sábado, 25 de agosto de 2018

La Encarnación del Verbo, misterio de la fe que alegra nuestra vida cotidiana



         Al igual que el misterio de la Santísima Trinidad, la Encarnación del Verbo es otro de los grandes misterios de nuestra fe católica[1]. “Misterio” quiere decir que escapa a nuestro razonamiento, no porque sea irracional, sino porque es supra-racional, es decir, está más allá de nuestra capacidad de razonamiento. Por esta razón es que, para los misterios de nuestra fe, necesitamos del auxilio del Espíritu Santo, quien con su luz ilumina las tinieblas de nuestra mente y nos da la gracia de poder al menos, si no comprender, sí creer en estos misterios de la fe. Si no creemos en estos misterios o si tratamos de rebajarlos al nivel de nuestra razón, nos apartamos de la fe católica.
         En el caso de la Encarnación, fue la Santísima Trinidad la que la llevó a cabo: por pedido de Dios Padre, Dios Hijo se encarnó en el seno virgen de María, llevado por Dios Espíritu Santo. De esta concepción milagrosa, en la que Dios unió  su propia naturaleza a nuestra naturaleza humana –un cuerpo y un alma como el nuestro-, no resultaron dos personas, sino una sola Persona divina con dos naturalezas, la divina y la humana y su nombre es Jesús de Nazareth. Por esta razón, porque las naturalezas humana y divina están unidas en la Persona de Dios Hijo, es que Jesús recibe el nombre de Hombre-Dios. Esta unión de dos naturalezas en una Persona divina recibe el nombre de “unión hipostática” (del griego “hipóstasis”, que significa “lo que está debajo”)[2].
         Jesús no fue ni un hombre santo, ni un revolucionario: fue y es el Hombre-Dios, es decir, Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios, para que nosotros los hombres nos hagamos Dios por la gracia.
         Creer en Jesús como Hombre-Dios es esencial para nuestra fe católica porque si así no lo creemos, no permanecemos en la fe de la Iglesia. Además, es esencial para nuestra fe en la Eucaristía, porque la Eucaristía es el mismo Jesús, Hombre-Dios, que se encuentra allí en Persona, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, bajo apariencia de pan. Esto quiere decir que cuando comulgamos no comulgamos un trozo de pan bendecido, sino al mismo Hijo de Dios en Persona, oculto en apariencia de pan. La Eucaristía, prolongación de la Encarnación del Verbo, alegra nuestra vida cotidiana.



[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2012, 87.
[2] Cfr. ibidem.

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