
a Cristo y a la Iglesia. En su país, España, se había desatado un odio feroz
contra Cristo y contra la Iglesia Católica. Con muchas falacias y mentiras, muchos
hombres y mujeres eran arrestados y asesinados simplemente por el “delito” de
ser católicos.
Bartolomé, que había estudiado con los
salesianos, y era secretario de los jóvenes de la acción católica en su pueblo
natal, Pozoblanco (Córdoba), fue arrestado el 18 de agosto de 1936.
Tuvo varias semanas para prepararse al martirio.
El 24 de septiembre fue trasladado a la ciudad de Jaén donde fue sometido a un
juicio “legal” y rapidísimo. La sentencia llegó el 29 de septiembre: condena a
muerte. Le quedaban tres días antes de ser fusilado.
El 1 de octubre escribió una carta de despedida a
su novia. En ella se descubre la fe en Jesucristo y la certeza de que, si bien
muere corporalmente, su alma volará al encuentro de Cristo en la eternidad,
desde donde esperará al amor de su vida, su novia Maruja, y en donde, en
Cristo, continuará amándola para siempre, por siglos sin fin, puesto que
Bartolomé es Beato, es decir, está en el cielo, amando, gozando, alegrándose
para siempre en la contemplación de Dios Uno y Trino.
Esta es la carta que Bartolomé escribe a su novia
Maruja.
“Prisión Provincial. Jaén, 1 de octubre de 1936.
Maruja del alma:
Tu recuerdo me acompañará a la tumba y mientras
haya un latido en mi corazón, éste palpitará en cariño hacia ti. Dios ha
querido sublimar estos afectos terrenales, ennobleciéndolos cuando los amamos
en Él. Por eso, aunque en mis últimos días Dios es mi lumbrera y mi anhelo, no
impide que el recuerdo de la persona más querida me acompañe hasta la hora de
la muerte.
Estoy asistido por muchos sacerdotes que, cual
bálsamo benéfico, van derramando los tesoros de la Gracia dentro de mi alma,
fortificándola; miro la muerte de cara y en verdad te digo que ni me asusta ni
la temo.
Mi sentencia en el tribunal de los hombres será
mi mayor defensa ante el Tribunal de Dios; ellos, al querer denigrarme, me han
ennoblecido; al querer sentenciarme, me han absuelto, y al intentar perderme,
me han salvado. ¿Me entiendes? ¡Claro está! Puesto que al matarme me dan la
verdadera vida y al condenarme por defender siempre los altos ideales de
Religión, Patria y Familia, me abren de par en par las puertas de los cielos.
Mis restos serán inhumados en un nicho de este
cementerio de Jaén; cuando me quedan pocas horas para el definitivo reposo,
sólo quiero pedirte una cosa: que en recuerdo del amor que nos tuvimos, y que
en este instante se acrecienta, atiendas como objetivo principal a la salvación
de tu alma, porque de esa manera conseguiremos reunirnos en el cielo para toda
la eternidad, donde nada nos separará.
¡Hasta entonces, pues, Maruja de mi alma! No
olvides que desde el cielo te miro, y procura ser modelo de mujeres cristianas,
pues al final de la partida, de nada sirven los bienes y goces terrenales, si
no acertamos a salvar el alma.
Un pensamiento de reconocimiento para toda tu
familia, y para ti todo mi amor sublimado en las horas de la muerte. No me
olvides, Maruja mía, y que mi recuerdo te sirva siempre para tener presente que
existe otra vida mejor, y que el conseguirla debe ser la máxima aspiración.
Sé fuerte y rehace tu vida, eres joven y buena, y
tendrás la ayuda de Dios que yo imploraré desde su Reino. Hasta la eternidad,
pues, donde continuaremos amándonos por los siglos de los siglos.
Bartolomé”.
Ese mismo día escribe a sus familiares y les pide
que perdonen a quienes han sido causa de su muerte. Entre otras cosas, les dice:
“Sea esta mi última voluntad: perdón, perdón y
perdón; pero indulgencia que quiero vaya acompañada del deseo de hacerles todo
el bien posible. Así pues, os pido que me venguéis con la venganza del
cristiano: devolviéndoles mucho bien a quienes han intentado hacerme mal”.
Al día siguiente, el 2 de octubre, Bartolomé era
fusilado. Antes de que las balas acabasen con su vida gritó lo que daba valor a
quienes, como él, en España y en tantos rincones del planeta, afrontaron el
martirio: “¡Viva Cristo Rey!”.
Fue beatificado el 28 de octubre de 2007, junto
con otros 497 mártires que dieron su vida en España entre los años 1934 y 1937.
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