martes, 17 de diciembre de 2013

Prueba para realizar y saber cuánto amas en verdad a tu novio/a


Muerte de Francesca de Rímini y de Paolo Malatesta,
Alexandre Cabanel, 1871


         ¿Amas de verdad a tu novio/a? 
         Es decir, ¿amas, a quien puede ser tu futuro cónyuge, con el amor puro y casto de Jesucristo? ¿O en vez de amor, lo que experimentas es una mera atracción afectiva, sensitiva y carnal? Es importante saberlo, porque entre los dos extremos –amor de Cristo o pasión carnal- existe una gran diferencia, una diferencia insalvable.
¿Cómo saber si amas de veras a tu novio/a?
Para saberlo, hagamos esta pequeña “prueba”, ubicándonos mentalmente en la siguiente historia: imagina que vas en un auto –o en un ómnibus, o en una aerosilla, para el caso da lo mismo- a una montaña muy alta, junto con tu novio/a. Una vez llegados a la cima, ambos bajan del vehículo en el que llegaron y se acercan al precipicio. Miras para abajo, y te das cuenta de que si alguien se cae por este precipicio, no tiene posibilidad alguna de sobrevivir, porque hay una caída libre de trescientos o cuatrocientos metros. Si alguien cae, su muerte es más que segura. Y ahora viene la pregunta: tú, que tienes relaciones sexuales pre-matrimoniales, y que llamas a esta persona novio/a, ¿le darías un empujón para que se caiga por el precipicio y se mate? Con toda seguridad, tu respuesta es un rotundo “No”. Amas demasiado –o eso crees- a esta persona, como para hacerle este daño. No querrías separarte nunca de él/ella, y por eso no lo empujarías al abismo. Estas y otras respuestas como estas, saldrían espontáneamente de tu corazón.
Pero, ¿es verdad que no empujarías a quien es tu novio/a al abismo?
Tal vez podría ser verdad, pero si tienes relaciones sexuales pre-matrimoniales, le provocas a tu novio/a un daño inimaginablemente más grande que empujarlo por el precipicio. Si tienes relaciones sexuales pre-matrimoniales, le provocas un daño tan pero tan grande, que no te alcanza la imaginación –ni en esta vida ni en la otra- para cuantificar la magnitud del daño que le provocas.
¿Por qué?
Porque con la relación sexual pre-matrimonial, le haces cometer un pecado mortal, y el pecado mortal, como bien lo sabemos, se paga en la otra vida con el infierno. En otras palabras: no empujarías a tu novio/a a un abismo terrestre, pero con las relaciones pre-matrimoniales sí le abres las puertas del infierno y lo empujas al abismo del infierno, porque le haces cometer un pecado mortal.
Podrías decirme: “Pero nosotros nos amamos, y por eso tenemos relaciones”.
Si das esta respuesta, deberías reflexionar en la definición del amor: “Amar es desear el bien del otro”.
Al tener relaciones pre-matrimoniales: ¿de veras deseas el bien de quien será tu futuro/a esposo/a? Si las relaciones pre-matrimoniales estuvieran basadas en un amor verdadero, deberían conducir al amor verdadero, según el principio de San Ignacio de Loyola, que dice que “un acto es bueno y por lo tanto viene del buen espíritu-Dios o nuestro ángel de la guarda- si el principio, el medio y el fin son malos”. Si las relaciones pre-matrimoniales estuvieran permeadas por el Amor de Dios, su fin sería conducir a los novios al Amor de Dios. Pero resulta que no es así, porque como vimos, las relaciones pre-matrimoniales constituyen un pecado mortal y el pecado mortal, como también vimos recién, se paga en la otra vida, para quien muere con él en el alma, con la separación eterna de la Presencia de Dios y el consecuente castigo corporal y espiritual para siempre, lo cual se llama “infierno”. En otras palabras, las relaciones sexuales antes del casamiento, no conducen al cielo, sino al infierno, en donde no existe más amor de ninguna clase, sino odio eterno y sin pausa alguna. Si los “novios” mueren –por el motivo que sea- luego de las relaciones pre-matrimoniales, son llevados al Juicio de Dios, en donde cada uno recibe su Juicio particular y el justo destino final que supone el haber muerto con pecado mortal en el alma.
Y aquí está la respuesta a la pregunta de si de veras amas a tu novio/a cuando tienes relaciones pre-matrimoniales. La respuesta está dada por el hecho de que en el infierno no existe más el amor y los condenados se odian mutuamente. Como dijimos, si ambos murieran –por el motivo que fuera- minutos u horas después de una relación pre-matrimonial, morirían en estado de pecado mortal; ambos irían ante la Presencia de Dios para recibir el juicio particular, y ambos pedirían, delante de Dios y su Justicia, ser separados de su Presencia para siempre. Es decir, ambos pedirían, sin que Dios diga una palabra, ser precipitados para siempre en el infierno. Y en el infierno, puesto que no hay más amor, ambos se odiarían para siempre, destrozándose mutuamente, una y otra vez, culpándose el uno al otro de la situación de dolor eterno en el que se encuentran. ¿Te parece que esto es “amor”? ¿Te parece que se justifica una eternidad de dolores, por un instante fugacísimo de pasión carnal ilícita? ¿Puedes ver la consecuencia de la relación pre-matrimonial? ¿Te parece que puede alguien decir que ama a una persona, cuando en la realidad le está provocando el mayor y más terrible daño que puede sufrir alguien en esta vida, como lo es la pérdida de la vida de la gracia por cometer un pecado mortal? Esto no se llama “amor”, porque no es “desear el bien del otro”, sino que es “satisfacer egoístamente las propias pasiones, sin interesarse por la vida eterna y la salvación de quien probablemente será mi cónyuge”.
Esto no es “amor”, al menos, no es el amor de Cristo, y los novios por lo tanto, no pueden llamarse “novios en Cristo”, sino que deben buscar algún otro nombre que pueda describir esta situación.
Finalmente, para ayudarte en tu reflexión y para estimular en ti el deseo del Verdadero Amor de novios, el Amor puro y casto de Jesucristo, te dejo el Quinto Canto del Infierno del Dante, en donde describe la situación de dos amantes, que han encontrado la muerte en estado de pecado mortal –el pecado de la lujuria- y, habiendo recibido el Justo Juicio de Dios, han sido condenados.
Te expongo el análisis que hace el sitio Wikipedia[1], incluso con la aclaración del autor del análisis, de que Dante Alighieri ha sido bastante indulgente con los amantes condenados, porque los presenta con aspectos que de ninguna manera se encuentran en el infierno, como la piedad y la bondad.
He aquí el pasaje del Dante, tal como se encuentra en Wikipedia, que si bien se refiere a dos amantes, se puede perfectamente aplicar al caso de los novios que no guardan la castidad y no se aman según el Amor de Jesucristo, esto es, los que tienen relaciones sexuales pre-matrimoniales:
El título original en italiano es: “Canto quinto, nel quale mostra del secondo cerchio de l'inferno, e tratta de la pena del vizio de la lussuria ne la persona di più famosi gentili uomini”. Su traducción al español: “Canto quinto, en el cual muestra el segundo círculo del infierno, y trata de la pena del vicio de la lujuria en la persona de los más famosos gentilhombres”.

Análisis del canto

El canto se presenta unitario y compacto en el desarrollo del propio argumento: describe el segundo círculo infernal, el de los lujuriosos, desde el momento en que Dante y Virgilio bajan, a su despedida del mundo de las almas.
Dante y Virgilio llegan al segundo círculo, más estrecho (después de todo, el Infierno es como un embudo con círculos concéntricos, pero mucho más doloroso, tanto que los condenados están empujados a lamentarse). Aquí está Minos gruñendo de rabia: él es el juez infernal (de Homero en adelante) que juzga a los condenados que se le paran delante, enroscándose a sí mismo la cola alrededor del cuerpo tantas veces sean los círculos que los condenados deberán bajar para recibir el castigo. Cuando los condenados se la paran delante confiesan todos sus penas y Minos decide, como gran conocedor de pecados.
Minos viendo a Dante interrumpe su trabajo y le advierte de ver como entra en el Infierno y quien lo guía, que no lo engañe la amplitud de la puerta infernal (queriendo decir que es fácil entrar pero no salir). Entonces Virgilio toma la palabra, como ya había hecho con Carón, y lo incita a que no obstaculice un viaje querido por el Cielo, usando las mismas idénticas palabras: Quiérese así allá donde se puede / lo que se quiere, y no más inquieras.
Minos, si bien tiene formas grotescas de un monstruo tiene en sus palabras una actitud noble, desaparece de la escena sin ninguna indicación del poeta. Minos está considerado un puro servidor de la voluntad divina.
Pasado Minos, Dante se encuentra por primera vez en contacto con verdaderos condenados castigados en sus círculos:
Ahora comienzan las dolientes notas
a dejárseme oír: he llegado ahora
a donde tantos lamentos me hieren.
vv. 25-27


Dante y Virgilio encuentran a Paolo y Francesca
(Giuseppe Frascheri, 1846)

En este oscuro lugar, donde abundan los llantos, se siente rugir el viento como cuando en el mar comienza una tormenta por fuerza de los vientos contrarios que chocan. Pero esta tempestad no se aplaca nunca y golpea a los espíritus con su violencia, en particular cuando ellos pasan delante a su propia ruina aumentan los gritos, el llanto y los lamentos y las blasfemias. Qué es esta ruina no está claro, si la grieta de la cual sale la tormenta o uno de esos corrimientos de tierra producidos por el terremoto después de la muerte de Cristo (cfr. Inf. XII, 32 y Inf. XXIII, 137), o quizás el lugar donde los condenados descienden por primera vez después de la condena de Minos.
Dante entiende de inmediato quienes son los condenados castigados: los pecadores carnales / que la razón al deseo sometieron, es decir los lujuriosos que hicieron prevalecer el instinto sobre la razón.
Siguen dos similitudes ligadas al mundo de los pájaros: los espíritus (que son llevados por el viento de aquí, de allá, de abajo a arriba y ninguna esperanza los conforta) parecen una bandada desordenada pero compacta de pájaros cuando hace frío (durante la migración invernal); o como las grullas que vuelan en fila. Llama la atención a Dante un grupo de condenados de los cuales pide explicación a Virgilio.
Él lo acontenta e inicia el elenco de las almas de aquellos que tienen la particularidad de haber muerto por amor (lujurioso):
Semíramis, que hizo una ley que permitía a todos la lascivia en su país para no ser reprobada por su conducta libertina; es también indicada como esposa y sucesora de Nino, que reinó en la tierra que hoy gobierna el Sultán, es decir Babilonia, aunque en los tiempo de Dante el sultán reinaba sobre Babilonia de Egipto.
Dido, personaje virgiliano, que el maestro tiene la delicadeza de no citar por nombre pero que la indica como aquella que rompió el juramento sobre las cenizas de Siqueo y se mató por amor a Eneas.
Cleopatra lujuriosa.
Helena de Troya, por la cual nació tanto mal.
Aquiles, el gran Aquiles, que combatió por amor (en las redacciones medievales se narraba que se había enamorado locamente de Políxena, hija de Príamo, y por este amor fue llevado engañado y asesinado, ver también Las metamorfosis de Ovidio).
Después de haber escuchado estas y a muchas otras almas antiguas de heroínas y caballeros, Dante, al oír nombres así famosos, está al borde de la misericordia y casi desvanece.
La atención de Dante se centra sobre dos almas que al contrario de las otras vuelan unidas una a la otra y parecen ligeras al viento. Dante pide a Virgilio hablar con ellas, que acepta pedirles que se detengan cuando el viento las acerque a ellos.
Dante entonces se dirige a ellas: “¡Oh dolorosas almas / venid a hablarnos, si no hay otro que lo impida!”. Entonces las almas se separan del grupo de los muertos por amor como los pájaros que se levantan juntos para ir al nido.
Las almas entonces se alejan del cielo infernal gracias al pedido piadoso del Poeta. Habla la mujer:
¡Oh animal gracioso y benigno,
que visitando vas por el aire negro enrojecido
a nosotros que de sangre al mundo teñimos:

Si fuese amigo el Rey del universo,
a El rogaríamos que la paz te diera,
por la piedad que tienes de nuestro mal perverso.

Di lo que oír y de lo que hablar te place
nosotros oiremos y hablaremos contigo,
mientras se calla el viento, como lo hace.

La tierra, en la que fui nacida, está
en la marina orilla a donde el Po desciende
para gozar de paz con sus afluentes.

Amor, que de un corazón gentil presto se adueña,
prendó a aquél por el hermoso cuerpo
que quitado me fue, y de forma que aún me ofende.
vv. 88-120
Y sigue:
Amor, que no perdona amar a amado alguno,
me prendó del placer de este tan fuertemente
que, como ves, aún no me abandona.
vv. 103-105
Es decir, el amor no exonera ninguna persona amada de a su vez amar. Dante evoca explícitamente la teología cristiana según la cual todo el amor que uno dona a los demás retorna a uno, si bien no de la misma forma y en el mismo momento. En fin Francesca representa a una heroína romántica, en ellas tenemos la contradicción entre idealidad (producto del razonamiento humano que terca y neciamente no se deja guiar por la Fe revelada) y realidad (la realidad es la que nos revela Jesucristo: quien libremente muere en pecado mortal, recibe el justo castigo que su perversión le obtuvo y la perversión aquí es el amor lujurioso y extramatrimonial de los dos amantes): ella realiza su sueño, pero recibe el máximo castigo.
Estas son las palabras que ellos dijeron (si bien solo habla Francesca). Dante inclina la cabeza pensando, hasta que Virgilio le pregunta en qué está pensando.
Dante no da una respuesta completa sino que parece decir en voz alta lo que piensa:
“Cuando respondí, comencé: ¡Ay infelices!
¡Cuán dulces ideas, cuántos deseos
nos los trajo al doloroso paso!

Luego para hablarles me volví a ellos
diciendo: Francisca, tus martirios
me hacen llorar, triste y piadoso.

En tiempo de los dulces suspiros,
Dime, pues, ¿cómo el amor os permitió
conocer deseos tan peligrosos?
vv. 112-120
Y ella responde:
Y ella a mí: No hay mayor dolor,
que, en la miseria recordar
el feliz tiempo, y eso tú, Doctor, lo sabes.

Pero si conocer la primera raíz
de nuestro amor deseas tanto,
haré como el que llora y habla.

Por entretenernos leíamos un día
de Lancelote, cómo el amor lo oprimiera;
estábamos solos, y sin sospecha alguna.

Muchas veces los ojos túvonos suspensos
la lectura, y descolorido el rostro:
mas sólo un punto nos dejó vencidos.

Cuando leímos que la deseada risa
besada fue por tal amante,
este que nunca de mí se había apartado

temblando entero me besó en la boca:
el libro fue y su autor, para nos Galeoto,
y desde entonces no más ya no leímos.
vv. 121-138
Mientras un espíritu decía esto, el otro lloraba, Dante sintió que moría y cayó a tierra.
Mientras el espíritu estas cosas decía
el otro lloraba tanto que de piedad
yo vine a menos como si muriera;
y caí como un cuerpo muerto cae.
vv. 139-142
Estas dos son las almas de Paolo Malatesta y de Francesca de Rímini que fueron atrapados por la pasión y fueron sorprendidos y asesinados por Gianciotto Malatesta, hermano y marido respectivamente.
Francesca, conmovida por la piedad mostrada de Dante le cuenta de aquella pasión tan fuerte que los unió tanto en la vida como en la muerte y del momento en que los dos se dieron cuenta del recíproco amor, mientras Paolo solloza. Dante, vencido por la emoción, pierde los sentidos y cae a tierra.
Los versos 100-105 (“Amor, que de un corazón gentil presto se adueña [...] Amor, que no perdona amar ha amado alguno”) son una referencia evidente a los principios del amor cortés (lujurioso) que Dante condena en la base a la moral cristiana. El crítico Umberto Bosco escribe: “Ya los primeros lectores notaron en el episodio una condena a las lecturas de las novelas corteses (lujuriosos); pero ellos se basaban sobre el hecho específico que, según la narración de Dante, los dos cuñados fueron inducidos al pecado por la lectura de uno de ellos. En verdad la condena de Dante va más allá: implica la reflexión de aquella idealización y justificación del amor (pecaminoso) que era propia de toda la tradición literaria anterior a él, desde las novelas corteses (lujuriosas) pasando por la literatura trovadora hasta la stilnovistica, a la cual Dante pertenecía”.
El encuentro con Paolo y Francesca es el primero de todo el poema en el cual Dante habla con un condenado verdadero (excluyendo los poetas del Limbo). Además por primera vez viene recordado un personaje contemporáneo, conforme al principio que Dante mismo recordará en el canto XXVII del Paraíso de acordarse particularmente de las almas famosas porque son más persuasivas para el lector de la época (hecho sin precedentes en la poesía y por mucho tiempo sin ser seguido, como hizo notar Ugo Foscolo).
Paolo y Francesca se encuentran en el grupo de los “muertos por amor”, y su acercamiento está descripto con tres similitudes relacionadas con el vuelo de los pájaros, retomadas de la Eneida.
Todo el episodio tiene como hilo conductor la piedad: la piedad afectuosa percibida por los dos condenados cuando son llamados (tanto que le hace decir a Francesca un deseo paradójico de rezar por él, dicho por un alma del Infierno, lo cual jamás puede suceder), o también la piedad que aparece en la meditación que hace Dante después de la primera confesión de Francesca, cuando queda en silencio. Y finalmente la cumbre cuando el poeta cae desmayado.
Por eso Dante es muy indulgente en la representación de los dos amantes: no vienen descriptos con severidad (a diferencia de Semíramis unos versos antes) sino que el poeta puede perdonarlos por lo menos en la parte humana (no mete en duda la gravedad del pecado porque sus convicciones religiosas son firmes). Francesca aparece así como una criatura gentil y noble”[2] (lo cual no sucede así en la realidad, porque los condenados han perdido para siempre todo rasgo de humanidad y bondad, por lo cual es imposible que sean “gentiles y nobles”)”.
Hasta aquí el artículo de Wikipedia.
Volvemos ahora a la pregunta de más arriba: ¿pueden finalizar con la eterna condena dos almas que se aman según el Amor de Cristo?
De ninguna manera, porque en el Infierno no está el Divino Amor en las almas. Esto explica por qué las relaciones pre-matrimoniales no están basadas en el Verdadero Amor, y el por qué la Iglesia no las permite. Al prohibirlas, la Iglesia no está “imponiendo un orden moral arcaico que no se adecua a los tiempos presentes”: al prohibirlas, la Iglesia vela por la salud espiritual y eterna de sus hijos, los bautizados. Pero al igual que Dios, la Iglesia no obliga a nadie a cumplir esta prohibición, puesto que el hombre siempre permanece libre, porque el libre albedrío con el que fue creado constituye la imagen más precisa que de Dios posee todo hombre, y es así que, pese a conocer los Mandamientos de Dios y el mandato de la Iglesia, cada hombre permanece libre de seguirlos o no seguirlos. Precisamente, porque ni Dios ni la Iglesia obligan a nadie, es que nos advierte el Catecismo de la Iglesia Católica: “El infierno consiste en la condenación eterna de quienes, por libre elección, mueren en pecado mortal” (Compendio, 212).
Si amas a tu novio/a con el Amor puro y santo de Cristo, entonces te abstendrás de las relaciones sexuales pre-matrimoniales, y así podrás amar continuar amándolo/a para siempre, porque el Amor de Cristo es eterno, es decir, trasciende esta vida y continúa por toda la eternidad, y así sabrás que amas realmente a tu novio/a; por el contrario, si no lo amas con este Amor puro y en cambio te dejas arrastrar por la vana atracción de la pasión carnal, entonces tendrás relaciones sexuales pre-matrimoniales, en cuyo caso perderás para siempre aquello que creías amar, porque no se trataba del Verdadero Amor.


Novios que se aman en el Amor puro y casto de Cristo




[1] http://es.wikipedia.org/wiki/Infierno:_Canto_Quinto
[2] Cfr. ibidem, http://es.wikipedia.org/wiki/Infierno:_Canto_Quinto

viernes, 13 de diciembre de 2013

9 Pasos para salir de la atracción a personas del mismo sexo


Pasos para salir de la atracción a personas del mismo sexo
1.     Castidad
¿Qué es la castidad? Muchas veces se asocia castidad a represión sexual. A su vez, el mundo moderno toma a la sexualidad como algo que puede ser usado para el placer, de manera tal que se debe buscar el placer sexual del modo que sea. En la base de esta visión equivocada, está el modo de enfocar o de ver la vida: para quien sostiene que la castidad es “represión sexual” y que la sexualidad es sinónimo de “placer”, la vida se limita a esta vida terrena, con lo cual lo único que importa es “disfrutar” de la vida, del modo más egoístamente posible, sin tener en cuenta ni al prójimo ni al verdadero amor. Para el mundo moderno, el “motor” de la vida es la búsqueda egoísta del sexo placentero, y el prójimo está puesto ahí para que satisfaga este bajísimo objetivo. Sin embargo, todo es un grave error, puesto que ni la castidad es represión sexual, ni la sexualidad está para el placer, ni tampoco la vida es mera búsqueda de satisfacciones del instinto.
         ¿Qué es entonces la castidad? Podríamos intentar definir a la castidad diciendo que es una “fuerza espiritual interior” por medio de la cual podemos dominar y regular el deseo sexual según los dictámenes de la razón, de manera que la persona pueda, libre de pulsiones desordenadas, dirigirse de modo autónomo a un objetivo trascendente que la haga feliz. El objeto de la castidad es el placer sexual, con lo cual notamos ya, desde un inicio, que la castidad no es sinónimo de represión sexual, sino que busca “dominar y regular” el deseo sexual, según lo dicte la razón. Vemos también que la sexualidad está subordinada a la razón, y que el “instrumento” del cual se vale la razón, es la castidad. De modo que podríamos hacer el siguiente esquema:
RAZÓN
¯
CASTIDAD
¯
(SEXUALIDAD DOMINADA)
         Si la razón domina a la sexualidad, según sus dictámenes, ¿en qué se basa la razón del hombre para dictaminar a la castidad cuál es el uso que debe hacer de la sexualidad? Lo que sucede es que la razón “ve” algo en el horizonte, y eso que ve, es una “escala de valores”, sin la cual no es posible la vida del hombre en la tierra.
         Para un cristiano, es decir, para quien conoce y ama a Cristo, lo que se encuentra en primerísimo lugar en esta escala de valores, es Dios Uno y Trino, que es como un sol que ilumina, con sus rayos de bondad y santidad, el mundo en el que vive el hombre y, por supuesto, su razón.
         Es Dios Uno y Trino quien, a través de su gracia, concedida por los méritos de la Pasión de Jesucristo, hace ver al hombre las razones por las cuales debe vivir la castidad: porque está destinado al Reino de los cielos, y a este Reino no se puede entrar con una sexualidad no dominada, es decir, no casta.
         Entonces, nuestro esquema podría quedar así:
DIOS UNO Y TRINO
¯
GRACIA SACRAMENTAL
¯
RAZÓN
¯
CASTIDAD
¯
(SEXUALIDAD DOMINADA E INTEGRADA
EN LA PERSONA Y SU PROYECTO DE VIDA)
¯
PERSONA FELIZ
Podemos también considerar a la castidad desde el punto de vista de Dios: si bien la castidad es una virtud, como lo dijimos, esa virtud se origina en lo alto, en Dios; es una expresión, a través del cuerpo y de la existencia del hombre, de un aspecto de la perfección infinita del Ser divino trintario. Dios Trino es Perfectísimo y fuente de toda perfección; como tal, es Espíritu Puro, purísimo, y cuando “entra” o toma posesión de un alma por la gracia, el modo que tiene el hombre de expresar, con su naturaleza humana, al modo humano, la perfección de la pureza del Ser divino, es por medio de la castidad. La castidad es pureza del hombre que por participación, imita y refleja la Pureza del Ser divino. Cuanto más viva la castidad una persona humana –como por ejemplo, los santos, y en grado eximio la Virgen María-, tanto más refleja esa persona la Presencia de Dios Trino en ella, puesto que la castidad es un modo humano de expresar la pureza del Ser divino.
También lo contrario es verdad: si una persona no vive la castidad, se aleja de Dios Trino y se acerca al ángel caído, quien por medio de la impureza corporal –y también espiritual- expresa su odio angélico contra Dios, al pervertir al hombre, creado “a su imagen y semejanza”.
Pero hay otro motivo para el cristiano, por el cual vivir la castidad, y está relacionado con el destino de feliz eternidad al que nos llama Cristo, y es el hecho de que su cuerpo, por obra y gracia del sacramento del Bautismo, ha sido convertido en templo del Espíritu Santo, como dice San Pablo: “El cuerpo es templo del Espíritu Santo” (cfr. 1 Cor 6, 19). Esto quiere decir que el alma y el cuerpo deben ser cuidados con el esmero con el que se cuida un templo material. ¿Cómo debe ser un templo material? Un templo debe brillar por su limpieza y orden; en el altar eucarístico y en el sagrario debe haber siempre flores frescas y perfumadas, que aromen con exquisitas fragancias el ambiente, además de estar siempre iluminado, indicando la Presencia real de Jesús en la Eucaristía; debe estar siempre bien iluminado, como símbolo de pertenencia al Dios Luz eterna, Jesucristo, y en sus naves laterales y paredes, deben estar las sagradas imágenes de la Virgen, de los ángeles del cielo y de los santos; también, deben escucharse en el templo sólo himnos y cantos de alabanza a Dios Trino, y de amor fraterno para con el prójimo. De la misma manera, en el templo que es el cuerpo, debe brillar siempre la luz de la fe de la Iglesia en Cristo Eucaristía; el corazón debe ser un altar y sagrario vivientes, que custodien con amor y adoren sin cesar, día y noche, a Jesús Sacramentado; en este templo que es el cuerpo, las únicas imágenes que deben estar, las imágenes que ingresan voluntariamente con la mirada, son imágenes castas y puras, y de ninguna manera pueden entrar en este templo imágenes impuras, so pena de profanar y entristecer al Dueño de este templo, el Espíritu Santo; en el templo que es el cuerpo, debe estar siempre perfumado con el “suave aroma de Cristo”, y los perfumes de su gracia y de sus virtudes deben ser la fragancia exquisita que embelese a los ángeles del cielo y al mismo Espíritu Santo; la luz que ilumina este templo, es la luz de la gracia; las flores que adornan el altar y el sagrario, en donde se custodia con amor y adoración a Jesús Sacramentado, son las oraciones y el Rosario que se eleva, día a día, en honor a la Madre de Dios, María Santísima. Para lograr un templo así, es necesaria la castidad.
2.     Rezo del Santo Rosario
¿Por qué el rezo del Santo Rosario? Porque la Virgen, cuando dio el Rosario a la Iglesia, prometió que toda gracia que se pidiera a través de él, sería concedida. Llevándonos de esta grandiosa promesa de María, debemos atrevernos a pedir lo que parece imposible, porque “nada es imposible para Dios”, y Dios ha elegido a una persona, nuestra Madre del Cielo, para que nos alcance todas las gracias que necesitamos para nuestra salvación ¡aun lo que parece imposible! A través del Rosario podemos pedir, por ejemplo, la virtud de la castidad, con la seguridad de que María nos la concederá, tarde o temprano, pero nos la concederá, porque no puede desdecirse de sus palabras: ¡lo que se pide en el Rosario se consigue! Pero incluso podemos ir más allá, y pedirle a la Virgen prodigios más grandes. Después de todo, es Jesús mismo quien nos invita a pedir: “Pedid y recibiréis”. Entonces podemos, en vez de solamente pedir la virtud de la castidad, al rezar el Rosario, podemos pedir la castidad de Jesús, con la seguridad de que la Virgen Santísima nos lo concederá. Si rezamos el Rosario pidiendo esta gracia, la obtendremos con toda seguridad, porque el Corazón Inmaculado de María Santísima no deja de desatender ningún pedido de sus hijos. Pero si pedimos la castidad en el Rosario, todavía nos quedamos cortos, porque con el Rosario podemos pedir –y conseguir algo mucho, pero mucho más grande que la virtud de la castidad, o la castidad de Jesús: podemos pedir ¡ser castos y puros como el mismo Jesús en Persona!
Esto es así, porque por medio del rezo del Santo Rosario la Virgen nos inculca, silenciosamente, y sin que nos demos cuenta, no sólo las virtudes que pedimos, sino las virtudes de su Hijo –entre ellas, su misma castidad y pureza- y, más que eso todavía, moldea nuestro corazón para hacer de él una copia viviente del Corazón de Jesús. Lo que nos concede la Virgen por el rezo del Rosario es lo que nos hace ser como Jesús porque nos lleva a “Amar lo que Jesús ama en la Cruz, no amar lo que Jesús no ama en la Cruz”.
Por el Rosario contemplamos, junto a María y con María, los misterios del Hombre-Dios Jesucristo. A través del Rosario desfilan, ante los ojos del alma, toda la vida de Jesús, “luz del mundo” (Jn 8, 12), siendo así el iluminada con la misma de Dios. Quien reza el Rosario contempla, con María, la vida de Jesucristo, y es iluminado por la luz de Jesucristo. El Rosario es un camino de luz divina que nos conduce a la luz de Dios, Jesucristo.
         Rezar el Rosario entonces no es una mera devoción ni sólo un instrumento devoto para pedir por lo que necesitamos: es además que esto, y mucho más que esto, un camino de luz celestial para contemplar, junto a María, el misterio pascual de muerte y resurrección del Cordero de Dios, misterio por el cual somos transformados en Jesús, en el mismo Jesús al cual contemplamos y al cual le rezamos.
         Rezar el Rosario es imprimir en el alma los misterios de Jesucristo y a Jesucristo mismo en Persona.
         A quien reza el Rosario la Virgen le imprime silenciosa e imperceptiblemente, sin que el alma se dé cuenta, la imagen de su Hijo Jesús, imagen en la cual Jesús comunica al alma su vida, su amor y sus virtudes. Así, el que reza el Rosario se vuelve capaz de reflejar, con su existencia y con sus obras, a Jesús, porque es la Virgen misma quien derrama en nuestros corazones las gracias y la vida divina de su Hijo, la vida divina que nos hace ser como Él, que nos configura a Él, haciéndonos cada vez más Él. Es esto lo que nos dice el Santo Padre Juan Pablo II: “La Virgen María se aparece en Fátima para pedirnos que recemos el Rosario. El Rosario es un compendio del Evangelio, es un resumen de los misterios de la vida de Cristo. Por eso, el Rosario, es contemplar el rostro de Cristo, con María y en María. El Rosario es aprender de Cristo, es unirse espiritualmente a Cristo, por medio del Corazón de la Madre. Rezando y contemplando los misterios de la Pasión, contemplamos a Cristo que derrama su Sangre por amor a Dios y a la humanidad”. Y, agregamos nosotros, es ser configurados, por María, a Jesús, recibiendo de Él sus dones y virtudes, con los cuales nos vamos pareciendo cada vez más a Cristo.
         Con respecto al Rosario, y al tema que nos ocupa, no está de más recordar las promesas de la Virgen para quien rece el Rosario, entre ellas, la de conceder “toda gracia que se pida por medio del Rosario”. En nuestro caso, queremos pedir la virtud de la castidad, no la nuestra, sino la castidad y pureza misma de Cristo; si rezamos el Rosario –todos los días- estaremos ciento por ciento seguros que María Santísima nos alcanzará esa gracia.
Las promesas y bendiciones de la Virgen para quienes recen el Rosario son:
1. Los que fielmente me sirven mediante el rezo del Santo Rosario, recibirán insignes gracias.
2. Yo prometo mi protección especial, y las más notables gracias a todos los que recitasen el Santo Rosario.
3. El Rosario será la defensa más poderosa contra las fuerzas del infierno. Se destruirá el vicio; se disminuirá el pecado y se vencerá a todas las herejías.
4. Por el rezo del Santo Rosario, florecerán las virtudes y también las buenas obras. Las almas obtendrán la misericordia de Dios en abundancia. Se apartarán los corazones del amor al mundo y sus vanidades y serán elevados a desear los bienes eternos. Ojalá que las almas hiciesen el propósito de santificarse por este medio.
5. El alma que se recomienda a Mí por el rezo del Santo Rosario, no perecerá jamás.
6. El que recitase el Rosario devotamente, aplicándose a meditar los Sagrados Misterios, no será vencido por la mala fortuna. En Su justo juicio, Dios no lo castigará. No sufrirá la muerte improvisa. Y si es justo, permanecerá en la gracia de Dios, y será digno de alcanzar la vida eterna.
7. El que conserva una verdadera devoción al Rosario, no morirá sin los sacramentos de la Iglesia.
8. Los que fielmente rezan el Santo Rosario, tendrán en la vida y en la muerte, la Luz de Dios y la plenitud de Su gracia. En la hora de la muerte, participarán de los méritos de los Santos del Paraíso.
9. Yo libraré del Purgatorio a los que han acostumbrado el rezo del Santo Rosario.
10. Los devotos del Santo Rosario, merecerán un grado elevado de gloria en el Cielo.
11. Se obtendrá todo lo que se me pidiere mediante la recitación del Santo Rosario.
12. Todos los que propagan el Santo Rosario recibirán Mi auxilio en sus necesidades.
13. Para los devotos del Santo Rosario, he obtenido de mi Divino Hijo, la intercesión de toda la Corte Celestial durante la vida y en la hora de la muerte.
14. Todos los que rezan el Santo Rosario son hijos Míos, y hermanos de Mi único Hijo, Jesucristo.
15. La devoción al Santo Rosario es gran señal de predestinación.
Bendiciones del Rosario
1. Los pecadores obtienen el perdón.
2. Las almas sedientas se sacian.
3. Los que están atados ven sus lazos desechos.
4. Los que lloran hallan alegría.
5. Los que son tentados hallan tranquilidad.
6. Los pobres son socorridos.
7. Los religiosos son reformados.
8. Los ignorantes son instruidos.
9. Los vivos triunfan sobre la vanidad.
10. Los muertos alcanzan la misericordia por vía de sufragios.
Los beneficios del Rosario
1. Nos otorga gradualmente un conocimiento completo de Jesucristo.
2. Purifica nuestras almas, lavando nuestras culpas.
3. Nos da la victoria sobre nuestros enemigos.
4. Nos facilita practicar la virtud.
5. Nos enciende el amor a Nuestro Señor.
6. Nos enriquece con gracias y méritos.
7. Nos provee con lo necesario para pagar nuestras deudas a Dios y a nuestros familiares cercanos, y finalmente, se obtiene toda clase de gracia de nuestro Dios todopoderoso.
3.     Adoración Eucarística

En el Evangelio, Jesús nos recuerda que sin su ayuda nada podemos hacer: “Sin Mí nada podéis hacer”. Por lo tanto, no solo no podemos adquirir ninguna virtud, sino que no podemos desear ni hacer nada bueno. Si queremos conseguir la virtud de la castidad, debemos entonces unirnos a Jesús por la fe, por el amor y por la oración. Ya vimos cómo el Rosario es un camino de unión con Él, a través de María. La Adoración Eucarística es también un modo de unión con Cristo Jesús, a través de un tipo de oración muy especial, una oración que se hace delante de la Eucaristía en la que se contempla el misterio más asombroso de todos los asombrosos misterios de Dios: la Presencia de Cristo glorioso y resucitado, oculto en algo que parece ser pan, pero que ya no es más pan. Por medio de la Adoración Eucarística, cumplimos lo que Jesús nos dice en el Evangelio: “Venid a Mí los que estéis afligidos y agobiados, que Yo os aliviaré”. Jesús se ha quedado en el Santísimo Sacramento del altar para que acudamos a Él en toda necesidad, en todo agobio, en toda dificultad. No hay oración que sea hecha delante de la Eucaristía, que no sea escuchada por Jesús. Leyendo el Evangelio, sobre todo en los relatos de la Última Cena, tal vez alguno podría envidiar a Juan, “el apóstol amado”, porque Juan recuesta su cabeza en el pecho de Jesús, y escucha los latidos del Sagrado Corazón. Este solo consuelo basta para que todas las tribulaciones desaparezcan, así como el humo se disipa con el viento. Con la Adoración Eucarística, podemos repetir, espiritualmente, cuantas veces así lo deseemos, la maravillosa experiencia de Juan, recibiendo de Jesús todo su Amor, que es más que suficiente no solo para superar todo tipo de adversidad, sino para adquirir todo tipo de virtud y de fuerzas sobrenaturales que nos permitan vivir serenos, alegres y confiados, seguros de que habremos de superar holgadamente las pruebas de esta vida terrena, para llegar confiados a la vida eterna. Por último, la Eucaristía es el cumplimiento de la promesa de Jesús, luego de resucitar y antes de ascender a los cielos: “Yo estaré con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). Si Jesús Eucaristía está con nosotros, ¿quién contra nosotros? (cfr. Rom 8, 31).

4.     Confesión frecuente

La Confesión Sacramental no es una consulta a un asesor religioso, por medio del cual podemos recibir un buen consejo de moral; no es un momento para “descargar el sentimiento de culpa” por algo que hicimos mal; tampoco es equivalente a un “asesoramiento psicológico-religioso”: por la Confesión Sacramental Cristo en Persona, a través del sacerdote ministerial, perdona los pecados y concede al alma la gracia santificante. Y es esta gracia santificante la que hace participar al alma de la vida del Hombre-Dios, y participar de su vida, quiere decir participar de todo lo que esa vida del Hombre-Dios contiene: fortaleza, serenidad, paz, alegría. De esta manera, en la confesión sacramental, no solo recibimos el perdón de los pecados, sino que participamos de la vida de Jesús, lo cual quiere decir que somos revestidos con la fuerza misma de Jesús. Entonces, recibimos la fuerza para resistir la tentación y nos hacemos capaces de resistirla ¡como Jesús mismo resistió la tentación en el desierto! Por la confesión sacramental, se nos perdonan los pecados y participamos de la vida de Jesús, vida que contiene en sí misma la máxima pureza y castidad, por ser la vida del Hombre-Dios, lo cual quiere decir que ¡poseemos, por participación, la gracia de alcanzar la misma pureza y castidad de Jesús! ¿No es esto algo maravilloso? Si reconociendo el mal que hemos hecho, declarándonos culpables en el Tribunal de la Misericordia, recibiendo la absolución del sacerdote ministerial que actúa in Persona Christi, nos hacemos partícipes de las virtudes de Cristo, entre ellas su pureza y castidad, ¿qué esperamos para confesarnos? ¿Qué esperamos para hacer de la Confesión Sacramental, junto a la Adoración Eucarística y el rezo del Santo Rosario, el objeto y el fin de toda mi vida espiritual? La Confesión Sacramental es una gran forjadora de santos, y está a nuestra disposición. ¡Aprovechémosla!

5.     Dirección espiritual (constante)
“Quien se hace guía de sí mismo confía su camino a un ciego”. Este aserto, que es válido para la vida en general, lo es tanto más, para la vida espiritual. Para no extraviar el Camino que nos conduce al cielo, Cristo Jesús, es necesaria la dirección espiritual y, por supuesto, la docilidad ante las indicaciones del Director Espiritual. La lucha por la conquista de la castidad implica una gran tarea espiritual, para cuyo éxito debe el alma contar con una dirección espiritual que le indique la dirección correcta.

6.     Vida de comunidad (grupos parroquiales)

El ser humano es un ser sociable por naturaleza y cuanto más ejercita su sociabilidad, más oportunidad tiene de trascender fuera de sí mismo, lo cual le ayuda a obtener su plenitud personal. En este sentido, los grupos parroquiales constituyen un valioso auxilio para quien desea vivir una virtud, en este caso, la castidad, porque la interacción con grupos humanos refuerza el sentido de trascendencia y disminuye el peligro del encierro en sí mismo, algo propio de la sexualidad “libre”.


7.     Servir (obras de misericordia corporales y espirituales).
Además de ser un requisito indispensable para entrar en el cielo -puesto que Jesús nos juzgará en el amor demostrado al prójimo más necesitado, y si no tenemos estas obras, no podremos entrar en la Jerusalén celestial-, las obras de misericordia nos hacen ver a nuestro prójimo como los ve Dios, como los ve el mismo Jesús desde la Cruz. De esta manera, dejamos de ver al prójimo con nuestros propios ojos, que son los ojos de la pasión. El prójimo es alguien muy complejo, que posee muchas otras facetas –es creación de Dios, es hijo de Dios, tiene un proyecto de vida, tiene que salvarse, etc.-, más allá de lo que yo puedo ver. El prójimo no es un “objeto” puesto a mi disposición para que yo lo use como un material descartable, y en este sentido, las obras de misericordia me ayudan a verlo como lo ve el mismo Dios y, por lo tanto, me ayudan a respetarlo en su integridad espiritual y física.

8.     Misión
La misión consiste en anunciar a los demás el Amor salvífico y redentor de Dios encarnado en Cristo Jesús. Siendo una obra de caridad, impulsada por el Espíritu Santo, la misión ayuda a vivir la castidad –y la castidad ayuda a misionar con eficacia- porque la castidad, como toda virtud, está enraizada en el Amor de Dios, que es la Caridad, y de ella surge como de su raíz y fuente.

9.     Castidad
         La castidad, lejos de consistir en la represión de la sexualidad, consiste en vivir plenamente la misma, puesto que implica el dominio y control de la misma como modo de integrarla a la persona. Por la castidad, las pulsiones sexuales se integran a la persona y le permiten que esta pueda a su vez orientarse hacia un objetivo trascendente de vida, sea la vida matrimonial o la vida consagrada. La castidad, al poner en orden las fuerzas de la sexualidad, permite que la persona dirija todos sus esfuerzos a la consecución de bienes y objetivos trascendentes, que se encuentran más allá de ella misma y, puesto que en estos bienes y objetivos trascendentes –Verdad, Bien, Belleza- radica su felicidad, se sigue que el dominio de la sexualidad por medio de la castidad constituye el paso inicial, necesario para la felicidad total de la persona.
         Por el contrario, ante la ausencia de castidad, la persona no puede dirigirse hacia esos bienes trascendentales, que es en donde radica su felicidad, porque debe luchar contra las fuerzas desordenadas de su sexualidad, que consumen todos sus esfuerzos. Lejos de poder trascender en busca de la felicidad, como sucede en quien vive la castidad, la persona dominada por sus pulsiones sexuales, está esclavizada por las mismas, lo cual produce un encierro en sí mismo, encierro que causa suma infelicidad, porque el hombre ha sido hecho para la trascendencia y no para la inmanencia.
         El mundo contemporáneo, caracterizado por un burdo materialismo basado en el ateísmo y en el relativismo moral, exalta el desenfreno de la sexualidad, al tiempo que hace ver a su control, dominio e integración en el proyecto de vida de la persona, la castidad, como algo negativo que pertenece al pasado, que debe ser desterrado de la conducta humana desde el momento en que bloquea la libre sexualidad. Es por esto que la castidad aparece como un dis-valor, como un elemento negativo que daña al hombre y cuya posesión implicaría violentar al ser humano, en el sentido de privarlo de su “derecho”, la libre –libertina- expresión de su sexualidad sin controles, sin límites, sin fronteras.
Sin embargo, como hemos visto, lejos de ser así, la castidad, al permitir que el hombre integre la sexualidad y la afectividad en su persona y en su proyecto de vida, le abre un horizonte y una perspectiva nuevos, que sin la castidad no los poseía, el horizonte y la perspectiva de la plena realización de sí mismo, lo cual ya, antes aun de ser llevado a cabo, es en sí mismo causa de paz, de alegría y de felicidad.
La castidad, a la que podemos definir como la integración de la sexualidad en la persona humana, es buena en sí misma y para la persona que la adquiere significa un bien de inapreciable valor, puesto que le facilita la plena realización en cuanto persona, es decir, en cuanto ser racional y libre que se encamina de modo autónomo hacia el Bien, la Verdad y la Belleza.

La disyuntiva entonces no es en los falsos términos planteados por la mentalidad materialista y relativista dominante, es decir, sexualidad libre o represión sexual-castidad, sino en términos de libertad-esclavitud: mientras la sexualidad libre esclaviza al hombre porque lo somete al dominio de sus instintos sexuales, la castidad, por el contrario, lo hace verdaderamente libre, en cuanto que la ordenación de la sexualidad a su fin específico –generación de hijos en el ámbito del matrimonio- le abre la posibilidad de la plena realización de sí como persona humana, es decir, como ser libre, racional, capaz de amar al infinito y capaz de conquistar al Ser por esencia, raíz y fuente de su felicidad total. Y ese Ser por esencia, que es la raíz y la fuente de la felicidad total de la persona, es Dios. La castidad abre el camino para llegar a Dios y en esto radica su más grande e inapreciable valor.

Diez razones para NO VER pornografía



1.     Porque “el cuerpo es templo del Espíritu Santo”, como dice San Pablo (1 Cor 6, 19), y si es templo del Espíritu Santo, no puede ser profanado con imágenes impuras, porque así se profana a la Tercera Persona de la Santísima Trinidad, Dueña del cuerpo del hombre. Un ejemplo nos ayudará a comprender esto: supongamos que un joven ingresa en el templo para asistir a la Santa Misa; apenas traspasa el umbral, ve que  otro joven ha derribado la Cruz del altar, ha tirado los candelabros y ha colocado sobre el altar un televisor plasma gigante; además, a los lados del altar, ha instalado potentes equipos de sonido, y ha conectado el televisor a una computadora y está proyectando pornografía… ¿Le dirías algo a este joven? ¿Qué le dirías? Y si este joven te responde: “El templo es mío y hago lo que quiero con él”. ¿Es correcta esa respuesta? ¡Por supuesto que no! Tendrías que decirle que está en un grave error: que el templo no es de él, sino de Jesús y que Jesús, que está Presente en el sagrario, está muy ofendido y dolido por semejante ultraje. Eso mismo ocurre con quien ve pornografía, porque al ingresar por los ojos del cuerpo, las imágenes se proyectan, como si fuera una pantalla de cine o de televisión, en las paredes del corazón, templo del Espíritu Santo. Entonces, ver pornografía, para un bautizado, es el equivalente a que alguien entre en un templo material y, sacando todo lo que hay en el altar, instalara un  televisor gigante y comenzara a pasar las imágenes impuras. Así como a esa persona habría que decirle que está en un grave error, que debe desistir de su actitud y que no debe volver a hacerlo nunca más, así también el cristiano, tampoco debe ver nunca pornografía, para no ultrajar su cuerpo que por el bautismo ha sido adquirido por Dios Padre, al precio de la Sangre de Dios Hijo, para que sea “templo del Espíritu Santo”.
2.     Porque aunque creas que estás solo viendo pornografía, NUNCA lo estás: está siempre tu Ángel de la Guarda, que no se separa de ti ni de noche ni de día, y que debe taparse la cara de la vergüenza cuando alguien ve pornografía. Además, estás delante de Dios, porque nos encontramos permanentemente ante nuestro Creador, y Dios se apena profundamente cuando alguien consume pornografía, porque se aleja en dirección opuesta a su Amor.  
3.     Porque la pornografía es un pecado mortal y el pecado mortal se paga en la otra vida con el infierno. Allí se sufren horribles castigos, principalmente en los órganos con los cuales se cometió el pecado mortal que fue la causa de la condenación. En este caso, el castigo sufrido de modo particular es en los genitales, porque Dios no creó el sexo para ser usado como en la pornografía, a un nivel más bajo que las bestias irracionales. ¿Alguien vio alguna vez cómo se aparean los animales? Así lo hacen porque fue Dios quien los creó con sexo y fue Dios quien quiso que se reprodujeran mediante el apareamiento. Pero cuando el hombre usa la pornografía, se rebaja a un nivel más bajo que el de los animales irracionales, porque el sexo no ha sido creado por Dios para ser usado de esa manera. El sexo es bueno y santo SOLO EN EL MATRIMONIO –y siempre de modo natural, casto y puro-; es decir, el sexo es bueno y santo y se corresponde con la Voluntad Divina solo cuando es usado por los esposos como un modo de comunicarse los cónyuges el amor esponsal que los une; además, el sexo entre los esposos debe estar siempre abierto a la vida, para que nazca el hijo, fruto del amor esponsal. Sólo así, con estas condiciones, el sexo en el hombre es acorde a la Divina Voluntad. Cualquier otro uso del sexo, y mucho más en la pornografía, ofende gravemente a Dios y contraría su Divina Voluntad. Si tienes la tentación de ver pornografía, piensa en el momento de tu muerte, momento en que serás llevado ante la Presencia del Justo Juez para recibir lo que mereciste con tus obras. Si mueres luego de haber visto pornografía, morirás con ese pecado mortal en el alma y tú solo pedirás, en tu juicio particular, ser apartado de la Presencia de Dios Trino para siempre, y allí comprenderás que no valía la pena sufrir una eternidad de dolores por un placer ilícito y efímero.
4.     Porque la pornografía te convierte en un delincuente a los ojos de los hombres y a los ojos de Dios y esta es la razón: detrás de una página pornográfica, hay seres humanos que sufren, porque en la gran mayoría de los casos, son personas que han sido raptadas y obligadas a hacer esas cosas bajo amenaza de muerte y tú te haces responsable y culpable de sus terribles sufrimientos ante Dios, teniendo en cuenta que no solo sufre esa persona secuestrada, sino todo su entorno familiar. El siguiente ejemplo puede ayudarte para entender mejor lo que queremos decir: tú, que vienes a Misa y te confiesas y comulgas, pero también ves pornografía, ¿saldrías con armas de fuego a secuestrar personas para recluirlas en una casa oculta a la vista de todos, los obligarías, bajo amenaza de muerte, a que hagan esas cosas aparentando felicidad, porque tú los encañonas con un revólver para que finjan felicidad, subirías esos videos a la red para ganar dinero con ellos, y les pegarías un tiro para deshacerte de estas personas cuando ya no te sirvan más o cuando la cosa se ponga complicada? Con toda seguridad, responderás “No, yo no haría eso”, pero cuando ves pornografía, sí lo haces virtualmente, porque te conviertes en el jefe virtual de esa banda de delincuentes que han secuestrado, violentado, humillado y asesinado –la mayoría de las personas que aparecen en videos pornográficos ya está muerta-, y es así como, ante la justicia humana y ante la Justicia Divina, te haces merecedor de los más duros castigos. La justicia humana no te hará nada, pero te aseguro que de la Justicia Divina no escaparás…
5.     Porque la Sagrada Escritura nos advierte: “No hagas a los demás lo que no te gusta que te hagan a ti” (Tob 4, 15). Si Dios nos advierte, es por algo. ¿Te gustaría que te hicieran eso, todo el día, todos los días, delante de miles de personas? ¿Te gustaría que se lo hicieran a tus seres queridos? Con toda seguridad, tu respuesta es un rotundo: “No”. Entonces, no lo hagas, no veas pornografía, porque por algo nos advierte la Palabra de Dios. Si no entendemos por las buenas, Dios nos hará entender por las malas, pero en ese momento, ya será tarde para el arrepentimiento…
6.     Porque la pornografía quiere decir que le dijiste “No” a Dios y a sus Mandamientos de Amor, y te decidiste por los mandamientos de Satanás. Si Dios desde la Cruz te decía: “No cometerás actos impuros”, “No consentirás pensamientos ni deseos impuros”, “No mirarás pornografía”, pero aun así lo mismo viste pornografía, eso quiere decir que elegiste libremente no cumplir los Mandamientos de Dios, para cumplir, también libremente, los Mandamientos de Satanás, porque todo pecado es decirle “No” a Dios y sus Mandamientos, para decirle “Sí” a Satanás y a sus Mandamientos. ¿Cuáles son los Mandamientos de Satanás? “Comete actos impuros, consiente pensamientos y deseos impuros, mira pornografía, déjate vencer por la lujuria, no te preocupes, haz lo que quieras…”. Quien, por libre voluntad, no cumple los Mandamientos de Dios, sí cumple, también por libre voluntad, los Mandamientos de Satanás. Y en la otra vida recibe el doloroso pago de su mala elección. Entonces, no mires pornografía, no juegues con la Misericordia Divina, no tientes a Dios, a ver hasta dónde llega su paciencia, porque Dios nos espera y nos tiene paciencia, pero su paciencia también tiene un límite. ¿Quieres que Dios esté eternamente enojado contigo? Por supuesto que no. Entonces, no mires pornografía, cumple los Mandamientos de Dios.
7.     Porque mirar pornografía quiere decir literalmente ser arrastrado por las pasiones, como cuando alguien desea cruzar un río caudaloso, cuyas aguas bajan turbias e impetuosas: no es lo mismo que ese alguien haga el esfuerzo de cruzar, ayudado por un cayado y por el pensamiento de que su amorosa madre lo espera en la otra orilla, a dejarse arrastrar por el agua y encontrando la muerte río abajo. El que cruza el río caudaloso de aguas turbias con un cayado, con el pensamiento puesto en su madre que lo espera en la otra orilla, es el que en la tentación se aferra a la Cruz de Jesús y al Santo Rosario; a ese nunca le faltará la ayuda del cielo para no caer y así no solo nunca caerá, sino que acrecentará cada vez más el estado de gracia, gracia que lo hace partícipe de la vida divina. En cambio, el que en vez de cruzar el río se deja arrastrar por sus aguas para morir, es el que no lucha contra la tentación y no acude ni a Jesús en la Cruz ni a la Virgen en el Rosario, encontrando así la muerte del alma que es el pecado mortal.
8.     Porque el pecado de lujuria le ocasiona terribles dolores a Jesús en su Cuerpo. ¿Le pegarías trompadas a Jesús si se te apareciera? Eso es lo que haces cuando ves pornografía, porque tus pecados repercuten sensible y físicamente en el Cuerpo de Jesús, y son la causa de sus golpes, flagelaciones y heridas abiertas y sangrantes. Si no te mueve el temor del infierno o las alegrías del cielo para no ver pornografía, al menos que te mueva la compasión hacia Jesús, golpeado y flagelado por tus pecados… Es esto lo que Santa Teresa de Ávila quiere decir con su hermosísimo poema, recitado ante Cristo crucificado: “No me mueve, mi Dios, para quererte, el cielo que me tienes prometido/Ni me mueve el infierno tan temido, para dejar por eso de ofenderte/ Tú me mueves, Señor, muéveme el verte/clavado en una Cruz y escarnecido/Muéveme ver tu Cuerpo tan herido,/muévenme tus afrentas y tu muerte./Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera/que aunque no hubiera cielo, yo te amara,/y aunque no hubiera infierno, te temiera./No me tienes que dar porque te quiera,/pues aunque lo que espero no esperara,/lo mismo que te quiero te quisiera”. Reza esta oración con el corazón, delante de Cristo crucificado, y Él te dará su Amor en una medida tan grande, que el espectro de la pornografía no aparecerá nunca más en tu vida. Además de en la Cruz, puedes rezar este poema a Cristo en la Eucaristía, porque Jesús quiere donarte el Amor de su Sagrado Corazón eucarístico en su totalidad y sin medida. La pornografía te separa del Amor de Dios; ¿te vas a quedar sin el Amor de Jesús Eucaristía, por algo tan bajo y soez?
9.     Porque la pornografía es darle golpes y más golpes a Jesús agonizante en la Cruz. Haz el siguiente ejercicio espiritual: toma un crucifijo, en donde sean visibles las heridas y la Sangre de Jesús; pídele a la Madre de Dios que te dé la gracia de saber cuál o cuáles de las heridas de Jesús fueron ocasionadas por causa tuya, por haber cometido el pecado de la pornografía. Contempla en silencio a Cristo crucificado, agonizante, y prométele que no lo golpearás más, que ya está bien con todos los golpes que recibió por tus pecados; prométele que no verás nunca más pornografía. Y para que tu propósito sea firme, reza el Rosario todos los días, sígnate con el agua bendita todos los días, y pídele también todos los días, a la Madre de Dios, que es también tu Madre, la siguiente gracia: la gracia de morir antes de cometer un pecado mortal. Porque nadie se condena por morirse, pero sí por un solo pecado mortal, como el haber visto pornografía o por haber al menos deseado y consentido ver pornografía. Es preferible morir mil veces en esta vida y ser llevados al cielo, que permanecer vivos con el pecado mortal de la pornografía y correr el gravísimo riesgo de ser condenados.

10.           La última razón para no ver pornografía, es que el corazón humano es muy pequeño y solo tiene lugar para una de dos cosas: o la pornografía, o el Amor de Dios. O es una cueva pestilente y babeante, en donde anida Asmodeo, el demonio de la lujuria, o es un nido de luz en donde se posa y descansa la dulce paloma del Espíritu Santo, el Amor de Dios. Que sea el Amor de Dios el que viva en tu corazón.

viernes, 18 de octubre de 2013

Jesucristo, Luz de la juventud


         Dentro de la liturgia de la Iglesia, hay un rito que se denomina “lucernario” o “rito de la luz”, cuyo sentido es el de expresar, por medio de la liturgia, el misterio de la Pascua de Jesucristo. En este rito, se presentan la luz y la oscuridad, como símbolos de realidades espirituales sobrenaturales: Cristo representa la luz de Dios y las tinieblas representan al pecado y al demonio.
         Cristo es representado por la luz del cirio pascual porque Él es Dios y Dios, en sí mismo, es luz, porque su naturaleza divina es luminosa. “Dios es luz y en Él no hay tinieblas”, dice el Evangelio. En cuanto Dios, Cristo es por lo tanto luz, pero no la luz que conocemos, la luz creatural, sea la artificial o la del sol: Cristo es luz divina, celestial, indefectible, eterna, desconocida sea para el hombre como para el ángel, a menos que Él se dé a conocer; es una luz que, a diferencia de la luz creada o la luz artificial, posee vida en sí misma, la vida divina y la comunica a quien ilumina. A diferencia de la luz creatural, que es inerte y solo en sentido traslaticio “da vida” –por ejemplo, decimos que la luz del sol “da vida” a la naturaleza-, esta luz que es Cristo comunica la vida divina al alma a la que ilumina, convirtiéndola en una imagen resplandeciente de sí misma, divinizando al hombre.
         Cristo es Luz que es vida y vida divina, y también es Luz que es Amor, porque “Dios es Amor” y esta es la razón por la cual al alma iluminada por Cristo le es comunicada por participación la vida divina y el Amor eterno e infinito del Sagrado Corazón de Jesús.
Cristo es Luz porque es Dios, y así lo cree la Fe de la Iglesia: “Dios de Dios, Luz de Luz”, y en cuanto luz divina, Cristo ilumina con el resplandor de su Ser trinitario a los ángeles y santos en el cielo, tal como lo dice el Apocalipsis: “El Cordero es la lámpara de la Jerusalén celestial”. En el cielo, los ángeles y los santos no se iluminan con luz creada alguna; no se alumbran ni con la luz del sol, ni con la luz eléctrica, sino con el resplandor intensísimo, que brilla con un esplendor más intenso que mil millones de soles juntos –pero que a pesar de eso no ciega los ojos-, la luz del Ser trinitario del Cordero que surge de su Corazón como de su Fuente inagotable.
Y a nosotros, en la Iglesia, Jesús nos ilumina con la luz de la gracia, de la Fe y de la Verdad.
Cristo Resucitado es la luz del mundo, y quien es alumbrado por Él, no sólo no vive en las tinieblas del error, de la ignorancia y del pecado, sino que vive con la vida nueva de la gracia, la vida de los hijos adoptivos de Dios. Cristo es Luz y Luz divina, eterna, y por eso vence a las tinieblas, no las tinieblas de la Creación, las tinieblas de la noche, que sobrevienen luego de pasado el día, porque Él las creó y por esto son buenas, sino las tinieblas siniestras y perversas del Averno, las tinieblas que fueron creadas en los corazones de los ángeles caídos, los ángeles que por sí mismos decidieron ser aquello que Dios nunca quiso ni creó: tinieblas, perversión, error, pecado, malicia, odio a Dios. Cristo Luz del mundo, Luz eterna e indefectible, Luz que es Vida eterna y Amor infinito, venció para siempre a las tinieblas del Infierno en la Cruz y renueva su Victoria cada vez en la Santa Misa, renovación incruenta del Santo Sacrificio de la Cruz.
Las tinieblas de la ceremonia del Lucernario son entonces símbolo de las tinieblas del Averno, los perversos ángeles caídos, que por propia y pervertida voluntad decidieron verse privados para siempre de Luz Divina de Dios, Uno y Trino. Pero estas tinieblas son también símbolo de Dios Uno y Trino, no en sí mismo, que es Luz indefectible, como hemos dicho, sino para el hombre, porque en el misterio de su Triunidad es inaccesible e inalcanzable para toda creatura, sea humana o angélica. Dios Uno y Trino es tinieblas para nosotros y para los ángeles, porque nuestra mente creatural es del todo incapaz de comprender, abarcar, comprender, el misterio de la Trinidad de Personas en un solo Dios verdadero.
Cristo Luz vence a las tinieblas, en la Cruz y en la Eucaristía, y quien se acerque a adorarlo, en la Cruz y en la Eucaristía, recibirá de Él su Luz indefectible, su Vida divina, su Amor eterno. En un mundo que “yace en tinieblas y en sombras de muerte” (Lc 1, 68-79), y en donde los jóvenes son acechados continuamente por las tinieblas vivas, los ángeles caídos, Cristo Luz del mundo es la única esperanza de salvación para la juventud.

          

miércoles, 16 de octubre de 2013

Reflexiones sobre los novísimos en ocasión de la muerte de un joven


         Cuando se produce la muerte de una persona, el hecho mismo de la muerte nos conduce a reflexionar sobre aquello que hay “más allá” de la muerte, es decir, la “otra vida” que nos espera una vez traspasados los umbrales de la muerte. Esta reflexión se impone con toda muerte, pero sobre todo cuando esa muerte es la de una persona joven, porque el joven –en teoría-, como suele decirse, “tiene toda la vida por delante”, y con la muerte ese destino se ve truncado. Pero la reflexión sobre el más allá se imponte más todavía, cuando esa muerte, además de ser joven, es una muerte inesperada, súbita, que sucede cuando nadie la esperaba.
         ¿Qué sucede con la muerte? Es decir, ¿qué sucede “más allá” de la muerte? Las respuestas que demos son muy importantes, toda vez que, en la actualidad, la secta de la Nueva Era o New Age ha distorsionado, deformado, ocultado, pervertido, aquello que espera al hombre luego de la muerte terrena. Es por esto que, ante todo, debemos reflexionar acerca de lo que no existe más allá de la muerte: no existe la reencarnación –una teoría falsa según la cual el alma “migra” de cuerpo en cuerpo hasta lograr un estado de perfección-; no existe el “pasaje automático” al cielo –muchos creen que luego de la muerte, inmediatamente, sean cuales sean los méritos o deméritos de quien muere, Dios “perdona todo” y se accede al cielo-; no existe la “disolución en la nada”, como el Nirvana, tal como lo sostienen las religiones orientales; no existe un “infierno vacío”, por el contrario, la Virgen en Fátima nos avisa que son muchísimos los que caen en él, y uno de los pecados que más almas hace caer en el infierno, es el pecado de la carne, la lujuria, la pornografía-; no existe el paso a “otra galaxia”, como sostienen falsamente las sectas ufológicas. Y así podríamos seguir, indefinidamente, porque la Nueva Era ha deformado enormemente la realidad de la muerte y del más allá, en su intento de apartar a los hombres de la verdad, y la única verdad es que luego de la muerte esperan solamente dos destinos posibles: o el Cielo –previo paso por el Purgatorio para purificar el alma de quien lo necesite- o el Infierno, y ambos destinos son irreversibles, eternos, para siempre.
         Nos enseña el Catecismo de la Iglesia Católica que inmediatamente luego de producida la muerte, el alma, separada del cuerpo –en esto consiste la muerte terrena- se presenta ante Dios, para recibir su Juicio Particular. Esto explica que, paradójicamente, la muerte sea el momento más importante de la vida de una persona, porque se decide su destino eterno: o Cielo y alegría para siempre, o Infierno y dolor para siempre. Una vez que el alma se encuentra ante Dios, puede ver y comprobar, sin ningún tipo de error ni duda, que Dios es Amor, un Amor infinito, Purísimo, Eterno, Inmaculado, y que pueden estar con Él solo quienes tengan ese mismo Amor en sus corazones, y esto significa el “morir en gracia”.
Quien haya muerto con este Amor purísimo en el corazón, irá directamente a la Presencia de Dios, para comenzar a gozar y a alegrarse de su visión por la eternidad, y esto es lo que llamamos “Cielo”.
Quien haya muerto con un amor imperfecto, deberá ser purificado por el Fuego del Amor de Dios, para poder ingresar al Cielo con un Amor perfecto, y esto es lo que llamamos “Purgatorio”, en donde los sufrimientos son terribles, iguales al infierno, pero con la esperanza cierta de que algún día se saldrá de allí.
Quien haya muerto sin Amor de Dios en el corazón, es decir, quien haya muerto con odio –porque si no está el Amor de Dios, está el odio contra Dios-, él solo pedirá el ser apartado de Dios para siempre, porque en ese momento se dará cuenta que no puede estar ante la Presencia de Dios Amor quien no tiene Amor en el corazón; él solo pedirá ser separado para siempre del Amor, y esto es lo que llamamos “Infierno”, en donde el condenado tendrá lo que siempre quiso: pecado y odio, odio y pecado, y ausencia de Dios, y esto para siempre, para siempre, sin finalizar nunca jamás.
¿Qué es lo que provoca ausencia del Amor de Dios? El pecado, porque el pecado es negación del Amor de Dios; es expulsar del corazón a Dios, que es Amor, para dar cabida a las pasiones desenfrenadas. ¿Qué tipos de pecados desplazan al Amor de Dios y hacen que si el alma muere en ese estado, pida ser apartada de Dios para siempre y condenada en el infierno? La lujuria –pornografía-; la ira –la discordia, la enemistad, la venganza, el rencor-; la avaricia; la gula; la pereza –tanto la corporal, que impide cumplir con el deber de estado, como la espiritual o acedia, que provoca hastío o tedio por las cosas de Dios-; la envidia, que hace entristecerse por los bienes ajenos; la soberbia, que es el deseo desordenado de honor y gloria mundanos.
         Muchos en la actualidad prefieren ir al estadio de fútbol los Domingos, en vez de ir a Misa, sin darse cuenta que, en el día de su muerte, cuando los demonios los acechen para tentarlos con la desesperación, no estarán allí los futbolistas a quienes idolatraron en vida,  clamarán por Dios, pero para muchos será muy tarde; muchos prefieren los bailes desenfrenados, el alcohol, el sexo pre-matrimonial, las drogas, la música inmoral que incita a todo tipo de pecado, como la cumbia, el rock, el rap y muchos otros géneros musicales más, profanando de esta manera el cuerpo que, como dice San Pablo, “es templo del Espíritu Santo” (1 Cor 6, 19), sin darse cuenta que de esta manera convierten a sus cuerpos, de templo del Espíritu Santo, en guaridas de demonios, y así permanecerán para siempre si mueren con sus cuerpos profanados; muchos prefieren el adulterio, el concubinato, la infidelidad, antes que la castidad conyugal y la fidelidad, sin darse cuenta de que si mueren en ese estado, tendrán por horrible compañía al demonio y a los condenados; muchos prefieren abandonar a sus padres en la vejez, en vez de cuidarlos y atenderlos como manda el Cuarto Mandamiento, y todos estos no se dan cuenta que están cumpliendo los mandamientos de Satanás y no los Mandamientos de Dios, y que al final de la vida, en el día de su muerte, Dios les dará lo que ellos pidieron toda su vida, el pecado, y los dejará librados a aquel a quien obedecieron toda su vida, el demonio, y los dejará irse libremente al Infierno, allí donde siempre añoraron ir con su vida de pereza, de ira, de lujuria, de gula, de soberbia, de envidia, de avaricia.
Cuando se buscan imágenes de San Miguel Arcángel, además de aquellas en las que el Santo Arcángel está levantando su espada contra el demonio, hay otras en las que se lo ve pesando las almas en el Día del Juicio Final: a las que encuentra vacías de amor y buenas obras, las entrega al demonio, después de escuchar la sentencia del Terrible Juez: “Apártate de Mí, maldito, al fuego eterno, porque tuve hambre y sed y estuve enfermo y preso y no me socorriste”; a las que encuentra llenas de amor y buenas obras, las entrega a Dios, luego de escuchar las palabras del Justo Juez: “Ven a Mí, bendito, a gozar del Reino de mi Padre, porque tuve hambre y sed y estuve enfermo y preso, y me socorriste” (cfr. Mt 25, 41ss).

Para que seamos conducidos a Dios en el día de nuestra muerte, en el día de nuestro Juicio Particular, para que la muerte no nos sorprenda sin obras buenas y sin amor, obremos la misericordia, combatamos nuestras pasiones desordenadas, hagamos oración, acudamos a la Santa Misa dominical, vivamos en gracia, y encomendémonos a la Divina Misericordia, para que por el Amor infinito de Dios, nos veamos libres de nuestras culpas y seamos conducidos a la eterna felicidad en el Cielo.