miércoles, 10 de diciembre de 2014

La Eucaristía y los Jóvenes: La oración explicada a los jóvenes (5)


         ¿Cómo hacer una oración que agrade a Dios?
Algo que se debe tener en cuenta a la hora de hacer oración, es la concentración[1] en la misma, puesto que debemos ser conscientes de que rezamos a Dios, es decir, a un ser vivo, y no a un ser inerte. Todavía más, recordemos que el Dios de los católicos, es Dios Uno y Trino, es decir, es Trinidad de Personas: Dios Padre, Dios Hijo, y Dios Espíritu Santo. Por lo tanto, la oración es comunión de vida y amor con Dios, Trinidad de Personas, y Dios es “Dios de vivos y no de muertos”; entonces, cuando oramos, Él, en su Triunidad de Personas divinas, está sumamente atento a lo que decimos y a cómo lo decimos. Para darnos una idea, cuando oramos, sucede exactamente lo mismo a como sucede cuando hablamos con las personas humanas en la tierra: así como no es lo mismo hablar con una persona de forma distraída, sin prestarle atención a lo que le decimos, lo cual demuestra falta de respeto para con esa persona, así tampoco da lo mismo rezar de forma distraída a Dios Uno y Trino, sin prestar atención a la oración que estamos haciendo. Al revés, también es lo mismo: así como cuando hablamos con una persona y demostramos respeto y atención hablando con ella, así también, cuando oramos con atención y devoción, demostramos respeto a Dios, y nuestra oración está mejor hecha.
         Un buen consejo para orar nos lo proporciona San Agustín: nos dice que, al orar, para no distraernos, podemos usar la siguiente técnica: podemos concentrarnos en quien ora –es decir, en nosotros, que somos pecadores-, o podemos concentrarnos en lo que decimos al orar –las palabras de las oraciones-, o podemos concentrarnos en las personas a las cuales dirigimos las oraciones –Dios Padre, Dios Hijo, Dios Espíritu Santo, la Virgen, los ángeles, los santos-. Esta es una buena regla para orar sin distracciones.
         Otra forma de orar es haciendo lo que San Ignacio de Loyola llama: “composición de lugar”, usando la “imaginación”. ¿Cómo se hace? Por ejemplo, se lee un pasaje del Evangelio y luego, dice San Ignacio, uno se introduce con la “imaginación contemplativa”, como si fuera “un esclavito indigno”, buscando de aplicar los sentidos, siendo un espectador pasivo de la escena, escuchando lo que dicen Nuestro Señor, la Virgen, los discípulos de Jesús, etc. También se pueden aplicar los otros sentidos, con sumo respeto y consideración. Con esta técnica, se pueden usar no solo pasajes del Evangelio, sino vidas de santos, y otros libros usados para la formación espiritual del cristiano.
         Otro aspecto que hay que tener en cuenta en la oración, es que, ante Dios, lo que cuenta no es la cantidad, sino la calidad de la oración. Es lo que Jesús nos quiere decir, cuando dice en el Evangelio que no debemos orar solo “moviendo los labios, como los paganos”, que creen que por mucho orar, serán escuchados. Lo que cuenta, ante Dios, no es la oración superficial y dicha en cantidad, sino la oración que brota desde lo más profundo del corazón, la oración dicha en el silencio del corazón y con amor; puede expresarse o no con los labios, pero lo que cuenta es que esté precedida por el amor del corazón. Por eso puede decirse que la oración, para que sea verdadera, tiene que tener estas dos partes: la interior, que es el amor del corazón, y la exterior, que es el sonido con el que se la escucha audible y exteriormente. Si la oración no tiene el componente del amor, dirigido a Dios Uno y Trino, es una oración vacía, hueca, que resuena exteriormente, “como un címbalo”, pero que no llega a Dios; esa sí es como la oración de los paganos; puede ser una oración abundante en cantidad, pero al no contar con el “propulsor” o el “motor interior” o “combustible interno” que es el amor, no puede remontar vuelo y apenas sale de los labios, cae a tierra y no se remonta a los cielos, y nunca llega a Dios, aun cuando esa oración esté formada por las más hermosas palabras.
         Por el contrario, cuando la oración brota desde lo más profundo del corazón, esa oración llega hasta el altar del cielo, hasta el trono del Cordero en los cielos, porque el Amor es el motor de esa oración y es un motor potentísimo, que la impulsa y le da una fuerza potentísima, tan potente, que la hace llegar hasta el Corazón mismo de Dios.
         Ahora bien, si esto es así, aquí se nos presenta un problema: ¿cómo hacer para que esa oración se encienda en el amor, si la mayoría de las veces nuestro corazón está como apagado y falto de amor para con Dios? ¿Cómo hacer para que la oración posea el propulsor del Amor y así pueda llegar hasta el trono del Cordero en los cielos, si la mayoría de las veces, nuestro corazón está ocupado por el amor a las creaturas y con ese amor la oración no puede llegar hasta Dios? Para que nuestra oración cuente con el amor necesario que le sirva de “combustible propulsor” que lo haga llegar hasta el cielo, es necesario que, antes de hacer oración, nos serenemos unos minutos, nos relajemos, aquietemos nuestros pensamientos, nos concentremos en la actividad  que estamos por hacer, y nos encomendemos a nuestro Ángel de la guarda y principalmente a la Virgen, nuestra Madre del cielo, para que Ella, que es Madre y Maestra de oración, guíe nuestra oración ; de esa manera, nuestra oración estará encendida por la gracia, y la gracia será la que le dará el amor necesario para que se eleve a la Trinidad, hasta el trono de la majestad del Cordero en los cielos, porque con la gracia, nos será dado el Amor de Dios, que nos hará amar al Dios Trinitario, el amorosísimo Dios al cual dirigimos nuestro ser cuando oramos.





[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe Explicada, Ediciones Logos Ar, Rosario 2013, 575ss. 

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