sábado, 6 de agosto de 2016

Correr una maratón con un sentido cristiano


         El apóstol San Pablo compara a esta vida, en la que debemos alcanzar la meta de la vida eterna, con una competición: “Los atletas se privan de todo; ellos para ganar una corona que se marchita; nosotros, en cambio, una que no se marchita” (1 Co 9, 25). Al correr una maratón, o al practicar cualquier deporte, el buen deportista debe “privarse de todo” lo malo, es decir, de todo lo que atente contra su salud; en caso contrario, no podrá alcanzar la meta, puesto que su físico no resistirá la dureza de la prueba. El atleta, el que corre una maratón, se entrena duramente y se priva de lo que es perjudicial, porque desea alcanzar el premio, “la corona”, como dice San Pablo. Pero esta corona, puesto que es terrena, es perecedera; en el lenguaje de San Pablo, es “una corona que se marchita”.
Ahora bien, nosotros, como cristianos, estamos también llamados a alcanzar una meta y ganar una corona, pero una corona que “no se marchita”, porque es una corona de luz, es la corona de gloria que le espera a todo aquel que sigue a Cristo por el camino de la Cruz. En este sentido, todos los cristianos estamos llamados a convertirnos en un buen atleta de Cristo, es decir, en un testigo fiel y valiente de su Evangelio. Pero para lograrlo, también debemos “privarnos de todo” lo malo, es decir, el pecado, las pasiones, los vicios, que son las cosas que nos impiden alcanzar la meta. Y al igual que un buen atleta se alimenta solamente con alimentos buenos, también el cristiano, atleta de Cristo, debe alimentarse con el Alimento por excelencia del alma, que es la Eucaristía, el Cuerpo, la Sangre, el Alma y la Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo; es necesario que se alimente de la oración perseverante, de la fe piadosa, y que practique ejercicios del alma, sobre todo las virtudes de la caridad, la mansedumbre y la humildad, que son las que asemejan al alma a Jesucristo.
Jesús es el verdadero atleta de Dios es el hombre “más fuerte” (cfr. Mc 1, 7), que por nosotros afrontó y venció al “adversario”, a nuestro enemigo mortal, que busca nuestra eterna perdición, Satanás, y lo venció con su omnipotencia divina, que se desprende de la Santa Cruz, en donde reina el Rey de reyes y Señor de señores, Jesús.

Como buenos atletas de Dios, debemos correr, entonces, una maratón, o hacer deportes, pensando sin embargo que nuestra verdadera meta es el Reino de los cielos y la corona de gloria que buscamos no es la temporal, que “se marchita”, sino la eterna, la que “no se marchita”, la corona de luz y gloria que otorga Jesús a quienes en esta vida participan de su Pasión, de su Cruz y de su Corona de espinas.

viernes, 22 de julio de 2016

Juan Pablo II, los jóvenes y los ancianos


         Citando a un filósofo romano –Cicerón-, Juan Pablo II se refería a la vejez como el “otoño de la vida”[1]. Luego, revaloriza a la vejez, enumerando cuáles son las ventajas de la misma, afirmando que es una época privilegiada de la vida, porque la vejez permite adquirir sabiduría. Dice así el Santo Padre: “Así como la infancia y la juventud son el periodo en el cual el ser humano está en formación, vive proyectado hacia el futuro y, tomando conciencia de sus capacidades, hilvana proyectos para la edad adulta, también la vejez tiene sus ventajas porque —como observa San Jerónimo—, atenuando el ímpetu de las pasiones, “acrecienta la sabiduría, da consejos más maduros”. En cierto sentido, es la época privilegiada de aquella sabiduría que generalmente es fruto de la experiencia, porque “el tiempo es un gran maestro”. Es bien conocida la oración del Salmista: “Enséñanos a calcular nuestros años, para que adquiramos un corazón sensato” (Sal 90 [89])”.
Más adelante, cita ejemplos de ancianos santos, y esto lo hace para que adquiramos una idea correcta acerca de la juventud y de la vejez: “La palabra de Dios muestra una gran consideración por la edad avanzada, hasta el punto de que la longevidad es interpretada como un signo de la benevolencia divina (cfr. Gn 11, 10-32). Con Abraham, del cual se subraya el privilegio de la ancianidad, dicha benevolencia se convierte en promesa: “De ti haré una nación grande y te bendeciré. Engrandeceré tu nombre; y sé tú una bendición. Bendeciré a quienes te bendigan y maldeciré a quienes te maldigan. Por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra” (Gn 12, 2-3). Junto a él está Sara, la mujer que vio envejecer su propio cuerpo pero que experimentó, en la limitación de la carne ya marchita, el poder de Dios, que suple la insuficiencia humana. Moisés es ya anciano cuando Dios le confía la misión de hacer salir de Egipto al pueblo elegido. Las grandes obras realizadas en favor de Israel por mandato del Señor no las lleva a cabo en su juventud, sino ya entrado en años. Entre otros ejemplos de ancianos, quisiera citar la figura de Tobías, el cual, con humildad y valentía, se compromete a observar la ley de Dios, a ayudar a los necesitados y a soportar con paciencia la ceguera hasta que experimenta la intervención finalmente sanadora del ángel de Dios (cfr. Tb 3, 16-17); también la de Eleazar, cuyo martirio es un testimonio de singular generosidad y fortaleza (cfr. 2 Mac 6, 18-31).
El Nuevo Testamento, inundado de la luz de Cristo, nos ofrece asimismo figuras elocuentes de ancianos. El Evangelio de Lucas comienza presentando una pareja de esposos “de avanzada edad” (1, 7), Isabel y Zacarías, los padres de Juan Bautista. A ellos se dirige la misericordia del Señor (cfr. Lc 1, 5-25. 39-79); a Zacarías, ya anciano, se le anuncia el nacimiento de un hijo. Lo subraya él mismo: “yo soy viejo y mi mujer avanzada en edad” (Lc 1, 18). Durante la visita de María, su anciana prima Isabel, llena del Espíritu Santo, exclama: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno” (Lc 1, 42). Al nacer Juan Bautista, Zacarías proclama el himno del Benedictus. He aquí una admirable pareja de ancianos, animada por un profundo espíritu de oración.
En el templo de Jerusalén, María y José, que habían llevado a Jesús para ofrecerlo al Señor o, mejor dicho, para rescatarlo como primogénito según la Ley, se encuentran con el anciano Simeón, que durante tanto tiempo había esperado la venida del Mesías. Tomando al niño en sus brazos, Simeón bendijo a Dios y entonó el Nunc dimitis: “Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz... ” (Lc 2, 29). Junto a él encontramos a Ana, una viuda de ochenta y cuatro años que frecuentaba asiduamente el Templo y que tuvo en aquella ocasión el gozo de ver a Jesús. Observa el Evangelista que se puso a alabar a Dios “y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén” (Lc 2, 38). Anciano es Nicodemo, notable miembro del Sanedrín, que visita a Jesús por la noche para que no lo vean. El divino Maestro le revelará que el Hijo de Dios es Él, venido para salvar al mundo (cf. Jn 3, 1-21). Volvemos a encontrar a Nicodemo en el momento de la sepultura de Cristo, cuando, llevando una mezcla de mirra y áloe, supera el miedo y se manifiesta como discípulo del Crucificado (cfr. Jn 19, 38-40). ¡Qué testimonios tan confortadores! Nos recuerdan cómo el Señor, en cualquier edad, pide a cada uno que aporte sus propios talentos. ¡El servicio al Evangelio no es una cuestión de edad!
Y, ¿qué podemos decir del anciano Pedro, llamado a dar testimonio de su fe con el martirio? Un día, Jesús le había dicho: “cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras” (Jn 21, 18). Como Sucesor de Pedro, estas palabras me afectan muy directamente y me hacen sentir profundamente la necesidad de tender las manos hacia las de Cristo, obedeciendo su mandato: “Sígueme” (Jn 21, 19)”[2].
         Sin embargo, y a pesar de todos estos ejemplos de santidad de personas ancianas, podemos constatar que, en nuestros días, existe una fuerte tendencia a desvalorizar a la vejez, porque pareciera como que todo el mundo debiera ser joven para ser feliz. Pero eso es un error, porque, por un lado, la juventud es sólo una etapa en la vida, y por otro lado, la felicidad del hombre no está ni en ser joven ni en ser anciano, porque la Fuente Inagotable de la felicidad no está en el hombre ni es el hombre, sino que está en Dios y es Dios, puesto que Dios es la Causa de toda alegría y la Alegría Increada en sí misma. El Papa Juan Pablo II cita a la Escritura, para que nos demos cuenta de lo que significa el tiempo de esta vida terrena: “Juventud y pelo negro, vanidad”, observa el Eclesiastés (11, 10). La Biblia no se recata en llamar la atención sobre la caducidad de la vida y del tiempo, que pasa inexorablemente, a veces con un realismo descarnado: “¡Vanidad de vanidades! [...] ¡Vanidad de vanidades, todo vanidad! ” (Qo 1, 2). ¿Quién no conoce esta severa advertencia del antiguo Sabio? Nosotros los ancianos, especialmente nosotros, enseñados por la experiencia, lo entendemos muy bien”[3].
Lo que importa, entonces, no es ser ni joven ni viejo, sino fijar la mirada en Aquel que es la Alegría en sí misma, Dios, que se nos revela en Jesucristo. El tiempo transcurrido en esta vida, que es el que nos hace envejecer, a medida que avanzamos en el tiempo, tiene también una importancia relativa, porque esta vida terrena es pasajera, y lo que verdaderamente importa, es la otra vida, la vida eterna. La vida en la tierra, sea que se viva pocos o muchos años, es un don y una prueba dada por Dios, para que nos ganemos la vida eterna. Si Dios nos concede muchos años de vida en esta tierra, es para que hagamos méritos, por las buenas obras, por la oración, la fe y la misericordia, para ganar la vida eterna, en donde ya no existen ni el dolor, ni la enfermedad, ni la muerte, y en donde todos viven, con sus cuerpos gloriosos y resucitados, y donde todos son jóvenes, pues ninguno de los bienaventurados, dice Santo Tomás, tiene más de treinta y tres años, que es la edad perfecta de Jesucristo. Por eso entonces, vemos que el planteamiento del mundo, según el cual, para ser felices, tenemos que ser jóvenes o aparentar ser jóvenes, es erróneo, porque la vida feliz no está ni en la juventud, ni en la apariencia de juventud, sino en Cristo, Dios eternamente joven.  Comparada con la eternidad, la vida longeva es menos que un suspiro y es hacia esa vida eterna hacia la cual tenemos que elevar la mirada, y no hacia atrás, hacia la vida pasada. Seamos jóvenes o viejos, lo que importa es vivir esta vida de manera tal que, por la gracia y la misericordia que tengamos hacia nuestros prójimos, lleguemos a nuestra meta final, que no es la juventud de esta vida, sino la juventud del cuerpo glorioso y resucitado de la vida eterna.
Es en este “tender las manos hacia Cristo”, en donde podemos valorar correctamente, tanto la juventud como la vejez: no importa ser jóvenes o viejos: lo que importa en esta vida es seguir a Nuestro Señor por el camino del Calvario, cargando la cruz de cada día, y elevar nuestros corazones a Cristo, Dios eternamente joven, para reinar luego con Él, por los siglos sin fin, en el Reino de los cielos.



[1] Cfr. Carta de Juan Pablo II a los ancianos, 1999; cfr. https://w2.vatican.va/content/john-paul-ii/es/letters/1999/documents/hf_jp-ii_let_01101999_elderly.html
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.

domingo, 17 de julio de 2016

El joven y la misión de la Iglesia


         ¿Qué es la misión? ¿Por qué la Iglesia “sale a misionar”? ¿Para qué misiona la Iglesia? ¿Siempre tendrá la iglesia que misionar, o habrá un momento de su historia en que lo dejará de hacer?
         Estas y otras preguntas se suscitan frente a la tarea de la iglesia de “misionar” –una de las más hermosas tareas de las tareas hermosas de la iglesia-, y el joven cumple un papel preponderante en la misión, por lo que es importante responder, suscintamente, a estas preguntas.
         ¿Qué es la misión? Es la tarea de la iglesia que consiste en anunciar la Buena Noticia, o Evangelio, a todos los hombres, de toda la tierra, de todos los tiempos.
         ¿Por qué la Iglesia sale a misionar? Porque Nuestro Señor Jesucristo le dejó este “mandato misionero” antes de subir a los cielos: “Id y anunciad el Evangelio a todas las naciones. El que crea y se bautice, se salvará, y el que no, se condenará” (Mt 16, 16).
         ¿Para qué misiona la Iglesia? Para dar a conocer el mensaje de salvación de Nuestro Señor Jesucristo. “Evangelio” significa “Buena Noticia”, y la Iglesia lo que hace en la misión, es anunciar la Buena Noticia de Jesucristo, el Salvador. El Evangelio o Buena Noticia consiste, esencialmente, en que la Segunda Persona de la Trinidad, Dios Hijo, se encarnó en una naturaleza humana –se “metió dentro” de un cuerpo y un alma humanos, podríamos decir vulgarmente- por obra del Espíritu Santo y por mandato de Dios Padre y, sin dejar de ser Dios, nació milagrosamente de María Santísima, murió en la cruz por nuestra salvación, resucitó al tercer día, subió a los cielos, al mismo tiempo se quedó, misteriosamente y en Persona, en la Eucaristía, con su Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad, para así cumplir su promesa de que habría de estar con nosotros “todos los días, hasta el fin del tiempo” (Mt 28, 20).
Jesucristo es el Hombre-Dios, Dios Hijo hecho hombre sin dejar de ser Dios, la Segunda Persona de la Trinidad encarnada, que ha venido a la tierra, a nuestro mundo, para salvarnos, pero no para salvarnos de la crisis económica, ni de la pobreza, ni de nuestras situaciones existenciales afectivas. Jesucristo, en cuanto Dios, podría “salvarnos” de todas estas situaciones, pero no es para esto para lo que Él ha venido: Jesús ha venido y ha muerto en cruz y resucitado, para salvarnos del Demonio, del pecado y de la muerte, más que de la muerte temporal, de la muerte eterna o segunda muerte, que es la condenación en el infierno. Pero además, ha venido para hacernos un don que ni siquiera podríamos imaginar, si Él no nos lo hubiera revelado, y es el de convertirnos, por la gracia santificante, en hijos adoptivos de Dios y en herederos del Reino. La misión de la Iglesia consiste, precisamente, en hacer este anuncio del Evangelio, en dar a conocer a los hombres esta Buena Noticia de que Jesucristo ha venido para salvarnos de nuestros tres enemigos mortales –el Demonio, el pecado y la muerte-, para darnos la filiación divina y así llevarnos al cielo y que, además, se ha quedado en la Eucaristía, en el sagrario, y allí se quedará hasta el fin del mundo, para acompañarnos en nuestro peregrinar, en el desierto de la vida humana, hacia la Jerusalén celestial.
Como podemos ver, la misión es una tarea central de la Iglesia, que la cumplirá hasta el fin de los tiempos, por varios motivos: la Iglesia tiene este mandato de parte de Jesucristo; Jesucristo tiene derecho a ser conocido y amado por todos los hombres de todos los tiempos; el hombre tiene derecho a conocer y amar a su Redentor, Jesucristo. Y los jóvenes, en esta tarea de la Iglesia, de anunciar el Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo, cumplen un rol preponderante, por cuanto son la esperanza y el futuro de la Iglesia.
Por último, para que el joven pueda cumplir esta tarea con la eficacia que necesita la Iglesia, tiene en primer lugar que conocer, amar y adorar él mismo a Jesucristo, presente en la Cruz, presente en Persona en la Eucaristía y presente, misteriosamente, en todo prójimo, sobre todo, en el más necesitado. La obra de mayor caridad que alguien puede hacer a su prójimo no es darle un plato de comida –lo cual, por otra parte, se debe hacer, para poder entrar en el cielo, de lo contrario no entraremos-, sino anunciarle que Jesucristo, Pan de Vida eterna, quiere alimentarlo con el Amor de Dios, contenido en su Sagrado Corazón Eucarístico.

Es en esto en lo que consiste la misión de la Iglesia, misión a la que el joven, en primer lugar, está llamado a realizar.

domingo, 10 de julio de 2016

El sentido cristiano de la derrota


         En una sociedad exitista y materialista como la nuestra, se busca el éxito –deportivo, material, mundano, social, etc.- como el objetivo último de la existencia y se lo premia con la gloria mundana; al mismo tiempo, se califica a la derrota como la peor catástrofe que pueda suceder en la vida. Nada peor puede sucederle a alguien, que salir segundos en una final deportiva: nada valieron los esfuerzos que se hicieron para llegar a la final, y la distancia que hay entre la gloria máxima y la derrota catastrófica, es solo un balón de cuero que, en segundos, atraviesa una línea de cal. Basta que suceda esto, para que un equipo sea elevado al más alto cielo del éxito y el estrellato universal, y para que el otro, el que perdió, el que salió segundo, sea precipitado –por la sociedad, por los medios de comunicación- al más profundo de los abismos. Para este último equipo, salir segundos es la peor calamidad, como si el universo se detuviera porque no pudieron alzar la copa.
         Esto es lo que vivimos en el día a día. Sin embargo, debemos preguntarnos: ¿es así la realidad? ¿No será que, en la vorágine de la existencia, nos hemos adherido de manera irracional a un modo de ver los hechos y acontecimientos, que no se adecua a la realidad? ¿No será que hemos sido aleccionados por la lógica del exitismo frívolo, y es por eso que condenamos a quienes salen segundos, haciéndolos caer en un profundo abismo existencial, porque no pudieron alcanzar el primer puesto? ¿No será que, en el fondo, también nosotros nos hemos vuelto exitistas, materialistas, mundanos y frívolos, y sólo nos importa “ganar” al precio que sea?
         No, no es así. No es una catástrofe salir segundos; no es una catástrofe perder una –o varias finales-. La catástrofe es creer que salir segundos es una catástrofe.
Hay un modo de ver las cosas, que no es el modo como lo ve el mundo, sino como lo ve el mismo Dios: para Él, la derrota –y el triunfo- se miden en parámetros bien distintos a los de los hombres, que usualmente vemos solo la superficie de la realidad.
¿En qué consiste este “ver la derrota como la ve el mismo Dios? Para responder la pregunta, es necesario tener presente a Jesús crucificado el Viernes Santo, en la cima del Monte Calvario. Así es como comenzamos a comprender que, si para el mundo, la derrota –el salir segundos en una final de fútbol, por ejemplo-, es el acabóse y la ruina total de quien ha salido derrotado, desde el punto de vista cristiano, la derrota tiene un claro y valiosísimo sentido, y para comprenderlo, no se debe hacer otra cosa que contemplar a Jesucristo crucificado: desde el punto de vista humano, no hay derrota más estrepitosa que la de Jesús: abandonado por sus amigos, traicionado por uno a quien Él consideraba “amigo”, abandonado –en apariencia- por Dios Padre –en efecto, Jesús clama a su Padre: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”-, seguido solo por un pequeñísimo grupo de fieles, insignificantes en cuanto a relación de fuerzas con sus enemigos, rodeado por enemigos poderosísimos, quienes fueron los que lo apresaron, juzgaron y condenaron injustamente, acompañado hasta el momento de su muerte y a lo largo de toda su dolorosísima agonía sólo por su Madre, la Virgen, que es la Única que permanece en todo momento al pie de la cruz, Jesús es la imagen viva del fracaso más rotundo, contundente e inapelable. Y, sin embargo, se trata del momento exacto en el que Dios triunfa, con el triunfo más aplastante, sobre los tres enemigos del hombre: el Demonio, la muerte y el pecado.

Si unimos nuestras derrotas humanas –por ejemplo, la de la Selección Argentina en cualquiera de las últimas finales, o cualquier otra derrota en la que se haya competido con lealtad y esfuerzo- a la derrota –aparente- de Jesucristo en la cruz, estaremos participando, a nuestro modo y según nuestro estado de vida, de la Derrota-Victoria Redentora del Hombre-Dios, Jesús de Nazareth. Y en ese momento, nuestra derrota comenzará a ser victoria, porque se une a la derrota de Jesús en la cruz, que es Victoria Final. Y esto vale para cualquier otra derrota -a nivel personal o incluso nacional, como la Guerra de Malvinas-.

viernes, 8 de julio de 2016

La amistad, don de Jesucristo


         Una de las cosas más hermosas de la vida es la amistad, puesto que el tener amigos es algo que satisface lo más noble del alma y del corazón humano: el alma se plenifica con los amores nobles, y uno de los más nobles amores, es el amor de amistad.
         El hombre, creado por Dios, que “es Amor” (cfr. 1 Jn 4, 8), ha sido creado para amar y el amor de amistad –como el que se desarrolla en la convivencia escolar-, es uno de los amores más puros y que más gratificación da al hombre. Ahora bien, como todas las cosas buenas, toda amistad verdaderamente buena, proviene de Dios, de quien procede todo don y toda gracia, y fuera de Dios, nada de bueno, puro santo se puede encontrar. La amistad, como don, viene de Dios, y es tan grande este don, que Dios mismo en Persona, en la Última Cena, antes de sufrir la Pasión, nos llama “amigos” y no “siervos”: “Ya no os llamo siervos, sino amigos” (Jn 15, 15). Pero Jesús no se queda solamente con palabras, sino que nos demuestra, en la cruz, el amor más grande que alguien pueda tener por un amigo, y es el dar la vida por él: “Nadie tiene mayor amor, que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). Jesús, con su Amor, nos convierte de enemigos que éramos de Dios, a causa del pecado, en amigos suyos, y nos demuestra su amor de amistad, dando su vida por nosotros en la cruz.

         Entonces, al conmemorar la ocasión de haber hecho amigos en la vida –como es el cursado conjunto en un colegio, por ejemplo-, es una buena ocasión para dar gracias a Nuestro Rey y Señor, Jesucristo, quien dio su vida por nosotros, llamándonos sus “amigos” y de quien todo don, como una amistad verdaderamente buena, procede. Es una más que excelente ocasión para darle gracias por los buenos amigos que ha enviado a nuestras vidas.

miércoles, 22 de junio de 2016

Cristo en la Eucaristía da sentido a la vida de todo joven


El Santo Padre Benedicto XVI decía a los jóvenes[1], en ocasión para la preparación para la Jornada Mundial de la Juventud a desarrollarse en Río de Janeiro, que debían estar “alegres”, pero no con la alegría superficial y pasajera del mundo, sino que la alegría debía ser por Jesús, que es el “Dios, que es Alegría infinita”. Ser de Jesús, ser cristianos, es una causa de alegría, como dice la Escritura, “Alégrense siempre en el Señor” (Flp 4,4). La alegría del joven, dice el Papa, debe ser “la alegría de ser cristianos”, de formar parte de Jesucristo por el bautismo. Es decir, el Santo Padre anima a los jóvenes a estar alegres, pero no con la alegría del mundo, sino con la alegría de ser cristianos, de pertenecer a Jesús, que es en sí mismo la Alegría infinita y eterna de Dios. Fuera de Jesús, no hay alegría, ni verdadera, ni duradera.
Decía el Santo Padre que hoy muchos jóvenes no ven la vida como un don de Dios y tampoco ven el sentido de la vida: “Hay muchos jóvenes hoy que dudan profundamente de que la vida sea un don y no ven con claridad su camino”, y esto, porque no tienen la luz de la fe en Jesucristo. Cuando se presentan las dificultades, esta fe en Jesús la que ilumina el camino al joven: “Ante las dificultades del mundo contemporáneo, muchos se preguntan con frecuencia: ¿Qué puedo hacer? La luz de la fe ilumina esta oscuridad, nos hace comprender que cada existencia tiene un valor inestimable, porque es fruto del amor de Dios”. Jesús es la Luz de Dios, es Dios, que es Luz eterna, divina; sin Él, la vida es como cuando alguien se introduce en un bosque espeso, en una noche con nubes densas que ocultan la luz, y en donde acechan las alimañas y las bestias salvajes. Con Jesucristo, en cambio, todo se vuelve luminoso, porque la “luz vence a las tinieblas” y mucho más la luz de Cristo, que es la Luz de Dios, que vence a las tinieblas vivientes y a las tinieblas del pecado, de la muerte, del error, de la ignorancia. Con Jesucristo, el camino de la vida adquiere sentido, porque se vuelve luminoso y claro, como cuando alguien camina por un prado florido en un día diáfano, sin nubes y con un sol resplandeciente.
¿Dónde encontrar a Jesús, para ser iluminados por Él? En la oración y en los sacramentos, principalmente la Reconciliación y la Eucaristía: “Os invito a que os arraiguéis en la oración y en los sacramentos (…) En la oración le encomendamos al Señor las personas a las que amamos y le suplicamos que les toque el corazón; pedimos al Espíritu Santo que nos haga sus instrumentos para la salvación de ellos; pedimos a Cristo que ponga las palabras en nuestros labios y nos haga ser signos de su amor” (…) Sabed encontrar en la Eucaristía la fuente de vuestra vida de fe y de vuestro testimonio cristiano, participando con fidelidad en la misa dominical y cada vez que podáis durante la semana. Acudid frecuentemente al Sacramento de la Reconciliación, que es un encuentro precioso con la misericordia de Dios que nos recibe, nos perdona y renueva nuestros corazones en la caridad. (En los sacramentos encontramos) la fuerza y el amor del Espíritu Santo para profesar la fe sin miedo”. El Papa también los invita a hacer Adoración Eucarística, a estar en silencioso diálogo de amor con el Dios de la Eucaristía, Cristo Jesús: “Os aliento también a que hagáis adoración eucarística; detenerse en la escucha y el diálogo con Jesús presente en el sacramento”.
Si hacen este camino, dice el Papa, “Cristo mismo les dará” de su luz, de su Amor, de su Vida, que es la vida eterna de Dios, y así poseerán la verdadera alegría, aún en medio de las tribulaciones de esta vida, como un anticipo de la alegría eterna que vivirán en el cielo. 




[1] http://w2.vatican.va/content/benedict-xvi/es/messages/youth/documents/hf_ben-xvi_mes_20121018_youth.html; ; Mensaje del Santo Padre Benedicto XVI para la Jornada Mundial de la Juventud 2013.

jueves, 2 de junio de 2016

El joven y la verdadera alegría


         Hay un sentimiento innato en el ser humano, que se hace particularmente evidente en la juventud, y es el de la alegría: todo el mundo desea estar alegre porque, como dice el Papa Benedicto XVI a los jóvenes, “nuestro corazón está hecho para la alegría”[1]. La alegría se deriva de un estado del alma, que es la felicidad, el cual es también innato al ser humano; como dice un Padre de la Iglesia, San Agustín, “todo el mundo desea ser feliz”. Es decir, todo ser humano nace deseando ser feliz y por lo tanto, deseando ser alegre, que es una consecuencia de la felicidad. Pero también es cierto que la felicidad –al menos la felicidad plena- es algo muy difícil de alcanzar, y la razón está en que, como lo dice también San Agustín, se busca la felicidad en cosas que no pueden darla. Como dice el Papa, “Esta búsqueda sigue varios caminos, algunos de los cuales se manifiestan como erróneos, o por lo menos peligrosos”[2].
         El Papa le decía a los jóvenes que lo que buscamos es una alegría profunda, duradera, y que esto es especialmente válido para la época de la juventud, en donde se planifica, con mucha esperanza, para el futuro: “Nuestro corazón busca la alegría profunda, plena y perdurable, que pueda dar “sabor” a la existencia. Y esto vale sobre todo para vosotros, porque la juventud es un período de un continuo descubrimiento de la vida, del mundo, de los demás y de sí mismo. Es un tiempo de apertura hacia el futuro, donde se manifiestan los grandes deseos de felicidad, de amistad, del compartir y de verdad; donde uno es impulsado por ideales y se conciben proyectos”[3].
         Dice también el Santo Padre que Dios nos concede muchas oportunidades de alegrías buenas y sanas: “Cada día el Señor nos ofrece tantas alegrías sencillas: la alegría de vivir, la alegría ante la belleza de la naturaleza, la alegría de un trabajo bien hecho, la alegría del servicio, la alegría del amor sincero y puro. Y si miramos con atención, existen tantos motivos para la alegría: los hermosos momentos de la vida familiar, la amistad compartida, el descubrimiento de las propias capacidades personales y la consecución de buenos resultados, el aprecio que otros nos tienen, la posibilidad de expresarse y sentirse comprendidos, la sensación de ser útiles para el prójimo. Y, además, la adquisición de nuevos conocimientos mediante los estudios, el descubrimiento de nuevas dimensiones a través de viajes y encuentros, la posibilidad de hacer proyectos para el futuro. También pueden producir en nosotros una verdadera alegría la experiencia de leer una obra literaria, de admirar una obra maestra del arte, de escuchar e interpretar la música o ver una película”[4]. Sin embargo, en nuestros días, es frecuente que el mundo intente engañarnos con alegrías falsas, que en el fondo, son causa de profunda tristeza para el corazón, porque el mundo nos quiere hacer creer que la alegría está en los bienes materiales, en el dinero, en la fama, en el éxito fácil, en la satisfacción de las pasiones. En definitiva, el mundo quiere hacernos creer que la felicidad y la alegría están en el mundo.
         Pero dice el Papa que no es así, porque la alegría verdadera está en Dios: “En realidad, todas las alegrías auténticas, ya sean las pequeñas del día a día o las grandes de la vida, tienen su origen en Dios, aunque no lo parezca a primera vista”[5]. Dios es “alegría infinita”, dice el Papa –y también lo dice una gran santa, Sor Teresa de los Andes-, y quiere comunicarnos de esa alegría, porque no se guarda para sí mismo, sino que nos la quiere dar toda: “Dios es comunión de amor eterno, es alegría infinita que no se encierra en sí misma, sino que se difunde en aquellos que Él ama y que le aman”. ¿De qué manera quiere Dios darnos su alegría? Para saberlo, pensemos en qué sucede cuando alguien hace un regalo a otra persona: con el don, desea que esa persona sea feliz, esté alegre. De la misma manera, Dios quiere darnos su alegría cuando aceptamos su don, su regalo. ¿Y cuál es el don de Dios para nuestras vidas? Es su Amor y su Amor se nos dona a través del sacrificio de Jesús en la cruz, porque al ser traspasado el Corazón de Jesús, se derrama el contenido de su Corazón, su Sangre y, con su Sangre, su Amor de Dios, el Espíritu Santo. Esto quiere decir, entonces, que si aceptamos el don de Dios, que es su Hijo Jesús, como dice el Papa: “Este amor infinito de Dios para con cada uno de nosotros se manifiesta de modo pleno en Jesucristo. En Él se encuentra la alegría que buscamos” –y nosotros agregamos que está en la cruz y en la Eucaristía-, entonces aceptamos el don de su Amor y es este Amor de Dios el que nos hará felices, en esta vida y en la otra.



[1] Cfr. Mensaje del Papa Benedicto XVI para la XXVII Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro; http://es.catholic.net/op/articulos/5036/cat/221/mensaje-del-papa-benedicto-xvi-para-la-xxvii-jornada-mundial-de-la-juventud.html
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.