El
docente católico, como todo docente, posee una vocación especial, que es el
llamado o vocación a realizar un apostolado como es el de enseñar a las nuevas
generaciones a encontrar la Verdad y vivir según esa Verdad. Puesto que se
trata de un docente católico –lo cual quiere decir que su fe católica debe
impregnar su docencia, aunque no sea docente de religión-, posee rasgos que lo
caracterizan.
Para determinar cuáles son esos rasgos, consideremos brevemente las enseñanzas
de Jesús, explicitadas en el Magisterio de la Iglesia Católica.
1. Afirmaciones del Magisterio:
De
las numerosas enseñanzas de la Iglesia sobre el tema de la educación, podemos
destacar algunas que nos permitirán esbozar el perfil del docente católico.
Un
primer documento a analizar se denomina “Gravissimun Educationis”, del Concilio
Vaticano II:
En
su n. 5 dice así: “Entre todos los medios de educación, el de mayor importancia
es la escuela, que, en virtud de su misión, a la vez que cultiva con asiduo
cuidado las facultades intelectuales, desarrolla la capacidad del recto juicio,
introduce en el patrimonio de la cultura conquistado por las generaciones
pasadas, promueve el sentido de los valores, prepara a la vida profesional,
fomenta el trato amistoso entre los alumnos de diversa índole y condición,
contribuyendo a la mutua comprensión; además, constituye como un centro de cuya
laboriosidad y de cuyos beneficios deben participar a un tiempo las familias,
los maestros, las diversas asociaciones que promueven la vida cultural, cívica
y religiosa, la sociedad civil y toda la comunidad humana”. Como podemos ver, para la Iglesia Católica
la escuela desempeña un papel fundamental en la educación de niños y jóvenes
–la llama “instrumento de educación de mayor importancia”-, sobre todo en su
rol de afianzar y fortalecer el intelecto –razón,inteligencia, memoria- y la
voluntad –promueve el conocimiento y la vivencia de valores morales y
espirituales específicos de la fe católica-, además de promocionar la
fraternidad humana –al enseñarle que todo ser humano, por el solo hecho de ser
un ser humano, es su prójimo, al cual le debe el respeto que su condición
humana exige, independientemente de su sexo, raza, religión, etc.-. De este
aporte de la escuela católica a la educación de los hijos, se benefician tanto
la familia, como la sociedad y la nación. Cuando la escuela cede, retrocede o
abdica en su tarea de formación de valores espirituales católicos y de virtudes
naturales y sobrenaturales, prevalecen en el niño las oscuras fuerzas del mundo
que solo provocan frutos de desolación y muerte, como lo podemos ver en
experiencias educativas totalitarias, como el comunismo y el nazismo. En estas
ideologías, la carencia absoluta de valores humanos y cristianos lleva
inevitablemente a una educación deshumanizada que hace ver al prójimo no como
un hermano, con el cual compartimos la humanidad, sino como una “cosa” u
“objeto” que puede ser manipulado según las directivas ideológicas del partido
en el poder.
Ahora bien, el docente católico
debe tener en cuenta que la escuela no puede cumplir ninguno de estos
objetivos, si el docente no tiene en cuenta al Hombre-Dios Jesucristo como
modelo de vida divina y Fuente Increada de toda gracia.
Continúa
el documento del Concilio: “Hermosa es, por tanto, y de suma importancia la
vocación de todos los que, ayudando a los padres en el cumplimiento de su deber
y en nombre de la comunidad humana, desempeñan la función de educar en las
escuelas. Esta vocación requiere dotes especiales de alma y de corazón, una
preparación cuidadosísima y una facilidad constante para renovarse y adaptarse”.
La vocación docente es “hermosa y de suma
importancia”, según la Iglesia y para desarrollar esta vocación, hacen falta
“dotes especiales de alma y corazón”, además de una cuidadosa preparación y una
facilidad para renovarse y adaptarse”. En este último párrafo hay que precisar
que la “renovación y adaptación” se refiere, siempre, únicamente a la
metodología pedagógica con la cual el docente debe enseñar, pero NUNCA la
renovación y adaptación se debe dar en los principios básicos de la razón
humana y de la fe católica.
Otro
documento magisterial referente a la educación proviene de la Sagrada
Congregación para la Educación Católica, de 1977; se llama “La escuela católica”
y dice así en su número 30: “Constituye una responsabilidad estricta de la
escuela, en cuanto institución educativa, poner de relieve la dimensión ética y
religiosa de la cultura, precisamente con el fin de activar el dinamismo
espiritual del sujeto y ayudarle a alcanzar la libertad ética que presupone y
perfecciona a la psicológica. Pero no se da libertad ética sino en la
confrontación con los valores absolutos de los cuales depende el sentido y el
valor de la vida del hombre. Se dice esto, porque, aun en el ámbito de la
educación, se manifiesta la tendencia a asumir la actualidad como parámetro de
los valores, corriendo así el peligro de responder a aspiraciones transitorias
y superficiales y perder de vista las exigencias más profundas del mundo
contemporáneo”. La escuela católica debe
enseñar “la dimensión ética y religiosa de la cultura”, para que el educando
alcance la perfección psicológica y la libertad ética”. Como podemos ver, la
ética, que se deriva de la moral y ésta a su vez de la espiritualidad católica
y la espiritualidad católica se funda no sobre una formulación de contenidos
teológicos abstractos, sino en el misterio del Hombre-Dios Jesucristo, Segunda
Persona de la Trinidad, forma parte esencial de la educación católica. Una vez
más, si el docente católico hace silencio frente a la cultura dominante de
nuestro tiempo, a la que Juan Pablo II llamó “cultura de la muerte”, el
educando queda literalmente desarmado –moral y espiritualmente- frente a las
ideologías gnósticas, ateas, neo-paganas o panteístas, que terminan por
imponerse en la mente, en el corazón y en el obrar del educando. Un ejemplo
concreto puede ayudarnos a comprender lo que decimos: si no se enseña que todo
ser humano tiene un derecho básico, fuente de todos los derechos, como es el
derecho a la vida, se termina aceptando conductas inhumanas como el aborto, la
FIV, el alquiler de vientres, la eutanasia. Ahora bien, toda la moral y la ética
católica se derivan de las enseñanzas del Hombre-Dios Jesucristo, desarrolladas
y profundizadas –en el mismo sentido y en la misma dirección- por el Magisterio
de la Iglesia. La oposición al aborto, no es una cuestión de fe, pero el
docente católico no puede nunca estar a favor del mismo, porque el aborto
contradice los principios de la razón y de la ciencia médica y biológica.
El
mismo documento, en su número 78, dice así: “Los maestros, con la acción y el
testimonio, están entre los protagonistas más importantes que han de mantener
el carácter específico de la Escuela Católica. Es indispensable, pues,
garantizar y promover su “puesta al día” con una adecuada acción pastoral. La
cual tendrá por objetivo, bien sea la animación general que subraya el testimonio
cristiano de los maestros, o bien la preocupación por los problemas
particulares relativos a su apostolado específico una visión cristiana del
mundo y de la cultura, y una pedagogía adaptada a los principios evangélicos”. Hay varios puntos a destacar: los maestros,
los docentes católicos, “han de mantener el carácter específico de la Escuela
Católica”, deben “actualizarse para su apostolado” y su apostolado tendrá por
objetivo dar testimonio cristiano como maestros y aportar la visión propia de
su campo –la docencia- para la solución cristiana de los problemas que traen
aparejados el mundo y la cultura; por último, deben adaptar la pedagogía a los
principios evangélicos –y no al revés, los principios evangélicos a la
pedagogía-. Entonces, testimonio de vida cristiana, actualización profesional
bajo la guía de la Revelación de Jesucristo, aporte del campo específico
docente a los problemas que se presentan cotidianamente en todos los ámbitos.
En
el Documento “El laico católico, testigo de la fe en la escuela”, de la Sagrada
Congregación para la Educación Católica, del año 1982, se dice así en el número
16: “Efectivamente no se habla aquí del profesor como de un profesional que se
limita a comunicar de forma sistemática en la escuela una serie de conocimientos,
sino del educador, del formador de hombres. Su tarea rebasa ampliamente la del
simple docente, pero no la excluye. Por esto requiere, como ella y más que
ella, una adecuada preparación profesional. Ésta es el cimiento humano
indispensable sin el cual sería ilusorio intentar cualquier labor educativa”. Según este documento, el docente católico no
es un mero transmisor de conocimientos, sino un “formador de hombres”, de seres
humanos, de personas humanas. Ahora bien, la plenitud del ser humano, de la
persona humana, se encuentra en Cristo y en la unión orgánica por la gracia con
Cristo Dios; de ahí la necesidad de que el educador católico se capacite, con
la mayor perfección posible, en su formación profesional.
Y
luego continúa: “Pero además la profesionalidad de todo educador tiene una
característica específica que adquiere su significación más profunda en el caso
del educador católico: la comunicación de la verdad. En efecto para el educador
católico cualquier verdad será siempre una participación de la Verdad, y la
comunicación de la verdad como realización de su vida profesional se convierte
en un rasgo fundamental de su participación peculiar en el oficio profético de
Cristo, que prolonga con su magisterio”. Esto
es importantísimo: el educador católico debe comunicar la Verdad y para eso hay
que tener en cuenta lo siguiente: la Verdad es Absoluta, es una sola, porque no
hay verdad relativa y esa Verdad es una Persona, la Persona Segunda de la
Trinidad, Cristo Jesús, que es la Sabiduría Eterna del Padre, encarnada y es de
esta Verdad que es Cristo Jesús, de donde se deriva toda verdad participada.
En
el número 17, dice así este documento: “La formación integral del hombre como
finalidad de la educación, incluye el desarrollo de todas las facultades
humanas del educando, su preparación para la vida profesional, la formación de
su sentido ético y social, su apertura a la trascendencia y su educación
religiosa. Toda escuela, y todo educador en ella, debe procurar “formar
personalidades fuertes y responsables, capaces de hacer opciones libres y
justas”, preparando así a los jóvenes “para abrirse progresivamente a la
realidad y formarse una determinada concepción de la vida”. El docente católico tiene el deber de ayudar
al educando a “ver la realidad”, lo cual quiere decir aprender a discernir
entre el bien y el mal, entre la cultura de la vida y la cultura de la muerte;
debe ayudarlo a “formarse una determinada concepción de vida”, concepción de
vida que no puede ser otra que la que le ofrece la cosmovisión católica, en la
que es esencial la comprensión de esta vida como pasajera y efímera y como
antesala de la vida eterna. El docente no puede nunca presentar al educando una
cosmovisión horizontal, inmanente, relativista, materialista, hedonista, porque
esa cosmovisión contradice frontalmente a la cosmovisión católica, según la
cual esta vida es “lucha” –“lucha es la vida del hombre sobre la tierra”, dice
la Escritura- y “prueba” para ganar la vida eterna en la felicidad de la
Trinidad y no en el dolor de la eterna condenación.
Una
vez que hemos reflexionado acerca de lo que el Magisterio de la Iglesia nos
dice acerca de la escuela católica y del educador católico, podemos determinar
someramente cuáles deben ser los rasgos distintivos del perfil del educador
católico.
2. Rasgos del perfil del educador
católico:
Antes
de comenzar con el perfil propio del educador católico, existe una condición sine qua non un docente no puede
llamarse “católico” en el pleno sentido de la palabra y es la práctica de su
religión. En otras palabras, no puede decirse “docente católico” –no puede ni
siquiera calificar para llamarse “docente católico”- alguien que no crea en las
verdades del Credo, o que no crea en el poder santificador del Sacramento de la
Penitencia, o que no crea en la Presencia Real de Nuestro Señor Jesucristo en
la Eucaristía, o que no viva o al menos trate de vivir, según los Mandamientos
de Dios, que comprenden los Mandamientos dados a Moisés y explicitados y
ampliados por Dios Hijo en Persona en el Evangelio, como por ejemplo, amar al
enemigo, perdonar setenta veces siete, cargar la cruz de cada día y seguirlo,
etc.
Una
vez hecha esta consideración, podemos esbozar brevemente las características del
perfil del educador católico. El docente católico debe ser:
a)
Amante de la Verdad y transmisor de la Verdad: para esto se necesita una postura
ética cimentada sólidamente en la Palabra de Dios escrita –la Sagrada Escritura-
y la Palabra de Dios encarnada –Jesús Eucaristía-. Al hablar de la Verdad, nos
referimos a la Verdad con mayúscula, para indicar que hablamos de Jesús mismo,
quien se reveló a Sí mismo como la Verdad Única de Dios Trino: “Yo Soy la
Verdad” (Jn 14,6). Esto excluye
cualquier sistema pedagógico que no tenga a Cristo Dios como fundamento, como
por ejemplo, el sistema pedagógico de las Escuelas Waldorf,
fundamentados en el ocultismo y gnosticismo esotérico de los “padres” de la
religión del Anticristo, la Nueva Era, las teósofas Annie Besant y Madame Blavatsky
y el ocultista neo-pagano Rudolf Steiner. Todo
este sistema pedagógico se basa en la falsedad y el error y por lo tanto es
incompatible para el docente católico.
b)
Interesado y comprometido en la preparación constante: la actualización a todo
nivel, en modo integral, como parte del proceso vital. No podemos pensar en un
docente que no sigue estudiando y buscando nuevos caminos para profundizar
sobre sus tareas: esto es fundamental en nuestros días, en los que antropología
inmanentista se ha impuesto en la batalla cultural y ha provocado una verdadera
inversión o subversión de los valores cristianos.
c)
Sabe responder a los retos de nuestro tiempo: es una consecuencia de lo
anterior, de la preparación constante. Es muy necesario en nuestros días,
caracterizados por el pensamiento débil, fluctuante, desapegado y enfrentado a
la Verdad, veleta de los vientos de novedad, que lleva a que el sentimiento o
la imaginación –autopercepción- prevalezca por encima de la objetividad que
brinda la ciencia médica y la biología. De ninguna manera puede un docente católico
“adaptarse” al pensamiento débil, porque eso sería una traición a su fe católica
y a su ser docente.
d)
Posee capacidad para adaptar una pedagogía según los principios del Evangelio:
Jesús en el Evangelio enseña con autoridad, no con autoritarismo, sino con
autoridad, con la autoridad que le confiere ser Él la Sabiduría Increada del Padre
y Encarnada en el seno virgen de María. El docente católico debe cristianizar
una cultura que se ha paganizado, que ha retrocedido dos mil años y ha adoptado
la oscuridad propia del paganismo pre-cristiano y esta oscuridad se hace
palpable en la construcción de una anti-cultura, la “cultura de la muerte”, que
en su afán por oponerse a Cristo, se opone en última instancia al hombre mismo,
provocando literalmente su destrucción (leyes que promueven el aborto, la
eutanasia, la FIV, el alquiler de úteros, etc.).
e)
El docente no debe nunca adoctrinar a sus formandos y mucho menos cuando se
trata de ideologías anti-cristianas, como el materialismo, el hedonismo, el
comunismo. Por el contrario, debe ser formador de personas libres y pensantes,
pero para lograr esto, debe considerar las palabras de Jesús: “La Verdad os
hará libres”, lo cual quiere decir que si el docente católico no contempla la
Verdad Encarnada, Jesucristo, del cual se deriva toda verdad participada, no
posee esta característica del docente católico. El ser una “persona libre y
pensante”, no significa hacer lo que se quiere, sino obrar según la Verdad y
esa Verdad Encarnada es el Hombre-Dios Jesucristo.
Por
último, el docente católico debe poseer una firmeza inquebrantable en dos
aspectos: en lo que respecta a la razón humana –según la cual el blanco no
puede ser blanco y negro al mismo tiempo- y en lo que respecta a su fe
católica: precisamente, la falta de práctica firme y constante de la propia fe católica,
ha llevado a las ideologías mundanas –materialistas, hedonistas, narcisistas- a
tomar la delantera y a ocupar la práctica totalidad de la enseñanza. El docente
católico debe rechazar todo compromiso con el mundo y debe ser consciente que
su claudicación en la fe o su silencio, facilitan en extremo el avance sobre la
pisquis y el espíritu de los alumnos, de las ideologías mundanas que, además de
ser anti-cristianas, son también anti-humanas.
Conclusión:
El
docente católico tiene una misión sumamente importante, como lo es la de la
enseñanza, porque lo que él enseñe, eso aprenderá su alumno y esa enseñanza
puede impactar de forma positiva o negativa, de acuerdo a cómo sea esa
enseñanza.
En
la tarea que debe desempeñar, el docente católico tiene que tomar como
referencia de su enseñanza al Hombre-Dios Jesucristo, puesto que Él es la
Palabra del Padre engendrada en la eternidad y encarnada en el tiempo en Belén
y renovando incruenta y sacramentalmente su Encarnación en cada Eucaristía.
La
referencia a Jesucristo es obligada, por así decirlo, para el docente católico,
pues siempre se toman como fuente de la enseñanza a quien es maestro, por así
decirlo, en su campo. Cuando se necesita dar una clase o cuando se quiere hacer
un trabajo científico, se acude a quienes son expertos en la materia, han
publicado trabajos, han hecho investigaciones, etc. No se puede enseñar una
verdad si la fuente citada no tiene autoridad en la materia que se quiere
enseñar.
Ahora
bien, en el caso del Hombre-Dios, siendo Él
la Sabiduría Increada y Encarnada en la humanidad de Jesús de Nazareth,
no hay inteligencia creada, ni humana ni angélica, que pueda superarlo. De
hecho, Él es la Verdad Increada y de Él brota toda verdad participada; de Él
deriva toda verdad y en Él no hay error, ni mentira, ni confusión.
Dicho
esto, contemplemos –en la Cruz y en la Eucaristía- entonces a la Persona divina
de Jesús de Nazareth, para poder así determinar de qué manera Jesucristo es el
modelo de vida para el docente católico.
Que
Jesucristo sea modelo de vida para un docente, no es algo extemporáneo o
impertinente: uno de los nombres de Jesucristo es el de “Maestro” y es así como
lo llaman en el Evangelio, no sólo sus Apóstoles y discípulos, sino también los
que pertenecían al Pueblo Elegido y además los paganos que a Él se le
acercaban. Cuando Jesús hablaba, lo hacía con la sabiduría y la autoridad
sobrenatural que le corresponde por su condición de Hijo de Dios. Así lo dice
la Escritura: “Todos estaban asombrados de las palabras de sabiduría que salían
de su boca”; “Jamás nadie ha hablado así”.
Al
contemplar a Jesús como Maestro Divino, debemos considerar cuáles son sus
principales características como Maestro: enseña la Palabra de Dios y enseña la
Verdad. En estas dos casos, Jesús es modelo de vida para el docente católico,
porque aunque el docente no enseñe la materia específica de Religión, en
cualquier área que enseñe, sin embargo, siempre la Iglesia Católica tendrá una
expresión autorizada de la materia de la que se trate, a través del Magisterio
de la Iglesia. En el otro aspecto en el que Jesús es modelo, es en cuanto a su
docencia, que se basa siempre la Verdad, puesto que Él es la Verdad Increada
del Padre y en cuanto tal, no hay error, ni mentira, ni confusión en su
enseñanza. Siendo Jesús la Palabra de Dios y la Verdad Increada, el docente
católico no puede entonces enseñar la palabra del hombre sin Dios, porque no
puede enseñar el error, como tampoco puede enseñar la falsedad o la mentira. Si
el docente se aparta de la Verdad Revelada en Jesucristo; si se aparta del
Magisterio bimilenario de la Iglesia, entonces está enseñando el error y por lo
tanto está enseñando algo que no lo asemeja a Jesucristo ni ha sido enseñado
por Él.
En
este sentido, Jesucristo es modelo de vida para el docente católico, porque
Jesús es Maestro Divino -en la Sagrada Escritura, tanto judíos como paganos se refieren a Jesús como "Maestro", un "Maestro" que "enseña con autoridad y con una sabiduría sobrehumana, sobreangélica, porque Jesús es la Sabiduría Increada del Padre-, que nos enseña a enseñar, siempre la Verdad de Dios,
en cualquier ámbito de la vida del hombre, incluidos todos aquellos aspectos
que no competen a la esfera propiamente religiosa.
Pero
Jesús no solo es el modelo de vida: también es Fuente de Vida, pero no de vida
humana, creada, sino de Vida divina, que es Eterna, porque Él es Dios Hijo,
engendrado por el Padre desde la Eternidad; al ser Dios, Jesús posee el Ser
divino trinitario –del cual participan las otras Personas de la Trinidad, el
Padre y el Espíritu Santo- y esta Vida divina trinitaria se comunica al docente
sobre todo en la recepción de los Sacramentos, el Sacramento de la Penitencia y
el de la Eucaristía.