jueves, 31 de mayo de 2018

Las ciencias de lo natural y sobrenatural, necesarias para la educación plena del joven



         El ser humano es una creatura que, por su esencia racional, busca siempre conocer y desea siempre saber cuál es la razón última de las cosas. Es natural al hombre el deseo de saber; el querer conocer las causas forma parte de su esencia y por eso mismo, desde su más temprana edad, pregunta el porqué, el cómo, el para qué, el cuando, de todo lo que existe y lo rodea pero también de él mismo. Decía Aristóteles que, al nacer, el alma humana era como una “tabula rasa”, como una tabla plana, que busca ser llenada por medio de preguntas y respuestas. En este sentido, la educación tiene una función mayéutica, en la expresión de Platón, por medio de la cual el hombre satisface y sacia esa sed de saber.
         Pero la educación del hombre, ser racional, no se limita al plano de lo creado porque el hombre posee un alma inmortal y por eso mismo está destinado a la eternidad. Por esta razón, la educación, para que la persona alcance verdaderamente su plenitud en todos los ámbitos del ser, no puede nunca limitarse a una educación basada en la ciencia de lo natural: a esta ciencia de lo natural, debe añadírsele, no como complemento, sino como parte esencial de su ser, la ciencia de lo sobrenatural, contenida en la revelación de Nuestro Señor Jesucristo.
         Para que el joven humano alcance su plenitud, debe conocer la ciencia natural, que le enseña las causas del mundo sensible que lo rodea y le satisface la sed de saber que, por esencia, posee, pero a esta ciencia debe agregársele la ciencia de lo sobrenatural, que enseña las realidades del mundo espiritual y le señala el destino de eternidad que le espera, y así satisface la sed de conocer cuál es la Causa Última y Primera del universo visible e invisible, Causa Increada a la cual llamamos “Dios”.
         En otras palabras, una educación basada solo en la ciencia de lo natural está destinada al más completo fracaso, porque es como pretender que un ave vuele con una sola ala. Para volar, un águila necesita de las dos alas, con las cuales puede remontarse hasta el cielo. Para saber la Causa Última de las cosas y así alcanzar la plenitud en el plano del conocimiento, el joven necesita el conocimiento de la ciencia de lo sobrenatural, revelado por Nuestro Señor Jesucristo. Una educación basada en la fe sin razón, está tan destinada al fracaso, como la educación basada en la razón sin fe. Fe –cristiana católica- y Razón son las dos alas con las cuales el joven se eleva, como el águila hacia el sol, hasta Dios, alcanzando así la plenitud de su ser humano.

martes, 29 de mayo de 2018

El mundo ofrece ídolos, la Iglesia a Jesús Eucaristía



         Existe una contraposición entre el mundo y la Iglesia. Ambos son contra puestos e irreconciliables entre sí. O se es del mundo, o se es de la Iglesia. Se es del mundo cuando se tienen pensamientos mundanos, deseos mundanos, objetivos mundanos, como el placer, el dinero, el poder, la fama. El mundano piensa en el mundo y solo desea las cosas de este mundo, sin pensar en la vida eterna. Está destinado a la eternidad, pero se conforma con una vida rastrera y baja, dominada por las pasiones y por los objetivos mundanos. El que es del mundo está bajo el dominio del Príncipe de este mundo, el Padre de la mentira, Satanás.
Se es de la Iglesia cuando se tienen pensamientos santos, deseos santos, objetivos santos. Se es de la Iglesia cuando, viviendo en la tierra, se desea el cielo, la vida eterna, la felicidad del Reino de Dios. El que es de la Iglesia es guiado por el suave Espíritu del Hombre-Dios Jesucristo, el Espíritu Santo, Espíritu de Amor, de Paz, de Sabiduría, de Ciencia y de Alegría verdadera.
El mundo ofrece ídolos mundanos que en apariencia son poderosos y apetitosos: poder, dinero, fama, placer, y parece que están al alcance de la mano y que dan felicidad, pero en realidad, cuando se consiguen todos los ídolos que ofrece el mundo, en el alma solo queda vacío, amargura, dolor, pesar, frustración, angustia. No puede ser de otra manera, porque los ídolos mundanos no pueden apagar la sed de felicidad que posee el alma.
La Iglesia ofrece algo que, a simple vista, parece solo un poco de pan y nada más; es algo sencillo, simple, humilde, sin ostentación, pero que contiene todo el deleite de los cielos y más todavía. La Iglesia ofrece la Eucaristía, que es Jesucristo, el Hombre-Dios, que nos concede la vida eterna, el Amor de Dios, la paz definitiva del alma, la alegría desbordante que jamás finaliza.
El mundo ofrece ídolos y con ellos el dolor, la amargura, la muerte.
La Iglesia nos ofrece al Rey de cielos y tierra, el Hombre-Dios Jesucristo, en la Eucaristía, y con Él, el alma recibe la paz, el Amor, la Alegría de Dios y el anticipo de la Vida eterna, viviendo aún en esta vida terrena.
El mundo ofrece ídolos; la Iglesia ofrece la Eucaristía. En nuestra libertad está elegir uno u otro. Si queremos ser felices y bienaventurados, elijamos a Jesús Eucaristía.


martes, 15 de mayo de 2018

Jóvenes, elijan la Cruz de Cristo y no los atractivos del mundo



         El mundo de hoy nos ha instruido, a través de los medios de comunicación, para que pensemos en una dirección: que los atractivos que el mundo nos ofrece –poder, sexo, fama, dinero, placer- es el fin de la vida, que la vida del hombre se agota en esas cosas.
         Nos ha instruido también para rechazar la Cruz de Cristo y a Cristo en la Cruz: el mundo nos dice que la Cruz es sufrimiento, es dolor y que es una locura, que no tiene sentido la Cruz.
         Sin embargo, las cosas, vistas como las ve Dios mismo, son totalmente distintas: el mundo nos conduce al vacío, un vacío existencial que es tanto más profundo cuanto más satisfechos están el placer, el deseo de poder, de sexo, de dinero, de fama. Cuanto más se consigue eso, más infeliz es la persona. Cuanto más se aleja la persona de la Cruz de Cristo, más infeliz es.
         Y al revés, cuanto más se acerca a la Cruz, más feliz es, más paz tiene, más luz divina recibe. Porque pasa con nosotros lo que los planetas y el sol: cuanto más cerca un planeta del sol, tanto más recibe del sol lo que es y tiene para dar: luz, calor y vida. En el mundo del espíritu, el Sol de nuestras vidas es Jesucristo, en la Cruz y en la Eucaristía y nosotros debemos girar alrededor de Él, así como los planetas giran alrededor del sol. Cuanto más nos acerquemos a Jesús crucificado y a Jesús Eucaristía, más tendremos lo que Él, Sol divino, es y tiene para darnos: su luz, su paz, su alegría, su amor, su sabiduría.
         No nos dejemos engañar por el mundo y sus falsos atractivos: no fuimos hechos para el poder, la fama, el dinero, el sexo, los bienes materiales. Nada de eso puede satisfacer la sed de amor y paz que tienen nuestras almas.
Fuimos hechos para algo infinitamente más grande que los falsos atractivos del mundo: fuimos hechos para satisfacer nuestra sed de felicidad en el Dios de la Alegría, Cristo Jesús, el Dios eternamente joven. Y Cristo está en la Cruz, en la Eucaristía y también en el prójimo, sobre todo, en el prójimo más necesitado. No nos dejemos engañar por los falsos atractivos del mundo.
Jóvenes, elijan la Cruz de Cristo y no los atractivos del mundo.

jueves, 10 de mayo de 2018

El objetivo de todo retiro espiritual es la conversión eucarística del corazón




(Homilía para organizadores de retiros espirituales)


En un retiro espiritual vale el principio: “orar como si todo dependiera de Dios, obrar como si todo dependiera de uno”. Eso significa que debemos cumplir nuestra tarea con la mayor perfección posible –sed perfectos como mi Padre es perfecto- pero que no debemos esperar que los frutos, ni sean visibles e inmediatos, ni dependan de nosotros: los frutos dependen de los tiempos de Dios y es Dios, con su gracia, quien actúa en las almas. Esto no quiere decir que no debamos prepararnos a conciencia y hacer todo con la mayor perfección posible, pero debemos saber que el resultado final depende de la acción de la gracia divina.
Todo retiro es un tiempo especial de gracia, que Dios concede al alma para que el alma se encuentre con Él. Es Dios y el alma, el alma y Dios y nosotros no debemos interferir en ese diálogo, so pena de interrumpir el flujo de gracia establecido.
Aunque no estuviéramos nosotros, Dios actuaría en las almas, como le dijo Jesús a Santa Faustina: “Estarás tú y Yo”, pero Dios quiere que estemos. El silencio es un testimonio y ayuda a que el alma no interrumpa su contacto con Dios.
Un retiro es importantísimo, puede decidir la salvación eterna del alma.
En el retiro lo que importa es el encuentro y la conversión del alma a Dios y esta conversión y encuentro se produce fundamentalmente a través de dos sacramentos: confesión y eucaristía.
         El objetivo de un retiro no es “reclutar” prosélitos para un movimiento determinado, sino la conversión eucarística del alma. Ningún movimiento es un fin en sí mismo: el fin y el principio de todo en la Iglesia es la Eucaristía. Todo el esfuerzo del retiro y del movimiento está o debe estar destinado a la conversión eucarística del alma.
         Se debe rezar por los que hacen el retiro, para que logren el fin del mismo: la conversión eucarística del corazón, como indicio de la vida nueva en la gracia, en la vida terrena, para continuar luego viviendo en la gloria, en el Reino de los cielos.

miércoles, 18 de abril de 2018

Los argumentos médicos prueban que los argumentos abortistas son irracionales y carentes de sustento científico


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(Homilía para una escuela secundaria)

         Puesto que somos seres humanos y lo que nos distingue a los seres humanos es la racionalidad, en todo debate –y mucho más en algo tan serio, como el aborto, en donde están en juego la vida de miles de inocentes- es necesario usar argumentos racionales y no irracionales, a fin de no traicionar nuestra naturaleza humana. Es decir, cuanto más racionales sean nuestros argumentos, mejor fundamentada estará nuestra posición, más humanos seremos y más razón tendremos. Por el contrario, cuanto menos racionales sean nuestros argumentos, tanto más nos alejaremos de lo que nos caracteriza y nuestra posición se debilitará, por cuanto estará fundada en argumentos irracionales, carentes de razón. Esto no quiere decir que no podamos utilizar argumentos supra-racionales, por cuanto estos últimos no son contrarios a la razón, sino superiores a ella. Los argumentos racionales provienen de la mente humana, de la razón humana; los argumentos supra-racionales, provienen de la Mente Divina, de la Inteligencia Divina y por eso son superiores a los de la razón humana, pero no contrarios a ella. Los argumentos irracionales, se oponen tanto a los racionales como a los supra-racionales y al carecer de razón, se fundan solo en la voluntad, es decir, son voluntaristas o, lo que es lo mismo, emocionalistas, en el sentido que se originan en las emociones y no en la razón. Pues bien, los argumentos favorables al aborto son de este último orden: irracionales, voluntaristas, emocionalistas, lo cual es peligroso, porque es en este tipo de argumentos en los que se fundamentan las ideologías totalitarias y sectarias. En el caso del aborto, tenemos que decir que TODOS los argumentos a favor del aborto son irracionales, por lo que la posición abortista se califica, desde el inicio, como irracional, ideológica y emocional. Dicho esto, pasemos a analizar y refutar los argumentos favorables al aborto.

         ¿Cuáles son los argumentos más comunes a favor del aborto?

         “El embrión es un grupo de células y por eso puede ser extraído sin problemas”. FALSO. El embrión y mucho antes, el cigoto, es ya una persona humana porque su material genético, aportado por la combinación de los 23 genes paternos y 23 genes maternos, es totalmente distinto al material genético de cualquiera de los dos progenitores. La Academia Nacional de Medicina afirma que la vida humana comienza en el momento de la fecundación, es decir, cuando el espermatozoide toma contacto con la zona pelúcida del ovocito. En ese instante, ya inicia una nueva vida humana, y si es vida humana, es ser humano y si es ser humano, es persona humana. En su declaración del 23 de Diciembre de 1995, la Academia Nacional de Medicina dice así: “La puesta en marcha del proceso de formación de una vida humana se inicia con la penetración del óvulo por un espermatozoide. La nueva célula restante (cigoto), contiene su propio patrimonio cromosómico, donde se encuentra programado biológicamente su futuro; y, este hecho científico, con demostración experimental, es así tanto dentro como fuera del organismo materno”. Es decir, desde el punto de vista científico, el cigoto –mucho antes que sea “un grupo de células”- es un ser humano, con un patrimonio cromosómico propio, distinto al de la madre y el padre. Y si es una persona humana, tiene derechos, como toda persona humana de más edad y el primer derecho humano es el derecho a la vida. El cigoto no es una célula, sino un embrión uni-celular. Es un embrión con el tamaño y la forma de una célula, pero es un embrión.

         “La mujer tiene derecho sobre su cuerpo y por lo tanto puede hacer con él lo quiera, como extirparse un grupo de células o un embrión”. FALSO. Sí es cierto que la mujer tiene derecho sobre SU cuerpo, pero NO sobre el cuerpo de su hijo. Aunque esté recién concebido, el cigoto es un nuevo ser humano, que tiene un cuerpo del tamaño y la forma de una célula, pero es un cuerpo al fin y al cabo, y es un cuerpo que es suyo, propio, del niño concebido, y no de la madre. La madre, con su cuerpo, si quiere puede extirparse un riñón, para donarlo, o un pulmón; ésos sí son parte de su cuerpo. Pero el cigoto y el embrión después, NO ES PARTE DE SU CUERPO, por lo que no tiene derechos sobre él.

         “Antes de los 14 días no es persona; es pre-embrión, solo después de los 14 días es embrión”. FALSO. Como vimos, desde el primer instante de la fecundación, ya hay una nueva vida humana, en la que está contenida toda la información genética –genotipo- que luego se desarrollará –fenotipo-, con lo cual no hay nada, ni cualitativa ni cuantitativamente, que permita afirmar que, a partir de determinado momento –en este caso, el 14º día- que comience a ser un ser humano. COMIENZA A SER UN SER HUMANO CON LA FECUNDACIÓN.

         “Desde la fecundación hasta la implantación se habla de gestación; solo en la gestación se habla de embarazo. Por lo tanto, desde el punto de vista moral, es ético hablar de “interrupción de la gestación”, lo que no sería aborto”. FALSO. El argumento para rebatir esta falsedad es igual al anterior: es cigoto-vida humana-ser humano-persona humana desde la fecundación, por lo que hacer una distinción entre fecundación e implantación para hablar de gestación y embarazo no tiene relevancia. En cualquier caso, atentar contra el cigoto, apenas concebido, es atentar contra la vida de un ser humano.

         “El aborto terapéutico salva la vida de la mujer, por lo que si se lo autoriza, disminuyen las muertes maternas”. FALSO. No existe enfermedad en el mundo que se “cure” con la muerte del niño por nacer. El embarazo no es una enfermedad, como así también el aborto no es una “terapia”. El médico que diga que el aborto es terapéutico, o no sabe de medicina, o no se molestó en estudiar cómo solucionar el problema de salud de la madre embarazada, que en NINGÚN CASO se soluciona con la muerte del niño. Matar al niño no solo no curará a la madre, sino que puede incluso llegar a matarla, además de agregar un homicidio al problema de la enfermedad materna.

         “Si el embarazo es producto de una relación sexual no consentida, está justificado el aborto, porque el Estado no puede obligar a llevar a término el embarazo no deseado. Es ejercer una violencia sobre la mujer”. FALSO. Una tragedia –la relación no consentida- no se soluciona con otra tragedia aún mayor, el homicidio del niño por nacer. Todavía más, agrava la tragedia pre-existente. Además, abortar supone ejercer máxima violencia –mortal- sobre un inocente al que se le quita la vida, superior infinitamente a la supuesta violencia de tener que continuar obligadamente el embarazo, con el agravante de que no soluciona nada, sino que empeora todo. En todo caso, la solución es continuar con el embarazo y, si aun después de nacido, no se lo quiere al niño, se lo da en adopción.

         “Interrumpe los proyectos de una joven”. FALSO. Si la joven quiere seguir con su vida, que lo dé en adopción, pero pretender continuar la vida propia después de asesinar al propio hijo, no tiene sentido.

         “El aborto eugenésico previene las enfermedades genéticas, como el Síndrome de Down”. FALSO. No previene las enfermedades genéticas; lo único que hace, es hacer desaparecer, literalmente, a seres humanos nacidos con defectos cromosómicos –como la trisomía del par 21 o Síndrome de Down-, y es lo que sucede en la actualidad en países como Islandia, por ejemplo, en donde el 100% de los niños con Síndrome de Down son abortados. El aborto no disminuye la incidencia de la enfermedad, porque se siguen concibiendo niños con Síndrome de Down; lo que hace es volverlos invisibles, porque los asesina en el vientre materno.

         Como vemos, TODOS LOS ARGUMENTO ABORTISTAS SON FALSOS E IRRACIONALES, FRUTO DE UNA IDEOLOGÍA QUE NO USA LA RAZÓN, SINO LA EMOCIÓN Y LA EMOCIÓN VIOLENTA, PARA HACER DESAPARECER A UNA PERSONA HUMANA RECIÉN CONCEBIDA. No hay ni puede haber ningún argumento a favor del aborto que tenga sustento científico. No lo hay, por lo que, el que está a favor del aborto, es un irracional, un ideólogo y un fanático de la muerte.
         Un aspecto a considerar es el de la Misericordia Divina: Dios perdona el pecado del aborto si alguien ya lo cometió, porque la Misericordia de Dios es infinita, pero con la condición de que no se lo vuelva a cometer.

viernes, 13 de abril de 2018

Debemos luchar contra el pecado si queremos ser santos



         Todos los hombres nacemos con la mancha del pecado original, pero además, debemos enfrentarnos con otra clase de pecado: el que nosotros mismos cometemos[1]. Este pecado, que no es heredado de Adán, sino que es nuestro, se llama “actual” y, según el grado de malicia, puede ser mortal o venial.
         En la base del pecado está la ausencia de amor y la presencia de malicia, de parte de nosotros hacia Dios. Esto lo podemos ejemplificar en el grado de obediencia que se da entre un hijo y su progenitor[2]. Antes que nada, debemos decir que un verdadero hijo que ama verdaderamente a su padre/madre, obedecerá no con fastidio y enojo, sino con amor, porque en él el amor es verdadero y grande en relación a sus padres, por lo que obedecer no es una muestra de desagrado, sino una forma de demostrarles su amor por ellos. Si el hijo desobedece en asuntos de menor importancia, esto no significa que no los ame: es un amor imperfecto, pero existe. Sin embargo, si este mismo hijo desobedece a sus padres, de forma deliberada, en asuntos más graves, entonces hay que concluir que, o no los ama, o bien se ama a sí mismo mucho más que a sus padres, es decir, en él priva el egoísmo –amor desordenado a sí mismo- por encima del amor genuino a los progenitores. Y ese amor desordenado de sí es una versión falsificada de amor, porque en realidad es malicia. La desobediencia en temas graves demuestra no solo ausencia de amor, sino presencia de malicia.
         Lo mismo sucede en nuestras relaciones con Dios. Su amor por nosotros está “codificado” o más bien explicitado en los Diez Mandamientos –y en los Mandamientos de Jesús en el Evangelio, como perdonar siempre, cargar la cruz, que son especificaciones de los Diez Mandamientos-, puesto que todo lo que Dios manda hacer o no hacer, está motivado por su amor por nosotros y solo busca nuestro bien y nuestra felicidad. Si desobedecemos sus Mandamientos en cuestiones de menor importancia esto no implica que necesariamente neguemos a Dios nuestro amor, aunque sí demuestra que tenemos hacia Dios un amor imperfecto. Ese acto de desobediencia en el que la materia no es grave, es el pecado venial[3]. Por ejemplo, una mentira “pequeña” en la que no resulta el daño ni perjuicio de nadie: “¿Dónde estuviste anoche?”, “En el cine”, cuando en realidad nos quedamos toda la noche viendo televisión, sería un pecado venial.
         Pero incluso en materia grave puede ser venial por ignorancia o falta de consentimiento pleno. Por ejemplo, es pecado mortal mentir bajo juramento. Pero si al momento de mentir yo pienso que el perjurio es venial y lo cometo, Dios me lo imputa como pecado venial. O si juro falsamente porque quien me preguntó no me dio tiempo a reflexionar (falta de reflexión suficiente) o porque el miedo a las consecuencias disminuyó mi libertad de elección (falta de consentimiento pleno), también sería pecado venial. En estos casos podemos ver que falta la malicia de un rechazo de Dios consciente y deliberado; en ninguno resulta evidente la ausencia de amor a Dios.
         Estos pecados se llaman “veniales” (del latín “venia”, que significa “perdón”) porque Dios perdona prontamente los pecados veniales sin el sacramento de la confesión; un sincero acto de contrición y propósito de enmienda bastan para su perdón. Pero esto no quita importancia, porque todo pecado, incluso el venial, implica falta de amor a Dios[4]. El pecado venial trae un castigo, aquí o en el Purgatorio; cada pecado venial disminuye un poco el amor  a Dios en nuestro corazón y debilita nuestra resistencia a las tentaciones. Un ejemplo de los santos como Santa Teresa de Ávila nos puede ayudar: ella compara al Amor de Dios como un gran brasero con brasas incandescentes; cuando cometemos un pecado venial, es como si arrojáramos agua, en escasa cantidad, sobre el brasero. No se apagarán las brasas, pero alguna que otra quedará más apagada. El pecado mortal equivale a arrojar todo un balde de agua sobre el brasero: ahí sí las brasas se apagan y en vez del fuego y el calor que había antes, ahora se levanta una espesa humareda de humo negro.
         La multiplicación de los pecados veniales no forma un pecado mortal, porque el número no cambia la especie del pecado, aunque por acumulación de materia de muchos pecados veniales sí podría llegar a ser mortal; su descuido abre las puertas al mortal[5]. Si alguien ama a Dios sinceramente, hará el propósito de evitar todo pecado deliberado, sea éste venial o mortal.
         Un pecado objetivamente mortal puede ser venial subjetivamente, debido a especiales condiciones de ignorancia o falta de plena advertencia, o un pecado venial puede hacerse mortal bajo circunstancias especiales.
         Por ejemplo, si creo que es pecado mortal robar un poco de dinero y a pesar de ello lo hago, para mí será un pecado mortal. O si continúo robando pocas cantidades hasta hacerse una suma considerable, para mí sería un pecado mortal. Pero si nuestro deseo y nuestra intención es amar y obedecer en todo a Dios, no tenemos por qué preocuparnos de estas cosas[6].
        



[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 73.
[2] Cfr. ibidem.
[3] Cfr. ibidem, 74.
[4] Cfr. ibidem.
[5] Cfr. ibidem.
[6] Cfr. ibidem.

jueves, 5 de abril de 2018

Una vez caídos en el pecado original, solo Dios podía rescatarnos



         Una imagen puede darnos una idea de lo que significa para nosotros, los seres humanos, el pecado original. Imaginemos un hombre que, distraídamente, camina por el borde una piscina muy profunda, pero que tiene agua solo hasta la mitad, de manera que si alguien cae en ella, no puede salir por sus propios medios[1]. Pues bien, a nuestro hombre de la historia, es lo que le pasó: por caminar distraído, se cayó en la pileta. No se ahogó, porque sabía nadar, pero como las paredes eran muy altas, por más esfuerzos que hiciera, no podía salir de ninguna manera. Si un buen samaritano no hubiera pasado por ahí y le hubiera tendido una cuerda permitiéndole salir, con toda seguridad se hubiera terminado ahogando. Una vez fuera de la pileta, el hombre pensaba así: “Es sorprendente lo imposible que me era salir de allí y lo poco que me costó salir”. Esta simple historia refleja bastante bien la condición de la humanidad después del pecado de Adán y Eva: fue muy fácil caer, pero imposible salir y nunca hubierámos salido del pecado, si Jesucristo no hubiera acudido en nuestra ayuda. El pecado de Adán dejó a toda la humanidad en la situación del hombre del pozo, porque era imposible saldar la deuda del pecado, al haber sido cometido contra Dios que, como es infinito, el pecado se volvió infinito, al ofender a su infinita majestad. Es algo similar a lo que sucede entre los seres humanos: no es lo mismo arrojar un tomate a un hombre cualquiera, que al presidente de la Nación: al que hace esto, le corresponde una pena y un castigo mucho mayor que al primero. Lo mismo pasaba con nosotros después del pecado de Adán: puesto que la ofensa era infinita, al ser la majestad de Dios infinita, era imposible para nosotros, los seres humanos, reparar esa ofensa, porque nosotros no somos infinitos, sino finitos y limitados. Nunca nada que hagamos, aun cuando se tratara del hombre más santo entre todas, podría saldar la deuda contraída por Adán, porque el valor de nuestras acciones buenas es limitado. Pero quien viene en nuestra ayuda, es el mismo Dios en Persona, porque solo Dios podía saldar la deuda contraída, ya que Dios es infinito y sus acciones tienen un valor infinito. Siendo Dios infinito, solo Él podía reparar la malicia infinita del pecado. Para reparar nuestra falta y pagar nuestra deuda, Dios mismo se encarnó, en la Persona del Hijo de Dios: al encarnarse, asumió nuestra naturaleza humana –menos el pecado-, de manera tal que cualquier acción que Jesús realizara –por ejemplo, clavar un clavo en la carpintería de su padre adoptivo, San José-, tenía un valor infinito, porque Él no era un simple hombre, sino Dios hecho hombre sin dejar de ser Dios. Con la más pequeña de sus acciones, Jesús tenía la facultad de reparar todos los pecados de todos los hombres, desde Adán y Eva hasta el último hombre nacido en el último día de la historia humana, el Día del Juicio Final[2]. Y Jesús hizo mucho más que clavar un clavo para salvarnos –con esto solo podría habernos salvado-: entregó su Cuerpo, su Sangre, su Alma y su Divinidad en la cruz, para pagar la deuda del pecado, para vencer a los tres grandes enemigos de la humanidad –el Demonio, el Pecado y la Muerte- y para concedernos la gracia de ser hijos adoptivos de Dios. Con su muerte en cruz, Jesús reparó por nuestros pecados, pero eso no implica que inmediatamente todos somos buenos y santos, porque la satisfacción de Cristo no quita la libertad de nuestra voluntad[3]. Es decir, debemos demostrar a Dios que lo amamos y esa demostración la hacemos toda vez que, libremente, elegimos cumplir su voluntad, expresada en los Diez Mandamientos y en los Mandamientos de Jesús en el Evangelio. Jesús murió en la cruz para pagar la deuda que debíamos a Dios, pero nosotros debemos responderle, libremente, agradeciendo su sacrificio, para así demostrarle que verdaderamente lo reconocemos como nuestro Redentor. Solo así evitaremos encontrarnos entre los hijos de la Serpiente, los hijos de las tinieblas, y seremos verdaderamente hijos adoptivos de Dios, hijos de la luz, hijos de la Virgen.


[1] Cfr. Leo J. Trese, La Fe explicada, Ediciones Logos, Rosario 2013, 70-71.
[2] Cfr. Trese, ibidem, 72.
[3] Cfr. Trese, ibidem, 72.